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Ray Bradbury y la distopía íntima de la pantalla

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe” (Bradbury, 2009, p. 7).

Ray Bradbury se nos presenta no sólo como un cronista del futuro, sino como un filósofo de la quietud perdida, cuya lucidez trascendió con creces su propia época. Su obra no puede reducirse a un ejercicio de futurología, sino que constituye una profunda crítica de la condición humana en la modernidad tardía, envuelta en la lírica y a veces en la melancólica trama de la ciencia ficción.

Si bien George Orwell, en su obra “1984”, alertó sobre el peligro del control público coercitivo y la tiranía del Estado sobre la verdad objetiva, Aldous Huxley, en “Un mundo feliz” (1932), trazó la ruta de la servidumbre placentera mediante el soma y la ingeniería emocional, donde el secreto de la felicidad era “amar lo que uno tiene que hacer” (Huxley, 1932, p. 30). Al igual que Huxley, Bradbury apuntó su lupa hacia un enemigo acaso más sutil y, por ello, más insidioso: el asedio a la mente y al alma individual perpetrado no por un poder dictatorial, sino por la seducción masiva y la hegemonía de la distracción.

Su inmensa imaginación y su sensibilidad humanista se fusionaron para crear narrativas que, más que predecir eventos tecnológicos, funcionaban como advertencias existenciales urgentes. Por ello, sus historias resuenan hoy con una actualidad que desborda lo inquietante, interpelando nuestra realidad con una precisión que roza lo profético. Bradbury entendió que la clave de la servidumbre moderna no reside en la prohibición, sino en la saturación.

Este mundo, perturbadoramente familiar, ya estaba meticulosamente concebido en la mente de Bradbury cuando el panorama tecnológico de la década de 1950 apenas comenzaba a esbozarse. En su obra “Fahrenheit 541” (1953), concibió las “paredes televisivas” y las “conchas de radio” que aíslan al individuo en una cápsula de sonido incesante, sustituyendo la experiencia compartida y la introspección. Estos artefactos han mutado en las pantallas gigantes de alta definición y en los dispositivos de audio inalámbricos que nos mantienen permanentemente acoplados a un flujo de estímulos y, paradójicamente, desarticulados de cualquier vínculo profundo.

El peligro más grande para nuestro autor de referencia no fue la tecnología en su faz instrumental, sino su capacidad intrínseca de convertirse en una prótesis emocional y cognitiva que sustituye los espacios vitales de la humanidad. Su preocupación central giraba en torno a lo que las pantallas podrían usurpar: la interioridad contemplativa, el lugar de los vínculos auténticos y la exigencia de la reciprocidad. La quema literal de libros que ejecuta el bombero Guy Montag es tan sólo la metáfora culminante de una cultura que ya ha abrazado su propia incineración mental. Es el capitán Beatty quien formula la estrategia social de la superficialidad con una claridad escalofriante:

“Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse” (Bradbury, 2009, p. 58).

Esta profusión de “hechos” desprovistos de contexto, que ahoga la reflexión pero que confiere una falsa y cómoda sensación de inteligencia, es el eco exacto de la “infoxicación” digital que padecemos en pleno siglo XXI. Como el teórico de los medios Neil Postman advirtió en “Divertirse hasta morir” (1985), la verdadera amenaza no es que se nos prohíba la información, sino que esta se convierta en una cascada de irrelevancias, donde “la censura no es necesaria cuando el discurso político toma la forma de una broma” (Postman, 1985, p. 155). Se trata de un mecanismo que desactiva totalmente el esfuerzo filosófico, pues satisface la necesidad de saber sin exigir la labor de comprender, transformando el discurso público en mero “show business”.

En este último sentido, la quema literal de libros de Montag representa el desprecio absoluto por el pensamiento autónomo y la memoria colectiva, un acto de censura frontal y violenta. Sin embargo, en la actualidad, el desprecio por el conocimiento y la voz crítica se manifiesta mediante mecanismos más sutiles de desplazamiento y exclusión social. Ya no se persigue al libro con fuego, sino al pensador con la marginalización. Las estrategias de cancelación social, la virulencia de la polarización que descalifica al oponente antes de escucharlo, y la creación de cámaras de eco algorítmicas que invisibilizan o suprimen discursos divergentes, han sustituido el debate de ideas por el castigo moral. El riesgo ya no es sólo ser “incendiado” por el Estado, sino ser silenciado o enterrado por el aluvión digital de la irrelevancia y la condena rápida, una forma más democrática, pero igualmente corrosiva, de desechar el pensamiento profundo.

Si el libro es temido porque “revela poros en la cara de la vida”, la pantalla es amada precisamente porque promete un rostro de cera, liso e inexpresivo, desprovisto de toda aspereza existencial. La tecnología, al reducir la experiencia a un estímulo rápido, no sólo inhibe la contemplación, sino que llega a dictar la propia percepción de la realidad, invadiendo y raptando el espacio social y personal por completo.

El corazón pulsante de nuestra obra de referencia, “Fahrenheit 451” reside en la épica interna de su protagonista, Montag, cuyo viaje es la encarnación de la posibilidad humana de despertar. Él comienza como el epítome de la conformidad: un bombero que encuentra placer estético en la destrucción de libros, un censor entusiasta cuya vida íntima se refleja en su casa: fría, vacía y dominada por las “paredes televisivas” que su esposa, Mildred, llama su “familia”. La realidad filtrada por el medio se impone sobre la realidad vivida: “El televisor es «real». Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón” (Bradbury, 2009, p. 95).

La metamorfosis de Montag es desencadenada por dos encuentros catalizadores. Primero, Clarisse McClellan, la vecina atípica que se atreve a formular la pregunta fundamental: “¿Es usted feliz?”. Esta simple interpelación quiebra su fachada de contento-funcional. Segundo, el estremecedor acto de la anciana que se inmola con sus libros, eligiendo la dignidad de la memoria sobre la supervivencia en un mundo vacío de sentido. Este evento transforma la quema de libros de un acto impersonal a un crimen moral, despertando en Montag la dolorosa conciencia de la carencia.

A partir de este punto, el protagonista abandona su rol de destructor para abrazar, primero, el de buscador furtivo (escondiendo libros robados) y, finalmente, el de fugitivo y preservador. Su huida hacia las afueras de la ciudad, donde encuentra a los “hombres-libro” que han memorizado obras enteras para resguardarlas de la incineración, marca la culminación de su arco. Montag pasa de ser un esclavo del fuego a un ser abierto al conocimiento, convirtiéndose él mismo en el libro que antes quemaba.

La travesía del protagonista no es sólo una ficción, sino más bien una interpelación directa a nuestros lectores. Si Montag se encontró atrapado en la ilusión de la felicidad programada, ¿cuántos de nosotros nos hemos refugiado en la comodidad de la intoxicación de información digital para evitar la incomodidad de la introspección? La pregunta es: ¿estamos dispuestos a quemar nuestra propias “paredes televisivas”- a renunciar a la distracción constante y a las cámaras de eco- para emprender el camino, solitario y arduo, hacia el pensamiento auténtico? El coraje de Montag al abandonar el grupo conformista y elegir ser un outsider por la verdad, nos exige una revaluación de nuestra propia valentía en la era de la cancelación y el ruido perpetuo.

En este punto del análisis es sumamente pertinente indicar que esta obra cobra una dimensión crucial al ser introducida en la etapa escolar, particularmente desde la adolescencia. El adolescente se encuentra en la encrucijada de la formación de la identidad, debatiéndose entre la necesidad de pertenencia al grupo y la urgencia de afirmar su individualidad. Pues bien, “Fahrenheit 451” ofrece un espejo moral que interpela directamente esta tensión. Al exponer cómo la cultura de la distracción anula la diferencia y la singularidad, la novela provee a los jóvenes de las herramientas conceptuales para cuestionar la conformidad pasiva.

Leer la historia de Guy Montag, un hombre que se atreve a dudar y a rebelarse contra la “familia” televisiva y el dogma social, se convierte en un acto iniciático y revolucionario (por eso los Ministerios de Educación no recomiendan estas lecturas en las aulas). La obra les enseña que el verdadero coraje reside en el esfuerzo por pensar diferente y sentir profundamente en un entorno diseñado para la uniformidad emocional. Además, la novela actúa como un catalizador para la alfabetización crítica mediática, esencial para navegar las presiones de las redes sociales y los algoritmos de recomendación que buscan moldear su identidad y consumo de manera subrepticia. Es una defensa vital de la autenticidad frente a la mímesis digital.

Justamente por ello, volver a Bradbury en el saturado siglo XXI es, por tanto, mucho más que una relectura nostálgica. Es un imperativo de defensa de la soberanía interior y de la atención. Nos recuerda que la imaginación, esa herramienta tan vital como la lógica, tiene también la función de alertar sobre lo que se está perdiendo mientras nos distraemos. La lectura, en su lentitud deliberada y su exigencia de concentración, se presenta como el antídoto contra la prisa y la pasividad intelectual impuestas.

Cuando cedemos por completo nuestro tiempo y nuestra atención a los dispositivos que buscan mantenernos perpetuamente distraídos, perdemos algo inmaterial, pero esencial, que ni siquiera notamos en su partida: la capacidad de estar a solas con nuestros pensamientos, el motor de la conciencia crítica y el cimiento de la empatía. Es la imaginación la que nos permite proyectar un futuro que no deseamos y, por lo tanto, la que nos arma para evitarlo.

Ahora bien, no basta con reconocer la materialización de la profecía de Bradbuty, pues la distopía íntima de la pantalla ha dejado de ser una proyección lejana para convertirse en el aire que respiramos. No hemos sucumbido al totalitarismo de la ignorancia por decreto, sino por elección, a través de la dulce anestesia de la diversión.

Esta relectura de “Fahrenheit 451” nos confronta con una pregunta fundamental, alineada con las advertencias realizadas por Huxley y Postman: ¿es posible recuperar la pausa y el silencio- es decir, la genuina disponibilidad para el ser- sin demonizar el avance tecnológico, o estamos fatalmente condenados a un perpetuo estado de semi-consciencia aturdida? Si el peligro radica en confundir la acumulación de datos con el pensamiento crítico, y el ruido con la conexión, entonces la tarea filosófica de hoy no pasa por la simple acción de apagar la pantalla o defender las agendas que las imponen, sino por la imperiosa necesidad de encender la conciencia crítica en su presencia.

En lugar de exigir una mirada nostálgica al pasado, la obra de Bradbury nos lanza una provocación radical: nos exige iniciar la batalla por la conservación de nuestra calidad humana esencial, es decir, por la capacidad de sentir, de disentir y de ser auténticamente conscientes en un mundo diseñado para la pasividad programada. Es un llamado a resistir la implosión de la condición humana ante el asedio de la irrelevancia. Ante esto, ¿qué conocimiento esencial se extingue en nosotros cada vez que la ligereza del entretenimiento se impone sobre el peso de la introspección? Y, sobre todo, ¿cuándo, inmersos en nuestras “familias” de píxeles, nos daremos cuenta de que la persona sentada a nuestro lado ha dejado de ser una extraña para volverse, trágicamente, un simple fantasma de la carne?

Referencias Bibliográficas

  • Bradbury, R. (2009). Fahrenheit 451. (G. L. de la Cruz, Trad.). Ciudad de México, México: Editores Mexicanos Unidos. (Obra original publicada en 1953).
  • Huxley, A. (1932). Un Mundo Feliz. (R. S. de Lamadrid, Trad.). Barcelona, España: Plaza & Janés Editores.
  • Postman, N. (1985). Divertirse hasta Morir: El discurso público en la era del «show business». (P. L. Fandos, Trad.). Barcelona, España: Ediciones de la Tempestad.

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Opinet

Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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