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Byung-Chul Han y la insoportable levedad de estar disponibles- Lisandro Prieto Femenía

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«El sujeto de rendimiento, que se cree libre, es en realidad un esclavo: es un esclavo absoluto en la medida en que, sin amo alguno, se explota a sí mismo voluntariamente»

 Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, 2012, p. 80)

Lamentablemente, suele rondar en el ambiente la sospecha de que la filosofía es una disciplina de mausoleo, un catálogo de preguntas ya respondidas o de pensadores ilustres que descansan bajo el mármol de la historia. Nos consuela imaginar que los grandes debates existenciales pertenecen a épocas pretéritas, tal vez porque mirar de frente nuestras propias grietas resulta demasiado doloroso. También, debo decirlo, divulgadores mediocres, intelectuales rentados y sofistas posmo-progres, es decir, los Darío’s Z de la vida, no ayudan a contrarrestar este prejuicio. Sin embargo, los síntomas de nuestro tiempo delatan que habitamos un territorio profundamente filosófico, un presente donde las heridas no se ven nítidamente, pero se sienten con una crudeza física imposible de soslayar. Aquí y ahora, aparece Byung-Chul Han, que se ha consolidado como uno de los analistas más lúcidos de la posmodernidad precisamente porque ha logrado poner en palabras una fatiga sorda que arrastramos en nuestros cuerpos: esa extraña e ininterrumpida sensación de vivir expuestos en un anaquel digital, cansados y perpetuamente exigidos.

El precitado filósofo no irrumpe, de ningún modo, desde la nada, mucho menos de la simple ocurrencia sociológica. De origen surcoreano, su propio periplo vital encierra una transmutación existencial radical: tras iniciar sus estudios de metalurgia en Seúl, se trasladó a Alemania, sin hablar apenas el idioma, impulsado por una vocación tardía que lo llevó a sumergirse en la literatura germana, la teología católica y la filosofía, doctorándose finalmente con una exhaustiva investigación sobre el pensamiento de Martin Heidegger.

Es precisamente de la tradición fenomenológica y hermenéutica de Heidegger de donde Han hereda su profunda sospecha ante la técnica moderna y su defensa de la contemplación silenciosa. Dialogando con la dialéctica de Hegel y Marx, y nutriéndose de la agudeza crítica de Nietzsche y la Escuela de Fráncfort, el filósofo edificó un andamiaje teórico que se sitúa en abierta disputa con las corrientes optimistas de la globalización digital y la psicología positiva del autoengaño. Si bien asimila la noción de sociedad disciplinaria de Michel Foucault, Han marca una distancia crítica insalvable al demostrar que las categorías del pensador francés, basadas en la vigilancia corporal y la coerción externa, resultan insuficientes para descifrar un capitalismo tardío que ya no opera mediante la dominación del cuerpo, sino a través de la domesticación algorítmica de la psique, una mutación que él bautiza como “psicopolítica”.

Bajo este régimen del neoliberalismo avanzado, las dinámicas de poder han sufrido una transformación sutilmente imperceptible pero devastadora: ya no nos enfrentamos a amos externos que vigilan nuestros movimientos con un látigo visible, sino que la dominación actual es mucho más sofisticada porque se disfraza de libertad personal y realización individual. Esta perversa transición es diseccionada con precisión por el autor en su emblemática obra “La sociedad del cansancio”, donde sostiene con firmeza que “el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo hasta la extenuación. Se desarrolla una autoexplotación que es mucho más eficiente que la explotación por otros, porque se acompaña de un sentimiento de libertad” (Han, 2012, p. 23). De esta manera, el individuo contemporáneo corre con alegría hacia su propio desgaste, convencido de que cada hora extra en el trabajo, cada proyecto asumido o cada publicación en redes sociales constituye un peldaño hacia el éxito personal, ignorando que la autoexplotación voluntaria es infinitamente más eficaz que la coacción ajena, pues anula de raíz cualquier conato de resistencia o protesta colectiva.

Esta tesis de la servidumbre voluntaria y autoinducida late con fuerza en el corazón de una de sus intervenciones públicas recientes. Al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en el Teatro Campoamor de Oviedo, Han (2025) recurrió a la dolorosa metáfora del esclavo que se azota a sí mismo para ilustrar el trágico destino del hombre hiperconectado. Nos encontramos ante una domesticación invisible donde el látigo ha sido internalizado y la productividad se ha convertido en una religión sin Dios y sin domingos. El sujeto posmoderno ya no necesita que lo vigilen porque se ha convertido en el capataz de su propia existencia, transformando su tiempo de ocio en una incansable gestión del rendimiento y reduciendo su vida a una simple función de utilidad económica.

Para comprender la raíz profunda de este autosabotaje civilizatorio, conviene volver la mirada hacia los cimientos de la teoría psicoanalítica y confrontar cómo el dolor ha cambiado de piel. En su clásica obra, “El malestar en la cultura”, Sigmund Freud (1930/1992) advertía un conflicto estructural en el desarrollo de la vida comunitaria: “No puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante sofocación, represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pulsiones. (p. 96).

Durante el siglo XX, este malestar se traducía en la neurosis provocada por la prohibición, es decir, ese límite moral o estatal que imponía un tajante “no debes”. En nuestra época, no obstante, la renuncia ya no se origina en la censura, sino en un mandato mucho más perverso que nos empuja a la acción ilimitada. Se nos ordena producir, mostrarnos, disfrutar y rendir sin tregua. El antiguo sujeto obediente ha sido reemplazado por el sujeto del rendimiento, un individuo que ya no sufre por sentirse oprimido o reprimido por una fuerza ajena, sino por una insoportable sensación de insuficiencia. Nunca es suficiente lo que producimos, nunca es suficiente lo que mostramos, nunca somos suficientes para nosotros mismos ni para los demás.

Este escenario de autoexigencia y exposición constante encuentra su catalizador perfecto en los dispositivos digitales que cargamos en nuestros bolsillos. Lejos de ser simples herramientas de comunicación neutras, los teléfonos inteligentes han colonizado nuestra intimidad, transformado los lazos afectivos en transacciones rápidas, asépticas y cuantificables. Esta transmutación del espacio relacional es explorada minuciosamente por el filósofo en su obra “En el enjambre”, donde avizora que la sobreexposición digital anula la distancia necesaria para el encuentro ético. En sus propias palabras, “la comunicación digital destruye la distancia. Ello no conduce, sin embargo, a una cercanía vecinal, sino a la falta de distancia, en la que lo extraño es eliminado a favor de lo igual” (Han, 2014, p. 32). Al homogeneizar el espacio social, las pantallas nos proveen de una conexión constante, pero nos despojan del encuentro real, en tanto que el algoritmo no busca la empatía ni el entendimiento, sino que premia la indignación instantánea, la polarización y el conflicto estéril porque el odio circula con mayor velocidad y genera más dividendos económicos en el mercado de la atención.

La eliminación sutil, pero sistemática de esta alteridad no es un daño colateral del sistema, sino un requisito operativo para la aceleración del consumo. Cuando “el otro” es despojado de su misterio y de su diferencia irreductible, deja de ser un interlocutor para convertirse en una cosa que se consume y se desecha de manera autocomplaciente. Al indagar en esta herida, Han (2014) señala con amargura en “La agonía del Eros” que el narcisismo exacerbado de la cultura digital clausura la posibilidad misma del amor, puesto que “el mundo se le presenta sólo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esa alteridad… Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo. La depresión es una enfermedad narcisista” (p. 11). En otras palabras, sin la herida fundacional que produce la presencia de lo verdaderamente distinto, el sujeto queda atrapado en una inmanencia estéril, en un “infierno de lo igual” donde el diálogo se asfixia y la alteridad es desterrada.

Esta expulsión del otro acarrea consecuencias catastróficas para la salud del tejido social y el sostenimiento de la democracia, una advertencia que se hizo explícita con especial gravedad en Oviedo. En su discurso de aceptación, el pensador expuso que la pérdida de empatía y la digitalización sin control erosionan los lazos sociales esenciales, pavimentando el camino para el auge de autoritarismos y populismos de diversa índole que capitalizan el mido de las clases medias ante su inminente hundimiento socioeconómico.

En “La expulsión de lo distinto”, Han (2017) complementa este diagnóstico al explicar que la sobreexposición comunicativa no produce comunidad, sino un aislamiento ruidoso: “la comunicación digital tiene como objetivo destruir toda distancia. Con medios digitales hoy tratamos de aproximarnos al otro tanto como sea posible. Pero no por ello el otro nos enriquece más con su presencia virtual. Más bien lo hacemos desaparecer”(p. 34). Al disolver la distancia que nos separa del prójimo, se anula la posibilidad del asombro y del respeto recíproco.

Frente a la desintegración del lazo ético, la apelación de Han (2025) a recuperar el respeto y la moral ciudadana, remitiéndose al concepto de “moeurs” acuñado por Alexis de Tocqueville, no es un simple reclamo de civismo tradicional, sino una exigencia de supervivencia democrática. El precitado concepto alude a las costumbres, hábitos, maneras de sentir y pensar, y normas morales y sociales compartidas por un pueblo. No es sólo el comportamiento externo (las prácticas) sino también las disposiciones internas y los principios que orientan a la vida social: creencias, sensibilidades, sentimientos públicos, formas de asociación y expectativas sobre la autoridad y la igualdad (en Tocqueville, la transformación de las “moeurs” es central para entender la democratización: la igualdad de condiciones no modifica sensibilidades- aspiraciones de independencia, ideas sobre la autoridad, individualismo, ambición de reconocimiento, etc.-).

En consecuencia, el respeto, por definición, requiere de un tiempo y de un armazón simbólico que el vértigo contemporáneo destruye sin contemplaciones. Los rituales, que en el pasado pautaban y daban estabilidad a la vida colectiva, han sido reemplazados por el flujo ininterrumpido de estímulos instantáneos. Por ello, en su texto “La desaparición de los rituales”, Han (2020) denuncia que “al tiempo le falta… un armazón firme; se desintegra en la mera sucesión de un presente puntual. Se precipita sin interrupción. Nada le ofrece asidero” (p. 9). Es que sin estos “asideros” temporales, sin la posibilidad de demorarse en lo común, nos quedamos a merced de una comunicación hiperactiva que nos desborda cognitivamente pero nos deja existencialmente vacíos. Es, en definitiva, el legado del liberalismo desbocado: un inmenso vacío ético que las pantallas llenan de manera provisoria con odio, agresión, indiferencia y entretenimiento hueco.

La filosofía, entendida de esta manera, deja de ser un lujo académico y se convierte en una trinchera de resistencia. Leer el presente con sospecha, aprender a demorarse en la pregunta y recuperar el valor del silencio contemplativo son decisiones profundamente revolucionarias en un mundo que premia el ruido constante y la reacción inmediata. Al igual que el viejo tábano socrático al que Han aludió en su intervención en España, la tarea de pensar consiste en introducir una cuña de molestia en la inercia cotidiana, en sacudir al noble pero pasivo caballo de la sociedad de consumo para recordarle que vivir es algo más que acumular cosas e información, transaccionar afectos o gestionar el propio perfil digital. Es un llamado a recuperar el peso específico de la existencia, a rescatar la densidad de los lazos humanos antes de que terminen de disolverse en el flujo infinito de una pantalla y a entablar, tal como el filósofo confesó conmover su alma al leer a Simone Weil, una verdadera amistad espiritual con la trascendencia que nos devuelva la capacidad de conmovernos ante lo real.

En definitiva, queridos lectores, si la libertad prometida por este siglo consiste únicamente en la posibilidad de elegir entre infinitas opciones de consumo mientras nos consumimos a nosotros mismos, tal vez debamos empezar a desconfiar de nuestra propia noción de autonomía. ¿Qué clase de emancipación es esta que nos permite llegar a cualquier parte pero nos impide estar verdaderamente presentes en algún lugar? ¿De qué nos sirve haber conquistado el mundo exterior si el precio ha sido la usurpación absoluta de nuestro tiempo de silencio y de nuestro derecho al descanso? Quizá, el verdadero acto de rebeldía hoy no consista en acelerar para ganar una carrera que no tiene meta, sino en tener el coraje de detenernos, apagar la pantalla y mirarnos a los ojos para descubrir que el vacío que tanto intentamos llenar con productividad no es una carencia, sino el único espacio donde todavía es posible que acontezca un encuentro genuino.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Freud, S. (1992). El malestar en la cultura (J. L. Etcheverry, Trad.). En Obras completas (Vol. XXI, pp. 57-140). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1930).

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. S. Pascual, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros (R. G. Cotarelo, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2014). En el enjambre (R. G. Cotarelo, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto (A. Ciria, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2020). La desaparición de los rituales: una topología del presente (A. Ciria, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2025). Discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Fundación Princesa de Asturias. Oviedo, España. https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2025-byung-chul-han/?texto=discurso

 

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Opinet

Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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