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La realidad de las pensiones: Parte I
Durante este año, el tema de las pensiones ha tomado un camino muy interesante. Por si no lo sabes, una pensión es una cantidad de dinero que, al retirarte de trabajar, recibes durante cierta cantidad de tiempo. Sin embargo, necesitas ahorrar por medio de una institución como las AFP. Ellas se encargan de guardar tu dinero, invertirlo, hacer que se produzca más dinero y regresártelo después. Si suena algo tan sencillo, ¿por qué hay tantos problemas alrededor de ello?
Aunque suena bastante simple, te daré unas cuantas cifras para que empecemos a pensar. Si trabajamos en un empleo formal, entonces se nos pide dar el 7.25% de nuestro salario. Los dueños de la institución donde trabajamos pondrán 7.75%, haciendo un total del 15% de los beneficios otorgables del patrón hacia nosotros. Adicionalmente, ya que las pensiones son manejadas por la empresa privada, ellos piden 1.9%. Es decir, restan 1.9% al 15% y en realidad estamos ahorrando 13.1%.
Las pensiones tienen la naturaleza de ser un seguro que, aunque no nos guste, garantiza que tengamos un poco de dinero cuando ya no podamos o no queramos trabajar. Se que no todos tienen problemas en guardar dinero para el futuro, pero la sociedad salvadoreña no valora el ahorro. El Salvador es un país meramente consumista y al estudiarlo más de cerca, el dinero ahorrado es muy inferior a los gastos mensuales que se hacen.
El problema surge al entender cómo funciona en realidad el sistema de pensiones y qué se hace con nuestro dinero. Aunque funcionen como un lugar donde guardarlo (como un banco), ese dinero que depositamos es utilizado por las AFP para inversiones con el fin de que podamos obtener un poco más de dinero. Las AFP invierten en múltiples empresas, proyectos o préstamos con el fin de obtener un retorno mayor a lo invertido. En un sentido más minimalista, por cada $1, entonces cuando nos jubilemos tendríamos que recibir $1.25 o algo parecido.
La realidad es que esto no pasa tan fácilmente. Las AFP tienen la gran dificultad de que muchas veces no se puede conseguir las inversiones y los retornos deseados. Por ello, a veces ocurre que ese $1 que hemos colocado no pasa a ser más de $1.10 (o menos) durante todos los años en los que hemos confiado que recibiremos una cantidad de dinero por haberle otorgado montos a las AFP.
Si entiendes cómo funciona el sistema de ahorro en un banco, entenderás este también. Los bancos guardan tu dinero pero lo utilizan y así, ellos pueden prometerte que te regresarán un poco más cuando quieras retirarlo. Tú le das este dinero a estas empresas para que lo usen y te regresen un poco más, por eso es que les pagamos ese 1.9% a las AFP, pero los rendimientos son tan bajos que muchas personas no reciben mayor retorno al final de todos los años que han cotizado.
Hace no mucho tiempo, se aprobó la reducción de la cantidad de años necesarios para cotizar a 20 con el fin de poder recibir los retornos de esas inversiones que hacen las AFP con nuestro dinero. Si no cumplimos más de 20 años cotizando, literalmente la AFP solo está obligada a regresarnos únicamente el dinero que le hemos dado, es decir, si durante 15 años que hemos cotizado solo conseguimos ahorrar $3,000, entonces se nos regresarán solo $3,000 (y ojo que en ocasiones no de una sola vez). Pero si pasamos de los 20 años y hemos ahorrado $3,000 entre esos años y las AFP han usado sabiamente el dinero, podríamos estar recibiendo $3,200 o algo similar.
Las AFP funcionan con volúmenes y las personas que menos dinero pueden poner en las AFP son las que menos recibirán al jubilarse. Esto funciona por la capacidad del dinero disponible colocado por cada trabajador.
Un trabajador con salario de $400 y otro con salario de $2,000 obviamente podrán depositar cantidades muy diferentes. Por ello, la cantidad posible que las AFP podrán invertir será diferente. Siempre existe cierto margen de bloqueo entre los más pobres y ricos, pero las AFP intentan usar combinaciones para hacer mejores inversiones.
El problema es que esta decisión no es tan a la ligera, ya que, si se desea hacer uso de varias cuentas, se corre un riesgo un poco mayor de no poder regresarle propiamente a muchas más personas. Por ello, es más fácil usar el dinero de cotizantes que colocan más dinero en las AFP. Por ejemplo, entre 3 o 4 cotizantes de alto rango se puede hacer una inversión considerable a comparación de combinar 40 o 50 cotizantes de bajo rango donde, en caso de haber alguna pérdida, se afectan a más personas.
Por último, las AFP no son instituciones financieras desordenas y desconsideradas. Ellas de verdad intentan hacer buenos márgenes de ganancias porque les beneficia mucho como empresa, pero como hemos hablado esto es bastante difícil por la misma naturaleza económica que tiene nuestro país.
Estas inversiones que las AFP deben hacer a veces se generan en otros países o en empresas extranjeras y no en salvadoreñas. ¿Por qué? Por la misma rentabilidad. Las AFP también fueron creadas para promover la inversión nacional, pero cuando invertir en lo nacional da tan pocos beneficios, las AFP deben mover sus inversiones a otros lados con el fin de cumplir con el compromiso que han agarrado con tantos cotizantes.
Las pensiones son un tema más simple de lo que parece, pero lo importante es saber por qué es que hay tantos problemas:
- Las inversiones que las AFP deben hacer requieren bastante tiempo y dinero. Las inversiones a veces son exitosas y otras veces no. Solamente por haber depositado más no significa que tendremos más. Han ocurrido casos de personas que cotizan con altos salarios pero sus retornos son tan malos que hasta salen perdiendo.
- El Salvador sigue evolucionando su sistema de pensiones y por ello hay que estar pendiente si no entras en las categorías de personas “ya jubiladas” o “cerca de jubilación”, ya que son las únicas que recibirán con seguridad su pensión (aunque podrían ser muy bajas aún así).
- El Salvador no tiene una sostenibilidad económica lo suficientemente buena para poder exigir un sistema de pensiones correcto y un poco más justo (ya que ni aún en los países más avanzados los sistemas de pensiones son perfectos).
Aclaración: esta nota solamente habla acerca del sistema de pensiones privado.
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Escritor: Carlos Pacheco. Estudiante de Economía y Negocios en la ESEN. Voluntario de diferentes organizaciones en pro de la juventud, la niñez y el combate a la pobreza. Analista y planificador de estrategias en las áreas mercadeo, negocios, recursos humanos y proyectos.
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EN EL SALVADOR PASA ALGO MUCHO MÁS PROFUNDO
Por: Francisco Martínez
El libro que nos comparte Yossi Abadi, es el autorretrato novelado de una nación que tocó fondo, que levantó la cabeza y a lo salvadoreño enfrentó sus quimeras y se atrevió a soñar, y a soñar en grande, construir un gran país.
El relato que Yossi nos cuenta, con toques de realismo mágico, es el testimonio de alguien que vino a este paisito aventurando, por curiosidad, corriendo riesgos, llegó por unos días sin decir a su familia que estaba acá y terminó atrapado, prendado por la resistencia, resiliencia, gallardía, pundonor y bravura libertaria del pueblo salvadoreño.
Es una historia contada desde la mirada humilde y ambiciosa del ciudadano salvadoreño de a pie en su día a día, desde la calle, cuenta aspectos, no públicos, desde los ejecutores de la política del cambio; no ignora la opinión de los detractores del proceso, tanto locales y en particular de los extranjeros; sin ignorar ni falsear la historia inmediata político social del país.
Su escrito asume una verdad social histórica, la guerra civil resultó de las injusticias y desigualdades, le siguió la posguerra que legó un modelo de solución negociada de conflictos celebrado internacionalmente pero sin mantra local; el dolor, las desigualdades, las crisis de vidas se profundizaron, aquel país forjado por la guerra permaneció por la falta de reflexión colectiva sobre los Por Qué de la guerra que fue soportada en una narrativa controlada que evitaba el fondo del asunto y evitaba se mirara a los responsables, mientras las elites restauraban su poder.
Políticos e instituciones, aupados desde fuera por la política de control blando, se casaron con el sacrosanto mito de la democracia funcional, la de lo políticamente correcto, donde la formalidad y las formas lo son todo; no les importó que el país se deslizara en una vorágine sangrienta, optaron por la omisión y la desidia, lo que llevó a la instauración de la república de las pandillas donde la violencia no vestía el humeante verde olivo de los setentas y ochentas sino, que esta vez se vestía de tatuajes, los números y las letras, ese era el pedo, qué onda eh.
Cero Crimen cuenta el proceso de cómo se gestó y ejecutó un cambio, de cómo un líder: Nayib Bukele, con una narrativa esperanzadora y disruptiva ganó gradualmente la confianza ciudadana y democráticamente desplazó el viejo orden para instaurar uno nuevo, un orden de seguridad y desarrollo; relata cómo con una política innovadora de seguridad una startup politic y usando todo el poder del Estado hizo posible para El Salvador pasar de ser la capital mundial del crimen a ser el país más seguro del hemisferio occidental, esa es la experiencia que cuenta Yossi desde un enfoque humano, con la lupa de alguien que viaja por el mundo, desde un ciudadano israelí que conoce la violencia, desde una visión empresarial, en una interrelación activa con salvadoreños acá y por el mundo.
Por las páginas del libro se puede ver que este cambio no se limitó a la guerra contra las pandillas, es una estrategia para desatascar las trampas que tenían atada el potencial de la economía, y ahí en ese escenario Yossi nos habla de cómo la seguridad es después de todo una moneda un resguardo de valor de la inversión, que permite atraer capitales de inversión y abre las puertas al regreso de los que tuvieron que irse, nos presenta un enfoque desenfadado (NO OFICIAL) respecto de los trasfondos de la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal y su uso como ancla de la nueva imagen y aviso de la transformación estatal y del renacer de un país.
Yossi destaca que la política del nuevo orden se basa en resultados, no en discursos, sino en acciones no en reuniones, con decisión y celeridad frente a los problemas desde una forma sin manuales ni formalidades, simplemente: hágase.
El libro, es una provocación al estudio critico de El Salvador para comprender el nuevo modelo de gobernanza con liderazgo fuerte y cercano al pueblo, es un relato ameno desde la visión particular de Yossi y su cariño y compromiso con este paisito.
Narra como El Salvador no solo sobrevivió, a la inestabilidad y al caos, sino que, desde esa realidad, asumió que no había más opción que diseñar la nueva arquitectura nacional, una que evite repetir o regresar al pasado, una nación que no sea desangrada por la violencia, una sociedad que se integre y supere las desigualdades, en donde no tengamos que tomar o entender porque alguien toma los fúsiles.

Francisco Martínez
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Analizando la relación entre la desmesura y el poder
Por: Lisandro Prieto Femenía
“Toda violencia en su calidad de medio, o es violencia que funda el derecho o es violencia que conserva el derecho” Walter Benjamin, Para una crítica de la violencia
Seguramente, alguna vez han escuchado el vocablo “hybris”, un concepto griego que denota la desmesura y el orgullo desafiante, no como un defecto del carácter en sí, sino como una categoría central en el pensamiento antiguo. En la mitología y la tragedia griega, la hybris no se manifestaba simplemente como soberbia, sino como una transgresión activa de los límites impuestos por los dioses y el orden cósmico. Esta “insolencia” conducía inexorablemente a la némesis, el castigo divino que restablecía el equilibrio.
La caída de Edipo, por ejemplo, ilustra cómo la ignorancia y la arrogancia de su destino lo llevaron a consumar los oráculos que intentaba evadir. Su destino, profetizado desde su nacimiento, era matar a su padre y casarse con su madre. Él, al conocer el oráculo, toma medidas extremas para evitarlo: abandona a quienes cree que son sus padres, el rey y la reina de Corinto. Sin embargo, en un acto de arrogancia e ignorancia (la hybris), sin saber que no eran sus verdaderos padres, se enfrenta a un hombre mayor en el camino y lo mata en un arrebato de ira, cumpliendo así la primera parte de la profecía. Más tarde, al resolver el enigma de la Esfinge y ser aclamado como héroe, se le ofrece el trono de Tebas y la mano de la reina viuda, Yocasta. Al aceptar el poder y el matrimonio, Edipo completa el círculo de su destino trágico. Su caída no es un simple castigo divino, sino el resultado directo de su intento de evadir el destino con orgullo, lo que lo lleva, sin saberlo, a cumplirlo. Pues bien, la hybris de Edipo reside en su creencia de que podría burlar a los dioses y al destino mediante su propia voluntad.
También, en la Ilíada de Homero, la hybris de Aquiles se manifiesta en su rechazo a entregar el cuerpo de Héctor a Príamo, una afrenta que viola los códigos de piedad y honor. El dios Apolo mismo, al ver la impiedad del héroes, lo increpa diciéndole “¡No tienes corazón, Aquiles! ¡No hay piedad en tu pecho, que te atreves a ultrajar al muerto!” (Homero, Ilíada, Canto XXIV). Es, justamente, el rechazo a reconocer la propia finitud humana frente al orden establecido, sea este divino o natural. Tal como señaló Cornelio Castoriadis en “La institución imaginaria de la sociedad”, “la hybris no es la desmesura de una “cosa” o una “fuerza”, sino la desmesura de la significación, del proyecto de dominio” (Castoriadis, 1975). Es, en definitiva, el proyecto de anular la alteridad y de imponer una voluntad única.
Ahora bien, el ejercicio del poder en la modernidad, despojado de los frenos divinos y heroicos del mito, revela una hybris de nueva índole. La soberbia de los gobernantes contemporáneos no sólo se manifiesta en la opulencia o la patética auto-glorificación, sino en la convicción de una capacidad ilimitada para moldear la realidad y a la ciudadanía según sus caprichos decadentes. Se trata de un menosprecio por la verdad y por el disenso, una negación de la complejidad social que se traduce en políticas inútiles, unilaterales, autoritarias y, a menudo, violentas. Este tipo de gobernante, imbuido de su propia infalibilidad, genera una profunda fragilidad en los vínculos sociales. La confianza mutua, el diálogo y el reconocimiento del otro como interlocutor válido se desvanecen. Lo que emerge es una relación de poder vertical, donde la única interacción permitida es la sumisión o el conflicto.
Esta desconexión tiene un correlato directo con la violencia reinante en la clase política global. La arrogancia del poder no es una causa aislada, sino un síntoma de una patología social más profunda. Como argumentó Walter Benjamin, la violencia puede ser vista no solo como un medio para un fin, sino como una expresión de la ley misma, cuando el poder se torna absoluto y pierde su legitimidad. Concretamente, en su ensayo titulado “Para una crítica de la violencia”, sostuvo que “toda violencia en su calidad de medio, o es violencia que funda el derecho o es violencia que conserva el derecho” (Benjamin, 1921). En este sentido, la hybris del gobernante es una forma de violencia que busca conservar un poder ilegítimo, perpetuando un círculo vicioso de coerción y resentimiento.
En el marco de nuestra reflexión, el caso de Antígona y Creonte, de la tragedia de Sófocles, ofrece una perspectiva crucial para entender la hybris en el ámbito estrictamente político. Creonte, gobernante de Tebas, encarna la hybris política en su forma más pura, puesto que tras la muerte de los hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, Creonte decreta que Eteocles sea honrado como un héroe, mientras que el cuerpo de Polinices, considerado un traidor, será dejado sin sepultura, una pena que viola las leyes divinas y los ritos funerarios griegos. Él mismo lo expresa al confrontar a Antígona: “Mi voluntad es la ley, y la ley es lo que conviene al Estado, y lo que conviene al Estado es la voluntad del gobernante” (Sófocles, Antígona, vv. 665-666).
Al anteponer su edicto a los designios de los dioses y a los lazos de sangre, Creonte comete una trasgresión monumental. Este acto de desmesura no sólo es una falta de moral, sino una ruptura con el orden cósmico. Su arrogancia lo ciega, impidiéndole ver las consecuencias de sus acciones, que culminan en la muerte de su hijo Hemón, de su esposa Eurídice y, finalmente, en su propia desolación. La némesis se manifiesta de manera inexorable, demostrando que ninguna ley humana, por más que emane del poder, pude subyugar las leyes de lo divino y la naturaleza. En definitiva, la tragedia muestra que el gobernante que no reconoce los límites de su poder, está condenado a la ruina.
El caso de Antígona, aunque a veces es interpretado como un acto de heroísmo, también puede ser analizado a la luz de la hybris. Su desmesura no es la del poder, sino la de la piedad. Su convicción de que las leyes divinas tienen primacía absoluta la lleva a desobedecer la ley del Estado de forma pública y desafiante. Al enterrar a su hermano, ella no sólo cumple un deber religioso, sino que también desafía frontalmente la autoridad de Creonte, demostrando un orgullo trágico en su propia rectitud. Si bien sus motivos son nobles, su inflexible adhesión a su propia verdad la lleva a un final violento, sacrificando así su vida y la de otros.
En este punto, me resulta imprescindible recordar la frase atribuida al General José de San Martín: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. La historia moderna está repleta de líderes que, al igual que los personajes trágicos precitados, sucumbieron a la hybris. El poder, una vez adquirido, puede desencadenar una visión magnificada de sí mismo en el gobernante, llevándolo a ignorar la crítica, despreciar el consejo y creerse infalible. Este fenómeno, denominado por el médico y político David Owen como el “síndrome de hybris”, se manifiesta con características como el desprecio a la opinión ajena, la exaltación personal y la creencia de que se es un instrumento divino o moralmente superior para llevar a cabo una misión.
Un caso paradigmático de hybris moderna es el del ex presidente estadounidense George W. Bush y su decisión de invadir Irak en el año 2003. A pesar de las advertencias de los inspectores de armas de la ONU y de la creciente oposición internacional, Bush y su administración justificaron la guerra basándose en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, una afirmación que resultó ser infundada. Aquí, la desmesura no radicaba sólo en la decisión militar, sino en la convicción mesiánica de que los Estados Unidos tenía la misión de liberar a Irak e imponer la democracia. Como señalan varios analistas alrededor del mundo, la arrogancia de Bush y su equipo los llevó a ignorar la complejidad de la situación, desestimar las posibles consecuencias y creer que la victoria sería rápida y sin complicaciones. Pues bien, este desprecio por la realidad y la confianza excesiva en su propio juicio son claros signos de hybris, y la némesis se manifestó en la prolongada guerra en un caos regional y una inestabilidad que perdura hasta nuestros días.
Otro ejemplo contemporáneo de hybris puede ser analizado en el contexto del conflicto en Gaza. Cientos de medios de comunicación han señalado que la inteligencia israelí, antes del ataque del 7 de octubre de 2023, sufría de un exceso de confianza y desprecio hacia las capacidades de sus adversarios. Esta arrogancia, que en informes de Al Jazeera ha calificado como “hybris militar y política”, se manifestó en la creencia de que el “disuasivo militar” era infalible y que la amenaza de Hamás estaba contenida. Además, se ha documentado que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu implementó por años una estrategia que consistía en permitir que Hamás recibiera fondos y se mantuviera en el poder en Gaza, con el objetivo de debilitar a la Autoridad Palestina y frustrar la posibilidad de un estado palestino unificado.
En sus propias palabras de 2019, registradas por los medios, Netanyahu afirmó que “cualquiera que quiera frustrar un Estado palestino debe apoyar el refuerzo de Hamás, es parte de nuestra estrategia”. Esta decisión, basada en la convicción de una capacidad ilimitada para manipular a los adversarios, ignorando las consecuencias a largo plazo, es una clara manifestación de hybris política. La némesis, en este caso, se ha presentado como un catastrófico fracaso de inteligencia, una guerra prolongada, la crisis humanitaria y una pérdida de apoyo internacional sin precedentes, demostrando que la desmesura de una estrategia basada en la división y el desprecio por la fuerza del adversario conduce a una debacle inevitable.
Ante este panorama, proponemos una reflexión crítica que nos exige a ir más allá de la mera acusación a los líderes. La violencia política es, en gran medida, un eco de la violencia de la sociedad que la engendra. No se puede esperar que un cuerpo social fragmentado, exacerbado por las tensiones económicas y las fracturas ideológicas, produzca gobernantes con ecuanimidad y templanza. Los líderes emergen de la colectividad y reflejan sus pulsiones más íntimas. Si la sociedad privilegia el éxito individual sin importar el costo, si exalta la confrontación y desconfía del otro, es natural que en las urnas se seleccionen figuras que encarnan esas mismas características. La hybris del gobernante es, por tanto, el espejo de una hybris colectiva, la de una sociedad que ha olvidado sus límites y las virtudes de la moderación y el bien común.
Ahora bien, les pregunto con humildad, queridos lectores: ¿Es la sociedad la que moldea a sus gobernantes, o son los gobernantes quienes corrompen a la sociedad? ¿En qué medida la retórica de la confrontación, tan presente en el discurso político, alimenta la violencia social y viceversa? ¿Podemos realmente demandar templanza a nuestros líderes si nosotros mismos, como ciudadanos, no estamos dispuestos a ejercerla?
Referencias
- Benjamin, W. (1921). Para una crítica de la violencia. En Obras completas, Vol. II. Abada Editores, 2000.
- Castoriadis, C. (1975). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets Editores, 1983.
- Hegel, G. W. F. (1807). Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica, 1966.
- Homero. La Ilíada. Traducción de E. Crespo. Gredos, 2000.
- Sófocles. (2000). Antígona. Traducción de A. B. Medina. Gredos.

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El costo de la lucidez: entre la soledad intelectual y la soledad moral – Lisandro Prieto Femenía
“Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”
Jean-Paul Sartre (La náusea, 2011, p. 24)
Existe una forma silenciosa de extrañamiento que no nace del abandono ni del aislamiento físico, sino de una inadecuación tonal. Aparece a menudo en medio de la abundancia afectiva, en la mesa compartida con seres amados, inteligentes y bienintencionados, cuya generosidad humana resulta innegable. Sin embargo, en el instante preciso en que el espíritu intenta volcar aquello que ha madurado a lo largo de años de contemplación, lecturas o grietas existenciales, la palabra cae en una superficie blanda que absorbe el impacto sin devolver resonancia. Nadie rechaza la enunciación; sencillamente falta el tejido simbólico para sostenerla. Distinta de la marginación social y ajena a la carencia afectiva, la soledad intelectual se nos presenta como una grieta invisible que se abre cuando el nivel de conciencia y la elaboración subjetiva de un individuo desbordan el horizonte de interpretación de su entorno inmediato.
Frente a esta distancia insular, resulta casi inevitable tropezar con una trampa psicológica que suele ser devastadora: transformar la falta de sintonía en un defecto personal. Dado que las personas queridas poseen lucidez, bondad y el deseo sincero de acompañar, la mente concluye apresuradamente que el desacople responde a una incapacidad propia para amar o vincularse. Así, se germina una mezcla turbia de culpa, vergüenza y frustración. Por temor a sonar arrogante, o por el pánico soterrado a que esa brecha sea la prueba de una rareza patológica, el sujeto opta por amputar su propio discurso y forma de vida. Al respecto, Donald Winnicott (1993, p. 183) conceptualizó con precisión la respuesta defensiva ante esta exigencia de adaptación al señalar que “sólo el sí-mismo verdadero –el True Self- puede ser creativo y sólo el sí-mismo verdadero puede sentirse real”, añadiendo que la construcción de un “falso sí-mismo” (False-Self) responde a la necesidad de proteger la intimidad frente a un medio que no puede alojarla. Apagar la voz singular para no incomodar al grupo constituye una maniobra de supervivencia afectiva, aunque esa diplomacia forzada termine funcionando como una lenta sofocación del deseo.
Si queremos intentar desentrañar la raíz ontológica de este distanciamiento, es conveniente desmantelar la fantasía de que el pensamiento es un espacio transparente de acceso comunitario. En “El hombre y la gente”, José Ortega y Gasset (1983, p. 151) enfatizó que “la vida humana es en su radicalidad sólo la mía”, recordando que el entramado de las costumbres sociales representa una construcción secundaria edificada sobre la soledad originaria del individuo. Al profundizar en la comprensión de sí y del mundo, la persona abandona las certezas heredadas de la tribu y acepta el riesgo de habitar esa soledad primaria. No se produce allí un repliegue soberbio ni un desprecio resentido hacia los allegados, sino un desplazamiento en la frecuencia perceptiva. Cambiar de canal no significa juzgar la música de los demás, del mismo modo que adentrarse en alta mar no implica despreciar la seguridad de la orilla.
Asimismo, desde la corriente existencialista cobra un sentido fundacional respecto a la autenticidad del ser. Lejos de constituir un accidente desafortunado, la soledad intelectual se revela como la prueba irrefutable de que el individuo ha despertado de la somnolencia colectiva. Albert Camus (2012, p. 15) describe magistralmente este instante de fractura al plasmar en “El mito de Sísifo” que “comenzar a pensar es comenzar a estar minado”, indicando con ello que el ejercicio de la lucidez resquebraja las certezas automáticas y coloca al sujeto frente al espesor desconocido de la existencia. Cuando las explicaciones convencionales dejan de satisfacer, la persona experimenta un vértigo ante el cual la masa suele permanecer anestesiada. Justamente en “La náusea”, Jean-Paul Sartre (2011, p. 24) retrató magistralmente esta disonancia al confesar la extrañeza del sujeto reflexivo ante la masa acomodada en el consenso: “Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”. Esa soledad no es un vacío estéril, sino el territorio ontológico donde la libertad asume el peso de su propia marcha.
Paralelamente, la analítica existencial desarrollada por Martin Heidegger permite comprender la estructura social que promueve la incomprensión de lo singular. En “Ser y tiempo”, el filósofo alemán (2009, p. 148) analiza cómo la cotidianeidad tiende a disolver la responsabilidad individual en el dominio impersonal del “se”- aquello que se dice, se piensa o se hace-, afirmando que en ese modo de estar “cada cual es el otro y ninguno es él mismo”. La soledad intelectual irrumpe precisamente cuando el “Dasein” reniega de esa dictadura del murmullo homogéneo y recupera su posibilidad más propia. Desmarcarse del discurso automatizado produce incomodidad en el entorno porque expone la fragilidad de las certezas compartidas: no hay nada más incómodo que expresar un desacuerdo fundamentado y argumentado ante una muchedumbre que parlotea estupideces sin cesar. De este modo, la soledad deja de ser una condena para convertirse en la condición de posibilidad de una existencia auténtica, en el peaje ineludible que paga quien decide no diluir su ser en la masa.
En este punto resulta indispensable tender un puente hacia una dimensión indivisible del intelecto: la conciencia ética. Agudizar la mirada intelectual implica, de manera ineludible, refinarse para el discernimiento moral. Quien ha cultivado la facultad de pensar en profundidad queda trágicamente desprotegido frente a la ceguera de una época regida por la utilidad inmediata, la ambición desmedida, el individualismo feroz y la corrupción normalizada. Surge así la soledad moral, ese desgarro de no sentirse parte de un entramado social donde el pragmatismo justifica la mezquindad y la soberbia se disfraza de éxito. Theodor W. Adorno (2004, p. 43) inmortalizó esta herida en su obra titulada “Mínima moralia”, al sentenciar que “no hay vida verdadera en la falsa”, explicitando que la integridad subjetiva entra en colisión frontal con las exigencias de un entorno degradado. La soledad intelectual se convierte entonces en soledad ética: no se trata sólo de que los demás no comprendan nuestras ideas, sino de que sus escalas de valores toleran o celebran dinámicas que al sujeto consciente le resultan asfixiantes.
Lejos de constituir un signo de misantropía o elitismo moral, mantenerse al margen de la complicidad colectiva es el acto supremo de responsabilidad de quien conserva la capacidad de juzgar. En “Responsabilidad y juicio”, Hannah Arendt (2007, p. 138) indaga en las razones por las cuales ciertas personas se niegan a participar en la corrupción sistémica de su tiempo, concluyendo que “es preferible sufrir el mal que hacerlo, porque si lo haces estás condenado a vivir junto con un malhechor”. Sostener el examen crítico frente a la codicia y la manipulación engendra una intemperie profunda, pero esa soledad de la conciencia guarda el último reducto de la dignidad humana. Quien se niega a aplaudir la injusticia disfrazada de astucia o el egoísmo camuflado de inteligencia financiera descubre que el pensamiento y la moral son dos nombres para la misma negativa a ser cómplice de un mundo cruel al cual uno no quiere pertenecer.
Desde el campo del psicoanálisis, esta incomunicación estructural cobra un sentido aún más profundo al revisar la noción del lenguaje y la alteridad. Jacques Lacan (1987, p. 243) afirmó en “El seminario. Libro 11” que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, evidenciando que el sujeto se constituye en la trama del discurso social, pero al mismo tiempo descubre que dicho discurso es constitutivamente incompleto. En otras palabras, queridos amigos, no existe una traducción perfecta entre las mentas ni una garantía simbólica que elimine el malentendido. Por su parte, Sigmund Freud (1986, p. 76) ya había ubicado en “El malestar en la cultura” los vínculos humanos como una de las tres grandes fuentes del sufrimiento inevitable, junto a la decadencia del propio cuerpo y las fuerzas destructivas de la naturaleza. Pretender que los seres queridos satisfagan todas las demandas de resonancia intelectual y moral es desconocer la falla estructural que atraviesa a todos los lazos. La soledad intelectual se revela así como el encuentro frontal con la falta en el Otro, ese punto donde el lenguaje familiar no alcanza para cifrar la verdad singular del sujeto.
Ahora bien, es necesario aclarar que reflexionar sobre la expansión de la lucidez exige reconocer cómo la agudeza del comprender altera el volumen de la propia subjetividad. Søren Kierkegaard (2006, p. 34) formuló en el “Tratado de la desesperación” una ley proporcional de la vida interior: “cuanto más conciencia hay, mayor es el yo”, lo que implica que toda amplificación del saber expande inevitablemente los contornos de la individualidad. Esta especie de dilatación del ser demanda marcos teóricos más complejos y espacios más amplios para desplegarse. Por ello, Arthur Schopenhauer (2009, p. 112) apuntaba en sus “Aforismos sobre la sabiduría de la vida” que “bastarse a sí mismo es el destino de todos los espíritus egregios” , una afirmación que no deberíamos leer como un elogio del aislamiento pretendidamente autosuficiente, sino como la constatación de una servidumbre inevitable: el rigor del pensamiento impone un ritmo interior que la conversación de compromiso no puede abastecer jamás.
A lo largo de la historia de la filosofía, este desacople entre el pensamiento singular y la masa se manifiesta como una constante dramática. Tomemos solamente el caso de “Así habló Zaratustra”, obra en la que Friedrich Nietzsche (2003, p. 45) retrata la incomprensión trágica del pensador que regresa a la comunidad con el enigma: “¿qué harás en la tierra de los durmientes?”, poniendo al descubierto la distancia abismal que separa distintos estados de vigilia. También, en la perspectiva freudiana desarrollada en “Inhibición, síntoma y angustia” (Freud, 1979, p. 84), la angustia actúa como una señal de alarma del yo ante la amenaza de castración o pérdida de amor. Cargar la soledad intelectual como una culpa reprimida convierte una condición objetiva en un síntoma neurótico. El desafío, entonces, radica en retirar la carga de vergüenza y entender que el aire enrarecido de la cumbre no es una condena moral, sino la consecuencia física de la altitud alcanzada.
Sin embargo, al comprender que esta distancia no representa una patología individual, acecha otro peligro que es simétrico y destructivo: ceder a la tentación del resentimiento. Cuando el sujeto constata la sordera de su época o la incomprensión de sus allegados, resulta tentador permitir que la grieta se envenene con desprecio, agriando la lucidez hasta transformarla en una fortaleza de soberbia misantrópica. En su “Genealogía de la moral”, Nietzsche (1996, p. 48) remarcó con severidad cómo el resentimiento convierte la herida en una fuerza reactiva que se nutre de la negación, engendrando valores mezquinos que terminan asfixiando el dinamismo vital. Convertir la soledad en una trinchera de amargura y desdén significa entregarle el control de la propia existencia a aquello mismo de lo que se reniega. El exilio voluntario y el aislamiento resentido no son muestras de fortaleza, sino síntomas de una derrota disfrazada de superioridad, una forma sutil de ahogarse en el veneno que pretendía denunciarse.
Por el contrario, la verdadera madurez filosófica y existencial exige aprender a habitar esa soledad, convertirla en una fragua luminosa y no en un calabozo. Por ello, en “Los ensayos”, Michel de Montaigne (2007, p. 293) aconsejaba la necesidad de “reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro”, enseñando que la independencia del espíritu no exige romper los lazos afectivos ni despreciar lo público o común. Aprender de la soledad significa transformar el silencio en un maestro que refina la sensibilidad, permitiendo regresar a la conversación humana con una paciencia renovada y una ternura indulgente. Se trata de habitar el propio abismo sin exigirle a los demás que se arrojen a él, reconociendo que se puede amar profundamente a quienes no comparten nuestra misma frecuencia sin por ello traicionar la escala de valores que hemos conquistado. Así, la soledad deja de ser un destino de reclusión para convertirse en una forma generosa de estar en el mundo: una lucidez que ampara sin juzgar, que sostiene sin someter y que transforma la distancia en un puente de verdadera compasión.
Nombrar con exactitud esta vivencia transforma de forma radical su naturaleza operativa. Designar la soledad intelectual y moral disipa la tentación de la queja y la restituye a la dignidad de un dato objetivo. No se trata de un fallo de fabricación, ni de un narcisismo disfrazado, ni de una carencia de afecto hacia quienes nos rodean. Es, en rigor, el costo ineludible de haber construido una estructura interior sólida, el precio de haber osado pensar y sentir a contramano de la inercia del entorno masificado. Reconocer este plano de existencia libera de la urgencia de esconder la propia luz por miedo a deslumbrar o desentonar, permitiendo habitar el aislamiento no como un castigo social, sino como el testimonio incuestionable de haber asumido la propia historia con autenticidad.
Ahora les pregunto, caros lectores: ¿qué conducta nos queda, entonces, cuando la comprensión intelectual y la rectitud moral se convierten en una frontera insular frente a un mundo seducido por la ambición y el cinismo? ¿Continuaremos mutilando nuestro deseo e inventando un personaje dócil para no alterar la quietud de la muchedumbre que prefiere la ilusión a la verdad? ¿O seremos capaces de resistir en esa intemperie de la conciencia, asumiendo el peso de nuestra propia luz sin claudicar ante la corrupción del entorno ni agriarse en el resentimiento? ¿Acaso la verdadera madurez filosófica, existencial y humana no consista en dejar de exigirle a la tribu la aprobación que sólo puede dar la verdad interior, aprendiendo a amar los vínculos cotidianos desde esa trastienda íntima sin traicionar jamás la inmensidad ética de nuestro propio abismo?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
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