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El costo de la lucidez: entre la soledad intelectual y la soledad moral – Lisandro Prieto Femenía

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“Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”

Jean-Paul Sartre (La náusea, 2011, p. 24)

Existe una forma silenciosa de extrañamiento que no nace del abandono ni del aislamiento físico, sino de una inadecuación tonal. Aparece a menudo en medio de la abundancia afectiva, en la mesa compartida con seres amados, inteligentes y bienintencionados, cuya generosidad humana resulta innegable. Sin embargo, en el instante preciso en que el espíritu intenta volcar aquello que ha madurado a lo largo de años de contemplación, lecturas o grietas existenciales, la palabra cae en una superficie blanda que absorbe el impacto sin devolver resonancia. Nadie rechaza la enunciación; sencillamente falta el tejido simbólico para sostenerla. Distinta de la marginación social y ajena a la carencia afectiva, la soledad intelectual se nos presenta como una grieta invisible que se abre cuando el nivel de conciencia y la elaboración subjetiva de un individuo desbordan el horizonte de interpretación de su entorno inmediato.

Frente a esta distancia insular, resulta casi inevitable tropezar con una trampa psicológica que suele ser devastadora: transformar la falta de sintonía en un defecto personal. Dado que las personas queridas poseen lucidez, bondad y el deseo sincero de acompañar, la mente concluye apresuradamente que el desacople responde a una incapacidad propia para amar o vincularse. Así, se germina una mezcla turbia de culpa, vergüenza y frustración. Por temor a sonar arrogante, o por el pánico soterrado a que esa brecha sea la prueba de una rareza patológica, el sujeto opta por amputar su propio discurso y forma de vida. Al respecto, Donald Winnicott (1993, p. 183) conceptualizó con precisión la respuesta defensiva ante esta exigencia de adaptación al señalar que “sólo el sí-mismo verdadero –el True Self- puede ser creativo y sólo el sí-mismo verdadero puede sentirse real”, añadiendo que la construcción de un “falso sí-mismo” (False-Self) responde a la necesidad de proteger la intimidad frente a un medio que no puede alojarla. Apagar la voz singular para no incomodar al grupo constituye una maniobra de supervivencia afectiva, aunque esa diplomacia forzada termine funcionando como una lenta sofocación del deseo.

Si queremos intentar desentrañar la raíz ontológica de este distanciamiento, es conveniente desmantelar la fantasía de que el pensamiento es un espacio transparente de acceso comunitario. En “El hombre y la gente”, José Ortega y Gasset (1983, p. 151) enfatizó que “la vida humana es en su radicalidad sólo la mía”, recordando que el entramado de las costumbres sociales representa una construcción secundaria edificada sobre la soledad originaria del individuo. Al profundizar en la comprensión de sí y del mundo, la persona abandona las certezas heredadas de la tribu y acepta el riesgo de habitar esa soledad primaria. No se produce allí un repliegue soberbio ni un desprecio resentido hacia los allegados, sino un desplazamiento en la frecuencia perceptiva. Cambiar de canal no significa juzgar la música de los demás, del mismo modo que adentrarse en alta mar no implica despreciar la seguridad de la orilla.

Asimismo, desde la corriente existencialista cobra un sentido fundacional respecto a la autenticidad del ser. Lejos de constituir un accidente desafortunado, la soledad intelectual se revela como la prueba irrefutable de que el individuo ha despertado de la somnolencia colectiva. Albert Camus (2012, p. 15) describe magistralmente este instante de fractura al plasmar en “El mito de Sísifo” que “comenzar a pensar es comenzar a estar minado”, indicando con ello que el ejercicio de la lucidez resquebraja las certezas automáticas y coloca al sujeto frente al espesor desconocido de la existencia. Cuando las explicaciones convencionales dejan de satisfacer, la persona experimenta un vértigo ante el cual la masa suele permanecer anestesiada. Justamente en “La náusea”, Jean-Paul Sartre (2011, p. 24) retrató magistralmente esta disonancia al confesar la extrañeza del sujeto reflexivo ante la masa acomodada en el consenso: “Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”. Esa soledad no es un vacío estéril, sino el territorio ontológico donde la libertad asume el peso de su propia marcha.

Paralelamente, la analítica existencial desarrollada por Martin Heidegger permite comprender la estructura social que promueve la incomprensión de lo singular. En “Ser y tiempo”, el filósofo alemán (2009, p. 148) analiza cómo la cotidianeidad tiende a disolver la responsabilidad individual en el dominio impersonal del “se”- aquello que se dice, se piensa o se hace-, afirmando que en ese modo de estar “cada cual es el otro y ninguno es él mismo”. La soledad intelectual irrumpe precisamente cuando el “Dasein” reniega de esa dictadura del murmullo homogéneo y recupera su posibilidad más propia. Desmarcarse del discurso automatizado produce incomodidad en el entorno porque expone la fragilidad de las certezas compartidas: no hay nada más incómodo que expresar un desacuerdo fundamentado y argumentado ante una muchedumbre que parlotea estupideces sin cesar. De este modo, la soledad deja de ser una condena para convertirse en la condición de posibilidad de una existencia auténtica, en el peaje ineludible que paga quien decide no diluir su ser en la masa.

En este punto resulta indispensable tender un puente hacia una dimensión indivisible del intelecto: la conciencia ética. Agudizar la mirada intelectual implica, de manera ineludible, refinarse para el discernimiento moral. Quien ha cultivado la facultad de pensar en profundidad queda trágicamente desprotegido frente a la ceguera de una época regida por la utilidad inmediata, la ambición desmedida, el individualismo feroz y la corrupción normalizada. Surge así la soledad moral, ese desgarro de no sentirse parte de un entramado social donde el pragmatismo justifica la mezquindad y la soberbia se disfraza de éxito. Theodor W. Adorno (2004, p. 43) inmortalizó esta herida en su obra titulada “Mínima moralia”, al sentenciar que “no hay vida verdadera en la falsa”, explicitando que la integridad subjetiva entra en colisión frontal con las exigencias de un entorno degradado. La soledad intelectual se convierte entonces en soledad ética: no se trata sólo de que los demás no comprendan nuestras ideas, sino de que sus escalas de valores toleran o celebran dinámicas que al sujeto consciente le resultan asfixiantes.

Lejos de constituir un signo de misantropía o elitismo moral, mantenerse al margen de la complicidad colectiva es el acto supremo de responsabilidad de quien conserva la capacidad de juzgar. En “Responsabilidad y juicio”, Hannah Arendt (2007, p. 138) indaga en las razones por las cuales ciertas personas se niegan a participar en la corrupción sistémica de su tiempo, concluyendo que “es preferible sufrir el mal que hacerlo, porque si lo haces estás condenado a vivir junto con un malhechor”. Sostener el examen crítico frente a la codicia y la manipulación engendra una intemperie profunda, pero esa soledad de la conciencia guarda el último reducto de la dignidad humana. Quien se niega a aplaudir la injusticia disfrazada de astucia o el egoísmo camuflado de inteligencia financiera descubre que el pensamiento y la moral son dos nombres para la misma negativa a ser cómplice de un mundo cruel al cual uno no quiere pertenecer.

Desde el campo del psicoanálisis, esta incomunicación estructural cobra un sentido aún más profundo al revisar la noción del lenguaje y la alteridad. Jacques Lacan (1987, p. 243) afirmó en “El seminario. Libro 11” que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, evidenciando que el sujeto se constituye en la trama del discurso social, pero al mismo tiempo descubre que dicho discurso es constitutivamente incompleto. En otras palabras, queridos amigos, no existe una traducción perfecta entre las mentas ni una garantía simbólica que elimine el malentendido. Por su parte, Sigmund Freud (1986, p. 76) ya había ubicado en “El malestar en la cultura” los vínculos humanos como una de las tres grandes fuentes del sufrimiento inevitable, junto a la decadencia del propio cuerpo y las fuerzas destructivas de la naturaleza. Pretender que los seres queridos satisfagan todas las demandas de resonancia intelectual y moral es desconocer la falla estructural que atraviesa a todos los lazos. La soledad intelectual se revela así como el encuentro frontal con la falta en el Otro, ese punto donde el lenguaje familiar no alcanza para cifrar la verdad singular del sujeto.

Ahora bien, es necesario aclarar que reflexionar sobre la expansión de la lucidez exige reconocer cómo la agudeza del comprender altera el volumen de la propia subjetividad. Søren Kierkegaard (2006, p. 34) formuló en el “Tratado de la desesperación” una ley proporcional de la vida interior: “cuanto más conciencia hay, mayor es el yo”, lo que implica que toda amplificación del saber expande inevitablemente los contornos de la individualidad. Esta especie de dilatación del ser demanda marcos teóricos más complejos y espacios más amplios para desplegarse. Por ello, Arthur Schopenhauer (2009, p. 112) apuntaba en sus “Aforismos sobre la sabiduría de la vida” que “bastarse a sí mismo es el destino de todos los espíritus egregios” , una afirmación que no deberíamos leer como un elogio del aislamiento pretendidamente autosuficiente, sino como la constatación de una servidumbre inevitable: el rigor del pensamiento impone un ritmo interior que la conversación de compromiso no puede abastecer jamás.

A lo largo de la historia de la filosofía, este desacople entre el pensamiento singular y la masa se manifiesta como una constante dramática. Tomemos solamente el caso de “Así habló Zaratustra”, obra en la que Friedrich Nietzsche (2003, p. 45) retrata la incomprensión trágica del pensador que regresa a la comunidad con el enigma: “¿qué harás en la tierra de los durmientes?”, poniendo al descubierto la distancia abismal que separa distintos estados de vigilia. También, en la perspectiva freudiana desarrollada en “Inhibición, síntoma y angustia” (Freud, 1979, p. 84), la angustia actúa como una señal de alarma del yo ante la amenaza de castración o pérdida de amor. Cargar la soledad intelectual como una culpa reprimida convierte una condición objetiva en un síntoma neurótico. El desafío, entonces, radica en retirar la carga de vergüenza y entender que el aire enrarecido de la cumbre no es una condena moral, sino la consecuencia física de la altitud alcanzada.

Sin embargo, al comprender que esta distancia no representa una patología individual, acecha otro peligro que es simétrico y destructivo: ceder a la tentación del resentimiento. Cuando el sujeto constata la sordera de su época o la incomprensión de sus allegados, resulta tentador permitir que la grieta se envenene con desprecio, agriando la lucidez hasta transformarla en una fortaleza de soberbia misantrópica. En su “Genealogía de la moral”, Nietzsche (1996, p. 48) remarcó con severidad cómo el resentimiento convierte la herida en una fuerza reactiva que se nutre de la negación, engendrando valores mezquinos que terminan asfixiando el dinamismo vital. Convertir la soledad en una trinchera de amargura y desdén significa entregarle el control de la propia existencia a aquello mismo de lo que se reniega. El exilio voluntario y el aislamiento resentido no son muestras de fortaleza, sino síntomas de una derrota disfrazada de superioridad, una forma sutil de ahogarse en el veneno que pretendía denunciarse.

Por el contrario, la verdadera madurez filosófica y existencial exige aprender a habitar esa soledad, convertirla en una fragua luminosa y no en un calabozo. Por ello, en “Los ensayos”, Michel de Montaigne (2007, p. 293) aconsejaba la necesidad de “reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro”, enseñando que la independencia del espíritu no exige romper los lazos afectivos ni despreciar lo público o común. Aprender de la soledad significa transformar el silencio en un maestro que refina la sensibilidad, permitiendo regresar a la conversación humana con una paciencia renovada y una ternura indulgente. Se trata de habitar el propio abismo sin exigirle a los demás que se arrojen a él, reconociendo que se puede amar profundamente a quienes no comparten nuestra misma frecuencia sin por ello traicionar la escala de valores que hemos conquistado. Así, la soledad deja de ser un destino de reclusión para convertirse en una forma generosa de estar en el mundo: una lucidez que ampara sin juzgar, que sostiene sin someter y que transforma la distancia en un puente de verdadera compasión.

Nombrar con exactitud esta vivencia transforma de forma radical su naturaleza operativa. Designar la soledad intelectual y moral disipa la tentación de la queja y la restituye a la dignidad de un dato objetivo. No se trata de un fallo de fabricación, ni de un narcisismo disfrazado, ni de una carencia de afecto hacia quienes nos rodean. Es, en rigor, el costo ineludible de haber construido una estructura interior sólida, el precio de haber osado pensar y sentir a contramano de la inercia del entorno masificado. Reconocer este plano de existencia libera de la urgencia de esconder la propia luz por miedo a deslumbrar o desentonar, permitiendo habitar el aislamiento no como un castigo social, sino como el testimonio incuestionable de haber asumido la propia historia con autenticidad.

Ahora les pregunto, caros lectores: ¿qué conducta nos queda, entonces, cuando la comprensión intelectual y la rectitud moral se convierten en una frontera insular frente a un mundo seducido por la ambición y el cinismo? ¿Continuaremos mutilando nuestro deseo e inventando un personaje dócil para no alterar la quietud de la muchedumbre que prefiere la ilusión a la verdad? ¿O seremos capaces de resistir en esa intemperie de la conciencia, asumiendo el peso de nuestra propia luz sin claudicar ante la corrupción del entorno ni agriarse en el resentimiento? ¿Acaso la verdadera madurez filosófica, existencial y humana no consista en dejar de exigirle a la tribu la aprobación que sólo puede dar la verdad interior, aprendiendo a amar los vínculos cotidianos desde esa trastienda íntima sin traicionar jamás la inmensidad ética de nuestro propio abismo?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Adorno, T. W. (2004). Mínima moralia: reflexiones desde la vida dañada (J. Chamorro Mielke, Trad.). Editorial Akal. (Obra original publicada en 1951).

Arendt, H. (2007). Responsabilidad y juicio (M. Candel, Trad.). Ediciones Paidós. (Obra original publicada en 2003).

Camus, A. (2012). El mito de Sísifo (L. Echávarri, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).

Freud, S. (1979). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 20, pp. 71-164). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1926).

Freud, S. (1986). El malestar en la cultura. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 21, pp. 57-140). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1930).

Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1927).

Kierkegaard, S. (2006). Tratado de la desesperación (A. Sánchez Barbudo, Trad.). Editorial Losada. (Obra original publicada en 1849).

Lacan, J. (1987). El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (J. L. Delmont-Mauri y J. Sucre, Trads.). Editorial Paidós. (Obra original publicada en 1964).

Montaigne, M. de. (2007). Los ensayos (J. Bayona, Trad.). Ediciones Acantilado. (Obra original publicada en 1580).

Nietzsche, F. (1996). La genealogía de la moral (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1887).

Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883).

Ortega y Gasset, J. (1983). El hombre y la gente. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1957).

Sartre, J.-P. (2011). La náusea (A. Bernárdez, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1938).

Schopenhauer, A. (2009). Aforismos sobre la sabiduría de la vida (E. Íñiguez, Trad.). Valdemar. (Obra original publicada en 1851).

Winnicott, D. W. (1993). El proceso de maduración en el niño: estudios sobre la teoría del desarrollo emocional (J. Piatigorsky, Trad.). Editorial Laia. (Obra original publicada en 1965).

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El 11s y las “Mentiras que matan”- Lisandro Prieto Femenía

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«Toda la vida de las sociedades en las que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación»

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (2002, p. 37).

Pocas veces el séptimo arte ha logrado anticipar de manera tan precisa las fisuras en el régimen de la verdad de la posmodernidad como cuando Barry Levinson estrenó su obra titulada “Wag the dog” (“Mentiras que matan”) en 1997. Aquella sátira cinematográfica presentaba un escenario donde un asesor político y un productor de Hollywood diseñan una guerra ficticia en Albania para desplazar un escándalo presidencial del centro del debate público. La hipótesis parecía entonces una caricatura audaz sobre el cinismo mediático. Sin embargo, apenas cuatro años después, las imágenes en tiempo real de las Torres Gemelas desplomándose en Nueva York fracturaron la delgada frontera entre la producción audiovisual y la historia global. El horror del 11 de septiembre de 2001 no solo sacudió la geopolítica mundial, sino que dejó en evidencia cómo el poder posmoderno opera a través de la estetización del conflicto y la administración simbólica de las masas a través del miedo inoculado.

Si observamos con atención ambas escenas, notaremos que el verdadero punto de convergencia no reside en una teoría conspirativa, sino en la mutación ontológica de la realidad misma. Mientras que en la película de Levinson la simulación de una joven huyendo con un gatito en los brazos bastaba para fabricar un consenso patriótico, la tragedia neoyorkina operó bajo una gramática visual inquietantemente similar. Las cámaras transmitieron el colapso de los rascacielos como si se tratase de una superproducción catastrófica, donde la violencia tangible quedaba supeditada a su propio impacto escénico. En su ensayo titulado “El espíritu del terrorismo”, publicado en el año 2002, Jean Baudrillard planteó que el terrorismo “nada inventa, nada inaugura”, sino que “no hace sino llevar las cosas al extremo, al paroxismo” (p. 11), exacerbando una lógica implícita dentro de la propia cultura de la pantalla. El ataque se desplegó así como la imagen definitiva, concebida para ser consumida de modo hipnótico por miles de millones de espectadores aterrados.

Surge entonces una paradoja dolorosa que atraviesa la conciencia contemporánea. Durante décadas, la industria cultural alimentó las salas de cine con relatos de destrucción masiva, invasiones y derrumbes de rascacielos. Cuando la violencia irrumpió finalmente en las calles de Manhattan, la mente colectiva no experimentó el acontecimiento como una novedad absoluta, sino como la escenificación física de una fantasía previamente ensayada. Al respecto, el filósofo Slavoj Žižek profundizó sobre este fenómeno en “Bienvenidos al desierto de lo real” (2005), donde señala cómo “el hecho de que los ataques del 11 de septiembre fueran material de fantasías populares mucho antes de que el hecho tuviera lugar nos da otra prueba de la lógica oblicua de los sueños” (p. 20). Aquel martes fatídico, la ficción no imitó a la vida, sino que la realidad buscó desesperadamente parecerse al cine para lograr ser asimilada. La conmoción no radicó únicamente en la trágica pérdida de vidas humanas, sino en el abrumador vértigo de descubrir que nuestro sentido de lo real depende por entero de un libreto audiovisual previo.

Es precisamente en esta encrucijada entre el diseño mediático y el cálculo soberano donde cobra su dimensión más inquietante la categoría de operación de falsa bandera o auto-atentado. Lejos de constituir un ardid de contrainteligencia o una fantasía persecutoria, la manipulación de la propia vulnerabilidad ha funcionado históricamente como un catalizador decisivo del poder estatal. Ya Hannah Arendt sostenía en su ensayo “La mentira en la política”, incluido en “Crisis de la República” (1999), que la falsificación de los hechos “es un fenómeno tan antiguo en la historia como la política misma, pero lo que la distingue hoy es la sustitución masiva de la realidad por la fabricación de imágenes” (p. 14). La historia del siglo XX está llena de episodios donde la creación o instrumentalización de provocaciones sirvió para legitimar escaladas bélicas. Desde el incendio del Reichstag en 1933, vertiginosamente utilizado por el régimen nacionalsocialista para abolir los derechos civiles, pasando por las turbias escaramuzas del Golfo de Tonkín en 1964 que sirvieron de pretexto a la intervención militar masiva en Vietnam, hasta los planes desclasificados de la Operación Northwoods en 1962 –donde la cúpula militar estadounidense contempló escenificar ataques terroristas en suelo propio para justificar la invasión a Cuba-, la estructura del Estado ha demostrado una fría disposición a sacrificar la vida de sus propios ciudadanos en el altar de la hegemonía.

Desde la teoría política contemporánea, esta inclinación a infligirse o auspiciar el propio trauma encuentra una lectura aún más profunda. Por ejemplo, Jacques Derrida acuñó el término de “inmunología política” durante su célebre diálogo con Borradori publicado en “La filosofía en una época de terror” (2004), explicando que “un proceso autoinmune es ese proceso pavoroso por el cual un organismo vivo produce de manera ‘espontánea’ una defensa que se encarga de destruir sus propios principios de protección” (p. 162). De esta manera, el Estado moderno actúa como una lógica autoinmune cuando tolera, precipita o capitaliza la agresión contra su propia estructura para rearmarse de autoridad impune. Paralelamente, al analizar la arquitectura jurídica de estas crisis, Giorgio Agamben argumenta en “Estado de excepción” (2005) que “el totalitarismo moderno se define como la instauración, por medio del estado de excepción, de una guerra civil legal que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos sino de categorías enteras de ciudadanos” (p. 24). Bajo este tamiz, la veracidad originaria del ejecutor de un atentado pierde relevancia frente al uso que “el Soberano” le otorga: la tragedia se transforma inmediatamente en la licencia definitiva para suspender las garantías constitucionales y someter a la población a una vigilancia totalitaria en nombre de la seguridad.

Frente a este horizonte abismal, la conciencia ciudadana queda atrapada en un doble desgarro existencial y político donde cualquier desenlace pulveriza los cimientos normativos del proyecto moderno. Si aceptáramos la hipótesis de que la propia cúpula de poder planificó o instigó la masacre para justificar una cruzada bélica interminable en Medio Oriente, el armazón conceptual del Estado constitucional de derecho colapsaría de inmediato. Recordemos que en las páginas del “Leviatán”, Thomas Hobbes (2006) inmortalizó la premisa medular del pacto político al dictaminar que “el fin de la obediencia es la protección” (p. 208). Cuando el Soberano transmuta esa protección en un sacrificio deliberado de sus propios gobernados en aras de la expansión imperial, el contrato social pierde su entera validez y la república se revela como un espectáculo sangriento de auto-preservación despótica. La figura de la democracia quedaría entonces reducida a una simulación perversa destinada a adormecer a las víctimas mientras son entregadas a los designios de cuatro o cinco degenerados con intereses puestos en inversiones a futuro.

Por otro lado, si rechazamos la conspiración y asumimos que la tragedia aconteció debido a la ceguera, incompetencia y torpeza burocrática de las agencias de inteligencia, el golpe resulta igualmente demoledor. En este segundo escenario, cae de golpe el velo de la invulnerabilidad de la potencia más armada de la historia de la humanidad, exponiendo la radical fragilidad de sus estructuras de seguridad frente a un puñado de fanáticos armados con estiletes. Como observa acertadamente Judith Butler en su obra titulada “Vida precaria” (2006), la irrupción de la violencia en Manhattan desnudó una condición insoslayable al constatar que “saberse vulnerable es saberse expuesto a una herida que no siempre se puede prever ni controlar” (p. 62). En definitiva, la ilusión de una fortaleza inexpugnable se esfuma, dejando al ciudadano atrapado entre dos abismos insoportables: o habita en una nación regida por leviatanes dispuestos a traicionarlo brutalmente, o vive bajo la tutela de un gigante torpe e incapaz de salvaguardar su propia existencia física. En ambas vertientes de este dilema, la fe en las instituciones republicanas salta por los aires.

A raíz de esta fisura estructural, las autoridades estatales desplegaron una estrategia donde la manipulación del miedo superó los límites de la trama cinematográfica expuesta en “Wag the dog”. Tras las cenizas del World Trade Center, la maquinaria política norteamericana estructuró la narrativa de la famosa “Guerra contra el terror” y la posterior invasión a Irak bajo los argumentos vaporosos sobre armas de destrucción masiva (nunca encontradas) que recordaban a la arbitrariedad argumental de un guión de estudio. En este punto, es necesario acudir a “La sociedad del espectáculo” (2002), obra en la que Guy Debord sostuvo de manera contundente que “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes” (p. 38). De este modo, la soberanía política ya no se ejerce mediante la construcción comunitaria, sino a través del monopolio de la escenografía, transformando al ciudadano en un espectador cuya única función consiste en validar moralmente los despliegues bélicos decididos tras bambalinas.

La precitada voluntad de manipulación simbólica y de ocultamiento sistemático no se limitó al frente geopolítico externo, sino que extendió sus efectos nocivos sobre la salud física y psicológica de la propia ciudadanía. Documentos e investigaciones periodísticas revelan que tras los atentados del 11 de septiembre, las autoridades de la ciudad de Nueva York y el gobierno federal ocultaron deliberadamente información técnica crucial sobre la toxicidad del aire en la “Zona cero”. La consigna de que el aire era seguro para respirar buscaba proyectar una ilusión de pronta recuperación económica e invulnerabilidad patriótica, precipitando enfermedades crónicas a miles de socorristas y habitantes del bajo Manhattan. Aquel episodio dejó al descubierto que el espectáculo no duda en sacrificar los cuerpos reales de su población con tal de preservar la coherencia del libreto triunfalista.

Acaso la mutación más impredecible de esta superestructura del miedo resida en la manera en que el tejido social, sometido durante décadas a una islamofobia institucionalizada, termina desmantelando los prejuicios inculcados por el poder. En su influyente estudio “Good Muslim, Bad Muslim” (2004), Mahmood Mamdani analizó cómo el discurso hegemónico posterior al 11-S redujo la complejidad sociopolítica del mundo islámico a un estigma binario destinado a justificar el intervencionismo militar y la estigmatización doméstica. Sin embargo, la trayectoria de una comunidad no permanece congelada en los moldes de la propaganda estatal de una época específica. Con el paso de los años, el electorado de la metrópoli neoyorquina protagonizó un giro ético y político impensable en los días inmediatos al colapso de las torres: la elección de Zohran Mamdani como alcalde de la ciudad, un dirigente musulmán de izquierda que prestó juramento sobre un histórico ejemplar del Corán. Este fenómeno expone el fracaso a largo plazo del estigma estatal y atestigua la capacidad de una sociedad civil para mutar el significado del espacio público frente a la paranoia promovida por las élites de comienzos de siglo.

La tensión desatada cuando el nuevo liderazgo municipal confirmó su asistencia a las ceremonias conmemorativas del 11 de septiembre en el memorial del Ground Zero –pese a las encendidas resistencias de sectores conservadores que intentaron vetar su presencia- refleja la vigencia de esta disputa por la memoria política. Quienes pretendían excluirlo defendían el monopolio de un ritual fundado en el agravio identitario y la enemistad eterna. Al presentarse en el epicentro del trauma colectivo, la presencia de un alcalde islámico desafía la ontología del enemigo fabricado, reconfigurando el duelo no como un combustible para el odio bélico o el control policial, sino como un ejercicio común de memoria, dignidad y sanación compartida.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que aprehender la profunda sintonía entre la ficción de “Wag the dog”, la tragedia tridimensional del 11 de septiembre y sus insospechados virajes históricos implica asomarse al abismo de nuestra propia condición política. La tragedia humana se desvanece cuando la muerte, el dolor y el engaño institucional se convierten en insumos de montaje para justificar el control estatal, la suspensión de libertades civiles y la estigmatización de aquello que se indique como “diferente”. Si la verdad ha quedado relegada a un simple efecto de producción y si el sufrimiento sólo nos conmueve cuando respeta las leyes de la estética audiovisual, el horizonte democrático se torna inquietante. ¿Somos aún capaces de despertar de la fascinación hipnótica de la pantalla y cuestionar las verdades oficiales que enferman y manipulan a nuestras sociedades? ¿Nos hemos resignado a habitar una existencia donde cada tragedia real es apenas el prólogo de la siguiente guerra, o seremos capaces de fracturar la escenografía del miedo para construir un espacio común donde la alteridad ya no sea percibida como una amenaza, sino como la condición misma de nuestra libertad? ¿Qué nos queda de la promesa republicana si debemos elegir entre ser súbditos sacrificables de un Estado traidor o presas indefensas ante la torpeza de sus guardianes?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • Agamben, G. (2005). Estado de excepción (F. Costa e I. Costa, trads.). Adriana Hidalgo editora.
  • Arendt, H. (1999). Crisis de la República. Taurus.
  • Baudrillard, J. (2002). El espíritu del terrorismo. Anagrama.
  • Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia (F. Rodríguez, trad.). Paidós.
  • Debord, G. (2002). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, trad.). Pre-Textos.
  • Derrida, J. (2004). Autoinmunidad: suicidios simbólicos y reales. En G. Borradori, La filosofía en una época de terror: Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida (J. J. Botero, trad., pp. 131-195). Taurus.
  • Hobbes, T. (2006). Leviatán (C. Mellizo, trad.). Alianza Editorial.
  • Mamdani, M. (2004). Good Muslim, Bad Muslim: America, the Cold War, and the Roots of Terror. Pantheon Books.
  • Žižek, S. (2005). Bienvenidos al desierto de lo real. Akal.

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Byung-Chul Han y la insoportable levedad de estar disponibles- Lisandro Prieto Femenía

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«El sujeto de rendimiento, que se cree libre, es en realidad un esclavo: es un esclavo absoluto en la medida en que, sin amo alguno, se explota a sí mismo voluntariamente»

 Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, 2012, p. 80)

Lamentablemente, suele rondar en el ambiente la sospecha de que la filosofía es una disciplina de mausoleo, un catálogo de preguntas ya respondidas o de pensadores ilustres que descansan bajo el mármol de la historia. Nos consuela imaginar que los grandes debates existenciales pertenecen a épocas pretéritas, tal vez porque mirar de frente nuestras propias grietas resulta demasiado doloroso. También, debo decirlo, divulgadores mediocres, intelectuales rentados y sofistas posmo-progres, es decir, los Darío’s Z de la vida, no ayudan a contrarrestar este prejuicio. Sin embargo, los síntomas de nuestro tiempo delatan que habitamos un territorio profundamente filosófico, un presente donde las heridas no se ven nítidamente, pero se sienten con una crudeza física imposible de soslayar. Aquí y ahora, aparece Byung-Chul Han, que se ha consolidado como uno de los analistas más lúcidos de la posmodernidad precisamente porque ha logrado poner en palabras una fatiga sorda que arrastramos en nuestros cuerpos: esa extraña e ininterrumpida sensación de vivir expuestos en un anaquel digital, cansados y perpetuamente exigidos.

El precitado filósofo no irrumpe, de ningún modo, desde la nada, mucho menos de la simple ocurrencia sociológica. De origen surcoreano, su propio periplo vital encierra una transmutación existencial radical: tras iniciar sus estudios de metalurgia en Seúl, se trasladó a Alemania, sin hablar apenas el idioma, impulsado por una vocación tardía que lo llevó a sumergirse en la literatura germana, la teología católica y la filosofía, doctorándose finalmente con una exhaustiva investigación sobre el pensamiento de Martin Heidegger.

Es precisamente de la tradición fenomenológica y hermenéutica de Heidegger de donde Han hereda su profunda sospecha ante la técnica moderna y su defensa de la contemplación silenciosa. Dialogando con la dialéctica de Hegel y Marx, y nutriéndose de la agudeza crítica de Nietzsche y la Escuela de Fráncfort, el filósofo edificó un andamiaje teórico que se sitúa en abierta disputa con las corrientes optimistas de la globalización digital y la psicología positiva del autoengaño. Si bien asimila la noción de sociedad disciplinaria de Michel Foucault, Han marca una distancia crítica insalvable al demostrar que las categorías del pensador francés, basadas en la vigilancia corporal y la coerción externa, resultan insuficientes para descifrar un capitalismo tardío que ya no opera mediante la dominación del cuerpo, sino a través de la domesticación algorítmica de la psique, una mutación que él bautiza como “psicopolítica”.

Bajo este régimen del neoliberalismo avanzado, las dinámicas de poder han sufrido una transformación sutilmente imperceptible pero devastadora: ya no nos enfrentamos a amos externos que vigilan nuestros movimientos con un látigo visible, sino que la dominación actual es mucho más sofisticada porque se disfraza de libertad personal y realización individual. Esta perversa transición es diseccionada con precisión por el autor en su emblemática obra “La sociedad del cansancio”, donde sostiene con firmeza que “el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo hasta la extenuación. Se desarrolla una autoexplotación que es mucho más eficiente que la explotación por otros, porque se acompaña de un sentimiento de libertad” (Han, 2012, p. 23). De esta manera, el individuo contemporáneo corre con alegría hacia su propio desgaste, convencido de que cada hora extra en el trabajo, cada proyecto asumido o cada publicación en redes sociales constituye un peldaño hacia el éxito personal, ignorando que la autoexplotación voluntaria es infinitamente más eficaz que la coacción ajena, pues anula de raíz cualquier conato de resistencia o protesta colectiva.

Esta tesis de la servidumbre voluntaria y autoinducida late con fuerza en el corazón de una de sus intervenciones públicas recientes. Al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en el Teatro Campoamor de Oviedo, Han (2025) recurrió a la dolorosa metáfora del esclavo que se azota a sí mismo para ilustrar el trágico destino del hombre hiperconectado. Nos encontramos ante una domesticación invisible donde el látigo ha sido internalizado y la productividad se ha convertido en una religión sin Dios y sin domingos. El sujeto posmoderno ya no necesita que lo vigilen porque se ha convertido en el capataz de su propia existencia, transformando su tiempo de ocio en una incansable gestión del rendimiento y reduciendo su vida a una simple función de utilidad económica.

Para comprender la raíz profunda de este autosabotaje civilizatorio, conviene volver la mirada hacia los cimientos de la teoría psicoanalítica y confrontar cómo el dolor ha cambiado de piel. En su clásica obra, “El malestar en la cultura”, Sigmund Freud (1930/1992) advertía un conflicto estructural en el desarrollo de la vida comunitaria: “No puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante sofocación, represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pulsiones. (p. 96).

Durante el siglo XX, este malestar se traducía en la neurosis provocada por la prohibición, es decir, ese límite moral o estatal que imponía un tajante “no debes”. En nuestra época, no obstante, la renuncia ya no se origina en la censura, sino en un mandato mucho más perverso que nos empuja a la acción ilimitada. Se nos ordena producir, mostrarnos, disfrutar y rendir sin tregua. El antiguo sujeto obediente ha sido reemplazado por el sujeto del rendimiento, un individuo que ya no sufre por sentirse oprimido o reprimido por una fuerza ajena, sino por una insoportable sensación de insuficiencia. Nunca es suficiente lo que producimos, nunca es suficiente lo que mostramos, nunca somos suficientes para nosotros mismos ni para los demás.

Este escenario de autoexigencia y exposición constante encuentra su catalizador perfecto en los dispositivos digitales que cargamos en nuestros bolsillos. Lejos de ser simples herramientas de comunicación neutras, los teléfonos inteligentes han colonizado nuestra intimidad, transformado los lazos afectivos en transacciones rápidas, asépticas y cuantificables. Esta transmutación del espacio relacional es explorada minuciosamente por el filósofo en su obra “En el enjambre”, donde avizora que la sobreexposición digital anula la distancia necesaria para el encuentro ético. En sus propias palabras, “la comunicación digital destruye la distancia. Ello no conduce, sin embargo, a una cercanía vecinal, sino a la falta de distancia, en la que lo extraño es eliminado a favor de lo igual” (Han, 2014, p. 32). Al homogeneizar el espacio social, las pantallas nos proveen de una conexión constante, pero nos despojan del encuentro real, en tanto que el algoritmo no busca la empatía ni el entendimiento, sino que premia la indignación instantánea, la polarización y el conflicto estéril porque el odio circula con mayor velocidad y genera más dividendos económicos en el mercado de la atención.

La eliminación sutil, pero sistemática de esta alteridad no es un daño colateral del sistema, sino un requisito operativo para la aceleración del consumo. Cuando “el otro” es despojado de su misterio y de su diferencia irreductible, deja de ser un interlocutor para convertirse en una cosa que se consume y se desecha de manera autocomplaciente. Al indagar en esta herida, Han (2014) señala con amargura en “La agonía del Eros” que el narcisismo exacerbado de la cultura digital clausura la posibilidad misma del amor, puesto que “el mundo se le presenta sólo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esa alteridad… Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo. La depresión es una enfermedad narcisista” (p. 11). En otras palabras, sin la herida fundacional que produce la presencia de lo verdaderamente distinto, el sujeto queda atrapado en una inmanencia estéril, en un “infierno de lo igual” donde el diálogo se asfixia y la alteridad es desterrada.

Esta expulsión del otro acarrea consecuencias catastróficas para la salud del tejido social y el sostenimiento de la democracia, una advertencia que se hizo explícita con especial gravedad en Oviedo. En su discurso de aceptación, el pensador expuso que la pérdida de empatía y la digitalización sin control erosionan los lazos sociales esenciales, pavimentando el camino para el auge de autoritarismos y populismos de diversa índole que capitalizan el mido de las clases medias ante su inminente hundimiento socioeconómico.

En “La expulsión de lo distinto”, Han (2017) complementa este diagnóstico al explicar que la sobreexposición comunicativa no produce comunidad, sino un aislamiento ruidoso: “la comunicación digital tiene como objetivo destruir toda distancia. Con medios digitales hoy tratamos de aproximarnos al otro tanto como sea posible. Pero no por ello el otro nos enriquece más con su presencia virtual. Más bien lo hacemos desaparecer”(p. 34). Al disolver la distancia que nos separa del prójimo, se anula la posibilidad del asombro y del respeto recíproco.

Frente a la desintegración del lazo ético, la apelación de Han (2025) a recuperar el respeto y la moral ciudadana, remitiéndose al concepto de “moeurs” acuñado por Alexis de Tocqueville, no es un simple reclamo de civismo tradicional, sino una exigencia de supervivencia democrática. El precitado concepto alude a las costumbres, hábitos, maneras de sentir y pensar, y normas morales y sociales compartidas por un pueblo. No es sólo el comportamiento externo (las prácticas) sino también las disposiciones internas y los principios que orientan a la vida social: creencias, sensibilidades, sentimientos públicos, formas de asociación y expectativas sobre la autoridad y la igualdad (en Tocqueville, la transformación de las “moeurs” es central para entender la democratización: la igualdad de condiciones no modifica sensibilidades- aspiraciones de independencia, ideas sobre la autoridad, individualismo, ambición de reconocimiento, etc.-).

En consecuencia, el respeto, por definición, requiere de un tiempo y de un armazón simbólico que el vértigo contemporáneo destruye sin contemplaciones. Los rituales, que en el pasado pautaban y daban estabilidad a la vida colectiva, han sido reemplazados por el flujo ininterrumpido de estímulos instantáneos. Por ello, en su texto “La desaparición de los rituales”, Han (2020) denuncia que “al tiempo le falta… un armazón firme; se desintegra en la mera sucesión de un presente puntual. Se precipita sin interrupción. Nada le ofrece asidero” (p. 9). Es que sin estos “asideros” temporales, sin la posibilidad de demorarse en lo común, nos quedamos a merced de una comunicación hiperactiva que nos desborda cognitivamente pero nos deja existencialmente vacíos. Es, en definitiva, el legado del liberalismo desbocado: un inmenso vacío ético que las pantallas llenan de manera provisoria con odio, agresión, indiferencia y entretenimiento hueco.

La filosofía, entendida de esta manera, deja de ser un lujo académico y se convierte en una trinchera de resistencia. Leer el presente con sospecha, aprender a demorarse en la pregunta y recuperar el valor del silencio contemplativo son decisiones profundamente revolucionarias en un mundo que premia el ruido constante y la reacción inmediata. Al igual que el viejo tábano socrático al que Han aludió en su intervención en España, la tarea de pensar consiste en introducir una cuña de molestia en la inercia cotidiana, en sacudir al noble pero pasivo caballo de la sociedad de consumo para recordarle que vivir es algo más que acumular cosas e información, transaccionar afectos o gestionar el propio perfil digital. Es un llamado a recuperar el peso específico de la existencia, a rescatar la densidad de los lazos humanos antes de que terminen de disolverse en el flujo infinito de una pantalla y a entablar, tal como el filósofo confesó conmover su alma al leer a Simone Weil, una verdadera amistad espiritual con la trascendencia que nos devuelva la capacidad de conmovernos ante lo real.

En definitiva, queridos lectores, si la libertad prometida por este siglo consiste únicamente en la posibilidad de elegir entre infinitas opciones de consumo mientras nos consumimos a nosotros mismos, tal vez debamos empezar a desconfiar de nuestra propia noción de autonomía. ¿Qué clase de emancipación es esta que nos permite llegar a cualquier parte pero nos impide estar verdaderamente presentes en algún lugar? ¿De qué nos sirve haber conquistado el mundo exterior si el precio ha sido la usurpación absoluta de nuestro tiempo de silencio y de nuestro derecho al descanso? Quizá, el verdadero acto de rebeldía hoy no consista en acelerar para ganar una carrera que no tiene meta, sino en tener el coraje de detenernos, apagar la pantalla y mirarnos a los ojos para descubrir que el vacío que tanto intentamos llenar con productividad no es una carencia, sino el único espacio donde todavía es posible que acontezca un encuentro genuino.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Freud, S. (1992). El malestar en la cultura (J. L. Etcheverry, Trad.). En Obras completas (Vol. XXI, pp. 57-140). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1930).

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. S. Pascual, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros (R. G. Cotarelo, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2014). En el enjambre (R. G. Cotarelo, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto (A. Ciria, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2020). La desaparición de los rituales: una topología del presente (A. Ciria, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2025). Discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Fundación Princesa de Asturias. Oviedo, España. https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2025-byung-chul-han/?texto=discurso

 

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La cara oculta de Nayib Bukele

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En un tiempo turbulento propicio para que seudoperiodistas y politicastros den rienda suelta a sus frustraciones y su furia contra el árbol más florido, se ha vuelto profesión de fe desatar reportajes trucados y panfletos difamatorios contra el presidente Nayib Bukele.

De entrada, están ofendiendo a toda una nación que se encuentra luchan do por construir un nuevo país donde la paz social, el auténtico clima democrático, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la ciencia para el progreso y la justicia para los más olvidados, reinen.

A pesar de las lógicas dificultades de la economía mundial, de fenómenos como El Niño y de las dañinas guerras que encarecen el petróleo y sus derivados, 90 % de la población salvadoreña respalda la gestión del presidente, y es indudable que votará por él en 2027. Esto es lo primero que debería tener claro esa prensa amarillista.

Uno de los argumentos que esgrimen es la condición de bachiller del presidente, como si ello fuese un delito capital o un impedimento para ejercer la política. Hay que recordarles a es tos sesudos intelectualoides los grandes líderes del planeta que no terminaron sus estudios universitarios, pero jugaron un rol brillante en la política internacional, como George Washing ton, James Monroe, Harry S. Truman, Winston Churchill, sin olvidar a Abraham Lincoln, que fue leñador; y personajes como Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Mark Zuckerberg, entre muchos otros, se destacan por sus trayectorias excepcionales a pesar de haber abandonado o nunca haber comenzado estudios universitarios.

Por el contrario, Bukele cuenta en su currículo uno de los reconocimientos que la totalidad de académicos de a cuartillo solo pueden soñar con obtener. En diciembre de 2019 la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas del planeta, le otorgó un doctor «honoris causa».

Es evidente que ocultan o minimizan los grandes logros que su gestión ha logra do en cuanto a la seguridad ciudadana al transformar al país más violento y criminal del mundo en el más seguro del hemisferio occidental, el gran salto económico que ha significado su apuesta por el turismo, su lucha contra las mafias intermediarias de la producción agrícola y la búsqueda de la seguridad alimentaria en la agricultura, así como la modernización de los servicios, la infraestructura del sistema nacional de salud, entre otros.

O las grandes obras que su estrategia política de cooperación internacional ha logrado, especialmente con China, Corea del Sur, Estados Unidos, el mundo árabe e Israel, como son las infraestructuras de la Biblioteca Nacional, el superestadio en construcción, la potabilización del lago de Ilopango, el tramo de la autopista Los Chorros, la incautación de centenares de toneladas de cocaína y otras drogas del narcotráfico inter nacional; la edificación, a través de la Dirección de Reconstrucción del Tejido Social, de los centros urbanos de bienestar y oportunidades (CUBO) dentro del Plan Control Territorial, fase II.

Así, un líder heterodoxo, cuya regla es saltarse las reglas tradicionales, como Nayib Bukele, ha sido recibido con honores por el presidente Donald Trump en la Casa Blan ca, ha sido bienvenido en Israel para visitar el museo del holocausto Yad Vashem y el Muro de las Lamentaciones, ha sido acogido con profundo respeto y alfombra roja por el presidente Xi Jinping, en Pekín.

Es además admirado por la mayoría de sus colegas, presidentes de Uruguay, Chile, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Colombia, Perú, muchos de los cuales quieren reproducir sus políticas de seguridad ciudadana.

Su visión estratégica, que ha sido fundamental en la creación del Escudo de las Américas de Washington, constituido por 17 países del hemisferio occidental, incluyendo a Estados Unidos, es producto de la experiencia nacional de la lucha contra las pandillas, que contiene estrategias vitales para que dicho escudo haga más efectiva su lucha contra los carteles de las drogas y el terrorismo internacional.

Los adversarios y enemigos acérrimos de Nayib Bukele teorizan absurdos sobre su futuro como líder, o crean infames y ominosas teorías de la conspiración, se horrorizan ante los hechos palpables de su impecable gestión y de sus indiscutibles logros en política nacional e internacional. Esta es la ver dadera doble cara de un líder continental que más que desatar el odio, la rabia y la impotencia de sus adversarios les produce terror, con resultados tangentes que no se atreven ni a reconocer ni mucho menos a divulgar.

 

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