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El costo de la lucidez: entre la soledad intelectual y la soledad moral – Lisandro Prieto Femenía

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“Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”

Jean-Paul Sartre (La náusea, 2011, p. 24)

Existe una forma silenciosa de extrañamiento que no nace del abandono ni del aislamiento físico, sino de una inadecuación tonal. Aparece a menudo en medio de la abundancia afectiva, en la mesa compartida con seres amados, inteligentes y bienintencionados, cuya generosidad humana resulta innegable. Sin embargo, en el instante preciso en que el espíritu intenta volcar aquello que ha madurado a lo largo de años de contemplación, lecturas o grietas existenciales, la palabra cae en una superficie blanda que absorbe el impacto sin devolver resonancia. Nadie rechaza la enunciación; sencillamente falta el tejido simbólico para sostenerla. Distinta de la marginación social y ajena a la carencia afectiva, la soledad intelectual se nos presenta como una grieta invisible que se abre cuando el nivel de conciencia y la elaboración subjetiva de un individuo desbordan el horizonte de interpretación de su entorno inmediato.

Frente a esta distancia insular, resulta casi inevitable tropezar con una trampa psicológica que suele ser devastadora: transformar la falta de sintonía en un defecto personal. Dado que las personas queridas poseen lucidez, bondad y el deseo sincero de acompañar, la mente concluye apresuradamente que el desacople responde a una incapacidad propia para amar o vincularse. Así, se germina una mezcla turbia de culpa, vergüenza y frustración. Por temor a sonar arrogante, o por el pánico soterrado a que esa brecha sea la prueba de una rareza patológica, el sujeto opta por amputar su propio discurso y forma de vida. Al respecto, Donald Winnicott (1993, p. 183) conceptualizó con precisión la respuesta defensiva ante esta exigencia de adaptación al señalar que “sólo el sí-mismo verdadero –el True Self- puede ser creativo y sólo el sí-mismo verdadero puede sentirse real”, añadiendo que la construcción de un “falso sí-mismo” (False-Self) responde a la necesidad de proteger la intimidad frente a un medio que no puede alojarla. Apagar la voz singular para no incomodar al grupo constituye una maniobra de supervivencia afectiva, aunque esa diplomacia forzada termine funcionando como una lenta sofocación del deseo.

Si queremos intentar desentrañar la raíz ontológica de este distanciamiento, es conveniente desmantelar la fantasía de que el pensamiento es un espacio transparente de acceso comunitario. En “El hombre y la gente”, José Ortega y Gasset (1983, p. 151) enfatizó que “la vida humana es en su radicalidad sólo la mía”, recordando que el entramado de las costumbres sociales representa una construcción secundaria edificada sobre la soledad originaria del individuo. Al profundizar en la comprensión de sí y del mundo, la persona abandona las certezas heredadas de la tribu y acepta el riesgo de habitar esa soledad primaria. No se produce allí un repliegue soberbio ni un desprecio resentido hacia los allegados, sino un desplazamiento en la frecuencia perceptiva. Cambiar de canal no significa juzgar la música de los demás, del mismo modo que adentrarse en alta mar no implica despreciar la seguridad de la orilla.

Asimismo, desde la corriente existencialista cobra un sentido fundacional respecto a la autenticidad del ser. Lejos de constituir un accidente desafortunado, la soledad intelectual se revela como la prueba irrefutable de que el individuo ha despertado de la somnolencia colectiva. Albert Camus (2012, p. 15) describe magistralmente este instante de fractura al plasmar en “El mito de Sísifo” que “comenzar a pensar es comenzar a estar minado”, indicando con ello que el ejercicio de la lucidez resquebraja las certezas automáticas y coloca al sujeto frente al espesor desconocido de la existencia. Cuando las explicaciones convencionales dejan de satisfacer, la persona experimenta un vértigo ante el cual la masa suele permanecer anestesiada. Justamente en “La náusea”, Jean-Paul Sartre (2011, p. 24) retrató magistralmente esta disonancia al confesar la extrañeza del sujeto reflexivo ante la masa acomodada en el consenso: “Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”. Esa soledad no es un vacío estéril, sino el territorio ontológico donde la libertad asume el peso de su propia marcha.

Paralelamente, la analítica existencial desarrollada por Martin Heidegger permite comprender la estructura social que promueve la incomprensión de lo singular. En “Ser y tiempo”, el filósofo alemán (2009, p. 148) analiza cómo la cotidianeidad tiende a disolver la responsabilidad individual en el dominio impersonal del “se”- aquello que se dice, se piensa o se hace-, afirmando que en ese modo de estar “cada cual es el otro y ninguno es él mismo”. La soledad intelectual irrumpe precisamente cuando el “Dasein” reniega de esa dictadura del murmullo homogéneo y recupera su posibilidad más propia. Desmarcarse del discurso automatizado produce incomodidad en el entorno porque expone la fragilidad de las certezas compartidas: no hay nada más incómodo que expresar un desacuerdo fundamentado y argumentado ante una muchedumbre que parlotea estupideces sin cesar. De este modo, la soledad deja de ser una condena para convertirse en la condición de posibilidad de una existencia auténtica, en el peaje ineludible que paga quien decide no diluir su ser en la masa.

En este punto resulta indispensable tender un puente hacia una dimensión indivisible del intelecto: la conciencia ética. Agudizar la mirada intelectual implica, de manera ineludible, refinarse para el discernimiento moral. Quien ha cultivado la facultad de pensar en profundidad queda trágicamente desprotegido frente a la ceguera de una época regida por la utilidad inmediata, la ambición desmedida, el individualismo feroz y la corrupción normalizada. Surge así la soledad moral, ese desgarro de no sentirse parte de un entramado social donde el pragmatismo justifica la mezquindad y la soberbia se disfraza de éxito. Theodor W. Adorno (2004, p. 43) inmortalizó esta herida en su obra titulada “Mínima moralia”, al sentenciar que “no hay vida verdadera en la falsa”, explicitando que la integridad subjetiva entra en colisión frontal con las exigencias de un entorno degradado. La soledad intelectual se convierte entonces en soledad ética: no se trata sólo de que los demás no comprendan nuestras ideas, sino de que sus escalas de valores toleran o celebran dinámicas que al sujeto consciente le resultan asfixiantes.

Lejos de constituir un signo de misantropía o elitismo moral, mantenerse al margen de la complicidad colectiva es el acto supremo de responsabilidad de quien conserva la capacidad de juzgar. En “Responsabilidad y juicio”, Hannah Arendt (2007, p. 138) indaga en las razones por las cuales ciertas personas se niegan a participar en la corrupción sistémica de su tiempo, concluyendo que “es preferible sufrir el mal que hacerlo, porque si lo haces estás condenado a vivir junto con un malhechor”. Sostener el examen crítico frente a la codicia y la manipulación engendra una intemperie profunda, pero esa soledad de la conciencia guarda el último reducto de la dignidad humana. Quien se niega a aplaudir la injusticia disfrazada de astucia o el egoísmo camuflado de inteligencia financiera descubre que el pensamiento y la moral son dos nombres para la misma negativa a ser cómplice de un mundo cruel al cual uno no quiere pertenecer.

Desde el campo del psicoanálisis, esta incomunicación estructural cobra un sentido aún más profundo al revisar la noción del lenguaje y la alteridad. Jacques Lacan (1987, p. 243) afirmó en “El seminario. Libro 11” que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, evidenciando que el sujeto se constituye en la trama del discurso social, pero al mismo tiempo descubre que dicho discurso es constitutivamente incompleto. En otras palabras, queridos amigos, no existe una traducción perfecta entre las mentas ni una garantía simbólica que elimine el malentendido. Por su parte, Sigmund Freud (1986, p. 76) ya había ubicado en “El malestar en la cultura” los vínculos humanos como una de las tres grandes fuentes del sufrimiento inevitable, junto a la decadencia del propio cuerpo y las fuerzas destructivas de la naturaleza. Pretender que los seres queridos satisfagan todas las demandas de resonancia intelectual y moral es desconocer la falla estructural que atraviesa a todos los lazos. La soledad intelectual se revela así como el encuentro frontal con la falta en el Otro, ese punto donde el lenguaje familiar no alcanza para cifrar la verdad singular del sujeto.

Ahora bien, es necesario aclarar que reflexionar sobre la expansión de la lucidez exige reconocer cómo la agudeza del comprender altera el volumen de la propia subjetividad. Søren Kierkegaard (2006, p. 34) formuló en el “Tratado de la desesperación” una ley proporcional de la vida interior: “cuanto más conciencia hay, mayor es el yo”, lo que implica que toda amplificación del saber expande inevitablemente los contornos de la individualidad. Esta especie de dilatación del ser demanda marcos teóricos más complejos y espacios más amplios para desplegarse. Por ello, Arthur Schopenhauer (2009, p. 112) apuntaba en sus “Aforismos sobre la sabiduría de la vida” que “bastarse a sí mismo es el destino de todos los espíritus egregios” , una afirmación que no deberíamos leer como un elogio del aislamiento pretendidamente autosuficiente, sino como la constatación de una servidumbre inevitable: el rigor del pensamiento impone un ritmo interior que la conversación de compromiso no puede abastecer jamás.

A lo largo de la historia de la filosofía, este desacople entre el pensamiento singular y la masa se manifiesta como una constante dramática. Tomemos solamente el caso de “Así habló Zaratustra”, obra en la que Friedrich Nietzsche (2003, p. 45) retrata la incomprensión trágica del pensador que regresa a la comunidad con el enigma: “¿qué harás en la tierra de los durmientes?”, poniendo al descubierto la distancia abismal que separa distintos estados de vigilia. También, en la perspectiva freudiana desarrollada en “Inhibición, síntoma y angustia” (Freud, 1979, p. 84), la angustia actúa como una señal de alarma del yo ante la amenaza de castración o pérdida de amor. Cargar la soledad intelectual como una culpa reprimida convierte una condición objetiva en un síntoma neurótico. El desafío, entonces, radica en retirar la carga de vergüenza y entender que el aire enrarecido de la cumbre no es una condena moral, sino la consecuencia física de la altitud alcanzada.

Sin embargo, al comprender que esta distancia no representa una patología individual, acecha otro peligro que es simétrico y destructivo: ceder a la tentación del resentimiento. Cuando el sujeto constata la sordera de su época o la incomprensión de sus allegados, resulta tentador permitir que la grieta se envenene con desprecio, agriando la lucidez hasta transformarla en una fortaleza de soberbia misantrópica. En su “Genealogía de la moral”, Nietzsche (1996, p. 48) remarcó con severidad cómo el resentimiento convierte la herida en una fuerza reactiva que se nutre de la negación, engendrando valores mezquinos que terminan asfixiando el dinamismo vital. Convertir la soledad en una trinchera de amargura y desdén significa entregarle el control de la propia existencia a aquello mismo de lo que se reniega. El exilio voluntario y el aislamiento resentido no son muestras de fortaleza, sino síntomas de una derrota disfrazada de superioridad, una forma sutil de ahogarse en el veneno que pretendía denunciarse.

Por el contrario, la verdadera madurez filosófica y existencial exige aprender a habitar esa soledad, convertirla en una fragua luminosa y no en un calabozo. Por ello, en “Los ensayos”, Michel de Montaigne (2007, p. 293) aconsejaba la necesidad de “reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro”, enseñando que la independencia del espíritu no exige romper los lazos afectivos ni despreciar lo público o común. Aprender de la soledad significa transformar el silencio en un maestro que refina la sensibilidad, permitiendo regresar a la conversación humana con una paciencia renovada y una ternura indulgente. Se trata de habitar el propio abismo sin exigirle a los demás que se arrojen a él, reconociendo que se puede amar profundamente a quienes no comparten nuestra misma frecuencia sin por ello traicionar la escala de valores que hemos conquistado. Así, la soledad deja de ser un destino de reclusión para convertirse en una forma generosa de estar en el mundo: una lucidez que ampara sin juzgar, que sostiene sin someter y que transforma la distancia en un puente de verdadera compasión.

Nombrar con exactitud esta vivencia transforma de forma radical su naturaleza operativa. Designar la soledad intelectual y moral disipa la tentación de la queja y la restituye a la dignidad de un dato objetivo. No se trata de un fallo de fabricación, ni de un narcisismo disfrazado, ni de una carencia de afecto hacia quienes nos rodean. Es, en rigor, el costo ineludible de haber construido una estructura interior sólida, el precio de haber osado pensar y sentir a contramano de la inercia del entorno masificado. Reconocer este plano de existencia libera de la urgencia de esconder la propia luz por miedo a deslumbrar o desentonar, permitiendo habitar el aislamiento no como un castigo social, sino como el testimonio incuestionable de haber asumido la propia historia con autenticidad.

Ahora les pregunto, caros lectores: ¿qué conducta nos queda, entonces, cuando la comprensión intelectual y la rectitud moral se convierten en una frontera insular frente a un mundo seducido por la ambición y el cinismo? ¿Continuaremos mutilando nuestro deseo e inventando un personaje dócil para no alterar la quietud de la muchedumbre que prefiere la ilusión a la verdad? ¿O seremos capaces de resistir en esa intemperie de la conciencia, asumiendo el peso de nuestra propia luz sin claudicar ante la corrupción del entorno ni agriarse en el resentimiento? ¿Acaso la verdadera madurez filosófica, existencial y humana no consista en dejar de exigirle a la tribu la aprobación que sólo puede dar la verdad interior, aprendiendo a amar los vínculos cotidianos desde esa trastienda íntima sin traicionar jamás la inmensidad ética de nuestro propio abismo?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Adorno, T. W. (2004). Mínima moralia: reflexiones desde la vida dañada (J. Chamorro Mielke, Trad.). Editorial Akal. (Obra original publicada en 1951).

Arendt, H. (2007). Responsabilidad y juicio (M. Candel, Trad.). Ediciones Paidós. (Obra original publicada en 2003).

Camus, A. (2012). El mito de Sísifo (L. Echávarri, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).

Freud, S. (1979). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 20, pp. 71-164). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1926).

Freud, S. (1986). El malestar en la cultura. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 21, pp. 57-140). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1930).

Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1927).

Kierkegaard, S. (2006). Tratado de la desesperación (A. Sánchez Barbudo, Trad.). Editorial Losada. (Obra original publicada en 1849).

Lacan, J. (1987). El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (J. L. Delmont-Mauri y J. Sucre, Trads.). Editorial Paidós. (Obra original publicada en 1964).

Montaigne, M. de. (2007). Los ensayos (J. Bayona, Trad.). Ediciones Acantilado. (Obra original publicada en 1580).

Nietzsche, F. (1996). La genealogía de la moral (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1887).

Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883).

Ortega y Gasset, J. (1983). El hombre y la gente. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1957).

Sartre, J.-P. (2011). La náusea (A. Bernárdez, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1938).

Schopenhauer, A. (2009). Aforismos sobre la sabiduría de la vida (E. Íñiguez, Trad.). Valdemar. (Obra original publicada en 1851).

Winnicott, D. W. (1993). El proceso de maduración en el niño: estudios sobre la teoría del desarrollo emocional (J. Piatigorsky, Trad.). Editorial Laia. (Obra original publicada en 1965).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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