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¿Netanyahu no tiene límites? Analizando el asesinato del padre Pierre Al-Rah- Lisandro Prieto Femenía

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“En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. — Mateo 25, 40 (Biblia de Jerusalén).

El asesinato del padre Pierre Al-Rah, párroco maronita de la aldea de Klayaa, es un acontecimiento que desborda la crónica bélica o periodística para situarse en el centro de una interrogación ontológica sobre el valor de la vida y la persistencia del mal en la historia de la humanidad. Lo mataron el día 9 de marzo de 2026 bajo el fuego de la artillería israelí mientras socorría a un feligrés herido, siendo éste un acto que no representa el simple daño colateral en el tablero de las tensiones geopolíticas entre Estados e insurgencias. Por el contrario, este crimen violento y quirúrgico sobre quien portaba como únicas armas la oración y el cuidado pone de manifiesto una crisis de la alteridad que la teología y la filosofía cristiana han advertido siempre con rigor: la destrucción del cuerpo que auxilia al caído es el intento de aniquilar la última barrera ética que queda en el campo de batalla, que no es otra que la responsabilidad por el hermano.

En su obra más influyente, “Totalidad e infinito”, Emmanuel Levinas sostiene que el encuentro con el rostro del otro es el origen de toda ética, una interpelación que nos obliga a responder por su vulnerabilidad. Pues bien, el padre Al-Rah encarnó esta respuesta de manera radical al negarse a abandonar su tierra y su comunidad, desoyendo las órdenes de evacuación que pretendían reducir su existencia a una variable logística. Al decidir permanecer en Klayaa, el sacerdote no ejercía una rebeldía política superficial, sino una resistencia espiritual fundamentada en el amor a la propia raíz y en el deber de no desamparar a quienes no tienen voz. Su sacrificio nos recuerda que, frente a la lógica de la fuerza que busca homogeneizar el territorio mediante el desplazamiento forzado, la presencia física del justo se convierte en un obstáculo insoportable para el poder.

Ahora bien, resulta revelador el sentimiento de omnipotencia con el que el Estado de Israel se desenvuelve frente al credo católico en la región. No existe una disputa geopolítica real, territorial o ideológica entre el pueblo de Israel y la comunidad maronita o el Vaticano que justifique tales ataques. Sin embargo, la impunidad con la que se bombardean villas cristianas ancestrales refleja una soberbia que Michel Foucault identificaría como el ejercicio del biopoder en su estado más puro: el derecho de “hacer morir o dejar vivir”. Esta omnipotencia se manifiesta en la convicción de que cualquier vida que no se alinee con sus objetivos de seguridad inmediata es prescindible. En “Vigilar y castigar”, Foucault describe la naturaleza de este poder que no reconoce fronteras morales al indicar que “el poder se ejerce no tanto por el derecho de muerte, sino como la gestión de la vida, de los procesos biológicos, de los cuerpos. Pero en la guerra, este poder sobre la vida se invierte en la necesidad técnica de la muerte masiva” (Foucault, M., 2002, Vigilar y castigar, p. 138, Siglo XXI. Obra original publicada en 1975).

Este sentimiento de omnipotencia descarada permite al ejército agresor ignorar el carácter sagrado de los lugares de culto y la figura de los ministros religiosos. Al asesinar a Al-Rah, no se eliminó a un combatiente, sino que se golpeó deliberadamente el corazón de una comunidad pacífica que, por su propia naturaleza maronita-católica, se sitúa fuera del conflicto directo. Es la manifestación de una hybris —desmesura— que no reconoce al catolicismo como un interlocutor sagrado, sino como un elemento geográfico que puede ser removido a voluntad. La muerte del sacerdote evidencia que para la maquinaria de guerra israelí, el credo del “otro” es irrelevante ante la urgencia de su expansión y control, una postura que fractura cualquier posibilidad de diálogo interreligioso genuino.

Asimismo, este avasallamiento, que desprecia la especificidad del credo y la dignidad de la persona, fue analizada con agudeza por Joseph Ratzinger. Para Benedicto XVI, cuando la razón se divorcia de la ética y se entrega a la voluntad de dominio, la política se convierte en una estructura de pecado. En su encíclica “Caritas in Veritate”, el pontífice emérito advirtió sobre el peligro de una técnica que se cree autosuficiente: “La técnica es un hecho profundamente humano, vinculado a la libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. Sin embargo, la técnica —cuando se convierte en el único criterio de verdad y de acción— tiende a eliminar la dimensión moral del hombre, reduciendo la justicia a una mera eficacia técnica o militar” (Benedicto XVI, 2009, Caritas in veritate, n. 68-70, Libreria Editrice Vaticana).

Así, el bombardeo de Klayaa es la ejecución práctica de esta ceguera. Al-Rah, al intentar salvar a un herido, realizaba un acto de “caritas” que trascendía la lógica de la guerra. Justamente por ello, Ratzinger sostenía en “Deus Caritas Est” que el Estado que intenta suprimir este amor se encamina hacia la tiranía. La muerte del sacerdote representa el triunfo de la “razón instrumental” sobre la “razón del corazón”, una soberbia que se siente autorizada a disparar contra la caridad misma porque ésta no ofrece una ventaja estratégica.

A esta arquitectura de la desolación se suma la denuncia frontal que el Papa Francisco oportunamente realizó sobre la “globalización de la indiferencia” y la caducidad del concepto de “guerra justa” en la modernidad. Para él, el atropello cometido contra cualquier ser humano no sería sólo un error balístico, sino el síntoma de una cultura que ha dejado de llorar por el otro. En su encíclica titulada “Fratelli Tutti”, el pontífice señaló con dureza que “cada guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal. No nos quedemos en discusiones teóricas, toquemos las llagas, toquemos la carne de los que sufren el daño” (Francisco, 2020, Fratelli Tutti, n. 261, Libreria Editrice Vaticana).

Bajo esta luz, el ataque israelí contra la comunidad católica libanesa es una bofetada a la fraternidad universal. La pedantería del agresor se alimenta del “anestésico” que supone la distancia técnica; se mata desde una pantalla o una coordenada, ignorando que se está destruyendo un tejido humano q1ue, como el maronita, ha custodiado la paz durante siglos. Recordemos que Francisco insistió en que “el nombre de Dios no puede ser usado para justificar la guerra”, por lo que el silencio o la tibieza ante el burdo asesinato de un hombre de fe que auxiliaba a su prójimo constituye una traición a la propia humanidad. El atropello de Israel en Klayaa es la materialización de esa “cultura del descarte” llevada al extremo balístico, donde la vida de un sacerdote es descartada como si fuera ruido en un radar de objetivos.

En este punto de la reflexión es crucial reivindicar que la tradición católica ha cimentado su ética en la capacidad de perdonar y en el mandato evangélico de poner la otra mejilla, pero sería un error exegético y moral confundir esta disposición espiritual con una aceptación pasiva del atropello. El perdón cristiano no es amnesia ni claudicación ante la injusticia: es, por el contrario, una fuerza que exige la verdad para ser auténtica. Al respecto, el filósofo católico Gabriel Marcel recordaba que la fidelidad creativa no es una inercia, sino una respuesta activa a la presencia del otro. Poner la otra mejilla no implica el silencio ante el avasallamiento de los límites de la tolerancia y el respeto que el gobierno de Israel destruye con cada incursión sobre población civil y religiosa. También, San Agustín, en sus reflexiones sobre la justicia, es tajante al respecto cuando declara que “la esperanza tiene dos hijos hermosos: sus nombres son indignación y valentía. Indignación por ver cómo son las cosas y valentía para ver que no sigan siendo como son” (Agustín de Hipona, Sermón 46, De Pastoribus).

Evidentemente, la fe católica no llama a un quietismo que valide la impunidad del poderoso. El silencio ante la muerte del padre Al-Rah no es una virtud, sino una omisión que traiciona el compromiso con la vida. La oración es el motor del justo, pero el testimonio público es su deber ante la historia. Cuando los límites de la convivencia humana son pulverizados por una soberbia militar que no encuentra contrapesos, el perdón se convierte en una parodia si no va acompañado de una denuncia firme a la desmesura. Los católicos hemos aprendido a perdonar a nuestros verdugos, pero ese mismo amor al prójimo nos obliga a levantar la voz contra la maquinaria que fabrica verdugos y aniquila inocentes, pues el respeto a lo sagrado- tanto en el templo como en la persona- es una frontera que ningún Estado, por poderoso que se pretenda, tiene el derecho de cruzar.

Aquí, resulta imperativo analizar la reacción de la Santa Sede ante este crimen. El Papa León XIV, si bien ha manifestado un “profundo dolor”, parece haber optado por una retórica de la neutralidad que bordea la tibieza moral. Al referirse a la sangre del sacerdote como una “semilla de paz”, el pontífice recurre a una metáfora teológica que diluye la responsabilidad política de los agresores. Esta postura nos remite a la advertencia de Hannah Arendt en su obra “Eichmann en Jerusalén”, donde analiza cómo el lenguaje administrativo puede oscurecer la realidad de la atrocidad: “La penosa verdad de la cuestión era que no se trataba de una monstruosidad, sino de algo que se encuentra en la frontera de la vida cotidiana, algo que puede ocurrirle a cualquiera” (Arendt, H., 2003, Eichmann en Jerusalén, p. 368, Lumen. Obra original publicada en 1963).

La omisión de una condena explícita al Estado agresor por parte de León XIV traslada el conflicto al plano de la fatalidad inevitable. Francisco, en sus intervenciones sobre conflictos similares, ha recordado que no se puede ser neutral ante la injusticia flagrante. La insistencia de Roma en una paz genérica valida indirectamente la omnipotencia del agresor, puesto que no establece un límite ético firme desde la autoridad de Pedro. Como recordaba Benedicto XVI, “la justicia es el objeto y la medida intrínseca de toda política”, y una política eclesial que calla ante la injusticia flagrante renuncia a su misión.

Por su parte, Karol Wojtyła, en “Persona y acción”, señala una verdad que resuena con fuerza ante el cuerpo inerte del párroco de Klayaa: “La persona humana posee un valor que no es reducible a nada, un valor que reside en su propio ser y que la constituye en un fin en sí misma, nunca en un medio para fines ajenos” (Wojtyła, K., 2011, Persona y acción, p. 142, Biblioteca de Autores Cristianos. Obra original publicada en 1969).

El crimen sobre el sacerdote en pleno ejercicio de su ministerio es la negación absoluta de esta premisa. Al-Rah fue convertido en un “medio” para transmitir un mensaje de terror. La deshumanización del adversario permite que se le despoje de su cualidad de persona para ser visto apenas como un obstáculo demográfico que debe ser desplazado por la fuerza. La sangre del padre Pierre clama no por venganza, sino por una verdad que se niega a ser sepultada bajo los escombros.

El desmantelamiento de la presencia cristiana en su propia cuna no es un evento fortuito, sino un fenómeno que entrelaza la soberbia militar con una ambición territorial que no reconoce límites humanos ni sagrados. Esta realidad nos obliga a cuestionar si el derecho a la tierra ha dejado de ser una dignidad inherente a todo pueblo que la habita y la ama para transformarse en una concesión arbitraria de quienes poseen la fuerza técnica de desplazamiento. La normalización de la muerte de quienes curan heridas en el frente de batalla debería plantearnos una duda lacerante sobre el estado de nuestra propia humanidad: ¿hasta qué punto el silencio ante el martirio del prójimo ha gangrenado la conciencia de una comunidad internacional que observa la destrucción de lo ancestral como un trámite necesario para la seguridad?

Así, resulta ineludible abordar la justificación metafísica de la violencia israelí sobre una comunidad con la que no sostiene conflicto geopolítico alguno. ¿Cómo puede sostenerse la legitimidad ética de un Estado que, embriagado por un sentimiento de súper-poderío, aniquila sistemáticamente a los fieles de un credo ajeno a su disputa, sino es a través de la pérdida absoluta del sentido de lo sagrado y de la alteridad? Esta desmesura nos sitúa ante la paradoja de una diplomacia vaticana que parece haber sustituido la voz profética por una gestión del dolor despojada de denuncia. En este contexto, cabe preguntarse en qué momento la retórica de las “semillas de la paz” se convierte en un velo piadoso que oculta la cobardía ante el poder mundano y permite que el sembrador sea asesinado impunemente bajo la mirada impasible de quienes deberían ser sus custodios.

En conclusión, queridos lectores, la muerte de Pierre Al-Rah es el espejo de nuestra propia fragilidad ética y el testimonio final de un sacrificio que interpela la validez de la palabra frente a la pólvora. Si el acto de caridad más puro —el auxilio al caído— ya no es capaz de detener la mano de quien se cree dueño de la vida y de la muerte, la justicia internacional ha dejado de ser un orden para convertirse en una ficción que protege al verdugo. Solo a través de una interrogación que nombre con rigor al agresor y rechace la tibieza administrativa será posible rescatar la dignidad de la persona frente a la frialdad de la estadística y la soberbia de la fuerza.

Referencias bibliográficas

Aci Prensa. (2026, 9 de marzo). Sacerdote muere en bombardeo en el sur del Líbano mientras ayudaba a feligrés herido. https://www.aciprensa.com/noticias/122897/sacerdote-muere-en-bombardeo-en-el-sur-del-libano-mientras-ayudaba-a-feligres-herido

AICA. (2026, 11 de marzo). León XIV reza para que la sangre del sacerdote asesinado sea semilla de paz para el Líbano. https://aica.org/noticia-leon-xiv-reza-para-que-la-sangre-del-sacerdote-asesinado-sea-semilla-de-paz-para-el-libano

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Arendt, H. (2006). Sobre la violencia (G. Solana, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1970).

Benedicto XVI. (2006). Carta encíclica Deus Caritas Est. Libreria Editrice Vaticana.

Benedicto XVI. (2009). Carta encíclica Caritas in Veritate. Libreria Editrice Vaticana.

Euronews. (2026, 11 de marzo). Divisiones en el Vaticano por la guerra en el Líbano tras la muerte del sacerdote Al-Rah. https://es.euronews.com/my-europe/2026/03/11/divisiones-vaticano-guerra-en-libano-muerte-sacerdote-al-rah

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1975).

Francisco. (2020). Carta encíclica Fratelli Tutti: sobre la fraternidad y la amistad social. Libreria Editrice Vaticana.

Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad (D. J. Guillot, Trad.; 4.ª ed.). Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1961).

Muñoz Iturrieta, P. (2026, 10 de marzo). Israel bombardea Líbano: Muere sacerdote católico y crece la tensión [Archivo de Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=yx3trRwxKD4

Si Se Puede. (2026, 11 de marzo). El Papa León XIV lamenta la muerte del sacerdote asesinado en Líbano. https://sisepuede.es/international/el-papa-leon-xiv-lamenta-la-muerte-del-sacerdote-asesinado-en-el-libano/202752/

TeleSur. (2026, 11 de marzo). Papa León XIV pide el fin de la guerra en el Líbano tras muerte de sacerdote. https://www.telesurtv.net/papa-leon-xiv-fin-guerra-sacerdote-libano/

Wojtyła, K. (2011). Persona y acción (R. Ferrer, Trad.). Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original publicada en 1969).

 

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El puente entre dos mundos: Kant y su “Crítica del juicio”

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“El gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o insatisfacción desinteresada. El objeto de una satisfacción tal se llama bello”: Immanuel Kant, Crítica del juicio, §5 (AA V, 211).

Si la “Crítica de la razón pura” estableció la necesidad y los límites del conocimiento científico y la “Crítica de la razón práctica” fundamentó la moralidad en la autonomía de la voluntad, ambas obras dejaron una profunda fractura en la filosofía de Kant. Por un lado, el mundo de la naturaleza se presenta como un reino de necesidad mecánica, regido por leyes causales inalterables. Por otro lado, el mundo de la moralidad es un reino de libertad, donde la voluntad actúa de forma autónoma. La pregunta crucial que surge es: ¿cómo se relacionan estos dos mundos? Pues bien, la “Crítica del juicio” (1790) es la respuesta de Kant a esta dicotomía. No busca establecer nuevas leyes de conocimiento o moralidad, sino encontrar un principio mediador que salve el abismo entre la naturaleza y la libertad. Es en el juicio, y más concretamente en el juicio estético y teleológico, donde Kant encuentra el puente para unir el universo de “lo que es” con el universo de “lo que debe ser”.

En la filosofía de Kant, el término “juicio” no se refiere simplemente a una opinión o a la capacidad de tomar una decisión moral, como lo usamos en el lenguaje cotidiano. Para él, es una facultad mental crucial, una mediadora entre el entendimiento y la razón. El entendimiento se encarga de aplicar las reglas o conceptos universales (las categorías) a los objetos particulares que percibimos. Por ejemplo, el juicio “el calor dilata el metal” es un acto del entendimiento que aplica la categoría de causalidad a un fenómeno. La razón, por otro lado, busca principios aún más elevados y universales, como los ideales de la moralidad y la libertad. El juicio, sin embargo, ocupa un lugar intermedio, porque su función es la de subsumir lo particular bajo lo universal. Es, en definitiva, la capacidad de determinar si un caso particular se ajusta a una regla general.

En la “Crítica del juicio”, Kant se enfoca en un tipo especial de juicio: el “juicio reflexionante”. A diferencia del “juicio determinante”, que ya tiene una regla y solo necesita aplicarla, el juicio reflexionante no tiene una regla preexistente y debe buscarla. Es la facultad de encontrar un principio universal para lo particular que se nos presenta. Es precisamente esta capacidad de la mente para encontrar coherencia y sentido en la diversidad de la experiencia lo que nos permite experimentar la belleza y percibir la finalidad en la naturaleza. El juicio, por lo tanto, es la bisagra que conecta el mundo de la necesidad, ordenado por las reglas del entendimiento, con el mundo de la libertad, guiado por los ideales de la razón.

La obra se centra en el concepto de la “finalidad sin fin”, una idea que permite a la razón encontrar un principio organizador en la naturaleza sin tener que recurrir a la metafísica o a la divinidad. Este concepto es la clave de la bóveda del sistema kantiano, un principio que permite que la razón actúe como unificadora de las dos legislaciones previas: la naturaleza y la libertad.

El papel de Kant en la estética es fundamental, ya que la elevó a una disciplina filosófica independiente y la dotó de un rigor conceptual sin precedentes. Su análisis del “juicio estético” se adentra en el misterioso terreno de la belleza y es considerado el punto de partida de la filosofía moderna del arte. Kant pregunta: ¿por qué decimos que algo es bello? La respuesta no reside en el objeto, sino en una facultad de nuestro espíritu que es capaz de juzgar sin la mediación de un concepto. Un juicio de gusto, a diferencia de uno cognitivo o moral, no busca decir qué es el objeto, sino expresar una “satisfacción desinteresada”.

El placer que sentimos al contemplar una flor no se debe a que queramos poseerla o a que nos sea útil, sino que proviene de la pura contemplación de su forma. Esta falta de interés es lo que dota al juicio estético de su peculiar universalidad: al no estar atado a un deseo personal, sentimos que cualquier otro ser racional debería compartir nuestra misma apreciación. Es una universalidad sin concepto, una pretensión de validez que no puede ser demostrada lógicamente, pero que se siente como necesaria. La belleza, en este sentido, nos produce la sensación de una “finalidad sin fin”, de que el objeto fue creado con un propósito, de que sus partes encajan de forma armoniosa y perfecta, pero no podemos atribuirle un fin real o empírico. Es la razón la que encuentra en la naturaleza una armonía que, aunque no podamos probar, nos hace percibir una profunda concordancia entre el mundo y nuestra facultad de juzgar.

Junto a la belleza, Kant explora la experiencia de lo “sublime”. Lo sublime no nos produce un placer sereno y confortable, sino una mezcla de placer y dolor, de admiración y terror. A diferencia de lo bello, que se encuentra en la forma finita, lo sublime se manifiesta en la inmensidad y el poder de la naturaleza, como una tormenta en el mar o una montaña imponente. El juicio sobre lo sublime no está en el objeto mismo, sino en el observador. La imaginación, al enfrentarse a la inconmensurable magnitud de la naturaleza, se siente abrumada y desbordada. Sin embargo, en este mismo fracaso, nuestra razón emerge victoriosa, recordándonos nuestra superioridad como seres morales y racionales, que pueden pensar más allá de la fuerza bruta de la naturaleza. Lo sublime, por tanto, conecta el mundo natural con el mundo moral, recordándonos nuestra dignidad como seres racionales capaces de postular la libertad.

También, Kant introduce aquí el concepto de “genio” para explicar la creación de la belleza artística. El genio no es un artesano que sigue ciertas reglas, sino que es la facultad innata de crear aquello para lo que no puede haber una regla fija. Es el talento de producir lo que, sin ser imitado, sirve de modelo para los demás. El genio nos ofrece un “ejemplo” que otros pueden seguir, no mediante la imitación de su técnica, sino de su espíritu. Por otro lado, el buen gusto es la facultad para juzgar la obra de arte, una cualidad que no crea, sino que evalúa. Sin el buen gusto, el genio sería una fuerza caótica, porque es el principio que permite que la obra sea universalmente apreciada, una cualidad que Kant consideraba esencial para la cultura.

En este contexto, la lectura profunda de la “Crítica del juicio” puede representar una crítica certera a la estética decadente de la posmodernidad. En una época donde el arte se reduce a la provocación caprichosa, la autorreferencialidad o el kitsch, la noción kantiana de una belleza que exige universalidad y que se fundamenta en un juicio desinteresado parece un faro en la oscuridad. El arte posmo-progre, como hemos dicho en reiteradas oportunidades, cae en la trampa de la pura particularidad, apelando a los intereses egoístas o a sentimientos meramente subjetivos, en lugar de intentar trascenderlos. Al desdibujar la línea entre el buen gusto y la mera opinión, la estética contemporánea ha perdido la capacidad de juicio y con ella, la posibilidad de un debate serio sobre lo bello. El retorno a la reflexión kantiana también nos invita a restaurar el valor de la belleza como un universal que, sin ser un concepto, nos permite comunicarnos y reconocer nuestra humanidad compartida.

Profundizando aún más en la obra, podemos notar que en la segunda parte de la “Crítica del juicio”, Kant se adentra en el “juicio teleológico”, abordando la pregunta de si podemos ver en la naturaleza una finalidad o un propósito. Al observar un organismo vivo, como un árbol, vemos que sus partes (raíces, tronco, hojas) se relacionan entre sí de tal manera que cada una es, a la vez, causa y efecto de la otra. El árbol parece estar organizado “con un fin”. Sin embargo, Kant insiste en que no podemos afirmar, a nivel de conocimiento objetivo, que la naturaleza tenga un propósito final, puesto que esto sería una violación de los límites de la razón pura.

La finalidad, por lo tanto, no es una propiedad de la naturaleza, sino un principio regulador de nuestro juicio. Es una herramienta metodológica que usamos para ordenar el caos de las leyes naturales y entender fenómenos complejos. La finalidad de la naturaleza no es un hecho que conocemos, sino una suposición necesaria para que la ciencia biológica sea posible. Así, el juicio teleológico nos permite pensar en la naturaleza “como sí” estuviera organizada por una inteligencia, sin tener que afirmar la existencia de esa inteligencia de forma dogmática.

Como podréis apreciar, caros lectores, la “Crítica del juicio” no es un apéndice menor del sistema kantiano, sino la pieza que lo unifica. Su lectura hoy es esencial porque nos ofrece una perspectiva para reconciliar las dicotomías de nuestro tiempo. En una era de especialización extrema, donde la ciencia y la moral parecen hablar de lenguajes distintos, la obra de Kant nos recuerda la importancia de buscar un principio de unidad en la diversidad. Como señaló el filósofo Ernst Cassirer en su obra “Kant, vida y doctrina” (1921), esta obra “no es una simple adición al sistema. Es, por el contrario, la clave para la arquitectura de todo sistema”. La belleza y la finalidad de la naturaleza no nos dan conocimiento de la divinidad, pero sí nos ofrecen una analogía sensible de la moralidad, permitiendo a la razón habitar un universo que no es ni completamente mecánico ni completamente caótico. El juicio, para Kant, es esa facultad que nos permite percibir que, más allá de la necesidad y la libertad, hay una armonía que hace habitable el mundo para el ser humano.

Para cerrar, insistimos en la necesidad filosófica de no endiosar a nadie, ni siquiera a los más importantes pensadores que sentaron las bases del pensamiento occidental. Así, es imprescindible cuestionar que si bien la “Crítica del juicio” intenta resolver la fractura del sistema kantiano, ¿lo logra realmente? ¿Es suficiente una “analogía” o una “finalidad subjetiva” para conciliar la necesidad del mundo natural con la libertad moral? ¿Qué significa que un juicio estético sea universalizable sin un concepto que lo justifique? ¿Acaso no es esto una contradicción inmanente? Y, en última instancia, ¿puede una ética fundada en la razón pura ser verdaderamente autónoma si su sentido último depende de la postulación de una armonía que sólo es posible en el mundo del idealismo?

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Boletín del Círculo de Reflexión Política Siglo XXI N°45: FMLN confirma candidatura presidencial, unidad cyan y la amistad Trump-Bukele impulsan el proyecto de nación en El Salvador

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El Círculo de Reflexión Política Siglo XXI publicó su Boletín Informativo N°45, correspondiente a la semana del 20 al 26 de julio de 2026, donde analiza el panorama político salvadoreño con énfasis en las elecciones internas de la oposición y los avances del proyecto de refundación nacional.

Uno de los temas centrales es la candidatura sorpresiva y divisiva de Rafael Aguirre por el FMLN a la presidencia. Aunque previsible por su trayectoria de izquierda, su decisión de competir en las presidenciales contradice las voces opositoras que promueven el boicot electoral alegando falta de condiciones democráticas. Esta participación evidencia las profundas divisiones en la oposición, con críticas internas que acusan al FMLN de “legitimar la dictadura”, reflejando falta de madurez y estrategia coherente.

El boletín subraya que, para los partidos “cadáveres” tradicionales como ARENA y FMLN, da igual qué candidato presenten. Estos partidos perdieron legitimidad por décadas de corrupción, clientelismo y abandono del pueblo. Ningún rostro nuevo o reciclado puede competir contra la realidad de un El Salvador transformado: sin miedo, con infraestructura moderna, salud digna y estabilidad económica. La política ya no es promesa, sino experiencia tangible.

Se destaca la amistad de larga data entre Donald Trump y Nayib Bukele, basada en coincidencias ideológicas y prácticas: lucha contra pandillas, corrupción, ideología de género y progresismo. Esta relación se tradujo en apoyo concreto durante la pandemia, como la donación de ventiladores y equipo médico. El éxito de Bukele en reducir la emigración benefició también la seguridad de Estados Unidos.

Otro eje es la construcción de un nuevo país. El liderazgo de Bukele ha permitido reinventar El Salvador, conquistando el “infrarrelato” cotidiano de la gente y rompiendo paradigmas. Los opositores, en negacionismo, no comprenden estas transformaciones disruptivas que colocan al país en el siglo XXI.

Finalmente, se enfatiza que la unidad sostiene el proyecto de nación. La figura de Bukele mantiene cohesionado el esfuerzo de Nuevas Ideas y las instituciones del Estado. Se llama a fortalecer la bancada cyan en la Asamblea y resolver diferencias internas para consolidar gobernabilidad y avances. El boletín cierra reflexionando sobre outsiders políticos y la necesidad de pasar del teclado a las urnas.

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El Mundial no cambió a los gigantes… cambió a los pequeños

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Randa Hasfura Anastas

Al final, la lógica terminó imponiéndose.

Francia, España, Argentina e Inglaterra son las cuatro selecciones que llegaron hasta las semifinales. Si alguien mira únicamente ese dato, podría decir que este Mundial no tuvo nada de extraordinario. Los grandes siguen siendo los grandes.

Y tendría razón… pero solo a medias.

Porque si algo nos dejó esta Copa del Mundo no fue la caída de los gigantes, sino el nacimiento de quienes ya no les tienen miedo.

Hace algunos años era impensable imaginar a Paraguay eliminando a Alemania. O a Marruecos dejando en el camino a Holanda. O a Noruega sacando a Brasil del torneo. México llegó hasta enfrentarse de igual a igual con Inglaterra. Egipto hizo sufrir a Argentina. Cabo Verde demostró que ya nadie entra a una cancha solo para cumplir el calendario.

Los favoritos terminaron avanzando, sí. Pero ya no avanzan tan tranquilos.

Y esa diferencia dice mucho más de lo que parece.

Durante décadas vivimos con la idea de que siempre ganarían los mismos. Que las grandes potencias estaban destinadas a dominar mientras los demás simplemente competían con dignidad.

Hoy esa distancia sigue existiendo, pero cada vez es más corta. El fútbol solo nos lo “recordó”.

Porque eso mismo está ocurriendo fuera de las canchas.

El mundo ya no funciona como hace cincuenta años. Han aparecido nuevas economías, nuevos liderazgos, nuevas voces que reclaman un lugar en la mesa donde antes solo se sentaban unos pocos.

Independientemente de la opinión política que cada uno tenga, por ejemplo muchos ven en Palestina la imagen de un pueblo que continúa resistiendo frente a un adversario mucho más poderoso, las redes ayudaron a darle protagonismo en el mundo.

Y no significa que las potencias hayan dejado de ser poderosas. Significa algo mucho más sencillo: el resto del mundo decidió competir.

La historia está llena de ejemplos.

Hubo un Egipto que parecía eterno. El imperio de Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo conocido. El Imperio otomano dominó durante siglos tres continentes. En su momento parecían imposibles de desafiar.

Sin embargo, todos terminaron comprendiendo la misma lección: ningún poder permanece intacto para siempre, no porque tienden a destruirse, sino porque otros comienzan a crecer.

Un gran ejemplo es El Salvador. Hace apenas unos años, muy pocos habrían apostado un solo peso por verlo destacar en el escenario internacional. Sin embargo, hoy aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre seguridad, inversión, turismo y transformación institucional. Demuestra que los países pequeños también pueden cambiar su destino cuando deciden competir y dejar de verse a sí mismos como débiles.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. No estamos viendo el fin de los gigantes, sino el final del miedo hacia ellos.

Tal vez esa sea también la mejor manera de entender el momento que vive el mundo. Los grandes siguen estando ahí. Siguen siendo fuertes. Pero ya no juegan solos.

Porque el cambio no comienza cuando el poderoso deja de ser fuerte.

El cambio comienza cuando el pequeño descubre que también puede ganar.

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