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Analizando “Magnifica humanitas”, la primera encíclica de León XIV- Lisandro Prieto Femenía

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«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos» (Tolkien, 1954/1993, p. 55).

No es ninguna novedad indicar que habitamos una época deslumbrada por el fulgor del silicio y atravesada por un tiempo donde la conciencia humana parece dispuesta a abdicar de su trono para entregarlo a la fría precisión de las máquinas. ¿No siente usted, querido lector, el sutil deslizamiento de nuestra propia autonomía en cada pantalla que acaricia con resignación? Frente a esta claudicación silenciosa irrumpe la publicación de la encíclica “Magnifica humanitas” del Papa León XIV, un texto que supera las expectativas de un simple documento pastoral, proponiéndonos un auténtico giro ontológico.

El pontífice nos arrincona contra un dilema que debería desgarrar nuestra complacencia posmoderna al obligarnos a elegir entre dos destinos históricos excluyentes. Como advierte solemnemente el inicio de su carta, “la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (León XIV, 2026, párr. 1). El presente que transitamos juntos está enfermo de certezas artificiales e intoxicado por flujos de datos inabarcables, por lo que en este letargo la tarea de la filosofía debe ser un martillo que quiebre el espejo de nuestra propia vanidad (y pereza) tecnológica.

Ahora bien, sondear las profundidades de este replanteamiento ético exige apartar la mirada de la ingenua fascinación que nos provoca la IA y retornar a la raíz material de nuestra condición. La filosofía contemporánea nos viene avisando sobre los peligros de esta deslocalización existencial, sobre todo a partir de Byung-Chul Han, quien en su obra “No cosas: quiebres del mundo de hoy” nos dice que “la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo” (Han, 2021, p. 13), arrancándonos de la gravedad de la tierra para arrojarnos a un océano de información donde el dolor ajeno se vuelve prácticamente imperceptible.

Justamente, la encíclica denuncia este desarraigo fundamental de la carne. Cuando la tecnología deja de ser un instrumento contingente y se convierte en el horizonte mismo de la verdad, el ser humano queda reducido a una simple variable dentro de una matriz de optimización. Olvidamos con demasiada facilidad que cada línea de código que exige poder computacional descansa sobre una tierra que sangra. ¿Acaso no te desgarra el alma saber que la fluidez de nuestras interacciones virtuales se sostiene sobre la esclavitud moderna de las minas y sobre los cuerpos mutilados para que el cálculo algorítmico jamás se interrumpa? La máquina nunca es neutral y tratarla como si lo fuera constituye la más perversa de nuestras hipocresías.

Esta inquietante asimilación entre la dominación física y el control algorítmico adquiere un eco estremecedor cuando León XIV aborda el devenir de la dignidad humana. En un gesto de una honestidad histórica sin precedentes, el obispo de Roma ofrece una disculpa por la complicidad o el silencio que la propia Iglesia mantuvo durante siglos respecto al horror del comercio de seres humanos, reconociendo este hecho como “una herida en la memoria cristiana” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Este ejercicio de purificación de la memoria no debe ser confundido con un desahogo retórico, sino que representa el cimiento ético para lanzar una advertencia dramática sobre los paralelismos que existen entre la esclavitud tradicional y las amenazas emergentes de las que denomina “nuevas esclavitudes digitales” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Para sacudir nuestra modorra existencial, el Papa justifica la severidad de sus analogías al declarar que “la palabra es fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento exige palabras capaces de captar la atención” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Si en el pasado la barbarie se camufló bajo discursos de progreso económico, hoy la sumisión de la conciencia se disfraza de comodidad digital y eficiencia predictiva.

Es frente a esta claudicación del espíritu donde la teología que vertebra la encíclica nos devuelve, de manera casi violenta, al misterio ineludible de la carne y de la gracia. Resulta de una radicalidad absoluta sostener desde el inicio del documento que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Concilio Vaticano II, 1965, párr. 22). Al recuperar esta premisa ineludible de la constitución pastoral “Gaudium et spes”, el Papa nos está diciendo a la cara que nuestra salvación no provendrá jamás de una arquitectura de redes neuronales, sino de la sucia, finita y agónica realidad de la existencia humana tocada por la divinidad.

Contra el espejismo de un transhumanismo que busca curar a la humanidad amputando su vulnerabilidad y su misterio, la respuesta de la fe exige volver a mirar al otro a los ojos. El texto papal alcanza su mayor hondura moral y existencial al recordarnos que “la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función” (León XIV, 2026, párr. 114). Deténgase un segundo y pregúntese cuántos rostros vivos ha ignorado hoy mismo por agachar la cabeza ante el resplandor de su dispositivo móvil.

Este reconocimiento ineludible del prójimo devela también las dinámicas de poder y la asimetría económica que configuran la tecnología posmoderna. León XIV arroja luz sobre una de las trampas más sofisticadas de la gobernanza corporativa al recordarnos que la IA no es un ente abstracto que opera en el vacío, sino que toma de manera inevitable el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. La pretensión de resolver las tensiones morales mediante comités éticos diseñados por las mismas corporaciones transnacionales se revela como una claudicación democrática insostenible. En este sentido, el pontífice sostiene con implacable lucidez que “no servirá de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos” (León XIV, 2026, párr. 62). La supuesta neutralidad algorítmica es, en realidad, la imposición silenciosa de una visión del mundo unilateral que asfixia el pluralismo y convierte las decisiones existenciales en cálculos de rentabilidad geopolítica y comercial. ¿No es acaso alarmante constatar cómo nuestra propia noción de justicia, de bien y de verdad está siendo sigilosamente programada por una reducida élite tecnológica que legisla desde sus laboratorios sin rendirle cuentas a nadie?

La precitada privatización de la soberanía moral sobre el algoritmo engendra, en definitiva, una fractura social de proporciones insospechadas. Es que la privatización total de la riqueza digital viola directamente el destino común de la creación, en tanto que, al integrar una de las tesis económicas más revolucionarias de la doctrina social de la Iglesia al ámbito cibernético, León XIV sostiene de forma clara que “hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026).

Al despojar al código de su estatus de mercancía exclusiva para concebirlo como un bien universal, el Papa está redefiniendo la exclusión posmoderna. Cuando la infraestructura tecnológica y las patentes de procesamiento se concentran en un puñado de corporaciones opacas que eluden el escrutinio social, el riesgo no es sólo comercial, sino ontológico, pues “crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026). Esta marginación algorítmico-social establece una nueva casta de desposeídos existenciales que quedan privados del control de sus propias narrativas vitales. Haga el intento, amado lector, de encontrar con quién quejarse en su red social favorita por cualquier asunto: se encontrará con la nada misma, direccionamientos que no dan respuestas y “centros de ayuda” que están completamente de adorno, reforzando así la impunidad de la censura, por un lado, y de la imposición de contenido asqueroso, por el otro.

Frente a esta colonización de la conciencia, la resistencia de la conciencia exige asimismo una profunda reforma del espíritu, una ascesis que la encíclica localiza con valentía en la vida cotidiana y escolar. En un pasaje de gran calado existencial, el Papa nos exhorta a “educarnos en el ayuno de la IA” (León XIV, 2026, párr. 140), proponiendo una desconexión deliberada que no nace del “temor luddita” (miedo o resistencia conceptual y práctica ante la posibilidad de que el avance tecnológico desplace a los trabajadores humanos), sino de la necesidad de custodiar nuestra propia capacidad contemplativa. La gratuidad del pensar requiere tiempo, silencio y la paciencia del error. Cuando delegamos el esfuerzo intelectual a la inmediatez de una respuesta generada de forma automatizada, corremos el riesgo de extinguir la chispa que da origen a la verdadera sabiduría. El documento lo expresa con agudeza cuando advierte que “la rapidez y la facilidad con la que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo” (León XIV, 2026, párr. 143). En este sentido, la escuela debería ser el bastión de lo analógico, un santuario donde las relaciones interpersonales reales y el tiempo compartido pongan a salvo lo que el silicio jamás podrá replicar. ¿Cómo podemos engendrar nuevos horizontes de pensamiento si acostumbramos a nuestra juventud a consumir únicamente las respuestas patrocinadas por un software de dudosa procedencia?

Al resguardar la intimidad del pensamiento, la encíclica desmantela la fantasía de que las máquinas puedan suplantar el discernimiento íntimo del sujeto. Con un rigor asombroso, el pontífice nos recuerda que estos sistemas informáticos carecen de una dimensión ontológica fundamental, pues “tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía y comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (León XIV, 2026, párr. 89). En esta incapacidad radical para el amor y el dolor se instala la urgencia de establecer límites infranqueables a su aplicación en la toma de decisiones. El texto papal subraya con preocupación que “si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece” (León XIV, 2026, párr. 104). En pocas palabras, nos está diciendo que la reducción de la existencia a meras métricas de productividad es el preámbulo de una sociedad desprovista de compasión.

La gravedad de esta deshumanización sistemática adquiere su expresión más mortífera al abordar el escenario bélico. El problema ético de nuestro siglo ya no se limita únicamente a decidir qué prodigios técnicos podemos materializar, sino a determinar qué atrocidades debemos negarnos obstinadamente a cometer. Hans Jonas anticipó con lucidez nuestra desmesura prometeica en “El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica”, alertando que “la técnica moderna ha introducido acciones de una magnitud tan diferente que los marcos de la ética anterior ya no pueden contenerlas” (Jonas, 1995, p. 28). León XIV recoge este testigo histórico para denunciar la aberración suprema de delegar las decisiones de vida o muerte a sistemas de armamento autónomos, desnudando la cobardía moral de una guerra sin combatientes humanos visibles. El Papa nos advierte solemnemente que “toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto” (León XIV, 2026, párr. 110), despojando a la tragedia del dolor de la piedad y convirtiendo a la muerte en una fría estadística de rendimiento. Sentenciando este extravío con palabras definitivas, también sostiene categóricamente que “ningún algoritmo puede hacer que la guerra sea moralmente aceptable” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Es decir, al desahuciar la responsabilidad personal de la cadena de mando, la guerra automatizada se desentiende de la culpa y de la posibilidad misma del arrepentimiento. ¿Seremos capaces de sostener la mirada ante las víctimas de un verdugo que carece de alma, o permitiremos que la distancia tecnológica anestesie definitivamente nuestro sentido de la compasión?

Esta confrontación frente a las derivaciones más extremas de la técnica conecta de manera íntima con la intuición poética que J. R. R. Tolkien plasma en “El señor de los anillos: El retorno del rey”, cuando nos recuerda que no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino actuar con absoluta responsabilidad ética en los campos y en el tiempo que nos han tocado vivir (Tolkien, 1954/1993, p. 55). Estas célebres palabras cobran una escalofriante vigencia al contraponerse a la pretensión algorítmica de predecir, modelar y fiscalizar cada resquicio de nuestra existencia. Frente a la tentación fáustica de una optimización perpetua que busca abolir la vulnerabilidad de nuestra carne para sustituirla por un simulacro de orden absoluto, la teología de “Magnifica humanitas” coincide en que la verdadera custodia del mundo pasa por la valiente asunción de nuestra finitud. Desarmar el mito de nuestra omnipotencia tecnológica y renunciar a la desmesura del control cibernético no constituye un repliegue al progreso, sino el único cimiento posible sobre el cual podemos construir una auténtica libertad compartida, liberada por fin del cálculo mercantilista que todo lo marchita.

Asomados al borde de este abismo existencial, constatamos que no queda margen para el adormecimiento intelectual, pues delegar nuestra angustia ética a una máquina nos condena a la más triste de las servidumbres. Si permitimos que el deseo de la inmediatez apague la humilde y fecunda labor de formular preguntas lentas, habremos consumado la renuncia voluntaria de nuestra propia condición humana. ¿Seremos nosotros la generación que abdique de su libertad a cambio del confort inconfesable de no tener que pensar, entregando la custodia del alma a un puñado de cables? ¿Es posible que, al intentar diseñar un mundo exento de dolor y de incertidumbre, estemos edificando la prisión más perfecta y silenciosa de la historia? Cuando esta lectura concluya y el murmullo de sus notificaciones vuelva a reclamar su atención, ¿se atreverá a sostener el ayuno del espíritu para redescubrir, en el silencio del encuentro real, que su vulnerabilidad sigue siendo su mayor gloria?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

BBC Mundo. (2026, 25 de mayo). León XIV pide en su primera encíclica como papa «desarmar» a la inteligencia artificial y advierte de sus peligros. BBC. https://www.bbc.com/mundo/articles/czr22v6ddk6o

Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. La Santa Sede.

Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.

Jonas, H. (1995). El principio de responsabilidad: Ensayo de una ética para la civilización tecnológica (J. M. Fernández Retenaga, Trad.). Herder.

León XIV. (2026). Carta Encíclica Magnifica humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

Tolkien, J. R. R. (1993). El Señor de los Anillos: El retorno del rey (M. Figueroa, Trad.). Minotauro. (Obra original publicada en 1954).

Vatican News. (2026, 25 de mayo). «Magnifica humanitas»: el llamado del Papa León XIV de proteger a la humanidad en tiempos de IA. Dicasterio para la Comunicación. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-05/la-enciclica-papa-leon-xiv-magnifica-humanitasla-inteligencia-ia.html

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La cara oculta de Nayib Bukele

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En un tiempo turbulento propicio para que seudoperiodistas y politicastros den rienda suelta a sus frustraciones y su furia contra el árbol más florido, se ha vuelto profesión de fe desatar reportajes trucados y panfletos difamatorios contra el presidente Nayib Bukele.

De entrada, están ofendiendo a toda una nación que se encuentra luchan do por construir un nuevo país donde la paz social, el auténtico clima democrático, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la ciencia para el progreso y la justicia para los más olvidados, reinen.

A pesar de las lógicas dificultades de la economía mundial, de fenómenos como El Niño y de las dañinas guerras que encarecen el petróleo y sus derivados, 90 % de la población salvadoreña respalda la gestión del presidente, y es indudable que votará por él en 2027. Esto es lo primero que debería tener claro esa prensa amarillista.

Uno de los argumentos que esgrimen es la condición de bachiller del presidente, como si ello fuese un delito capital o un impedimento para ejercer la política. Hay que recordarles a es tos sesudos intelectualoides los grandes líderes del planeta que no terminaron sus estudios universitarios, pero jugaron un rol brillante en la política internacional, como George Washing ton, James Monroe, Harry S. Truman, Winston Churchill, sin olvidar a Abraham Lincoln, que fue leñador; y personajes como Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Mark Zuckerberg, entre muchos otros, se destacan por sus trayectorias excepcionales a pesar de haber abandonado o nunca haber comenzado estudios universitarios.

Por el contrario, Bukele cuenta en su currículo uno de los reconocimientos que la totalidad de académicos de a cuartillo solo pueden soñar con obtener. En diciembre de 2019 la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas del planeta, le otorgó un doctor «honoris causa».

Es evidente que ocultan o minimizan los grandes logros que su gestión ha logra do en cuanto a la seguridad ciudadana al transformar al país más violento y criminal del mundo en el más seguro del hemisferio occidental, el gran salto económico que ha significado su apuesta por el turismo, su lucha contra las mafias intermediarias de la producción agrícola y la búsqueda de la seguridad alimentaria en la agricultura, así como la modernización de los servicios, la infraestructura del sistema nacional de salud, entre otros.

O las grandes obras que su estrategia política de cooperación internacional ha logrado, especialmente con China, Corea del Sur, Estados Unidos, el mundo árabe e Israel, como son las infraestructuras de la Biblioteca Nacional, el superestadio en construcción, la potabilización del lago de Ilopango, el tramo de la autopista Los Chorros, la incautación de centenares de toneladas de cocaína y otras drogas del narcotráfico inter nacional; la edificación, a través de la Dirección de Reconstrucción del Tejido Social, de los centros urbanos de bienestar y oportunidades (CUBO) dentro del Plan Control Territorial, fase II.

Así, un líder heterodoxo, cuya regla es saltarse las reglas tradicionales, como Nayib Bukele, ha sido recibido con honores por el presidente Donald Trump en la Casa Blan ca, ha sido bienvenido en Israel para visitar el museo del holocausto Yad Vashem y el Muro de las Lamentaciones, ha sido acogido con profundo respeto y alfombra roja por el presidente Xi Jinping, en Pekín.

Es además admirado por la mayoría de sus colegas, presidentes de Uruguay, Chile, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Colombia, Perú, muchos de los cuales quieren reproducir sus políticas de seguridad ciudadana.

Su visión estratégica, que ha sido fundamental en la creación del Escudo de las Américas de Washington, constituido por 17 países del hemisferio occidental, incluyendo a Estados Unidos, es producto de la experiencia nacional de la lucha contra las pandillas, que contiene estrategias vitales para que dicho escudo haga más efectiva su lucha contra los carteles de las drogas y el terrorismo internacional.

Los adversarios y enemigos acérrimos de Nayib Bukele teorizan absurdos sobre su futuro como líder, o crean infames y ominosas teorías de la conspiración, se horrorizan ante los hechos palpables de su impecable gestión y de sus indiscutibles logros en política nacional e internacional. Esta es la ver dadera doble cara de un líder continental que más que desatar el odio, la rabia y la impotencia de sus adversarios les produce terror, con resultados tangentes que no se atreven ni a reconocer ni mucho menos a divulgar.

 

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En El Salvador pasa algo mucho más profundo

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Por: Francisco Martínez

El libro que nos comparte Yossi Abadi, es el autorretrato novelado de una nación que tocó fondo, que levantó la cabeza y a lo salvadoreño enfrentó sus quimeras y se atrevió a soñar, y a soñar en grande, construir un gran país.

El relato que Yossi nos cuenta, con toques de realismo mágico, es el testimonio de alguien que vino a este paisito aventurando, por curiosidad, corriendo riesgos, llegó por unos días sin decir a su familia que estaba acá y terminó atrapado, prendado por la resistencia, resiliencia, gallardía, pundonor y bravura libertaria del pueblo salvadoreño.

Es una historia contada desde la mirada humilde y ambiciosa del ciudadano salvadoreño de a pie en su día a día, desde la calle, cuenta aspectos, no públicos, desde los ejecutores de la política del cambio; no ignora la opinión de los detractores del proceso, tanto locales y en particular de los extranjeros; sin ignorar ni falsear la historia inmediata político social del país.

Su escrito asume una verdad social histórica, la guerra civil resultó de las injusticias y desigualdades, le siguió la posguerra que legó un modelo de solución negociada de conflictos celebrado internacionalmente pero sin mantra local; el dolor, las desigualdades, las crisis de vidas se profundizaron, aquel país forjado por la guerra permaneció por la falta de reflexión colectiva sobre los Por Qué de la guerra que fue soportada en una narrativa controlada que evitaba el fondo del asunto y evitaba se mirara a los responsables, mientras las elites restauraban su poder.

Políticos e instituciones, aupados desde fuera por la política de control blando, se casaron con el sacrosanto mito  de la democracia funcional, la de lo políticamente correcto, donde la formalidad y las formas lo son todo; no les importó que el país se deslizara en una vorágine sangrienta, optaron por la omisión y la desidia, lo que llevó a la instauración de la república de las pandillas donde la violencia no vestía el humeante verde olivo de los setentas y ochentas sino, que esta vez se vestía de tatuajes, los números y las letras, ese era el pedo, qué onda eh.

Cero Crimen cuenta el proceso de cómo se gestó y ejecutó un cambio, de cómo un líder: Nayib Bukele, con una narrativa esperanzadora y disruptiva ganó gradualmente la confianza ciudadana y democráticamente desplazó el viejo orden para instaurar uno nuevo, un orden de seguridad y desarrollo; relata cómo con una política innovadora de seguridad una startup politic y usando todo el poder del Estado hizo posible para El Salvador pasar de ser la capital mundial del crimen a ser el país más seguro del hemisferio occidental, esa es la experiencia que cuenta Yossi desde un enfoque humano, con la lupa de alguien que viaja por el mundo, desde un ciudadano israelí que conoce la violencia, desde una  visión empresarial, en una interrelación activa con salvadoreños acá y por el mundo.

Por las páginas del libro se puede ver que este cambio no se limitó a la guerra contra las pandillas, es una estrategia para desatascar las trampas que tenían atada el potencial de la economía, y ahí en ese escenario Yossi nos habla de cómo la seguridad es después de todo una moneda un resguardo de valor de la inversión, que permite atraer capitales de inversión y abre las puertas al regreso de los que tuvieron que irse, nos presenta un enfoque desenfadado (NO OFICIAL) respecto de los trasfondos de la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal y su uso como ancla de la nueva imagen y aviso de la transformación estatal y del renacer de un país.

Yossi destaca que la política del nuevo orden se basa en resultados, no en discursos, sino en acciones no en reuniones, con decisión y celeridad frente a los problemas desde una forma sin manuales ni formalidades, simplemente: hágase.

El libro, es una provocación al estudio critico de El Salvador para comprender el nuevo modelo de gobernanza con liderazgo fuerte y cercano al pueblo, es un relato ameno desde la visión particular de Yossi y su cariño y compromiso con este paisito.

Narra como El Salvador no solo sobrevivió, a la inestabilidad y al caos, sino que, desde esa realidad, asumió que no había más opción que diseñar la nueva arquitectura nacional, una que evite repetir o regresar al pasado, una nación que no sea desangrada por la violencia, una sociedad que se integre y supere las desigualdades, en donde no tengamos que tomar o entender porque alguien toma los fúsiles.

Francisco Martínez

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La guerra como casino y la obsolescencia del alma- Lisandro Prieto Femenía

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«Cuando la violencia ya no se ejerce sobre las cosas o sobre las personas, sino sobre los signos y las imágenes, nos adentramos en la era de la simulación absoluta»

 Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1978/2005, p. 43).

Acaso la mayor ceguera de nuestra época radique en la convicción de que las transiciones civilizatorias se anuncian con trompetas y cataclismos visibles. Nos desvelamos elucubrando de qué manera la IA reescribirá las aulas, cómo los algoritmos reestructurarán el diagnóstico clínico o bajo qué lógicas se reorganizará el empleo global, asumiendo con ingenuidad que el sujeto que habitará ese mañana permanecerá inalterado en su esencia fundamental.

Sin embargo, lo que verdaderamente se desliza bajo nuestros pies no es una simple reconfiguración del entorno instrumental, sino una mutación irreversible del ser humano en su totalidad. Asistimos, tal vez, con una resignación anestesiada, a la última versión de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Frente a los discursos optimistas que, amparados en una falsa perspectiva histórica, murmuran que toda crisis civilizatoria halla siempre su punto de equilibrio y que las aguas siempre regresan a su cauce, emergen síntomas tan perturbadores que resquebrajan cualquier intento de consuelo racional.

Lejos de ser una transformación periférica, esta deriva se manifiesta en la ilusión de estabilidad que rodea nuestro quehacer cotidiano, una ceguera colectiva que evoca la ingeniosa escena cinematográfica de Woody Allen en la que el protagonista, tras escuchar el diagnóstico adverso de su médico, reflexiona con amargura sobre cómo hasta hace apenas cinco minutos era un hombre feliz, y no se había dado cuenta. El mundo contemporáneo parece atrapado en esa mismísima fracción de segundo previa a la conciencia del derrumbe total. Transitábamos un planeta plagado de asimetrías, injusticias y desigualdades dolorosas, pero que aún conservaba latente la promesa de la transformación social, la chispa de la indignación moral genuina y el anhelo de la empatía. Hoy, la irrupción de tecnologías diseñadas para la dispersión sistemática, el confinamiento existencial del deslizamiento infinito en las pantallas y el embrutecimiento lúdico colectivizado nos devuelven una deshumanización de la especia que, al menos para mí, se torna insoportable. No estamos simplemente ante un cambio de época, sino ante el agotamiento de la condición humana como reducto de sensibilidad.

El precitado adormecimiento afectivo encuentra su manifestación más descarnada no en la acumulación de arsenales, sino en la conversión del sufrimiento ajeno en un objeto de especulación financiera. La consagración de plataformas digitales de predicción como Kalshi o Polymarket, donde miles de imberbes arriesgan su capital apostando al minuto exacto en que una potencia extranjera iniciará un bombardeo o al destino de la vida de líderes mundiales, consuma una degradación moral sin precedentes.

La periodista Natalie Sherman (2026), en una profunda investigación para la BBC, expone de qué manera estas dinámicas se revisten de un lenguaje aséptico para eludir el reproche social y legal. En el cuerpo de su crónica, Sherman recoge el revelador testimonio de Stew, un usuario desencantado de estas plataformas que, tras verse inmerso en la vorágine de las apuestas militares, desnuda el engaño conceptual que sostiene el negocio al constatar que la industria insiste en llamarlo “negociación de contratos”, cuando, si somos honestos, sigue siendo una vil apuesta sobre la tragedia humana.

Por medio de este sutil ejercicio de ingeniería lingüística, se intenta desactivar todo cuestionamiento ético, pues al desplazar el vocabulario del dolor y la geopolítica hacia la terminología higienizada de las finanzas y el intercambio de futuros, el sistema neutraliza la repulsión instintiva ante la masacre. El conflicto bélico ya no se padece ni se contempla con pavor, sino que se gestiona como un portafolio de activos. Ganar medio millón de dólares previendo con precisión matemática el instante en que caerá un misil sobre una población desarmada convierte al apostador en un cómplice financiero del verdugo, un espectador absoluto que codicia la violencia porque su cuenta bancaria depende, justamente, de ella.

En este sentido, percibimos que la financiarización (proceso económico mediante el cual los mercados, actores e instituciones financieras ganan un peso desproporcionado en la economía global) total de la existencia humana representa la cúspide de una cultura posmoderna en franco estado de putrefacción, una sociedad que ha decidido que incluso el último aliento de un soldado o el pánico de una madre bajo el fuego de artillería pesada son fenómenos monetizables y reducibles a una fluctuación de probabilidades en tiempo real.

Esta cruel lúdica de la sangre altera por completo las coordenadas clásicas de la maldad, obligándonos a examinar el estrecho vínculo que se teje entre el sadismo y la indiferencia posmoderna. Si históricamente el sadismo se definía por el goce directo del verdugo ante el dolor físico de su víctima, nuestro tiempo inaugura un sadismo desapasionado, abstracto y eminentemente banal. Imagínense, queridos lectores, a los soldados de la Alemania nazi apostando dinero por la cantidad de judíos que se podía incinerar en un solo turno del día, ¿atroz verdad? Pues bien, hoy se hacen apuestas virtuales similares, aparentemente lícitas y permitidas por los Estados.

Al respecto, es fundamental recordar el aporte de Hannah Arendt (2003, p. 368), quien al desentrañar los engranajes de la crueldad totalitaria, observó que el problema con hombres como Adolf Eichmann radicaba en su terrorífica normalidad, en ser burócratas incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La contemporaneidad digital ha dado una vuelta de tuerca a esta observación: el sádico de hoy ya no requiere de una maquinaria estatal totalitaria ni de un uniforme militar, sino que se camufla en el ciudadano común que, desde la comodidad de su hogar y de manera estrictamente lúdica, especula financieramente con la devastación de inocentes que viven en otro continente. El sadismo, entonces, se ha vuelto banal no por la ausencia de placer, sino porque ese placer ha sido domesticado bajo la forma de una transacción financiera insignificante, un divertimento aséptico que trivializa la muerte al integrarla en las dinámicas del mercado de consumo diario.

Conviene precisar, no obstante, que la barbarie y la infamia no configuran novedades en la crónica de nuestra especie, en tanto que en casi todas las épocas históricas se ha convivido con la impronta de la guerra y la perfidia sistemática. La diferencia sustancial estriba en que, antaño, el horror se recortaba sobre un trasfondo de absolutos morales o concepciones sagradas que, aun cuando fuesen transgredidos, sostenían un horizonte ético de referencia. Nuestra posmodernidad decadente, en cambio, se distingue por haber disuelto esos contrafuertes metafísicos mediante un proceso extremo de transvaloración. Al vaciar de sentido y respeto la existencia, el nihilismo contemporáneo consuma aquella célebre y desesperada interrogación que Friedrich Nietzsche (1882/2013) plasmó en “La gaya ciencia” al contemplar el derrumbe de los cimientos espirituales de Occidente, preguntándose cómo pudimos vaciar el mar y quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte. Ese borrado absoluto de todo límite es precisamente lo que faculta hoy al sujeto para especular y enriquecerse con las manifestaciones más denigrantes y aberrantes de las que es capaz el ser humano. Sin sol y sin coordenadas, la vida desamparada queda reducida a un mero dígito lúdico.

Asimismo, este acoplamiento entre la frivolidad y el horror se nutre del diagnóstico que Gilles Lipovetsky trazara en “La era del vacío” (1983/2006, p. 112), donde vislumbra una sociedad caracterizada por el proceso de personalización y la disolución de los grandes relatos colectivos. En este ecosistema hipermoderno, la indiferencia pura se disfraza de curiosidad interactiva, y la información pierde su carga de urgencia ética para transformarse en un simple estímulo sensorial. Las apuestas aplicadas a la guerra no son una anomalía del sistema, sino la evolución natural de este sujeto frívolo que Lipovetsky describe con tanta precisión: un ser desprovisto de anclajes morales, para quien la guerra en Medio Oriente o en Europa del Este posee el mismo valor existencial y estético que un partido de fútbol o el desenlace de un reality show.

Es fundamental que entendamos que al desplazar la tragedia hacia el terreno del puro entretenimiento, la contienda bélica entra de lleno en el simulacro absoluto que profetizó acertadamente Jean Baudrillard en su célebre obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” (1991/2005, p. 57). Allí, el pensador francés argumentó que los conflictos contemporáneos se consuman ante todo como acontecimientos mediáticos, despojados de su realidad física para el espectador global a través de la mediación técnica. Al apostar por el despliegue de tropas, el usuario no interactúa con cuerpos despedazados o ciudades reducidas a escombros, sino con gráficos dinámicos y curvas de oferta y demanda. La pantalla no sólo crea una fría distancia, sino que desrealiza. El sufrimiento se torna incorpóreo y el casino global devora los últimos vestigios de compasión humana. El horror ya no nos interroga, sino que nos entretiene y nos llena los bolsillos.

Bajo este panorama de vaciamiento ético, la dinámica mercantil que Guy Debord denunciaba en los albores de la sociedad de consumo masivo, cobra una vigencia pavorosa. En su obra fundamental “La sociedad del espectáculo” (1967/2015, p. 38), el pensador sostenía que en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, y que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha alejado en una representación. Si nos venimos a nuestros días, las apuestas de guerra representan la fase superior de este proceso: la representación ya ni siquiera exige contemplación pasiva, sino participación lúdica y lucrativa. El usuario de las redes sociales, alienado por la descarga continua de dopamina que le proporcionan las interfaces digitales, desarrolla una tolerancia patológica a la crueldad que le impide reaccionar ante la brutalidad del mundo real.

En última instancia, el engranaje que hace posible semejante insensibilidad es el que Günther Anders diseccionó con genial lucidez. En el primer volumen de “La obsolescencia del hombre” (1956/2011, p. 245), el filósofo alemán acuñó el concepto de “ceguera ante el Apocalipsis” y teorizó sobre la incapacidad de la psique humana para aprehender los efectos reales de las tecnologías que produce de manera desmesurada. Anders sostenía que nuestra capacidad de fabricación técnica ha desbordado infinitamente nuestra capacidad de imaginación moral y de sentimiento: somos técnicamente omnipotentes pero moralmente ciegos. El individuo que utiliza de esta manera la app de Polymarket mientras toma un café no es un monstruo sadista consciente de su perversión, sino un ser patético y mutilado psicológicamente por la gigantomaquia de los aparatos que maneja, incapaz de correlacionar el incremento de su saldo virtual con el estruendo de un proyectil que despedaza niños a miles de kilómetros de distancia.

Para cerrar, queridos lectores, nos queda invitarlos a reflexionar profundamente sobre la necesidad imperativa de preguntarnos qué nos queda cuando la frontera entre el juego y la carnicería se ha desvanecido por completo en la pantalla de nuestros teléfonos. ¿De qué manera recuperamos el asombro o la indignación moral en una civilización que está premiando con ganancias monetarias la predicción exacta del asesinato en masa? Nos hallamos ante el espejo de nuestra propia decadencia, contemplando la última versión de una humanidad que parece haber entregado su alma al crupier del algoritmo. Tras apagar la pantalla y silenciar el rumor constante de las cotizaciones de la muerte, la pregunta que persiste no es cómo sobreviviremos a la tecnología, sino si nos quedará algo de humanos cuando la tormenta digital finalmente amaine.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. 1): Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Alcoriza y A. Lastra, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1956).

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós. (Obra original publicada en 1978).

Baudrillard, J. (2005). La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (J. Arenas, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1991).

Debord, G. (2015). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1967).

Lipovetsky, G. (2006). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (J. Vinyoli y M. Antolín, Trads.). Anagrama. (Obra original publicada en 1983).

Nietzsche, F. (2013). La gaya ciencia (J. Jara, Trad.). Gredos. (Obra original publicada en 1882).

Sherman, N. (2026, 23 de marzo). Las «macabras» apuestas sobre la guerra por las que se pide endurecer el millonario negocio de las predicciones. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c7054xn0kx8o

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