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Analizando el sentido del chivo expiatorio- Lisandro Prieto Femenía

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«Lo que cura y lo que mata, aquello que salva a la comunidad y a la vez es sacrificado por ella, no son opuestos sino la misma cosa tomada desde dos caras de la misma operación» (Derrida, 1995, p. 82).

La historia del pensamiento occidental puede leerse como un intento persistente de trazar fronteras nítidas donde la realidad sólo ofrece matices. En el centro de esta pugna, se halla la figura del “phármakon”, un término que en la Grecia clásica designaba un objeto que porta en su raíz la incertidumbre: es el remedio que restaura la salud y, simultáneamente, el veneno, la droga o el hechizo que la socava. Esta polisemia no es un error semántico, sino la condición de posibilidad de un sentido trágico que encarna una ambivalencia constitutiva. Algo similar ocurre con el rito del “azazel” o “chivo expiatorio”, donde se desplaza sobre un animal la totalidad de las culpas colectivas para expulsarlas y así gestionar la crisis comunitaria por medio de la transferencia. Ambas figuras comparten una funcionalidad estructural, puesto que curar y envenenar son operaciones que se articulan mutuamente en la vida simbólica de las sociedades.

En el “Fedro”, Platón presenta el mito de la invención de la escritura como un phármakon que se ofrece como remedio para la memoria, pero que actúa como causa de su debilitamiento al volverla dependiente de una exterioridad que disuelve la dinámica del logos vivo. Como señala Platón en la precitada obra, “es un olvido lo que producirán en las almas de quienes aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose a lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, mediante caracteres ajenos” (Platón, 1999, p. 402). En este sentido, la escritura funciona también como un chivo expiatorio: es señalada como la responsable del deterioro intelectual y moral del saber auténtico. Esta tensión sitúa a Platón en diálogo con las críticas contemporáneas a la técnica y a la automatización de la experiencia- desde Heidegger hasta Bernard Stiegler- donde se reconoce que toda mediación técnica introduce una reconfiguración de la experiencia y de las relaciones de responsabilidad.

Para Bernard Stiegler, la técnica es intrínsecamente farmacológica. Al delegar nuestras capacidades en dispositivos, sufrimos una “proletarización” del espíritu donde el remedio que expande nuestro alcance envenena nuestra autonomía. Él mismo advierte en su obra que “si todo objeto técnico es un phármakon, el diseño y la puesta en marcha de una nueva organización social deben ser pensados como una práctica farmacológica, es decir, como una terapéutica” (Stiegler, 2015, p. 82). Pues bien, el capitalismo de la atención, en la actualidad, explota esta naturaleza, utilizando plataformas que prometen conectar pero que, simultáneamente, fragmentan los lazos públicos y destruyen la consistencia del deseo. La técnica posmoderna, desde los psicofármacos hasta las inteligencias artificiales, opera hoy como un phármakon cultural que, al intentar resolver carencias, introduce nuevas dependencias y modos de alienación.

Esta lógica farmacológica tiene implicaciones profundas en la salud mental contemporánea. El remedio psicofarmacológico puede restituir funcionalidad, pero simultáneamente domestica la pluralidad emocional. Al medicar la angustia sin interrogar sus causas sociales, se utiliza el fármaco como un chivo expiatorio que suprime el síntoma para restaurar la productividad, silenciando la pregunta por el sentido de una cultura que enferma a sus miembros. La medicalización funciona como una estrategia de control que desplaza el conflicto al terreno de la patología privada, reduciendo al sujeto a una “nuda vida” bajo estados de excepción, tal como describe Giorgio Agamben.

Para comprender lo precedentemente señalado, es necesario desentrañar cómo la psiquiatrización de la existencia no es sólo un acto clínico, sino un dispositivo biopolítico que despoja al individuo de su dimensión ciudadana. En la arquitectura del pensamiento de Agamben, la “nuda vida” representa aquella vida biológica elemental que ha sido separada de su forma política y jurídica, quedando expuesta a una violencia soberana sin mediaciones. Como él mismo explica, “el protagonista de este libro es la nuda vida, es decir, la vida matable e insacrificable del ‘homo sacer’, cuya función esencial en la política moderna hemos intentado reivindicar”.

Bajo esta luz, la precitada medicalización posmoderna opera al transformar el malestar- a menudo derivado de fracturas sociales o existenciales- en un mero desajuste neuroquímico individual. Al etiquetar la ansiedad como una patología privada, el sistema declara un “estado de excepción” sobre el cuerpo del sujeto: se suspende su capacidad de acción y se lo reduce a una existencia puramente biológica que debe ser administrada. El resultado de esto es la producción de una subjetividad dócil, donde la salud se define por la funcionalidad orgánica y no por la libertad, confirmando la tesis de Agamben de que “la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano”. De este modo, el fármaco actúa como el instrumento que garantiza la reclusión del conflicto en el silencio del organismo

El resultado es la producción de una subjetividad dócil, donde la salud se define por la funcionalidad orgánica y no por la libertad, confirmando la tesis de Agamben de que «la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano». De este modo, el fármaco actúa como el instrumento que garantiza la reclusión del conflicto en el silencio del organismo, impidiendo que el síntoma se convierta en una pregunta política abierta. Complementariamente, no debemos olvidar el señalamiento de Freud cuando describía el malestar de la cultura al expresar que “la sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso decisivo de la cultura” (Freud, 1930/1992, p. 94), es decir, una transición que impone límites y represiones cuyas tensiones demandan permanentemente una salida sacrificial.

Por su parte, Jacques Derrida sostenía que el “phármakon” constituye una unidad de sentido que se sitúa antes de la oposición entre el bien y el mal, la salud y la enfermedad. Al calificarlo como “indecidible”, el autor se refiere a aquellos términos o procesos que, aunque habitan el sistema de oposiciones (como remedio/veneno), no pueden ser comprendidos bajo ninguno de sus polos. En su obra fundamental sobre este tema, Derrida afirma que “el phármakon es el movimiento, el lugar y la reserva de la diferencia. Es la diferencia la que, antes de ser la distinción entre el bien y el mal, la libertad y el imperativo, la presencia y la ausencia, permite que se articulen entre sí” (Derrida, 1995, p. 82).

Bajo el precitado marco, “habitar la ambivalencia” significa renunciar a la pulsión racionalista de decidir si algo es ‘exclusivamente’ curativo o ‘exclusivamente’ dañino. Resolver esta tensión mediante la ‘violencia simbólica’ implicaría forzar una definición unívoca, lo cual suele derivar en la lógica del chivo expiatorio: expulsar una parte del concepto (el “veneno”) para purificar la otra (el “remedio”). Pues bien, Derrida agudiza la reflexión al demostrar que el phármakon es precisamente aquello que “no se deja dominar por ninguna de las oposiciones de la metafísica, pues las comprende a todas, las desborda y las trabaja desde dentro” (Derrida, 1995, p. 91). Por tanto, la ética de lo indecidible nos obliga a sostener la mirada en la contradicción, reconociendo que la suplementariedad- el hecho de que todo remedio añade algo que altera lo original- es una condición ineludible de la cultura y la técnica.

Complementariamente, René Girard aporta la trama antropológica a este fenómeno: la violencia mimética genera crisis que precipitan la selección de una víctima para cristalizar las tensiones y restaurar el orden mediante su eliminación ritual. La eficacia del sacrificio reside en su función simbólica de permitir la catarsis colectiva, convirtiendo al chivo expiatorio en la versión social del phármakon: cura a la comunidad en la medida en que envenena a uno. Como afirma Girard en “El chivo expiatorio”, “la víctima es el pharmakós, que es, a la vez, despreciable y preciosa, porque se la debe expulsar con horror pero se la debe conservar con el mayor cuidado, ya que es la portadora de la salvación comunitaria” (Girard, 1986, p. 54).

En la modernidad, estas funciones sacrificiales toman formas tecnológicas y políticas muy puntuales. Migrantes, pobres y disidentes cumplen hoy la función de chivos expiatorios en discursos políticos que buscan ordenar la incertidumbre. Los discursos de odio posmodernos no son exabruptos irracionales, sino operaciones de ingeniería sacrificial. El odio funciona como un phármakon identitario que ofrece la cura inmediata a la angustia mediante la designación de un culpable. Según Freud, “el odio no es un afecto primario, sino el resultado de una desilusión del narcisismo que busca en el otro el receptáculo de todo lo que el yo no puede tolerar de sí mismo” (Freud, 1915/1991, p. 124). Esta proyección busca exteriorizar en un “otro” los aspectos repudiados del grupo, lo que Jung denomina la “sombra colectiva”, la cual interpretamos como el estrato de la psique social que agrupa los impulsos, tendencias y verdades que una cultura rechaza por considerarlos inferiores o inmorales.

Según Carl G. Jung, el peligro de esta estructura radica en que lo no reconocido no desaparece, sino que se proyecta hacia el exterior con una fuerza compensatoria. En su obra fundamental, Jung afirma que “el individuo no se da cuenta de que proyecta en el otro su propia sombra; la consecuencia de ello es que este “otro” se convierte en un objeto de odio y desprecio, y el individuo se siente a sí mismo como alguien superior y limpio de toda falta” (Jung, 1959, p. 145). Esta proyección busca exteriorizar en un “otro” los aspectos repudiados del grupo, permitiendo que la comunidad recupere una coherencia ilusoria a través del sacrificio simbólico de su víctima.

Frente a esta dinámica, una “clínica de la cultura” debe proponer una ética de la integración en lugar de una de la expulsión. En lugar de tratar el malestar como algo que debe ser extraído mediante la farmacología o el chivo expiatorio, debe ser abordado como un síntoma que revela las fallas de la estructura simbólica de la sociedad. Integrar la sombra implica reconocer, como sostiene Jung, que “la sombra es una parte viva de la personalidad y, por lo tanto, no puede ser eliminada mediante ningún tipo de exclusión, sino que debe ser aceptada y asimilada para que la personalidad pueda alcanzar la totalidad” (Jung, 1959, p. 152). Así, la tarea clínica no consiste en “curar” al grupo mediante la eliminación del síntoma, sino en obligar a la comunidad a hacerse cargo de su propia oscuridad constitutiva, evitando que esta se convierta en la hoguera de un tercero.

La redención de este ciclo se encuentra en la posibilidad del perdón y el papel que juega el arte en nuestra cultura. Para Hannah Arendt, el perdón es la única reacción que actúa de nuevo y de forma inesperada, liberando a la comunidad de las consecuencias irreversibles del acto y desactivando la necesidad sacrificial de la venganza. En sus palabras, “el perdón es la única reacción que no simplemente «reacciona», sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y, por lo tanto, librando de las consecuencias del acto tanto a quien perdona como a quien es perdonado” (Arendt, 2009, p. 258). Por su parte el arte opera como un phármakon capaz de sublimar la violencia social en una nueva forma de verdad. A diferencia del sacrificio, el arte no destruye la vida, sino que utiliza la herida de la experiencia para revelar la profundidad humana, permitiendo una catarsis simbólica que no requiere de víctimas reales. Pero éste último, es un tema para abordar extensivamente en otra ocasión.

Para ir cerrando, es necesario indicar que la posibilidad de una clínica de la cultura nos sitúa ante la responsabilidad ética de renunciar al alivio moral que proporciona el señalar a un culpable. Si el chivo expiatorio ha sido el cimiento invisible de todo orden colectivo, ¿estamos preparados para construir una comunidad que reconozca sus heridas sin buscar siempre una víctima que las absorbe? Aceptar el síntoma en lugar de medicarlo implica abrazar un malestar que nos mantiene alertas frente a las injusticias, pero ¿qué ocurriría si dirigiéramos esa energía hacia la co-responsabilidad por los daños en lugar de hacia la expulsión del diferente?

Sin dudas, debemos cuestionar si la estructura de nuestras detonadas democracias técnicas no está diseñada para producir chivos expiatorios industriales que sostengan su inercia. Si el orden social actual necesita generar enemigos internos para evitar mirar su propio vacío, la única salida es una transformación radical de nuestra relación con el phármakon del poder. ¿Es posible una política que admita la ambigüedad de las soluciones y que no delegue la responsabilidad última en los dispositivos tecnológicos?

Finalmente, cabe preguntarse si estamos dispuestos a soportar la incertidumbre de una cura que no promete una seguridad total. La madurez ética consiste en negarse a delegar la compra propia en otro sacrificial y en inventar maneras de procesar la culpa que no requieran la violencia. ¿Podremos transformar la necesidad de expulsión en prácticas de reparación que no oculten la economía del alivio moral, sino que la desarticulen definitivamente a través de la responsabilidad compartida?

Referencias Bibliográficas

Agamben, G. (1998). Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida. Barcelona: Paidós.

Arendt, H. (2009). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

Biblia de Jerusalén (2009). Levítico 16. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Derrida, J. (1995). La farmacia de Platón. Buenos Aires: Editorial Tormenta.

Freud, S. (1915/1991). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras Completas (Vol. XIV). Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1930/1992). El malestar en la cultura. En Obras Completas (Vol. XXI). Buenos Aires: Amorrortu.

Girard, R. (1986). El chivo expiatorio. Barcelona: Anagrama.

Jung, C. G. (1959). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós.

Platón. (1999). Fedro. En Diálogos III. Madrid: Gredos.

Stiegler, B. (2015). Lo que hace que la vida valga la pena: de una farmacología positiva. Madrid: Alianza Editorial.

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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