2

Connect with us

Opinet

Analizando “Magnifica humanitas”, la primera encíclica de León XIV- Lisandro Prieto Femenía

Publicado

el

«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos» (Tolkien, 1954/1993, p. 55).

No es ninguna novedad indicar que habitamos una época deslumbrada por el fulgor del silicio y atravesada por un tiempo donde la conciencia humana parece dispuesta a abdicar de su trono para entregarlo a la fría precisión de las máquinas. ¿No siente usted, querido lector, el sutil deslizamiento de nuestra propia autonomía en cada pantalla que acaricia con resignación? Frente a esta claudicación silenciosa irrumpe la publicación de la encíclica “Magnifica humanitas” del Papa León XIV, un texto que supera las expectativas de un simple documento pastoral, proponiéndonos un auténtico giro ontológico.

El pontífice nos arrincona contra un dilema que debería desgarrar nuestra complacencia posmoderna al obligarnos a elegir entre dos destinos históricos excluyentes. Como advierte solemnemente el inicio de su carta, “la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (León XIV, 2026, párr. 1). El presente que transitamos juntos está enfermo de certezas artificiales e intoxicado por flujos de datos inabarcables, por lo que en este letargo la tarea de la filosofía debe ser un martillo que quiebre el espejo de nuestra propia vanidad (y pereza) tecnológica.

Ahora bien, sondear las profundidades de este replanteamiento ético exige apartar la mirada de la ingenua fascinación que nos provoca la IA y retornar a la raíz material de nuestra condición. La filosofía contemporánea nos viene avisando sobre los peligros de esta deslocalización existencial, sobre todo a partir de Byung-Chul Han, quien en su obra “No cosas: quiebres del mundo de hoy” nos dice que “la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo” (Han, 2021, p. 13), arrancándonos de la gravedad de la tierra para arrojarnos a un océano de información donde el dolor ajeno se vuelve prácticamente imperceptible.

Justamente, la encíclica denuncia este desarraigo fundamental de la carne. Cuando la tecnología deja de ser un instrumento contingente y se convierte en el horizonte mismo de la verdad, el ser humano queda reducido a una simple variable dentro de una matriz de optimización. Olvidamos con demasiada facilidad que cada línea de código que exige poder computacional descansa sobre una tierra que sangra. ¿Acaso no te desgarra el alma saber que la fluidez de nuestras interacciones virtuales se sostiene sobre la esclavitud moderna de las minas y sobre los cuerpos mutilados para que el cálculo algorítmico jamás se interrumpa? La máquina nunca es neutral y tratarla como si lo fuera constituye la más perversa de nuestras hipocresías.

Esta inquietante asimilación entre la dominación física y el control algorítmico adquiere un eco estremecedor cuando León XIV aborda el devenir de la dignidad humana. En un gesto de una honestidad histórica sin precedentes, el obispo de Roma ofrece una disculpa por la complicidad o el silencio que la propia Iglesia mantuvo durante siglos respecto al horror del comercio de seres humanos, reconociendo este hecho como “una herida en la memoria cristiana” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Este ejercicio de purificación de la memoria no debe ser confundido con un desahogo retórico, sino que representa el cimiento ético para lanzar una advertencia dramática sobre los paralelismos que existen entre la esclavitud tradicional y las amenazas emergentes de las que denomina “nuevas esclavitudes digitales” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Para sacudir nuestra modorra existencial, el Papa justifica la severidad de sus analogías al declarar que “la palabra es fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento exige palabras capaces de captar la atención” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Si en el pasado la barbarie se camufló bajo discursos de progreso económico, hoy la sumisión de la conciencia se disfraza de comodidad digital y eficiencia predictiva.

Es frente a esta claudicación del espíritu donde la teología que vertebra la encíclica nos devuelve, de manera casi violenta, al misterio ineludible de la carne y de la gracia. Resulta de una radicalidad absoluta sostener desde el inicio del documento que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Concilio Vaticano II, 1965, párr. 22). Al recuperar esta premisa ineludible de la constitución pastoral “Gaudium et spes”, el Papa nos está diciendo a la cara que nuestra salvación no provendrá jamás de una arquitectura de redes neuronales, sino de la sucia, finita y agónica realidad de la existencia humana tocada por la divinidad.

Contra el espejismo de un transhumanismo que busca curar a la humanidad amputando su vulnerabilidad y su misterio, la respuesta de la fe exige volver a mirar al otro a los ojos. El texto papal alcanza su mayor hondura moral y existencial al recordarnos que “la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función” (León XIV, 2026, párr. 114). Deténgase un segundo y pregúntese cuántos rostros vivos ha ignorado hoy mismo por agachar la cabeza ante el resplandor de su dispositivo móvil.

Este reconocimiento ineludible del prójimo devela también las dinámicas de poder y la asimetría económica que configuran la tecnología posmoderna. León XIV arroja luz sobre una de las trampas más sofisticadas de la gobernanza corporativa al recordarnos que la IA no es un ente abstracto que opera en el vacío, sino que toma de manera inevitable el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. La pretensión de resolver las tensiones morales mediante comités éticos diseñados por las mismas corporaciones transnacionales se revela como una claudicación democrática insostenible. En este sentido, el pontífice sostiene con implacable lucidez que “no servirá de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos” (León XIV, 2026, párr. 62). La supuesta neutralidad algorítmica es, en realidad, la imposición silenciosa de una visión del mundo unilateral que asfixia el pluralismo y convierte las decisiones existenciales en cálculos de rentabilidad geopolítica y comercial. ¿No es acaso alarmante constatar cómo nuestra propia noción de justicia, de bien y de verdad está siendo sigilosamente programada por una reducida élite tecnológica que legisla desde sus laboratorios sin rendirle cuentas a nadie?

La precitada privatización de la soberanía moral sobre el algoritmo engendra, en definitiva, una fractura social de proporciones insospechadas. Es que la privatización total de la riqueza digital viola directamente el destino común de la creación, en tanto que, al integrar una de las tesis económicas más revolucionarias de la doctrina social de la Iglesia al ámbito cibernético, León XIV sostiene de forma clara que “hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026).

Al despojar al código de su estatus de mercancía exclusiva para concebirlo como un bien universal, el Papa está redefiniendo la exclusión posmoderna. Cuando la infraestructura tecnológica y las patentes de procesamiento se concentran en un puñado de corporaciones opacas que eluden el escrutinio social, el riesgo no es sólo comercial, sino ontológico, pues “crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026). Esta marginación algorítmico-social establece una nueva casta de desposeídos existenciales que quedan privados del control de sus propias narrativas vitales. Haga el intento, amado lector, de encontrar con quién quejarse en su red social favorita por cualquier asunto: se encontrará con la nada misma, direccionamientos que no dan respuestas y “centros de ayuda” que están completamente de adorno, reforzando así la impunidad de la censura, por un lado, y de la imposición de contenido asqueroso, por el otro.

Frente a esta colonización de la conciencia, la resistencia de la conciencia exige asimismo una profunda reforma del espíritu, una ascesis que la encíclica localiza con valentía en la vida cotidiana y escolar. En un pasaje de gran calado existencial, el Papa nos exhorta a “educarnos en el ayuno de la IA” (León XIV, 2026, párr. 140), proponiendo una desconexión deliberada que no nace del “temor luddita” (miedo o resistencia conceptual y práctica ante la posibilidad de que el avance tecnológico desplace a los trabajadores humanos), sino de la necesidad de custodiar nuestra propia capacidad contemplativa. La gratuidad del pensar requiere tiempo, silencio y la paciencia del error. Cuando delegamos el esfuerzo intelectual a la inmediatez de una respuesta generada de forma automatizada, corremos el riesgo de extinguir la chispa que da origen a la verdadera sabiduría. El documento lo expresa con agudeza cuando advierte que “la rapidez y la facilidad con la que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo” (León XIV, 2026, párr. 143). En este sentido, la escuela debería ser el bastión de lo analógico, un santuario donde las relaciones interpersonales reales y el tiempo compartido pongan a salvo lo que el silicio jamás podrá replicar. ¿Cómo podemos engendrar nuevos horizontes de pensamiento si acostumbramos a nuestra juventud a consumir únicamente las respuestas patrocinadas por un software de dudosa procedencia?

Al resguardar la intimidad del pensamiento, la encíclica desmantela la fantasía de que las máquinas puedan suplantar el discernimiento íntimo del sujeto. Con un rigor asombroso, el pontífice nos recuerda que estos sistemas informáticos carecen de una dimensión ontológica fundamental, pues “tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía y comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (León XIV, 2026, párr. 89). En esta incapacidad radical para el amor y el dolor se instala la urgencia de establecer límites infranqueables a su aplicación en la toma de decisiones. El texto papal subraya con preocupación que “si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece” (León XIV, 2026, párr. 104). En pocas palabras, nos está diciendo que la reducción de la existencia a meras métricas de productividad es el preámbulo de una sociedad desprovista de compasión.

La gravedad de esta deshumanización sistemática adquiere su expresión más mortífera al abordar el escenario bélico. El problema ético de nuestro siglo ya no se limita únicamente a decidir qué prodigios técnicos podemos materializar, sino a determinar qué atrocidades debemos negarnos obstinadamente a cometer. Hans Jonas anticipó con lucidez nuestra desmesura prometeica en “El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica”, alertando que “la técnica moderna ha introducido acciones de una magnitud tan diferente que los marcos de la ética anterior ya no pueden contenerlas” (Jonas, 1995, p. 28). León XIV recoge este testigo histórico para denunciar la aberración suprema de delegar las decisiones de vida o muerte a sistemas de armamento autónomos, desnudando la cobardía moral de una guerra sin combatientes humanos visibles. El Papa nos advierte solemnemente que “toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto” (León XIV, 2026, párr. 110), despojando a la tragedia del dolor de la piedad y convirtiendo a la muerte en una fría estadística de rendimiento. Sentenciando este extravío con palabras definitivas, también sostiene categóricamente que “ningún algoritmo puede hacer que la guerra sea moralmente aceptable” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Es decir, al desahuciar la responsabilidad personal de la cadena de mando, la guerra automatizada se desentiende de la culpa y de la posibilidad misma del arrepentimiento. ¿Seremos capaces de sostener la mirada ante las víctimas de un verdugo que carece de alma, o permitiremos que la distancia tecnológica anestesie definitivamente nuestro sentido de la compasión?

Esta confrontación frente a las derivaciones más extremas de la técnica conecta de manera íntima con la intuición poética que J. R. R. Tolkien plasma en “El señor de los anillos: El retorno del rey”, cuando nos recuerda que no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino actuar con absoluta responsabilidad ética en los campos y en el tiempo que nos han tocado vivir (Tolkien, 1954/1993, p. 55). Estas célebres palabras cobran una escalofriante vigencia al contraponerse a la pretensión algorítmica de predecir, modelar y fiscalizar cada resquicio de nuestra existencia. Frente a la tentación fáustica de una optimización perpetua que busca abolir la vulnerabilidad de nuestra carne para sustituirla por un simulacro de orden absoluto, la teología de “Magnifica humanitas” coincide en que la verdadera custodia del mundo pasa por la valiente asunción de nuestra finitud. Desarmar el mito de nuestra omnipotencia tecnológica y renunciar a la desmesura del control cibernético no constituye un repliegue al progreso, sino el único cimiento posible sobre el cual podemos construir una auténtica libertad compartida, liberada por fin del cálculo mercantilista que todo lo marchita.

Asomados al borde de este abismo existencial, constatamos que no queda margen para el adormecimiento intelectual, pues delegar nuestra angustia ética a una máquina nos condena a la más triste de las servidumbres. Si permitimos que el deseo de la inmediatez apague la humilde y fecunda labor de formular preguntas lentas, habremos consumado la renuncia voluntaria de nuestra propia condición humana. ¿Seremos nosotros la generación que abdique de su libertad a cambio del confort inconfesable de no tener que pensar, entregando la custodia del alma a un puñado de cables? ¿Es posible que, al intentar diseñar un mundo exento de dolor y de incertidumbre, estemos edificando la prisión más perfecta y silenciosa de la historia? Cuando esta lectura concluya y el murmullo de sus notificaciones vuelva a reclamar su atención, ¿se atreverá a sostener el ayuno del espíritu para redescubrir, en el silencio del encuentro real, que su vulnerabilidad sigue siendo su mayor gloria?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

BBC Mundo. (2026, 25 de mayo). León XIV pide en su primera encíclica como papa «desarmar» a la inteligencia artificial y advierte de sus peligros. BBC. https://www.bbc.com/mundo/articles/czr22v6ddk6o

Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. La Santa Sede.

Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.

Jonas, H. (1995). El principio de responsabilidad: Ensayo de una ética para la civilización tecnológica (J. M. Fernández Retenaga, Trad.). Herder.

León XIV. (2026). Carta Encíclica Magnifica humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

Tolkien, J. R. R. (1993). El Señor de los Anillos: El retorno del rey (M. Figueroa, Trad.). Minotauro. (Obra original publicada en 1954).

Vatican News. (2026, 25 de mayo). «Magnifica humanitas»: el llamado del Papa León XIV de proteger a la humanidad en tiempos de IA. Dicasterio para la Comunicación. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-05/la-enciclica-papa-leon-xiv-magnifica-humanitasla-inteligencia-ia.html

Continue Reading
Advertisement

Opinet

Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

Publicado

el

Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

Continue Reading

Opinet

Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

Publicado

el

El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

Continue Reading

Opinet

La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

Publicado

el

Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

DATOS DE CONTACTO Y ETIQUETADO

  • Correos electrónicos de contacto: lisiprieto@hotmail.com  –   lisiprieto87@gmail.com
  • Instagram: https://www.instagram.com/lisandroprietofem?igsh=aDVrcXo1NDBlZWl0 , @lisandroprietofem
  • What’sApp: +5492645316668
  • Blog personal: www.lisandroprieto.blogspot.com
  • Facebook: https://www.facebook.com/lisandro.prieto
  • Twitter: @LichoPrieto
  • Threads: https://www.threads.net/@lisandroprietofem
  • LinkedIn:https://www.linkedin.com/in/lisandro-prieto-femen%C3%ADa-647109214
  • Donaciones (opcionales) vía PayPal: https://www.paypal.me/lisandroprieto
  • Donaciones (opcionales) vía Mercado Pago: +5492645316668 ; ALIAS: licho.prieto.mp
Continue Reading

Publicidad

Lo Más Leído