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Analizando la agonía del diálogo en la urgencia del encuentro

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Por: Lisandro Prieto Femenía

«Solo en la comunicación se realiza el ser humano. En la comunicación con el otro, la verdad que hay en mí se revela»: Jaspers, 1989, p. 50

Asistimos a una época vertiginosa donde la palabra circula con una abundancia sin precedentes, pero donde la auténtica escucha se desvaneció casi por completo. Se habla en todas partes, a toda hora y a través de múltiples pantallas, mas la proliferación masiva de emisiones verbales dista mucho de constituir un espacio de comunión real. Al contemplar la conversación contemporánea, descubrimos que la noción de diálogo ha sido despojada de su densidad histórica y ontológica, quedando reducida a una simulación ruidosa donde los individuos intercambian monólogos paralelos. Se trata de un espectáculo estridente donde prima la necesidad narcisista de autoafirmación antes que el deseo genuino de comprender. Frente a este escenario de saturación mediática, conviene pausar el ritmo e interrogar la naturaleza misma del hablar compartido, pues en el repliegue del pensamiento crítico y la hipertrofia de las opiniones viscerales se incuba el verdadero síntoma de nuestra decadencia cultural.

Desandar los orígenes de este naufragio nos exige remontarnos a las fuentes del pensamiento occidental, donde la etimología griega nos devela que la palabra remite a un tránsito de la razón, a un discurso que atraviesa a los interlocutores para transformarlos en su trayectoria. Platón elevó esta praxis a la categoría de dialéctica, concibiéndola en sus diálogos tempranos como el itinerario imprescindible para ascender desde la opinión infundada (doxa) hacia la comprensión fundamentada (episteme). El método socrático no pretendía acorralar ni humillar al adversario en el terreno oratorio, sino guiarlo pacientemente mediante preguntas inquisitivas hacia el examen de sus propias certidumbres. Semejante tarea presuponía un coraje ético insustituible, caracterizado por la disposición a asumir la propia finitud intelectual. En la Apología de Sócrates, el filósofo formuló esta conciencia de los propios límites al sostener que «este hombre cree que sabe algo sin saberlo, mientras que yo, así como no sé nada, tampoco creo saberlo» (Platón, 2000, p. 21d). Carecer de esta apertura interior para dejarse interpelar desfigura cualquier intercambio, convirtiendo el espacio común en una tribuna donde la palabra se estanca y languidece.

A la luminosidad ética de la búsqueda socrática es preciso añadir la exigencia formal que el genio aristotélico imprimió a la conversación humana. Para que el intercambio no naufrague en el desborde emotivo ni se degenere en mero espectáculo persuasivo, requiere sostenerse sobre la solidez del razonamiento deductivo. En los Primeros analíticos, Aristóteles definió la estructura formal del silogismo como «un discurso en el cual, establecidas ciertas cosas, resulta necesariamente de ellas, por ser lo que son, otra cosa distinta» (Aristóteles, 1988, p. 24b). Asimismo, en el tratado de la Retórica, distinguió entre el logos —el argumento propiamente dicho—, el pathos —la conmoción afectiva del auditorio— y el ethos —la autoridad moral del orador—. Sin embargo, cuando la búsqueda honesta de la verdad se eclipsa por la vanidad, la arquitectura lógica se prostituye en mera sofística. Arthur Schopenhauer expuso con amarga lucidez esta degradación en El arte de tener razón, al diagnosticar que «la dialéctica erística es el arte de disputar, de modo que uno tenga razón tanto justa como injustamente» (Schopenhauer, 2002, p. 23). Esta corrosiva apreciación retrata la miseria de nuestro debate público: no nos importa la validez del razonamiento ni el esclarecimiento de lo real, sino vencer al antagonista a cualquier precio, utilizando la falacia y el agravio como atajos para enmascarar nuestra propia indigencia argumentativa.

Lejos de amedrentarse ante el desacuerdo, el pensamiento medieval entendió que la confrontación teórica era el fuego donde se purificaba el saber. Durante siglos, las universidades ejercitaron la disputatio, una metodología donde la discrepancia se asumía como una herramienta indispensable para depurar el intelecto. Filósofos de la talla de Santo Tomás de Aquino estructuraron sus magnas obras, entre ellas la Summa Theologiae, bajo la dinámica rigurosa de presentar exhaustivamente las objeciones contrarias antes de fundamentar una solución. En esa misma línea de rigor procedimental, Juan Duns Escoto aseveró en su Ordinatio que «la ciencia humana no alcanza un saber perfecto, sino solo por el ejercicio del intelecto» (Duns Escoto, 1950, prol. q. 3). La confrontación entre tesis e hipótesis demostraba que el conocimiento no es un patrimonio estático ni una iluminación pasiva, sino el fruto de un esfuerzo metódico capaz de superar las resistencias del propio sesgo. Cuestionar las ideas preconcebidas no destruía la fe en el saber; al contrario, constituía la única vía honesta para elevar la inteligencia por encima del dogma ciego.

Durante el apogeo ilustrado, la tarea de someter la opinión individual a la prueba del escrutinio colectivo trascendió los claustros académicos y se erigió en el motor emancipador de la sociedad civil. Immanuel Kant, en su célebre opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, argumentó que el progreso civilizatorio exige abandonar la minoría de edad mediante el coraje de pensar de manera autónoma. Al plasmar el célebre imperativo «¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!» (Kant, 2004, p. 83), el filósofo germano no defendía una arbitrariedad individualista, sino la obligación cívica de someter los juicios al debate razonado dentro de una comunidad de lectores libres. La esfera pública nacía así como un ideal donde el argumento mejor construido, y no la autoridad dogmática o la coacción, debía guiar las decisiones colectivas.

No obstante, la promesa emancipadora de la razón pública terminaría sofocada por las tramas invisibles del poder y la hipertrofia de los medios masivos. El orden discursivo dejó de ser un terreno neutral para transformarse en un espacio fuertemente disciplinado y mercantilizado. Michel Foucault, en El orden del discurso, desenmascaró los mecanismos de exclusión y control que operan en las sociedades al sostener que «en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos» (Foucault, 1992, p. 14). La conversación social no fluye libremente, sino que responde a límites invisibles impuestos por instituciones y hegemonías que determinan de antemano qué es admisible pensar y quién tiene la legitimidad para hablar. Esta domesticación del discurso halla su expresión más feroz en la sociedad contemporánea, caracterizada por la sustitución de la experiencia viva por la imagen. En La sociedad del espectáculo, Guy Debord vislumbró esta alienación radical al aseverar que «todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación» (Debord, 1999, p. 37). En un mundo donde la realidad cede su lugar a la escenificación, el diálogo auténtico se disuelve; no dialogamos con seres humanos reales, sino con caricaturas mediáticas, consumiendo consignas simplificadas y reduciendo el debate colectivo a una escenografía de simulacros.

A este tamiz político se añade la quiebra ontológica del concepto mismo de verdad, cuya crisis desembocó en un relativismo cómodo y en un atrincheramiento tribal. Cuando la idea de lo verdadero pierde su anclaje en lo real, las convicciones individuales se sacralizan como dogmas inexpugnables. Friedrich Nietzsche, en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, anticipó de forma mordaz la fragilidad de nuestros constructos conceptuales al definir la verdad como «un ejército en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos» (Nietzsche, 2006, p. 25). Al perderse la conciencia de que nuestros conceptos son ficciones útiles que requieren una constante revisión crítica, el ser humano convierte sus metáforas particulares en trincheras ideológicas. Se renuncia al esfuerzo de someter las premisas al contraste con la realidad, prefiriendo la seguridad cobarde de los prejuicios compartidos. La discusión se torna así en un ajuste de cuentas donde la discrepancia ya no representa una invitación a filosofar, sino una amenaza existencial que debe ser fulminada.

Frente a las cenizas del siglo XX, marcadas por la barbarie totalitaria y el adoctrinamiento de masas, la preocupación por rescatar la palabra viva cobró un matiz de urgencia dramática. Hannah Arendt, en La condición humana, situó la palabra y la acción en el centro mismo de la pluralidad política, manifestando que «con la palabra y el acto nos insertamos en el mundo humano» (Arendt, 2005, p. 201). Para Arendt, la renuncia a hablar significativamente con otros equivale a la destrucción del espacio intersubjetivo, atroz antesala del totalitarismo. En una sintonía complementaria, Jürgen Habermas formuló su Teoría de la acción comunicativa, enfatizando la necesidad de una racionalidad procedimental volcada al entendimiento mutuo. De acuerdo con Habermas, «el concepto de acción comunicativa remite a la interacción de al menos dos sujetos capaces de lenguaje y de acción que entablan una relación interpersonal» (Habermas, 1987, p. 124). La validez de cualquier proyecto democrático depende de la calidad deliberativa de sus ciudadanos y de su disposición sincera a dejarse convencer por la fuerza del mejor argumento, libre de toda violencia o manipulación ideológica.

Ahora bien, restablecer la conversación exige traspasar los límites formales de la lógica para adentrarse en la dimensión hermenéutica y ética de la alteridad, puesto que hablar verdaderamente requiere albergara al otro en su radical diferencia. Hans-Georg Gadamer, en Verdad y método, definió la comprensión interpersonal como una experiencia donde los horizontes individuales se expanden, expresando que «comprender es siempre el proceso de fusión de estos horizontes presuntamente aislados entre sí» (Gadamer, 1993, p. 377). Esta fusión resulta irrealizable si el interlocutor es percibido como un rival a instrumentalizar. La filosofía dialógica de Martin Buber ilumina esta exigencia en Yo y Tú, al afirmar rotundamente que «toda vida verdadera es encuentro» (Buber, 1977, p. 15). Cuando las relaciones humanas se degradan en un vínculo cosificador —un intercambio entre un «Yo» y un «Ello»—, la palabra se vuelve fría y utilitaria. A esta advertencia se suma la voz de Emmanuel Levinas, quien desde Totalidad e infinito apela al imperativo ético de la otredad al sostener que «el rostro me habla y por ello me interpela» (Levinas, 1977, p. 211). La sola presencia del rostro ajeno quiebra la autosuficiencia de nuestro ego, prohibiéndonos reducir la complejidad del ser humano a una mera etiqueta conceptual.

Semejante exigencia ética choca frontalmente contra las dinámicas de la era digital contemporánea, donde el diálogo ha sido devorado por la vorágine algorítmica y el imperativo de la visibilidad inmediata. Las plataformas interactivas, diseñadas bajo la utopía irónica de interconectar al planeta, terminaron levantando muros invisibles de aislamiento y tribalismo. Las cámaras de eco y los sistemas de recomendación procesan nuestros sesgos para alimentarnos únicamente con aquello que halaga nuestro ego, expulsando de la pantalla cualquier matiz incómodo. En La expulsión de lo distinto, Byung-Chul Han retrata con precisión esta patología de la atención al subrayar que «la escucha no es un acto pasivo, sino que requiere una atención activa, una acogida al otro en su alteridad» (Han, 2017, p. 125). Sin el silencio interior que permite albergar el pensamiento ajeno, la interacción digital degenera en una estampida de voces frenéticas donde triunfan la indignación efímera, el eslogan agresivo y el aplauso automatizado. Nos hemos convertido en sordos hiperconectados que gritan en la oscuridad de sus propios espejos.

Frente a este desierto de amplificadores y aplausos cautivos, la filosofía no puede actuar como un sedante ni como una simple espectadora complaciente. El verdadero desafío de nuestra época consiste en romper el hechizo de las certezas prefabricadas y tener la osadía de mirar al otro no como un enemigo a batir, sino como el único espejo capaz de rebelarnos nuestra propia humanidad. ¿Nos resignaremos a languidecer en esta orquestación de monólogos estridentes, celebrando el eco de nuestra propia ignorancia mientras la convivencia civilizada se desmorona en el desprecio mutuo? ¿Seremos capaces de desarmar la soberbia del juicio intempestivo y abrazar la humilde sospecha de que la razón, acaso, habita en la palabra del diferente? Si renunciamos a la fragilidad de dejarnos transformar por la verdad ajena, ¿qué nos queda de humanos en esta era de certezas desalmadas?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • Arendt, H. (2005). La condición humana (Trad. R. Gil Novales). Paidós.
  • Aristóteles. (1988). Tratados de lógica (Órganon) I: Categorías, Tópicos, Sobre las refutaciones sofísticas, Primeros analíticos (Trad. M. Candel Sanmartín). Gredos.
  • Buber, M. (1977). Yo y Tú (Trad. C. Díaz). Nueva Visión.
  • Debord, G. (1999). La sociedad del espectáculo (Trad. V. Gómez). Marca de Agua.
  • Duns Escoto, J. (1950). Ordinatio: Prologus. Typis Polyglottis Vaticanis.
  • Foucault, M. (1992). El orden del discurso (Trad. A. González Troyano). Tusquets.
  • Gadamer, H.-G. (1993). Verdad y método (Vol. I; Trad. A. Agud Aparicio y R. de Agapito). Sígueme.
  • Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa (Vol. I; Trad. M. Jiménez Redondo). Taurus.
  • Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto (Trad. A. Ciria). Herder Editorial.
  • Jaspers, K. (1989). Filosofía (Vol. 2: Orientación en el mundo; Trad. J. Gaos). Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Kant, I. (2004). ¿Qué es la Ilustración? (Trad. E. Ímaz). Alianza Editorial.
  • Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad (Trad. D. E. Guillot). Sígueme.
  • Nietzsche, F. (2006). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros ensayos (Trad. L. M. Valdés Villanueva). Tecnos.
  • Platón. (2000). Apología de Sócrates (Trad. C. García Gual). Gredos.
  • Schopenhauer, A. (2002). El arte de tener razón: expuesto en 38 estratagemas (Trad. F. C. Vevia Romero). Edaf.

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Opinet

Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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