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La integración ferroviaria centroamericana, un sueño que puede hacerse realidad

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Por: Dionisio De Jesús

La posibilidad de un corredor ferroviario que conecte varios países abre nuevas oportunidades para el comercio, la inversión y la movilidad de personas, reduciendo tiempos de traslado y costos logísticos»…

Aunque no lo soñaron los padres fundadores, es casi un hecho incontrovertible: la integración ferroviaria del Istmo se volverá una realidad. Un sueño que costará alrededor de 24 mil millones de dólares y muchos dolores de cabeza y de bolsillos también. Pero al igual que en el mar, en tren, la vida es más sabrosa y por qué no, glamurosa.

Si señor, obviamente, que una estructura ferroviaria de esta naturaleza no es solo para turistear, sino para integrar los países en una estrategia de comercio y logística que haga mucho más fácil la comercialización de productos, bienes y servicios. Y que las una, de una vez y por siempre, como lo han estado añorando estas naciones, que siempre han pensado la integración como tal, no solo en lo político sino en lo económico y cultural.

Viéndolo así, es fácil de decirlo; hacerlo realidad, será harto difícil, aparte de la voluntad política de los países y gobiernos involucrados en esta titánica tarea. También hay que contar con las alianzas y convenios con organismos crediticios, países que ayuden con su financiamiento, empresa del ramo que presenten las ofertas técnicas y económicas más viables junto a su know-how comprobado y una ciudadanía que empuje en una sola dirección para que sean conseguidos estos o este objetivo de nación y colectivo del Istmo como estructura geopolítica y geoeconómica.

Para el año 2030, se proyecta que el Istmo centroamericano alcance una población cercana a los 55.7 millones de habitantes. Para el 2050, las estimaciones apuntan a que la región superará la barrera de los 80 millones de habitantes. En estas proyecciones coinciden, tanto, el Banco Mundial como la CEPAL, además de los bancos centrales de los países, que constantemente están haciendo estimaciones y mediciones con sus censos de población y vivienda, además del censo económico que levantan cada cierto tiempo.

Y entonces, ¿cómo se va a mover semejante cantidad de personas en estos países? ¿Cómo se estructurará logísticamente hablando, el cruce y llegada de las mercancías y bienes de consumo para esa población que cada día crecerá exponencialmente?

A esas preguntas, es que los gobiernos, organismos regionales y empresas del sector privado están tratando de dar respuestas, de cara a lo que se viene en una subregión que por estar en estos momentos en tiempos de paz, y en su mejor momento de crecimiento económico, muchos ciudadanos del mundo, empresas y otras estructuras, están pensando en sentar las bases de su expansión y crecimiento, a parte de la gente, que por el clima único, todo el año y la calidez de las poblaciones han decidido echar raíces, también y jubilarse o terminar de buscar su paz interior en una zona del mundo que se antoja única y especial.

¿Cuáles son los esfuerzos tanto como país per se y colectivo como bloque de integración en pos de conseguir este objetivo regional que es el tren centroamericano? Veámoslo por parte:

La expectativa para la construcción de un sistema ferroviario centroamericano es ambiciosa a largo plazo. Como escribí, párrafos arriba, con un costo estimado de unos US$24,000 millones, los países de la región avanzan de manera independiente en sus propios proyectos ferroviarios con miras a una futura y gran integración logística y de movilidad de pasajeros. Cada uno está activando sus planes del presente y futuro en lo relativo a tener su propio transporte ferroviario a fin de ir integrándolo a la red global del subcontinente, que finalmente, entrampará con la red de México que ya llega hasta la región de Chiapas en la frontera con Guatemala, pero el fin en sí, es entrampar con las redes ferroviarias de la Unión Americana.

El proyecto de integración ferroviaria en Centroamérica se perfila para transformar la región en un corredor logístico y económico competitivo, reduciendo la actual dependencia del transporte por carretera, principalmente la Carretera Panamericana que cruza todo el continente. En concreto, existe un Plan Maestro Regional de Movilidad y Logística 2035, impulsado por la Secretaría de Integración Económica Centroamericana (SIECA) para conectar los países centroamericanos por medio de una red de transporte integrada, que incluye la interconexión ferroviaria regional a través de canales nacionales.

La idea fue planteada en la ponencia: ‘Conectividad sostenible e integración regional’ durante el ‘Foro UE–CA 2026: comercio, conectividad e inversión sostenible’, celebrado a principio de este año en Ciudad de Panamá.

El panorama actual se divide en los siguientes proyectos y expectativas por país:

El Salvador destaca el proyecto del Tren del Pacífico, que busca revitalizar la red ferroviaria y convertir al país en un nodo logístico regional. Antes en la primeria mitad del siglo XX, este país trabajó una red ferroviaria que se fue solidificando ya entrado los años 50 del mismo siglo, apalancado por los gobiernos militares de la época. Y conectaba prácticamente de Oriente a Occidente todo el país.

El Tren del Pacífico cubrirá una extensión inicial de 63.15 kilómetros en su primera fase. El recorrido conectará el Puerto de Acajutla (Sonsonate) con Sitio del Niño (San Juan Opico, La Libertad), siguiendo el antiguo trazado ferroviario del antiguo Tren que funcionó por más de 60 años y por motivos de la Guerra Civil y otros avatares dejó de funcionar.

En total, la primera etapa de pasajeros contará con siete estaciones ubicadas en Acajutla, Sonsonate, Caluco, Armenia, Sacacoyo, San Juan Opico (Sitio del Niño) San Salvador (conexión en el tramo final).

Las estaciones de carga intermodal se ubicarán estratégicamente en el Puerto de Acajutla y cerca del Bypass Claudia Lars. En una segunda fase, el proyecto contempla extender el recorrido hasta la frontera con Guatemala en La Hachadura. Se proyecta conectar el sistema con el resto de los países del Triángulo Norte (Guatemala y Honduras) y potencialmente con Norteamérica.

Otra apuesta del país es, El Metrocable de San Salvador, es el primer sistema de transporte masivo por cable aéreo en El Salvador, diseñado para conectar el Distrito de Mejicanos con el Centro Histórico de la capital. Ya está en su fase de construcción. Opera con un sistema 100% eléctrico, lo que significa que es amigable con el medio ambiente al no generar emisiones de dióxido de carbono (CO₂).

Con una inversión superior a los $100 millones y un recorrido de 3.55 kilómetros, su importancia radica en lo siguiente: reducción radical de tiempos, permite acortar los tiempos de traslado desde el Distrito de Mejicanos hasta el Centro Histórico de casi una hora a tan solo 14 minutos, operando de manera completamente independiente al tráfico terrestre.

Tiene una alta capacidad de movilización. El sistema está diseñado para movilizar hasta 7,000 personas por hora (unas 40,000 personas al día), beneficiando directamente a más de 200,000 habitantes.

Panamá ha impulsado con fuerza la construcción del tren Panamá-David. El objetivo principal es acortar tiempos y unir la capital con la frontera con Costa Rica, buscando eventualmente extender esta red hacia el resto del Istmo centroamericano. Costa Rica se ha sumado oficialmente al proyecto ferroviario impulsado por Panamá, una iniciativa que busca crear un corredor logístico moderno que conecte a varios países de la región a través de un sistema de trenes.

El acuerdo fue firmado el 18 de marzo pasado en Panamá entre el Instituto Costarricense de Ferrocarriles (Incofer) y la Secretaría Nacional de Ferrocarril (SNF) panameña. Se trata de un memorando de entendimiento, no vinculante, pero con una clara intención: sentar las bases para el desarrollo de un tren que conecte inicialmente Panamá con Costa Rica, y que posteriormente pueda extenderse hacia Nicaragua y otros países centroamericanos.

El memorando contempla una serie de compromisos técnicos importantes: estudios de ingeniería, análisis de impacto ambiental y social, planificación territorial en zonas fronterizas, protección del patrimonio cultural y natural, así como estrategias de gestión de riesgos ante desastres naturales. Todo esto apunta a un modelo ferroviario sostenible y adaptado a los desafíos actuales.

Según las autoridades panameñas, la visión va mucho más allá de un simple proyecto de transporte. “No estamos construyendo un tren, estamos construyendo la infraestructura de la próxima generación de la economía panameña y una nueva geografía económica para Centroamérica”.

El proyecto insignia de Panamá, denominado ferrocarril Panamá-David, será el punto de partida de este ambicioso plan. Tendrá una extensión aproximada de 475 kilómetros y contará con 14 estaciones, desde Ciudad de Panamá hasta Paso Canoas, en la frontera con Costa Rica. Entre las paradas destacan puntos clave como Albrook, Panamá Pacífico, La Chorrera, Santiago y David, lo que permitiría conectar importantes centros urbanos y económicos del país.

Costa Rica se encuentra desarrollando el primer tren 100 % eléctrico de Centroamérica. Con una inversión de US$800 millones y apoyo de Corea del Sur, este tren interurbano conectará San José con Cartago y Alajuela, buscando sacar miles de vehículos de las calles. La firma de una nueva ley permitirá financiar el proyecto del nuevo tren eléctrico TIBI, una obra ferroviaria que busca transformar el transporte público y reducir la congestión vial en la Gran Área Metropolitana (GAM) de Costa Rica.

Los recursos provienen del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), el Fondo Verde del Clima y el Banco Europeo de Inversiones (BEI).

El proyecto ferroviario abarcará 52 kilómetros de vía y conectará Alajuela, Heredia, San José y Cartago mediante dos líneas principales. También incluye 26 estaciones nuevas, la rehabilitación de cuatro terminales existentes y la incorporación de 28 trenes nuevos.

Por su parte, Guatemala, apura y anuncia el proyecto insignia de su país: Centro Logístico San Jorge, una ciudad portuaria del Corredor Interoceánico para conectar el Atlántico y el Pacífico, un megaproyecto de infraestructura que busca fortalecer la conectividad entre los océanos y convertir al país en un nuevo centro logístico para el comercio internacional.

Está considerado el punto de partida de un corredor que integrará infraestructura portuaria, ferroviaria, vial, aeroportuaria, industrial y energética. El proyecto integra transporte marítimo, ferroviario, terrestre y aéreo. Según los responsables del proyecto, la infraestructura incluirá un puerto de gran capacidad, una red ferroviaria, carreteras de alto estándar, zonas industriales, centros de distribución, servicios logísticos especializados y un aeropuerto de carga. Toda una estrategia a largo plazo de nearshoring. Además, el complejo buscará concentrar en un mismo espacio las operaciones marítimas, terrestres y aéreas para agilizar el transporte de productos hacia distintos mercados internacionales.

El plan contempla aproximadamente 3,2 kilómetros de muelles con capacidad para atender hasta siete mega buques de manera simultánea. También proyecta movilizar hasta 7,5 millones de contenedores al año cuando alcance su desarrollo previsto. El complejo incluirá patios ferroviarios, áreas de almacenamiento, parques industriales y espacios destinados a operaciones de manufactura y distribución.

Guatemala pone en marcha la primera etapa de una iniciativa que busca convertirse en una nueva alternativa para el transporte de mercancías entre los océanos Atlántico y Pacífico y fortalecer la conectividad comercial de la región.

Más allá de los aspectos técnicos, el proyecto también plantea una visión de integración regional que históricamente ha sido difícil de concretar en Centroamérica. La posibilidad de un corredor ferroviario que conecte varios países abre nuevas oportunidades para el comercio, la inversión y la movilidad de personas, reduciendo tiempos de traslado y costos logísticos.

En Honduras se proyectan iniciativas enfocadas tanto en el desarrollo de transporte urbano (como el MetroRiel de Guatemala) como en la creación de un ferrocarril interoceánico para el transporte de mercancías entre ambos océanos en Honduras. Y es que Honduras también apura proyectos para convertirse en un centro logístico de mercancías y servicios con la construcción también de un corredor interoceánico, que contenga ferrocarril, autopistas y puertos, todos desembocando en Puerto Cortés para de ahí conectar con las estructuras en construcción de Guatemala.

Las obras ferroviarias en el Istmo (Centroamérica y el Istmo de Tehuantepec en México) se financian principalmente mediante una combinación de inversión pública estatal, bancos multilaterales de desarrollo (como el BCIE y el BEI) y asociaciones público-privadas.

En El Salvador, por ejemplo, se ha proyectado una inversión superior a los $1,800 millones de dólares en infraestructura ferroviaria dentro de la próxima década. El modelo financiero busca combinar fondos estatales con cooperación internacional para reactivar el sistema de trenes.

Si me preguntaran que, si es factible este megaproyecto regional, mi respuesta seria sí. Un tren que una a Centroamérica, es técnicamente factible, y es un proyecto largamente anhelado por los países de la región, aunque representa un desafío monumental de ingeniería, costos y coordinación política que se hará realidad en proyectos actuales. Actualmente, no existe una vía continua, pero hay un renovado impulso para crear corredores logísticos e interoceánicos.

Solo sueños, sueños que son un anhelo de la Integración y que nacieron con el nacimiento de las Repúblicas y sus independencias, como lo fue en su momento, el Canal de Panamá, y que, si no fuera por éste, el comercio mundial y de interconexión, no sabríamos qué hubiese sido a través de los años.

El Plan Regional está: La Secretaría de Integración Económica Centroamericana (SIECA) cuenta con el Plan Maestro Regional de Movilidad y Logística 2035, que proyecta una red de interconexión ferroviaria.

Pero existen desafíos a los que hay que enfrentarse y los países van a sortearlos. A saber:

Inversión masiva: Los estudios preliminares estiman que la red ferroviaria regional requeriría una inversión cercana a los US$24.000 millones.

Topografía compleja: Las líneas férreas deben atravesar cadenas montañosas, zonas selváticas y cruzar las cuencas y ríos del Istmo.

Integración fronteriza: Exige la estandarización de las vías (el ancho de trocha) y una fuerte homologación aduanera y migratoria entre varios países soberanos.

Pero si lo vemos en perspectiva ya existen precedentes: la integración aduanera (esta en fase de completarse y acomodarse entre Honduras, Guatemala, El Salvador); la integración eléctrica con la red interconectada del mercado eléctrico de los países del Istmo que son miembros del SICA. Como se ve hay precedentes y de éxitos. El Plan Trifinio, es otro de los ejemplos de la Integración (entre Guatemala, El Salvador y Honduras).

¿Cuáles son los beneficios esperados? Son muchos y colectivos para estas naciones que debieron empezar a soñar juntas hace tiempo. Los Padres fundadores quisieron eso. Pero el beneficio más tangible y a corto plazo cuando se dé la interconexión ferroviaria es éste: Si se concreta, reduciría drásticamente el tiempo de traslado de mercancías —que actualmente viajan por carretera a velocidades muy bajas— dinamizando el comercio y disminuyendo la dependencia de las vías terrestres primarias como la Carretera Panamericana, que debido a la gran cantidad de automotores que por ella circulan, en los países de la región del SICA, en total más de 16.9 millones de vehículos, destacando los parques vehiculares de Guatemala, Costa Rica y El Salvador como los de mayor dinamismo. Es el infierno, materializado ya en tierras centroamericanas. Que Dios nos coja confesados!!!

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Opinet

Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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