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Después del Honduras Gate … que es lo que sigue…

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Por: Dionisio De Jesús

Lo que se esperaba era que se cediera la isla de Roatán a unos gobiernos de ultraderecha para montar ahí otra base militar. Que se volviera al contrato de la expansión de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) o ciudades autónomas, que el anterior gobierno de los Zelaya había rescindido y los poderes extranjeros se pusieron muy molestos.

Esta semana los protagonistas del “supuesto” escándalo de los audios volvieron a reclamar inocencia respecto del asunto. Dicen, o mejor, dice el expresidente JOH, que es una falsedad, que nunca se comprobó que sea su voz, ni las otras que intercambian en los audios que supuestamente fueron enviados por los susodichos personajes de la “política” hondureña y que remecieron los cimientos de una fauna política que cada vez da más terror en un país en el que todavía no se ha visto nada de todo lo que son capaces de hacer y desatar estos grupos de delincuentes de la mala política vernácula e internacional disfrazados de patriotas.

CNN dice que no han verificado la autenticidad de los audios filtrados, pero el Diario Red, de España, quien dio a conocer el escándalo, habla de que se pasó por la plataforma el software Phonexia Voice Inspector, desarrollado por la empresa checa Phonexia. De acuerdo con los resultados publicados por Hondurasgate, “los 37 audios contendrían voces humanas y no habrían sido generados con inteligencia artificial”. Eso lo dice la cadena de noticias norteamericana este miércoles 3 de junio de 2026, en que estoy redactando esta nota para Acento.com, el diario dominicano para el cual cada semana escribo unas reflexiones sobre los más disímiles asuntos, referenciando una entrevista que le dio el susodicho Juan Orlando Hernández, principal protagonista de esta trama de mal gusto.

¿Pero qué es lo que contenían o contienen estos audios que han dado tanto de qué hablar en el último mes y medio al darse su filtración a los medios internacionales? Lo primero es que se destapa una trama de burda política y uso de recursos de dudosa procedencia para activar unas estructuras de comunicación con el fin de dañar a varios líderes y presidentes de la región, aupados por otros políticos que activan en la ultraderecha internacional. Hablamos de los mencionados Javier Milei, presidente de Argentina; Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, quien habría accedido a la liberación bajo la figura del perdón presidencial para JOH, pero a pedido del gobierno de Israel, que proveyó los fondos para ese objetivo; quien habría estado de acuerdo con que se pusiera en marcha la trama desestabilizadora; del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y del propio presidente actual de Honduras, Tito Azfura (Papi a la Orden), así como del expresidente Juan Orlando Hernández, operador de la trama. En esto se menciona también a la designada presidencial de Honduras, María Antonieta Mejía, y al presidente del órgano legislativo de ese país, Tomy Zambrano.

Como se ve, estos audios, de ser ciertos, revelan la trama más macabra para ir minando a unos gobiernos y gobernantes que hoy no son muy afines a la ideología de la ultraderecha internacional que activa desde diferentes lugares y gobiernos. La reacción no se hizo esperar. Por un lado, el presidente Gustavo Petro de Colombia expresó: «Así se mueven las redes de la extrema derecha comunicacional. El dinero sale de la cocaína y de Israel». Asimismo, habló la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien atribuyó la supuesta trama a un intento de la «derecha internacional» de difundir falsedades, aunque aseguró que no le haría «mella».

Los audios filtrados se habrían grabado en WhatsApp, Signal y Telegram entre enero y abril de 2026. Los materiales vienen acompañados por transcripciones, análisis técnicos y publicaciones en redes sociales. Y han sido la comidilla política del último mes, siendo Honduras el país protagonista y donde los medios tradicionales que rinden pleitesía a los grupos de poder, aparentemente expuestos aquí, silenciaron por completo estos rumores, a tal punto que se impuso un silencio que aterra y da mucho qué pensar de cómo de comprometidos están estos medios con los que el pasado 30 de noviembre se robaron las elecciones, elecciones que representaban una esperanza para el pueblo llano y una nueva espiritualidad para los que creían todavía en el ejercicio pleno y sagrado del voto sin ningún amaño ni componenda de la índole que sea.

«El primer ministro de Israel nos va a dar el apoyo. Nosotros estamos muy agradecidos con él, tuvieron mucho que ver ellos. Tuvieron todo que ver, de hecho, ellos con mi salida y negociación», se escucha en una grabación. Otros audios hablan supuestamente de crear una «célula informativa» en Estados Unidos para difundir información contra gobiernos y figuras de izquierda en América Latina. «Se vienen unos expedientes contra México y Colombia», dice presuntamente Hernández en otro fragmento. Estos son algunos de los audios filtrados en los que, según los difusores de los contenidos, son audios reales.

Según los medios que difundieron el material, las grabaciones revelarían una presunta red de influencia integrada por actores políticos de Honduras, Estados Unidos, Israel, Argentina y otros sectores conservadores de la región para atacar o desestabilizar gobiernos progresistas latinoamericanos. Las publicaciones han tenido repercusión especialmente en México, Colombia y Honduras. Dinero sucio, dinero puesto al servicio de los más burdos intereses en contra de un pueblo y su gente que apostó a que habría una salida democrática en las elecciones de noviembre pasado, pero que se despertaron con la noticia de que le habrían secuestrado su voluntad e impuesto otra con fines inconfesables, pero que ahora, de ser ciertos estos audios, revelan una gran estafa y un amañamiento de la voluntad de toda una nación.

Y en medio de todo este affaire está el nuevo Pirata Walker (Trump), que ya volvió a Centroamérica para adueñarse de lo poco que han dejado en los siglos anteriores, pero no viene solo, viene con la rapiña del país que dicen el elegido por Dios. Tamaña osadía la del Señor de dotar de poder a unos desalmados. El caso, bautizado como «Hondurasgate», incluye acusaciones de conspiración, campañas de desinformación y supuesta injerencia internacional. Pero también abre otra pregunta: ¿son auténticas las grabaciones? Todos los involucrados las han negado y dicen que obedece a una “otra trama de sus enemigos políticos” (JOH).

Esta trama (no la que JOH dice) busca debilitar a gobiernos de izquierda en América Latina y asegurar el control político en Honduras. El caso salió a la luz pública a través de una investigación del medio español Diario Red en colaboración con periodistas hondureños. Los políticos clave involucrados: Juan Orlando Hernández (JOH), expresidente de Honduras. Aparece como el articulador principal de la red. En los audios se discute su liberación tras recibir un indulto de Donald Trump (luego de haber sido condenado por narcotráfico en EE. UU.) y sus planes para recuperar influencia política o retornar a la presidencia.

Los audios detallan el uso de cientos de miles de dólares para financiar plataformas digitales y lanzar campañas masivas de fake news. El objetivo principal es atacar y desestabilizar las gestiones de Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia, empleando narrativas sobre inseguridad y narcotráfico. En las conversaciones se menciona el supuesto respaldo financiero y político de actores del Partido Republicano de EE. UU., el gobierno de Israel (quienes habrían cabildeado a favor del indulto de JOH) y la cooperación del mandatario argentino Javier Milei para montar la red de difusión mediática.

Todo un culebrón al estilo Venezuela en sus mejores tiempos de RCTV. Pero esta es la parte simpática, si se quiere, porque lo otro es lo que aterra: que operadores políticos no se detengan ante nada ni nadie con tal de conseguir los más espurios resultados. Eso dicen: en política se vale todo, aun a costa de la gente que creyó que se estaba jugando limpio y no. Estas elecciones hondureñas han sido, por mucho, las más amañadas de su historia, porque se permitió que la injerencia extranjera vulgar, de la peor calaña, calara hasta el tuétano de los estamentos políticos, empresariales y de cualquier tipo. Porque cada uno de ellos jugó su papel para que hoy volviera la cáfila de desalmados a gobernar un país que tenía puesta la esperanza en alguien, Salvador Nasrrala, que, por ser tan pusilánime, se la dejó tragar toda. Y ahí anda, como si ahí no hubiera pasado nada. Como si también él supiera de la trama y callara y se reciclara tan rápidamente.

¿Y después de esto qué es lo que hay y qué esperar para este país, al que no le espera nada bueno en estos cuatro años? Lo primero es que los sectores que comulgan con el crimen y la corrupción se están acomodando de la mejor manera. Ya se vendió la dignidad por unos dólares más. Ya se hipotecó el país a quién sabe qué intereses oscuros. Lo que se esperaba era que se cediera la isla de Roatán a unos gobiernos de ultraderecha para montar ahí otra base militar. Que se volviera al contrato de la expansión de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) o ciudades autónomas, que el anterior gobierno de los Zelaya había rescindido y los poderes extranjeros se pusieron muy molestos. Los sectores políticos y empresariales de derecha que se prestaron a este diabólico plan político saben que solo el crimen organizado gana en estas jugadas y que lo que le espera al pueblo hondureño no es nada bueno.

Solo vamos a enumerar lo que la violencia ha acarreado desde que se ha instalado el nuevo gobierno apadrinado por la Administración Trump y demás comparsas: Honduras ha mostrado señales de resurgimiento de la violencia y el crimen organizado. La CEPAL, OVUNAH y la Secretaría de Seguridad así lo atestiguan. +5 % a 6,2 % ha crecido desde enero hasta abril de 2026, donde hubo 624 homicidios, 5,05 % más que en el mismo periodo de 2025. Unos seis homicidios diarios. Solo en 110 días de 2026 ya sumaban 700 homicidios. Más de siete matanzas han ocurrido en el país en lo que va de año, atribuidas al crimen organizado y a la recomposición de los carteles en busca de sus antiguos territorios y negocios. Los organismos internacionales lo atribuyen al fin del Régimen de Excepción desde que el nuevo gobierno se instaló en enero de 2026.

¿Y qué esperar? Que se agudice aún más la violencia. Solo en un día hubo una matanza de 23 ciudadanos en un predio de la zona norte del país. Y, sin embargo, que siga la fiesta: las consejeras del CNE, que le vendieron su alma al diablo, ya cobraron en especies y en otros valores su trabajo de plegarse a los intereses más oscuros de la injerencia internacional. Las dos fueron premiadas con sendas embajadas y, lo más bonito, al terminar este periodo gubernamental volverán a sus antiguos puestos del CNE. Menuda transacción se dio. Así se negocia, con audio o sin audios, la soberanía de un país que no es un pobre país, sino que le tenemos lástima a los de a pie.

Hasta ahora, ninguna agencia internacional ni institución independiente ha confirmado públicamente la autenticidad de los audios. Muchas preguntas siguen abiertas en el «Hondurasgate». Lo que sí es cierto es que, con este episodio de la más triste forma de engañar a un pueblo, se vendió, se traficó con la dignidad de los que, creyendo que la esperanza era posible con su voto, se acostaron pensando que al otro día otro país sería y luego oyeron, atónitos, vía estos audios, verdad o mentira, que ya no les quedaría nada con qué soñar un país nuevo y distinto. Los mismos de siempre volvieron a salirse con la suya. Esta vez, acompañados de lo más corrupto de la política internacional. Que Dios nos coja confesados.

Por: Dionisio De Jesús

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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