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El ocaso de la diplomacia ante el mesianismo político- Lisandro Prieto Femenía

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“El Estado no tiene el derecho de exigir que el ciudadano sacrifique su conciencia a los intereses de la política, pues la conciencia es el sagrario del hombre donde se encuentra a solas con Dios” (Ratzinger, J., 2005, Valores en tiempos de crisis, p. 54).

La historia del pensamiento político occidental se ha definido por la tensión dialéctica entre la “auctoritas” espiritual y la “potestas” secular, una relación que hoy está experimentando una fractura sísmica. El epígrafe de Benedicto XVI que abre estas líneas no es una concesión al subjetivismo posmo-progre, ni a la autonomía moral de corte ilustrado, sino que, por el contrario, representa la reafirmación de una antropología teológica profundamente católica. La “conciencia” a la que aludía el entonces cardenal no es el refugio del deseo individual, sino el lugar de un encuentro objetivo con la Verdad. En la tradición del Magisterio, el reconocimiento de este “sagrario” implica que el Estado no es la fuente última de moralidad ni el dueño absoluto de ninguna persona. Esta distinción es la que hoy se ve amenazada por el discurso de mandatarios que, al pretender tutelar incluso la existencia física de la sede apostólica, olvidan que la Iglesia no le debe su supervivencia a la protección de ningún César, sino a su fidelidad al Logos.

El reciente enfrentamiento entre Donald Trump y el Papa León XIV, catalizado por la escalada bélica entre Irán, Estados Unidos e Israel, no constituye una de las tantas desavenencias diplomáticas, sino una colisión de paradigmas ontológicos sobre la salvación y el orden global. Cuando el líder norteamericano afirma en sus redes sociales que, de no ser por su presencia en la Casa Blanca, el Pontífice no estaría en el Vaticano, no sólo ejerce una retórica de dominio, sino que intenta subordinar la esfera de lo sagrado a la lógica de la protección transaccional mafiosa. Esta postura evoca un mesianismo político que vacía de contenido la trascendencia para convertirla en un accesorio del poder estatal, donde la legitimidad del representante de Pedro quedaría supeditada a la benevolencia del “César” de turno. Tal pretensión choca de frente con la libertad de la Iglesia, defendida históricamente contra todo totalitarismo, tal como señaló León XIII en su encíclica sobre la libertad cuando expresó que “la libertad de conciencia, entendida en su verdadero sentido, consiste en que el hombre tiene en el Estado el derecho de seguir la voluntad de Dios y de cumplir sus mandamientos sin que nadie pueda impedírselo. Esta libertad, la verdadera libertad digna de los hijos de Dios, es la que protege la dignidad de la persona humana y es superior a todo poder” (León XIII, 1888, Libertas Praestantissimum, n. 30).

En el epicentro de una guerra que consume a Medio Oriente y perjudica los precios de todo el mundo, la figura de León XIV surge como una voz ética que se resiste a ser asimilada por la realpolitik. La respuesta del Pontífice ante las descalificaciones de Trump- quien lo tildó de “débil” y “terrible” en respuesta a sus llamados de paz- fue de una sobriedad cortante al declarar que no le teme. Como reporta BBC Mundo y Ámbito, esta declaración de “no tener miedo” no debe leerse como un rasgo de carácter individual, sino como una categoría eclesiológica fundamental. La raíz de este valor se encuentra en la “parresía” evangélica: el hablar con audacia ante los poderes temporales, sabiendo que la autoridad del Vicario de Cristo no es una concesión del poder secular, sino una misión de orden sobrenatural. Sobre este último aspecto en particular, es pertinente recordar que San Juan Pablo II, en el inicio de su pontificado, recuperó este mandato bíblico dándole una carga política devastadora para los regímenes autoritarios, una tradición que León XIV actualiza, a su manera, frente al mesianismo contemporáneo. En sus palabras se escucha el eco de la enseñanza teológica sobre la fortaleza: “No tengan miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. El miedo es la herramienta del tirano; la ausencia de miedo es el principio de la libertad del creyente, que sabe que su destino último no está en manos de ninguna potencia terrenal” (Juan Pablo II, 2005, Memoria e identidad, p. 182).

Esta firmeza se complementa con una voluntad activa de testimonio. Según reporta la Deutsche Welle, León XIV ha sido enfático al advertir: “Seguiré alzando la voz para construir la paz”. Esta resolución no es un eslogan hippie pacifista, sino un ejercicio de la soberanía del Verbo frente a la estridencia de las armas y la propaganda mediática. Al afirmar que su voz no será silenciada por las amenazas del poder temporal, el Papa sitúa la diplomacia de la Iglesia en un plano de resistencia ontológica, porque no se trata sólo de buscar acuerdos, sino de proclamar una verdad que el poder mundano encuentra francamente insoportable. Como explica Hans Urs von Balthasar, la palabra de la fe posee una eficacia que desborda el cálculo político, en tanto que “la palabra de Dios es una espada de doble filo que penetra hasta las coyunturas de la historia. Quien la pronuncia con fidelidad no está sujeto al éxito mediático ni a la protección del Estado, sino a la fecundidad de la cruz, que es el único lugar desde el cual se puede hablar verdaderamente de paz” (Balthasar, H. U., 1986, Teodramática, p. 312).

A esta resistencia se suma una denuncia diagnóstica sobre la raíz psicológica del conflicto. Según se destaca en la emisora La 100, León XIV ha denunciado la “ilusión de omnipotencia” que alimenta la guerra en Oriente Medio. Este concepto despoja al poder político de su barniz de eficiencia estratégica para revelarlo como una patología del espíritu. La omnipotencia es el gran engaño del hombre que, habiendo expulsado a Dios de la historia, intenta ocupar su lugar sin tener la capacidad de sostener el peso de la creación. Esta “ilusión” es la que permite a un líder creer que puede redibujar fronteras o decidir la supervivencia de una institución milenaria desde una patética red social. Pues bien, la teología católica ha identificado siempre en esta actitud la raíz del pecado original: el eritis sicut dii (seréis como dioses). En este sentido, la guerra no sólo es un fracaso rotundo de la política, sino el síntoma de una ceguera metafísica donde el poder, ebrio de su propia fuerza técnica, pierde el contacto con la realidad de su finitud y la sacralidad de la vida ajena.

Consecuentemente, la tensión alcanza su punto álgido con la instrumentalización de la iconografía cristiana, cuya máxima expresión fue la publicación de una imagen que situaba a Donald Trump en una proximidad blasfema con la figura redentora de Jesucristo. Según reporta el diario Clarín, que intencionalmente pone el foco en el disgusto por parte de “sectores de la derecha religiosa estadounidense”, no es un desliz estético, sino un intento de sacralizar la figura del líder político hasta el punto patético de la auto-idolatría. Desde una perspectiva filosófico-teológica, este acto constituye una manifestación de la hybris posmoderna: la desmesura de un mandatario que, al pretender mostrarse como un redentor, incurre en una parodia de la encarnación para validar su propia prepotencia. Esta intención pueril de la figura del Salvador busca absorber la esperanza escatológica del pueblo para redirigirla a una figura política finita y totalmente contingente. Como señala Giorgio Agamben al analizar el funcionamiento de la máquina gubernamental, “la gloria, en la tradición teológico-política, no es solo un adorno del poder, sino la zona de sombra en la cual el poder se confunde con la liturgia para volverse incuestionable. La parodia de lo sagrado es el último recurso de un poder que, habiendo perdido su legitimidad racional, necesita la adoración para sobrevivir (Agamben, G., 2008, El reino y la gloria, p. 241).

Esta bizarra pretensión redentora opera sobre el vacío dejado por el abandono de lo sagrado en una humanidad que atraviesa el desierto del nihilismo. En una sociedad cada vez más secularizada, donde el “Dios ha muerto” nietzscheano se ha traducido en una orfandad metafísica, el símbolo político intenta ocupar ese espacio vacante, ofreciendo una seguridad mundana de pésima calidad y revestida de lenguaje profético. Sin embargo, esta sacralización cutre de la política no es un retorno a la fe, sino su negación más radical. Al convertir al líder en un objeto de culto, se asfixia la vivencia de una fe que, por definición, es apertura a lo inefable y crítica a toda idolatría terrenal. Al respecto, recordemos que Emilio Gentile destacó que este tipo de “religiones civiles” buscan la sumisión total del individuo a través de una mística de la nación o del líder, lo que termina por degradar tanto la política como la espiritualidad en tanto que “la sacralización de la política ocurre cuando una entidad terrenal —la nación, el partido, el jefe— es investida con los atributos de una divinidad, exigiendo una fe ciega que no admite la duda ni el juicio de la conciencia” (Gentile, E., 2007, El culto del Littorio, p. 32).

Al presentarse como un enviado divino, el presidente busca anular la capacidad crítica de la fe, transformando el mensaje evangélico en un programa electoral. Esta maniobra revela lo que Jean Baudrillard definía como el imperio de los simulacros, donde la imagen sustituye a la realidad y el símbolo religioso es vaciado de su misterio para servir a la hegemonía del espectáculo. El filósofo advertía que lo sagrado es aquello que no se puede intercambiar por nada, pero el sistema de consumo e imagen intenta convertirlo todo en un valor de cambio político, destruyendo la alteridad de lo divino.

Este escenario de soberbia política encuentra su correlato más trágico y material en el terreno mismo del conflicto, donde la retórica del poder se traduce en el aniquilamiento sistemático de comunidades vulnerables. Los atropellos cometidos por Israel contra las minorías cristianas en la zona de guerra, bajo la dirección de Netanyahu, representan una extensión de este desprecio por la autoridad moral y la vida humana. Como analicé oportunamente en mi artículo sobre el asesinato del padre Pierre Al-Rah, no estamos ante errores colaterales, sino ante la manifestación de un poder que ha decidido ignorar cualquier tipo de frontera ética. El asesinato de un hombre de fe, dedicado al servicio y a la paz, es el signo de una violencia que busca extirpar cualquier rastro de alteridad que no se someta a los designios de la seguridad militarizada. Asimismo, allí advertí que este asesinato supone un quiebre moral irreversible, donde la supuesta defensa de los valores democráticos se convierte en la triste justificación de la barbarie expansionista.

Está claro que la ruptura de la reciprocidad diplomática, que las fuentes de información detallan como un proceso degradante, revela una pretensión biopolítica por parte del poder secular. Al afirmar que el Papa le debe su estancia física en el Vaticano, Trump intenta ejercer lo que Michel Foucault denominaba la gestión de la vida y la muerte desde el Estado. El filósofo señalaba que el poder moderno se arroga el derecho de “hacer vivir”, convirtiendo la existencia de las instituciones en una concesión de su fuerza. Bajo esta óptica, el intento de Trump de presentarse como el garante de la supervivencia del Pontífice es un intento de despojar a la Iglesia de su autonomía ontológica. León XIV, al declarar que “no tiene miedo”, rompe el circuito de control emocional que el mesianismo político intenta imponer.

En este punto de la reflexión, es fundamental recordar que la raíz de este conflicto yace en una profunda incomprensión de la naturaleza de la Iglesia. Al sugerir que el Vaticano sobrevive gracias al favor de Washington, o al atacar impunemente a los cristianos en Gaza, Líbano y Cisjordania, se reduce la fe a un objeto de conveniencia. Como bien indicó Hannah Arendt, “la autoridad descansa sobre un reconocimiento que es a la vez incondicional y espontáneo, y que no requiere ni de la coacción ni de la persuasión. Donde hay que emplear la fuerza, la autoridad misma ha fracasado” (Arendt, H., 2003, Entre el pasado y el futuro, p. 102).

La ruptura total entre estos líderes marca un punto de no retorno donde la diplomacia ha sido devorada por el show de la política decadente posmoderna y el pragmatismo violento. El fenómeno erosiona la distinción fundamental que permite la libertad de conciencia en tanto que si el gobernante se arroga la protección de la fe y, simultáneamente, permite o ejecuta el asesinato de sus representantes, la religión deja de ser una instancia crítica para convertirse en una víctima propiciatoria de la soberanía estatal.

En conclusión, estimados lectores, este enfrentamiento nos sitúa ante la posibilidad de un nuevo “cesaropapismo” digital y militar ante lo cual es lícito preguntarnos: ¿puede una democracia declararse plena cuando sus líderes consideran que la autoridad moral y el respeto a la vida religiosa son obstáculos para la seguridad? ¿Es posible hablar de justicia cuando el asesinato de cristianos en Medio Oriente es tratado como una estadística más? El silencio que sigue a estos disparos parece ser el presagio de un mundo donde ya no se busca la verdad, sino la victoria total. ¿Qué queda de la esperanza cuando incluso el llamado a la compasión es denunciado como un acto de traición al Estado y el rostro del otro es borrado bajo los escombros de la ideología liberal?

Referencias bibliográficas

Agamben, G. (2008). El reino y la gloria: para una genealogía teológica de la economía y del gobierno (F. Costa e I. Costa, Trads.). Adriana Hidalgo Editora.

Ámbito. (2026, 13 de abril). Donald Trump tildó de «débil» y «terrible» al Papa y León XIV respondió: «No le temo». Ámbito Financiero. https://www.ambito.com/mundo/donald-trump-tildo-debil-y-terrible-al-papa-y-leon-xiv-respondio-no-le-temo-n6265893

Arendt, H. (2003). Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política (A. Poljak, Trad.). Península. (Obra original publicada en 1961).

Balthasar, H. U. (1986). Teodramática: las personas del drama. El hombre en Dios (J. Losada, Trad.). Encuentro.

Baudrillard, J. (1978). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós.

BBC Mundo. (2026, 13 de abril). El Papa León XIV responde a las críticas de Trump en medio de la crisis de Irán. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c1eq9vlpv6qo

Clarín. (2026, 13 de abril). El posteo de Trump mostrándose como Jesús enfurece a la derecha religiosa de Estados Unidos. Clarín. https://www.clarin.com/mundo/posteo-trump-mostrandose-jesus-enfurece-derecha-religiosa-estados-unidos_0_NoZCSHf0IX.html

Deutsche Welle. (2026, 13 de abril). Papa León XIV a Trump: «Seguiré alzando la voz para construir la paz». DW. https://www.dw.com/es/papa-le%C3%B3n-xiv-a-trump-seguir%C3%A9-alzando-la-voz-para-construir-la-paz/a-76766382

Foucault, M. (2001). Defender la sociedad: curso en el Collège de France (1975-1976) (H. Pons, Trad.). Fondo de Cultura Económica.

Gentile, E. (2007). El culto del Littorio: la sacralización de la política en la Italia fascista (L. Rossi, Trad.). Siglo XXI.

Juan Pablo II. (2005). Memoria e identidad (J. J. García-Noblejas, Trad.). Planeta.

La 100. (2026, 13 de abril). El Papa León XIV denunció la «ilusión de omnipotencia» que alimenta la guerra en Medio Oriente. La 100. https://la100.cienradios.com/mundo/el-papa-leon-xiv-denuncio-la-ilusion-de-omnipotencia-que-alimenta-la-guerra-en-medio-oriente/

León XIII. (1888). Carta Encíclica Libertas Praestantissimum sobre la libertad humana. vatican.va.

Ratzinger, J. (2005). Valores en tiempos de crisis: el resto del futuro (M. J. de la Serna, Trad.). Planeta.

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La cara oculta de Nayib Bukele

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En un tiempo turbulento propicio para que seudoperiodistas y politicastros den rienda suelta a sus frustraciones y su furia contra el árbol más florido, se ha vuelto profesión de fe desatar reportajes trucados y panfletos difamatorios contra el presidente Nayib Bukele.

De entrada, están ofendiendo a toda una nación que se encuentra luchan do por construir un nuevo país donde la paz social, el auténtico clima democrático, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la ciencia para el progreso y la justicia para los más olvidados, reinen.

A pesar de las lógicas dificultades de la economía mundial, de fenómenos como El Niño y de las dañinas guerras que encarecen el petróleo y sus derivados, 90 % de la población salvadoreña respalda la gestión del presidente, y es indudable que votará por él en 2027. Esto es lo primero que debería tener claro esa prensa amarillista.

Uno de los argumentos que esgrimen es la condición de bachiller del presidente, como si ello fuese un delito capital o un impedimento para ejercer la política. Hay que recordarles a es tos sesudos intelectualoides los grandes líderes del planeta que no terminaron sus estudios universitarios, pero jugaron un rol brillante en la política internacional, como George Washing ton, James Monroe, Harry S. Truman, Winston Churchill, sin olvidar a Abraham Lincoln, que fue leñador; y personajes como Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Mark Zuckerberg, entre muchos otros, se destacan por sus trayectorias excepcionales a pesar de haber abandonado o nunca haber comenzado estudios universitarios.

Por el contrario, Bukele cuenta en su currículo uno de los reconocimientos que la totalidad de académicos de a cuartillo solo pueden soñar con obtener. En diciembre de 2019 la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas del planeta, le otorgó un doctor «honoris causa».

Es evidente que ocultan o minimizan los grandes logros que su gestión ha logra do en cuanto a la seguridad ciudadana al transformar al país más violento y criminal del mundo en el más seguro del hemisferio occidental, el gran salto económico que ha significado su apuesta por el turismo, su lucha contra las mafias intermediarias de la producción agrícola y la búsqueda de la seguridad alimentaria en la agricultura, así como la modernización de los servicios, la infraestructura del sistema nacional de salud, entre otros.

O las grandes obras que su estrategia política de cooperación internacional ha logrado, especialmente con China, Corea del Sur, Estados Unidos, el mundo árabe e Israel, como son las infraestructuras de la Biblioteca Nacional, el superestadio en construcción, la potabilización del lago de Ilopango, el tramo de la autopista Los Chorros, la incautación de centenares de toneladas de cocaína y otras drogas del narcotráfico inter nacional; la edificación, a través de la Dirección de Reconstrucción del Tejido Social, de los centros urbanos de bienestar y oportunidades (CUBO) dentro del Plan Control Territorial, fase II.

Así, un líder heterodoxo, cuya regla es saltarse las reglas tradicionales, como Nayib Bukele, ha sido recibido con honores por el presidente Donald Trump en la Casa Blan ca, ha sido bienvenido en Israel para visitar el museo del holocausto Yad Vashem y el Muro de las Lamentaciones, ha sido acogido con profundo respeto y alfombra roja por el presidente Xi Jinping, en Pekín.

Es además admirado por la mayoría de sus colegas, presidentes de Uruguay, Chile, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Colombia, Perú, muchos de los cuales quieren reproducir sus políticas de seguridad ciudadana.

Su visión estratégica, que ha sido fundamental en la creación del Escudo de las Américas de Washington, constituido por 17 países del hemisferio occidental, incluyendo a Estados Unidos, es producto de la experiencia nacional de la lucha contra las pandillas, que contiene estrategias vitales para que dicho escudo haga más efectiva su lucha contra los carteles de las drogas y el terrorismo internacional.

Los adversarios y enemigos acérrimos de Nayib Bukele teorizan absurdos sobre su futuro como líder, o crean infames y ominosas teorías de la conspiración, se horrorizan ante los hechos palpables de su impecable gestión y de sus indiscutibles logros en política nacional e internacional. Esta es la ver dadera doble cara de un líder continental que más que desatar el odio, la rabia y la impotencia de sus adversarios les produce terror, con resultados tangentes que no se atreven ni a reconocer ni mucho menos a divulgar.

 

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En El Salvador pasa algo mucho más profundo

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Por: Francisco Martínez

El libro que nos comparte Yossi Abadi, es el autorretrato novelado de una nación que tocó fondo, que levantó la cabeza y a lo salvadoreño enfrentó sus quimeras y se atrevió a soñar, y a soñar en grande, construir un gran país.

El relato que Yossi nos cuenta, con toques de realismo mágico, es el testimonio de alguien que vino a este paisito aventurando, por curiosidad, corriendo riesgos, llegó por unos días sin decir a su familia que estaba acá y terminó atrapado, prendado por la resistencia, resiliencia, gallardía, pundonor y bravura libertaria del pueblo salvadoreño.

Es una historia contada desde la mirada humilde y ambiciosa del ciudadano salvadoreño de a pie en su día a día, desde la calle, cuenta aspectos, no públicos, desde los ejecutores de la política del cambio; no ignora la opinión de los detractores del proceso, tanto locales y en particular de los extranjeros; sin ignorar ni falsear la historia inmediata político social del país.

Su escrito asume una verdad social histórica, la guerra civil resultó de las injusticias y desigualdades, le siguió la posguerra que legó un modelo de solución negociada de conflictos celebrado internacionalmente pero sin mantra local; el dolor, las desigualdades, las crisis de vidas se profundizaron, aquel país forjado por la guerra permaneció por la falta de reflexión colectiva sobre los Por Qué de la guerra que fue soportada en una narrativa controlada que evitaba el fondo del asunto y evitaba se mirara a los responsables, mientras las elites restauraban su poder.

Políticos e instituciones, aupados desde fuera por la política de control blando, se casaron con el sacrosanto mito  de la democracia funcional, la de lo políticamente correcto, donde la formalidad y las formas lo son todo; no les importó que el país se deslizara en una vorágine sangrienta, optaron por la omisión y la desidia, lo que llevó a la instauración de la república de las pandillas donde la violencia no vestía el humeante verde olivo de los setentas y ochentas sino, que esta vez se vestía de tatuajes, los números y las letras, ese era el pedo, qué onda eh.

Cero Crimen cuenta el proceso de cómo se gestó y ejecutó un cambio, de cómo un líder: Nayib Bukele, con una narrativa esperanzadora y disruptiva ganó gradualmente la confianza ciudadana y democráticamente desplazó el viejo orden para instaurar uno nuevo, un orden de seguridad y desarrollo; relata cómo con una política innovadora de seguridad una startup politic y usando todo el poder del Estado hizo posible para El Salvador pasar de ser la capital mundial del crimen a ser el país más seguro del hemisferio occidental, esa es la experiencia que cuenta Yossi desde un enfoque humano, con la lupa de alguien que viaja por el mundo, desde un ciudadano israelí que conoce la violencia, desde una  visión empresarial, en una interrelación activa con salvadoreños acá y por el mundo.

Por las páginas del libro se puede ver que este cambio no se limitó a la guerra contra las pandillas, es una estrategia para desatascar las trampas que tenían atada el potencial de la economía, y ahí en ese escenario Yossi nos habla de cómo la seguridad es después de todo una moneda un resguardo de valor de la inversión, que permite atraer capitales de inversión y abre las puertas al regreso de los que tuvieron que irse, nos presenta un enfoque desenfadado (NO OFICIAL) respecto de los trasfondos de la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal y su uso como ancla de la nueva imagen y aviso de la transformación estatal y del renacer de un país.

Yossi destaca que la política del nuevo orden se basa en resultados, no en discursos, sino en acciones no en reuniones, con decisión y celeridad frente a los problemas desde una forma sin manuales ni formalidades, simplemente: hágase.

El libro, es una provocación al estudio critico de El Salvador para comprender el nuevo modelo de gobernanza con liderazgo fuerte y cercano al pueblo, es un relato ameno desde la visión particular de Yossi y su cariño y compromiso con este paisito.

Narra como El Salvador no solo sobrevivió, a la inestabilidad y al caos, sino que, desde esa realidad, asumió que no había más opción que diseñar la nueva arquitectura nacional, una que evite repetir o regresar al pasado, una nación que no sea desangrada por la violencia, una sociedad que se integre y supere las desigualdades, en donde no tengamos que tomar o entender porque alguien toma los fúsiles.

Francisco Martínez

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La guerra como casino y la obsolescencia del alma- Lisandro Prieto Femenía

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«Cuando la violencia ya no se ejerce sobre las cosas o sobre las personas, sino sobre los signos y las imágenes, nos adentramos en la era de la simulación absoluta»

 Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1978/2005, p. 43).

Acaso la mayor ceguera de nuestra época radique en la convicción de que las transiciones civilizatorias se anuncian con trompetas y cataclismos visibles. Nos desvelamos elucubrando de qué manera la IA reescribirá las aulas, cómo los algoritmos reestructurarán el diagnóstico clínico o bajo qué lógicas se reorganizará el empleo global, asumiendo con ingenuidad que el sujeto que habitará ese mañana permanecerá inalterado en su esencia fundamental.

Sin embargo, lo que verdaderamente se desliza bajo nuestros pies no es una simple reconfiguración del entorno instrumental, sino una mutación irreversible del ser humano en su totalidad. Asistimos, tal vez, con una resignación anestesiada, a la última versión de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Frente a los discursos optimistas que, amparados en una falsa perspectiva histórica, murmuran que toda crisis civilizatoria halla siempre su punto de equilibrio y que las aguas siempre regresan a su cauce, emergen síntomas tan perturbadores que resquebrajan cualquier intento de consuelo racional.

Lejos de ser una transformación periférica, esta deriva se manifiesta en la ilusión de estabilidad que rodea nuestro quehacer cotidiano, una ceguera colectiva que evoca la ingeniosa escena cinematográfica de Woody Allen en la que el protagonista, tras escuchar el diagnóstico adverso de su médico, reflexiona con amargura sobre cómo hasta hace apenas cinco minutos era un hombre feliz, y no se había dado cuenta. El mundo contemporáneo parece atrapado en esa mismísima fracción de segundo previa a la conciencia del derrumbe total. Transitábamos un planeta plagado de asimetrías, injusticias y desigualdades dolorosas, pero que aún conservaba latente la promesa de la transformación social, la chispa de la indignación moral genuina y el anhelo de la empatía. Hoy, la irrupción de tecnologías diseñadas para la dispersión sistemática, el confinamiento existencial del deslizamiento infinito en las pantallas y el embrutecimiento lúdico colectivizado nos devuelven una deshumanización de la especia que, al menos para mí, se torna insoportable. No estamos simplemente ante un cambio de época, sino ante el agotamiento de la condición humana como reducto de sensibilidad.

El precitado adormecimiento afectivo encuentra su manifestación más descarnada no en la acumulación de arsenales, sino en la conversión del sufrimiento ajeno en un objeto de especulación financiera. La consagración de plataformas digitales de predicción como Kalshi o Polymarket, donde miles de imberbes arriesgan su capital apostando al minuto exacto en que una potencia extranjera iniciará un bombardeo o al destino de la vida de líderes mundiales, consuma una degradación moral sin precedentes.

La periodista Natalie Sherman (2026), en una profunda investigación para la BBC, expone de qué manera estas dinámicas se revisten de un lenguaje aséptico para eludir el reproche social y legal. En el cuerpo de su crónica, Sherman recoge el revelador testimonio de Stew, un usuario desencantado de estas plataformas que, tras verse inmerso en la vorágine de las apuestas militares, desnuda el engaño conceptual que sostiene el negocio al constatar que la industria insiste en llamarlo “negociación de contratos”, cuando, si somos honestos, sigue siendo una vil apuesta sobre la tragedia humana.

Por medio de este sutil ejercicio de ingeniería lingüística, se intenta desactivar todo cuestionamiento ético, pues al desplazar el vocabulario del dolor y la geopolítica hacia la terminología higienizada de las finanzas y el intercambio de futuros, el sistema neutraliza la repulsión instintiva ante la masacre. El conflicto bélico ya no se padece ni se contempla con pavor, sino que se gestiona como un portafolio de activos. Ganar medio millón de dólares previendo con precisión matemática el instante en que caerá un misil sobre una población desarmada convierte al apostador en un cómplice financiero del verdugo, un espectador absoluto que codicia la violencia porque su cuenta bancaria depende, justamente, de ella.

En este sentido, percibimos que la financiarización (proceso económico mediante el cual los mercados, actores e instituciones financieras ganan un peso desproporcionado en la economía global) total de la existencia humana representa la cúspide de una cultura posmoderna en franco estado de putrefacción, una sociedad que ha decidido que incluso el último aliento de un soldado o el pánico de una madre bajo el fuego de artillería pesada son fenómenos monetizables y reducibles a una fluctuación de probabilidades en tiempo real.

Esta cruel lúdica de la sangre altera por completo las coordenadas clásicas de la maldad, obligándonos a examinar el estrecho vínculo que se teje entre el sadismo y la indiferencia posmoderna. Si históricamente el sadismo se definía por el goce directo del verdugo ante el dolor físico de su víctima, nuestro tiempo inaugura un sadismo desapasionado, abstracto y eminentemente banal. Imagínense, queridos lectores, a los soldados de la Alemania nazi apostando dinero por la cantidad de judíos que se podía incinerar en un solo turno del día, ¿atroz verdad? Pues bien, hoy se hacen apuestas virtuales similares, aparentemente lícitas y permitidas por los Estados.

Al respecto, es fundamental recordar el aporte de Hannah Arendt (2003, p. 368), quien al desentrañar los engranajes de la crueldad totalitaria, observó que el problema con hombres como Adolf Eichmann radicaba en su terrorífica normalidad, en ser burócratas incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La contemporaneidad digital ha dado una vuelta de tuerca a esta observación: el sádico de hoy ya no requiere de una maquinaria estatal totalitaria ni de un uniforme militar, sino que se camufla en el ciudadano común que, desde la comodidad de su hogar y de manera estrictamente lúdica, especula financieramente con la devastación de inocentes que viven en otro continente. El sadismo, entonces, se ha vuelto banal no por la ausencia de placer, sino porque ese placer ha sido domesticado bajo la forma de una transacción financiera insignificante, un divertimento aséptico que trivializa la muerte al integrarla en las dinámicas del mercado de consumo diario.

Conviene precisar, no obstante, que la barbarie y la infamia no configuran novedades en la crónica de nuestra especie, en tanto que en casi todas las épocas históricas se ha convivido con la impronta de la guerra y la perfidia sistemática. La diferencia sustancial estriba en que, antaño, el horror se recortaba sobre un trasfondo de absolutos morales o concepciones sagradas que, aun cuando fuesen transgredidos, sostenían un horizonte ético de referencia. Nuestra posmodernidad decadente, en cambio, se distingue por haber disuelto esos contrafuertes metafísicos mediante un proceso extremo de transvaloración. Al vaciar de sentido y respeto la existencia, el nihilismo contemporáneo consuma aquella célebre y desesperada interrogación que Friedrich Nietzsche (1882/2013) plasmó en “La gaya ciencia” al contemplar el derrumbe de los cimientos espirituales de Occidente, preguntándose cómo pudimos vaciar el mar y quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte. Ese borrado absoluto de todo límite es precisamente lo que faculta hoy al sujeto para especular y enriquecerse con las manifestaciones más denigrantes y aberrantes de las que es capaz el ser humano. Sin sol y sin coordenadas, la vida desamparada queda reducida a un mero dígito lúdico.

Asimismo, este acoplamiento entre la frivolidad y el horror se nutre del diagnóstico que Gilles Lipovetsky trazara en “La era del vacío” (1983/2006, p. 112), donde vislumbra una sociedad caracterizada por el proceso de personalización y la disolución de los grandes relatos colectivos. En este ecosistema hipermoderno, la indiferencia pura se disfraza de curiosidad interactiva, y la información pierde su carga de urgencia ética para transformarse en un simple estímulo sensorial. Las apuestas aplicadas a la guerra no son una anomalía del sistema, sino la evolución natural de este sujeto frívolo que Lipovetsky describe con tanta precisión: un ser desprovisto de anclajes morales, para quien la guerra en Medio Oriente o en Europa del Este posee el mismo valor existencial y estético que un partido de fútbol o el desenlace de un reality show.

Es fundamental que entendamos que al desplazar la tragedia hacia el terreno del puro entretenimiento, la contienda bélica entra de lleno en el simulacro absoluto que profetizó acertadamente Jean Baudrillard en su célebre obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” (1991/2005, p. 57). Allí, el pensador francés argumentó que los conflictos contemporáneos se consuman ante todo como acontecimientos mediáticos, despojados de su realidad física para el espectador global a través de la mediación técnica. Al apostar por el despliegue de tropas, el usuario no interactúa con cuerpos despedazados o ciudades reducidas a escombros, sino con gráficos dinámicos y curvas de oferta y demanda. La pantalla no sólo crea una fría distancia, sino que desrealiza. El sufrimiento se torna incorpóreo y el casino global devora los últimos vestigios de compasión humana. El horror ya no nos interroga, sino que nos entretiene y nos llena los bolsillos.

Bajo este panorama de vaciamiento ético, la dinámica mercantil que Guy Debord denunciaba en los albores de la sociedad de consumo masivo, cobra una vigencia pavorosa. En su obra fundamental “La sociedad del espectáculo” (1967/2015, p. 38), el pensador sostenía que en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, y que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha alejado en una representación. Si nos venimos a nuestros días, las apuestas de guerra representan la fase superior de este proceso: la representación ya ni siquiera exige contemplación pasiva, sino participación lúdica y lucrativa. El usuario de las redes sociales, alienado por la descarga continua de dopamina que le proporcionan las interfaces digitales, desarrolla una tolerancia patológica a la crueldad que le impide reaccionar ante la brutalidad del mundo real.

En última instancia, el engranaje que hace posible semejante insensibilidad es el que Günther Anders diseccionó con genial lucidez. En el primer volumen de “La obsolescencia del hombre” (1956/2011, p. 245), el filósofo alemán acuñó el concepto de “ceguera ante el Apocalipsis” y teorizó sobre la incapacidad de la psique humana para aprehender los efectos reales de las tecnologías que produce de manera desmesurada. Anders sostenía que nuestra capacidad de fabricación técnica ha desbordado infinitamente nuestra capacidad de imaginación moral y de sentimiento: somos técnicamente omnipotentes pero moralmente ciegos. El individuo que utiliza de esta manera la app de Polymarket mientras toma un café no es un monstruo sadista consciente de su perversión, sino un ser patético y mutilado psicológicamente por la gigantomaquia de los aparatos que maneja, incapaz de correlacionar el incremento de su saldo virtual con el estruendo de un proyectil que despedaza niños a miles de kilómetros de distancia.

Para cerrar, queridos lectores, nos queda invitarlos a reflexionar profundamente sobre la necesidad imperativa de preguntarnos qué nos queda cuando la frontera entre el juego y la carnicería se ha desvanecido por completo en la pantalla de nuestros teléfonos. ¿De qué manera recuperamos el asombro o la indignación moral en una civilización que está premiando con ganancias monetarias la predicción exacta del asesinato en masa? Nos hallamos ante el espejo de nuestra propia decadencia, contemplando la última versión de una humanidad que parece haber entregado su alma al crupier del algoritmo. Tras apagar la pantalla y silenciar el rumor constante de las cotizaciones de la muerte, la pregunta que persiste no es cómo sobreviviremos a la tecnología, sino si nos quedará algo de humanos cuando la tormenta digital finalmente amaine.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. 1): Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Alcoriza y A. Lastra, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1956).

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós. (Obra original publicada en 1978).

Baudrillard, J. (2005). La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (J. Arenas, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1991).

Debord, G. (2015). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1967).

Lipovetsky, G. (2006). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (J. Vinyoli y M. Antolín, Trads.). Anagrama. (Obra original publicada en 1983).

Nietzsche, F. (2013). La gaya ciencia (J. Jara, Trad.). Gredos. (Obra original publicada en 1882).

Sherman, N. (2026, 23 de marzo). Las «macabras» apuestas sobre la guerra por las que se pide endurecer el millonario negocio de las predicciones. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c7054xn0kx8o

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