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TODO ACERCA DE ROMERO
Esta era una de las frases que más me gustaba repetir en mis años en la Oficina de Canonización. Conocí perfectamente todo – o casi todo- acerca de Romero, y me tocó leer no una, sino varias veces sus escritos, escuchar tantas veces sus homilías, y revisar hasta las historias más íntimas del gran Arzobispo, porque eran una fuente de recursos para las tareas que me encomendaban. Pero todo eso pasó en mi vida, y ahora solo quedan los años y las experiencias vividas.
Cuando uno lee sobre la deformación de la imagen de Romero (por ignorancia o por maldad), uno se da cuenta que poco hemos conocido acerca de él, de su figura y de su legado. Creo y estoy convencido que hay 3 dimensiones de Romero: la política, la que todos conocemos; la humana, que pocos conocen y la teológica, que menos se conoce aún.
El Romero político. Siempre ha habido dos tipos de corrientes de pensamiento sobre la imagen de Romero: los que lo tildan de guerrillero, del que se metió a defender a la izquierda, del subversivo que merecía morir. Y la otra: del que cree que estuvo de lado de los pobres, pero quizá tan del lado de los pobres, que lo confundieron con los ideales de la izquierda de este país. No puedo descalificar a nadie, cada quien crea su propio juicio sobre las figuras públicas, pero creo firmemente que la figura de Romero, aun a casi 40 años de su muerte, sigue sin ser entendida políticamente y las explicaciones -que me surgen- son las siguientes: Romero fue un “hombre” en todo el sentido de la palabra, porque fue condescendiente con el dolor de los que sufren; porque estuvo con ellos, pero sobre todo, porque no solo fue discurso, sino acción encarnada del que cree que su misión era sentir con el pueblo salvadoreño. En ese sentido, el sesgo político -tan típico de nuestro país- los lleva a unos a entender que Romero se metió donde no debía meterse, porque su deber era dar misa y recoger limosnas; pero, al otro extremo, los que entendieron a Romero como parte de sus luchas sociales y reivindicativas y que su martirio es el ejemplo de valentía de tipo heroico. Con quienes conversé con franqueza y que fueron sus más íntimos colaboradores, comprendieron que la figura de Romero no era la del héroe social, muchos menos la del agitador de masas; era más bien la encarnación de la palabra que denunciaba el pecado social, y sus manifestaciones más perversas, y que inclusive, cuando empezó a incomodar a la “izquierda revolucionaria” en sus homilías, pocos han querido recordar o difundir esas expresiones tan claras. En resumen, hemos visto una parte de Romero, y políticamente apenas hemos hecho el esfuerzo de comprender las dimensiones de su permanente llamado a la construcción de una sociedad mas justa y solidaria. Eso no solo le compete a los que tienen el poder.
El Romero humano. Creo que la figura de Romero no es solo la que se limita a la frase “Cese la Represión”, porque tenia claro que esta represión, injusticia y desigualdad no solo se debían a criterios de izquierdas, derechas, burguesía o de clase popular; Romero anunciaba que la transformación del país era algo estructural, no solo se debía al poder de los “ricos”, y el arribo al poder del partido de izquierda en el reciente pasado, lo ha confirmado. El odio de clases y entre clases, es parte de ese veneno que daña la primera capa de tierra de este país, y su denuncia era clara. Por eso mencionaba: “¿Dónde están las fuentes de ese pecado social?: En el corazón de cada hombre. La sociedad actual es como una especie de sociedad anónima en que nadie se quiere echar la culpa y todos son responsables. Todos son responsables del negocio, pero es anónimo. Todos somos pecadores y todos hemos puesto nuestro grano de arena en esta mole de crímenes y de violencia en nuestra Patria”. O. A. Romero
El Romero desde la dimensión teológica de la fe. No soy un experto en temas teológicos ni creo aspirar a serlo, solo lo hago como una evidencia de lo que viví. El martirio de Romero está basado (y lo sé exactamente palabra a palabra) en la demostración de que fue asesinado por odio a la fe, desde la teoría del martirio: ese odio se manifiesta en la materialización del asesinato, pero el centro del martirio, es la expresión de intolerancia social que lleva a que Romero -por su constante llamado a la conversión- sea asesinado (por odio, por descomprensión, y por interés). Pero la duda existencial es: ¿quiénes estamos llamados a la conversión? ¿Por qué el país sigue siendo el mismo lecho de sangre? ¿Por qué nos seguimos desangrando entre hermanos? Esa dimensión es la que Romero describía en la primera parte de sus homilías, y estaba claro que la conversión a la que llamaba era estructural, generalizada. En este sentido, esto no se trata de si soy o no católico, o si profeso o no una religión, se trata de un llamado de Romero a renunciar al pecado y atravesar un proceso de conversión, lo que descubre la dimensión mas esencial de la persona humana, tal como lo dijo: “Lo que hemos dicho al señalar el pecado de los hombres, repito, es llamarlos a conversión”. Claro, esto interesa poco, sobre todo a quienes solo quieren ver la dimensión política, como si la política fuera el sentido más primordial del ser humano.
Creo que la canonización de Romero no ha calado el mensaje en su dimensión política, humana y teológica, incluso la misma Iglesia católica sigue sin entenderlo; o al menos, evidencian que la figura de Romero implicaría abandonar viejas tradiciones de comodidad y placer a las cuales muchos sacerdotes y obispos no piensan renunciar, o solo vociferan su identificación con Romero, pero sin expresar con el ejemplo de sus vidas, su opción preferencial por los que sufren. La iglesia católica de hoy está pasando por una crisis de identidad, a la cual el mismo Romero les pediría: conviértanse.
Por otro lado, quienes piden justicia por su asesinato, tampoco dan signos de comprometerse por cambios estructurales en esta nación, y el rio revuelto de los intereses partidarios, sigue dominando el rumbo de lo que realmente llegaría a ser un juicio con sentido restaurativo, así como la Alemania Post-Hitler lo logró hacer: justicia, pero con compromiso de la población de cerrar heridas, desde todos los ángulos.
El lunes, ya Romero será santo oficialmente, como un hecho simbólico, pero en esta tierra llamada El Salvador, seguiremos discutiendo sin entender ¿qué significa la figura de Romero?; criticándolo sin haber leído una milésima de su mensaje, o alabando su imagen, pero sin comprometernos hacia una conversión profunda; y pasaremos a la historia como el país que posee a una de las figuras más emblemáticas del Siglo XX, pero que desde izquierdas a derechas, poco hemos aprendido de él. Monseñor, su muerte fue luz, ya trascendió la oscuridad. Y perdone, aún no sabemos lo que hacemos.
Lic. Guillermo Gómez, Economista con Maestría en Política Económica Internacional con enfoque en la definición de políticas públicas y formulación de proyectos. Posee más de 10 años de experiencia (2005 a la fecha) como Experto en Monitoreo y Evaluación, Planificación, Evaluaciones de Impacto y Resultado en el marco del Desarrollo Local, Empleo, Áreas sociales y Competitividad Municipal. Posee más de 5 años de experiencia como Consultor Senior en temas de marco de indicadores, marco lógico, estrategias, gestión del conocimiento, gestión por resultados, planificación estratégica y operativa, mercado laboral, pequeñas y medianas empresas entre otros. Así mismo ha impartido seminarios y capacitación en los temas de Gestión del conocimiento, Marco Lógico, Indicadores y Planificación estratégica y operativa con énfasis en el desarrollo local, mercado laboral y desarrollo económico y social. Trabajo durante más de 10 años en la Oficina de Canonización Mons. Romero.
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El puente entre dos mundos: Kant y su “Crítica del juicio”
Por: Lisandro Prieto Femenía
“El gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o insatisfacción desinteresada. El objeto de una satisfacción tal se llama bello”: Immanuel Kant, Crítica del juicio, §5 (AA V, 211).
Si la “Crítica de la razón pura” estableció la necesidad y los límites del conocimiento científico y la “Crítica de la razón práctica” fundamentó la moralidad en la autonomía de la voluntad, ambas obras dejaron una profunda fractura en la filosofía de Kant. Por un lado, el mundo de la naturaleza se presenta como un reino de necesidad mecánica, regido por leyes causales inalterables. Por otro lado, el mundo de la moralidad es un reino de libertad, donde la voluntad actúa de forma autónoma. La pregunta crucial que surge es: ¿cómo se relacionan estos dos mundos? Pues bien, la “Crítica del juicio” (1790) es la respuesta de Kant a esta dicotomía. No busca establecer nuevas leyes de conocimiento o moralidad, sino encontrar un principio mediador que salve el abismo entre la naturaleza y la libertad. Es en el juicio, y más concretamente en el juicio estético y teleológico, donde Kant encuentra el puente para unir el universo de “lo que es” con el universo de “lo que debe ser”.
En la filosofía de Kant, el término “juicio” no se refiere simplemente a una opinión o a la capacidad de tomar una decisión moral, como lo usamos en el lenguaje cotidiano. Para él, es una facultad mental crucial, una mediadora entre el entendimiento y la razón. El entendimiento se encarga de aplicar las reglas o conceptos universales (las categorías) a los objetos particulares que percibimos. Por ejemplo, el juicio “el calor dilata el metal” es un acto del entendimiento que aplica la categoría de causalidad a un fenómeno. La razón, por otro lado, busca principios aún más elevados y universales, como los ideales de la moralidad y la libertad. El juicio, sin embargo, ocupa un lugar intermedio, porque su función es la de subsumir lo particular bajo lo universal. Es, en definitiva, la capacidad de determinar si un caso particular se ajusta a una regla general.
En la “Crítica del juicio”, Kant se enfoca en un tipo especial de juicio: el “juicio reflexionante”. A diferencia del “juicio determinante”, que ya tiene una regla y solo necesita aplicarla, el juicio reflexionante no tiene una regla preexistente y debe buscarla. Es la facultad de encontrar un principio universal para lo particular que se nos presenta. Es precisamente esta capacidad de la mente para encontrar coherencia y sentido en la diversidad de la experiencia lo que nos permite experimentar la belleza y percibir la finalidad en la naturaleza. El juicio, por lo tanto, es la bisagra que conecta el mundo de la necesidad, ordenado por las reglas del entendimiento, con el mundo de la libertad, guiado por los ideales de la razón.
La obra se centra en el concepto de la “finalidad sin fin”, una idea que permite a la razón encontrar un principio organizador en la naturaleza sin tener que recurrir a la metafísica o a la divinidad. Este concepto es la clave de la bóveda del sistema kantiano, un principio que permite que la razón actúe como unificadora de las dos legislaciones previas: la naturaleza y la libertad.
El papel de Kant en la estética es fundamental, ya que la elevó a una disciplina filosófica independiente y la dotó de un rigor conceptual sin precedentes. Su análisis del “juicio estético” se adentra en el misterioso terreno de la belleza y es considerado el punto de partida de la filosofía moderna del arte. Kant pregunta: ¿por qué decimos que algo es bello? La respuesta no reside en el objeto, sino en una facultad de nuestro espíritu que es capaz de juzgar sin la mediación de un concepto. Un juicio de gusto, a diferencia de uno cognitivo o moral, no busca decir qué es el objeto, sino expresar una “satisfacción desinteresada”.
El placer que sentimos al contemplar una flor no se debe a que queramos poseerla o a que nos sea útil, sino que proviene de la pura contemplación de su forma. Esta falta de interés es lo que dota al juicio estético de su peculiar universalidad: al no estar atado a un deseo personal, sentimos que cualquier otro ser racional debería compartir nuestra misma apreciación. Es una universalidad sin concepto, una pretensión de validez que no puede ser demostrada lógicamente, pero que se siente como necesaria. La belleza, en este sentido, nos produce la sensación de una “finalidad sin fin”, de que el objeto fue creado con un propósito, de que sus partes encajan de forma armoniosa y perfecta, pero no podemos atribuirle un fin real o empírico. Es la razón la que encuentra en la naturaleza una armonía que, aunque no podamos probar, nos hace percibir una profunda concordancia entre el mundo y nuestra facultad de juzgar.
Junto a la belleza, Kant explora la experiencia de lo “sublime”. Lo sublime no nos produce un placer sereno y confortable, sino una mezcla de placer y dolor, de admiración y terror. A diferencia de lo bello, que se encuentra en la forma finita, lo sublime se manifiesta en la inmensidad y el poder de la naturaleza, como una tormenta en el mar o una montaña imponente. El juicio sobre lo sublime no está en el objeto mismo, sino en el observador. La imaginación, al enfrentarse a la inconmensurable magnitud de la naturaleza, se siente abrumada y desbordada. Sin embargo, en este mismo fracaso, nuestra razón emerge victoriosa, recordándonos nuestra superioridad como seres morales y racionales, que pueden pensar más allá de la fuerza bruta de la naturaleza. Lo sublime, por tanto, conecta el mundo natural con el mundo moral, recordándonos nuestra dignidad como seres racionales capaces de postular la libertad.
También, Kant introduce aquí el concepto de “genio” para explicar la creación de la belleza artística. El genio no es un artesano que sigue ciertas reglas, sino que es la facultad innata de crear aquello para lo que no puede haber una regla fija. Es el talento de producir lo que, sin ser imitado, sirve de modelo para los demás. El genio nos ofrece un “ejemplo” que otros pueden seguir, no mediante la imitación de su técnica, sino de su espíritu. Por otro lado, el buen gusto es la facultad para juzgar la obra de arte, una cualidad que no crea, sino que evalúa. Sin el buen gusto, el genio sería una fuerza caótica, porque es el principio que permite que la obra sea universalmente apreciada, una cualidad que Kant consideraba esencial para la cultura.
En este contexto, la lectura profunda de la “Crítica del juicio” puede representar una crítica certera a la estética decadente de la posmodernidad. En una época donde el arte se reduce a la provocación caprichosa, la autorreferencialidad o el kitsch, la noción kantiana de una belleza que exige universalidad y que se fundamenta en un juicio desinteresado parece un faro en la oscuridad. El arte posmo-progre, como hemos dicho en reiteradas oportunidades, cae en la trampa de la pura particularidad, apelando a los intereses egoístas o a sentimientos meramente subjetivos, en lugar de intentar trascenderlos. Al desdibujar la línea entre el buen gusto y la mera opinión, la estética contemporánea ha perdido la capacidad de juicio y con ella, la posibilidad de un debate serio sobre lo bello. El retorno a la reflexión kantiana también nos invita a restaurar el valor de la belleza como un universal que, sin ser un concepto, nos permite comunicarnos y reconocer nuestra humanidad compartida.
Profundizando aún más en la obra, podemos notar que en la segunda parte de la “Crítica del juicio”, Kant se adentra en el “juicio teleológico”, abordando la pregunta de si podemos ver en la naturaleza una finalidad o un propósito. Al observar un organismo vivo, como un árbol, vemos que sus partes (raíces, tronco, hojas) se relacionan entre sí de tal manera que cada una es, a la vez, causa y efecto de la otra. El árbol parece estar organizado “con un fin”. Sin embargo, Kant insiste en que no podemos afirmar, a nivel de conocimiento objetivo, que la naturaleza tenga un propósito final, puesto que esto sería una violación de los límites de la razón pura.
La finalidad, por lo tanto, no es una propiedad de la naturaleza, sino un principio regulador de nuestro juicio. Es una herramienta metodológica que usamos para ordenar el caos de las leyes naturales y entender fenómenos complejos. La finalidad de la naturaleza no es un hecho que conocemos, sino una suposición necesaria para que la ciencia biológica sea posible. Así, el juicio teleológico nos permite pensar en la naturaleza “como sí” estuviera organizada por una inteligencia, sin tener que afirmar la existencia de esa inteligencia de forma dogmática.
Como podréis apreciar, caros lectores, la “Crítica del juicio” no es un apéndice menor del sistema kantiano, sino la pieza que lo unifica. Su lectura hoy es esencial porque nos ofrece una perspectiva para reconciliar las dicotomías de nuestro tiempo. En una era de especialización extrema, donde la ciencia y la moral parecen hablar de lenguajes distintos, la obra de Kant nos recuerda la importancia de buscar un principio de unidad en la diversidad. Como señaló el filósofo Ernst Cassirer en su obra “Kant, vida y doctrina” (1921), esta obra “no es una simple adición al sistema. Es, por el contrario, la clave para la arquitectura de todo sistema”. La belleza y la finalidad de la naturaleza no nos dan conocimiento de la divinidad, pero sí nos ofrecen una analogía sensible de la moralidad, permitiendo a la razón habitar un universo que no es ni completamente mecánico ni completamente caótico. El juicio, para Kant, es esa facultad que nos permite percibir que, más allá de la necesidad y la libertad, hay una armonía que hace habitable el mundo para el ser humano.
Para cerrar, insistimos en la necesidad filosófica de no endiosar a nadie, ni siquiera a los más importantes pensadores que sentaron las bases del pensamiento occidental. Así, es imprescindible cuestionar que si bien la “Crítica del juicio” intenta resolver la fractura del sistema kantiano, ¿lo logra realmente? ¿Es suficiente una “analogía” o una “finalidad subjetiva” para conciliar la necesidad del mundo natural con la libertad moral? ¿Qué significa que un juicio estético sea universalizable sin un concepto que lo justifique? ¿Acaso no es esto una contradicción inmanente? Y, en última instancia, ¿puede una ética fundada en la razón pura ser verdaderamente autónoma si su sentido último depende de la postulación de una armonía que sólo es posible en el mundo del idealismo?
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Boletín del Círculo de Reflexión Política Siglo XXI N°45: FMLN confirma candidatura presidencial, unidad cyan y la amistad Trump-Bukele impulsan el proyecto de nación en El Salvador
El Círculo de Reflexión Política Siglo XXI publicó su Boletín Informativo N°45, correspondiente a la semana del 20 al 26 de julio de 2026, donde analiza el panorama político salvadoreño con énfasis en las elecciones internas de la oposición y los avances del proyecto de refundación nacional.
Uno de los temas centrales es la candidatura sorpresiva y divisiva de Rafael Aguirre por el FMLN a la presidencia. Aunque previsible por su trayectoria de izquierda, su decisión de competir en las presidenciales contradice las voces opositoras que promueven el boicot electoral alegando falta de condiciones democráticas. Esta participación evidencia las profundas divisiones en la oposición, con críticas internas que acusan al FMLN de “legitimar la dictadura”, reflejando falta de madurez y estrategia coherente.
El boletín subraya que, para los partidos “cadáveres” tradicionales como ARENA y FMLN, da igual qué candidato presenten. Estos partidos perdieron legitimidad por décadas de corrupción, clientelismo y abandono del pueblo. Ningún rostro nuevo o reciclado puede competir contra la realidad de un El Salvador transformado: sin miedo, con infraestructura moderna, salud digna y estabilidad económica. La política ya no es promesa, sino experiencia tangible.
Se destaca la amistad de larga data entre Donald Trump y Nayib Bukele, basada en coincidencias ideológicas y prácticas: lucha contra pandillas, corrupción, ideología de género y progresismo. Esta relación se tradujo en apoyo concreto durante la pandemia, como la donación de ventiladores y equipo médico. El éxito de Bukele en reducir la emigración benefició también la seguridad de Estados Unidos.
Otro eje es la construcción de un nuevo país. El liderazgo de Bukele ha permitido reinventar El Salvador, conquistando el “infrarrelato” cotidiano de la gente y rompiendo paradigmas. Los opositores, en negacionismo, no comprenden estas transformaciones disruptivas que colocan al país en el siglo XXI.
Finalmente, se enfatiza que la unidad sostiene el proyecto de nación. La figura de Bukele mantiene cohesionado el esfuerzo de Nuevas Ideas y las instituciones del Estado. Se llama a fortalecer la bancada cyan en la Asamblea y resolver diferencias internas para consolidar gobernabilidad y avances. El boletín cierra reflexionando sobre outsiders políticos y la necesidad de pasar del teclado a las urnas.
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El Mundial no cambió a los gigantes… cambió a los pequeños
Randa Hasfura Anastas
Al final, la lógica terminó imponiéndose.
Francia, España, Argentina e Inglaterra son las cuatro selecciones que llegaron hasta las semifinales. Si alguien mira únicamente ese dato, podría decir que este Mundial no tuvo nada de extraordinario. Los grandes siguen siendo los grandes.
Y tendría razón… pero solo a medias.
Porque si algo nos dejó esta Copa del Mundo no fue la caída de los gigantes, sino el nacimiento de quienes ya no les tienen miedo.
Hace algunos años era impensable imaginar a Paraguay eliminando a Alemania. O a Marruecos dejando en el camino a Holanda. O a Noruega sacando a Brasil del torneo. México llegó hasta enfrentarse de igual a igual con Inglaterra. Egipto hizo sufrir a Argentina. Cabo Verde demostró que ya nadie entra a una cancha solo para cumplir el calendario.
Los favoritos terminaron avanzando, sí. Pero ya no avanzan tan tranquilos.
Y esa diferencia dice mucho más de lo que parece.
Durante décadas vivimos con la idea de que siempre ganarían los mismos. Que las grandes potencias estaban destinadas a dominar mientras los demás simplemente competían con dignidad.
Hoy esa distancia sigue existiendo, pero cada vez es más corta. El fútbol solo nos lo “recordó”.
Porque eso mismo está ocurriendo fuera de las canchas.
El mundo ya no funciona como hace cincuenta años. Han aparecido nuevas economías, nuevos liderazgos, nuevas voces que reclaman un lugar en la mesa donde antes solo se sentaban unos pocos.
Independientemente de la opinión política que cada uno tenga, por ejemplo muchos ven en Palestina la imagen de un pueblo que continúa resistiendo frente a un adversario mucho más poderoso, las redes ayudaron a darle protagonismo en el mundo.
Y no significa que las potencias hayan dejado de ser poderosas. Significa algo mucho más sencillo: el resto del mundo decidió competir.
La historia está llena de ejemplos.
Hubo un Egipto que parecía eterno. El imperio de Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo conocido. El Imperio otomano dominó durante siglos tres continentes. En su momento parecían imposibles de desafiar.
Sin embargo, todos terminaron comprendiendo la misma lección: ningún poder permanece intacto para siempre, no porque tienden a destruirse, sino porque otros comienzan a crecer.
Un gran ejemplo es El Salvador. Hace apenas unos años, muy pocos habrían apostado un solo peso por verlo destacar en el escenario internacional. Sin embargo, hoy aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre seguridad, inversión, turismo y transformación institucional. Demuestra que los países pequeños también pueden cambiar su destino cuando deciden competir y dejar de verse a sí mismos como débiles.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. No estamos viendo el fin de los gigantes, sino el final del miedo hacia ellos.
Tal vez esa sea también la mejor manera de entender el momento que vive el mundo. Los grandes siguen estando ahí. Siguen siendo fuertes. Pero ya no juegan solos.
Porque el cambio no comienza cuando el poderoso deja de ser fuerte.
El cambio comienza cuando el pequeño descubre que también puede ganar.







