Opinet
Hermenéutica y ética de la presencia de León XIV en España
Lisandro Prieto Femenía
«Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana»: León XIV, Discurso de Su Santidad ante las Cortes Generales (2026)
«Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿qué son sino grandes bandas de ladrones?»: Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios (426/2009, p. 182)
Cuando los ecos de la comitiva pontificia comenzaron a mezclarse con el bullicio cotidiano de la capital española en junio de 2026, la geografía institucional del país experimentó un seísmo hermenéutico difícil de asimilar desde el cómodo prisma del protocolo laico. No nos encontramos ante una formalidad vacía o un simple adorno diplomático añadido a la agenda del Estado; por el contrario, la presencia de León XIV en España encarna una de esas raras irrupciones donde la ontología de la alteridad y las contradicciones de nuestra modernidad tardía se confrontan sin paliativos. En un escenario de fragmentación social generalizada y cansancio democrático, la palabra de un líder espiritual dotado de doble nacionalidad, estadounidense y peruana, actúa como un reactivo crítico sobre los cimientos morales del orden constitucional contemporáneo. El Pontífice no acudió a las instituciones españolas a complacer el oído de las mayorías ni a convalidar la inercia legislativa, sino a someter a examen los límites mismos sobre los cuales descansa la soberanía formal y la legitimidad de nuestras democracias parlamentarias.
Resulta de hondo calado reflexionar sobre las palabras iniciales del Papa en los salones del Palacio Real ante el cuerpo diplomático y los representantes de la sociedad civil, recogidas en la crónica periodística de Vatican News titulada El Papa en España: La cultura del encuentro genera estabilidad y prosperidad, donde se expone la urgencia de desactivar los discursos fácticos que alimentan la polarización. En dicho discurso, cuya retransmisión televisiva y digital quedó registrada en la plataforma de comunicación de la Santa Sede a través del vídeo de Vatican Media (2026), se proclamó que «no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad» para los pueblos (Vatican News, 2026a, párr. 3). Esta aseveración desmantela de raíz el agonismo político que reduce al adversario a una categoría enemiga. La mirada papal, arraigada en un humanismo exigente, demanda un salto cualitativo por parte de quienes detentan responsabilidades institucionales y económicas, urgiéndoles a «apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos» (Vatican News, 2026a, párr. 5). Semejante tarea, propia de una nation con un denso bagaje histórico y espiritual como España, resignifica el disenso democrático, rescatándolo de la fosa común de la descalificación estéril para elevarlo a la categoría de espacio deliberativo donde se juega la dignidad comunitaria.
Esta propuesta de encuentro encuentra un eco profundo en la hermenéutica dialógica de Hans-Georg Gadamer (1960/1993), quien en su obra cumbre Verdad y método argumentaba que comprender no consiste en anular al interlocutor, sino en propiciar una transformación mutua, ya que «comprender es siempre el proceso de fusión de estos horizontes presuntamente para sí mismos» (p. 377). El llamamiento del Papa, por tanto, no se agota en una mera exhortación moralizante a la concordia social, sino que plantea un imperativo epistemológico. No es casual, bajo esta perspectiva, que el encuentro multisectorial acontecido en el Movistar Arena (Vatican Media, 2026) con personalidades del arte, el deporte y la cultura de vanguardia pusiera en juego lo que la tradición teológica denomina la via pulchritudinis. Al sugerir que la belleza y la creatividad compartidas constituyen un suelo común capaz de suturar las heridas de una sociedad secularizada, el Pontífice sitúa el arte no como un entretenimiento suntuario, sino como un umbral pre-teológico de comunión. El verdadero diálogo no se reduce a un debate técnico de mutua tolerancia, sino que exige la valentía de arriesgar las propias certezas en el espacio público para que el horizonte del otro ensanche el nuestro.
Esta deconstrucción de la crispación retórica cobra su máxima fuerza en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, escenario donde se produjo una intervención histórica, al ser la primera ocasión en que el obispo de Roma toma la palabra ante las Cortes Generales de la nación española. Según la cobertura realizada por Deutsche Welle bajo el título León XIV lanza un alegato por la paz en el Congreso español, la exhortación pontificia a desarmar el lenguaje y apelar a la reciprocidad puso de relieve que la discrepancia auténtica no conlleva humillación. Al situar la dignidad de la persona por encima del «vaivén de las mayorías de cada momento» (Vatican News, 2026d, párr. 4), la voz papal interpela la concepción misma del derecho positivo como simple emanación de la voluntad numérica. ¿Qué base firme sostiene el andamiaje del Estado de derecho si el valor intrínseco de la vida humana se reduce a un consenso social mudable? Nos topamos aquí con la clásica advertencia agustiniana sobre la inconsistencia del poder secular cuando se divorcia de la justicia trascendente, expuesta con vigor en La Ciudad de Dios (426/2009) al señalar que la soberanía desprovista de rectitud ética es idéntica a una asociación delictiva a gran escala. No menos punzante fue el cuestionamiento moral al preocupante rearme bélico del continente europeo, enmarcado en el artículo analítico de TRT Español titulado ¿Qué dijo el papa León XIV en su discurso en el Congreso español?, donde se rescata su honda queja ante el incremento desmedido de los balances de defensa de las naciones. Con firmeza filosófica, el Santo Padre recordó que «las armas pueden imponer un silencio temporal, pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera» (Deutsche Welle, 2026, párr. 3), abriendo así una rendija ética a la diplomacia pacífica en un tablero internacional al borde del abismo geopolítico.
La articulación de estos postulados se desplaza sin fisuras hacia la esfera existencial del ser humano, donde la lógica de la rentabilidad económica amenaza con invisibilizar los estadios más desvalidos de la vida. Ante las Cortes, León XIV trazó una línea divisoria ineludible al sostener, según detalla el documento informativo Papa León XIV llama a evitar la descalificación política y defiende la dignidad humana, que la custodia de la vida desde su concepción hasta su natural ocaso no puede ser tratada como una bandera partidista o un capricho confesional. En su discurso, proclamó de forma tajante que «la defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización» (Vatican News, 2026d, párr. 7), un aserto que sitúa los debates españoles sobre el aborto y la eutanasia bajo una luz de radical exigencia civilizatoria. Cuando la ley positiva claudica ante criterios de productividad, autonomía o funcionalidad utilitaria, el pacto moral constitutivo de la polis se agrieta irremediablemente, empujando a los sujetos más frágiles al olvido. La advertencia pontificia resuena como una interpelación a nuestra complacencia tardomoderna, exigiendo una vigilancia moral que controle también el desarrollo vertiginoso de los sistemas bélicos automatizados mediante inteligencia artificial, de modo que las decisiones de vida y muerte jamás queden delegadas en fríos algoritmos matemáticos exentos de alma y responsabilidad.
Bajo este mismo prisma humanista, el drama desgarrador de la migración forzada se erige como la gran prueba de fuego para los ideales de una Europa envejecida. En la pieza reflexiva de Vatican News titulada León XIV defiende neutralidad de la Iglesia y atención integral al migrante, se expone con lucidez que la crisis de los refugiados desborda por completo la simple gestión técnica o el balance demográfico que a menudo domina el debate tecnocrático. Durante su encuentro en la Nunciatura Apostólica con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, este le obsequió un simbólico bonsái de olivo de trece años, ejemplar que representa un puente histórico entre las raíces rurales de la península y los retos de un futuro sostenible, como reporta la nota periodística El Papa se reunió con el presidente español Pedro Sánchez (Vatican News, 2026e). Este aparente clima de entendimiento mutuo no impidió que el Pontífice exigiera ante los legisladores una mirada audaz que supere la aséptica «gestión de flujos» (Vatican News, 2026f, párr. 3), denunciando la perversa indiferencia que transforma las fronteras marítimas en cementerios invisibles.
Esta interpelación adquiere un espesor ético insoslayable si la leemos a la luz de Emmanuel Levinas (1961/1977) en Totalidad e infinito, donde el filósofo de la alteridad sostiene que «el rostro se presenta en su desnudez; es el indigente» (p. 215). Para Levinas, la vulnerabilidad del extranjero no constituye un problema sociológico que el Estado deba resolver con criterios de utilidad y cálculo de recursos, sino una revelación metafísica que nos constituye de inmediato en responsables de su existencia. La propuesta de León XIV no transige con una beneficencia desinteresada y estática; al contrario, reclama la urgencia de establecer vías seguras de integración y, en un ejercicio de justicia distributiva internacional, promover el derecho fundamental de toda persona a permanecer y prosperar dignamente en su tierra natal. ¿No es acaso el rostro del migrante que se ahoga en nuestras costas la quiebra absoluta de todas nuestras pomposas declaraciones sobre los derechos humanos?
Afrontar estas realidades en la plaza pública requiere una asombrosa coherencia interna por parte de la Iglesia, cuya legitimidad moral quedó comprometida ante la sociedad por la trágica realidad de los abusos sexuales perpetrados por algunos de sus miembros. Durante su encuentro privado en la Nunciatura Apostólica, el Santo Padre se reunió con seis víctimas de estos execrables delitos para escuchar con extrema atención sus desgarros existenciales y sus propuestas de enmienda, tal como se relata en la reseña oficial El Papa se reúne con víctimas de abusos en Madrid (Vatican News, 2026b). Este ejercicio de escucha no constituye un artificio cosmético de relaciones públicas, sino el núcleo de una justicia restaurativa que asume la herida como propia. Del mismo modo, en su alocución a los prelados del país recogida en El Papa León XIV pide a los obispos españoles ser «testimonio de unidad», calificó esta realidad como una «plaga» dolorosa provocada por «aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero» (Vatican News, 2026c, párr. 6).
Filosóficamente, este abajamiento institucional conecta de manera directa con la teología política de Johann Baptist Metz (2007) y su categoría de memoria passionis. Metz advierte que una comunidad de fe que olvida o anestesia el dolor de las víctimas se convierte en una maquinaria ideológica estéril, pues la fe auténtica exige mantener viva la memoria subversiva y peligrosa de los que sufren. Al demandar verdad, justicia y reparación, el Papa desarticula la tentación defensiva de la jerarquía episcopal y la sumerge en las aguas de la purificación evangélica, recordando que la Iglesia solo será un faro creíble cuando tenga el coraje de inclinarse ante las llagas de las víctimas, abandonando la seguridad del dogma estático para transformarse en un hospital de campaña expuesto a la intemperie de la historia.
Sin embargo, la profunda herida ética que la presencia del Pontífice expone no solo escuece en las estructuras eclesiales o en los despachos del poder soberano; también actúa como un espejo implacable frente a una posmodernidad que, en su versión más plana e instrumental, reacciona con una asombrosa ceguera existencial. Esta resistencia defensiva se hace patente en la crispación de quienes, atrincherados en un laicismo formalista y sordo a cualquier horizonte de trascendencia, han articulado su réplica bajo el lema de la campaña «Yo no te espero» en urbes como Barcelona. En su crónica para el medio digital elDiario.es, titulada Los grupos que se oponen a la visita del Papa: “Hay pleitesía del sistema político español a un líder religioso”, Jesús Bastante (2026) da cuenta de cómo estas asociaciones denuncian un supuesto servilismo institucional, reduciendo la presencia de León XIV a una mera amenaza al principio de aconfesionalidad. Al clausurar la discusión pública bajo la etiqueta de la sospecha financiera y la queja reglamentaria, este sector de la sociedad revela una incapacidad alarmante para dialogar con un discurso moral que precisamente denuncia los excesos del libre mercado y la deshumanización técnica.
El reduccionismo contable de esta perspectiva alcanza su paroxismo en las quejas por el uso de espacios públicos para eventos de carácter espiritual. Al registrar los argumentos de los colectivos críticos en su artículo para El País, Clara Blanchar (2026) recoge el testimonio de portavoces como Albert Riba, presidente de Ateus de Catalunya, quien lamenta amargamente la cesión gratuita del Estadio Olímpico de Montjuïc bajo la premisa de que «a los ateos no nos dejarían el estadio para hacer un festival, nos tratarían de locos» (párr. 4), al tiempo que rechaza la intervención pontificia ante la soberanía popular alegando que la invitación claudica ante una autocracia porque, en sus propias palabras, «no somos una colonia del Vaticano» (párr. 5). Qué sintomático resulta comparar la visita del obispo de Roma —portador de una interpelación radical a favor de los desposeídos y las víctimas— con un festival de entretenimiento mercantilizado. ¿No es esta la mayor manifestación de lo que Jean-François Lyotard diagnosticó como la mercantilización absoluta del saber y la disolución de los grandes relatos en meras transacciones utilitarias? Cuando el pensamiento contemporáneo exige cobrar alquiler a un profeta como si fuera una corporación de entretenimiento, la posmodernidad se retrata a sí misma como una máquina estéril, incapaz de concebir la gratuidad o el don.
Esta misma fragmentación se derrama hacia un plano de protesta puramente pragmático y coyuntural, donde diversas agendas sectoriales instrumentalizan la alta visibilidad del acontecimiento para sus propios fines reivindicativos. Tal como detalla la crónica de El Nacional firmada por Arnau Ruiz (2026) bajo el título Estas son todas las protestas convocadas durante la visita del Papa a Barcelona, se constata la confluencia de movilizaciones sindicales de docentes y huelgas de trabajadores de bibliotecas municipales que, aprovechando la presencia de las cámaras internacionales, intentan forzar negociaciones laborales. Al mismo tiempo, el independentismo local se moviliza exigiendo al Pontífice gestos lingüísticos explícitos o agitando banderas en el espacio público para visibilizar su causa nacional. Este mosaico de quejas atomizadas nos invita a reflexionar sobre la preocupante pérdida de un suelo común. ¿Qué nos queda cuando un llamamiento universal a la fraternidad y a la paz es despedazado por el corporativismo de corto alcance o la defensa de identidades autorreferenciales? Al intentar reducir un cuestionamiento moral de escala geopolítica al estrecho embudo de sus demandas inmediatas, la sociedad tardomoderna expone su rasgo más decadente: la imposibilidad de salir de su propio solipsismo para abrirse a la verdad compartida de la que nos hablaba Gadamer.
Tras la partida de la comitiva romana de suelo español, la atmósfera colectiva del país conserva la vibración de una incómoda pero sumamente fértil sospecha sobre la solidez de nuestras certezas. León XIV no ha dejado tras de sí respuestas masticadas para el consumo rápido ni analgésicos dialécticos para mitigar nuestras tensiones, sino que ha abierto una grieta ética en el muro de nuestra complacencia cotidiana. Nos queda el arduo deber intelectual y moral de decidir si habitaremos la herida abierta de sus planteamientos o si regresaremos al letargo analgésico de la confrontación estéril y del consumo masificado. Al clausurar estas páginas y retornar al ruido ensordecedor de nuestros debates cotidianos, surge la necesidad de interrogarnos con severidad frente al espejo de nuestra propia andadura histórica. ¿Es éticamente sostenible sostener nuestra aparente paz democrática sobre el silencio cómplice de los vulnerados y la expulsión sistemática del diferente a las periferias de la existencia? Si la dignidad humana no es negociable, ¿por qué consentimos que las leyes del mercado y los caprichos del algoritmo sigan dictando quién merece ser protegido y quién puede ser descartado de la mesa común de la vida? Tal vez, la medida última de nuestra civilización no se determine por los índices de nuestro crecimiento económico, sino por la valentía colectiva para sostener estas preguntas dolorosas antes de que la inercia del desinterés las borre para siempre de nuestra memoria histórica.
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
- Agustín de Hipona. (2009). La Ciudad de Dios (S. Santamarta, Trad.). Madrid: Editorial Tecnos. (Obra original publicada en 426 d.C.).
- Bastante, J. (6 de junio de 2026). Los grupos que se oponen a la visita del Papa: “Hay pleitesía del sistema político español a un líder religioso”. elDiario.es. https://www.eldiario.es/sociedad/grupos-oponen-visita-papa-hay-pleitesia-sistema-politico-espanol-lider-religioso_1_13280658.html
- Blanchar, C. (3 de junio de 2026). Los ateos protestan contra la visita del Papa en Barcelona: “No somos una colonia del Vaticano”. El País. https://elpais.com/espana/catalunya/2026-06-03/los-ateos-protestan-contra-la-visita-del-papa-en-barcelona-no-somos-una-colonia-del-vaticano.html
- Deutsche Welle. (8 de junio de 2026). León XIV lanza un alegato por la paz en el Congreso español. https://www.dw.com/es/león-xiv-lanza-un-alegato-por-la-paz-en-el-congreso-español/a-77460390
- Gadamer, H.-G. (1993). Verdad y método I (A. Aparicio & N. Sans, Trads.). Salamanca: Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1960).
- León XIV. (15 de mayo de 2026). Carta Encíclica Magnifica Humanitas: Sobre la fraternidad y la dignidad humana en el mundo contemporáneo. Roma: Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
- Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad (D. Guillot, Trad.). Salamanca: Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1961).
- Metz, J. B. (2007). Memoria passionis: Una evocación provocadora en una sociedad pluralista. Santander: Editorial Sal Terrae.
- Ruiz, A. (8 de junio de 2026). Estas son todas las protestas convocadas durante la visita del Papa a Barcelona. El Nacional. https://www.elnacional.cat/es/barcelona/estas-son-todas-protestas-convocadas-durante-visita-papa-barcelona_1652000_102.html
- TRT Español. (8 de junio de 2026). ¿Qué dijo el papa León XIV en su discurso en el Congreso español? https://www.trtespanol.com/article/1cb08a1d439b
- Vatican Media. (7 de junio de 2026). Encuentro del Papa León XIV con el mundo de la cultura, el arte y el deporte en el Movistar Arena [Archivo de vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?si=8z0_ohcE9lDxpMFD&v=eFxety31Ukg
- Vatican News. (6 de junio de 2026a). El Papa en España: La cultura del encuentro genera estabilidad y prosperidad. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-06/el-papa-en-espana-la-cultura-del-encuentro-genera-estabilidad.html
- Vatican News. (8 de junio de 2026b). El Papa se reúne con víctimas de abusos en Madrid. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-06/el-papa-se-reune-con-victimas-de-abusos-en-madrid-8-junio-2026.html
- Vatican News. (8 de junio de 2026c). El Papa León XIV pide a los obispos españoles ser «testimonio de unidad». https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-06/el-papa-leon-xiv-pide-a-los-obispos-espanoles-ser-testimonio.html
- Vatican News. (8 de junio de 2026d). León XIV pide en el Congreso proteger toda vida humana y fortalecer el bien común. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-06/papa-leon-xiv-visita-congreso-espana-parlamento-8-junio-2026.html
- Vatican News. (8 de junio de 2026e). El Papa se reunió con el presidente español Pedro Sánchez. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-06/el-papa-se-reunio-con-el-presidente-del-gobierno-espanol-sanche.html
- Vatican News. (8 de junio de 2026f). León XIV defiende neutralidad de la Iglesia y atención integral al migrante. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-06/leon-xiv-defiende-neutralidad-iglesia-atencion-integral-migrante.html
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Exponiendo la tiranía del yo inamovible- Lisandro Prieto Femenía
“El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace” (Sartre, 2009, p. 31)
Resulta curioso, y a la vez alarmante, cómo la modernidad ha transformado la búsqueda de la autenticidad en un salvoconducto para la mediocridad ética. En las interacciones cotidianas, nos topamos con una muralla infranqueable disfrazada de honestidad cruda: la sentencia detestable del “yo soy así”. Esta frase, pronunciada con una mezcla de orgullo y resignación, no es más que una declaración de guerra contra la convivencia y, fundamentalmente, contra la propia libertad. Quien se escuda en su supuesta esencia para justificar la falta de tacto, la impuntualidad crónica o el desprecio por el bienestar ajeno, está asumiendo que es un objeto terminado, un mineral carente de voluntad, y no un sujeto en permanente construcción.
La precitada actitud revela una forma de “hombre masa” que José Ortega y Gasset identificaba con una lucidez casi profética. Se trata de aquel individuo que, sintiéndose perfecto y terminado, no ve razón alguna para salir de sí mismo ni para someterse a ninguna instancia superior, sea esta la razón o la simple consideración por los demás. El filósofo español, en su análisis sobre la decadencia de la excelencia humana, describe con precisión este fenómeno en su “Rebelión de las masas” al expresar que “el hombre masa es el que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás” (Ortega y Gasset, 2010, p. 54).
Ahora bien, cabe preguntarse, ¿desde cuándo la identidad se convirtió en una prisión que nos exime de la responsabilidad para mejorar? Al afirmar que nuestra naturaleza es estática, estamos cometiendo lo que Jean-Paul Sartre denominaba “mala fe”. Se trata del intento desesperado de escapar de la angustia que provoca la libertad, fingiendo que somos cosas con propiedades fijas en lugar de seres que se definen por sus actos. En su obra fundamental sobre el existencialismo, Sartre es tajante al respecto de esta condición humana que precede a cualquier definición previa: si el hombre es lo que él mismo se hace, entonces el argumento de la inmutabilidad del carácter es una mentira metafísica diseñada para que los demás carguen con el peso de nuestras flaquezas.
Esta actitud no sólo es un error filosófico, sino una clara forma de violencia (no siempre sutil) hacia el prójimo. Al exigir que el mundo nos tenga que soportar “tal cual somos”, estamos anulando la alteridad. Estamos ante un egocentrismo que Gilles Lipovetsky asoció con la “era del vacío”, donde la personalización de la existencia ha derivado en un narcisismo que ya no tolera la mínima fricción con lo real. Concretamente, en su estudio sobre el individualismo contemporáneo, Lipovetsky señala cómo la sociedad se ha convertido en un conjunto de mónadas (sustancias indivisibles que componen el universo) que sólo buscan la autoafirmación sin compromiso: “El narcisismo es la otra cara de la desustancialización de la individualidad, la absorción del yo en el espectáculo de sí mismo, donde el otro solo sirve como pantalla de confirmación” (Lipovetsky, 2002, p. 52).
Esta patología de la mirada encuentra su representación sonora y grotesca en la cultura popular, donde la apología del estancamiento se ha elevado a la categoría de un himno decadente. Resulta casi obsceno observar cómo la industria del espectáculo ha canonizado la insolencia mediante estribillos que funcionan como dogmas de una fe narcisista. Pensemos en la vacuidad que destila la célebre pieza “A quién le importa”, interpretada por Thalía, donde se proclama con una alegría casi infantil: “yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré”. Esta letanía de la obstinación es, en realidad, el réquiem de la ética.
La pregunta retórica que da título a la canción- “¿A quién le importa”?- es una bofetada a la convivencia, una declaración de indiferencia ontológica que asume que el propio capricho está por encima del impacto que causamos en los demás. Al entonar un “nunca cambiaré” como si de una virtud se tratase, el sujeto se declara oficialmente un cadáver moral, un fósil que se regocija en su propia incapacidad de evolución. ¿A quién le importa? Pues le importa a la víctima de nuestra falta de respeto, al cercano que tiene que coexistir con nosotros y habitar el desierto que dejamos a nuestro paso. Es el triunfo del solipsismo más ramplón disfrazado de “personalidad”.
Al declarar “yo soy así”, estamos diciendo que nuestra comodidad subjetiva tiene más peso que el derecho del otro a habitar un espacio de respeto mutuo. En este sentido, es fundamental recuperar la noción de que el carácter, o el “ethos” no es un destino biológico, sino una arquitectura que se levanta día tras día mediante los hábitos. Aristóteles ya lo advirtió en su estudio sobre la moral, recordándonos que la virtud no es el don con el que se nace, sino una práctica que debe ser cultivada. En su “Ética a Nicómaco”, el estagirita explica con claridad este proceso de autoconstrucción al expresar que “las virtudes no se producen en nosotros ni por naturaleza ni contra naturaleza, sino que nosotros, que somos naturalmente capaces de recibirlas, las perfeccionamos mediante el hábito” (Aristóteles, 2014, p. 158).
Bajo esta luz, la excusa de la mala costumbre como condición de identidad se revela como una clara pereza del espíritu. No somos impacientes o rudos de la misma manera que somos altos o tenemos ojos marrones; somos personas que han permitido que la repetición de actos hostiles cristalice en una máscara de hostilidad. A esta inercia del espíritu se suma lo que Simone de Beauvoir identificaba como la tentación del “hombre serio”, aquel que se aferra a un rol o a una etiqueta para no tener que decidir por sí mismo. En su obra “Para una moral de la ambigüedad”, la autora nos avisa sobre el peligro de convertirnos en estatuas de nosotros mismos para eludir el vértigo de la elección constante en tanto que “el hombre serio se deshace de su libertad en favor de un fin que él considera absoluto… él no es sino ese fin, como un objeto es su propio peso; él mismo se ha hecho cosa” (Beauvoir, 2017, p. 55).
Cuando alguien se declara inamovible bajo el “yo soy así”, está renunciando a su cualidad de proyecto para degradarse a la categoría de herramienta defectuosa. Esta resistencia al cambio es una agresión frontal a la responsabilidad que tenemos hacia los otros. Emmanuel Levinas, en su análisis sobre la alteridad en “Totalidad e infinito”, sugiere que nuestra identidad no se construye desde el egoísmo, sino desde la respuesta que damos a los demás. Decir “yo soy así, si no te gusta, te jodes” es el portazo en la cara de quien espera de nosotros una mínima consideración. Para Levinas, la responsabilidad por nuestros próximos no es un accidente que le ocurre al sujeto, sino que es la esencia misma de su ser en tanto que “el rostro se me impone sin que yo pueda dejar de ser responsable de su miseria. El yo es, ante el rostro, infinitamente responsable” (Levinas, 2012, p. 220).
Si nuestra propia definición depende de cómo respondemos al rostro ajeno, entonces cerrarnos en una identidad inmutable es despojarnos de nuestra propia subjetividad. Nos estaríamos convirtiendo en lo que Byung-Chul Han llama “el infierno de lo igual”, una sociedad donde la desaparición de lo distinto, del otro que nos cuestiona y nos exige transformación, nos sumerge en una auto-idolatría estéril. En “La expulsión de lo distinto”, Han es prácticamente implacable al describir este aislamiento narcisista al expresar que “la proliferación de lo igual constituye los cambios patológicos de los que está aquejado el cuerpo social. No es la opresión del otro, sino la depresión del yo la que caracteriza nuestra época” (Han, 2017, p. 12).
Resulta necesario, entonces, preguntarnos si esta obstinación inmadura proviene de una genuina creencia en nuestra naturaleza o si es un síntoma de una sociedad que confunde el ser con el tener. Al respecto, Erich Fromm, en su ensayo “¿Tener o ser?”, diseccionó esta patología. Muchas veces, creemos “tener” una forma de ser como si fuera una propiedad privada que debemos defender a toda costa: el individuo se aferra a sus rasgos negativos como si fueran tesoros, temiendo que, si cambia, perderá su esencia. Pues bien, liberarse de esta carga implica pasar del tener al ser, entendiendo que el ser no es algo que se posee, sino algo que se despliega como una actividad. Fromm lo explica mucho mejor que yo al decirnos que “en el modo de tener, nuestra relación con el mundo es de posesión y propiedad, una relación en la que queremos convertir a todo el mundo y a todas las cosas, incluso a nosotros mismos, en propiedad nuestra” (Fromm, 2007, p. 42).
Este proceso de desmantelamiento es doloroso y requiere de una valentía que pocos seres humanos son capaces de ejercer. Por supuesto, es mucho más fácil quedarse en la orilla de lo conocido, aunque de asco, que lanzarse al mar de lo que podríamos llegar a ser. Sobre este último aspecto en particular, Friedrich Nietzsche nos invitaba a este ejercicio de destrucción creadora. No se trata de aceptarse con complacencia, sino de superarse con ferocidad. En “Así habló Zaratustra”, el filósofo bigotudo nos recuerda que la fijeza es la muerte del espíritu y que el hombre es un tránsito permanente, no un fin en sí mismo: “Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo? Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de ellos mismos” (Nietzsche, 2011, p. 33).
Dicho esto, está claro que si matamos el caos interior con la sentencia del “yo soy así”, apagamos también la posibilidad de que algo brillante emerja de nosotros. Finalmente, debemos entender que la existencia no es un molde de teflón, sino una materia prima que debemos esculpir. En “La hermenéutica del sujeto”, Foucault recuperaba el concepto del “cuidado de sí” como un trabajo ético y estético sobre la propia vida. No somos víctimas de nuestra psicología, sino artistas de nuestra propia conducta cotidiana. Por ello, Foucault sostiene que la verdad no puede ser alcanzada sin una transformación del sujeto, sin una ascesis o una conversión que nos permita dejar de ser los carceleros de nuestra propia personalidad: “No puede haber verdad sin una conversión del sujeto, sin una transformación de la posición del sujeto, sin que el sujeto mismo se vea modificado por el hecho mismo de su acceso a la verdad” (Foucault, 1994, p. 34).
Para concluir, y como siempre, es momento de inquietarnos ante la comodidad de nuestras certezas circunstanciales. ¿Cuánto de lo que llamamos “mi forma de ser” es en realidad un mecanismo de defensa para no enfrentar el esfuerzo que requiere la empatía? Quizás, al final del día, lo que más tememos no es que los demás no nos acepten, sino descubrir que tenemos el poder absoluto de dejar de ser quienes hemos sido hasta hoy. Si el mundo entero se rindiera a la desidia del carácter inmutable, la convivencia se tornaría un campo de batalla de solipsismos violentos.
Ahora bien, ¿estamos dispuestos a ser los responsables del desierto ético que generamos con nuestra rigidez? La pregunta que debería quedar resonando en el silencio de nuestra conciencia no es si los demás deben soportarnos, sino si nosotros mismos somos capaces de soportar la versión de nosotros que se niega a evolucionar. ¿Quién eres tú, realmente, cuando dejas de usar tu pasado y tu supuesta esencia como excusa para no habitar tu presente con dignidad?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
Aristóteles. (2014). Ética Nicomáquea (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Original publicado c. 349 a. C.).
Beauvoir, S. (2017). Para una moral de la ambigüedad (M. Armiño, Trad.). Anthropos. (Original publicado en 1947).
Foucault, M. (1994). La hermenéutica del sujeto (M. Á. Galmarini, Trad.). Akal. (Original publicado en 1982).
Fromm, E. (2007). ¿Tener o ser? (J. Florentino, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Original publicado en 1976).
García, C., & Canut, I. (2002). A quién le importa [Canción]. En Thalía. EMI.
Han, B. C. (2017). La expulsión de lo distinto (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder.
Levinas, E. (2012). Totalidad e infinito (D. Guillot, Trad.). Sígueme. (Original publicado en 1961).
Lipovetsky, G. (2002). La era del vacío (J. Vinyoli & M. Pendanx, Trad.). Anagrama. (Original publicado en 1983).
Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza. (Original publicado en 1883).
Ortega y Gasset, J. (2010). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Original publicado en 1930).
Sartre, J. P. (2009). El existencialismo es un humanismo (P. Pradinas, Trad.). Edhasa. (Original publicado en 1946).
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Datos del autor: Lisandro Prieto Femenía
Opinet
El eclipse del pensamiento en la era del saber sintetizado – Lisandro Prieto Femenía
Un silencio tenso recorre las aulas universitarias posmodernas, un murmullo que ya no proviene del debate apasionado ni del cruce de ideas, sino del desconcierto docente ante un fenómeno abrumador. En los pasillos de las instituciones de educación superior más prestigiosas del planeta se constata una realidad inquietante: las lecturas asignadas se recortan año tras año porque los estudiantes, sencillamente, se muestran incapaces de terminar un libro completo. Profesores de la universidad de Harvard admiten haber tenido que reducir la extensión de los textos obligatorios ante la imposibilidad manifiesta de sus alumnos para sostener la atención a lo largo de una obra densa. Lo que antes constituía el cimiento básico de la vida académica- la confrontación íntima, pausada y esforzada con la página escrita- se ha convertido en una cumbre inalcanzable para una generación acostumbrada a la inmediatez del fragmento. ¿En qué momento la dificultad textual dejó de ser un desafío intelectual estimulante para transformarse en una barrera insuperable?
«La filología es ese arte venerable que exige a su admirador sobre todo una cosa: mantenerse al margen, tomarse tiempo, volverse silencioso, volverse lento… Este arte no consigue nada tan fácilmente cuando no logra una cosa: ¡no leer nada de prisa, leer lentamente, con profundidad, con cuidado, con segundas intenciones, con las puertas abiertas, con dedos y ojos delicados!»
Friedrich Nietzsche (Aurora, 1881/2000, p. 36)
Las cifras que retratan este escenario desmantelan cualquier intento de reducir la crisis a una simple queja generacional. Tras examinar las mediciones del “Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos” elaborado por la organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2024) sobre 160.000 personas en decenas de países, la revista The Economist (2026) reveló que aproximadamente el 8% de los estudiantes matriculados en educación superior en naciones de altos ingresos exhibe una comprensión lectora equivalente a la de niños de 10 años, una proporción que asciende al 14% en Estados Unidos. Semejante desmoronamiento de las capacidades interpretativas básicas se apoya en mutaciones culturales profundas: si en los años 90’ casi el 60% de la infancia estadounidense leía por placer, en la actualidad esa cifra ha caído drásticamente al 37%. Este deterioro no se limita al ámbito lingüístico ni afecta únicamente a instituciones de Nivel Secundario, puesto que, por ejemplo, en la Universidad de California, más de 1800 profesores de áreas científicas y matemáticas firmaron un manifiesto público alertando que sus alumnos de primer año ingresaban sin dominar contenidos esenciales de la secundaria, registrando un 70% de rezago respecto a los aprendizajes esperados para un adolescente de 14 años de edad.
El precitado colapso no remite únicamente a una deficiencia técnica de descodificación, sino al avance desbordante del analfabetismo funcional en sectores sociales escolarizados. Ya en su célebre formulación institucional, la UNESCO (1978) definía a la persona en situación de analfabetismo funcional como aquella incapaz de “emprender todas las actividades en que la alfabetización es necesaria con miras al eficaz funcionamiento de su grupo y de su comunidad y que le permitan seguir valiéndose de la lectura, la escritura y el cálculo para su propio desarrollo y el de la comunidad” (p. 12). La paradoja dolorosa de nuestro tiempo radica en que este déficit ya no habita en los márgenes de la exclusión social o de la falta de escolaridad, sino en los pasillos de las academias ilustradas. De acuerdo con los parámetros del estudio PIAAC publicado por la OCDE (2024), más del 20% de la población adulta en las economías desarrolladas se sitúa en el Nivel 1 o inferior de competencia lectora, lo que implica una capacidad restringida para reconocer palabras o extraer información puntual de textos cortos, quedando completamente inhabilitada para identificar premisas contradictorias, evaluar la validez de un argumento o sintetizar información dispersa. Hallarse alfabetizado en términos normativos pero ser incapaz de comprender la arquitectura argumental de un texto equivale a padecer una ceguera semántica que erosiona la raíz misma de la autonomía ciudadana y del juicio reflexivo.
Frente al abismo que supone la complejidad textual, las herramientas de inteligencia artificial irrumpieron disimulando ser un complemento pedagógico, cuando en realidad son un sustituto del esfuerzo interpretativo. En el Reino Unido, según reporta la precitada publicación de The Economist (2026), el 94% de los estudiantes universitarios admite utilizar sistemas algorítmicos para elaborar sus tareas y trabajos académicos, mientras que las investigaciones de Chirikov (2024) en el Centro de Estudios sobre Educación Superior de UC Berkeley constatan un aumento del 30% en las altas calificaciones dentro de materias susceptibles de ser automatizadas. La delegación del pensamiento en la máquina, entonces, constituye la consecuencia directa de una mente que ha perdido el entrenamiento necesario para habitar la incertidumbre y el espesor del lenguaje. Sobre este último aspecto, es interesante recordar que ante esta aceleración informativa, Byung-Chul Han sostiene en su texto “Infocracia” (2022) que “la información no ilumina al mundo” sino que “lo oscurece bajo una avalancha de datos instantáneos” (p. 19), una saturación que carcome progresivamente la capacidad de demorarse en lo complejo. Esta pérdida de la demora contemplativa condiciona la estructura misma del aparato psíquico, convirtiendo la adaptación a la brevedad en la ratificación de una amputación del discernimiento.
Semejante atrofia se enmascara tras la ilusión de una híper-conectividad eficiente, donde el dominio técnico del soporte digital oculta la indigencia de la lectura profunda. El analfabeto funcional posmoderno no es quien desconoce el alfabeto, sino quien, sabiendo descifrar grafemas, se muestra impotente para sostener el diálogo exigente con el texto, cediendo ante la tentación de obtener resúmenes empaquetados (sobre este último aspecto es crucial indicar que no es casual el avance descomunal de fake news avaladas por legiones de idiotas). Aceptar la síntesis algorítmica como un reemplazo legítimo de la lectura implica olvidar que la comprensión no es un producto consumible que se descarga, sino una travesía íntima que transforma decididamente a quien la recorre. En su obra titulada “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, Nicholas Carr (2011) describió esta mutación cognitiva al advertir cómo “cuanto más utilizamos la pantalla, más entrenamos a nuestro cerebro para la distracción y menos para la interpretación serena y profunda” (p. 19), reconociendo que su propia mente ha terminado por esperar la información “en un flujo veloz de partículas” (p. 19). Cuando el estudiante solicita a un modelo de lenguaje que resuma una obra clásica o redacte un ensayo sintético, no realiza un simple ahorro de tiempo, sino que se priva de la confrontación dialéctica con la alteridad del autor. En la resistencia ejercida por una idea densa reside justamente el espacio germinal de la subjetividad crítica; al eliminar ese roce mediante la mediación técnica, la experiencia del aprendizaje queda degradada a un trámite puramente funcional y despojado de huella existencial.
Al contemplar el devenir histórico de la cohorte generacional que hoy transita entre los 5 y los 24 años de edad, el escenario adquiere los visos de una fractura antropológica de vastas proporciones. Socializada en un entorno donde el estímulo breve ha suplantado a la paciencia hermenéutica y moldeada por sistemas educativos que progresivamente ceden ante el desinterés y la pereza, esta masa de niños y jóvenes enfrenta el riesgo inminente de quedar relegada a una posición de absoluta vulnerabilidad existencial y política. Aquí, es necesario preguntarse: ¿qué lugar social está reservado para una generación a la que se le ha erosionado intencionalmente el hábito de interpretar la complejidad, de articular problemas de manera autónoma y de resistir la tentación de la respuesta inmediata? Cuando la capacidad crítica resulta cercenada en la etapa formativa crucial, las personas no sólo pierden la soltura para aprobar asignaturas, sino también la soberanía psíquica necesaria para discernir la verdad frente a la manipulación. En un presente y un futuro gobernado por interfaces invisibles e inteligencias artificiales capaces de predecir conductas y redactar discursos persuasivos, quien carezca del rigor interpretativo quedará reducido a la condición de simple usuario pasivo, ejecutando instrucciones escritas por algoritmos cuya lógica ni siquiera atina a vislumbrar.
El desmantelamiento de las facultades intelectivas tampoco obedece a un accidente histórico ni a un casual desajuste pedagógico, sino que constituye, en el fondo, la consecuencia lógica de un sistema educativo global subordinado a las exigencias del mercado tardo-capitalista. Bajo el disfraz de la modernización tecnológica y la eficiencia competencial, las instituciones educativas han dimitido de su misión histórica- la emancipación del sujeto a través del conocimiento exigente- para convertirse en administradoras de un adiestramiento superficial. Al respecto, es interesante revisar que, al analizar las mutaciones del poder contemporáneo, Gilles Deleuze profetizó, en sus “Conversaciones” (1995) este tránsito señalando que en las sociedades de control “el hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado” (p. 249), es decir, un sujeto cuya educación se diluye en una instrucción continua y fragmentaria que jamás culmina en madurez intelectual. La promesa ilustrada de que el saber constituye la vía primordial para la movilidad social se desmorona ante la evidencia de aulas convertidas en plataformas de consumo donde los estudiantes adquieren deudas económicas sofocantes para obtener títulos cuya eficacia emancipadora se desvaneció hace tiempo.
Aquella desactivación deliberada del pensamiento crítico encaja con precisión en las dinámicas del consumo híper-individualista y la docilidad política. Al privar a las mayorías del dominio del lenguaje complejo y de la capacidad de sostener argumentos de largo aliento, el sistema produce contingentes de individuos altamente funcionales para la operatividad técnica, pero completamente desarmados frente al chantaje socioeconómico. En su lúcida radiografía “Realismo capitalista”, Mark Fisher (2016) expone cómo la mercantilización de la enseñanza superior engendra un estado de “depresión hedónica” (p. 45) entre los jóvenes, caracterizado por una incapacidad para concentrarse y una búsqueda compulsiva de estimulación inmediata que neutraliza cualquier conato de rebeldía organizada. Quien carece de herramientas hermenéuticas para descifrar las causas estructurales de su malestar tiende a privatizar su frustración, culpándose a sí mismo e integrándose de manera servil en la rueda del consumo paliativo y el endeudamiento perpetuo. La educación deja así de ser un factor de nivelación social para mutar en un dispositivo de reproducción de clases, donde el ejercicio del pensamiento pausado queda reservado como un privilegio aristocrático para las élites que aún se forman en el rigor, mientras que al resto se le administra una pedagogía de la inmediatez y el rendimiento automático.
Semejante degradación sistemática del pensamiento conduce de manera inexorable a una sociedad profundamente dividida, donde la facultad de pensar críticamente corre el riesgo de convertirse en un privilegio de élite reservado a unos pocos, mientras que a las mayorías se les ofrece el paliativo de la inmediatez sin esfuerzo. Al despojar a los sujetos en proceso de formación de las herramientas para lidiar correctamente con el error, la incertidumbre y la argumentación fundamentada, se les condena a habitar un presente chato, privado de profundidad histórica y de densidad afectiva. Esta masa generacional, privada de la vivencia liberadora que entraña la lectura profunda, corre el peligro de transformarse en una fuerza laboral híper-adaptada a la técnica, pero incapaz de cuestionar la dirección de su propio destino. La facilidad algorítmica se nos presenta así como una trampa seductora: nos ofrece soluciones prefabricadas a cada obstáculo de conocimiento mientras que esteriliza la angustia creadora de la duda, esa misma inquietud que a lo largo de los milenios ha alimentado el arte, la ciencia y cualquier sentimiento auténtico de emancipación humana ante cualquier injusticia.
Habiendo intentado exponer los peligros a los que nos enfrentamos hoy, resulta imprescindible preguntarse si nos hallamos ante una reconfiguración inevitable de los saberes o frente a una verdadera atrofia de la razón reflexiva. La ilusión de estar informados gracias a la inmediatez de resúmenes y esquemas automáticos encubre una honda ceguera respecto de los procesos que configuran la verdad. Ya en su célebre tratado titulado “¿Qué significa pensar?”, Martin Heidegger (2005) señalaba con agudeza que “lo que más da que pensar en nuestro tiempo problemático es que todavía no pensamos” (p. 17), una formulación cuya vigencia adquiere hoy una sonoridad perturbadora. Creer que poseemos el conocimiento por el simple hecho de acumular y procesar datos equivale a confundir la agilidad técnica con la sabiduría, puesto que el verdadero pensamiento demanda la disposición de escuchar aquello que se sustrae a la prisa. Delegar la interpretación, la escritura y la resolución de problemas en la inteligencia artificial supone, en definitiva, declinar el riesgo de pensar por cuenta propia y replegarse a la condición de receptores vacíos y pasivos.
No es posible encarar el destino de la cultura académica sin asumir la gravedad de este eclipse. Si la universidad capitula ante la impaciencia generalizada, adaptando sus exigencias a la fragmentación de la atención y naturalizando el analfabetismo funcional de sus aulas, termina por legitimar la conversión del estudiante en un espectador inútil de contenidos envasados. La función primordial de la filosofía en esta encrucijada no pasa por ofrecer consuelos ni por diseñar paliativos técnicos, sino por sostener la incomodidad de la interrogación y reivindicar el valor emancipador de la lentitud en un ecosistema dominado por la inmediatez.
¿Qué clase de comunidad política y humana se prefigura cuando aceptamos que la juventud universitaria no pueda habitar la extensión de un libro ni tolerar el rigor de una idea compleja? Si renunciamos al áspero pero liberador ejercicio de descifrar el mundo por nosotros mismos, entregando la generación de sentido a la eficiencia algorítmica, ¿qué rasgo de lo humano sobrevivirá cuando la máquina redacte, concluya y sienta por nosotros? ¿Seremos capaces de rebelarnos contra la tiranía de la velocidad para reconquistar el silencio reflexivo, o nos resignaremos a contemplar impasibles cómo la inmediatez consume los últimos vestigios de nuestro pensamiento?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
- Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (P. Cifuentes, Trad.). Madrid: Taurus.
- Chirikov, I. (2024). Artificial intelligence and academic evaluation in higher education. Center for Studies in Higher Education, University of California, Berkeley.
- Deleuze, G. (1995). Post-scriptum sobre las sociedades de control. En Conversaciones (1972-1990) (J. L. Pardo, Trad., pp. 247-255). Valencia: Pre-Textos.
- Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Iglesias, Trad.). Buenos Aires: Caja Negra Editora.
- Han, B.-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, Trad.). Madrid: Taurus.
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- Nietzsche, F. (2000). Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales (G. Cano, Trad.). Madrid: Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1881).
- Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). (1978). Recomendación sobre la normalización internacional de las estadísticas relativas a la educación. París: UNESCO.
- Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2024). Survey of adult skills (PIAAC). OECD Publishing.
- The Economist. (2026, 25 de junio). Students are doing worse than you think [Los estudiantes rinden peor de lo que se piensa]. The Economist. https://www.economist.com/international/2026/06/25/students-are-doing-worse-than
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Opinet
Analizando la agonía del diálogo en la urgencia del encuentro
Por: Lisandro Prieto Femenía
«Solo en la comunicación se realiza el ser humano. En la comunicación con el otro, la verdad que hay en mí se revela»: Jaspers, 1989, p. 50
Asistimos a una época vertiginosa donde la palabra circula con una abundancia sin precedentes, pero donde la auténtica escucha se desvaneció casi por completo. Se habla en todas partes, a toda hora y a través de múltiples pantallas, mas la proliferación masiva de emisiones verbales dista mucho de constituir un espacio de comunión real. Al contemplar la conversación contemporánea, descubrimos que la noción de diálogo ha sido despojada de su densidad histórica y ontológica, quedando reducida a una simulación ruidosa donde los individuos intercambian monólogos paralelos. Se trata de un espectáculo estridente donde prima la necesidad narcisista de autoafirmación antes que el deseo genuino de comprender. Frente a este escenario de saturación mediática, conviene pausar el ritmo e interrogar la naturaleza misma del hablar compartido, pues en el repliegue del pensamiento crítico y la hipertrofia de las opiniones viscerales se incuba el verdadero síntoma de nuestra decadencia cultural.
Desandar los orígenes de este naufragio nos exige remontarnos a las fuentes del pensamiento occidental, donde la etimología griega nos devela que la palabra remite a un tránsito de la razón, a un discurso que atraviesa a los interlocutores para transformarlos en su trayectoria. Platón elevó esta praxis a la categoría de dialéctica, concibiéndola en sus diálogos tempranos como el itinerario imprescindible para ascender desde la opinión infundada (doxa) hacia la comprensión fundamentada (episteme). El método socrático no pretendía acorralar ni humillar al adversario en el terreno oratorio, sino guiarlo pacientemente mediante preguntas inquisitivas hacia el examen de sus propias certidumbres. Semejante tarea presuponía un coraje ético insustituible, caracterizado por la disposición a asumir la propia finitud intelectual. En la Apología de Sócrates, el filósofo formuló esta conciencia de los propios límites al sostener que «este hombre cree que sabe algo sin saberlo, mientras que yo, así como no sé nada, tampoco creo saberlo» (Platón, 2000, p. 21d). Carecer de esta apertura interior para dejarse interpelar desfigura cualquier intercambio, convirtiendo el espacio común en una tribuna donde la palabra se estanca y languidece.
A la luminosidad ética de la búsqueda socrática es preciso añadir la exigencia formal que el genio aristotélico imprimió a la conversación humana. Para que el intercambio no naufrague en el desborde emotivo ni se degenere en mero espectáculo persuasivo, requiere sostenerse sobre la solidez del razonamiento deductivo. En los Primeros analíticos, Aristóteles definió la estructura formal del silogismo como «un discurso en el cual, establecidas ciertas cosas, resulta necesariamente de ellas, por ser lo que son, otra cosa distinta» (Aristóteles, 1988, p. 24b). Asimismo, en el tratado de la Retórica, distinguió entre el logos —el argumento propiamente dicho—, el pathos —la conmoción afectiva del auditorio— y el ethos —la autoridad moral del orador—. Sin embargo, cuando la búsqueda honesta de la verdad se eclipsa por la vanidad, la arquitectura lógica se prostituye en mera sofística. Arthur Schopenhauer expuso con amarga lucidez esta degradación en El arte de tener razón, al diagnosticar que «la dialéctica erística es el arte de disputar, de modo que uno tenga razón tanto justa como injustamente» (Schopenhauer, 2002, p. 23). Esta corrosiva apreciación retrata la miseria de nuestro debate público: no nos importa la validez del razonamiento ni el esclarecimiento de lo real, sino vencer al antagonista a cualquier precio, utilizando la falacia y el agravio como atajos para enmascarar nuestra propia indigencia argumentativa.
Lejos de amedrentarse ante el desacuerdo, el pensamiento medieval entendió que la confrontación teórica era el fuego donde se purificaba el saber. Durante siglos, las universidades ejercitaron la disputatio, una metodología donde la discrepancia se asumía como una herramienta indispensable para depurar el intelecto. Filósofos de la talla de Santo Tomás de Aquino estructuraron sus magnas obras, entre ellas la Summa Theologiae, bajo la dinámica rigurosa de presentar exhaustivamente las objeciones contrarias antes de fundamentar una solución. En esa misma línea de rigor procedimental, Juan Duns Escoto aseveró en su Ordinatio que «la ciencia humana no alcanza un saber perfecto, sino solo por el ejercicio del intelecto» (Duns Escoto, 1950, prol. q. 3). La confrontación entre tesis e hipótesis demostraba que el conocimiento no es un patrimonio estático ni una iluminación pasiva, sino el fruto de un esfuerzo metódico capaz de superar las resistencias del propio sesgo. Cuestionar las ideas preconcebidas no destruía la fe en el saber; al contrario, constituía la única vía honesta para elevar la inteligencia por encima del dogma ciego.
Durante el apogeo ilustrado, la tarea de someter la opinión individual a la prueba del escrutinio colectivo trascendió los claustros académicos y se erigió en el motor emancipador de la sociedad civil. Immanuel Kant, en su célebre opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, argumentó que el progreso civilizatorio exige abandonar la minoría de edad mediante el coraje de pensar de manera autónoma. Al plasmar el célebre imperativo «¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!» (Kant, 2004, p. 83), el filósofo germano no defendía una arbitrariedad individualista, sino la obligación cívica de someter los juicios al debate razonado dentro de una comunidad de lectores libres. La esfera pública nacía así como un ideal donde el argumento mejor construido, y no la autoridad dogmática o la coacción, debía guiar las decisiones colectivas.
No obstante, la promesa emancipadora de la razón pública terminaría sofocada por las tramas invisibles del poder y la hipertrofia de los medios masivos. El orden discursivo dejó de ser un terreno neutral para transformarse en un espacio fuertemente disciplinado y mercantilizado. Michel Foucault, en El orden del discurso, desenmascaró los mecanismos de exclusión y control que operan en las sociedades al sostener que «en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos» (Foucault, 1992, p. 14). La conversación social no fluye libremente, sino que responde a límites invisibles impuestos por instituciones y hegemonías que determinan de antemano qué es admisible pensar y quién tiene la legitimidad para hablar. Esta domesticación del discurso halla su expresión más feroz en la sociedad contemporánea, caracterizada por la sustitución de la experiencia viva por la imagen. En La sociedad del espectáculo, Guy Debord vislumbró esta alienación radical al aseverar que «todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación» (Debord, 1999, p. 37). En un mundo donde la realidad cede su lugar a la escenificación, el diálogo auténtico se disuelve; no dialogamos con seres humanos reales, sino con caricaturas mediáticas, consumiendo consignas simplificadas y reduciendo el debate colectivo a una escenografía de simulacros.
A este tamiz político se añade la quiebra ontológica del concepto mismo de verdad, cuya crisis desembocó en un relativismo cómodo y en un atrincheramiento tribal. Cuando la idea de lo verdadero pierde su anclaje en lo real, las convicciones individuales se sacralizan como dogmas inexpugnables. Friedrich Nietzsche, en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, anticipó de forma mordaz la fragilidad de nuestros constructos conceptuales al definir la verdad como «un ejército en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos» (Nietzsche, 2006, p. 25). Al perderse la conciencia de que nuestros conceptos son ficciones útiles que requieren una constante revisión crítica, el ser humano convierte sus metáforas particulares en trincheras ideológicas. Se renuncia al esfuerzo de someter las premisas al contraste con la realidad, prefiriendo la seguridad cobarde de los prejuicios compartidos. La discusión se torna así en un ajuste de cuentas donde la discrepancia ya no representa una invitación a filosofar, sino una amenaza existencial que debe ser fulminada.
Frente a las cenizas del siglo XX, marcadas por la barbarie totalitaria y el adoctrinamiento de masas, la preocupación por rescatar la palabra viva cobró un matiz de urgencia dramática. Hannah Arendt, en La condición humana, situó la palabra y la acción en el centro mismo de la pluralidad política, manifestando que «con la palabra y el acto nos insertamos en el mundo humano» (Arendt, 2005, p. 201). Para Arendt, la renuncia a hablar significativamente con otros equivale a la destrucción del espacio intersubjetivo, atroz antesala del totalitarismo. En una sintonía complementaria, Jürgen Habermas formuló su Teoría de la acción comunicativa, enfatizando la necesidad de una racionalidad procedimental volcada al entendimiento mutuo. De acuerdo con Habermas, «el concepto de acción comunicativa remite a la interacción de al menos dos sujetos capaces de lenguaje y de acción que entablan una relación interpersonal» (Habermas, 1987, p. 124). La validez de cualquier proyecto democrático depende de la calidad deliberativa de sus ciudadanos y de su disposición sincera a dejarse convencer por la fuerza del mejor argumento, libre de toda violencia o manipulación ideológica.
Ahora bien, restablecer la conversación exige traspasar los límites formales de la lógica para adentrarse en la dimensión hermenéutica y ética de la alteridad, puesto que hablar verdaderamente requiere albergara al otro en su radical diferencia. Hans-Georg Gadamer, en Verdad y método, definió la comprensión interpersonal como una experiencia donde los horizontes individuales se expanden, expresando que «comprender es siempre el proceso de fusión de estos horizontes presuntamente aislados entre sí» (Gadamer, 1993, p. 377). Esta fusión resulta irrealizable si el interlocutor es percibido como un rival a instrumentalizar. La filosofía dialógica de Martin Buber ilumina esta exigencia en Yo y Tú, al afirmar rotundamente que «toda vida verdadera es encuentro» (Buber, 1977, p. 15). Cuando las relaciones humanas se degradan en un vínculo cosificador —un intercambio entre un «Yo» y un «Ello»—, la palabra se vuelve fría y utilitaria. A esta advertencia se suma la voz de Emmanuel Levinas, quien desde Totalidad e infinito apela al imperativo ético de la otredad al sostener que «el rostro me habla y por ello me interpela» (Levinas, 1977, p. 211). La sola presencia del rostro ajeno quiebra la autosuficiencia de nuestro ego, prohibiéndonos reducir la complejidad del ser humano a una mera etiqueta conceptual.
Semejante exigencia ética choca frontalmente contra las dinámicas de la era digital contemporánea, donde el diálogo ha sido devorado por la vorágine algorítmica y el imperativo de la visibilidad inmediata. Las plataformas interactivas, diseñadas bajo la utopía irónica de interconectar al planeta, terminaron levantando muros invisibles de aislamiento y tribalismo. Las cámaras de eco y los sistemas de recomendación procesan nuestros sesgos para alimentarnos únicamente con aquello que halaga nuestro ego, expulsando de la pantalla cualquier matiz incómodo. En La expulsión de lo distinto, Byung-Chul Han retrata con precisión esta patología de la atención al subrayar que «la escucha no es un acto pasivo, sino que requiere una atención activa, una acogida al otro en su alteridad» (Han, 2017, p. 125). Sin el silencio interior que permite albergar el pensamiento ajeno, la interacción digital degenera en una estampida de voces frenéticas donde triunfan la indignación efímera, el eslogan agresivo y el aplauso automatizado. Nos hemos convertido en sordos hiperconectados que gritan en la oscuridad de sus propios espejos.
Frente a este desierto de amplificadores y aplausos cautivos, la filosofía no puede actuar como un sedante ni como una simple espectadora complaciente. El verdadero desafío de nuestra época consiste en romper el hechizo de las certezas prefabricadas y tener la osadía de mirar al otro no como un enemigo a batir, sino como el único espejo capaz de rebelarnos nuestra propia humanidad. ¿Nos resignaremos a languidecer en esta orquestación de monólogos estridentes, celebrando el eco de nuestra propia ignorancia mientras la convivencia civilizada se desmorona en el desprecio mutuo? ¿Seremos capaces de desarmar la soberbia del juicio intempestivo y abrazar la humilde sospecha de que la razón, acaso, habita en la palabra del diferente? Si renunciamos a la fragilidad de dejarnos transformar por la verdad ajena, ¿qué nos queda de humanos en esta era de certezas desalmadas?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
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- Gadamer, H.-G. (1993). Verdad y método (Vol. I; Trad. A. Agud Aparicio y R. de Agapito). Sígueme.
- Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa (Vol. I; Trad. M. Jiménez Redondo). Taurus.
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- Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad (Trad. D. E. Guillot). Sígueme.
- Nietzsche, F. (2006). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros ensayos (Trad. L. M. Valdés Villanueva). Tecnos.
- Platón. (2000). Apología de Sócrates (Trad. C. García Gual). Gredos.
- Schopenhauer, A. (2002). El arte de tener razón: expuesto en 38 estratagemas (Trad. F. C. Vevia Romero). Edaf.
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