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¿Cómo se perdió el eco eterno de la belleza?- Lisandro Prieto Femenía

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“La belleza es el esplendor de la verdad”

Platón, Fedro, 250d.

Hoy quiero invitarlos a reflexionar en torno a un asunto estético fundamental. Desde los albores del pensamiento occidental, la belleza ha sido un tema central de la especulación filosófica. No se ha abordado como una simple cualidad superficial o un capricho sensorial, sino como un concepto fundamental vinculado a la verdad, la moralidad y la estructura misma de la realidad. El camino de la estética, disciplina que estudia la esencia y la percepción de la belleza y el arte, es un viaje a través de la historia del pensamiento humano, revelando cómo cada época ha buscado comprender lo que nos conmueve y eleva.

Bien sabemos que desde la antigua Grecia, la belleza (kalós) no era un mero atributo, sino un ideal. Para Platón, la belleza sensible era un reflejo pálido de la Belleza en sí, una Idea eterna e inmutable que existía en un mundo suprasensible. En el “Banquete”, Platón describe un ascenso gradual, un viaje del alma desde la belleza de un cuerpo individual hasta la belleza de las almas, las leyes y las ciencias, culminando en la visión de la Belleza en sí, que “es siempre y no deviene, ni perece, ni aumenta, ni disminuye” (211a). Este concepto vinculaba la belleza a la perfección, la simetría y la armonía, un eco de un orden cósmico superior.

Por su parte, Aristóteles, aunque más terrenal, no abandonó esta noción de orden. Para él, la belleza residía en la proporción, el orden y la magnitud de los objetos. En la “Poética”, argumentó que “para ser bello, un ser vivo, o cualquier cosa compuesta de partes, debe tener no sólo esas partes en un orden particular, sino también una magnitud particular” (1450b). Esta perspectiva se manifestará en la escultura clásica, donde la perfección de la figura humana, como el Doríforo de Policleto, superaba la noción de realismo en tanto que pretendía encarnar un ideal matemático y armónico supremo.

También, el pensamiento medieval reinterpretó la estética clásica a través del prisma de la teología. La belleza terrenal era considerada una manifestación de la perfección divina. Al respecto, Tomás de Aquino definió la belleza en el contexto de lo trascendental, en tanto que un objeto es bello si cumple tres condiciones: integridad o perfección (integritas), proporción o consonancia (consonantia) y claridad o resplandor (claritas). Este último término, el “esplendor de la forma sobre las partes proporcionales de la materia”, conectaba la belleza a la luz de la revelación de la verdad divina. El arte gótico, por ejemplo, con sus catedrales que se elevaban hacia el cielo y sus vidrieras que filtraban la luz, es la materialización de este ideal.

Posteriormente, el Renacimiento no rompió con este legado, sino que más bien lo humanizó. La belleza seguía siendo un reflejo de un orden superior, pero ahora el ser humano, como medida de todas las cosas, era el protagonista. El arte se convirtió en la búsqueda de la perfección formal y la expresión de la armonía. Puntualmente, en su tratado titulado “De Pictura”, Alberti definía la belleza como “la armonía y la concordia de todas las partes unidas de tal manera que nada puede ser añadido, quitado o cambiado sin empeorar el conjunto”. El “David” de Miguel Ángel, o la “Última Cena” de Leonardo, son ejemplos de esta búsqueda de la perfección ideal, donde la figura humana es el vehículo para expresar la gracia, la fuerza y la belleza del alma.

Consecuentemente, el Iluminismo llevó esta veneración por la forma y el orden al plano de la razón. Autores como Immanuel Kant, en su “Crítica del Juicio”, buscaron una fundamentación racional para el juicio estético. Para él, la belleza no es una cualidad inherente al objeto, sino una experiencia subjetiva. El juicio de lo bello es un “placer desinteresado”, una sensación que produce un libre juego entre nuestra imaginación y nuestro entendimiento. A diferencia de las épocas precitadas, Kant separaba la belleza de lo útil, lo bueno y lo verdadero, defendiendo su autonomía y universalidad, aludiendo a un “sentido común estético”.

Pues bien, queridos lectores, habiendo realizado este pequeñísimo recorrido histórico, tenemos que enfrentarnos a la contraposición entre la grandeza estética de ese pasado glorioso y la vacuidad de ciertas expresiones posmodernas, que se hace palpable al comparar obras maestras de la escultura con las propuestas supuestamente disruptivas de la contemporaneidad. El “David” de Miguel Ángel, una colosal talla en mármol que irradia fuerza, proporción y una idealizada belleza masculina, encarna la aspiración renacentista a la perfección formal y a la representación del espíritu humano en su máxima expresión. Cada músculo tensado, cada curva delicada, contribuye a una armonía visual que trasciende la simple anatomía para alcanzar una cualidad casi divina. Al respecto, Ernst Gombrich explicitó, en su obra “La historia del arte”, que “Miguel Ángel había concebido su David como un gigante, cuyo vigoroso cuerpo albergaba un alma no menos vigorosa” (p. 204).

De manera similar, la gracia melancólica y la complejidad psicológica que Leonardo Da Vinci imbuyó a sus esculturas, aunque menos numerosas que las de Miguel Ángel, reflejan una profunda comprensión de la anatomía y de la emoción humana. Sus estudios preparatorios y los bocetos revelan una búsqueda constante de la belleza ideal a través de la observación meticulosa y la exploración científica del cuerpo. En sus propios cuadernos, Leonardo afirmaba que “la belleza perece en la vida, pero es inmoral en el arte”.

Ante esto, queda preguntarse: ¿Cómo contrastan estas obras, que requirieron años de dedicación, maestría técnica y una profunda inmersión en la tradición artística y filosófica, con una banana pegada a una pared con cinta de construcción? La obra de Cattelan no demanda ninguna habilidad artesanal, ni se inspira en ideales de belleza y proporción. Su valor reside únicamente en la provocación, en la burla hacia el sistema del arte y en la capacidad del artista para generar atención mediática. Esta disparidad no es simplemente una cuestión de gustos subjetivos, sino que señala una fractura en la propia concepción de lo que el arte decidió dejar de ser.

La misma dicotomía se manifiesta en el ámbito de la arquitectura. Las catedrales góticas, con sus elevadas bóvedas, sus intrincados vitrales y la sensación de trascendencia que evocan, son testimonios de una estética que busca la belleza en la proporción divina y la elevación del espíritu. La Catedral de Chartres, por ejemplo, con su perfecta armonía entre estructura y decoración, es un ejemplo paradigmático de cómo la arquitectura medieval aspiraba a ser una representación terrenal del orden terrenal. Como describe Henri Focillon en “La vida de las formas”, “la arquitectura gótica es un organismo de luz y piedra, donde cada elemento, por humilde que sea, concurre a la expresión de una idea dominante” (p. 97).

El Renacimiento y el Iluminismo continuaron esta búsqueda de la belleza, a través de la proporción y la armonía, aunque con una renovada atención a los cánones clásicos y a la racionalidad. Los palacios renacentistas, con sus fachadas equilibradas y sus patios interiores ordenados, o los edificios neoclásicos, con su rigor geométrico y su referencia a los modelos de la antigüedad, buscaban encarnar los ideales de orden, claridad y belleza perdurable. Pensemos simplemente en la Villa Rotonda de Palladio o en el Panteón de París para darnos una idea cabal de lo que estamos enunciando.

En contraste, gran parte de la arquitectura posmoderna parece celebrar la fragmentación, la deconstrucción y la negación de cualquier principio estético trascendente y unificador. Edificios que parecen ensamblajes aleatorios de formas y materiales, que desafían la funcionalidad y la coherencia visual, se erigen como manifestaciones de una estética de la discontinuidad. Si bien la experimentación y la innovación son importantes, la ausencia de una búsqueda de la armonía y la belleza puede conducir a un caos visual que resulta alienante y desprovisto de significado aparente y trascendente. La carencia de una narrativa estética clara en muchos edificios contemporáneos, contrasta fuertemente con la elocuencia pétrea en las construcciones del pasado, que hablaban de la cosmovisión y los valores de su tiempo.

Como habrán podido apreciar, caros lectores, lo que estamos realizando aquí es una crítica a la estética de la desolación y el sinsentido. El declive de la belleza como fin último en el arte posmoderno no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de un profundo cambio en la cosmovisión occidental. El individualismo extremo ha reemplazado el sentido de lo colectivo, y con él, el arte ha dejado de ser un espejo de valores compartidos para convertirse en la expresión de la subjetividad atomizada del artista. Lo que antes buscaba un ideal universal, ahora se limita a la autorreferencia. La distancia con lo divino o lo trascendente es total, significando esto que el arte ha perdido su papel como puente entre lo terrenal y lo espiritual, convirtiéndose en un objeto de consumo más, a menudo efímero y sin arraigo.

Esta estética del bodrio, es decir, del “todo vale”, también revela una profunda pereza en el oficio. La maestría técnica, la dedicación y el conocimiento de la tradición, pilares del arte en el Renacimiento o la Edad Media, han sido devaluados en favor del capricho individual que más que querer expresar algo sublime, sólo quiere llamar la atención. El “genio”, al que le dedicaremos una reflexión aparte en otra oportunidad, ya no se mide por la capacidad de dominar un material o una técnica, sino por la habilidad de generar un concepto que provoque, moleste y venda. Las horas invertidas en perfeccionar una talla, un fresco o una bóveda son sustituidas por la rapidez y el efectismo de una instalación de un mingitorio en una sala del museo.

Finalmente, la cultura se ha volcado de lleno en la obsesión por la novedad absurda como único motor de la creatividad. La originalidad se confunde con excentricidad, y el valor de una obra reside en su capacidad para sorprender, por trivial o burdo que sea el medio. Esta obsesión por “lo nuevo”, sin importar su calidad o significado, ha creado un ciclo de consumo estético que rápidamente desecha lo anterior en favor de lo siguiente, sin dejar tiempo para la reflexión o la apreciación duradera. La banana de Cattelan no es solo un objeto, es el síntoma de una sociedad que ha olvidado que la belleza no es un antojo de la moda, sino una aspiración profunda del espíritu humano.

Por último, amigos míos, los dejo con algunas preguntas para incentivar la reflexión. ¿Es el abandono de la belleza como ideal un síntoma del nihilismo cultural más profundo? ¿Qué significa para una sociedad valorar una banana pegada a una pared más que la proporción perfecta de una escultura renacentista? Si la belleza es un “placer desinteresado”, como propuso Kant, ¿cómo podemos hablar de placer en una obra que se fundamenta en el desprecio por la forma y en la provocación? ¿Es posible que la búsqueda de lo bello no sea un acto de elitismo, sino una necesidad humana fundamental, un anhelo de sentido, orden y buen gusto en un mundo caótico, pintado intencionalmente con fealdad por la moda perezosa y adolescente e inmadura como la postmodernidad?

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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