Opinet
Venezuela como escenario del verdadero “Superhombre”
Por: Lisandro Prieto Femenía
«Todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los otros». Emmanuel Levinas (1991, p. 86)
Como planteamos en nuestro anterior artículo, cuando la tierra se estremece, no sólo se abren grietas en el asfalto o colapsan los cimientos de los rascacielos, sino que también se fracturan las estructuras conceptuales sobre las cuales edificamos nuestras certezas cotidianas. El doble terremoto que sacudió a nuestros hermanos venezolanos el pasado 24 de junio, dejando a su paso un rastro desolador de destrucción, pérdidas irreparables y miles de personas sepultadas bajo el peso de su propia historia material, constituyó mucho más que un desastre geológico. Se trató de un quiebre de carácter existencial. Bajo la pesadumbre del cemento demolido en el Estado de La Guaira y en el corazón de Caracas, la vieja pregunta sobre qué es lo que verdaderamente sostiene al ser humano cuando todo lo construido se desmorona volvió a emerger con una urgencia hiriente. En estos instantes de desamparo absoluto, donde la técnica y el estatus se revelan inútiles, surge la necesidad de interrogar la esencia de nuestra fuerza y de cuestionar si las filosofías de poder individualista realmente nos sirven para habitar el abismo.
La tradición intelectual de Occidente ha intentado, con frecuencia, resolver la fragilidad de nuestra condición mediante una apelación a la trascendencia del individuo, a una suerte de autoafirmación indomable frente a la hostilidad del entorno. Fue Friedrich Nietzsche quien, sirviéndose de la voz de su profeta de la montaña, proclamó ante una multitud desatenta una de las sentencias más influyentes del pensamiento moderno cuando en su obra maestra “Así habló Zaratustra” afirmó: “Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?” (Nietzsche, 1981, p. 34). Esta exhortación, que históricamente ha sido interpretada bajo la óptica de la dominación, del triunfo del yo sobre las circunstancias y de una voluntad de poder que se impone sobre la supuesta debilidad ajena, parece tambalearse cuando se la confronta con el polvo asfixiante de una catástrofe real. El superhombre, entendido como un titán solitario, una escultura de autosuficiencia egoísta que desprecia la vulnerabilidad común, carece de herramientas para escarbar entre los escombros. Su voluntad de señorío se vuelve muda frente al dolor de un familiar atrapado en la oscuridad, pues la fuerza desprovista de compasión es incapaz de abajarse para rescatar aquello que considera inferior.
Los límites éticos del precitado paradigma de la autoafirmación egoísta se manifestaron con claridad perturbadora en el propio escenario de la tragedia de Catia La Mar. En medio de la desesperación colectiva, cuatro basuras con el cargo de agentes del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, decidieron desviar su misión de asistencia humanitaria para apropiarse de dinero en efectivo de color verde que yacía entre las ruinas de las viviendas derrumbadas (Clarín, 2026). Este acto despiadado, que desató una honda indignación a nivel internacional, revela la cara más lúgubre de una existencia que asume la vida como un espacio de conquista individualista y supervivencia del más apto. Estas escorias, que usaron su uniforme no para proteger sino para saquear el dolor ajeno, encarnan a la perfección lo que el propio filósofo alemán denominó el “último hombre”, ese ser que busca el provecho inmediato, el confort y la minimización del riesgo a costa de lo que sea, reduciendo la existencia a un frío cálculo de beneficio personal. Su acción dista de ser una simple infracción penal, sino que representa la degradación ontológica que ocurre cuando la alteridad es anulada y el sufrimiento del otro es visto meramente como una oportunidad para el lucro individual.
Esta degradación moral se proyectó de manera sistemática sobre las ruinas, acentuando el contraste entre la rapacidad de estos carroñeros y el desamparo digno de la ciudadanía sufriente. En La Guaira, las denuncias contra uniformados por sustraer divisas de los hogares destruidos desataron una ira popular tan honda que los propios testigos de la tragedia arrebataron los billetes de las manos de las “autoridades” policiales para romperlos públicamente ante la mirada atónita de los transeúntes (La Nación, 2026). Como podrán apreciar, queridos lectores, con esta escena resplandece el gesto colectivo genuino, que prefiere aniquilar el valor de cambio antes que permitir que se alimente de la carroña del desastre, una insubordinación ética realmente formidable. Al mismo tiempo, mientras las fuerzas del orden abdicaban de su cometido fundamental, la orfandad de los sobrevivientes se agudizaba ante la parsimonia de la burocracia asesina. Testimonios desgarradores como el del rescatista voluntario Miguel Poleo, quien buscaba febrilmente a sus seres queridos bajo el polvo de Caraballeda, exponen la crudeza de esta desidia con palabras desesperadas: “Hace días avisamos que hay sobrevivientes. Tocan, piden ayuda, pero vienen un rato y se van. No colaboran” (La Nación, 2026). Esta inacción cómplice y la instrumentalización de la muerte por parte de la estructura estatal reafirman que la lógica de dominación del individuo autosuficiente, cuando se enquista en las instituciones, deshumaniza por completo las bases de la convivencia.
Frente a esa penumbra moral, el verdadero sentido de la superación humana se abrió paso en el mismo escenario, aunque a través de una dirección opuesta y luminosa. Durante más de ciento catorce horas consecutivas, un contingente de rescatistas de diversas nacionalidades, entre los que destacaron brigadistas de Argentina, Costa Rica, El Salvador, Chile, México y otros países- unió sus fuerzas en una faena milimétrica que desafiaba las leyes de la fatiga (La Voz del Interior, 2026). El objetivo de este descomunal despliegue, que implicó la remoción manual de más de ciento cuarenta toneladas de escombros inestables, era devolver a la superficie a Hernán Gil, un guardia de seguridad de 43 años que permaneció atrapado durante 8 días en la garita sepultada en un centro comercial (El País, 2026). Quienes se adentraron en aquellos espacios claustrofóbicos donde nadie se atrevía a ingresar, arriesgando su propia integridad por salvar la vida de un extraño, no operaban bajo la lógica de la dominación o de la supremacía del yo. Por el contrario, su heroísmo se funda en una entrega extrema, un vaciamiento de sí mismos para sostener la existencia amenazada del “otro”.
Esta constelación de voluntades nobles desarma la noción de frontera geopolítica, demostrando que la proximidad ética no se constriñe a la cercanía física ni a las adscripciones ideológicas o políticas. El llamado del rostro sufriente posee la fuerza de suspender las distancias continentales para movilizar conciencias en tareas que, aún estando desprovistas de la espectacularidad de los túneles de rescate, resultan indispensables para sostener la vida. En México, por ejemplo, colectivos de la sociedad civil como la Brigada de Rescate Topos formularon una convocatoria urgente a la ciudadanía para sumarse a los centros de acopio en Iztapalapa y Benito Juárez con la finalidad de clasificar, etiquetar y embalar las toneladas de insumos médicos y de primeros auxilios destinadas al puente humanitario (Infobae, 2026). Al instar a la comunidad bajo la premisa de que “tu tiempo puede hacer la diferencia para que la ayuda llegue de forma organizada y oportuna a quienes más lo necesitan” (Topos México, citado en Infobae, 2026), se evidencia que la responsabilidad por el otro se ejerce tanto en la oscuridad asfixiante de una fosa de concreto como en la meticulosa y callada organización de una caja de víveres a miles de kilómetros. Esta microfísica del cuidado, coordinada por ciudadanos comunes que donan su tiempo bajo la única consigna de la compasión, hila un tejido ético invisible que rompe la autarquía individualista y envuelve la fragilidad del semejante en una red transnacional de amparo.
Semejante entrega nos obliga a redefinir el concepto de “poder”. La fuerza auténtica del ser humano no se halla en su capacidad para elevarse por encima de los demás o para someter la naturaleza a su capricho, sino en el acto ético de la responsabilidad incondicional. En su obra clásica sobre los vínculos humanos, “El arte de amar”, Erich Fromm nos explicó que el amor, lejos de ser un sentimiento pasivo en el que simplemente se cae por azar, constituye “un poder activo en el hombre; un poder que rompe las paredes que separan al hombre de sus semejantes, que lo une con los demás” (Fromm, 1959, p. 28). Este poder activo, que se manifiesta en la solidaridad inquebrantable de los rescatistas que cavaron túneles en la oscuridad para suministrar agua y aire al sobreviviente con una jeringa, es el único que verdaderamente nos arranca de la insignificancia. Se trata de una fuerza que no está buscando el aplauso, los likes en las redes sociales ni el enriquecimiento, sino que responde al llamado imperativo de una vida que pende de un hilo. Si eso no es ser un superhéroe, ¿entonces qué es?
La precitada persistencia de la entrega adquiere un cariz aún más estremecedor allí donde la vida ya ha sido apagada por el desastre, revelando que el imperativo ético excede incluso los límites de la supervivencia biológica. En la parroquia de San Bernardino, bajo las ruinas del desplomado edificio Rita, la labor de rescate no se orienta hacia el júbilo de un milagro sonoro, sino hacia la callada gravedad de la pérdida absoluta. Un informe de prensa internacional detalla cómo decenas de voluntarios, estudiantes y vecinos remueven con desesperación toneladas de mampostería inestable con la penosa tarea de recuperar restos humanos de una estructura donde, de manera trágica, “más del 90% de quienes estaban allí murieron” (Infobae, 2026). ¿Qué impulsa a un ser humano a descender a esos sótanos asfixiantes, rodeados por el olor a descomposición y el riesgo de nuevos colapsos, cuando la esperanza del latido se ha desvanecido por completo? En este punto, el desinterés ético se depura de cualquier rastro de utilitarismo pragmático. Recuperar un cuerpo sin vida no genera gratitud ni ofrece un beneficio tangible al rescatista, pero constituye, sin embargo, el acto supremo de dignificación del “otro”, la afirmación de que ese ser humano no será abandonado al olvido o a la asimilación muda del escombro que será arrastrado eventualmente por las máquinas. La porfía silenciosa en San Bernardino se revela así como una extensión profunda de esa misma solidaridad extrema, demostrando que el vínculo ontológico no se quiebra ni siquiera ante el umbral de la muerte.
A la luz de estas acciones hermosas y desesperadas, la filosofía de Emmanuel Levinas nos proporciona una clave hermenéutica crucial para comprender que el acceso al misterio del ser no se realiza mediante la contemplación teórica o la afirmación del propio ego, sino en el encuentro con el rostro del otro en su extrema precariedad. El rostro del herido, del sepultado, e incluso el rostro ausente de quien ha perecido, nos interpela de manera ineludible y previa a cualquier decisión racional. En su obra “Humanismo del otro hombre”, el pensador de origen lituano sostiene que la subjetividad humana nace precisamente en ese instante en que nos descubrimos rehenes del sufrimiento del prójimo, obligados a responder por él sin esperar nada a cambio. Al escuchar la voz de un sobreviviente o al buscar los restos silenciados bajo toneladas de ladrillos, quienes remueven las piedras no se enfrentan a un obstáculo técnico que resolver, sino a una demanda ética inalienable que exige una respuesta inmediata. El verdadero “superhombre” no es, por tanto, el conquistador nietzscheano que se desentiende de la fragilidad del mundo para esculpir su propio destino de poder, sino aquel que asume la carga inasumible del dolor ajeno y descubre que su libertad más alta radica en su capacidad de sustituir, de hacerse responsable de la vida del otro hasta el límite de sus propias fuerzas físicas, anímicas y espirituales. De hecho, en el texto citado, el autor plantea que “el hombre libre está consagrado al prójimo, nadie puede salvarse sin los otros. El dominio reservado del alma no se cierra desde el interior” (Levinas, 2005, p. 110).
La tragedia de Venezuela se nos presenta como un espejo implacable de nuestro tiempo. Nos sitúa frente a una disyuntiva radical: podemos elegir el camino de la rapiña moral y del individualismo mezquino que carcome los despojos entre los escombros, o podemos abrazar la herida del mundo y reconocer que nuestra única posibilidad de trascender estriba en el lazo de la solidaridad incondicional. Aquellos hombres y mujeres que doblaron sus espaldas bajo el sol para levantar vigas y cascotes nos demostraron que el amor extremo, la empatía que se niega a claudicar ante el cansancio y el dolor compartido, constituyen el verdadero y único “súper-poder” del que dispone nuestra especie. No hay mayor altura filosófica que aquella que se alcanza de rodillas, con las manos ensangrentadas por el roce de la piedra y el acero, intentando devolver el aliento o la identidad a quien la tierra y la desidia política pretendían devorar.
Al final, cuando las réplicas del sismo cesen y el polvo vuelva a asentarse sobre las costas, nos quedará la memoria de una humanidad que se negó a quebrarse bajo el peso del egoísmo. El milagro de la supervivencia de Hernán Gil o la dignificación de las víctimas de San Bernardino superan ampliamente lo que podamos entender como “triunfos” técnicos, forenses o de ingeniería de rescate, porque son el testimonio viviente de que somos seres constituidos para el encuentro, de que existimos porque hay otros dispuestos a no dejarnos morir en soledad o en el silencio de las ruinas. Si la herida del otro no nos conmueve, si somos capaces de contemplar el dolor ajeno sin sentir que nuestros propios cimientos se tambalean, entonces la verdadera catástrofe ya ha ocurrido en nuestro interior, mucho antes de que la tierra comenzara a temblar.
¿Qué es, entonces, lo que verdaderamente nos otorga la condición de humanos en un mundo indiferente y hostil? ¿Seguiremos midiendo nuestra grandeza por la altura de las torres que edificamos y por el poder que acumulamos para dominarnos mutuamente, o seremos capaces de comprender que el único abismo insuperable es aquel que abrimos cuando le damos la espalda al rostro del que sufre y clama? Si el verdadero superhombre es aquel que sostiene el peso del mundo con los brazos de la solidaridad, ¿no será que nuestra obstinada búsqueda de políticos salvadores y héroes de ficción es sólo el síntoma de nuestra cobardía para asumir la inmensa responsabilidad de amarnos los unos a los otros entre las ruinas del presente?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
- Clarín. (1 de julio de 2026). La indignación de los rescatistas en Venezuela al descubrir a un policía que se robaba dólares de los escombros. Clarín. https://www.clarin.com
- Deutsche Welle. (2 de julio de 2026). Un sobreviviente es rescatado en Venezuela ocho días tras los terremotos. DW. https://www.dw.com
- El País. (2 de julio de 2026). Medio mundo al rescate de Hernán: más de 100 personas de 10 países tratan de salvar a un venezolano tras una semana bajo los escombros. El País. https://elpais.com
- Fromm, E. (1959). El arte de amar. Editorial Paidós.
- Infobae. (2 de julio de 2026). Infobae en Venezuela: voluntarios trabajan para recuperar restos humanos entre los escombros de un icónico edificio: “Más del 90% de quienes estaban aquí murieron”. Infobae. https://www.infobae.com
- Infobae. (2 de julio de 2026). Topos México solicita voluntarios para centros de acopio para enviar ayuda humanitaria a Venezuela. Infobae. https://www.infobae.com
- La Nación. (1 de julio de 2026). Voluntarios buscan sobrevivientes del terremoto en Venezuela y denuncian a policías por saquear edificios destruidos. La Nación. https://www.lanacion.com.ar
- La Voz del Interior. (26 de junio de 2026). Rescatistas cordobeses salvan vidas en el desastre de Venezuela: «Ingresamos a lugares donde no se animan». La Voz. https://www.lavoz.com.ar
- Levinas, E. (1991). Ética e infinito (P. Nemo, Entrevistador). Editorial Visor.
- Levinas, E. (2005). Humanismo del otro hombre (D. E. Guillot, Trad.). Siglo XXI Editores.
- Nietzsche, F. (1981). Así habló Zaratustra: Un libro para todos y para nadie (9.ª ed.). Alianza Editorial.
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EN EL SALVADOR PASA ALGO MUCHO MÁS PROFUNDO
Por: Francisco Martínez
El libro que nos comparte Yossi Abadi, es el autorretrato novelado de una nación que tocó fondo, que levantó la cabeza y a lo salvadoreño enfrentó sus quimeras y se atrevió a soñar, y a soñar en grande, construir un gran país.
El relato que Yossi nos cuenta, con toques de realismo mágico, es el testimonio de alguien que vino a este paisito aventurando, por curiosidad, corriendo riesgos, llegó por unos días sin decir a su familia que estaba acá y terminó atrapado, prendado por la resistencia, resiliencia, gallardía, pundonor y bravura libertaria del pueblo salvadoreño.
Es una historia contada desde la mirada humilde y ambiciosa del ciudadano salvadoreño de a pie en su día a día, desde la calle, cuenta aspectos, no públicos, desde los ejecutores de la política del cambio; no ignora la opinión de los detractores del proceso, tanto locales y en particular de los extranjeros; sin ignorar ni falsear la historia inmediata político social del país.
Su escrito asume una verdad social histórica, la guerra civil resultó de las injusticias y desigualdades, le siguió la posguerra que legó un modelo de solución negociada de conflictos celebrado internacionalmente pero sin mantra local; el dolor, las desigualdades, las crisis de vidas se profundizaron, aquel país forjado por la guerra permaneció por la falta de reflexión colectiva sobre los Por Qué de la guerra que fue soportada en una narrativa controlada que evitaba el fondo del asunto y evitaba se mirara a los responsables, mientras las elites restauraban su poder.
Políticos e instituciones, aupados desde fuera por la política de control blando, se casaron con el sacrosanto mito de la democracia funcional, la de lo políticamente correcto, donde la formalidad y las formas lo son todo; no les importó que el país se deslizara en una vorágine sangrienta, optaron por la omisión y la desidia, lo que llevó a la instauración de la república de las pandillas donde la violencia no vestía el humeante verde olivo de los setentas y ochentas sino, que esta vez se vestía de tatuajes, los números y las letras, ese era el pedo, qué onda eh.
Cero Crimen cuenta el proceso de cómo se gestó y ejecutó un cambio, de cómo un líder: Nayib Bukele, con una narrativa esperanzadora y disruptiva ganó gradualmente la confianza ciudadana y democráticamente desplazó el viejo orden para instaurar uno nuevo, un orden de seguridad y desarrollo; relata cómo con una política innovadora de seguridad una startup politic y usando todo el poder del Estado hizo posible para El Salvador pasar de ser la capital mundial del crimen a ser el país más seguro del hemisferio occidental, esa es la experiencia que cuenta Yossi desde un enfoque humano, con la lupa de alguien que viaja por el mundo, desde un ciudadano israelí que conoce la violencia, desde una visión empresarial, en una interrelación activa con salvadoreños acá y por el mundo.
Por las páginas del libro se puede ver que este cambio no se limitó a la guerra contra las pandillas, es una estrategia para desatascar las trampas que tenían atada el potencial de la economía, y ahí en ese escenario Yossi nos habla de cómo la seguridad es después de todo una moneda un resguardo de valor de la inversión, que permite atraer capitales de inversión y abre las puertas al regreso de los que tuvieron que irse, nos presenta un enfoque desenfadado (NO OFICIAL) respecto de los trasfondos de la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal y su uso como ancla de la nueva imagen y aviso de la transformación estatal y del renacer de un país.
Yossi destaca que la política del nuevo orden se basa en resultados, no en discursos, sino en acciones no en reuniones, con decisión y celeridad frente a los problemas desde una forma sin manuales ni formalidades, simplemente: hágase.
El libro, es una provocación al estudio critico de El Salvador para comprender el nuevo modelo de gobernanza con liderazgo fuerte y cercano al pueblo, es un relato ameno desde la visión particular de Yossi y su cariño y compromiso con este paisito.
Narra como El Salvador no solo sobrevivió, a la inestabilidad y al caos, sino que, desde esa realidad, asumió que no había más opción que diseñar la nueva arquitectura nacional, una que evite repetir o regresar al pasado, una nación que no sea desangrada por la violencia, una sociedad que se integre y supere las desigualdades, en donde no tengamos que tomar o entender porque alguien toma los fúsiles.

Francisco Martínez
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Analizando la relación entre la desmesura y el poder
Por: Lisandro Prieto Femenía
“Toda violencia en su calidad de medio, o es violencia que funda el derecho o es violencia que conserva el derecho” Walter Benjamin, Para una crítica de la violencia
Seguramente, alguna vez han escuchado el vocablo “hybris”, un concepto griego que denota la desmesura y el orgullo desafiante, no como un defecto del carácter en sí, sino como una categoría central en el pensamiento antiguo. En la mitología y la tragedia griega, la hybris no se manifestaba simplemente como soberbia, sino como una transgresión activa de los límites impuestos por los dioses y el orden cósmico. Esta “insolencia” conducía inexorablemente a la némesis, el castigo divino que restablecía el equilibrio.
La caída de Edipo, por ejemplo, ilustra cómo la ignorancia y la arrogancia de su destino lo llevaron a consumar los oráculos que intentaba evadir. Su destino, profetizado desde su nacimiento, era matar a su padre y casarse con su madre. Él, al conocer el oráculo, toma medidas extremas para evitarlo: abandona a quienes cree que son sus padres, el rey y la reina de Corinto. Sin embargo, en un acto de arrogancia e ignorancia (la hybris), sin saber que no eran sus verdaderos padres, se enfrenta a un hombre mayor en el camino y lo mata en un arrebato de ira, cumpliendo así la primera parte de la profecía. Más tarde, al resolver el enigma de la Esfinge y ser aclamado como héroe, se le ofrece el trono de Tebas y la mano de la reina viuda, Yocasta. Al aceptar el poder y el matrimonio, Edipo completa el círculo de su destino trágico. Su caída no es un simple castigo divino, sino el resultado directo de su intento de evadir el destino con orgullo, lo que lo lleva, sin saberlo, a cumplirlo. Pues bien, la hybris de Edipo reside en su creencia de que podría burlar a los dioses y al destino mediante su propia voluntad.
También, en la Ilíada de Homero, la hybris de Aquiles se manifiesta en su rechazo a entregar el cuerpo de Héctor a Príamo, una afrenta que viola los códigos de piedad y honor. El dios Apolo mismo, al ver la impiedad del héroes, lo increpa diciéndole “¡No tienes corazón, Aquiles! ¡No hay piedad en tu pecho, que te atreves a ultrajar al muerto!” (Homero, Ilíada, Canto XXIV). Es, justamente, el rechazo a reconocer la propia finitud humana frente al orden establecido, sea este divino o natural. Tal como señaló Cornelio Castoriadis en “La institución imaginaria de la sociedad”, “la hybris no es la desmesura de una “cosa” o una “fuerza”, sino la desmesura de la significación, del proyecto de dominio” (Castoriadis, 1975). Es, en definitiva, el proyecto de anular la alteridad y de imponer una voluntad única.
Ahora bien, el ejercicio del poder en la modernidad, despojado de los frenos divinos y heroicos del mito, revela una hybris de nueva índole. La soberbia de los gobernantes contemporáneos no sólo se manifiesta en la opulencia o la patética auto-glorificación, sino en la convicción de una capacidad ilimitada para moldear la realidad y a la ciudadanía según sus caprichos decadentes. Se trata de un menosprecio por la verdad y por el disenso, una negación de la complejidad social que se traduce en políticas inútiles, unilaterales, autoritarias y, a menudo, violentas. Este tipo de gobernante, imbuido de su propia infalibilidad, genera una profunda fragilidad en los vínculos sociales. La confianza mutua, el diálogo y el reconocimiento del otro como interlocutor válido se desvanecen. Lo que emerge es una relación de poder vertical, donde la única interacción permitida es la sumisión o el conflicto.
Esta desconexión tiene un correlato directo con la violencia reinante en la clase política global. La arrogancia del poder no es una causa aislada, sino un síntoma de una patología social más profunda. Como argumentó Walter Benjamin, la violencia puede ser vista no solo como un medio para un fin, sino como una expresión de la ley misma, cuando el poder se torna absoluto y pierde su legitimidad. Concretamente, en su ensayo titulado “Para una crítica de la violencia”, sostuvo que “toda violencia en su calidad de medio, o es violencia que funda el derecho o es violencia que conserva el derecho” (Benjamin, 1921). En este sentido, la hybris del gobernante es una forma de violencia que busca conservar un poder ilegítimo, perpetuando un círculo vicioso de coerción y resentimiento.
En el marco de nuestra reflexión, el caso de Antígona y Creonte, de la tragedia de Sófocles, ofrece una perspectiva crucial para entender la hybris en el ámbito estrictamente político. Creonte, gobernante de Tebas, encarna la hybris política en su forma más pura, puesto que tras la muerte de los hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, Creonte decreta que Eteocles sea honrado como un héroe, mientras que el cuerpo de Polinices, considerado un traidor, será dejado sin sepultura, una pena que viola las leyes divinas y los ritos funerarios griegos. Él mismo lo expresa al confrontar a Antígona: “Mi voluntad es la ley, y la ley es lo que conviene al Estado, y lo que conviene al Estado es la voluntad del gobernante” (Sófocles, Antígona, vv. 665-666).
Al anteponer su edicto a los designios de los dioses y a los lazos de sangre, Creonte comete una trasgresión monumental. Este acto de desmesura no sólo es una falta de moral, sino una ruptura con el orden cósmico. Su arrogancia lo ciega, impidiéndole ver las consecuencias de sus acciones, que culminan en la muerte de su hijo Hemón, de su esposa Eurídice y, finalmente, en su propia desolación. La némesis se manifiesta de manera inexorable, demostrando que ninguna ley humana, por más que emane del poder, pude subyugar las leyes de lo divino y la naturaleza. En definitiva, la tragedia muestra que el gobernante que no reconoce los límites de su poder, está condenado a la ruina.
El caso de Antígona, aunque a veces es interpretado como un acto de heroísmo, también puede ser analizado a la luz de la hybris. Su desmesura no es la del poder, sino la de la piedad. Su convicción de que las leyes divinas tienen primacía absoluta la lleva a desobedecer la ley del Estado de forma pública y desafiante. Al enterrar a su hermano, ella no sólo cumple un deber religioso, sino que también desafía frontalmente la autoridad de Creonte, demostrando un orgullo trágico en su propia rectitud. Si bien sus motivos son nobles, su inflexible adhesión a su propia verdad la lleva a un final violento, sacrificando así su vida y la de otros.
En este punto, me resulta imprescindible recordar la frase atribuida al General José de San Martín: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. La historia moderna está repleta de líderes que, al igual que los personajes trágicos precitados, sucumbieron a la hybris. El poder, una vez adquirido, puede desencadenar una visión magnificada de sí mismo en el gobernante, llevándolo a ignorar la crítica, despreciar el consejo y creerse infalible. Este fenómeno, denominado por el médico y político David Owen como el “síndrome de hybris”, se manifiesta con características como el desprecio a la opinión ajena, la exaltación personal y la creencia de que se es un instrumento divino o moralmente superior para llevar a cabo una misión.
Un caso paradigmático de hybris moderna es el del ex presidente estadounidense George W. Bush y su decisión de invadir Irak en el año 2003. A pesar de las advertencias de los inspectores de armas de la ONU y de la creciente oposición internacional, Bush y su administración justificaron la guerra basándose en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, una afirmación que resultó ser infundada. Aquí, la desmesura no radicaba sólo en la decisión militar, sino en la convicción mesiánica de que los Estados Unidos tenía la misión de liberar a Irak e imponer la democracia. Como señalan varios analistas alrededor del mundo, la arrogancia de Bush y su equipo los llevó a ignorar la complejidad de la situación, desestimar las posibles consecuencias y creer que la victoria sería rápida y sin complicaciones. Pues bien, este desprecio por la realidad y la confianza excesiva en su propio juicio son claros signos de hybris, y la némesis se manifestó en la prolongada guerra en un caos regional y una inestabilidad que perdura hasta nuestros días.
Otro ejemplo contemporáneo de hybris puede ser analizado en el contexto del conflicto en Gaza. Cientos de medios de comunicación han señalado que la inteligencia israelí, antes del ataque del 7 de octubre de 2023, sufría de un exceso de confianza y desprecio hacia las capacidades de sus adversarios. Esta arrogancia, que en informes de Al Jazeera ha calificado como “hybris militar y política”, se manifestó en la creencia de que el “disuasivo militar” era infalible y que la amenaza de Hamás estaba contenida. Además, se ha documentado que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu implementó por años una estrategia que consistía en permitir que Hamás recibiera fondos y se mantuviera en el poder en Gaza, con el objetivo de debilitar a la Autoridad Palestina y frustrar la posibilidad de un estado palestino unificado.
En sus propias palabras de 2019, registradas por los medios, Netanyahu afirmó que “cualquiera que quiera frustrar un Estado palestino debe apoyar el refuerzo de Hamás, es parte de nuestra estrategia”. Esta decisión, basada en la convicción de una capacidad ilimitada para manipular a los adversarios, ignorando las consecuencias a largo plazo, es una clara manifestación de hybris política. La némesis, en este caso, se ha presentado como un catastrófico fracaso de inteligencia, una guerra prolongada, la crisis humanitaria y una pérdida de apoyo internacional sin precedentes, demostrando que la desmesura de una estrategia basada en la división y el desprecio por la fuerza del adversario conduce a una debacle inevitable.
Ante este panorama, proponemos una reflexión crítica que nos exige a ir más allá de la mera acusación a los líderes. La violencia política es, en gran medida, un eco de la violencia de la sociedad que la engendra. No se puede esperar que un cuerpo social fragmentado, exacerbado por las tensiones económicas y las fracturas ideológicas, produzca gobernantes con ecuanimidad y templanza. Los líderes emergen de la colectividad y reflejan sus pulsiones más íntimas. Si la sociedad privilegia el éxito individual sin importar el costo, si exalta la confrontación y desconfía del otro, es natural que en las urnas se seleccionen figuras que encarnan esas mismas características. La hybris del gobernante es, por tanto, el espejo de una hybris colectiva, la de una sociedad que ha olvidado sus límites y las virtudes de la moderación y el bien común.
Ahora bien, les pregunto con humildad, queridos lectores: ¿Es la sociedad la que moldea a sus gobernantes, o son los gobernantes quienes corrompen a la sociedad? ¿En qué medida la retórica de la confrontación, tan presente en el discurso político, alimenta la violencia social y viceversa? ¿Podemos realmente demandar templanza a nuestros líderes si nosotros mismos, como ciudadanos, no estamos dispuestos a ejercerla?
Referencias
- Benjamin, W. (1921). Para una crítica de la violencia. En Obras completas, Vol. II. Abada Editores, 2000.
- Castoriadis, C. (1975). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets Editores, 1983.
- Hegel, G. W. F. (1807). Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica, 1966.
- Homero. La Ilíada. Traducción de E. Crespo. Gredos, 2000.
- Sófocles. (2000). Antígona. Traducción de A. B. Medina. Gredos.

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Opinet
El costo de la lucidez: entre la soledad intelectual y la soledad moral – Lisandro Prieto Femenía
“Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”
Jean-Paul Sartre (La náusea, 2011, p. 24)
Existe una forma silenciosa de extrañamiento que no nace del abandono ni del aislamiento físico, sino de una inadecuación tonal. Aparece a menudo en medio de la abundancia afectiva, en la mesa compartida con seres amados, inteligentes y bienintencionados, cuya generosidad humana resulta innegable. Sin embargo, en el instante preciso en que el espíritu intenta volcar aquello que ha madurado a lo largo de años de contemplación, lecturas o grietas existenciales, la palabra cae en una superficie blanda que absorbe el impacto sin devolver resonancia. Nadie rechaza la enunciación; sencillamente falta el tejido simbólico para sostenerla. Distinta de la marginación social y ajena a la carencia afectiva, la soledad intelectual se nos presenta como una grieta invisible que se abre cuando el nivel de conciencia y la elaboración subjetiva de un individuo desbordan el horizonte de interpretación de su entorno inmediato.
Frente a esta distancia insular, resulta casi inevitable tropezar con una trampa psicológica que suele ser devastadora: transformar la falta de sintonía en un defecto personal. Dado que las personas queridas poseen lucidez, bondad y el deseo sincero de acompañar, la mente concluye apresuradamente que el desacople responde a una incapacidad propia para amar o vincularse. Así, se germina una mezcla turbia de culpa, vergüenza y frustración. Por temor a sonar arrogante, o por el pánico soterrado a que esa brecha sea la prueba de una rareza patológica, el sujeto opta por amputar su propio discurso y forma de vida. Al respecto, Donald Winnicott (1993, p. 183) conceptualizó con precisión la respuesta defensiva ante esta exigencia de adaptación al señalar que “sólo el sí-mismo verdadero –el True Self- puede ser creativo y sólo el sí-mismo verdadero puede sentirse real”, añadiendo que la construcción de un “falso sí-mismo” (False-Self) responde a la necesidad de proteger la intimidad frente a un medio que no puede alojarla. Apagar la voz singular para no incomodar al grupo constituye una maniobra de supervivencia afectiva, aunque esa diplomacia forzada termine funcionando como una lenta sofocación del deseo.
Si queremos intentar desentrañar la raíz ontológica de este distanciamiento, es conveniente desmantelar la fantasía de que el pensamiento es un espacio transparente de acceso comunitario. En “El hombre y la gente”, José Ortega y Gasset (1983, p. 151) enfatizó que “la vida humana es en su radicalidad sólo la mía”, recordando que el entramado de las costumbres sociales representa una construcción secundaria edificada sobre la soledad originaria del individuo. Al profundizar en la comprensión de sí y del mundo, la persona abandona las certezas heredadas de la tribu y acepta el riesgo de habitar esa soledad primaria. No se produce allí un repliegue soberbio ni un desprecio resentido hacia los allegados, sino un desplazamiento en la frecuencia perceptiva. Cambiar de canal no significa juzgar la música de los demás, del mismo modo que adentrarse en alta mar no implica despreciar la seguridad de la orilla.
Asimismo, desde la corriente existencialista cobra un sentido fundacional respecto a la autenticidad del ser. Lejos de constituir un accidente desafortunado, la soledad intelectual se revela como la prueba irrefutable de que el individuo ha despertado de la somnolencia colectiva. Albert Camus (2012, p. 15) describe magistralmente este instante de fractura al plasmar en “El mito de Sísifo” que “comenzar a pensar es comenzar a estar minado”, indicando con ello que el ejercicio de la lucidez resquebraja las certezas automáticas y coloca al sujeto frente al espesor desconocido de la existencia. Cuando las explicaciones convencionales dejan de satisfacer, la persona experimenta un vértigo ante el cual la masa suele permanecer anestesiada. Justamente en “La náusea”, Jean-Paul Sartre (2011, p. 24) retrató magistralmente esta disonancia al confesar la extrañeza del sujeto reflexivo ante la masa acomodada en el consenso: “Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”. Esa soledad no es un vacío estéril, sino el territorio ontológico donde la libertad asume el peso de su propia marcha.
Paralelamente, la analítica existencial desarrollada por Martin Heidegger permite comprender la estructura social que promueve la incomprensión de lo singular. En “Ser y tiempo”, el filósofo alemán (2009, p. 148) analiza cómo la cotidianeidad tiende a disolver la responsabilidad individual en el dominio impersonal del “se”- aquello que se dice, se piensa o se hace-, afirmando que en ese modo de estar “cada cual es el otro y ninguno es él mismo”. La soledad intelectual irrumpe precisamente cuando el “Dasein” reniega de esa dictadura del murmullo homogéneo y recupera su posibilidad más propia. Desmarcarse del discurso automatizado produce incomodidad en el entorno porque expone la fragilidad de las certezas compartidas: no hay nada más incómodo que expresar un desacuerdo fundamentado y argumentado ante una muchedumbre que parlotea estupideces sin cesar. De este modo, la soledad deja de ser una condena para convertirse en la condición de posibilidad de una existencia auténtica, en el peaje ineludible que paga quien decide no diluir su ser en la masa.
En este punto resulta indispensable tender un puente hacia una dimensión indivisible del intelecto: la conciencia ética. Agudizar la mirada intelectual implica, de manera ineludible, refinarse para el discernimiento moral. Quien ha cultivado la facultad de pensar en profundidad queda trágicamente desprotegido frente a la ceguera de una época regida por la utilidad inmediata, la ambición desmedida, el individualismo feroz y la corrupción normalizada. Surge así la soledad moral, ese desgarro de no sentirse parte de un entramado social donde el pragmatismo justifica la mezquindad y la soberbia se disfraza de éxito. Theodor W. Adorno (2004, p. 43) inmortalizó esta herida en su obra titulada “Mínima moralia”, al sentenciar que “no hay vida verdadera en la falsa”, explicitando que la integridad subjetiva entra en colisión frontal con las exigencias de un entorno degradado. La soledad intelectual se convierte entonces en soledad ética: no se trata sólo de que los demás no comprendan nuestras ideas, sino de que sus escalas de valores toleran o celebran dinámicas que al sujeto consciente le resultan asfixiantes.
Lejos de constituir un signo de misantropía o elitismo moral, mantenerse al margen de la complicidad colectiva es el acto supremo de responsabilidad de quien conserva la capacidad de juzgar. En “Responsabilidad y juicio”, Hannah Arendt (2007, p. 138) indaga en las razones por las cuales ciertas personas se niegan a participar en la corrupción sistémica de su tiempo, concluyendo que “es preferible sufrir el mal que hacerlo, porque si lo haces estás condenado a vivir junto con un malhechor”. Sostener el examen crítico frente a la codicia y la manipulación engendra una intemperie profunda, pero esa soledad de la conciencia guarda el último reducto de la dignidad humana. Quien se niega a aplaudir la injusticia disfrazada de astucia o el egoísmo camuflado de inteligencia financiera descubre que el pensamiento y la moral son dos nombres para la misma negativa a ser cómplice de un mundo cruel al cual uno no quiere pertenecer.
Desde el campo del psicoanálisis, esta incomunicación estructural cobra un sentido aún más profundo al revisar la noción del lenguaje y la alteridad. Jacques Lacan (1987, p. 243) afirmó en “El seminario. Libro 11” que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, evidenciando que el sujeto se constituye en la trama del discurso social, pero al mismo tiempo descubre que dicho discurso es constitutivamente incompleto. En otras palabras, queridos amigos, no existe una traducción perfecta entre las mentas ni una garantía simbólica que elimine el malentendido. Por su parte, Sigmund Freud (1986, p. 76) ya había ubicado en “El malestar en la cultura” los vínculos humanos como una de las tres grandes fuentes del sufrimiento inevitable, junto a la decadencia del propio cuerpo y las fuerzas destructivas de la naturaleza. Pretender que los seres queridos satisfagan todas las demandas de resonancia intelectual y moral es desconocer la falla estructural que atraviesa a todos los lazos. La soledad intelectual se revela así como el encuentro frontal con la falta en el Otro, ese punto donde el lenguaje familiar no alcanza para cifrar la verdad singular del sujeto.
Ahora bien, es necesario aclarar que reflexionar sobre la expansión de la lucidez exige reconocer cómo la agudeza del comprender altera el volumen de la propia subjetividad. Søren Kierkegaard (2006, p. 34) formuló en el “Tratado de la desesperación” una ley proporcional de la vida interior: “cuanto más conciencia hay, mayor es el yo”, lo que implica que toda amplificación del saber expande inevitablemente los contornos de la individualidad. Esta especie de dilatación del ser demanda marcos teóricos más complejos y espacios más amplios para desplegarse. Por ello, Arthur Schopenhauer (2009, p. 112) apuntaba en sus “Aforismos sobre la sabiduría de la vida” que “bastarse a sí mismo es el destino de todos los espíritus egregios” , una afirmación que no deberíamos leer como un elogio del aislamiento pretendidamente autosuficiente, sino como la constatación de una servidumbre inevitable: el rigor del pensamiento impone un ritmo interior que la conversación de compromiso no puede abastecer jamás.
A lo largo de la historia de la filosofía, este desacople entre el pensamiento singular y la masa se manifiesta como una constante dramática. Tomemos solamente el caso de “Así habló Zaratustra”, obra en la que Friedrich Nietzsche (2003, p. 45) retrata la incomprensión trágica del pensador que regresa a la comunidad con el enigma: “¿qué harás en la tierra de los durmientes?”, poniendo al descubierto la distancia abismal que separa distintos estados de vigilia. También, en la perspectiva freudiana desarrollada en “Inhibición, síntoma y angustia” (Freud, 1979, p. 84), la angustia actúa como una señal de alarma del yo ante la amenaza de castración o pérdida de amor. Cargar la soledad intelectual como una culpa reprimida convierte una condición objetiva en un síntoma neurótico. El desafío, entonces, radica en retirar la carga de vergüenza y entender que el aire enrarecido de la cumbre no es una condena moral, sino la consecuencia física de la altitud alcanzada.
Sin embargo, al comprender que esta distancia no representa una patología individual, acecha otro peligro que es simétrico y destructivo: ceder a la tentación del resentimiento. Cuando el sujeto constata la sordera de su época o la incomprensión de sus allegados, resulta tentador permitir que la grieta se envenene con desprecio, agriando la lucidez hasta transformarla en una fortaleza de soberbia misantrópica. En su “Genealogía de la moral”, Nietzsche (1996, p. 48) remarcó con severidad cómo el resentimiento convierte la herida en una fuerza reactiva que se nutre de la negación, engendrando valores mezquinos que terminan asfixiando el dinamismo vital. Convertir la soledad en una trinchera de amargura y desdén significa entregarle el control de la propia existencia a aquello mismo de lo que se reniega. El exilio voluntario y el aislamiento resentido no son muestras de fortaleza, sino síntomas de una derrota disfrazada de superioridad, una forma sutil de ahogarse en el veneno que pretendía denunciarse.
Por el contrario, la verdadera madurez filosófica y existencial exige aprender a habitar esa soledad, convertirla en una fragua luminosa y no en un calabozo. Por ello, en “Los ensayos”, Michel de Montaigne (2007, p. 293) aconsejaba la necesidad de “reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro”, enseñando que la independencia del espíritu no exige romper los lazos afectivos ni despreciar lo público o común. Aprender de la soledad significa transformar el silencio en un maestro que refina la sensibilidad, permitiendo regresar a la conversación humana con una paciencia renovada y una ternura indulgente. Se trata de habitar el propio abismo sin exigirle a los demás que se arrojen a él, reconociendo que se puede amar profundamente a quienes no comparten nuestra misma frecuencia sin por ello traicionar la escala de valores que hemos conquistado. Así, la soledad deja de ser un destino de reclusión para convertirse en una forma generosa de estar en el mundo: una lucidez que ampara sin juzgar, que sostiene sin someter y que transforma la distancia en un puente de verdadera compasión.
Nombrar con exactitud esta vivencia transforma de forma radical su naturaleza operativa. Designar la soledad intelectual y moral disipa la tentación de la queja y la restituye a la dignidad de un dato objetivo. No se trata de un fallo de fabricación, ni de un narcisismo disfrazado, ni de una carencia de afecto hacia quienes nos rodean. Es, en rigor, el costo ineludible de haber construido una estructura interior sólida, el precio de haber osado pensar y sentir a contramano de la inercia del entorno masificado. Reconocer este plano de existencia libera de la urgencia de esconder la propia luz por miedo a deslumbrar o desentonar, permitiendo habitar el aislamiento no como un castigo social, sino como el testimonio incuestionable de haber asumido la propia historia con autenticidad.
Ahora les pregunto, caros lectores: ¿qué conducta nos queda, entonces, cuando la comprensión intelectual y la rectitud moral se convierten en una frontera insular frente a un mundo seducido por la ambición y el cinismo? ¿Continuaremos mutilando nuestro deseo e inventando un personaje dócil para no alterar la quietud de la muchedumbre que prefiere la ilusión a la verdad? ¿O seremos capaces de resistir en esa intemperie de la conciencia, asumiendo el peso de nuestra propia luz sin claudicar ante la corrupción del entorno ni agriarse en el resentimiento? ¿Acaso la verdadera madurez filosófica, existencial y humana no consista en dejar de exigirle a la tribu la aprobación que sólo puede dar la verdad interior, aprendiendo a amar los vínculos cotidianos desde esa trastienda íntima sin traicionar jamás la inmensidad ética de nuestro propio abismo?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
Adorno, T. W. (2004). Mínima moralia: reflexiones desde la vida dañada (J. Chamorro Mielke, Trad.). Editorial Akal. (Obra original publicada en 1951).
Arendt, H. (2007). Responsabilidad y juicio (M. Candel, Trad.). Ediciones Paidós. (Obra original publicada en 2003).
Camus, A. (2012). El mito de Sísifo (L. Echávarri, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).
Freud, S. (1979). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 20, pp. 71-164). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1926).
Freud, S. (1986). El malestar en la cultura. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 21, pp. 57-140). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1930).
Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1927).
Kierkegaard, S. (2006). Tratado de la desesperación (A. Sánchez Barbudo, Trad.). Editorial Losada. (Obra original publicada en 1849).
Lacan, J. (1987). El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (J. L. Delmont-Mauri y J. Sucre, Trads.). Editorial Paidós. (Obra original publicada en 1964).
Montaigne, M. de. (2007). Los ensayos (J. Bayona, Trad.). Ediciones Acantilado. (Obra original publicada en 1580).
Nietzsche, F. (1996). La genealogía de la moral (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1887).
Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883).
Ortega y Gasset, J. (1983). El hombre y la gente. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1957).
Sartre, J.-P. (2011). La náusea (A. Bernárdez, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1938).
Schopenhauer, A. (2009). Aforismos sobre la sabiduría de la vida (E. Íñiguez, Trad.). Valdemar. (Obra original publicada en 1851).
Winnicott, D. W. (1993). El proceso de maduración en el niño: estudios sobre la teoría del desarrollo emocional (J. Piatigorsky, Trad.). Editorial Laia. (Obra original publicada en 1965).

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