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La Iglesia y la posibilidad de “volver a ser 12”

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Lisandro Prieto Femenía

“De la crisis actual surgirá una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo de nuevo desde el principio”, Joseph Ratzinger, Fe y futuro (1970), p. 75.

La formulación del Papa Benedicto XVI acerca de una Iglesia que se hace pequeña no es un gesto nostálgico por un pasado heroico ni por una fórmula periodística destinada a excitar titulares llamativos. Es, antes bien, una hipótesis eclesiológica que pretende describir una transformación ontológica del cristianismo en la modernidad. Cuando Ratzinger afirma que la Iglesia “tendrá que empezar todo de nuevo desde el principio” (Ratzinger, 1970, p. 75), no propone un retorno anacrónico a estructuras ya desaparecidas, sino una relectura de la condición cristiana que prioriza la autenticidad del testimonio sobre la reproducción sociológica del “pertenecer”. La metáfora del “doce” funciona aquí como símbolo: la medida no es estrictamente numérica, sino existencial y apunta a la restauración de una comunidad fundada en convicción y presencia sacramental, no en la hegemonía cultural.

Esta intuición se comprende mejor si se la sitúa frente a la idea- dominante en ciertos tramos del siglo XX- de una Iglesia-masa, entendida como institución que se autoafirma por su capacidad de integrar, administrar y representar amplios sectores sociales. Pues bien, Ratzinger diagnostica el agotamiento de ese modelo porque la secularización erosiona los procesos de transmisión cultural y convierte la fe en hábito o en una opción entre otras. En consecuencia, la pérdida de miembros no es, a sus ojo, un fracaso estadístico sino una depuración, puesto que “al disminuir el número de sus fieles, perderá también gran parte de sus privilegios sociales” (Ratzinger, 1970, p. 75). Aquí la crítica no es utilitarista, sino que se trata de reivindicar una libertad de la Iglesia frente a los favores del poder, de re-enfocar la autoridad eclesial en la credibilidad del testimonio más que en la eficacia social y política.

Su renuncia al papado en 2013 aparece, a la luz de esta línea teórica, como un gesto que debe leerse tanto en clave personal como eclesiológica. No puede reducirse a un efecto exclusivo del debilitamiento físico, sino que es también la concreción de una convicción sobre la relación entre el poder y la misión. Ratzinger había problematizado la hipertrofia administrativa del papado y la tensión que existe entre la figura del Pontífice como monarca absoluto y la llamada evangélica a la pobreza y al servicio. En conversación con Peter Seewald, sostuvo que “cuando un Papa alcanza la clara conciencia de que ya no es física, mental y espiritualmente capaz de llevar a cabo el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en algunas circunstancias, el deber de dimitir” (Benedicto XVI, 2010, p. 40). Tres anos antes de su renuncia, esta afirmación anticipaba una prioridad estrictamente ética: la salvaguarda de la misión por encima de la perpetuación del cargo.

Leer su renuncia como coherente con la profecía de 1969 implica ver en el gesto un desplazamiento simbólico: del espectáculo de la acción visible hacia la labor de la pasión orante. Al retirarse al monasterio Mater Ecclesiae, Benedicto XVI no sólo renunció a funciones ejecutivas; encarnó una forma de autoridad que renuncia a la centralidad sociopolítica para sostener la Iglesia desde una presencia litúrgica y contemplativa. En su última audiencia general dijo que su decisión “no revoca esto. No regreso a la vida privada […] No abandono la cruz, sino que permanezco de una manera nueva junto al Señor Crucificado” (Benedicto XVI, Última Audiencia General, 27 de febrero de 2013). Ese “permanecer de una manera nueva” es, por tanto, la práctica personal de la minoría creativa: desplazarse del protagonismo mediático a la intensidad de la oración que fertiliza la comunidad.

No obstante, esta correspondencia entre teoría y gesto comporta matices que conviene señalar. Por un lado, la renuncia introduce una “secularización funcional” del papado: si el ejercicio del pontificado se somete a criterios de capacidad física y administrativa, la figura papal puede verse despojada de su aura trascendente hasta el punto de asimilarla a la lógica de un jefe ejecutivo cuya legitimidad depende de su eficacia. Esta asimetría genera reparos legítimos: despojar el oficio de un elemento de pertenencia puede abrir paso a instrumentalizaciones del cargo o a inestabilidades en la sucesión. Por otro lado, leído desde la perspectiva ratzingeriana, el acto no es debilitamiento sino renuncia profética: renunciar al monopolio de la presencia pública para reconstruir la Iglesia sobre cimientos espirituales. Así, esa renuncia, en su intensidad, es también una pedagogía de la fragilidad que interpela a la comunidad: si el pastor manifiesta su precariedad voluntaria, invita a la Iglesia a comprender su fuerza en la débil fidelidad de sus miembros y no en la omnipotencia de su magistratura.

La tensión entre riesgo y coherencia se hace visible en la pregunta por las consecuencias institucionales. Si la renuncia legitima la idea de una Iglesia pequeña sostenida por la oración y la fidelidad, ¿cómo encuadrar la exigencia de gobierno, de responsabilidad administrativa y de presencia pública que el mundo contemporáneo demanda? Ratzinger fue consciente de esta antinomia porque su propuesta no abogaba por la renuncia total a la política ni por la retirada del compromiso social, sino por una priorización de la dimensión testimonial. La renuncia papal es, entonces, una llamada a repensar la competencia del liderazgo, en este caso, eclesial: menos tutela de poder, más servicio que posibilite la palabra creíble de la fe.

A este debate se incorpora con fuerza la figura de Jorge Mario Bergoglio. La transición de la “Iglesia pequeña” de Ratzinger a la “Iglesia en salida” de Francisco representó uno de los giros dialécticos más profundos en la historia reciente del catolicismo. No se trata de dos diagnósticos contrapuestos sino de respuestas estratégicas distintas frente a una premisa compartida: la estructura eclesial heredada de la Cristiandad ya no funciona para la transmisión del mensaje en la posmodernidad. Francisco no ignoraba la profecía de la reducción, más bien, parece haberla tomado como punto de partida para una reformulación pragmática. Si la intuición de Benedicto subrayaba la purificación interior y la autenticidad del testimonio, la propuesta de Bergoglio traducía esa pérdida de masa en una exigencia misionera que rechazaba esa autorreferencialidad y buscaba las periferias como lugar teológico.

La diferencia entre ambos papas se vuelve especialmente significativa cuando se compara su acento sobre identidad y misión. Ratzinger privilegiaba la identidad, la formación y la pureza doctrinal como condición de credibilidad; Francisco ponía el énfasis en llegar al herido y al excluido, en que las estructuras se transformen para ser cauces de evangelización y no instrumentos de auto-preservación. Concretamente, en Evangelii gaudium escribió: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación” (Francisco, 2013, n. 27). Es tremendamente revelador que ambos converjan en la crítica de los “privilegios sociales” y la burocratización, pese a que su respuesta práctica diverge: una prioriza la purificación interna, la otra reclama una conversión pastoral que haga creíble la pobreza evangélica allí donde están quienes vagan al margen.

Consecuentemente, la reforma de la Curia y la promulgación de “Praedicate evangelium” muestran hasta qué punto Francisco tomó medidas que, en términos administrativos, son afines a la intuición ratzingeriana de que la Iglesia no debe funcionar como una corte. Al intentar convertir los dicasterios en órganos de servicio y no en centros de poder, Bergoglio ejecutó una traducción institucional de una idea compartida: si la Iglesia va a ser pequeña, su cabeza no puede sostener un aparato estatal pesado y anacrónico. De igual manera, la apuesta por la sinodalidad aparece como una modalidad práctica de responder a la “Iglesia de los doce”, puesto que en contextos de escasez numérica y de clero, la corresponsabilidad y el “caminar juntos” devienen no sólo desiderátum pastoral sino necesidad estructural. Como afirmó en diversas ocasiones, la misión exige sinergias y la participación de todos los miembros del Pueblo de Dios, lo que implica desplazar el centro de gravedad desde la cúspide hacia la comunidad.

En este punto, la encíclica “Lumen Fidei” merece una atención especial como documento de mediación entre ambas perspectivas. Escrita con las dos manos que la historia puso sobre ella, la encíclica es un puente: inicia la trilogía sobre las virtudes teologales por Benedicto XVI y la culmina Francisco, de modo que la fe aparece allí como luz que guía a un pueblo que camina en la fragilidad de la historia. Lumen Fidei recupera la preocupación ratzingeriana por la verdad como encuentro y no como ideología: “La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena entregarse a él, porque su fundamento se halla en la fidelidad de Dios, que es más fuerte que nuestra fragilidad” (Francisco / Benedicto XVI, 2013, n. 53). Al mismo tiempo, incorpora la impronta bergogliana, que sitúa la fe como bien común y como fuerza que edifica la ciudad humana: “La fe no sólo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como el lugar donde el hombre puede vivir con los demás […] La fe es un bien para todos, es un bien común, su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades” (Francisco / Benedicto XVI, 2013, n. 51).

Evidentemente, la contribución ratzingeriana en Lumen Fidei enfatiza, asimismo, la humildad de la verdad, puesto que ella “no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Al nacer del amor, puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se comprende así que la fe no sea intransigente, sino que crezca en el respeto de los demás” (Francisco / Benedicto XVI, 2013, n. 34). Esta afirmación se articula con la lógica de la minoría creativa, en tanto que la verdad cristiana se propone y no atrae por coacción, sino por la fuerza del amor, y esa dinámica es la que justifica la preferencia por una comunidad pequeña, pero creíble.

Otro concepto fundamental, propuesto por Ratzinger en el marco de esta discusión, es el de “dictadura del relativismo”. No era para él un mero eslogan cultural sino el diagnóstico de una “patología de la razón” que empuja al sujeto hacia la autarquía del yo y contrae la apertura al otro y a la verdad trascendente. En la homilía “pro eligendo pontífice” de 2005 advirtió que “se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo al propio yo y a sus antojos […] Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo” (Ratzinger, 2005). Frente a esa dictadura, “Lumen Fidei” propuso la fe como antítesis y fármaco: antítesis porque restaura el horizonte del sentido más allá del yo; fármaco porque, mediante la experiencia del encuentro, cura la fragmentación radical del sujeto moderno.

Esta oposición entre la luz de la fe y la oscuridad del relativismo atraviesa toda la encíclica. “Lumen Fidei” afirma que la fe no es una simple adhesión subjetiva sino una modalidad de conocimiento que permite “ver” la trama unificadora de la realidad y lo hace con exactitud en su célebre formulación: “Si se quita la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilita la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos sólo por el miedo y el interés” (Francisco / Benedicto XVI, 2013, n. 55). Desde esta perspectiva (ratzingeriana), la minoría creativa debe salvar esta pretensión de verdad en medio del escepticismo generalizado, porque la fe no es anti-racionalidad sino la expansión de la razón hacia el horizonte de sentido, el Logos que confronta el nihilismo resultante del relativismo absoluto posmoderno.

Lo esencial de la denuncia ratzingeriana es que el relativismo actúa de manera dictatorial porque estigmatiza y margina a quien afirma una verdad trascendente, tildándolo de intolerante; la respuesta, según él, no ha de ser la agresión política, sino la evidencia gozosa del testimonio. Una minoría que vive a la luz de la fe se convierte inmediatamente en atracción epistemológica y humana: su poder no es coercitivo, sino propositivo. Por último, Lumen Fidei articula esa evidencia cuando remarca que la fe nace del encuentro y se transmite “de contacto en contacto” (n. 37), lo que sitúa la evangelización en la esfera de la credibilidad personal más que en la hegemonía institucional.

No obstante, esta estrategia terapéutica plantea problemas reales. La lucha contra la dictadura progre del relativismo a través de la luz de la fe choca con una sensibilidad cultural que confunde verdad con imposición. Si la verdad es condición de libertad, pero la sociedad posmoderna la identifica con “dogmatismo”, el diálogo corre riesgo de quedar frustrado de antemano. Además, si la fe pretende ser “luz de la ciudad” cuando la Iglesia ha perdido autoridad institucional, surge la pregunta por la eficacia comunicativa: ¿puede una minoría, por más creativa que sea, recuperar la confianza necesaria para que su testimonio sea escuchado como medicina y no como proselitismo?

En conclusión, queridos lectores, queda por decir que la convergencia de Ratzinger y Francisco en temas como la pérdida de privilegios y la necesidad de credibilidad encuentra en “Lumen Fidei” un punto de encuentro: la fe como luz frente a la dictadura del relativismo. Sin embargo, el remedio propuesto- una minoría creativa que testimonie la verdad en la periferia- exige una ingeniería moral e institucional formidable: formación, paciencia y una ética del encuentro que no confunda convicción con coerción. ¿Es posible en nuestras sociedades proponer una verdad que no sea entendida como poder? ¿Puede esa minoría sostenerse sin convertirse en una élite separada, o la única vía para sobrevivir es convertirse en levadura social a través de obras y palabras? Estas preguntas siguen abiertas y requieren que la Iglesia asuma la tensión sin buscar atajos: la luz que cura el relativismo exige, simultáneamente, humildad y valentía.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • Benedicto XVI. (2010). Luz del mundo. Conversaciones con Peter Seewald. Barcelona: Herder. (p. 40).
  • Benedicto XVI. (2013, 27 de febrero). Última Audiencia General.
  • Francisco. (2013). Evangelii gaudium. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana. n. 27.
  • Francisco / Benedicto XVI. (2013). Lumen Fidei. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana. (nn. 34, 37, 51, 53, 55).
  • Francisco. (2015). Discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos.
  • Ratzinger, J. (1970). Fe y futuro (Glaube und Zukunft). Salamanca: Sígueme. (págs. 75–77).
  • Ratzinger, J. (2005). Homilía en la Basílica de San Pedro. 18 de abril.

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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