ENTREGA ESPECIAL
La macabra historia de la bioquímica exitosa que disolvió a su ex marido en ácido para no compartir su fortuna
Larissa Foreman nació el primero de enero de 1960. Para sus padres, Charles y Deeann Foreman, la década debutaba con felicidad. Nadie, entonces, podría haber imaginado que esa bebé regordeta e inteligente iba a terminar sus días tras los barrotes de una cárcel de alta seguridad por un horroroso crimen. Menos, que sería conocida como La Dama del Ácido.
Pero claro, los asesinos no se intuyen. Y ella demoró 43 años en sacar a la luz su mente criminal.
En el camino, antes de matar a su marido desde hacía más de dos décadas, fue una buena estudiante en el secundario y en la universidad, una empresaria muy exitosa y una madre dedicada.
Una familia muy normal
Larissa nació y creció en una pacífica granja en Clarence, Missouri, Estados Unidos y su vida se desarrolló normalmente. Cuando decidió que estudiaría bioquímica se mudó para estar cerca de la Universidad de Missouri. En este primer tramo de su vida, no hay hechos para destacar.
Fue trabajando en un geriátrico que Larissa conoció a Timothy Schuster, que a su vez estaba estudiando enfermería. En 1982, luego de un prudencial tiempo de novios, se casaron. Tres años después, en 1985, tuvieron a su primera hija, Kristin.
En 1989 ella consiguió un empleo muy bien remunerado en un laboratorio de investigaciones en agrocultivos y se mudaron a Fresno, California.

Le fue tan bien que, en poco tiempo, la emprendedora Larissa dio el salto y abrió su propio laboratorio: Central California Research Labs.
En 1990 nació su hijo Tyler. Al año siguiente, la bonanza en la que vivían los convenció de comprar una casa más grande en Clovis, en las afueras de Fresno.
Larissa ya ganaba más del doble que Timothy.
Hacia el año 2001 esas enormes diferencias en el progreso económico habían generado una grieta en la pareja. Las discusiones eran cáusticas y cotidianas.
La relación se había deteriorado tanto que decidieron separarse. En febrero del 2002, Larissa pidió el divorcio. La batalla sobre la custodia de Tyler y por cómo dividirían sus sociedades y propiedades, estalló. Larissa sentía que era injusto que él se llevara lo que ella había ganado con tanto esfuerzo. Y le echaba en cara que era un inútil para ganar dinero.
La etapa familiar había terminado. Ahora, era la guerra.
Al principio, lo resolvieron dividiendo sus espacios dentro de la misma casona al formato de la película de los años ‘90, La guerra de los Roses, donde los protagonistas del filme conviven haciéndose la vida imposible. Había metros cuadrados de sobra, pero a Larissa este arreglo no le resultó para nada. Sentía que todo era de ella y que su marido era una ameba que se aprovechaba del bienestar económico que ella había construido.

Desenvainar el odio
A principios del año 2002 en la casa quedaron viviendo tres. El matrimonio y Tyler. Kristin se había ido a vivir con sus abuelos maternos para continuar con sus estudios universitarios. Mientras Larissa se abocaba de lleno a hacer crecer su empresa, Timothy manejaba el departamento de cardiología del Centro Médico Saint Agnes.
Cuando, en las negociaciones por e divorcio, él pidió un millón de dólares la rabia la carcomió. El final de esta película de la vida real prometía ser muy parecido al de la ficción, donde el matrimonio termina peleando y balanceándose hacia la muerte desde la señorial araña de luces de su casona.
La convivencia entre Larissa y Timothy era tan espantosa que el 4 de julio de 2002, él decidió mudarse a un condominio. Uno de esos días, aprovechando que ella estaba de viaje por negocios, Timothy se llevó algunos muebles de la casa donde había vivido a su nuevo hogar.
Al volver, Larissa montó en cólera. Enojadísima dijo, ante algunos colaboradores en el trabajo, algo que con el tiempo cobraría sentido: si mataba a su marido, sus problemas se acabarían. Todos pensaron que era un chiste.
A sus vecinos, también les decía con frecuencia que preferiría que Timothy hubiera muerto porque era mucho mejor ser viuda a estar divorciada.
El 8 de agosto de 2002, Larissa le pidió a una química amiga, Leslie Fichera, que alquilara una baulera a unos kilómetros del laboratorio. La excusa era que quería guardar algunas cosas fuera de la vista de Timothy. Fichera alquiló la unidad A-182 bajo su nombre y le pasó el código de seguridad a Larissa para que pudiera ingresar. Larissa le pidió ayuda a un joven empleado suyo, James Fagone, y sabiendo que Timothy estaba fuera, intrusó su hogar por la fuerza, recuperó los muebles y los guardó en esa baulera.
Anuncios verdaderos
Dos días después Timothy volvió de su viaje y encontró saqueado su condominio. Además, faltaban los papeles de la custodia de Tyler. Larissa estaba orgullosa de su incursión y se jactó delante demasiada gente que habían sido ella y su incondicional ayudante los perpetradores. A su manicura, Terry Lopez, le llegó a decir riendo que había vuelto al lugar, un par de veces más, solo por placer. En esas ocasiones, se había sentado a mirar lo consumado porque le proporcionaba un sentimiento “mejor que el sexo”.
A la incrédula manicura que evitaba opinar, le contó que había rayado con las llaves de su auto la camioneta de Timothy y le reconoció que ver esas rayas era para ella un trofeo. Su odio profundo la tenía enceguecida.

Después de esos hechos violentos, Timothy entró en pánico. Decidió mudarse a una casa con un sistema de alarmas y sensores de movimiento. Le dijo a sus amigos que estaba muy preocupado por cómo se comportaba Larissa y que le temía. Así que se consiguió un arma y un permiso para portarla.
Larissa seguía yendo a su manicura y confesando cosas impunemente. Le dijo, por ejemplo, que rezaba cada noche para que Timothy muriera. Timothy, por su lado, unos días antes de desaparecer, se encontró con la manicura de su ex mujer y le vaticinó: “Vos sabés muy bien que, si me pasa algo, no va a ser un accidente, sabés de lo que ella es capaz. Cuidate”.
Conducida por la rabia Larissa le preguntó a Leslie Fichera si su novio conocía a alguien que pudiera ser rudo con una persona. Leslie, incómoda ante su jefa, zafó del asunto como pudo. A la gente del coro de la iglesia, a la que Larissa continuaba asistiendo, les deslizó cosas por el estilo: les dijo que haría lo que fuera necesario para que Timothy no se quedara con nada de lo que ella había conseguido.
Había más testigos. A un hombre que la asistió para repararle la barbacoa, le preguntó si se animaría a ir la casa de su ex Timothy y dispararle con una pistola paralizante. Larissa iba dejando sus huellas indelebles por todos lados. Como si eso fuera poco, en el contestador de Timothy, quedaron grabadas sus amenazas e insultos. En una de las grabaciones se la escuchaba decirle lo que le repetía a todos: “Estaría mejor viuda que divorciada”.
Estaba desbocada y anunciando al mundo que asesinaría a Timothy. Lamentablemente, nadie la tomó demasiado en serio.

En abril del año 2003, Larissa compró un enorme barril, de más de 200 libros, color azul, y lo hizo enviar a su laboratorio. No era, en absoluto, del tipo de los que se utilizaban allí. No conforme con el tamaño, le preguntó a un empleado si creía que allí podría entrar una persona. Pregunta extraña que su interlocutor no olvidó.
Por otro lado, había comprado enormes cantidades de ácido clorhídrico, ácido sulfúrico y ácido acético. Era algo altamente inusual para su laboratorio. Su química, colaboradora y amiga, Leslie Fichera, reconoció que en la empresa no se requería usar más de una botella de ácido clorhídrico por año. Sin embargo, entre junio y julio, se compraron tres cajas de ácido clorhídrico y en cada una había seis botellas de 2,5 litros. Además, se compró otra caja del mismo tamaño de ácido sulfúrico.
En junio, un vecino de Larissa la vio moviendo, por el costado de su garaje, un enorme barril azul.
Se estaba montando el escenario de una muerte muy anunciada.
El dinero, ante todo
La noche del miércoles 9 de julio de 2003, Timothy Shuster (45) comió con compañeros de trabajo: Mary y Bob Solís y Víctor Uribe. Mary y Timothy acababan de perder su empleo en el sanatorio St Agnes. Quedaron en encontrarse a la mañana siguiente en el hospital para hacer el papeleo de desvinculación.
Pero Timothy Schuster nunca llegó a la cita. Sencillamente desapareció.
Víctor Uribe fue hasta su casa preocupado. Vio su camioneta y golpeó la puerta. Nadie respondió.
Sus amigos temían que Timothy estuviera deprimido por su situación laboral. Optaron por ir a la policía para reportar su desaparición. Dijeron que les llamaba mucho la atención que no tuviera con él el celular, sobre todo por sus hijos que podrían necesitarlo y, agregaron, que él era muy buen padre. Las autoridades les dijeron que había que esperar 24 horas. Pasado ese tiempo, como no dio señales de vida, comenzó la investigación.

La lista de sospechosos que la policía quería interrogar estaba encabezada por su ex mujer, Larisa Schuster, de 43 años. Parecía tener muchas razones para desear que Timothy desapareciera del mapa y solía comentarlo públicamente.
Un divorcio peliagudo, la disputa por el hijo de 12 años y la división de su empresa -valuada en varios millones de dólares y que ella no estaba dispuesta a repartir- eran motivos más que suficientes para tenerla en la mira.
Fue interrogada, pero no imputada.
A todos les resultó increíble que durante esos primeros días ella no cambiara sus planes inmediatos. Incluso se fue con su hijo a Disney World, en el estado de Florida, para tomarse unas vacaciones que tenían estipuladas hacía tiempo. Luego, muy campante, llevó a Tyler a visitar a sus familiares en San Antonio.
Unas pruebas por ahí
En el allanamiento a la casa de Timothy descubrieron una pistola debajo de un almohadón, en una silla cerca de la puerta de entrada. Parecía la prueba de que el dueño de casa temía algo. Dentro de un maletín encontraron un microcassette y una grabación con los mensajes de Larissa. El identificador de llamadas de la habitación de Timothy mostraba que la última que había recibido la víctima había sido a las 2.02 de la madrugada del jueves 10 de julio. El teléfono desde el que se había llamado era el de Larissa.
La citaron para declarar. En su largo testimonio dijo que, esa madrugada, ella había estado en su casa y negó haber hablado con Timothy.

Cuando el detective Weibert le informó lo que habían encontrado en el identificador de llamadas en la casa de su ex, ella incómoda insistió en que no habían hablado, dijo que podría haber sido un marcado rápido accidental. Le pidieron su celular y aseguró que no lo tenía encima. Pero los detectives lo hallaron en el auto de la mujer que estaba fuera de la estación de policía. Volvieron a la dependencia.
Cuando se sentó le temblaban las manos mientras intentaba manipular su teléfono. Weibert preocupado por lo que pudiera estar haciendo le pidió si podía verlo y ella se lo dio. Weibert pudo constatar que en el discado rápido no figuraba el número de Timothy. La versión del accidente casual no cerraba. Larissa pidió más agua. Ellos salieron, pero la monitorearon desde fuera. Ella buscaba algo en los contactos de su celular sin levantar la vista. Cuando Weibert volvió, Larissa le dijo que sin querer, por los nervios, había borrado su historial de llamadas con Timothy Schuster.

Las cortas patas de sus mentiras quedaron expuestas. Estaba tan acorralada que tuvo que terminar admitiendo que lo había llamado. Aseveró que había sido para estar segura de que él no interferiría con sus planes de viaje a Disney con Tyler. Les pidió disculpas por no haberlo dicho antes. La dejaron ir. Ella se fue preocupada, sabía que la habían atrapado en una grave mentira.
Además, nadie lo sabía, pero ella tenía que resolver “el tema del barril azul”. Había que llevarlo al depósito que había alquilado. Sabía que estaría vigilada y necesitaba un camión para moverlo sin llamar la atención. Con artimañas y excusas consiguió que su amiga Leslie alquilara uno y logró trasladarlo. Agotada, el domingo 13, por la mañana, Larissa y Tyler partieron a su viaje mágico.
El delator involucrado y un cuerpo líquido
En su breve ausencia, la investigación continuó. Los detectives encontraron en la camioneta de Timothy, que estaba estacionada en el garaje, su billetera, sus llaves y su teléfono celular, donde escucharon mensajes furiosos de Larissa. En uno le decía a los gritos: “Sos un pusilánime, no tenés columna vertebral. ¡Espero que te quemes en el infierno uno de estos días! ¡Y cómo lo vas a desear!”.
Mientras ella estaba en los parques de diversiones, la policía aprovechó y llamó a declarar al empleado de Larissa, James Fagone. El joven de 21 años, un estudiante brillante y asiduo asistente a la iglesia local, había sido colaborador en el laboratorio y, también, era babysitter de Tyler. Durante los allanamientos en la casa de James, la policía encontró un recibo de una pistola paralizante y dos baterías para cargarla. En el disco rígido de su computadora se halló que había tipeado varias veces “puede el cloroformo hacer que te desmayes”.
James Fagone no aguantó ni medio interrogatorio. Enseguida se quebró y reveló todo: él y Larissa eran los responsables de la desaparición de Timothy.
Relató lo ocurrido de la siguiente manera.
La madrugada del jueves 10 de julio de 2003, Larissa llamó a su ex y le dijo que Tyler estaba enfermo. Con esa excusa logró que Timothy, un hombre de 1.83 metros y que pesaba unos 100 kilos, le abriera la puerta de su casa. James y Larissa tenían todo preparado para reducirlo con rapidez. Apenas abrió, James le disparó con una pistola paralizante. Se desplomó y Larissa aplicó contra su cara trapos impregnados con cloroformo. Juntos lo pusieron en el auto y lo llevaron a la casa de Larissa. Allí en el cobertizo lo ataron de pies y manos con cintas plásticas. Luego lo introdujeron inconsciente, cabeza abajo, en el barril azul con capacidad para 208 litros. Larissa empezó a verter dentro el ácido clorhídrico. Según James, hasta ese entonces, él no sabía que ella tenía planeado asesinarlo. Admitió que la víctima parecía estar con vida porque había escuchado “algo así como una respiración y hacía ruidos”, pero que el cuerpo se percibía absolutamente “flojo”. “El ácido era tan fuerte que sentía que quemaba mis pulmones”, afirmó el joven.
Como no podían poner la tapa, Larissa tomó un serrucho y ella misma le cortó los pies. Según el relato de James, ella no soportó la escena y le pidió que tapara, de una vez por todas, el maldito barril.
Timothy había sido arrojado al horror con vida. Y Larissa iba a intentar que esa parte de su existencia, literalmente, se disolviera. En los días posteriores al crimen movieron el cadáver del cobertizo al sitio alquilado para almacenaje.
A la policía la versión le cerró.
Comprobar los dichos
El 14 de julio la policía consiguió órdenes de allanamiento para la unidad de almacenamiento alquilada, el laboratorio y la casa de Larissa.
Detrás de la casa de la bioquímica, en medio de la basura, encontraron una caja con seis botellas vacías de ácido clorhídrico. Era una criminal muy descuidada.
Los análisis forenses de su computadora demostraron que el 13 de junio había estado buscando los siguientes términos: “ácido tejidos digestivos”, “ácido y tejidos digestivos animales” y “ácido sulfúrico”. Eran búsquedas incriminantes.
Cuando la policía llegó, el 16 de julio, a donde estaba guardado el tonel, encontró medio cuerpo de Timothy, sin pies. De la parte superior de su torso (recordemos que estaba puesto de cabeza) quedaban solamente un par de huesos de sus brazos. Nada de sus dientes ni de su cráneo. Luego del macabro hallazgo, los detectives de homicidios fueron directamente hacia el aeropuerto de St Louis. Larissa estaba regresando de Disney. Fue detenida. Tenía con ella una tarjeta del lugar de almacenamiento y el código para abrirlo.
Cuando empezó a hablar le dio a la policía su propia versión de la historia: el asesino era James Fagone.
Contó que la muerte habría ocurrido accidentalmente durante un robo y que James se lo había confesado. Aseguró haber pensado que era una mala broma, pero de todas maneras admitió haberlo ayudado a mover el cuerpo.
La autopsia debió hacerse con trajes especiales por el fuerte olor de los ácidos. Pudieron identificar su ADN y encontraron cloroformo en los pocos tejidos de Timothy.
James, por su parte, apuntó a Larissa como el cerebro de la operación. Él había colaborado porque ella le pagaría 2000 dólares. Eso valía, para el joven James, la vida humana.
Verdades sin remedio
El primero en ser juzgado fue James Fagone, en noviembre de 2006. Si bien sus abogados arguyeron que la mente criminal detrás de todo el plan era Larissa Schuster y que lo tenía amenazado de muerte, lo cierto era que James ya había confesado el crimen. El jurado había visto el video de su confesión. Fue absuelto por secuestro, pero hallado culpable de asesinato. Lo condenaron a reclusión perpetua.
El 22 de octubre de 2007, más de cuatro años después de ser imputada, comenzó el juicio contra Larissa. Fue difícil conformar un jurado imparcial con la cantidad de de información del asesinato que se había publicado en los medios.
Larissa decidió testificar para defenderse. Sostuvo que no sabía con anterioridad sobre el crimen que James Fagone había llevado a cabo. Repitió lo de la muerte accidental de su ex marido en manos de James, pero no pudo explicar porqué lo ayudó a deshacerse del cuerpo. Cuando la fiscalía la confrontó con sus amenazas en el contestador de Timothy, aseguró estar arrepentida y avergonzada por sus mensajes. Y respecto de la cantidad de químicos hallados en su laboratorio dijo que no eran para ser usados con Timothy sino para la limpieza del laboratorio.

Su testimonio no convenció a nadie. Fue encontrada culpable por homicidio en primer grado con el agravante de querer obtener por ello un beneficio económico. Quedó probado que si Timothy moría antes que ella, no solo no tendría que dividir sus bienes, además, Larissa cobraría su pensión y un buen seguro de vida.
El 16 de mayo de 2008 fue sentenciada a reclusión perpetua, sin posibilidad de salir en libertad condicional.
La Dama del Ácido tiene hoy 61 años y vive en la cárcel Central de California.
Negar el perdón
Después de escuchar la sentencia, la hija mayor de la pareja, Kristin Schuster, le recriminó a su madre desde el estrado, clavándole la mirada: “Pasé cinco años sin saber si tenía que preocuparme por mi propia seguridad. Te convertiste en nuestro demonio. Me lastimaste tanto tiempo… y seguramente estabas sonriendo por dentro. Pero mira quién sonríe ahora (…) Entregaste todos tus derechos como madre, como esposa, como amiga, como hija, como mujer. Sos una desgracia para esta familia. Un ser humano lamentable. Rezo para que te persiga, cada noche, el sonido de mi padre peleando por respirar en sus últimos momentos sobre esta tierra. Brindo porque padezcas horribles pesadillas que te hagan visualizar el horror de la violencia que has cometido. (…) Este es un adiós para siempre como tu hija”.
Fue la peor sentencia.
ENTREGA ESPECIAL
La casa verde de Nepal que resistió la avalancha: la familia que sobrevivió al desastre que ya supera los 600 muertos


#IMPACTANTE #MILAGRO La casa verde que se negó a caer.
Mientras el lodo, las rocas y el agua arrasaban pueblos enteros en Nepal, esta vivienda de color menta se quedó de pie. Adentro, una familia miraba desde el balcón cómo desaparecía todo a su alrededor. Horas después los… pic.twitter.com/RwIYV0IshU
— Diario Digital Cronio (@croniosv) August 29, 2026
ENTREGA ESPECIAL
El rastro de tres millones y un nombre: la filtración que reabre el debate sobre el laudo de Continental Towers
Hay conflictos empresariales que caben en un contrato. Este no es uno de ellos. Lo que empezó como una disputa entre socios por el control de Continental Towers LATAM Holdings —una plataforma de torres de telecomunicaciones con presencia en varios países de América Latina, El Salvador incluido— se convirtió en un litigio de años, con laudos en Nueva York, desacatos, órdenes de captura, extradiciones y una guerra de relatos que viaja de un expediente a un sitio web y de ahí a otra fiscalía.
Una carpeta de transferencias y correos —con sellos de Cayman National Bank, Credit Suisse y Charles Schwab— describe pagos fraccionados “a esta persona Goldstein” en el otoño de 2022. El hallazgo no anula por sí solo un laudo confirmado en Nueva York. Pero obliga a una pregunta que el arbitraje internacional no puede eludir: quién pagó, a quién y por qué, en medio de una guerra por torres de telecomunicaciones en América Latina.
En las últimas semanas, ese relato dio otro giro. Circulan, primero en publicaciones centroamericanas y ahora en una carpeta de doce páginas, documentos que pretenden reconstruir un circuito de dinero entre la Isla de Man, Suiza, Hong Kong y una cuenta en Charles Schwab & Co. El destinatario que aparece escrito en los correos no es un fondo ni una sociedad pantalla. Es un apellido: Goldstein.
Marc J. Goldstein, abogado de Nueva York, presidió el tribunal arbitral de tres miembros que, entre 2021 y 2025, emitió cinco laudos parciales y un laudo final en el caso Telecom Business Solution y otros contra Terra Towers Corp. y otros. Ese tribunal falló, de manera unánime, a favor de los inversionistas minoritarios —filiales de Peppertree Capital y AMLQ Holdings, vinculada a Goldman Sachs— y en contra de Terra Towers y de Jorge Hernández, el empresario que controla al grupo mayoritario.
Los papeles filtrados no prueban, por sí mismos, que Goldstein haya cobrado un soborno. Tampoco “destruyen” de manera automática la validez de los laudos, como han titulado algunos sitios. Un laudo arbitral no cae porque un PDF circule en internet. Cae, si es que cae, cuando un juez competente —en este caso, el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York, que ya confirmó varios de esos laudos— declara fraude, cohecho o parcialidad evidente con el estándar exigente de la Federal Arbitration Act y de la Convención de Nueva York.
Eso no vuelve irrelevantes los documentos. Los vuelve más graves. Porque si son auténticos, obligan a una investigación formal sobre independencia del árbitro. Y si son fabricados, encajan en un patrón que el propio tribunal y el juez Lewis A. Kaplan ya describieron: una campaña para ensuciar al presidente del panel después de que el primer laudo ordenara poner en venta la compañía.
Quién pelea por qué
Continental Towers no es una empresa de escritorio. Opera infraestructura de telecomunicaciones —torres, sitios, contratos de arrendamiento— en una región donde ese activo vale porque concentra espectro, ubicación y flujo de caja. Según reportes del sector, el grupo controla o opera miles de sitios en América Latina, con un pie especialmente grande en Guatemala.
En 2015, inversionistas estadounidenses entraron al capital. Peppertree, a través de Telecom Business Solution LLC y LATAM Towers LLC, y AMLQ Holdings (Cay) Ltd. quedaron con cerca del 45 por ciento. Terra Towers Corp., sociedad de las Islas Vírgenes Británicas, y TBS Management, de Panamá, retuvieron la mayoría, alrededor del 55 por ciento, bajo el control de Hernández. El acuerdo de accionistas incluía una cláusula que, al vencer un período de bloqueo, permitía a los minoritarios forzar la venta de la compañía a un tercero.
Esa cláusula es el origen del arbitraje. Peppertree sostuvo que Terra se negó a contratar al banco de inversión y a poner la empresa en el mercado. Terra respondió que los minoritarios y ciertos ejecutivos habían cometido irregularidades, y que las autoridades de Guatemala, El Salvador y otros países estaban investigando fraudes. El tribunal arbitral, constituido ante el ICDR de la American Arbitration Association, con sede en Nueva York, no compró esa narrativa. En febrero de 2022 ordenó la venta. En agosto de 2022 sancionó a Terra por lo que describió como una campaña para construir “una narrativa falsa de criminalidad” contra el entonces CEO Jorge Gaitán y la COO Carol Echeverría. En marzo de 2025 cuantificó daños por más de 354 millones de dólares, con 25 millones en daños punitivos contra Hernández. En noviembre de 2025 emitió el laudo final.
Mientras tanto, en El Salvador avanza un proceso penal por administración fraudulenta. Hay exejecutivos detenidos en Guatemala cuya extradición pide San Salvador, y órdenes contra tres ejecutivos de Peppertree: Ryan David Lepene, E. Howard Mandel y John Joseph Ranieri. Hay expedientes en Guatemala, Costa Rica y Panamá. Cada uno tiene partes, hechos y jueces propios. Confundirlos con el arbitraje de Nueva York, o con la investigación financiera sobre Goldstein, es el primer error que comete quien quiere un titular limpio y no un mapa.
Lo que dicen los papeles: una cronología de otoño de 2022
El expediente que esta redacción examinó —doce páginas, con tachaduras de nombres, números de cuenta, códigos SWIFT e IBAN— no es un informe pericial. Es un collage de comprobantes de wire y de correos internos. Su valor periodístico está en la secuencia. Su límite está en que no hay, en el dominio público, una certificación bancaria independiente que los autentique página por página. Eso debe decirse antes de citarlos.
Hecha esa salvedad, el relato que construyen es este.
5 de septiembre de 2022: entran 3,47 millones
La primera hoja registra un incoming wire por 3.475.644 dólares. Fecha: 5 de septiembre de 2022. El banco de origen aparece como Cayman National Bank (Isle of Man) Limited. El banco receptor: Credit Suisse AG. Las cuentas, el IBAN británico, el IBAN suizo y los códigos SWIFT están tachados con rectángulos negros. No hay, en esa página, el nombre de un beneficiario final. Solo el corredor: de una entidad de la Isla de Man hacia un banco suizo que, para entonces, ya estaba en la recta final de su absorción por UBS.
12 de septiembre: “a esta persona Goldstein”
Siete días después aparece el documento más comprometedor de la carpeta. Un correo con fecha 12 de septiembre de 2022, 10:41 a.m., enviado desde una cuenta @caymannational.com hacia una cuenta @credit-suisse.com. Los nombres de remitente y destinatario están tachados. El texto, no:
Hello
Thank you for the call. In regards to the 3.4 million we sent last week. Three million is to be distributed in 4-8 payments in USD over six months to this person Goldstein. The transfer dates and amounts are at your discretion. I have attached instructions. Contact me only, no copies.
Regards,
La frase “this person Goldstein” no identifica a Marc J. Goldstein. Tampoco a Joel Goldstein, el nombre que aparecerá más adelante. Identifica un apellido. En un correo bancario que pide no hacer copias, esa vaguedad no es menor: o es un código interno, o es una instrucción deliberadamente opaca, o es un documento armado para que el lector complete el apellido con el árbitro del caso.
El pie de página reproduce el descargo estándar de Cayman National: el correo es confidencial, está dirigido solo al destinatario y el banco se reserva el derecho de no actuar sobre instrucciones financieras recibidas por email. Es el tipo de cláusula que los bancos ponen en todos sus mensajes. No prueba autenticidad. Tampoco la descarta.
30 de septiembre: otros 908.032 dólares
Dos hojas posteriores —casi idénticas— registran un segundo incoming wire: 908.032 dólares, el 30 de septiembre de 2022, otra vez de Cayman National Bank (Isle of Man) Limited hacia Credit Suisse AG. De nuevo, cuentas tachadas. Si se suman las dos entradas visibles hacia Suiza, el total supera los 4,38 millones de dólares en 25 días. El correo del 12 de septiembre hablaba de “los 3,4 millones que enviamos la semana pasada” y de tres millones a distribuir. El segundo wire no está explicado en esa instrucción.
25 y 26 de octubre: Schwab y el Joel Goldstein Trust
Aquí el circuito deja de ser un movimiento entre bancos corresponsales y apunta a un destinatario nominado. Una hoja de “CHF wiring instructions” —fotografía de un documento, con sombras de fotocopia— indica:
- Banco origen: Credit Suisse AG.
- Fecha: 25 de octubre de 2022.
- Monto: 625.045 dólares.
- Cuenta destino: Charles Schwab & Co., Inc.
- Banco beneficiario: Citibank NA.
Al día siguiente, 26 de octubre de 2022, a las 10:14 a.m. EDT, un correo desde @credit-suisse.com hacia @citigroup.com, asunto “Wiring Instructions”, dice:
Dear [tachado],
Sorry for the worries. The destination account is the Joel Goldstein Trust. Schwab account No [tachado]
Best Rgds,
Credit Suisse, AG
Joel, no Marc. El detalle importa. En inglés jurídico y bancario, un trust con nombre de pila no es una metáfora: es un vehículo. Puede ser un fideicomiso familiar, un vehículo de planificación patrimonial, una cuenta de corretaje a nombre de un tercero. Nada en la carpeta demuestra que Marc J. Goldstein sea el settlor, el trustee o el beneficiario del Joel Goldstein Trust. Nada lo descarta. Esa es, precisamente, la pregunta que una unidad de inteligencia financiera tendría que resolver con requerimientos a Schwab y a Credit Suisse, no con un titular.
3 de noviembre: “Stop!”
El 3 de noviembre de 2022, 11:02 a.m., otro correo de @caymannational.com a @credit-suisse.com corta la operación:
Hello
There was a problem with the Goldstein instructions. Stop! I will follow with new instructions.
Regards,
La palabra “Stop!” —con signo de exclamación— es inusual en la prosa burocrática de un banco. Puede ser urgencia real. Puede ser teatro. En cualquier caso, el mensaje admite dos lecturas: o el circuito se trabó y hubo que reencauzarlo, o alguien dentro de la cadena detectó un problema de compliance —nombre, cuenta, coincidencia con una persona expuesta— y frenó el giro.
9 de noviembre: “la situación complicada con el americano”
Seis días después, un correo interno de Credit Suisse, enviado a las 5:41 a.m. EDT desde una cuenta del banco hacia otras dos del mismo dominio, con copia a @caymannational.com, cambia el tono. El remitente se identifica al pie como IWM UK/International, Singapore —banca privada internacional—. El texto:
I am following up on the discussion we had last week concerning this tricky situation with the American. It was nice to talk to you indeed…
I am in receipt of the 2.4 million and will hold the funds in the Hong Kong branch. I will plan to be in London next week.
“This tricky situation with the American.” “Los 2,4 millones.” “Los tendré en la sucursal de Hong Kong.” El correo no nombra a Goldstein. Pero está grapado, en la misma carpeta, a los mensajes que sí lo nombran. Quien armó el dossier quiere que el lector haga la conexión: el americano es el árbitro; los 2,4 millones son el remanente de los 3 millones que debían fraccionarse; Hong Kong y Londres son la logística de una operación que ya no quería dejar huella limpia en Suiza.
Esa conexión es una hipótesis de trabajo. No es una sentencia.
La tabla que el expediente obliga a mirar
Si se ordenan las cifras visibles, sin inventar las que no están, queda este esquema:
| Fecha | Documento | Monto visible | Qué dice |
| 5 sep 2022 | Incoming wire | US$ 3.475.644 | Isle of Man → Credit Suisse |
| 12 sep 2022 | Correo CNB → CS | US$ 3.000.000 (orden) | 4-8 pagos a “Goldstein” |
| 30 sep 2022 | Incoming wire | US$ 908.032 | Isle of Man → Credit Suisse |
| 25 oct 2022 | Instrucción de wire | US$ 625.045 | CS → Schwab / Citibank |
| 26 oct 2022 | Correo CS → Citi | Mismo giro | Joel Goldstein Trust |
| 3 nov 2022 | Correo CNB → CS | — | “Stop!” instrucciones Goldstein |
| 9 nov 2022 | Correo interno CS | US$ 2.400.000 (retenidos) | Hong Kong; “the American” |
Elaboración propia a partir del dossier de 12 páginas examinado por esta redacción. Los montos son los que aparecen impresos; las cuentas y los nombres de operadores están tachados en el original.
La coincidencia temporal que persiguen los investigadores
El borrador de trabajo que circula en redacciones centroamericanas —y que Diario El Salvador resumió el 23 de julio— habla de una unidad especializada en delitos financieros que compara fechas de movimientos con el calendario de laudos. Esa es, de hecho, la única metodología seria en un caso así. No basta con un apellido en un correo. Hace falta superponer el reloj.
El Segundo Laudo Parcial Final se firmó el 12 de agosto de 2022. Goldstein, Mélida N. Hodgson y Richard F. Ziegler lo suscribieron. Ese laudo, de 54 páginas en su versión pública, impuso sanciones a Terra, ordenó el pago de cientos de miles de dólares en costos del tribunal y retrató como artificio la denuncia penal contra Gaitán y Echeverría. Veinticuatro días después entra el wire de 3,47 millones. Siete días más tarde, el correo habla de fraccionar tres millones “a esta persona Goldstein” en un plazo de seis meses.
Seis meses a partir de septiembre de 2022 cubren, grosso modo, hasta marzo de 2023. En ese intervalo el caso no estaba cerrado: había confirmaciones judiciales en el Distrito Sur de Nueva York, nuevos escritos, y la maquinaria de ejecución de la venta. Un esquema de pagos fraccionados —si existió— no tendría que coincidir con un solo fallo. Tendría que coincidir con la vida útil de un tribunal que seguía decidiendo.
Eso es exactamente lo que una investigación financiera busca: no la foto de un soborno, sino la correlación. Origen de fondos. Beneficiario final. Relación entre el pagador y una de las partes. Relación entre el cobrador y el árbitro. Y, sobre todo, si alguna de esas circunstancias debió revelarse al ICDR y a las contrapartes bajo las reglas de independencia y divulgación.
Lo que el expediente de Nueva York ya dijo sobre el soborno
Aquí el reportaje se vuelve incómodo para quienes quieren un villano único. Porque esta no es la primera vez que el apellido Goldstein y la palabra “soborno” aparecen juntos en este caso. Es la segunda, y la primera ya fue litigada.
En marzo de 2022, pocas semanas después del primer laudo parcial, circuló en internet un texto atribuido a un “whistleblower” de Goldman Sachs. Decía que el banco había pagado 250.000 dólares a una cuenta de Goldstein en junio de 2021, el mes de su nombramiento como presidente del tribunal, y que el dinero era, en sustancia, un cohecho. El texto incluía los últimos cuatro dígitos del número de seguro social del árbitro.
Goldstein lo negó bajo pena de perjurio. El tribunal, en el Quinto Laudo Parcial Final de marzo de 2025, concluyó que la acusación era falsa y que su publicación había sido un acto malicioso atribuible a Hernández. Impuso 25 millones de dólares en daños punitivos, entre otras partidas que sumaron más de 354 millones. El juez Kaplan confirmó laudos sucesivos y, en resoluciones de 2025 y 2026, describió las alegaciones de parcialidad evidente como una repetición de argumentos ya rechazados. En una opinión sobre el laudo final, el tribunal federal escribió que los intentos de anular el award por sesgo del presidente del panel carecían de mérito.
En noviembre de 2025, el propio Goldstein publicó en su bitácora Arbitration Commentaries una nota titulada “The Facts About the Alleged Corruption of Arbitrator Marc J. Goldstein”. Ahí sostiene que no recibió de la matriz de una de las demandantes ningún pago distinto de los honorarios y gastos de árbitro debidamente revelados, y que no tuvo relación ni comunicación con la persona señalada como desembolsadora del supuesto cohecho de 2021.
Ese historial no limpia, por arte de magia, los papeles de 2022 que ahora reaparecen. Un juez puede haberse equivocado. Un árbitro puede haber mentido bajo juramento. Un dossier nuevo puede ser verdadero aunque el anterior fuera falso. Pero un periodismo que ignore el expediente judicial y presente la filtración como la caída inevitable de los laudos está haciendo el trabajo de una de las partes, no el de una redacción.
Las dos publicaciones que anticiparon el dossier
El 17 de agosto, Hora 13 Noticias (h13n.com) publicó “Pruebas de sobornos a árbitro de New York destruye la validez de los laudos en el caso Continental Towers”. El texto reconstruye el mismo circuito —3,47 millones, la orden de fraccionar tres millones, los 625.045 dólares hacia Schwab, el Joel Goldstein Trust, el “Stop!” y los 2,4 millones en Hong Kong— y concluye que los laudos son nulos de pleno derecho, que Goldstein debe ser inhabilitado y que la ejecución sobre los activos de Continental debe revertirse.
Minuto 60 Panamá tituló en la misma línea: “Justicia a sueldo: laudos contra Terra Towers se derrumban tras filtración de pagos clandestinos al árbitro Goldstein”. Diario El Salvador, el 19 de agosto, recogió la tesis con menos cifras y más adjetivos: el supuesto soborno “opaca” la validez de las resoluciones; Goldstein “fue sobornado” para fallar a favor de Peppertree y Goldman Sachs.
Esas piezas hacen un servicio y un daño. El servicio: sacan de la oscuridad una carpeta que, si es genuina, merece fiscalías, no solo columnas. El daño: tratan como hecho consumado lo que es una cadena de indicios no peritados, y dan por “derrumbados” laudos que un juez federal de Estados Unidos ha confirmado. La Convención de Nueva York, que invocan, no opera como un interruptor mediático. El artículo V permite denegar el reconocimiento de un laudo cuando, entre otras causales, la composición del tribunal o el procedimiento se apartaron del acuerdo de las partes, o cuando el reconocimiento sería contrario al orden público del país donde se pide. Eso se litiga. No se declara en un lead.
Hay otro problema de oficio. Ninguna de esas notas responde, con nombre y apellido, una pregunta elemental: quién es el origen de los 3,47 millones. Cayman National Bank (Isle of Man) es un corredor, no un pagador último. Credit Suisse es un puente. Schwab es un destino. El beneficiario final del lado que envía —el cliente que ordenó el wire en la Isla de Man— no aparece. Sin ese nombre, el dossier describe una tubería. No describe un soborno.
Lo que falta para que esto sea un caso, y no un dossier
Una investigación financiera seria, de las que sí cruzan fronteras, tendría que responder al menos cinco preguntas antes de hablar de cohecho arbitral.
Uno. Autenticidad. ¿Los correos salieron de los servidores de Cayman National y de Credit Suisse? ¿Los metadatos, los encabezados, los hashes de los PDF coinciden con archivos nativos? Un collage de capturas con tachaduras es un punto de partida, no un hallazgo.
Dos. Identidad. ¿Quién es Joel Goldstein y qué relación, si alguna, tiene con Marc J. Goldstein? ¿El trust existe en Schwab? En un episodio anterior del mismo litigio, el tribunal dejó constancia de que una pesquisa sobre una cuenta fiduciaria atribuida al árbitro no halló tal cuenta. Esa historia no se borra. Se verifica otra vez.
Tres. Originador. ¿Qué cliente de Cayman National Bank (Isle of Man) mandó los 3,47 millones? ¿Es una parte del arbitraje, un afiliado, un intermediario, un tercero sin nexo? El cohecho exige un dador y un tomador. Hoy el dossier tiene un tomador presunto y un dador invisible.
Cuatro. Contraprestación. Los honorarios de un presidente de tribunal en un arbitraje ICDR de esta envergadura no son secretos para las instituciones que los administran. El ICDR registra depósitos y desembolsos. Si los 625.045 dólares —o los tres millones— coinciden con honorarios legítimos, el escándalo se desinfla. Si no coinciden, y no fueron revelados, el problema se agranda.
Cinco. Nexo decisorio. Aunque el dinero exista y el apellido coincida, falta demostrar que una decisión concreta del tribunal —la orden de venta, las sanciones de agosto de 2022, los 354 millones de 2025— fue comprada. Los tres árbitros firmaron en unanimidad. Hodgson fue nombrada por Terra. Anular un laudo unánime por el supuesto vicio de uno de los tres exige un listón alto: no basta la sospecha; hace falta la evidencia que mueva a un juez federal.
Mientras esas cinco preguntas no tengan respuesta en un expediente, lo responsable es decir lo que hay: una filtración grave, una coincidencia de apellido y de calendario, un patrón offshore que incluye Isla de Man, Suiza, Hong Kong y una casa de bolsa estadounidense, y un conflicto de control corporativo que ya produjo procesos penales en cuatro países y un juicio de ejecución en Manhattan.
Por qué el caso no cabe en Nueva York
El atractivo del arbitraje internacional es, en teoría, la neutralidad: un panel privado, una sede acordada, un laudo exportable. El riesgo, cuando el activo está en tierra latinoamericana y las partes se odian, es que el laudo se convierta en un artefacto que una jurisdicción no reconoce y la otra ejecuta.
En las Islas Vírgenes Británicas, sede de la matriz de Continental, equipos legales vinculados a Terra preparan —según el material de trabajo de esta investigación— acciones para cuestionar la validez y los efectos de los laudos. El argumento que se proyecta no es solo el de la parcialidad. Es el de la extralimitación: que el tribunal habría dispuesto sobre infraestructura y operaciones sujetas a regulaciones de telecomunicaciones de países que no fueron parte del compromiso arbitral. Ese planteo tampoco anula nada por el hecho de formularse. Pero explica por qué el caso “salió” de Nueva York.
En El Salvador, el expediente penal por administración fraudulenta vive una vida paralela. Los fiscales no están juzgando a Goldstein. Están juzgando, o persiguiendo, a ejecutivos. Mezclar ambos procesos es útil para la propaganda y tóxico para la prueba. Un juez salvadoreño no confirma ni vacía un laudo del ICDR. Un juez de Manhattan no absuelve ni condena por administración fraudulenta en San Salvador. La conexión es política y narrativa: la misma compañía, los mismos apellidos, dos teorías del caso que no pueden ser las dos verdaderas al mismo tiempo.
Una teoría dice: Hernández y Terra sabotearon la venta, fabricaron denuncias, acosaron a árbitros y a ejecutivos, y ahora reciclan una acusación de soborno que ya fue desestimada. La otra dice: Peppertree y sus aliados compraron un tribunal, usaron el laudo como ariete para tomar una empresa latinoamericana y dejaron a los fundadores a merced de un procedimiento extranjero. Los papeles de septiembre-noviembre de 2022 son el intento más reciente de hacer prevalecer la segunda teoría. El expediente del juez Kaplan es el muro más alto que esa teoría ha encontrado hasta ahora.
El estándar que sí importa
En Estados Unidos, la Federal Arbitration Act permite vaciar un laudo cuando hay “evident partiality” del árbitro o cuando el award se obtuvo por corrupción, fraude o medios indebidos. La jurisprudencia del Segundo Circuito —el que revisa al Distrito Sur de Nueva York— ha sido consistentemente restrictiva: el sesgo tiene que ser claro, no inferido del simple hecho de que una parte perdió. La Convención de Nueva York, en paralelo, deja a cada Estado la puerta del orden público.
Eso significa dos cosas a la vez. Primera: si una fiscalía o una unidad de inteligencia financiera demuestra que Goldstein recibió fondos ocultos de una parte, o de un intermediario de una parte, durante el procedimiento, el edificio de los laudos se agrieta de verdad. No en un portal. En un tribunal. Segunda: mientras esa demostración no exista, ejecutar la empresa, bloquear la venta o desacreditar en bloque a Hodgson y a Ziegler —que también firmaron— es una operación política vestida de reportaje.
Hay un tercer estándar, menos jurídico y más profesional. Un árbitro internacional vive de su reputación de independencia. Goldstein lo sabe: lleva años escribiendo sobre arbitraje. Precisamente por eso, la aparición de un trust con su apellido —aunque el nombre de pila no coincida— en una cadena Isle of Man–Credit Suisse–Schwab, en las semanas posteriores a un laudo controvertido, no es un asunto que pueda despacharse con un comunicado. Tampoco con una filtración anónima. Exige, de bancos y de autoridades, la trazabilidad que los propios correos dicen querer ocultar: “Contact me only, no copies.”
Coda
Las torres de Continental Towers seguirán emitiendo señal aunque este dossier sea auténtico o sea un montaje. Lo que no puede seguir emitiendo, sin costo, es la ficción de que el arbitraje internacional es un recinto inmune a la política, al dinero opaco y a la guerra sucia entre socios.
Los documentos de septiembre a noviembre de 2022 merecen ser peritados, no canonizados. El laudo de Nueva York merece ser defendido o atacado con prueba, no con adjetivos. Y las fiscalías de El Salvador, Guatemala, Panamá y Costa Rica merecen que nadie use sus expedientes como eco de un conflicto que se decide, para bien o para mal, en otra latitud.
Entre el wire de 3,47 millones y la frase “tricky situation with the American” hay un relato. Entre ese relato y un soborno demostrado hay un abismo de diligencia. Esta nota se queda en el borde de ese abismo, donde debe quedarse un periódico: con los papeles sobre la mesa, con el expediente judicial a la vista, y con la única certeza que el caso permite por ahora. Alguien movió millones en nombre de un Goldstein, en el otoño en que un Goldstein decidía el destino de una empresa latinoamericana. Quién, para quién y a cambio de qué es, todavía, el trabajo que falta.
NOTA DE MÉTODO Y USO DE LAS PRUEBAS
Aquí compartimos una breve guía de dónde entra cada pieza del PDF en esta nota, para quien desee ampliar con estos documentos y entender toda la investigación:
Archivos en PDF para consultar
Páginas 1 del PDF. Wire del 5 de septiembre de 2022 por US$ 3.475.644. Se cita en el subapartado “5 de septiembre de 2022: entran 3,47 millones” y en la primera fila de la tabla.
Páginas 2 y 3. Correo del 12 de septiembre y descargo de Cayman National. Es el corazón de la pieza. Va citado íntegro en “12 de septiembre: a esta persona Goldstein”. El descargo se menciona para no presentar el correo como un acto notarial.
Páginas 4 y 6. Wire duplicado del 30 de septiembre por US$ 908.032. Se usa en el subapartado correspondiente y en la tabla. La duplicación sugiere que el dossier fue armado con copias, no con un expediente bancario continuo.
Página 5. Instrucción de wire del 25 de octubre por US$ 625.045 hacia Charles Schwab / Citibank. Se describe en “25 y 26 de octubre”.
Página 7. Correo de Credit Suisse a Citi que nombra el Joel Goldstein Trust. Es la única identificación de un destinatario. Debe ir siempre con la advertencia de que Joel no es Marc.
Página 8. Correo del 3 de noviembre (“Stop!”). Cierra el tramo operativo y abre la hipótesis de un problema de compliance.
Páginas 9, 10 y 12. Descargos de Credit Suisse (Hong Kong / Singapur). No aportan hechos nuevos; sirven para geolocalizar la cadena en Asia y para no recortar el documento.
Página 11. Correo del 9 de noviembre sobre “the American” y los 2,4 millones retenidos en Hong Kong. Es el cierre narrativo del dossier y debe editarse con el mismo cautela que el correo del 12 de septiembre: sugiere, no demuestra.
Fuentes abiertas contrastadas para esta nota: laudos parciales del ICDR (caso 01-21-0000-4309); resoluciones del juez Lewis A. Kaplan en Telecom Business Solution, LLC et al. v. Terra Towers Corp. et al., 1:22-cv-01761 (S.D.N.Y.); bitácora de Marc J. Goldstein en lexmarc.us (11 de noviembre de 2025); coberturas de Inside Towers, Wireless Estimator y Global Arbitration Review; piezas de Hora 13 Noticias (17 de agosto de 2026), Diario El Salvador (23 de julio y 19 de agosto de 2026) y el material de trabajo de Minuto 60 Panamá.
ENTREGA ESPECIAL
Mujer de 84 años sobrevive tres días bajo los escombros tras terremoto en Indonesia
Una mujer de 84 años fue hallada con vida tres días después de que un fuerte terremoto destruyera por completo su vivienda en una isla de Indonesia, informó este miércoles un funcionario local, mientras el número de fallecidos por el sismo aumentó a 73.
Más de 900 personas resultaron heridas y cerca de 60.000 fueron desplazadas tras el terremoto de magnitud 7,7 que sacudió el sábado las aguas frente a la isla indonesia de Flores, según la Agencia de Mitigación de Desastres (BNPB).
La vivienda de Paulina Pobi, ubicada en una pequeña isla al norte de Flores, fue una de las cientos de casas destruidas por el terremoto. La mujer quedó sepultada bajo las paredes de bambú que colapsaron durante el movimiento telúrico.
Pobi permaneció bajo los escombros hasta que su familia regresó a buscarla el martes. Inicialmente, sus familiares creían que había sido rescatada y trasladada a un refugio.
«Estaba como paralizada, no podía moverse ni hablar, así que su familia recién la encontró el cuarto día», declaró a la AFP el funcionario local Rudolfus Riba.
Riba indicó que la mujer se encontraba en buen estado de salud y no sufrió lesiones. «Solo estaba un poco débil porque llevaba días sin comer ni beber nada», explicó. «Parece irreal, casi como un milagro», agregó.
Desde el sábado se han registrado más de 3.000 réplicas, de las cuales al menos 86 fueron lo suficientemente fuertes como para ser percibidas por los residentes, según la agencia geológica BMKG.
Los constantes movimientos telúricos han provocado que muchas personas tengan demasiado miedo de regresar a sus viviendas. La BNPB informó que desde el sábado se han distribuido casi 400 toneladas de ayuda, incluidos alimentos, agua y medicamentos.
Indonesia registra terremotos con frecuencia debido a su ubicación en el denominado «Anillo de Fuego» del Pacífico, una zona de intensa actividad sísmica y volcánica que se extiende desde Japón, atraviesa el sudeste asiático y cruza el océano Pacífico.
En 2004, un terremoto de magnitud 9,1 ocurrido frente a la costa de Sumatra provocó un tsunami que dejó unas 220.000 personas fallecidas en toda la región, incluidas aproximadamente 170.000 en Indonesia.




