2

Connect with us

Opinet

¿Y si no todo es una construcción del lenguaje?

Publicado

el

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La existencia de los hechos brutos… es un requisito para que haya hechos institucionales”: John Searle, La construcción de la realidad social (1995), p. 121.

Hoy quisiera invitarlos a reflexionar sobre uno de los tantos clichés de la filosofía en general, pero de la filosofía del lenguaje en particular, a saber, la premisa que sostiene que el lenguaje no sólo describe el mundo, sino que, en una medida considerable, lo construye. Esta piedra angular de la filosofía contemporánea adquiere especial relieve al examinar la realidad social. Así, nos vemos ante un dilema fundamental: ¿cómo se puede distinguir entre los hechos brutos que existen con independencia del lenguaje, como las montañas y los hechos institucionales que dependen de él? ¿Qué implicaciones tiene esta distinción para nuestra comprensión de la realidad? Pues bien, un tal John Searle ofrece una respuesta exhaustiva a este problema, aunque su visión ha sido a menudo distorsionada por interpretaciones que llevan sus ideas a un extremo que él mismo no avalaría jamás.

En su obra capital titulada “La construcción de la realidad social” (1995), John Searle propone que gran parte de nuestro mundo, desde el dinero y la propiedad hasta el matrimonio y los gobiernos, se constituye a través de una intencionalidad colectiva manifestada mediante el lenguaje. Para él, los hechos sociales, a diferencia de los hechos brutos de la naturaleza, sólo existen porque les hemos asignado una función y un estatus. Esta asignación no es un acto individual, sino un acuerdo colectivo y deliberado. Searle lo define con precisión al señalar que “la realidad social, o al menos un enorme sector de ella, es construida por el lenguaje. Específicamente, yo sostengo que el lenguaje es un sistema de reglas constitutivas que crean la realidad social” (Searle, 1995, p. 7).

Tengamos en cuenta que la piedra angular de su teoría es la “intencionalidad colectiva”. Este concepto se refiere a la capacidad humana para participar en actividades conjuntas y compartir un estado mental, como una creencia, un deseo o una intención, que se dirige a un objeto o situación. No se trata de que “todos queremos lo mismo”, sino de que “todos queremos esto juntos, sabiendo que los demás también lo quieren juntos”. La intencionalidad colectiva es la que permite a un grupo asignar una función a un objeto o persona. Por ejemplo, un trozo de papel no es dinero por sus propiedades físicas, sino porque la intencionalidad colectiva de una sociedad le ha asignado la función de ser un medio de intercambio lícito y válido. Searle lo resume en su fórmula constitutiva: “X cuenta como Y en el contexto C” (Searle, 1995, p. 43). De esta forma, un trozo de papel (X) cuenta como dinero (Y) en el contexto de una economía (C).

Hasta aquí, vamos bien. El problema se suscita cuando notamos que el planteamiento de Searle, aunque enfatiza el papel crucial del lenguaje, se distingue fundamentalmente del constructivismo radical que se aprecia en ciertas corrientes posmodernas. La posmodernidad, en su versión más extrema (o sea, la que está de moda ahora), a menudo sugiere que toda la realidad es un constructo lingüístico o narrativo, llegando a negar la existencia de una realidad externa e independiente del sujeto. En la visión de estos pensadores, no hay hechos brutos, solo interpretaciones. El mundo se disuelve en el discurso.

Un claro ejemplo de esta postura diletante puede hallarse en el trabajo de Jacques Derrida. Aunque su pensamiento es de gran complejidad, su famosa frase “no hay nada fuera del texto” ha sido interpretada, a menudo de forma simplista, como una negación de la realidad extra-lingüística. Esta lectura conduce necesariamente a la idea de que todo lo que podemos conocer o decir es siempre parte de una red infinita de significados lingüísticos, sin un anclaje externo. La realidad, en esta perspectiva, se convierte en un mero efecto del lenguaje.

Esta idea, cuando se filtra en el debate político y cultural, nos ha conducido a consecuencias nefastas y absurdas. Si la realidad es puramente un constructo lingüístico, se borra la distinción entre la percepción subjetiva y un mundo objetivo. La noción de “verdad” se vuelve maleable, reduciéndose a un simple “consenso discursivo”. Por ejemplo, se argumenta que el sexo biológico, por ser una “categoría” de nuestro lenguaje, no existe como un hecho bruto, sino que es una construcción social. Pues bien, al disolver la biología en la narrativa progre, se niega la realidad innegable de las diferencias cromosómicas o reproductivas que no dependen de la conciencia humana. Al respecto, la bióloga Heather Heying, en su libro “A Hunter-Gatherer’s Guide to the 21st Century”, nos dirá que la ciencia y la biología se basan en la observación de regularidades en el mundo, no en la simple declaración de caprichos, voluntades y sentires. La negación de estos hechos tangibles, aunque se haga por motivos políticamente correctos, es un “acto de renuncia a la ciencia y a la razón” (Heying, 2021).

De igual manera, el concepto de “enfermedad” puede ser reducido a una construcción social, argumentando que las categorías de diagnóstico son “etiquetas” impuestas por el poder médico para ejercer control. Si bien es cierto que la experiencia de la enfermedad está mediada culturalmente, llevar esta idea a su extremo es negar el hecho fáctico del sufrimiento humano, del dolor físico o del mal funcionamiento biológico que existe, con independencia de cualquier rótulo. El dolor de una muela, el avance de una enfermedad neurodegenerativa o un hueso roto no son “realidades del lenguaje”, sino hechos que nos confrontan con la ineludible “resistencia” del mundo material real.

Este giro teórico tiene implicaciones directas en la acción política concreta. Si no hay una realidad compartida y observable, las demandas políticas no se estarían basando entonces en la evidencia o en la justicia, sino en la capacidad de imponer un discurso sobre otro. La lógica de la argumentación racional se reemplaza, entonces, por la del poder discursivo. En un mundo donde todo es un texto, no hay “realidad” que nos sirva de árbitro. En consecuencia, la noción misma de la objetividad se torna sospechosa y se reduce a una herramienta de opresión.

Frente a esta exacerbación, la visión de Searle se mantiene anclada en un realismo que reconoce la existencia de un mundo independiente de nuestras representaciones personales. Nuestro autor es un “realista ingenuo” que cree que el lenguaje, si bien es constitutivo de la realidad social, se erige sobre una base de hechos brutos. El lenguaje, queridos amigos, no crea las montañas o las leyes de la física, sino sólo la realidad de que “la montaña es propiedad de un país” o que “las leyes de la física son un campo de estudio”, y lo aclara definitivamente al sostener que “la existencia de los hechos brutos…es un requisito para que haya hechos institucionales” (Searle, 1995, p. 121).

Para profundizar en esta contraposición, podemos recurrir a autores que, desde diferentes enfoques, defienden un realismo robusto. Hilary Putnam, por ejemplo, en su obra titulada “Razón, verdad e historia” (1981) criticó duramente las posturas relativistas y constructivistas que niegan la posibilidad de una verdad objetiva. Concretamente, argumentó que nuestras teorías y nuestro lenguaje deben, en última instancia, ajustarse a cómo es el mundo, pues de lo contrario perderían su capacidad de explicarlo. La realidad, para él (si, “él”, se llama Hilary y era varón), no es un lienzo blanco para la escritura del lenguaje, sino que ofrece una “resistencia” que nuestras teorías deben reflejar, motivo por el cual “lo que es verdad no es lo que nuestras teorías dicen, sino que lo que nuestras teorías dicen es verdadero o falso” (Putnam, 1981, p. 49).

Del mismo modo, el filósofo de la ciencia Ian Hacking, en su obra “Representar e intervenir” (1983), ofreció una visión que equilibra la construcción social con la realidad de lo que se estudia. Si bien reconoce que las categorías científicas (como “autismo” o “múltiples personalidades”) son, en parte, construcciones históricas y sociales, enfatiza que estas categorías se aplican a personas reales con características reales. En otras palabras, aunque las etiquetas son sociales, las propiedades a las que se refieren no lo son enteramente. También, utiliza el concepto de “efectos de bucle” (looping effects), donde una categoría social crea una nueva clase de personas que, a su vez, influyen en la categoría, de manera tal que “las clasificaciones de los seres humanos interactúan con la gente clasificada» (Hacking, 1999, p. 101). Como podrán apreciar, este proceso, si bien es de naturaleza social, no anula la existencia de una realidad subyacente que reside en una total disolución en el ámbito discursivo.

La distinción que realiza Searle entre “hechos brutos” e “institucionales” constituye una herramienta analítica invaluable. Mientras el lenguaje crea cierta parte de la realidad social, lo hace sobre un mundo que no es enteramente lingüístico. La exacerbación posmoderna de esta idea, al negar un anclaje externo al lenguaje, nos ha privado de una base para el conocimiento objetivo y el juicio crítico. La contraposición que presentamos previamente de autores como Putnam o Hacking nos recuerda que el realismo, lejos de ser ingenuo, es una postura filosófica interesante para entender tanto la resistencia de la realidad como la enorme capacidad creativa que efectivamente tiene el lenguaje.

No bastante, si el poder del discurso puede redefinir la realidad de forma tan radical, la pregunta que debería interpelarnos es dónde radica la posibilidad de un debate racional o de una moralidad compartida que no se disuelva en la simple imposición de un relato sobre otro. Y, a un nivel más personal, ¿cómo podemos discernir la voz de nuestra propia experiencia, de nuestra biología y de nuestro entorno, de la cacofonía de narrativas que se nos imponen mediática, política y culturalmente? En última instancia, el desafío que queda flotando es si la filosofía, en su afán por comprender el lenguaje, debe abandonar su antigua tarea de buscar una verdad que resiste el mero capricho del discurso rentado, o si, por el contrario, su principal labor es precisamente la de recordarnos la ineludible “resistencia” del mundo.

Lisandro Prieto Femenía
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina

DATOS DE CONTACTO
-Correos electrónicos de contacto:
lisiprieto@hotmail.com
lisiprieto87@gmail.com
-Instagram: https://www.instagram.com/lisandroprietofem?igsh=aDVrcXo1NDBlZWl0
-What’sApp: +54 9 2645316668
-Blog personal: www.lisandroprieto.blogspot.com
-Facebook: https://www.facebook.com/lisandro.prieto
-Twitter: @LichoPrieto
-Threads: https://www.threads.net/@lisandroprietofem
-LinkedIn:https://www.linkedin.com/in/lisandro-prieto-femen%C3%ADa-647109214
-Donaciones (opcionales) vía PayPal: https://www.paypal.me/lisandroprieto
-Donaciones (opcionales) vía Mercado Pago: +5492645316668

Continue Reading
Advertisement

Opinet

La cara oculta de Nayib Bukele

Publicado

el

Por

En un tiempo turbulento propicio para que seudoperiodistas y politicastros den rienda suelta a sus frustraciones y su furia contra el árbol más florido, se ha vuelto profesión de fe desatar reportajes trucados y panfletos difamatorios contra el presidente Nayib Bukele.

De entrada, están ofendiendo a toda una nación que se encuentra luchan do por construir un nuevo país donde la paz social, el auténtico clima democrático, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la ciencia para el progreso y la justicia para los más olvidados, reinen.

A pesar de las lógicas dificultades de la economía mundial, de fenómenos como El Niño y de las dañinas guerras que encarecen el petróleo y sus derivados, 90 % de la población salvadoreña respalda la gestión del presidente, y es indudable que votará por él en 2027. Esto es lo primero que debería tener claro esa prensa amarillista.

Uno de los argumentos que esgrimen es la condición de bachiller del presidente, como si ello fuese un delito capital o un impedimento para ejercer la política. Hay que recordarles a es tos sesudos intelectualoides los grandes líderes del planeta que no terminaron sus estudios universitarios, pero jugaron un rol brillante en la política internacional, como George Washing ton, James Monroe, Harry S. Truman, Winston Churchill, sin olvidar a Abraham Lincoln, que fue leñador; y personajes como Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Mark Zuckerberg, entre muchos otros, se destacan por sus trayectorias excepcionales a pesar de haber abandonado o nunca haber comenzado estudios universitarios.

Por el contrario, Bukele cuenta en su currículo uno de los reconocimientos que la totalidad de académicos de a cuartillo solo pueden soñar con obtener. En diciembre de 2019 la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas del planeta, le otorgó un doctor «honoris causa».

Es evidente que ocultan o minimizan los grandes logros que su gestión ha logra do en cuanto a la seguridad ciudadana al transformar al país más violento y criminal del mundo en el más seguro del hemisferio occidental, el gran salto económico que ha significado su apuesta por el turismo, su lucha contra las mafias intermediarias de la producción agrícola y la búsqueda de la seguridad alimentaria en la agricultura, así como la modernización de los servicios, la infraestructura del sistema nacional de salud, entre otros.

O las grandes obras que su estrategia política de cooperación internacional ha logrado, especialmente con China, Corea del Sur, Estados Unidos, el mundo árabe e Israel, como son las infraestructuras de la Biblioteca Nacional, el superestadio en construcción, la potabilización del lago de Ilopango, el tramo de la autopista Los Chorros, la incautación de centenares de toneladas de cocaína y otras drogas del narcotráfico inter nacional; la edificación, a través de la Dirección de Reconstrucción del Tejido Social, de los centros urbanos de bienestar y oportunidades (CUBO) dentro del Plan Control Territorial, fase II.

Así, un líder heterodoxo, cuya regla es saltarse las reglas tradicionales, como Nayib Bukele, ha sido recibido con honores por el presidente Donald Trump en la Casa Blan ca, ha sido bienvenido en Israel para visitar el museo del holocausto Yad Vashem y el Muro de las Lamentaciones, ha sido acogido con profundo respeto y alfombra roja por el presidente Xi Jinping, en Pekín.

Es además admirado por la mayoría de sus colegas, presidentes de Uruguay, Chile, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Colombia, Perú, muchos de los cuales quieren reproducir sus políticas de seguridad ciudadana.

Su visión estratégica, que ha sido fundamental en la creación del Escudo de las Américas de Washington, constituido por 17 países del hemisferio occidental, incluyendo a Estados Unidos, es producto de la experiencia nacional de la lucha contra las pandillas, que contiene estrategias vitales para que dicho escudo haga más efectiva su lucha contra los carteles de las drogas y el terrorismo internacional.

Los adversarios y enemigos acérrimos de Nayib Bukele teorizan absurdos sobre su futuro como líder, o crean infames y ominosas teorías de la conspiración, se horrorizan ante los hechos palpables de su impecable gestión y de sus indiscutibles logros en política nacional e internacional. Esta es la ver dadera doble cara de un líder continental que más que desatar el odio, la rabia y la impotencia de sus adversarios les produce terror, con resultados tangentes que no se atreven ni a reconocer ni mucho menos a divulgar.

 

Continue Reading

Opinet

En El Salvador pasa algo mucho más profundo

Publicado

el

Por: Francisco Martínez

El libro que nos comparte Yossi Abadi, es el autorretrato novelado de una nación que tocó fondo, que levantó la cabeza y a lo salvadoreño enfrentó sus quimeras y se atrevió a soñar, y a soñar en grande, construir un gran país.

El relato que Yossi nos cuenta, con toques de realismo mágico, es el testimonio de alguien que vino a este paisito aventurando, por curiosidad, corriendo riesgos, llegó por unos días sin decir a su familia que estaba acá y terminó atrapado, prendado por la resistencia, resiliencia, gallardía, pundonor y bravura libertaria del pueblo salvadoreño.

Es una historia contada desde la mirada humilde y ambiciosa del ciudadano salvadoreño de a pie en su día a día, desde la calle, cuenta aspectos, no públicos, desde los ejecutores de la política del cambio; no ignora la opinión de los detractores del proceso, tanto locales y en particular de los extranjeros; sin ignorar ni falsear la historia inmediata político social del país.

Su escrito asume una verdad social histórica, la guerra civil resultó de las injusticias y desigualdades, le siguió la posguerra que legó un modelo de solución negociada de conflictos celebrado internacionalmente pero sin mantra local; el dolor, las desigualdades, las crisis de vidas se profundizaron, aquel país forjado por la guerra permaneció por la falta de reflexión colectiva sobre los Por Qué de la guerra que fue soportada en una narrativa controlada que evitaba el fondo del asunto y evitaba se mirara a los responsables, mientras las elites restauraban su poder.

Políticos e instituciones, aupados desde fuera por la política de control blando, se casaron con el sacrosanto mito  de la democracia funcional, la de lo políticamente correcto, donde la formalidad y las formas lo son todo; no les importó que el país se deslizara en una vorágine sangrienta, optaron por la omisión y la desidia, lo que llevó a la instauración de la república de las pandillas donde la violencia no vestía el humeante verde olivo de los setentas y ochentas sino, que esta vez se vestía de tatuajes, los números y las letras, ese era el pedo, qué onda eh.

Cero Crimen cuenta el proceso de cómo se gestó y ejecutó un cambio, de cómo un líder: Nayib Bukele, con una narrativa esperanzadora y disruptiva ganó gradualmente la confianza ciudadana y democráticamente desplazó el viejo orden para instaurar uno nuevo, un orden de seguridad y desarrollo; relata cómo con una política innovadora de seguridad una startup politic y usando todo el poder del Estado hizo posible para El Salvador pasar de ser la capital mundial del crimen a ser el país más seguro del hemisferio occidental, esa es la experiencia que cuenta Yossi desde un enfoque humano, con la lupa de alguien que viaja por el mundo, desde un ciudadano israelí que conoce la violencia, desde una  visión empresarial, en una interrelación activa con salvadoreños acá y por el mundo.

Por las páginas del libro se puede ver que este cambio no se limitó a la guerra contra las pandillas, es una estrategia para desatascar las trampas que tenían atada el potencial de la economía, y ahí en ese escenario Yossi nos habla de cómo la seguridad es después de todo una moneda un resguardo de valor de la inversión, que permite atraer capitales de inversión y abre las puertas al regreso de los que tuvieron que irse, nos presenta un enfoque desenfadado (NO OFICIAL) respecto de los trasfondos de la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal y su uso como ancla de la nueva imagen y aviso de la transformación estatal y del renacer de un país.

Yossi destaca que la política del nuevo orden se basa en resultados, no en discursos, sino en acciones no en reuniones, con decisión y celeridad frente a los problemas desde una forma sin manuales ni formalidades, simplemente: hágase.

El libro, es una provocación al estudio critico de El Salvador para comprender el nuevo modelo de gobernanza con liderazgo fuerte y cercano al pueblo, es un relato ameno desde la visión particular de Yossi y su cariño y compromiso con este paisito.

Narra como El Salvador no solo sobrevivió, a la inestabilidad y al caos, sino que, desde esa realidad, asumió que no había más opción que diseñar la nueva arquitectura nacional, una que evite repetir o regresar al pasado, una nación que no sea desangrada por la violencia, una sociedad que se integre y supere las desigualdades, en donde no tengamos que tomar o entender porque alguien toma los fúsiles.

Francisco Martínez

Continue Reading

Opinet

La guerra como casino y la obsolescencia del alma- Lisandro Prieto Femenía

Publicado

el

Por

«Cuando la violencia ya no se ejerce sobre las cosas o sobre las personas, sino sobre los signos y las imágenes, nos adentramos en la era de la simulación absoluta»

 Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1978/2005, p. 43).

Acaso la mayor ceguera de nuestra época radique en la convicción de que las transiciones civilizatorias se anuncian con trompetas y cataclismos visibles. Nos desvelamos elucubrando de qué manera la IA reescribirá las aulas, cómo los algoritmos reestructurarán el diagnóstico clínico o bajo qué lógicas se reorganizará el empleo global, asumiendo con ingenuidad que el sujeto que habitará ese mañana permanecerá inalterado en su esencia fundamental.

Sin embargo, lo que verdaderamente se desliza bajo nuestros pies no es una simple reconfiguración del entorno instrumental, sino una mutación irreversible del ser humano en su totalidad. Asistimos, tal vez, con una resignación anestesiada, a la última versión de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Frente a los discursos optimistas que, amparados en una falsa perspectiva histórica, murmuran que toda crisis civilizatoria halla siempre su punto de equilibrio y que las aguas siempre regresan a su cauce, emergen síntomas tan perturbadores que resquebrajan cualquier intento de consuelo racional.

Lejos de ser una transformación periférica, esta deriva se manifiesta en la ilusión de estabilidad que rodea nuestro quehacer cotidiano, una ceguera colectiva que evoca la ingeniosa escena cinematográfica de Woody Allen en la que el protagonista, tras escuchar el diagnóstico adverso de su médico, reflexiona con amargura sobre cómo hasta hace apenas cinco minutos era un hombre feliz, y no se había dado cuenta. El mundo contemporáneo parece atrapado en esa mismísima fracción de segundo previa a la conciencia del derrumbe total. Transitábamos un planeta plagado de asimetrías, injusticias y desigualdades dolorosas, pero que aún conservaba latente la promesa de la transformación social, la chispa de la indignación moral genuina y el anhelo de la empatía. Hoy, la irrupción de tecnologías diseñadas para la dispersión sistemática, el confinamiento existencial del deslizamiento infinito en las pantallas y el embrutecimiento lúdico colectivizado nos devuelven una deshumanización de la especia que, al menos para mí, se torna insoportable. No estamos simplemente ante un cambio de época, sino ante el agotamiento de la condición humana como reducto de sensibilidad.

El precitado adormecimiento afectivo encuentra su manifestación más descarnada no en la acumulación de arsenales, sino en la conversión del sufrimiento ajeno en un objeto de especulación financiera. La consagración de plataformas digitales de predicción como Kalshi o Polymarket, donde miles de imberbes arriesgan su capital apostando al minuto exacto en que una potencia extranjera iniciará un bombardeo o al destino de la vida de líderes mundiales, consuma una degradación moral sin precedentes.

La periodista Natalie Sherman (2026), en una profunda investigación para la BBC, expone de qué manera estas dinámicas se revisten de un lenguaje aséptico para eludir el reproche social y legal. En el cuerpo de su crónica, Sherman recoge el revelador testimonio de Stew, un usuario desencantado de estas plataformas que, tras verse inmerso en la vorágine de las apuestas militares, desnuda el engaño conceptual que sostiene el negocio al constatar que la industria insiste en llamarlo “negociación de contratos”, cuando, si somos honestos, sigue siendo una vil apuesta sobre la tragedia humana.

Por medio de este sutil ejercicio de ingeniería lingüística, se intenta desactivar todo cuestionamiento ético, pues al desplazar el vocabulario del dolor y la geopolítica hacia la terminología higienizada de las finanzas y el intercambio de futuros, el sistema neutraliza la repulsión instintiva ante la masacre. El conflicto bélico ya no se padece ni se contempla con pavor, sino que se gestiona como un portafolio de activos. Ganar medio millón de dólares previendo con precisión matemática el instante en que caerá un misil sobre una población desarmada convierte al apostador en un cómplice financiero del verdugo, un espectador absoluto que codicia la violencia porque su cuenta bancaria depende, justamente, de ella.

En este sentido, percibimos que la financiarización (proceso económico mediante el cual los mercados, actores e instituciones financieras ganan un peso desproporcionado en la economía global) total de la existencia humana representa la cúspide de una cultura posmoderna en franco estado de putrefacción, una sociedad que ha decidido que incluso el último aliento de un soldado o el pánico de una madre bajo el fuego de artillería pesada son fenómenos monetizables y reducibles a una fluctuación de probabilidades en tiempo real.

Esta cruel lúdica de la sangre altera por completo las coordenadas clásicas de la maldad, obligándonos a examinar el estrecho vínculo que se teje entre el sadismo y la indiferencia posmoderna. Si históricamente el sadismo se definía por el goce directo del verdugo ante el dolor físico de su víctima, nuestro tiempo inaugura un sadismo desapasionado, abstracto y eminentemente banal. Imagínense, queridos lectores, a los soldados de la Alemania nazi apostando dinero por la cantidad de judíos que se podía incinerar en un solo turno del día, ¿atroz verdad? Pues bien, hoy se hacen apuestas virtuales similares, aparentemente lícitas y permitidas por los Estados.

Al respecto, es fundamental recordar el aporte de Hannah Arendt (2003, p. 368), quien al desentrañar los engranajes de la crueldad totalitaria, observó que el problema con hombres como Adolf Eichmann radicaba en su terrorífica normalidad, en ser burócratas incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La contemporaneidad digital ha dado una vuelta de tuerca a esta observación: el sádico de hoy ya no requiere de una maquinaria estatal totalitaria ni de un uniforme militar, sino que se camufla en el ciudadano común que, desde la comodidad de su hogar y de manera estrictamente lúdica, especula financieramente con la devastación de inocentes que viven en otro continente. El sadismo, entonces, se ha vuelto banal no por la ausencia de placer, sino porque ese placer ha sido domesticado bajo la forma de una transacción financiera insignificante, un divertimento aséptico que trivializa la muerte al integrarla en las dinámicas del mercado de consumo diario.

Conviene precisar, no obstante, que la barbarie y la infamia no configuran novedades en la crónica de nuestra especie, en tanto que en casi todas las épocas históricas se ha convivido con la impronta de la guerra y la perfidia sistemática. La diferencia sustancial estriba en que, antaño, el horror se recortaba sobre un trasfondo de absolutos morales o concepciones sagradas que, aun cuando fuesen transgredidos, sostenían un horizonte ético de referencia. Nuestra posmodernidad decadente, en cambio, se distingue por haber disuelto esos contrafuertes metafísicos mediante un proceso extremo de transvaloración. Al vaciar de sentido y respeto la existencia, el nihilismo contemporáneo consuma aquella célebre y desesperada interrogación que Friedrich Nietzsche (1882/2013) plasmó en “La gaya ciencia” al contemplar el derrumbe de los cimientos espirituales de Occidente, preguntándose cómo pudimos vaciar el mar y quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte. Ese borrado absoluto de todo límite es precisamente lo que faculta hoy al sujeto para especular y enriquecerse con las manifestaciones más denigrantes y aberrantes de las que es capaz el ser humano. Sin sol y sin coordenadas, la vida desamparada queda reducida a un mero dígito lúdico.

Asimismo, este acoplamiento entre la frivolidad y el horror se nutre del diagnóstico que Gilles Lipovetsky trazara en “La era del vacío” (1983/2006, p. 112), donde vislumbra una sociedad caracterizada por el proceso de personalización y la disolución de los grandes relatos colectivos. En este ecosistema hipermoderno, la indiferencia pura se disfraza de curiosidad interactiva, y la información pierde su carga de urgencia ética para transformarse en un simple estímulo sensorial. Las apuestas aplicadas a la guerra no son una anomalía del sistema, sino la evolución natural de este sujeto frívolo que Lipovetsky describe con tanta precisión: un ser desprovisto de anclajes morales, para quien la guerra en Medio Oriente o en Europa del Este posee el mismo valor existencial y estético que un partido de fútbol o el desenlace de un reality show.

Es fundamental que entendamos que al desplazar la tragedia hacia el terreno del puro entretenimiento, la contienda bélica entra de lleno en el simulacro absoluto que profetizó acertadamente Jean Baudrillard en su célebre obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” (1991/2005, p. 57). Allí, el pensador francés argumentó que los conflictos contemporáneos se consuman ante todo como acontecimientos mediáticos, despojados de su realidad física para el espectador global a través de la mediación técnica. Al apostar por el despliegue de tropas, el usuario no interactúa con cuerpos despedazados o ciudades reducidas a escombros, sino con gráficos dinámicos y curvas de oferta y demanda. La pantalla no sólo crea una fría distancia, sino que desrealiza. El sufrimiento se torna incorpóreo y el casino global devora los últimos vestigios de compasión humana. El horror ya no nos interroga, sino que nos entretiene y nos llena los bolsillos.

Bajo este panorama de vaciamiento ético, la dinámica mercantil que Guy Debord denunciaba en los albores de la sociedad de consumo masivo, cobra una vigencia pavorosa. En su obra fundamental “La sociedad del espectáculo” (1967/2015, p. 38), el pensador sostenía que en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, y que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha alejado en una representación. Si nos venimos a nuestros días, las apuestas de guerra representan la fase superior de este proceso: la representación ya ni siquiera exige contemplación pasiva, sino participación lúdica y lucrativa. El usuario de las redes sociales, alienado por la descarga continua de dopamina que le proporcionan las interfaces digitales, desarrolla una tolerancia patológica a la crueldad que le impide reaccionar ante la brutalidad del mundo real.

En última instancia, el engranaje que hace posible semejante insensibilidad es el que Günther Anders diseccionó con genial lucidez. En el primer volumen de “La obsolescencia del hombre” (1956/2011, p. 245), el filósofo alemán acuñó el concepto de “ceguera ante el Apocalipsis” y teorizó sobre la incapacidad de la psique humana para aprehender los efectos reales de las tecnologías que produce de manera desmesurada. Anders sostenía que nuestra capacidad de fabricación técnica ha desbordado infinitamente nuestra capacidad de imaginación moral y de sentimiento: somos técnicamente omnipotentes pero moralmente ciegos. El individuo que utiliza de esta manera la app de Polymarket mientras toma un café no es un monstruo sadista consciente de su perversión, sino un ser patético y mutilado psicológicamente por la gigantomaquia de los aparatos que maneja, incapaz de correlacionar el incremento de su saldo virtual con el estruendo de un proyectil que despedaza niños a miles de kilómetros de distancia.

Para cerrar, queridos lectores, nos queda invitarlos a reflexionar profundamente sobre la necesidad imperativa de preguntarnos qué nos queda cuando la frontera entre el juego y la carnicería se ha desvanecido por completo en la pantalla de nuestros teléfonos. ¿De qué manera recuperamos el asombro o la indignación moral en una civilización que está premiando con ganancias monetarias la predicción exacta del asesinato en masa? Nos hallamos ante el espejo de nuestra propia decadencia, contemplando la última versión de una humanidad que parece haber entregado su alma al crupier del algoritmo. Tras apagar la pantalla y silenciar el rumor constante de las cotizaciones de la muerte, la pregunta que persiste no es cómo sobreviviremos a la tecnología, sino si nos quedará algo de humanos cuando la tormenta digital finalmente amaine.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. 1): Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Alcoriza y A. Lastra, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1956).

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós. (Obra original publicada en 1978).

Baudrillard, J. (2005). La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (J. Arenas, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1991).

Debord, G. (2015). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1967).

Lipovetsky, G. (2006). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (J. Vinyoli y M. Antolín, Trads.). Anagrama. (Obra original publicada en 1983).

Nietzsche, F. (2013). La gaya ciencia (J. Jara, Trad.). Gredos. (Obra original publicada en 1882).

Sherman, N. (2026, 23 de marzo). Las «macabras» apuestas sobre la guerra por las que se pide endurecer el millonario negocio de las predicciones. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c7054xn0kx8o

Continue Reading

Publicidad

Lo Más Leído