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Ortega y Gasset y el rol de las universidades – Lisandro Prieto Femenía

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“La universidad no es para servir a la técnica; es para formar a la humanidad pensante” Ortega y Gasset, Misión de la Universidad, 1930, p. 27.

No podemos comprender el pensamiento filosófico del siglo XXI en el ámbito hispanoamericano sin la figura de José Ortega y Gasset (1883-1955), un intelectual y ensayista cuya vasta obra representa un diálogo tenso y fecundo con la modernidad europea. Ortega, profundamente preocupado por el destino de España y por la crisis de la cultura occidental, dedicó una parte fundamental de su trabajo filosófico al papel de las instituciones y a la urgencia de la formación humana. Fue en este contexto de honda preocupación donde cristalizó su meditación sobre el destino de las instituciones académicas que hoy intentaremos analizar, como siempre, desde un punto de vista crítico.

En su ensayo cardinal, “Misión de la universidad” (1930), el filósofo español concibió a la universidad no como una estructura administrativa o un centro de instrucción profesional, sino como un proyecto de “elevación”. Para él, la academia no existe para servir a la técnica, sino para forjar a la persona a fin de que sea capaz de comprender la profundidad de su tiempo y de dar cuenta de sí misma. El ideal que allí se postula es claro y radical: Ortega insiste en que la universidad es, ante todo, una “fábrica de cultura”, un espacio esencial donde la vida del espíritu se traduce inexorablemente en responsabilidad social.

El sostén de esta labor formativa es lo que llama “cultura general”, esa amplitud de pensamiento que desborda las fronteras de un oficio particular. Para Ortega, esta formación constituye el fundamento mismo de la libertad intelectual, pues su ausencia condena el saber a una técnica servil. El valor de la cultura es, en su perspectiva, radicalmente político y existencial, puesto que “la cultura es el único instrumento que permite a un pueblo conservar la conciencia de sí mismo” (Ortega y Gasset, 1930, p. 44). Esta afirmación plantea que la universidad posee un papel normativo ineludible en la formación de sujetos que no sólo operen en el mundo, sino que sean capaces de comprenderlo y, en consecuencia, de transformarlo.

Tengamos en cuenta que, para José Ortega y Gasset, la “cultura general” dista de ser un conjunto de conocimientos ornamentales o un “vago propósito” para disciplinar el carácter, como a menudo se le malinterpreta. En la obra precitada, el concepto adquiere un carácter vital y fundacional: no es un lujo intelectual, sino una necesidad existencial y una herramienta de orientación para la vida.

Ortega aclara que la cultura general es, ante todo, el sistema de convicciones que el hombre de una época posee para poder vivir con firmeza. Es la cartografía intelectual que permite al individuo evitar el naufragio vital en el “caos” de la existencia. Él lo explicita al contrastar la visión moderna de la cultura con el sentido que tenía en la universidad fundacional: “Pero eso que hoy llaman «cultura general» no lo era para la Edad Media; no era ornato de la mente o disciplina de carácter; era, por el contrario, el sistema de ideas sobre el mundo y la humanidad que el hombre de entonces poseía. Era, pues, el repertorio de convicciones que había de dirigir efectivamente su existencia” (Ortega y Gasset, Misión de la Universidad, 1930, pp. 35-36).

De esta forma, la misión primordial de la universidad, según Ortega, consiste en entregar al estudiante el “sistema vital” de ideas, el repertorio de convicciones esenciales de su tiempo, para que este no sea un “nuevo bárbaro” que vive ajeno a la verdad de su propia época. La cultura general es, por lo tanto, la capacidad de situarse intelectualmente en el presente para poder actuar con responsabilidad.

La precitada defensa orteguiana de la formación integral halla un eco poderoso en la tradición humboldtiana de la “Bildung”. Recordemos que Wilhelm von Humboldt, al proponer una universidad orientada a la formación del hombre y del ciudadano, unió indisolublemente la investigación y la enseñanza. En sus “Obras escogidas”, Humboldt afirmaba que la verdadera educación debe perseguir “la formación integral de las facultades del individuo” (Humboldt, ed. 1999, p. 112). Esta idea resuena con la tríada esencial de Ortega: cultura general, investigación y profesión. El saber que no se renueva constantemente mediante la investigación no es digno de ser enseñado, pues sólo una universidad que investiga puede mantener viva la cultura que moldea el juicio y desborda el simple peritaje técnico.

Por su parte, John Henry Newman, desde “The idea of a university”, converge en este ideal al defender la enseñanza liberal como la cultivación de la intelectualidad, pues el entendimiento formado es lo que legitima cualquier profesión. Así, la confluencia de Newman, Humboldt y Ortega instituye una tesis inamovible: la universidad justifica su existencia formando sujetos pensantes, no meros proveedores de mano de obra especializada.

No obstante, esta alta aspiración a la elevación humana no puede ser sostenida sin confrontar las tensiones y críticas que surgen al contacto con la realidad social. Pierre Bourdieu, por ejemplo, al analizar los mecanismos de reproducción, evidenció cómo la escuela y las instituciones culturales funcionan como mediadores de las relaciones sociales por medio del concepto de “capital cultural”. Lo que se manifiesta como mérito o “excelencia intelectual” en el sistema educativo a menudo es, en verdad, un defecto directo de ventajas sociales y culturales previas.

Por ello, Bourdieu advierte severamente que la pretensión de universalizar una cultura “elevada” corre el riesgo de homologar criterios que, por su propia definición de “alto nivel”, excluyen a las clases subalternas, sirviendo así para consolidar jerarquías sociales de forma simbólica. Desde esta perspectiva, el ideal orteguiano necesita ser sometido a un urgente escrutinio: ¿para quiénes está pensada, concretamente, la elevación cultural? ¿No podría la invocación al “alto nivel” funcionar como un dispositivo eficaz para la legitimación disimulada del privilegio?

Conjuntamente, esta crítica se agudiza al considerar las propuestas de Jacques Rancière y Paulo Freire. El primero, con su figura del “maestro ignorante”, cuestiona la noción de una élite docente que jerárquicamente transmite saberes mientras que sostiene que la igualdad intrínseca de las inteligencias obliga a repensar radicalmente los métodos pedagógicos, demandando una profunda desconfianza hacia toda la pedagogía que presuma una autoridad epistémica incuestionable.

De manera complementaria, Paulo Freire reivindica una pedagogía dialógica y emancipadora que coloca en el centro de la práctica educativa la experiencia vital y la praxis de los oprimidos. En su “Pedagogía del oprimido”, nos recuerda una verdad fundamental para la acción colectiva: “nadie libera a nadie, nadie se libera solo” (Freire, 1970, p. 54). Aquí, el proceso de elevación no puede, por tanto, confundirse jamás con una verticalidad que desconozca o suprima los saberes que emanan de la cultura popular.

Ahora bien, es momento de plantear cómo se encuentra la situación actual de la educación, en tanto que el desafío contemporáneo de sostener la misión universitaria no reside en un retorno nostálgico a un pasado idealizado, sino en una relectura de la aspiración a la elevación sobre bases firmemente democráticas y pedagógicas. En el mundo occidental en general, y en Hispanoamérica en particular, la crisis educativa manifiesta un grave retroceso en la comprensión crítica y una cultura académica progresivamente instrumentalizada y utilizada como unidad básica de ideologías posmo-progres importadas.

Esta manipulación de las instituciones educativas ha conducido a una paradoja perversa: los establecimientos educativos, bajo la lógica posmoderna de la eficiencia y la bajada de línea nefasta de la imposición de lo “políticamente correcto”, no forman ya a personas preparadas para enfrentar los desafíos y conflictos del mundo en su complejidad, sino que producen sujetos escasamente capacitados para cumplir tareas limitadas y altamente estructuradas. De esta manera, la universidad se ha convertido en un mero engranaje de un sistema laboral que, además, excluye progresivamente al ser humano a medida que la inteligencia artificial gana terreno en tareas repetitivas y estandarizadas.

La “cultura general” de la que nos hablaba Ortega se ha disipado en la fragmentación disciplinar y en la utilidad inmediata. Este fenómeno ya fue advertido por Alasdair MacIntyre, cuyo llamado a recuperar la tradición como marco moral e intelectual se vuelve acuciante, pues la universidad sin un sentido teleológico claro es incapaz de resistir la colonización tecnocrática que reduce la educación a capital humano. El saber, desprovisto de su horizonte ético y de una formación integral, se convierte en una herramienta ciega, destinada a una obsolescencia acelerada por la máquina. La universidad se enfrenta así a la doble presión de atender las demandas perentorias del mercado sin sucumbir a la lógica de la máquina. Entonces, la pregunta orteguiana se reformula con una insistencia dolorosa: ¿cómo formamos seres humanos capaces de entender la sociedad y de intervenir éticamente en ella, si el sistema los entrena para ser obsoletos ante la máquina?

Recuperar el ideal orteguiano exige una vía que, primero, reintegre la investigación y la docencia como procesos recíprocos e interdependientes, pues la universidad que enseña a pensar vitaliza la investigación, y sólo la investigación nutre la enseñanza vigorosa. En segundo lugar, demanda la renovación de la cultura general, no como un canon fijo y excluyente, sino como una apertura crítica a múltiples tradiciones y prácticas culturales, incluyendo explícitamente las esferas populares y subalternas. En tercer lugar, las prácticas pedagógicas requieren ser democratizadas mediante métodos dialógicos y espacios de producción colectiva del conocimiento, lo que desactivaría la verticalidad excluyente que convirtió a la “casa del saber” en un antro elitista, habitado por una casta académica, del cual difícilmente algo común surja en favor de la sociedad que lo sostiene.

En este replanteo, el pensamiento de Hans-Georg Gadamer resulta esencial, puesto que al destacar que la comprensión auténtica es el resultado de un horizonte dialogante y no de la simple acumulación de datos escondidos, ofrece los recursos para una pedagogía hermenéutica que eduque para la interpretación crítica y la apertura a la alteridad. Gadamer lo expresa mucho mejor que yo, al indicar que “comprender no es un acto cognoscitivo aislado, sino participación en un diálogo con la tradición” (Gadamer, Verdad y método, 1960/1986, p. 102). Pues bien, al integrar la novedad y la tradición en un continuo proceso intelectual, la universidad podría cultivar la continuidad sin caer en la clausura dogmática.

Lo decisivo aquí, más allá de las medidas instrumentales de becas o cupos, es reinstaurar la idea fundacional de la universidad como espacio ético para elevar la experiencia humana mediante la reflexión colectiva: un lugar donde el saber se transmuta en un juicio responsable, y donde la técnica se somete a los más altos fines humanos.

En definitiva, queridos lectores, la gran apuesta por la educación como elevación es una apuesta por la democracia de las inteligencias y por la apertura hermenéutica ante la otredad. La misión universitaria, que oscila entre la excelencia exigida por Ortega y la justicia demandada por Freire, nos deja en la más íntima de las encrucijadas. Si la elevación implica la profunda transformación de nuestro modo de ser en el mundo, ¿cómo puede la universidad contemporánea articular, sin falsas dicotomías, el rigor intelectual con la justicia educativa, la tradición con la creatividad radical, y la investigación de frontera con el compromiso social ineludible? ¿Y no es la colonización tecnocrática e ideológica que hoy padecemos el precio de haber olvidado el aviso de que la formación del entendimiento debe preceder y enmarcar la capacitación de la mano de obra, haciéndonos ahora vulnerables a la obsolescencia programada por la tecnología?

Queda, finalmente, la pregunta que nos interpela con mayor peso moral y exigencia: ¿Estamos realmente dispuestos, como comunidad académica y como ciudadanos, a que la universidad nos someta a su proceso transformador -no para convertirnos en piezas útiles y serviles del engranaje productivo, sino para forjarnos como sujetos en perenne búsqueda de la verdad- y a sostener, con el esfuerzo colectivo más arduo, esa formación que dignifica al espíritu y al pueblo? El destino de la cultura, advertía Ortega, depende de esa respuesta.

Referencias bibliográficas

· Bourdieu, P. (1973). La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Siglo XXI Editores.

· Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores. (Cita textual: p. 54).

· Gadamer, H.-G. (1986). Verdad y método (2.ª ed., J. M. Alonso, trad.; obra original publicada en 1960). Síntesis. (Cita en el texto: p. 102).

· Humboldt, W. von. (1999). Obras escogidas: textos sobre filosofía de la educación y la universidad (Ed. crítica). Fondo de Cultura Económica. (Cita en el texto: p. 112).

· MacIntyre, A. (2009). God, Philosophy, Universities: A Selective History of the Catholic Philosophical Tradition. University of Notre Dame Press.

· Newman, J. H. (1852). The Idea of a University. Longmans, Green, and Co.

· Ortega y Gasset, J. (1930). Misión de la Universidad. Espasa-Calpe. (Epígrafe y citas en el texto: pp. 27, 44).

· Ortega y Gasset, J. (1930). Misión de la Universidad. Espasa-Calpe. (Cita textual: pp. 35-36).

· Rancière, J. (1991). El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipación intelectual (trad. española). Paidós.

· Vasconcelos, J. (1925). La raza cósmica: misión de la raza iberoamericana. Editorial Porrúa.

· Maritain, J. (1943). Educación y cultura. Fondo de Cultura Económica.

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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