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¿Morir de vida súbita? La tragedia de la existencia inauténtica

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“Me olvidé de vivir”- «J’ai oublié de vivre» Pierre Billon y Jacques Revaux, cantada por Julio Iglesias

Bien sabemos que la expresión “muerte súbita” evoca una imagen impactante: el fin abrupto e inesperado de una vida, sin previo aviso ni oportunidad de despedidas. En el ámbito médico, se refiere a un cese repentino e imprevisto de las funciones vitales. Pero, ¿qué pasaría si esta misma brutalidad se aplicase no al final físico, sino al final de una forma de vivir? Pues bien amigos, les propongo la metáfora “morir de vida súbita” para comprender la tragedia que representa una existencia inauténtica, una vida que se desperdicia hasta el punto de que, cuando la conciencia de la inmanencia de la muerte golpea, ya es demasiado tarde para empezar a vivir verdaderamente.

Este tipo de reflexiones, poco comunes en los medios de comunicación tradicionales, nos sumerge en las profundidades de la filosofía existencialista, donde la autenticidad, la conciencia de la finitud y la vivencia del tiempo son pilares fundamentales. Grandes pensadores y filósofos como Heidegger, Sartre y el propio Miguel de Unamuno exploraron con vehemencia la relación entre nuestra existencia y la muerte, no como un evento futuro, sino como una posibilidad que está siempre presente y que configura nuestro ser.

En primer lugar, miremos la inautenticidad como una huida de la angustia mediante una sed de inmortalidad. Para Martin Heidegger, en su obra cumbre “Ser y Tiempo”, la existencia humana es un “ser-para-la-muerte” (Sein zum Tode). Así, la muerte no es simplemente un final, sino una posibilidad ineludible que nos singulariza y nos confronta con la finitud de nuestro ser. Sin embargo, el Dasein (el “ser-ahí”, o sea, nosotros, los seres humanos) tiende a evadir esta confrontación, refugiándose en la existencia banal o inauténtica.

Cuando Heidegger expresa que «la huida ante la muerte es la inautenticidad del Dasein.» (Heidegger, M. Ser y Tiempo. Trad. Jorge Eduardo Rivera. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1997, §50, p. 288), nos indica que el Dasein se sumerge en el “uno” (das Man), una forma de existencia impersonal donde las decisiones, los valores y el sentido de la vida son dictados por la masa, por lo que “se dice” o “se hace”. Vivimos conforme a expectativas externas, cumpliendo roles preestablecidos, persiguiendo metas que no son intrínsecamente nuestras. Así, la vida se convierte en una serie de acciones mecánicas, desprovistas de verdadero compromiso y significado personal o colectivo mientras que la angustia, ante la propia singularidad y la responsabilidad de la libertad, se disuelve en la comodidad patética del anonimato colectivo: uno pasa a ser “uno más” entre los demás.

Aquí es donde los ecos del gran Miguel de Unamuno resuenan con fuerza. En su monumental obra titulada “Del sentimiento trágico de la vida”, Unamuno ahonda en la “sed de inmortalidad” como la raíz más profunda de la existencia humana. Para él, la razón nos condena a la finitud, pero el corazón, el sentimiento, se revela contra ella, anhelando la eternidad. Sin embargo, esta sed puede llevar a una vida inauténtica si se convierte en una evasión de la realidad del presente. Unamuno lo plantea con una contundencia desgarradora:

«Y no es la muerte misma lo que más me horroriza, sino la muerte de la vida que me hace creer que no tengo que vivirla, o que la vivo en un sueño, sino el horror de ver que mi vida se me va y se me lleva.» (Unamuno, M. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Madrid: Austral, 2011, Cap. I, «El hombre de carne y hueso», p. 19). Esta “muerte de la vida” a la que se refiere el pensador español es la parálisis existencial que produce el miedo a la muerte o, paradójicamente, la negación de su inminencia, lo que nos lleva a posponer la verdadera vivencia.

Por su parte, Jean- Paul Sartre desarrolla el concepto de “mala fe” (mauvaise foi) en su obra “El ser y la nada”. Para él, el ser humano está “condenado a ser libre”, en tanto que somos responsables de nuestras elecciones y de la construcción de nuestro propio sentido. Sin embargo, a menudo intentamos escapar de esta libertad, fingiendo que somos cosas, que estamos determinados por circunstancias externas o por una esencia preexistente a la nuestra.

«El hombre es lo que hace con lo que han hecho de él.» (Sartre, J.-P. Cahiers pour une morale. Trad. Guillermo de la Cruz. Buenos Aires: Losada, 1968, p. 55).

Pues bien, en ese contexto, la mala fe es precisamente el autoengaño, la negación de nuestra absoluta libertad y responsabilidad ante nuestra propia vida. Al vivir en estado de “mala fe”, nos volvemos autómatas, reaccionando a las circunstancias en lugar de actuar desde una conciencia auténtica de nuestra capacidad de elegir en libertad. Posponemos la verdadera vida, convencidos de que “algún día” comenzaremos a vivir plenamente, cuando las condiciones sean adecuadas o perfectas, cuando seamos “suficientemente” esto o aquello.

En medio de todo esto, no podemos olvidar lo esencial, a saber, la temporalidad y su vínculo con la inautenticidad de una vida que pudo ser y no fue. Tengamos en cuenta que la temporalidad es el telón de fondo sobre el cual se desarrolla esta tragedia que llamamos vida: nuestra existencia se despliega en el tiempo, un flujo constante que avanza irreversiblemente, nos guste o no. Sin embargo, la vida inauténtica se caracteriza por abrazar una relación distorsionada con el tiempo: en lugar de vivir plenamente el presente, nos anclamos en un pasado que ya no existe o proyectamos nuestra felicidad a un futuro completamente incierto.

La persona que “muere de vida súbita” es aquella que ha confundido el transcurrir del tiempo con la vivencia del tiempo. Ha permitido que las horas, los días, los meses y los años se sucedan mecánicamente, sin llenarlos de significado, de decisiones auténticas o de experiencias genuinas. La inautenticidad nos impide habitar plenamente nuestro “ahora”, ya sea por la nostalgia de un pasado idealizado o por la expectativa de un futuro que nunca llega a ser presente. Así, el tiempo se convierte en un verdugo silencioso, un río que fluye sin que nos atrevamos a sumergirnos en sus aguas (es decir, propiamente, vivir).

Sobre esta relación con el tiempo, el filósofo romano Séneca nos ofrece una perspectiva contundente en sus “Cartas a Lucilio”- En ellas, deplora la forma en que la mayoría de los hombres desperdician su tiempo, considerándolo una fuente inagotable, en lugar de un recurso escaso y precioso. También, nos advierte contra la procrastinación, ese vicio de posponer permanentemente lo necesario y abocar la vida en orientación hacia un futuro ilusorio:

«La mayor parte de los mortales, oh Lucilio, se lamenta de la maldad de la naturaleza, porque nacemos para un espacio breve de tiempo, y este período, tan limitado, transcurre con tanta rapidez que, excepto muy pocos, el resto abandona la vida cuando apenas se preparaba para vivir.» (Séneca, Lucio Anneo. Cartas a Lucilio. Vol. I, Libro I, Carta 1, «Sobre el aprovechamiento del tiempo». Trad. Vicente Serrano. Madrid: Gredos, 1986, p. 11).

En definitiva, Séneca nos exhorta a vivir cada día como si fuera el último, a tomar conciencia de la finitud del tiempo y a no diferir las acciones que dan sentido a nuestra existencia. La vida inauténtica, en este sentido puntal, es la vida postergada, la vida que se vive “en el futuro”, mientras el presente se escurre inútilmente sin ser habitado.

La metáfora que acuñamos aquí, “morir de vida súbita”, encapsula la tragedia de esta existencia inauténtica. Es el momento en que la conciencia de la propia finitud irrumpe con una brutalidad similar a la de un infarto. De repente, la persona se ve cara a cara con el hecho ineludible de que el tiempo se agota y ve a la muerte, antes un concepto abstracto y lejano, materializada como una realidad inminente.

En ese instante de lucidez, la persona comprende que ha vivido una vida de prórroga, que ha pospuesto la autenticidad, la pasión, la felicidad y la búsqueda de su verdadero ser. Las oportunidades de vivir plenamente se desvanecieron una tras otras, engullidas por la inercia, el miedo, la mediocridad o la distracción. Y lo más desgarrador de todo esto es la constatación de que ya es tarde: el tiempo para rectificar, para experimentar, para ser verdaderamente, se ha agotado y no vuelve más, nunca más. La vida ha pasado, y el arrepentimiento se vuelve una carga insoportable.

Esta experiencia del despertar tardío resuena con la angustia descrita por el gran Sócrates en su defensa ante el tribunal. Aunque no se refería directamente a la muerte súbita, su admonición sobre una vida no examinada subraya la tragedia de una existencia que ha ignorado la reflexión y el autoconocimiento. En la “Apología de Sócrates”, de Platón, Sócrates declara con contundencia que “una vida sin examen no es digna de ser vivida por un hombre”, indicando con ello que la falta de pensamiento, la ausencia de una vida reflexionada y consciente, nos lleva a la inautenticidad más patética: es como haber estado por aquí, en lugar de haber vivido propiamente. En este contexto, “morir de vida súbita” es, en esencia, el momento en que esta falta de examen se revela con su crudeza más dolorosa: la vida ya no tiene remedio, porque nunca fue verdaderamente cuestionada ni vivida a conciencia.

Ahora, cuando la conciencia de la “muerte de vida súbita” golpea, la principal consecuencia es un lamento profundo, una lamentación que no es simplemente tristeza, sino una forma de dolor existencial. No se llora tanto la pérdida de la vida física, sino la pérdida de la vida que pudo haber sido y no fue. Este sentimiento es un reconocimiento amargo de las oportunidades perdidas, las pasiones no perseguidas y la autenticidad sacrificada en el altar de la inercia, la mentecatez y el conformismo chato. Es, en definitiva, la realización de que se ha sido un espectador de la propia existencia, en lugar de ser su protagonista principal.

Este sollozo entronca directamente con las reflexiones de Arthur Schopenhauer sobre el sufrimiento inherente a la existencia humana, aunque él lo abordaba desde una perspectiva más universal. Para Schopenhauer, la vida es oscilación entre el deseo y el aburrimiento, y el dolor surge del deseo insatisfecho. En el contexto de la “vida súbita”, el lamento es el deseo insatisfecho de una vida auténtica, de una existencia plena que se dejó escapar. No es tanto un dolor por lo que hay, sino por lo que no hay y nunca habrá.

Recordemos que Schopenhauer, en su obra “El mundo como voluntad y representación”, argumentaba que el sufrimiento es la esencia de la vida, pero en nuestro caso, este sufrimiento se agudiza por la conciencia de haberlo provocado uno mismo por inacción. Aunque el autor se refiere al dolor de la voluntad en general, su visión de la insatisfacción y el anhelo como fuentes de sufrimiento resuena poderosamente con el lamento de quien se da cuenta que su vida no ha sido vivida. El obstáculo aquí no es externo, sino la propia falta de voluntad para vivir auténticamente.

«El dolor no es algo ajeno a la voluntad, sino que es la voluntad misma, en tanto que es objetivada como cuerpo y en tanto que es afectada por obstáculos.» (Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Vol. I, Libro IV, § 56. Trad. Roberto Aramayo. Madrid: Trotta, 2005, p. 376).

Este lamento es un “haber sido sin haber llegado a ser”, es decir, es el eco de las voces internas que fueron silenciadas, de los caminos alternativos que nunca se tomaron. Es una aflicción que consume, ya que se nutre de la certeza de lo irrecuperable. La “muerte de vida súbita” no sólo es un fin abrupto, sino también la condena a un lamento eterno por la existencia que se perdió, no en el morir, sino en el vivir. La inautenticidad nos condena a una existencia fugaz, donde el final llega sin haber habitado plenamente el camino. Sí, lo sé, no es un texto agradable, pero al menos los invita a una reflexión profunda sobre la urgencia de vivir con intensidad y autenticidad cada instante, antes de que “algún día” se convierta en “demasiado tarde”.

Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina

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Boletín del Círculo de Reflexión Política Siglo XXI N°45: FMLN confirma candidatura presidencial, unidad cyan y la amistad Trump-Bukele impulsan el proyecto de nación en El Salvador

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El Círculo de Reflexión Política Siglo XXI publicó su Boletín Informativo N°45, correspondiente a la semana del 20 al 26 de julio de 2026, donde analiza el panorama político salvadoreño con énfasis en las elecciones internas de la oposición y los avances del proyecto de refundación nacional.

Uno de los temas centrales es la candidatura sorpresiva y divisiva de Rafael Aguirre por el FMLN a la presidencia. Aunque previsible por su trayectoria de izquierda, su decisión de competir en las presidenciales contradice las voces opositoras que promueven el boicot electoral alegando falta de condiciones democráticas. Esta participación evidencia las profundas divisiones en la oposición, con críticas internas que acusan al FMLN de “legitimar la dictadura”, reflejando falta de madurez y estrategia coherente.

El boletín subraya que, para los partidos “cadáveres” tradicionales como ARENA y FMLN, da igual qué candidato presenten. Estos partidos perdieron legitimidad por décadas de corrupción, clientelismo y abandono del pueblo. Ningún rostro nuevo o reciclado puede competir contra la realidad de un El Salvador transformado: sin miedo, con infraestructura moderna, salud digna y estabilidad económica. La política ya no es promesa, sino experiencia tangible.

Se destaca la amistad de larga data entre Donald Trump y Nayib Bukele, basada en coincidencias ideológicas y prácticas: lucha contra pandillas, corrupción, ideología de género y progresismo. Esta relación se tradujo en apoyo concreto durante la pandemia, como la donación de ventiladores y equipo médico. El éxito de Bukele en reducir la emigración benefició también la seguridad de Estados Unidos.

Otro eje es la construcción de un nuevo país. El liderazgo de Bukele ha permitido reinventar El Salvador, conquistando el “infrarrelato” cotidiano de la gente y rompiendo paradigmas. Los opositores, en negacionismo, no comprenden estas transformaciones disruptivas que colocan al país en el siglo XXI.

Finalmente, se enfatiza que la unidad sostiene el proyecto de nación. La figura de Bukele mantiene cohesionado el esfuerzo de Nuevas Ideas y las instituciones del Estado. Se llama a fortalecer la bancada cyan en la Asamblea y resolver diferencias internas para consolidar gobernabilidad y avances. El boletín cierra reflexionando sobre outsiders políticos y la necesidad de pasar del teclado a las urnas.

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El Mundial no cambió a los gigantes… cambió a los pequeños

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Randa Hasfura Anastas

Al final, la lógica terminó imponiéndose.

Francia, España, Argentina e Inglaterra son las cuatro selecciones que llegaron hasta las semifinales. Si alguien mira únicamente ese dato, podría decir que este Mundial no tuvo nada de extraordinario. Los grandes siguen siendo los grandes.

Y tendría razón… pero solo a medias.

Porque si algo nos dejó esta Copa del Mundo no fue la caída de los gigantes, sino el nacimiento de quienes ya no les tienen miedo.

Hace algunos años era impensable imaginar a Paraguay eliminando a Alemania. O a Marruecos dejando en el camino a Holanda. O a Noruega sacando a Brasil del torneo. México llegó hasta enfrentarse de igual a igual con Inglaterra. Egipto hizo sufrir a Argentina. Cabo Verde demostró que ya nadie entra a una cancha solo para cumplir el calendario.

Los favoritos terminaron avanzando, sí. Pero ya no avanzan tan tranquilos.

Y esa diferencia dice mucho más de lo que parece.

Durante décadas vivimos con la idea de que siempre ganarían los mismos. Que las grandes potencias estaban destinadas a dominar mientras los demás simplemente competían con dignidad.

Hoy esa distancia sigue existiendo, pero cada vez es más corta. El fútbol solo nos lo “recordó”.

Porque eso mismo está ocurriendo fuera de las canchas.

El mundo ya no funciona como hace cincuenta años. Han aparecido nuevas economías, nuevos liderazgos, nuevas voces que reclaman un lugar en la mesa donde antes solo se sentaban unos pocos.

Independientemente de la opinión política que cada uno tenga, por ejemplo muchos ven en Palestina la imagen de un pueblo que continúa resistiendo frente a un adversario mucho más poderoso, las redes ayudaron a darle protagonismo en el mundo.

Y no significa que las potencias hayan dejado de ser poderosas. Significa algo mucho más sencillo: el resto del mundo decidió competir.

La historia está llena de ejemplos.

Hubo un Egipto que parecía eterno. El imperio de Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo conocido. El Imperio otomano dominó durante siglos tres continentes. En su momento parecían imposibles de desafiar.

Sin embargo, todos terminaron comprendiendo la misma lección: ningún poder permanece intacto para siempre, no porque tienden a destruirse, sino porque otros comienzan a crecer.

Un gran ejemplo es El Salvador. Hace apenas unos años, muy pocos habrían apostado un solo peso por verlo destacar en el escenario internacional. Sin embargo, hoy aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre seguridad, inversión, turismo y transformación institucional. Demuestra que los países pequeños también pueden cambiar su destino cuando deciden competir y dejar de verse a sí mismos como débiles.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. No estamos viendo el fin de los gigantes, sino el final del miedo hacia ellos.

Tal vez esa sea también la mejor manera de entender el momento que vive el mundo. Los grandes siguen estando ahí. Siguen siendo fuertes. Pero ya no juegan solos.

Porque el cambio no comienza cuando el poderoso deja de ser fuerte.

El cambio comienza cuando el pequeño descubre que también puede ganar.

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¿Libertad y moralidad en la era de la post-verdad? Releyendo la “Crítica de la razón práctica”

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto más frecuente y constantemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”. Immanuel Kant, Crítica de la razón práctica, Conclusión (AA V, 161)

Si la “Crítica de la razón pura” estableció los límites de lo que podemos conocer, dejando la metafísica fuera del alcance de la razón teórica, la “Crítica de la razón práctica” (1788) de Immanuel Kant se erige sobre ese vacío para explorar el reino de la acción humana. Tras clausurar la posibilidad de un conocimiento de la libertad, el alma o la inmortalidad, Kant se enfrenta a la pregunta ineludible: ¿cómo podemos, entonces, justificar la moralidad? Pues bien, el filósofo prusiano no busca aquí describir cómo se comportan los seres humanos, sino prescribir cómo deberían comportarse. Se trata de un giro de lo empírico a lo normativo, de la pregunta “¿qué puedo saber?” a la pregunta fundamental “¿qué debo hacer?”.

La grandeza de Kant en esta obra reside en su intento por fundamentar la moralidad no en la felicidad, el deseo o la autoridad religiosa, sino en la razón misma. Su propósito es construir una ética universal, válida para todos los seres racionales, que no dependa de circunstancias contingentes. La moralidad, para Kant, no puede basarse en un bien externo o en una recompensa esperada, pues tales motivos serían egoístas y, por tanto, carecerían de valor moral genuino. El valor de una acción, en esta perspectiva, no reside en sus consecuencias, sino en la intención con la que se lleva a cabo, y esa intención solo tiene valor moral si obedece la ley.

En este punto, es necesario recordar que el concepto central de la ética kantiana es el “imperativo categórico”. A diferencia de los imperativos hipotéticos (“si quieres sacar buenas notas, debes estudiar”), que dependen de un fin particular, el imperativo categórico es un mandato de la razón que se impone de manera incondicionada. Se trata de una ley que nos dicta cómo debemos actuar, independientemente de nuestros deseos o de las consecuencias. Kant lo formula en su obra de diversas maneras, pero la primera y más conocida es la siguiente: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal” (Kant, 1788, AA V, 30).

Esta fórmula nos obliga a pensar si la norma que guía nuestra acción (la “máxima”) podría ser aplicada por todos los seres racionales sin caer en contradicción. Por ejemplo, la máxima de “mentir para salir de un apuro” no puede ser universalizada, pues si todos mintieran, la mentira perdería su eficacia, y la comunicación misma se haría imposible. Siguiendo el silogismo kantiano, la mentira es, por tanto, moralmente prohibida.

La segunda formulación, igualmente crucial, se centra en la dignidad de los seres humanos y versa así: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio” (Kant, 1788, AA V, 42). Esta máxima nos impide instrumentalizar a las personas, tratándolas como simples objetos para nuestros fines. El ser humano, en tanto que es racional, posee un valor intrínseco e incondicionado, una dignidad que debe ser respetada en todo lugar y en todo momento. Para Kant, esta capacidad de darnos la ley moral a nosotros mismos es la “autonomía de la voluntad”, la fuente de toda moralidad. Así, desde este enfoque, no obedecemos a una ley externa, sino a la ley que nuestra propia razón nos dicta.

Ahora bien, seguramente en este punto del texto usted, caro lector, se preguntará: “¿por qué me estás sugiriendo leer a Kant hoy?” Excelente pregunta, porque si somos conscientes de que en nuestra era, marcada por la “post-verdad”, donde los hechos objetivos son a menudo suplantados por las emociones, los caprichos y las narrativas personales, la urgencia de retornar a Kant se vuelve evidente. Desde nuestra perspectiva, la post-verdad es una enfermedad de la razón, un nihilismo disfrazado que destruye los cimientos de la verdad compartida y, con ella, la posibilidad de una moralidad universal. Al socavar la objetividad, también se socava la idea de que existen derechos y obligaciones (para todos por igual) que nos vinculan más allá de nuestros gustos, intereses o sentimientos.

La “Crítica de la razón práctica” emerge en este contexto como un antídoto contra la estupidez reinante. Kant nos recuerda que la moralidad no es una cuestión de opiniones subjetivas o consensos sociales, sino que es un mandato de la razón misma. Su imperativo categórico nos exige elevarnos por encima del relativismo y el egoísmo, obligándonos a considerar si nuestras acciones podrían ser una ley para todos. La moral posmoderna nos incita a preguntarnos: “¿Qué es la verdad para mí?”, mientras que Kant, por el contrario, nos confronta con una pregunta mucho más exigente, a saber, “¿Qué es lo correcto para todos los seres racionales?”. Al fundamentar la moralidad en la razón autónoma, Kant nos proporciona una brújula en un mar de confusión, una herramienta para distinguir lo correcto de lo conveniente, y un recordatorio de que la dignidad humana y el deber no son conceptos negociables o deconstruibles. La obra de Kant, en definitiva, nos desafía a reconstruir, desde la razón, el terreno ético que la post-verdad ha dinamitado sigilosa y astutamente.

Y ya que estamos en tiempos en los que se habla mucho de libertad, es fundamental recordar que, en la “Crítica de la razón pura”, Kant había demostrado que la libertad no es cognoscible por la razón teórica. La causalidad opera en el mundo de los fenómenos, donde todo evento tiene su correspondiente causa. Sin embargo, en la “Crítica de la razón práctica”, Kant realiza un movimiento audaz: la libertad, que no pudo ser demostrada como un objeto de conocimiento, es postulada como un “hecho de la razón” (FaktumderVernunft). En pocas palabras: no sabemos que somos libres porque tengamos experiencia de ello, sino porque la conciencia de la ley moral nos lo impone. La ley moral nos dice “debes”, y el “debes” implica que “puedes”. Es decir, si estamos obligados a actuar de cierta manera, es porque todos somos capaces de hacerlo. La libertad, en este sentido, es la condición de posibilidad de la moralidad misma.

Al respecto, el filósofo Karl Jaspers, en su obra titulada “Kant”, hace puntual hincapié sobre este asunto al indicar que “la libertad, de la que no tenemos conocimiento, es la condición para que podamos actuar moralmente. La ley moral es el motivo por el cual sabemos que somos libres, aunque no sepamos qué es la libertad misma” (Jaspers, 1957, p. 110). La razón práctica, al postular la libertad, nos ofrece una certeza a la que la razón teórica no podía acceder. La libertad es la bisagra que une el mundo inteligible (el de las ideas de la razón) con el mundo sensible (el de los fenómenos naturales). Kant no resuelve la dicotomía entre esos dos mundos, pero sí traza un camino para que, a pesar de que nuestros cuerpos están sujetos a leyes de la naturaleza, nuestra voluntad pueda ser el origen de acciones libres y morales.

Pero espere, hay más: la ética de Kant no se detiene en la libertad. La razón práctica tiene la capacidad de postular ciertas verdades que, aunque incognoscibles, son necesarias para que la moralidad tenga sentido. Estos son los “postulados” de la razón práctica: la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. La ley moral nos exige una perfección completa y constante (y sí, era prusiano el muchacho). Dado que esta santidad no es alcanzable en una vida finita, Kant postula la inmortalidad del alma como una garantía de que habrá un tiempo infinito para alcanzarla. La existencia de Dios, por su parte, es postulada como garante de que la virtud (la obediencia a la ley moral) se corresponda, en última instancia, con la felicidad. Esta armonía final entre virtud y felicidad es lo que él llama “el sumo bien”.

La noción del “sumo bien” o summumbonum es uno de los conceptos más debatidos, y a menudo, malinterpretados de la filosofía kantiana. No es un detalle secundario, sino un punto culminante de la moralidad, un postulado que une la virtud con la felicidad y, en última instancia, justifica la fe. Kant introduce este concepto en la segunda parte de la “Crítica de la razón práctica”, en la sección titulada “Dialéctica de la razón pura práctica”. Lo define como la síntesis o la unión de dos elementos que la experiencia a menudo muestra separados: la virtud y la felicidad. Para él, la virtud (obediencia a la ley por el deber mismo) es el bien supremo (supremum), es decir, el bien incondicionado y principal. La felicidad, por su parte, es el bien condicionado, la satisfacción de todos nuestros deseos y necesidades, algo que buscamos por naturaleza, pero que por sí misma carece de valor moral.

El problema que Kant identifica es que la moralidad, tal como la conocemos, nos exige que seamos virtuosos, pero no nos garantiza que seamos felices. De hecho, a menudo parece todo lo contrario: la persona que actúa con rectitud suele sufrir, mientras que el injusto parece prosperar. Si la moralidad nos exige una renuncia a la felicidad en aras del deber, ¿no convierte esto a la razón práctica en algo insosteniblemente trágico, injusto o absurdo? Kant rechaza esta conclusión, porque la razón práctica no puede admitir una contradicción tan profunda. Para ello, postula la necesidad de que exista una conexión entre ser digno de la felicidad y la felicidad misma. Esta “armonía final” entre virtud y felicidad es lo que él llama “el sumo bien”.

Esta conexión no puede ser demostrada en el mundo sensible, donde las leyes naturales y la causalidad operan de forma mecánica. Es por ello que el sumo bien se convierte en un postulado de la razón práctica. Para que el proyecto moral tenga sentido, debemos creer en la posibilidad de esta unión. Esta creencia se fundamenta en la necesidad de que la virtud, al ser el bien principal, sea también el fundamento para merecer la felicidad. Kant explica que, si bien la moralidad no nos enseña a cómo ser felices, sí nos enseña cómo ser dignos de la felicidad. El sumo bien, por lo tanto, no es el motor de nuestras acciones, sino el resultado final de una vida moralmente recta. La búsqueda del sumo bien no es la motivación de la acción moral, sino la esperanza que sostiene a la voluntad de cumplir con el deber. Es, en este contexto, que la existencia de Dios y la inmortalidad del alma se convierten en postulados necesarios para hacer posible el sumo bien en tanto que sólo un ser omnipotente y moralmente perfecto, es decir, Dios, podría garantizar que la virtud sea recompensada con la felicidad en una existencia más allá de la vida terrenal.

En definitiva, el sumo bien es el objeto final de la moralidad y la culminación del sistema ético kantiano. Es la idea de un mundo donde la virtud y la felicidad coinciden, una idea que no es un objeto de conocimiento, sino un objeto de fe racional, necesaria para que el cumplimiento del deber no sea un acto de heroísmo sin sentido. Aún así, la premisa de Kant sigue siendo la misma: la moralidad no es una cuestión de gustos o convenciones sociales, sino un mandato de la razón que nos exige trascender el interés propio para vivir en un mundo donde la dignidad de cada persona sea un fin en sí misma.

En conclusión, queridos lectores, queda claro que si bien la ética kantiana es rigurosa, es también objeto de serias críticas. ¿Es posible aplicar el imperativo categórico en todas las situaciones sin caer en dilemas irresolubles? ¿Qué sucede cuando dos deberes kantianos entran en conflicto, como el deber de decir la verdad y el deber de proteger una vida? Y si la moralidad depende de la libertad, ¿cómo podemos afirmar que somos libres si la razón pura nos dice que no podemos conocer tal cosa? Kant abrió un abismo entre el reino de la necesidad natural y el reino de la libertad moral, un abismo que, sin un puente, parece dejar a la razón dividida. Pero no tema, caro amigo, en nuestra próxima entrega exploraremos si la “Crítica del juicio” ofrece alguna solución a esta fractura dicotómica.

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