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“Cuando el silencio indiferente es cómplice del mal”- Lisandro Prieto Femenía
«El mal que hay en el mundo casi siempre viene de la ignorancia, y la buena voluntad sin lucidez puede ocasionar tantos desastres como la maldad.»
Albert Camus, La Peste (1947).
Bien sabemos que la historia de la humanidad está escrita con tinta de dolor, pero también con el borrador implacable de la indiferencia. Hay momentos en que el estruendo de la barbarie es tan abrumador que el silencio global que le sigue se vuelve un eco aún más ensordecedor, una complicidad tácita que corroe los cimientos de la ética y la justicia. En la actualidad, el mundo observa con una mezcla de horror y parálisis dos realidades que, si bien distintas en su origen, convergen en una misma verdad innegable: la atroz responsabilidad del silencio ante la injusticia. Hoy nos referiremos puntualmente a los crímenes abominables perpetrados por Hamás contra el pueblo de Israel y la devastación sin límites que el Estado de Israel está infligiendo a diario en lo que queda de la Franja de Gaza. Ambos episodios, lamentablemente, debería dolernos por igual, pues son una clara demostración del fracaso rotundo de la razón en pos del bien común, de la diplomacia internacional y de la justicia global.
¿Ante qué horror nos estamos paralizando? El día 7 de octubre de 2023, la incursión de un grupo detestable de lúmpenes de Hamás, financiados por degenerados palaciegos, en territorio israelí reveló una faceta brutal de la capacidad humana para la crueldad. Los asesinatos, secuestros y la violencia indiscriminada contra civiles, incluidos nuños y ancianos, conmocionaron al mundo. Sin embargo, la respuesta global, aunque inicialmente enérgica en la condena, pareció desvanecerse en la medida en que la escalada de violencia tomaba una dirección aún más devastadora. Este silencio selectivo ante la barbarie es lo que el filósofo Theodor W. Adorno, en su reflexión sobre lo acontecido en Auschwitz, nos instaría a cuestionar: no se trata sólo de la incapacidad de comprender el mal, sino de la facilidad con la que la conciencia moral se adormece. Como él mismo afirmó en su “Dialéctica negativa”, “después de Auschwitz, la poesía no es posible”. Si bien la magnitud de los eventos no es la misma, la esencia de la atrocidad nos obliga a un examen de conciencia similar. El silencio ante el terror de Hamás, una vez consumado, es una forma de normalizar lo inaceptable.
Paralelamente, la respuesta de Israel en Gaza ha desatado una catástrofe humanitaria de proporciones inimaginables. El asedio, los bombardeos indiscriminados y la destrucción de infraestructuras vitales han dejado un rastro de muerte, desplazamiento y desesperación para millones de palestinos. Ante esta devastación, el silencio de gran parte de la comunidad internacional se torna aún más inquietante. ¿Cómo es posible que las imágenes de niños famélicos y mutilados, hospitales destruidos y familias enteras diezmadas no logren despertar una acción contundente? La indiferencia, sobre todo por parte de los organismos internacionales inútiles, en este contexto, no es sólo una falta de empatía, sino una clara complicidad activa con la aniquilación y la injusticia.
Aquí, la voz de Hannah Arendt se vuelve crucial: en su obra titulada “Eichmann en Jerusalén”, introdujo el concepto de la “banalidad del mal”, refiriéndose a cómo los grandes crímenes pueden ser cometidos por personas “normales” que simplemente cumplen órdenes, sin una malicia intrínseca. Sin embargo, su obra también nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad individual de resistir y hablar: el silencio de la mayoría no es una exculpación para la barbarie. Arendt nos enseña que el mal no siempre se presenta con un rostro temerario y monstruoso, sino que a menudo se esconde detrás de un escritorio, en la obediencia o, en nuestro caso, en el mutismo complaciente. El silencio ante la degeneración humana que representan los perversos miembros de Hamás como también los responsables de la devastación en Gaza es, en esencia, la banalización del sufrimiento humano.
También, la filosofía de Immanuel Kant nos ofrece un marco para comprender la responsabilidad moral que recae en cada individuo y sobre la comunidad internacional. Su imperativo categórico, que nos insta a actuar de tal manera que nuestra máxima de acción pueda convertirse en una ley universal, nos exige que no permanezcamos pasivos ante el sufrimiento ajeno. Si universalizamos el silencio ante la injusticia, estamos permitiendo que la barbarie se convierta en la norma. Así, Kant nos invita a preguntarnos: ¿quisiéramos vivir en un mundo donde el genocidio o los crímenes de guerra fueran aceptados por la inacción global? La respuesta de la gente sensata sería un rotundo ¡NO! Por lo tanto, el imperativo hoy es actuar, aunque sea levantando la voz o publicando un artículo de reflexión filosófica en una época donde la gente prefiere ver reels de veinte segundos y le tiene alergia a la lectura.
Recapitulando, ambos episodios presentados, es decir, la atrocidad de los salvajes de Hamás y la aniquilación indetenible en Gaza, son la clara demostración del fracaso de la razón en pos del bien común. La razón, que debería ser la brújula para la coexistencia pacífica y la resolución de conflictos, ha sido secuestrada por la avaricia, la venganza, el odio y el interés político. La diplomacia internacional, el instrumento por excelencia para la prevención y resolución de conflictos, se ha mostrado claramente impotente, atascada en vetos, intereses geopolíticos y una falta de voluntad política para imponer el respeto por la vida humana.
Consecuentemente, el silencio ante estas realidades tan crudas, pone en tela de juicio la misma noción de justicia global. Si la justicia es ciega ante el sufrimiento de unos, pero ve con claridad el de otros, entonces no es justicia, sino un mecanismo de poder al servicio de un puñado de detestables. La justicia, en su esencia, exige una respuesta equitativa ante la violación de los derechos humanos, sin importar la identidad de las víctimas o de los perpetradores.
En medio de la polarización intencionada de los capitales que sostienen a los medios masivos de comunicación, como también la retórica deshumanizadora impulsada por ellos, es vital recordar otra verdad fundamental: el sufrimiento no tiene nacionalidad ni afiliación política. La antigua máxima del dramaturgo romano Terencio, “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, es decir, “Soy humano, y nada de lo humano me es ajeno”, la recupero hoy con urgencia desgarradora, porque esta sentencia filosófica nos convoca a reconocer nuestra inherente conexión con la condición humana, a sentir como propio el dolor del otro, sin importar su origen o las etiquetas que se le impongan.
Cuando observamos el salvajismo en los crímenes de Hamás, los niños israelíes secuestrados y asesinados, nos confrontamos con la cruda realidad de la pérdida de la inocencia. Son víctimas de un odio que no les pertenece, de una violencia que trasciende cualquier justificación. De la misma manera, el exterminio en Gaza nos muestra niños y bebés asesinados, heridos, traumatizados y hambrientos, cuyas vidas han sido irremediablemente truncadas por un conflicto que no eligieron. Ellos no son responsables de la violencia, ni de las decisiones de sus líderes, ni de las políticas de un Estado. En pocas palabras, caros lectores: ningún niño palestino es terrorista, como tampoco ningún niño secuestrado por Hamás es sionista. Son, simplemente, niños.
Callar ante el sufrimiento de cualquiera de estas criaturas inocentes es una abdicación de nuestra propia humanidad. Se los digo con los ojos vidriosos, porque yo también soy papá: si el dolor de un niño israelí nos estremece, el dolor de un niño palestino debería hacerlo con exactamente la misma intensidad. Si condenamos la barbarie de un ataque, debemos condenar con igual vehemencia la devastación que se carga de a miles vidas inocentes. La capacidad de discernir la injusticia, de sentir empatía por la víctima, sin importar de qué lado de la frontera se encuentre, es la piedra angular de cualquier ética que aspire a la universalidad. El lema precitado “nada de lo humano me es ajeno” nos interpela a trascender las narrativas simplistas y a reconocer en cada víctima, sea israelí o palestina, el reflejo de nuestra propia vulnerabilidad y la urgencia de nuestra responsabilidad colectiva.
Por último, es preciso exponer la tiranía de la polarización generada por el silencio forzado de la patética era de la post-verdad. En este tiempo, donde la inmediatez de las redes sociales y la fragmentación de la información dictan gran parte del discurso público, la búsqueda de la verdad y la expresión genuina de la compasión se encuentran sitiadas por una nueva forma de censura: la cultura de la cancelación, la imposición de lo que se considera “políticamente correcto”. Esta dinámica tóxica ha convertido el debate sobre el conflicto israelo-palestino en un campo minado moral, donde cualquier matiz es aplastado por la exigencia de una lealtad absoluta.
Si uno osa expresar compasión por las víctimas palestinas, la acusación inmediata es la de ser un justificador del terrorismo o un antisemita. El dolor de Gaza se reduce a una “narrativa” subjetiva que debe ser desacreditada si se quiere mantener una postura “aceptable”. Por el contrario, si se manifiesta solidaridad con las víctimas israelíes y se condena la barbarie de Hamás, el señalamiento es el de ser un “sionista”, un “asesino” o un cómplice de la opresión. La empatía se convierte en un arma arrojadiza, un test de lealtad que no permite la simultaneidad de sentimientos humanos.
Esta grieta, creada intencionalmente, no sólo silencia las voces, sino que también atrofia la capacidad de discernimiento moral. La complejidad de la tragedia se reduce a un juego banal de “buenos y malos”, donde no hay espacio para el luto compartido o la condena universal a la violencia. Al respecto, una filósofa que no es de mi agrado, Judith Butler, sostiene algo digno de recuperar, a saber, que no debemos avalar los regímenes mediáticos y políticos que determinan qué vidas son “dignas de luto” y cuáles no. En nuestro caso, la cultura de la cancelación impone un marco que castiga a quienes se atreven a lamentar todas las vidas perdidas por igual. El resultado es un silencio forzado, no por indiferencia, sino por el miedo a ser estigmatizado, a perder la reputación o incluso el sustento. En este clima, la voz de la razón y la empatía se ahoga en el ruido de las acusaciones triviales mutuas, y el imperativo ético de alzar la voz ante la injusticia se ve comprometido por la tiranía de la post-verdad.
Espero que haya quedado claro, queridos lectores: el silencio nunca es neutral. El silencio es un eco ensordecedor que avala la injusticia, una grieta en la moralidad humana que permite que la barbarie prospere. Tanto los crímenes de Hamás como el plan de devastación en Gaza deberían confrontarnos con una única verdad incómoda: somos responsables no sólo de lo que hacemos, sino también de lo que permitimos que suceda al guardar silencio.
Es imperativo que, como individuos y como comunidad global, nos neguemos a ser cómplices de la indiferencia asesina. Es hora de que el estruendo de la barbarie sea respondido con el clamor unánime por la justicia, la paz y el respeto por la dignidad humana de todos. En definitiva, queridos amigos, el precio de nuestro silencio es la deshumanización de todos.
Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina
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Oscar Martínez Peñate presenta “Modelo Bukele”, una lectura política sobre la transformación del Estado salvadoreño
El escritor e investigador salvadoreño Oscar Martínez Peñate aborda la evolución política reciente de El Salvador en su libro Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño, una obra que busca interpretar el ascenso de Nayib Bukele, la ruptura del bipartidismo y los cambios institucionales registrados desde 2019.
La publicación corresponde a la segunda edición de 2026 y retoma un proyecto editorial iniciado en 2025 bajo el título La experiencia Bukele: El renacer del Estado. El libro fue publicado por Editorial Nuevo Enfoque y reúne más de 150 páginas dedicadas al análisis político, histórico y social del país.
Más que limitarse a describir la gestión gubernamental, Martínez Peñate intenta construir una interpretación doctrinaria del llamado “Modelo Bukele”. Su tesis central sostiene que El Salvador atraviesa un proceso de refundación estatal que no responde plenamente a las categorías tradicionales de izquierda, derecha, socialdemocracia o neoliberalismo.
El autor ubica el origen de esta transformación en el desgaste de ARENA y el FMLN, partidos que dominaron la política nacional durante tres décadas. Desde esa perspectiva, la llegada de Nuevas Ideas habría representado no solo un cambio electoral, sino una ruptura con la estructura partidaria surgida después de los Acuerdos de Paz.
La seguridad pública ocupa un lugar central en la obra. Martínez Peñate plantea que el combate contra las pandillas permitió al Estado recuperar territorios, restablecer su autoridad y modificar la vida cotidiana de comunidades sometidas durante años a extorsiones, amenazas y restricciones de movilidad. El propio prólogo reconoce, no obstante, que estas políticas han provocado debates sobre derechos fundamentales y sostenibilidad institucional.
El libro también analiza el papel de las redes sociales, la movilización ciudadana y la capacidad de Bukele para conectar con sectores que ya no se sentían representados por partidos, sindicatos o movimientos sociales tradicionales. El autor interpreta ese fenómeno como una nueva forma de organización política, integrada por distintas generaciones y articulada principalmente alrededor de una identidad común.
Otro de los aportes de la publicación es su intento por convertir una experiencia política todavía en desarrollo en objeto de estudio académico. La obra incluye capítulos sobre institucionalidad, elecciones, movimientos sociales, políticas públicas, seguridad, educación, economía, turismo y la posible consolidación del “bukelismo” como corriente ideológica.
El enfoque de Martínez Peñate es claramente favorable al proyecto político del presidente Bukele, por lo que el libro puede leerse tanto como una defensa intelectual del oficialismo como una fuente para comprender la narrativa con la que sus simpatizantes explican la transformación del país. Ese posicionamiento no resta interés al texto, pero sí obliga al lector a contrastar sus conclusiones con otras investigaciones y voces críticas.
Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño aparece en un momento en que la experiencia salvadoreña genera atención internacional, admiración, cuestionamientos y debates sobre seguridad, democracia y concentración del poder. La obra se incorpora así a una discusión que trasciende a El Salvador: si el fenómeno Bukele constituye una fórmula replicable, una experiencia excepcional o una etapa política cuyo verdadero alcance aún está por definirse.

Óscar Martínez Peñate, autor del libro El Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño, en su Segunda Edicion.
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Cuando Kant nos obligó a pensar de nuevo – Lisandro Prieto Femenía
“Hasta ahora se ha creído que todo nuestro conocimiento debía regirse por los objetos… Hagamos, pues, por una vez, la prueba de si no adelantamos más en los problemas de la metafísica, admitiendo que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento”.
Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Prólogo a la segunda edición (B XVI)
Hoy quisiera invitarlos a reflexionar sobre la obra de Immanuel Kant, un proyecto monumental que consta de tres entregas en las que analizaremos las principales contribuciones de su pensamiento crítico. Puntualmente en esta oportunidad, examinaremos su “Crítica de la razón pura” (KritikderreinenVernunft), la piedra angular de su sistema filosófico. Este texto, publicado en 1781, no es un tratado académico entre otros, sino un audaz llamado a la razón para que se someta a su propio tribunal, para que sea ella misma quien determine sus límites y sus posibilidades.
¿Usted sabe quién fue Kant? Le cuento. Immanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo prusiano, una de las figuras más influyentes de la Ilustración y el pensamiento occidental. Nació y falleció en Königsberg, Prusia Oriental (actual Kaliningrado, Rusia), lugar del que nunca se alejó más de cien kilómetros. Su vida se caracterizó por una rutina tan rigurosa y metódica que se convirtió en una leyenda. Se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar, impartía clases en la Universidad de Königsberg, almorzaba y luego realizaba su famoso paseo vespertino, un ritual tan exacto que, se cuenta, los vecino ponían en hora sus relojes al verlo pasar.
Así, lisa y llanamente, un temático incurable. Su existencia, lejos de ser bohemia, fue la de un académico tan disciplinado como solitario. Nunca se casó ni tuvo hijos, dedicando su vida por completo a la reflexión filosófica. Su carácter era a la vez austero y sociable. Mantuvo un círculo de amigos y colegas con los que se reunía en cenas regulares, en las que se discutían temas de actualidad y filosofía, siempre con un estricto protocolo. Este rigor no era un fin en sí mismo, sino un medio para liberar la mente de las distracciones triviales y concentrarse en los grandes problemas del conocimiento.
La grandeza de Kant como filósofo no radica en una vida aventurera o en un carácter excéntrico, sino en su capacidad para sintetizar y superar las tradiciones filosóficas de su tiempo. Su pensamiento representa una culminación de la filosofía moderna, marcando un punto de inflexión. Fue el primero en establecer los límites de la razón de manera sistemática, demostrando que ciertas preguntas de la metafísica tradicional son irresolubles para la razón teórica. Como bien señaló el filósofo Wilhelm Dilthey, Kant “ha fijado en la historia de la humanidad un nuevo punto de partida”, al llevar a cabo una autocrítica de la razón misma (Dilthey, “La esencia de la filosofía”, 1914, p. 251). Su legado es un sistema filosófico que, a pesar de su complejidad, sigue siendo un modelo de rigor, honestidad intelectual y búsqueda incansable de la verdad. Si me preguntan a mí sobre su importancia, les diré siempre que, a diferencia de Foucault, Kant es uno de los autores que ningún filósofo que se precie de serlo, puede dejar de leer e intentar comprender.
La lectura de Kant, hoy en día, no es un ejercicio de erudición histórica, sino una necesidad para quienes buscan orientarse en un mundo saturado de información, mayoritariamente falsa, y post-verdades confusas. Su obra nos dota de herramientas para discernir entre la certeza del conocimiento científico y la especulación metafísica, mientras que nos enseña a ser críticos con la propia estructura de nuestro pensamiento, reconociendo que el conocimiento es más que un mero reflejo del mundo exterior, sino una compleja construcción en la que participamos activamente. La vigencia de Kant reside en su capacidad para recordarnos que, antes de intentar resolver los grandes enigmas del universo, debemos entender las potencias y limitaciones de nuestra propia mente.
El corazón de su obra es lo que denominó “el giro copernicano”. Sí, al igual que Copérnico, abandonamos la idea de que el sol gira alrededor de la Tierra, y en su lugar, admitimos que es la Tierra la que gira alrededor del sol, ¿qué pasaría si en la filosofía hacemos eso mismo? ¿Qué sucede si, en lugar de que nuestro conocimiento se regule por los objetos, los objetos se regulen por nuestro conocimiento? Éste es el cambio de perspectiva revolucionario que Kant propone.
“Hagamos, pues, por una vez, la prueba de si no adelantamos más en los problemas de la metafísica, admitiendo que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento. Ello concuerda ya mejor con la exigida posibilidad de un conocimiento a priori de los objetos, que ha de establecer algo sobre estos antes de que nos sean dados. Es exactamente lo mismo que ocurrió con los primeros pensamientos de Copérnico”. (Kant, 1787, B XVI)
Este cambio radical de enfoque implica que el conocimiento no es una copia pasiva de la realidad, sino una construcción activa de la mente. Nuestra experiencia del mundo no es la cosa en sí (noúmeno), sino el fenómeno, un producto de la interacción entre la materia de la sensación y la forma que nuestra propia mente le impone.
Recordemos que, para Kant, el mundo que percibimos está inevitablemente mediado por dos formas esenciales de nuestra intuición sensible: el espacio y el tiempo. No son conceptos derivados de la experiencia, sino condiciones a priori que hacen posible cualquier tipo de experiencia. Puntualmente, en el apartado de la “Estética trascendental”, argumenta que “El espacio no es un concepto empírico, que se haya derivado de experiencias externas. En efecto, para que ciertas sensaciones se refieran a algo fuera de mí (es decir, a algo en otro lugar del espacio distinto de aquel en el que me hallo), así como para que yo pueda representarlas como estando unas junto a otras, y, por lo tanto, no sólo diferentes, sino en lugares diferentes, es necesaria la representación del espacio” (Kant, 1787, A 23/B 38). Así, espacio y tiempo son, por lo tanto, las “gafas” con las que miramos el mundo y no podemos quitárnoslas para ver la realidad “desnuda”. Toda nuestra percepción, interna y externa, está organizada por estas estructuras innatas.
Una vez que las sensaciones son organizadas por el espacio y el tiempo, el entendimiento entra en acción. En la “Analítica trascendental”, Kant introduce las categorías, que son conceptos puros (a priori) que nuestra mente usa para juzgar y pensar sobre los objetos. No son ideas innatas, en el sentido racionalista, sino funciones lógicas que nos permiten conectar y unificar la diversidad de la experiencia. Las más famosas son la de causalidad y la de sustancia. Ya Hume había demostrado que la causalidad no se puede observar en la experiencia, puesto que sólo vemos una sucesión constante de eventos. Kant, sin embargo, argumenta que la causalidad es una categoría del entendimiento, una ley que nuestra mente impone a la naturaleza para poder tener experiencia coherente y ordenada.
Consecuentemente, el filósofo Ernst Cassirer, en su obra “Kant, vida y doctrina”, subraya la importancia de esta facultad, al indicar que “la filosofía kantiana […] significa el descubrimiento de que la ciencia no es una reproducción pasiva de los hechos dados, sino una formación activa, una creación espiritual original” (Cassirer, 1921, p. 110). La ciencia, en este sentido, supera la perspectiva de ser una simple descripción de los hechos, sino una actividad creadora que organiza el caos sensorial en un universo comprensible.
En este punto, es necesario detenernos y analizar con claridad el juego existente entre las sensaciones y el entendimiento, es decir, ¿cómo “cocinamos” el conocimiento? Como habrán podido apreciar, la filosofía de Kant puede parecer muy abstracta, pero si la entendemos con una analogía simple, su genialidad se vuelve evidente. Pensemos en nuestra mente como un cocinero que debe preparar un pastel. Los ingredientes brutos, como la harina, los huevos o el azúcar, son las sensaciones: el color de una manzana, el sonido de una campana, el tacto de una superficie. Estos ingredientes nos llegan desordenados, como un caos de percepciones sin sentido.
Aquí es donde entran en el juego las “recetas” de nuestra mente. Antes de que el cocinero pueda hacer algo con los ingredientes, ya tiene una idea de lo que es un pastel, y sabe que la harina, los huevos y el azúcar se combinan de cierta manera. De forma similar, nuestra mente posee una serie de estructuras innatas, de las cuales ya hemos hablado, que Kant llama formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo) y categorías del entendimiento. Estas son las “recetas con las que organizamos las sensaciones.
El filósofo Robert Paul Wolff, en su obra titulada “La teoría kantiana de la actividad mental”, utiliza una analogía diferente pero igual de esclarecedora, al referirse al entendimiento como un “productor de juicios”. Explica que “el entendimiento no es una facultad para crear ideas, sino una facultad para juzgar. La tarea del entendimiento es tomar los datos de la sensación, que ya están ordenados en el espacio y el tiempo, y unificarlos en juicios que puedan ser verdaderos o falsos” (Wolff, 1963, p. 89). En esta metáfora, el entendimiento sería la facultad que nos permite decir: “esto que veo es un árbol” o “el calor dilata los metales”. Sin las categorías, esas sensaciones serían una “ciega multitud”, incapaces de formar un objeto de conocimiento coherente. Es en la unión de la experiencia (ingredientes) y las formas innatas de la mente (recetas) donde emerge el conocimiento del fenómeno.
Así, cuando percibimos una manzana, las sensaciones de su color rojo, su forma redonda y su sabor dulce son organizadas por el espacio y el tiempo. Pero es el entendimiento, con sus categorías de sustancia y cualidad, el que nos permite juzgar que “esto es una manzana”, una cosa con ciertas propiedades. La manzana que conocemos es una construcción de nuestra mente, y por eso podemos decir que el conocimiento es el resultado de la síntesis entre lo que recibimos y lo que aportamos.
En definitiva, queridos lectores, la “Crítica de la razón pura” establece un territorio seguro para el conocimiento científico, pero a un costo: el de declarar la imposibilidad de la metafísica como ciencia. Al trazar esta frontera, Kant nos deja ante un dilema fundamental: si la razón teórica no puede probar la existencia de la libertad o del alma, ¿cómo podemos justificar la moralidad, la dignidad humana o la posibilidad de un actuar ético? ¿Se reduce la libertad a una ilusión, o existe otra forma de razón, una razón práctica que pueda postular estos conceptos no como objetos de conocimiento, sino como condiciones necesarias para la acción? Esta inquietante pregunta, que la razón pura no pudo resolver, nos servirá de guía para nuestra próxima exploración: la “Crítica de la razón práctica”.
Lisandro Prieto Femenía
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¿Y si dejamos de naturalizar a la corrupción?
Lisandro Prieto Femenía
“Los hombres se hacen constructores construyendo, y citaristas tocando la cítara; así también, practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la templanza, templados; y practicando la fortaleza, fuertes”.Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 1, 1103a34-b2.
¿Qué sucede cuando lo aberrante se transforma en el paisaje común? ¿Cómo una sociedad, antaño indignada por la desviación moral, llega no sólo a tolerar, sino a promocionar y naturalizar la corrupción hasta el punto de que ésta se convierte en un engranaje más de su mecánica existencia? Este fenómeno, que trasciende la mera esfera jurídica y económica, es en su médula una profunda crisis ética, una herida abierta en el alma colectiva que la filosofía, a lo largo de los siglos, ha intentado comprender y, acaso, sanar. Al mirar hacia atrás, no buscamos mostrar resúmenes de doctrinas muertas, sino las voces de pensadores que, desde sus respectivas épocas, nos arrojan luz sobre esta inquietante metamorfosis: la corrupción pasó de ser lo excepcional a ser lo esperable.
Si nos remontamos a la antigua Grecia, cuna del pensamiento occidental, hallamos que la corrupción no era percibida como una anomalía administrativa sin más, sino como una enfermedad ontológica capaz de carcomer el propio ser de la comunidad. Recordemos que para Platón, en su obra magna titulada “La República”, la justicia era la armonía del alma individual reflejada en la polis. De ahí que una ciudad dominada por la corrupción fuese, sin más, una entidad enferma, un espejo distorsionado de almas viciadas. “¿Acaso la virtud no es la salud, la belleza y el buen estado del alma, y el vicio la enfermedad, la fealdad y la debilidad?”(Platón, La República, Libro IV, 444e), interrogaba, implicando que la aceptación social de la corrupción equivalía a una renuncia colectiva a la salud moral. Lo que hoy naturalizamos, ellos lo habrían visto como el síntoma terminal de una comunidad desvirtuada, es decir, condenada al fracaso.
Por su parte, Aristóteles, con su pragmatismo plasmado en la “Ética a Nicómaco”, nos recuerda que somos lo que hacemos; la virtud no es hereditaria ni tampoco innata, sino el resultado de la práctica constante, es decir, del hábito. Si esta es la mecánica de la virtud, ¿qué nos dice una sociedad que, con asiduidad, practica la injusticia, naturalizando el desvío? Pues bien, la naturalización de la corrupción es, para Aristóteles, la formación de un hábito vicioso colectivo, una atrofia de la capacidad social para florecer en el bien.
También, en la antigüedad tenemos los aportes de los estoicos, guardianes de la fortaleza interior frente al caos exterior. Para figuras como Séneca y Marco Aurelio, la corrupción no era sino la prueba más clara de la esclavitud a las pasiones: la avaricia, el poder y el placer por lo efímero. Su filosofía no buscaba tanto reformar la sociedad directamente, sino más bien dotar al individuo de una inquebrantable fuerza moral ante las tentaciones externas. Séneca, con su característica agudeza moral, nos advertía que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”(Séneca, Cartas a Lucilio, Carta 95, 33).. Esta máxima es crucial para nuestra reflexión, porque la naturalización de la corrupción no es solo una falla legal, sino una traición a la honestidad intrínseca, una debilidad del carácter que los estoicoscombatirían con el autocontrol y la razón. Por su parte, Marco Aurelio, desde la cúspide del ejercicio del poder imperial, nos interpelaba a la acción directa sobre uno mismo: “No gastes más tiempo argumentando acerca de lo que debe ser un buen hombre. Sé uno”(Marco Aurelio, Meditaciones, Libro X, 16). Desde esta perspectiva, la aceptación tácita de la corrupción representa una claudicación del deber individual de ser virtuoso, una entrega a las bajas pasiones que el sabio estoico se esforzó por dominar durante toda su vida.
Posteriormente, el advenimiento de la Edad Media tejió la ética en el vasto tapiz de la teología cristiana, elevando así la discusión sobre la corrupción a un plano de moralidad trascendente. En este período, la desviación no es sólo un error humano, sino una afrenta al orden divino. San Agustín de Hipona, en su monumental obra titulada “Ciudad de Dios”, nos confronta con la dualidad irreconciliable entre la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrenal; esta última, por naturaleza, marcada por el pecado y la búsqueda de bienes temporales en detrimento de la justicia divina. En pocas palabras, para Agustín la corrupción surge de la libido dominandi, es decir, la “pasión de dominar”, o de la concupiscentia, la inclinación desordenada hacia los bienes materiales.
Desde el precitado punto de vista, la naturalización de la corrupción es, en esencia, la manifestación de una sociedad que ha sucumbido a los deseos terrenales y a la voluntad pervertida, alejándose del amor a Dios y al prójimo. Tengamos en cuenta que Agustín, con su profunda introspección sobre la naturaleza humana y el pecado original, nos revela cómo la voluntad, una vez libre, se vuelve esclava de sus propias pasiones desordenadas. Para él, “dos amores fundaron, pues, dos ciudades: la terrena, el amor propio hasta el desprecio de Dios, y la celestial, el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo” (La Ciudad de Dios, Libro XIV, Capítulo 28). Así, tomar con liviandad la corrupción tal como lo hacemos en nuestros días, representa claramente el triunfo de ese amor propio desmedido que construye la ciudad terrena, ignorando completamente el bien común y la moralidad trascendente.
En una línea de pensamiento complementaria, aunque con matices distintos, Santo Tomás de Aquino, heredero del pensamiento aristotélico, concibió la corrupción no sólo como un quebranto social, sino como una desviación de la ley eterna y de la ley natural. Para él, la ley natural es la participación de la criatura racional en la ley eterna, inscrita en el corazón de cada hombre, guiándolo hacia el bien. La corrupción, por ende, es una transgresión de este orden intrínseco: “La ley natural no es otra cosa que la participación de la criatura racional en la ley eterna”(Suma Teológica, I-II, q. 91, a. 2). De esta forma, al corromperse, el ser humano no sólo quebranta la ley positiva, sino que se aleja de su propia naturaleza racional y de la sabiduría divina que la rige. En este enfoque, la naturalización de la corrupción se revela entonces como una “ceguera moral” colectiva, una aceptación tácita del pecado como moneda corriente, despojando a la vida pública de su propósito trascendente y divino. Además, Tomás profundiza en cómo la costumbre puede llevar a la desviación moral, al indicar que “las acciones humanas adquieren especie de moral por el fin, y no por las circunstancias” (Suma Teológica, I-II, q. 18, a. 6). En definitiva, esto implica que, aunque las circunstancias de la corrupción puedan variar, su fin último (el beneficio ilegítimo) es lo que la define moralmente, y su aceptación se vuelve una perversión del fin de la vida política y social.
La Modernidad trajo consigo la promesa de la razón humana y la autonomía, forjando la noción del contrato social como fundamento de la convivencia y el orden político. En este contexto, Jean-Jacques Rousseau, en su influyente “Contrato Social”, concibió la sociedad como un pacto voluntario donde los individuos se unen para asegurar la libertad y el bien común. Desde esta perspectiva, la corrupción se alza como una flagrante traición a este contrato fundamental, un acto de perfidia que subvierte la voluntad general en favor de intereses egoístas. Nuestro autor delineaba el ideal de una comunidad cohesionada indicando que “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo”(El Contrato Social, Libro I, Capítulo VI).Concretamente, la naturalización del robo no es menos que la disolución silenciosa de los lazos que cohesionan la sociedad, un retroceso inquietante a un estado de egoísmo primordial salvaje y al desorden.
En un sendero ético distinto, pero igualmente crítico frente a la corrupción, emerge Immanuel Kant, el gigante de la ética deontológica que nos obligó a confrontar el deber y la autonomía de la voluntad. Para él, la moralidad no residía en las consecuencias de las acciones, sino en la máxima que las impulsaba, en su capacidad de ser universalizada. La corrupción, bajo esta luz, es intrínsecamente inmoral porque no puede ser elevada a ley universal sin autodestruirse; implica usar a las personas como meros medios y no como fines en sí mismos. Así, abrazar colectivamente la corrupción y aplaudirla, expone una contradicción moral abismal, donde las máximas del egoísmo y el particularismo usurpan el lugar del imperativo categórico: «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca meramente como medio” (Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Segunda Sección, AK 4:429). En cristiano: Kant consideraría que la naturalización de la corrupción es, lisa y llanamente, una negación flagrante de la dignidad humana.
Terminando el recorrido histórico, y ya en el territorio decadente de nuestro presente, nos encontramos con la filosofía posmoderna, que nos invita a deconstruir los grandes relatos, a desmantelar las estructuras de poder que subyacen a nuestras “verdades” y a la construcción de lo que consideramos “normal”. Michel Foucault, con su análisis del poder, reveló cómo éste se ejerce no sólo por la fuerza coercitiva, sino a través de los discursos y las prácticas que moldean lo que consideramos aceptable o “normal”. Desde esta perspectiva, la naturalización de la corrupción no es simplemente una falla moral, sino un efecto perverso de discursos y prácticas que legitiman implícitamente lo ilícito, tejiéndolo en el entramado social. Foucault sugería que “el poder no es una cosa que se posee, sino una red de relaciones que atraviesa y produce los cuerpos y los discursos”(Vigilar y Castigar, Primera parte, Capítulo 1, «Cuerpo de los condenados»), indicando con ello que la aceptación irrestricta de la corrupción se torna en la manifestación de cómo ciertas relaciones de poder se perpetúan al margen de la ley, incrustadas en el entramado de lo aceptable.
La naturalización de la corrupción, ese fenómeno que oscila peligrosamente entre la apatía y la aceptación, no es una curiosidad histórica o una mera elucubración académica. Las voces de los filósofos precitados no son ecos lejanos, sino advertencias resonando con escalofriante claridad en nuestro presente. Salvo Foucault, que parece darle un marco teórico a la naturalización de todo lo que está mal, los demás nos han legado un arsenal conceptual robusto que, al aplicarlo a la realidad contemporánea, nos obliga a confrontar una verdad incómoda: ¿Hemos permitido que la libido dominandi de Agustín, la erosión de la virtud aristotélica, la ruptura del contrato rousseauniano o la negación de la dignidad kantiana se conviertan en los pilares invisibles de nuestras sociedades?
Hoy, la corrupción se filtra en cada estrato, desde las cumbres del poder hasta los rincones más cotidianos de la interacción social, amenazando con normalizar lo inaceptable. Vemos cómo el soborno se disfraza de “gestión”, el clientelismo de “lealtad”, y el desvío de recursos de “eficiencia”. Hemos llegado a un punto en que la sorpresa por el acto corrupto es menor que la indignación por su denuncia pública. Esta inercia, esta peligrosa indiferencia, convierte a cada ciudadano en cómplice silencioso de una tiranía que no se impone por la fuerza bruta, sino por el desgaste moral y la resignación forzada.
Este proceso perverso de normalización, sin embargo, no es un destino ineludible ni una condena irrevocable. Exige, de manera perentoria, una constante y afilada reflexión crítica, un ejercicio incesante de conciencia individual y colectiva. Es un llamado a desnaturalizar lo que nunca, bajo ningún precepto moral, debió ser normal. La filosofía, en su incansable y a veces dolorosa búsqueda de la verdad y el bien, nos interpela con una fuerza inapelable: a no resignarnos, a cuestionar la pasividad cómplice y a luchar, con la tenacidad de aquellos que saben que la integridad es el único cimiento sólido, por una sociedad donde la corrupción sea siempre una anomalía escandalosa, y jamás, bajo ninguna circunstancia, la regla. Es tiempo de que la indignación en redes sociales deje de ser un fugaz destello y se convierta en una llama constante que ilumine el camino hacia la recuperación de nuestra resquebrajada dignidad colectiva.
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