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La vida insulsa como consecuencia de la atrofia existencial- Lisandro Prieto Femenía

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“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”

Friedrich Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos (Nietzsche, 1889/2007, p. 32).

La emergencia de la vida insulsa demanda un análisis riguroso, puesto que trasciende la simple disposición psicológica para erigirse como una configuración antropológica y social que atenta contra las condiciones mismas de la posibilidad del sentido. Entiendo por vida insulsa aquella existencia confinada a la repetición mecánica de conductas funcionales, en la que se confunde la supervivencia con la plenitud y, consecuentemente, se abdica de la proyección de afectos y proyectos que podrían conferir densidad temporal a la biografía. Ahora bien, esta abdicación no es neutra, ya que reestructura la distribución del tiempo y la atención, reduciendo a los sujetos a unidades productivas y consumidores de estímulos efímeros, despojándolos de los nexos que constituyen a la persona como locus de intencionalidad y proyección.

Para desentrañar este fenómeno, es imperativo recuperar la distinción entre el impulso sensitivo y la pasión como categorías normativas y existenciales. Mientras el impulso sensible se limita a la respuesta orgánica e inmediata ante estímulos- el placer y el dolor en su inmediatez-, la pasión, en el sentido que aquí se reivindica, es la orientación duradera de la vida hacia fines que superan lo inmediato y, por ende, reconfiguran la temporalidad del sujeto. De hecho, la pasión se revela no como un arrebato sin fundamento, sino como una estructura de intención que articula proyectos, prácticas y compromisos. Viktor Frankl confirma esta primacía al sostener que “la principal tarea del hombre es darle sentido a su vida” (Frankl, 2006, p. 17). No obstante, esta falta de “porqué” trasciende la neurosis personal. La vida insulsa, en su grado más profundo, no es sólo la ausencia de actividad, sino la manifestación del aburrimiento fundamental(Langeweile heideggeriana), ese estado afectivo que revela la total carencia de un objeto que sea lo suficientemente digno de atención como para arrancar al sujeto de su propia inercia, atestiguando el desarraigo ontológico del ser humano en el mundo.

Ahora bien, puesto que ningún ser humano nace con indistinción o desinterés, es necesario plantear una hipótesis crítica sobre las posibles causas de la vida insulsa: ¿a quién le sirve que las personas vivan desapasionadamente? La respuesta más aguda apunta a las estructuras de control político y económico que requieren un sujeto tonto, maleable y predecible. La pasión, al ser una elección radical y una fuerza centrífuga que busca un sentido más allá de lo inmediato, constituye un riesgo real para el poder.

Un sujeto apasionado es un sujeto que jerarquiza prioridades, que está dispuesto a la renuncia y al conflicto por sus fines, y que, por lo tanto, es difícilmente gobernable desde la lógica del “pan y circo”. Desde esta perspectiva, la vida insulsa no es un fallo individual, sino una estrategia de pacificación social ejecutada por la alianza entre el consumo masivo y la vigilancia algorítmica. Un ciudadano cuya única pasión sea la micro-satisfacción constante es un consumidor ideal y un agente político totalmente inactivo.

Esta hipótesis se conecta con la crítica de la lógica neoliberal, transformada en norma. Martha C. Nussbaum argumenta que una sociedad justa debe posibilitar el desarrollo de las capacidades humanas fundamentales, incluidas las afectivas y creativas, pues “la justicia social exige que las personas tengan oportunidad real para vivir de manera plena” (Nussbaum, 2011, p. 18). Sin embargo, la reducción de la vida a la eficacia económica reduce sujetos incapaces de cultivar pasiones: la precariedad erosiona la planificación a largo plazo, y la cultura de la inmediatez sustituye la profundidad por el estímulo fugaz. La vida insulsa es, por lo tanto, un efecto estructural, una externalidad necesaria para la maximización del beneficio que requiere de un trabajador dócil, reemplazable y con un horizonte de deseo limitado a lo que el mercado, la moda y los medios masivos de comunicación ofrecen.

En este punto de la reflexión, es pertinente adicionar un aspecto muy importante, a saber, la indistinción como fracaso epistemológico, intelectual y moral. El rasgo más corrosivo de la vida insulsa es, precisamente, la distinción. El sujeto insípido es aquel para el cual “todo vale lo mismo” y, por tanto, “nada vale realmente”. Esta falta de distinción es la consecuencia epistemológica directa del colapso de los valores metafísicos que Nietzsche diagnosticó, cuya herencia ha derivado en un nihilismo pasivo que neutraliza toda jerarquía de sentido. En la práctica, si no existe un valor trascendente o comunitario que imponga un criterio de lo “mejor” o lo “pero”, la elección apasionada- el compromiso con algo específico- pierde su fundamento. La indistinción es la niebla moral que disuelve la tensión necesaria para el surgimiento de la pasión, pues la pasión, por definición, es una elección radical que distingue y prioriza una cosa sobre todas las demás.

Esta deriva se cristaliza en la esfera social bajo el manto de la indiferencia generalizada. Al respecto, Jean Baudrillard caracterizó este universo como una economía de signos, afirmando que “la simulación ya no es lo que oculta la realidad- la era de lo virtual- sino que es la cosa que sustituye a la realidad” (Baudrillard, 1981, p. 1). Pero la crítica debe ir más allá: si el simulacro homogeniza la experiencia, el ethos posmoderno lo valida. Recordemos que Gilles Lipovetsky, al describir el “espíritu de la época”, señala que “ya no hay lucha de clases ni enfrentamientos entre ideologías, sino más bien la indiferencia generalizada y el triunfo del individualismo narcisista” (Lipovetsky, 1983/2007, p. 11). En otras palabras, el sujeto narcisista, centrado únicamente en su bienestar emocional inmediato, es incapaz de sostener el esfuerzo ético y temporal que requiere la pasión, porque todo compromiso que suponga una incomodidad o una renuncia al “self” (al “yo”) aparece como intrínsecamente igual e igualmente dispensable.

Este tipo de apatía tiene profundas implicaciones en la relación del sujeto con el mundo. Filosóficamente, definir a una persona despojada de deseo y afecto exige examinar la relación intención, afecto y estructura temporal. Pues bien, la fenomenología, a través de Maurice Merleau-Ponty, nos enseña que “el mundo es siempre ya ahí y nosotros estamos ya en el mundo, implicados en él” (Merleau-Ponty, 1945, p. 149). Por lo tanto, si la pasión orienta el cuerpo hacia proyectos futuros y compromisos presentes, su ausencia comporta una clausura perceptiva donde el mundo aparece decolorado, las posibilidades se tornan invisibles y la capacidad de actuar se atrofia. Por su parte, el existencialismo sartreano, al postular que “la existencia precede a la esencia”, sentencia que el ser humano está condenado a la libertad y compelido a proyectarse, de modo que renunciar a esa proyección equivale a abdicar de la libertad (Sartre, 1946/2000, p. 34).

Agravando aún más este panorama, la indistinción se ve forzada por la conquista algorítmica. La economía de la atención no elimina el deseo, sino que lo coarta mediante la micro-satisfacción constante del “feed” infinito. De esta manera, la insipidez contemporánea se manifiesta como la vida permanentemente distraída, lo que hace imposible sostener la atención suficiente para tejer una trama narrativa coherente. En efecto, cuando la acción se reduce a tareas instrumentales y la indiferencia se extiende al campo de “lo político”, Hannah Arendt advertirá que “la acción humana es capaz de iniciar procesos que pueden continuar en ausencia del que los inició” (Arendt, 1958, p. 198), lo que implica que la vida sin pasión es, también, una vida sin mundo, puesto que se renuncia a la creación de aquello que nos sobrevive.

A pesar de ello, nuestra crítica no debe permanecer en el simple lamento, sino en la búsqueda de una reorientación ética y política. La recuperación de la pasión exige la revalorización de la proyección como una práctica. Sobre este aspecto en particular, Charles Taylor nos dice que las identidades modernas se configuran a través de narrativas que nos interpelan y que el reconocimiento social es clave para la formación del yo, ya que “la identidad personal es, en gran medida, algo que se le concede a uno por los otros y por las instituciones” (Taylor, 1989, p. 27).

No obstante, antes de postular ninguna posible solución, es crucial no omitir la dimensión trágica de la pasión. Recordemos que la “pasión” (pathos) es inherentemente violenta, una forma radical de fijación del sentido que, sin contrapesos, corre el riesgo de la “desmesura” (hybris), la auto-destrucción o el dogmatismo fundamentalista. Por ello, la reivindicación de la pasión debe estar necesariamente acompañada por la exigencia ética de la razón práctica. Por ello, justamente, Immanuel Kant postulaba este contrapeso al requerir que la humanidad sea tratada “como fin y nunca sólo como medio” (Kant, 1785/2005, pp. 52–53). En definitiva, la pasión legitima, pero no instrumentaliza al otro, sino que lo reconoce como un fin en sí mismo.

En este punto es donde emerge la tensión más mordaz: ¿cómo se traduce esta ética en lo político? La recuperación de la pasión implica restituir espacios públicos y privados de compromiso. Esto exige la construcción de instituciones que permitan la atención prolongada a proyectos significativos, desde políticas que protejan el tiempo no como subordinado al capital hasta la esfera ética íntima: la disciplina de la atención. William James ya observó que “la habilidad de centrar la atención, excluyendo lo no esencial, es la raíz del carácter” (James, 1890/2003, p. 23). Sin embargo, si la vida insulsa es un efecto estructural, ¿es lícito proponer la disciplina de la atención como contramedida? La demanda de “cultivar la pasión” puede convertirse, irónicamente, en una nueva forma de auto-explotación para el sujeto precarizado, exigiendo que éste se auto-responsabilice y se “apasione” de manera eficiente con las pocas horas de vida que le deja el sistema. Si la precariedad erosiona el tiempo y la energía, la pasión se convierte en un privilegio de unos pocos (de clase), mientras que al resto se les exige ser su propio coach existencial.

En resumen, la crítica de la vida insulsa debe operar en la dialéctica entre la ontología y la política. Aparece como un estado de des-proyección existencial sostenido por estructuras que valoran la repetición y la eficacia por encima del sentido y del significado.Un atisbo de solución, por tanto, contempla la reconstrucción de instituciones, la formación de hábitos de atención crítica y la afirmación de una ética de la pasión que preserve la dignidad ajena. La pasión entendida como proyección no debería ser un lujo, sino la condición moral de la persona, y negarle esta posibilidad a amplios sectores sociales equivale a amputar su humanidad. Así pues, la crítica de la vida insulsa debe devenir en una demanda filosófica y política por estructuras sociales que devuelvan tiempo, reconocimiento y recursos para que la invención del relato vital sea una posibilidad universal, y no un imperativo frustrante.

Como siempre, queridos lectores, concluyo esta humilde reflexión enfatizando que la crítica a la vida insulsa debe ir más allá de la lamentación, dirigiéndose hacia una activa problematización de las estructuras que la sostienen. Ante el diagnóstico de que la vida insulsa es un efecto estructural y que la indistinción nihilista se suma a la invasión algorítmica para sustituir el proyecto por la micro-satisfacción constante, es necesario cuestionar si la “disciplina de la atención” constituye un remedio viable para el sujeto que se encuentra permanentemente distraído, o si, por el contrario, se convierte en una nueva ética de la autoexplotación, un privilegio reservado a aquellos cuyo tiempo no está ya coaccionado por la supervivencia económica.

Además, la reflexión que hemos realizado se detiene en la naturaleza misma de la “indistinción”: si todo nos da igual, si todo es lo mismo, es síntoma de una degradación de los valores en la posmodernidad, ¿cuáles son los dispositivos filosóficos y políticos concretos que deben mediar la intensidad de la pasión para garantizar que el proyecto apasionado del individuo no se construya a expensas de la dignidad del otro, superando así el nihilismo de la indiferencia? Finalmente, si el aburrimiento se revela como la atrofia del “Dasein” (“ser-en-el-mundo”, o sea, nosotros) o la falta de arraigo ontológico en el mundo, se debe interpelar la responsabilidad del arte, la filosofía y la educación (tanto en casa como en las instituciones educativas) en crear y proteger espacios donde el sujeto pueda enfrentarse a ese aburrimiento profundo, en lugar de buscar la inmediata cura en la distracción algorítmica que lo devuelve a la insipidez.

 

Referencias (formato APA 7, en español)

Arendt, H. (2001). La condición humana (3.ª ed., traducción de Gustavo Pita). Paidós. (Obra original publicada en 1958).
Baudrillard, J. (2001). Simulacros y simulación (traducción de Agustín García Calvo). Editorial Pre-Textos. (Obra original publicada en 1981).
Frankl, V. E. (2006). El hombre en busca de sentido (traducción de Sergio Molina). Herder. (Obra original: Man’s Search for Meaning, 1946). Citausada: p. 17.
James, W. (2003). Principios de psicología (traducción de César Tejada). Ediciones Akal. (Obra original publicada en 1890). Citausada: p. 23.
Kant, I. (2005). Fundamentación de la metafísica de las costumbres (traducción de Fernando R. de la Torre). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1785). Citasusadas: pp. 52–53.
Lipovetsky, G. (2007). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (traducción de Juan Varela). Anagrama. (Obra original: L’Ère du vide, 1983). Citausada: p. 11.
Merleau-Ponty, M. (2009). Fenomenología de la percepción (traducción de José Ortega y Gasset). Akal. (Obra original publicadaen 1945). Citausada: p. 149.
Nietzsche, F. (2007). El crepúsculo de los ídolos (traducción de Andrés Sánchez Pascual). Alianza Editorial. (Obra original: Götzen-Dämmerung, 1889). Citausada: p. 32.
Nussbaum, M. C. (2011). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano (traducción de Manuel García del Blanco). Paidós. (Obra original: Creating Capabilities, 2011). Citausada: p. 18.
Sartre, J.-P. (2000). El ser y la nada (traducción de Esteban Aragonés). Ediciones Cátedra. (Obra original publicada en 1943). Cita usada: p. 34.
Taylor, C. (1994). Fuentes del yo: La formación de la identidad moderna (traducción de Juan Manuel Navarro). Taurus. (Obra original: Sources of the Self, 1989). Citausada: p. 27.

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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