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La vida insulsa como consecuencia de la atrofia existencial- Lisandro Prieto Femenía

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“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”

Friedrich Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos (Nietzsche, 1889/2007, p. 32).

La emergencia de la vida insulsa demanda un análisis riguroso, puesto que trasciende la simple disposición psicológica para erigirse como una configuración antropológica y social que atenta contra las condiciones mismas de la posibilidad del sentido. Entiendo por vida insulsa aquella existencia confinada a la repetición mecánica de conductas funcionales, en la que se confunde la supervivencia con la plenitud y, consecuentemente, se abdica de la proyección de afectos y proyectos que podrían conferir densidad temporal a la biografía. Ahora bien, esta abdicación no es neutra, ya que reestructura la distribución del tiempo y la atención, reduciendo a los sujetos a unidades productivas y consumidores de estímulos efímeros, despojándolos de los nexos que constituyen a la persona como locus de intencionalidad y proyección.

Para desentrañar este fenómeno, es imperativo recuperar la distinción entre el impulso sensitivo y la pasión como categorías normativas y existenciales. Mientras el impulso sensible se limita a la respuesta orgánica e inmediata ante estímulos- el placer y el dolor en su inmediatez-, la pasión, en el sentido que aquí se reivindica, es la orientación duradera de la vida hacia fines que superan lo inmediato y, por ende, reconfiguran la temporalidad del sujeto. De hecho, la pasión se revela no como un arrebato sin fundamento, sino como una estructura de intención que articula proyectos, prácticas y compromisos. Viktor Frankl confirma esta primacía al sostener que “la principal tarea del hombre es darle sentido a su vida” (Frankl, 2006, p. 17). No obstante, esta falta de “porqué” trasciende la neurosis personal. La vida insulsa, en su grado más profundo, no es sólo la ausencia de actividad, sino la manifestación del aburrimiento fundamental(Langeweile heideggeriana), ese estado afectivo que revela la total carencia de un objeto que sea lo suficientemente digno de atención como para arrancar al sujeto de su propia inercia, atestiguando el desarraigo ontológico del ser humano en el mundo.

Ahora bien, puesto que ningún ser humano nace con indistinción o desinterés, es necesario plantear una hipótesis crítica sobre las posibles causas de la vida insulsa: ¿a quién le sirve que las personas vivan desapasionadamente? La respuesta más aguda apunta a las estructuras de control político y económico que requieren un sujeto tonto, maleable y predecible. La pasión, al ser una elección radical y una fuerza centrífuga que busca un sentido más allá de lo inmediato, constituye un riesgo real para el poder.

Un sujeto apasionado es un sujeto que jerarquiza prioridades, que está dispuesto a la renuncia y al conflicto por sus fines, y que, por lo tanto, es difícilmente gobernable desde la lógica del “pan y circo”. Desde esta perspectiva, la vida insulsa no es un fallo individual, sino una estrategia de pacificación social ejecutada por la alianza entre el consumo masivo y la vigilancia algorítmica. Un ciudadano cuya única pasión sea la micro-satisfacción constante es un consumidor ideal y un agente político totalmente inactivo.

Esta hipótesis se conecta con la crítica de la lógica neoliberal, transformada en norma. Martha C. Nussbaum argumenta que una sociedad justa debe posibilitar el desarrollo de las capacidades humanas fundamentales, incluidas las afectivas y creativas, pues “la justicia social exige que las personas tengan oportunidad real para vivir de manera plena” (Nussbaum, 2011, p. 18). Sin embargo, la reducción de la vida a la eficacia económica reduce sujetos incapaces de cultivar pasiones: la precariedad erosiona la planificación a largo plazo, y la cultura de la inmediatez sustituye la profundidad por el estímulo fugaz. La vida insulsa es, por lo tanto, un efecto estructural, una externalidad necesaria para la maximización del beneficio que requiere de un trabajador dócil, reemplazable y con un horizonte de deseo limitado a lo que el mercado, la moda y los medios masivos de comunicación ofrecen.

En este punto de la reflexión, es pertinente adicionar un aspecto muy importante, a saber, la indistinción como fracaso epistemológico, intelectual y moral. El rasgo más corrosivo de la vida insulsa es, precisamente, la distinción. El sujeto insípido es aquel para el cual “todo vale lo mismo” y, por tanto, “nada vale realmente”. Esta falta de distinción es la consecuencia epistemológica directa del colapso de los valores metafísicos que Nietzsche diagnosticó, cuya herencia ha derivado en un nihilismo pasivo que neutraliza toda jerarquía de sentido. En la práctica, si no existe un valor trascendente o comunitario que imponga un criterio de lo “mejor” o lo “pero”, la elección apasionada- el compromiso con algo específico- pierde su fundamento. La indistinción es la niebla moral que disuelve la tensión necesaria para el surgimiento de la pasión, pues la pasión, por definición, es una elección radical que distingue y prioriza una cosa sobre todas las demás.

Esta deriva se cristaliza en la esfera social bajo el manto de la indiferencia generalizada. Al respecto, Jean Baudrillard caracterizó este universo como una economía de signos, afirmando que “la simulación ya no es lo que oculta la realidad- la era de lo virtual- sino que es la cosa que sustituye a la realidad” (Baudrillard, 1981, p. 1). Pero la crítica debe ir más allá: si el simulacro homogeniza la experiencia, el ethos posmoderno lo valida. Recordemos que Gilles Lipovetsky, al describir el “espíritu de la época”, señala que “ya no hay lucha de clases ni enfrentamientos entre ideologías, sino más bien la indiferencia generalizada y el triunfo del individualismo narcisista” (Lipovetsky, 1983/2007, p. 11). En otras palabras, el sujeto narcisista, centrado únicamente en su bienestar emocional inmediato, es incapaz de sostener el esfuerzo ético y temporal que requiere la pasión, porque todo compromiso que suponga una incomodidad o una renuncia al “self” (al “yo”) aparece como intrínsecamente igual e igualmente dispensable.

Este tipo de apatía tiene profundas implicaciones en la relación del sujeto con el mundo. Filosóficamente, definir a una persona despojada de deseo y afecto exige examinar la relación intención, afecto y estructura temporal. Pues bien, la fenomenología, a través de Maurice Merleau-Ponty, nos enseña que “el mundo es siempre ya ahí y nosotros estamos ya en el mundo, implicados en él” (Merleau-Ponty, 1945, p. 149). Por lo tanto, si la pasión orienta el cuerpo hacia proyectos futuros y compromisos presentes, su ausencia comporta una clausura perceptiva donde el mundo aparece decolorado, las posibilidades se tornan invisibles y la capacidad de actuar se atrofia. Por su parte, el existencialismo sartreano, al postular que “la existencia precede a la esencia”, sentencia que el ser humano está condenado a la libertad y compelido a proyectarse, de modo que renunciar a esa proyección equivale a abdicar de la libertad (Sartre, 1946/2000, p. 34).

Agravando aún más este panorama, la indistinción se ve forzada por la conquista algorítmica. La economía de la atención no elimina el deseo, sino que lo coarta mediante la micro-satisfacción constante del “feed” infinito. De esta manera, la insipidez contemporánea se manifiesta como la vida permanentemente distraída, lo que hace imposible sostener la atención suficiente para tejer una trama narrativa coherente. En efecto, cuando la acción se reduce a tareas instrumentales y la indiferencia se extiende al campo de “lo político”, Hannah Arendt advertirá que “la acción humana es capaz de iniciar procesos que pueden continuar en ausencia del que los inició” (Arendt, 1958, p. 198), lo que implica que la vida sin pasión es, también, una vida sin mundo, puesto que se renuncia a la creación de aquello que nos sobrevive.

A pesar de ello, nuestra crítica no debe permanecer en el simple lamento, sino en la búsqueda de una reorientación ética y política. La recuperación de la pasión exige la revalorización de la proyección como una práctica. Sobre este aspecto en particular, Charles Taylor nos dice que las identidades modernas se configuran a través de narrativas que nos interpelan y que el reconocimiento social es clave para la formación del yo, ya que “la identidad personal es, en gran medida, algo que se le concede a uno por los otros y por las instituciones” (Taylor, 1989, p. 27).

No obstante, antes de postular ninguna posible solución, es crucial no omitir la dimensión trágica de la pasión. Recordemos que la “pasión” (pathos) es inherentemente violenta, una forma radical de fijación del sentido que, sin contrapesos, corre el riesgo de la “desmesura” (hybris), la auto-destrucción o el dogmatismo fundamentalista. Por ello, la reivindicación de la pasión debe estar necesariamente acompañada por la exigencia ética de la razón práctica. Por ello, justamente, Immanuel Kant postulaba este contrapeso al requerir que la humanidad sea tratada “como fin y nunca sólo como medio” (Kant, 1785/2005, pp. 52–53). En definitiva, la pasión legitima, pero no instrumentaliza al otro, sino que lo reconoce como un fin en sí mismo.

En este punto es donde emerge la tensión más mordaz: ¿cómo se traduce esta ética en lo político? La recuperación de la pasión implica restituir espacios públicos y privados de compromiso. Esto exige la construcción de instituciones que permitan la atención prolongada a proyectos significativos, desde políticas que protejan el tiempo no como subordinado al capital hasta la esfera ética íntima: la disciplina de la atención. William James ya observó que “la habilidad de centrar la atención, excluyendo lo no esencial, es la raíz del carácter” (James, 1890/2003, p. 23). Sin embargo, si la vida insulsa es un efecto estructural, ¿es lícito proponer la disciplina de la atención como contramedida? La demanda de “cultivar la pasión” puede convertirse, irónicamente, en una nueva forma de auto-explotación para el sujeto precarizado, exigiendo que éste se auto-responsabilice y se “apasione” de manera eficiente con las pocas horas de vida que le deja el sistema. Si la precariedad erosiona el tiempo y la energía, la pasión se convierte en un privilegio de unos pocos (de clase), mientras que al resto se les exige ser su propio coach existencial.

En resumen, la crítica de la vida insulsa debe operar en la dialéctica entre la ontología y la política. Aparece como un estado de des-proyección existencial sostenido por estructuras que valoran la repetición y la eficacia por encima del sentido y del significado.Un atisbo de solución, por tanto, contempla la reconstrucción de instituciones, la formación de hábitos de atención crítica y la afirmación de una ética de la pasión que preserve la dignidad ajena. La pasión entendida como proyección no debería ser un lujo, sino la condición moral de la persona, y negarle esta posibilidad a amplios sectores sociales equivale a amputar su humanidad. Así pues, la crítica de la vida insulsa debe devenir en una demanda filosófica y política por estructuras sociales que devuelvan tiempo, reconocimiento y recursos para que la invención del relato vital sea una posibilidad universal, y no un imperativo frustrante.

Como siempre, queridos lectores, concluyo esta humilde reflexión enfatizando que la crítica a la vida insulsa debe ir más allá de la lamentación, dirigiéndose hacia una activa problematización de las estructuras que la sostienen. Ante el diagnóstico de que la vida insulsa es un efecto estructural y que la indistinción nihilista se suma a la invasión algorítmica para sustituir el proyecto por la micro-satisfacción constante, es necesario cuestionar si la “disciplina de la atención” constituye un remedio viable para el sujeto que se encuentra permanentemente distraído, o si, por el contrario, se convierte en una nueva ética de la autoexplotación, un privilegio reservado a aquellos cuyo tiempo no está ya coaccionado por la supervivencia económica.

Además, la reflexión que hemos realizado se detiene en la naturaleza misma de la “indistinción”: si todo nos da igual, si todo es lo mismo, es síntoma de una degradación de los valores en la posmodernidad, ¿cuáles son los dispositivos filosóficos y políticos concretos que deben mediar la intensidad de la pasión para garantizar que el proyecto apasionado del individuo no se construya a expensas de la dignidad del otro, superando así el nihilismo de la indiferencia? Finalmente, si el aburrimiento se revela como la atrofia del “Dasein” (“ser-en-el-mundo”, o sea, nosotros) o la falta de arraigo ontológico en el mundo, se debe interpelar la responsabilidad del arte, la filosofía y la educación (tanto en casa como en las instituciones educativas) en crear y proteger espacios donde el sujeto pueda enfrentarse a ese aburrimiento profundo, en lugar de buscar la inmediata cura en la distracción algorítmica que lo devuelve a la insipidez.

 

Referencias (formato APA 7, en español)

Arendt, H. (2001). La condición humana (3.ª ed., traducción de Gustavo Pita). Paidós. (Obra original publicada en 1958).
Baudrillard, J. (2001). Simulacros y simulación (traducción de Agustín García Calvo). Editorial Pre-Textos. (Obra original publicada en 1981).
Frankl, V. E. (2006). El hombre en busca de sentido (traducción de Sergio Molina). Herder. (Obra original: Man’s Search for Meaning, 1946). Citausada: p. 17.
James, W. (2003). Principios de psicología (traducción de César Tejada). Ediciones Akal. (Obra original publicada en 1890). Citausada: p. 23.
Kant, I. (2005). Fundamentación de la metafísica de las costumbres (traducción de Fernando R. de la Torre). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1785). Citasusadas: pp. 52–53.
Lipovetsky, G. (2007). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (traducción de Juan Varela). Anagrama. (Obra original: L’Ère du vide, 1983). Citausada: p. 11.
Merleau-Ponty, M. (2009). Fenomenología de la percepción (traducción de José Ortega y Gasset). Akal. (Obra original publicadaen 1945). Citausada: p. 149.
Nietzsche, F. (2007). El crepúsculo de los ídolos (traducción de Andrés Sánchez Pascual). Alianza Editorial. (Obra original: Götzen-Dämmerung, 1889). Citausada: p. 32.
Nussbaum, M. C. (2011). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano (traducción de Manuel García del Blanco). Paidós. (Obra original: Creating Capabilities, 2011). Citausada: p. 18.
Sartre, J.-P. (2000). El ser y la nada (traducción de Esteban Aragonés). Ediciones Cátedra. (Obra original publicada en 1943). Cita usada: p. 34.
Taylor, C. (1994). Fuentes del yo: La formación de la identidad moderna (traducción de Juan Manuel Navarro). Taurus. (Obra original: Sources of the Self, 1989). Citausada: p. 27.

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La cara oculta de Nayib Bukele

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En un tiempo turbulento propicio para que seudoperiodistas y politicastros den rienda suelta a sus frustraciones y su furia contra el árbol más florido, se ha vuelto profesión de fe desatar reportajes trucados y panfletos difamatorios contra el presidente Nayib Bukele.

De entrada, están ofendiendo a toda una nación que se encuentra luchan do por construir un nuevo país donde la paz social, el auténtico clima democrático, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la ciencia para el progreso y la justicia para los más olvidados, reinen.

A pesar de las lógicas dificultades de la economía mundial, de fenómenos como El Niño y de las dañinas guerras que encarecen el petróleo y sus derivados, 90 % de la población salvadoreña respalda la gestión del presidente, y es indudable que votará por él en 2027. Esto es lo primero que debería tener claro esa prensa amarillista.

Uno de los argumentos que esgrimen es la condición de bachiller del presidente, como si ello fuese un delito capital o un impedimento para ejercer la política. Hay que recordarles a es tos sesudos intelectualoides los grandes líderes del planeta que no terminaron sus estudios universitarios, pero jugaron un rol brillante en la política internacional, como George Washing ton, James Monroe, Harry S. Truman, Winston Churchill, sin olvidar a Abraham Lincoln, que fue leñador; y personajes como Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Mark Zuckerberg, entre muchos otros, se destacan por sus trayectorias excepcionales a pesar de haber abandonado o nunca haber comenzado estudios universitarios.

Por el contrario, Bukele cuenta en su currículo uno de los reconocimientos que la totalidad de académicos de a cuartillo solo pueden soñar con obtener. En diciembre de 2019 la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas del planeta, le otorgó un doctor «honoris causa».

Es evidente que ocultan o minimizan los grandes logros que su gestión ha logra do en cuanto a la seguridad ciudadana al transformar al país más violento y criminal del mundo en el más seguro del hemisferio occidental, el gran salto económico que ha significado su apuesta por el turismo, su lucha contra las mafias intermediarias de la producción agrícola y la búsqueda de la seguridad alimentaria en la agricultura, así como la modernización de los servicios, la infraestructura del sistema nacional de salud, entre otros.

O las grandes obras que su estrategia política de cooperación internacional ha logrado, especialmente con China, Corea del Sur, Estados Unidos, el mundo árabe e Israel, como son las infraestructuras de la Biblioteca Nacional, el superestadio en construcción, la potabilización del lago de Ilopango, el tramo de la autopista Los Chorros, la incautación de centenares de toneladas de cocaína y otras drogas del narcotráfico inter nacional; la edificación, a través de la Dirección de Reconstrucción del Tejido Social, de los centros urbanos de bienestar y oportunidades (CUBO) dentro del Plan Control Territorial, fase II.

Así, un líder heterodoxo, cuya regla es saltarse las reglas tradicionales, como Nayib Bukele, ha sido recibido con honores por el presidente Donald Trump en la Casa Blan ca, ha sido bienvenido en Israel para visitar el museo del holocausto Yad Vashem y el Muro de las Lamentaciones, ha sido acogido con profundo respeto y alfombra roja por el presidente Xi Jinping, en Pekín.

Es además admirado por la mayoría de sus colegas, presidentes de Uruguay, Chile, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Colombia, Perú, muchos de los cuales quieren reproducir sus políticas de seguridad ciudadana.

Su visión estratégica, que ha sido fundamental en la creación del Escudo de las Américas de Washington, constituido por 17 países del hemisferio occidental, incluyendo a Estados Unidos, es producto de la experiencia nacional de la lucha contra las pandillas, que contiene estrategias vitales para que dicho escudo haga más efectiva su lucha contra los carteles de las drogas y el terrorismo internacional.

Los adversarios y enemigos acérrimos de Nayib Bukele teorizan absurdos sobre su futuro como líder, o crean infames y ominosas teorías de la conspiración, se horrorizan ante los hechos palpables de su impecable gestión y de sus indiscutibles logros en política nacional e internacional. Esta es la ver dadera doble cara de un líder continental que más que desatar el odio, la rabia y la impotencia de sus adversarios les produce terror, con resultados tangentes que no se atreven ni a reconocer ni mucho menos a divulgar.

 

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En El Salvador pasa algo mucho más profundo

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Por: Francisco Martínez

El libro que nos comparte Yossi Abadi, es el autorretrato novelado de una nación que tocó fondo, que levantó la cabeza y a lo salvadoreño enfrentó sus quimeras y se atrevió a soñar, y a soñar en grande, construir un gran país.

El relato que Yossi nos cuenta, con toques de realismo mágico, es el testimonio de alguien que vino a este paisito aventurando, por curiosidad, corriendo riesgos, llegó por unos días sin decir a su familia que estaba acá y terminó atrapado, prendado por la resistencia, resiliencia, gallardía, pundonor y bravura libertaria del pueblo salvadoreño.

Es una historia contada desde la mirada humilde y ambiciosa del ciudadano salvadoreño de a pie en su día a día, desde la calle, cuenta aspectos, no públicos, desde los ejecutores de la política del cambio; no ignora la opinión de los detractores del proceso, tanto locales y en particular de los extranjeros; sin ignorar ni falsear la historia inmediata político social del país.

Su escrito asume una verdad social histórica, la guerra civil resultó de las injusticias y desigualdades, le siguió la posguerra que legó un modelo de solución negociada de conflictos celebrado internacionalmente pero sin mantra local; el dolor, las desigualdades, las crisis de vidas se profundizaron, aquel país forjado por la guerra permaneció por la falta de reflexión colectiva sobre los Por Qué de la guerra que fue soportada en una narrativa controlada que evitaba el fondo del asunto y evitaba se mirara a los responsables, mientras las elites restauraban su poder.

Políticos e instituciones, aupados desde fuera por la política de control blando, se casaron con el sacrosanto mito  de la democracia funcional, la de lo políticamente correcto, donde la formalidad y las formas lo son todo; no les importó que el país se deslizara en una vorágine sangrienta, optaron por la omisión y la desidia, lo que llevó a la instauración de la república de las pandillas donde la violencia no vestía el humeante verde olivo de los setentas y ochentas sino, que esta vez se vestía de tatuajes, los números y las letras, ese era el pedo, qué onda eh.

Cero Crimen cuenta el proceso de cómo se gestó y ejecutó un cambio, de cómo un líder: Nayib Bukele, con una narrativa esperanzadora y disruptiva ganó gradualmente la confianza ciudadana y democráticamente desplazó el viejo orden para instaurar uno nuevo, un orden de seguridad y desarrollo; relata cómo con una política innovadora de seguridad una startup politic y usando todo el poder del Estado hizo posible para El Salvador pasar de ser la capital mundial del crimen a ser el país más seguro del hemisferio occidental, esa es la experiencia que cuenta Yossi desde un enfoque humano, con la lupa de alguien que viaja por el mundo, desde un ciudadano israelí que conoce la violencia, desde una  visión empresarial, en una interrelación activa con salvadoreños acá y por el mundo.

Por las páginas del libro se puede ver que este cambio no se limitó a la guerra contra las pandillas, es una estrategia para desatascar las trampas que tenían atada el potencial de la economía, y ahí en ese escenario Yossi nos habla de cómo la seguridad es después de todo una moneda un resguardo de valor de la inversión, que permite atraer capitales de inversión y abre las puertas al regreso de los que tuvieron que irse, nos presenta un enfoque desenfadado (NO OFICIAL) respecto de los trasfondos de la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal y su uso como ancla de la nueva imagen y aviso de la transformación estatal y del renacer de un país.

Yossi destaca que la política del nuevo orden se basa en resultados, no en discursos, sino en acciones no en reuniones, con decisión y celeridad frente a los problemas desde una forma sin manuales ni formalidades, simplemente: hágase.

El libro, es una provocación al estudio critico de El Salvador para comprender el nuevo modelo de gobernanza con liderazgo fuerte y cercano al pueblo, es un relato ameno desde la visión particular de Yossi y su cariño y compromiso con este paisito.

Narra como El Salvador no solo sobrevivió, a la inestabilidad y al caos, sino que, desde esa realidad, asumió que no había más opción que diseñar la nueva arquitectura nacional, una que evite repetir o regresar al pasado, una nación que no sea desangrada por la violencia, una sociedad que se integre y supere las desigualdades, en donde no tengamos que tomar o entender porque alguien toma los fúsiles.

Francisco Martínez

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La guerra como casino y la obsolescencia del alma- Lisandro Prieto Femenía

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«Cuando la violencia ya no se ejerce sobre las cosas o sobre las personas, sino sobre los signos y las imágenes, nos adentramos en la era de la simulación absoluta»

 Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1978/2005, p. 43).

Acaso la mayor ceguera de nuestra época radique en la convicción de que las transiciones civilizatorias se anuncian con trompetas y cataclismos visibles. Nos desvelamos elucubrando de qué manera la IA reescribirá las aulas, cómo los algoritmos reestructurarán el diagnóstico clínico o bajo qué lógicas se reorganizará el empleo global, asumiendo con ingenuidad que el sujeto que habitará ese mañana permanecerá inalterado en su esencia fundamental.

Sin embargo, lo que verdaderamente se desliza bajo nuestros pies no es una simple reconfiguración del entorno instrumental, sino una mutación irreversible del ser humano en su totalidad. Asistimos, tal vez, con una resignación anestesiada, a la última versión de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Frente a los discursos optimistas que, amparados en una falsa perspectiva histórica, murmuran que toda crisis civilizatoria halla siempre su punto de equilibrio y que las aguas siempre regresan a su cauce, emergen síntomas tan perturbadores que resquebrajan cualquier intento de consuelo racional.

Lejos de ser una transformación periférica, esta deriva se manifiesta en la ilusión de estabilidad que rodea nuestro quehacer cotidiano, una ceguera colectiva que evoca la ingeniosa escena cinematográfica de Woody Allen en la que el protagonista, tras escuchar el diagnóstico adverso de su médico, reflexiona con amargura sobre cómo hasta hace apenas cinco minutos era un hombre feliz, y no se había dado cuenta. El mundo contemporáneo parece atrapado en esa mismísima fracción de segundo previa a la conciencia del derrumbe total. Transitábamos un planeta plagado de asimetrías, injusticias y desigualdades dolorosas, pero que aún conservaba latente la promesa de la transformación social, la chispa de la indignación moral genuina y el anhelo de la empatía. Hoy, la irrupción de tecnologías diseñadas para la dispersión sistemática, el confinamiento existencial del deslizamiento infinito en las pantallas y el embrutecimiento lúdico colectivizado nos devuelven una deshumanización de la especia que, al menos para mí, se torna insoportable. No estamos simplemente ante un cambio de época, sino ante el agotamiento de la condición humana como reducto de sensibilidad.

El precitado adormecimiento afectivo encuentra su manifestación más descarnada no en la acumulación de arsenales, sino en la conversión del sufrimiento ajeno en un objeto de especulación financiera. La consagración de plataformas digitales de predicción como Kalshi o Polymarket, donde miles de imberbes arriesgan su capital apostando al minuto exacto en que una potencia extranjera iniciará un bombardeo o al destino de la vida de líderes mundiales, consuma una degradación moral sin precedentes.

La periodista Natalie Sherman (2026), en una profunda investigación para la BBC, expone de qué manera estas dinámicas se revisten de un lenguaje aséptico para eludir el reproche social y legal. En el cuerpo de su crónica, Sherman recoge el revelador testimonio de Stew, un usuario desencantado de estas plataformas que, tras verse inmerso en la vorágine de las apuestas militares, desnuda el engaño conceptual que sostiene el negocio al constatar que la industria insiste en llamarlo “negociación de contratos”, cuando, si somos honestos, sigue siendo una vil apuesta sobre la tragedia humana.

Por medio de este sutil ejercicio de ingeniería lingüística, se intenta desactivar todo cuestionamiento ético, pues al desplazar el vocabulario del dolor y la geopolítica hacia la terminología higienizada de las finanzas y el intercambio de futuros, el sistema neutraliza la repulsión instintiva ante la masacre. El conflicto bélico ya no se padece ni se contempla con pavor, sino que se gestiona como un portafolio de activos. Ganar medio millón de dólares previendo con precisión matemática el instante en que caerá un misil sobre una población desarmada convierte al apostador en un cómplice financiero del verdugo, un espectador absoluto que codicia la violencia porque su cuenta bancaria depende, justamente, de ella.

En este sentido, percibimos que la financiarización (proceso económico mediante el cual los mercados, actores e instituciones financieras ganan un peso desproporcionado en la economía global) total de la existencia humana representa la cúspide de una cultura posmoderna en franco estado de putrefacción, una sociedad que ha decidido que incluso el último aliento de un soldado o el pánico de una madre bajo el fuego de artillería pesada son fenómenos monetizables y reducibles a una fluctuación de probabilidades en tiempo real.

Esta cruel lúdica de la sangre altera por completo las coordenadas clásicas de la maldad, obligándonos a examinar el estrecho vínculo que se teje entre el sadismo y la indiferencia posmoderna. Si históricamente el sadismo se definía por el goce directo del verdugo ante el dolor físico de su víctima, nuestro tiempo inaugura un sadismo desapasionado, abstracto y eminentemente banal. Imagínense, queridos lectores, a los soldados de la Alemania nazi apostando dinero por la cantidad de judíos que se podía incinerar en un solo turno del día, ¿atroz verdad? Pues bien, hoy se hacen apuestas virtuales similares, aparentemente lícitas y permitidas por los Estados.

Al respecto, es fundamental recordar el aporte de Hannah Arendt (2003, p. 368), quien al desentrañar los engranajes de la crueldad totalitaria, observó que el problema con hombres como Adolf Eichmann radicaba en su terrorífica normalidad, en ser burócratas incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La contemporaneidad digital ha dado una vuelta de tuerca a esta observación: el sádico de hoy ya no requiere de una maquinaria estatal totalitaria ni de un uniforme militar, sino que se camufla en el ciudadano común que, desde la comodidad de su hogar y de manera estrictamente lúdica, especula financieramente con la devastación de inocentes que viven en otro continente. El sadismo, entonces, se ha vuelto banal no por la ausencia de placer, sino porque ese placer ha sido domesticado bajo la forma de una transacción financiera insignificante, un divertimento aséptico que trivializa la muerte al integrarla en las dinámicas del mercado de consumo diario.

Conviene precisar, no obstante, que la barbarie y la infamia no configuran novedades en la crónica de nuestra especie, en tanto que en casi todas las épocas históricas se ha convivido con la impronta de la guerra y la perfidia sistemática. La diferencia sustancial estriba en que, antaño, el horror se recortaba sobre un trasfondo de absolutos morales o concepciones sagradas que, aun cuando fuesen transgredidos, sostenían un horizonte ético de referencia. Nuestra posmodernidad decadente, en cambio, se distingue por haber disuelto esos contrafuertes metafísicos mediante un proceso extremo de transvaloración. Al vaciar de sentido y respeto la existencia, el nihilismo contemporáneo consuma aquella célebre y desesperada interrogación que Friedrich Nietzsche (1882/2013) plasmó en “La gaya ciencia” al contemplar el derrumbe de los cimientos espirituales de Occidente, preguntándose cómo pudimos vaciar el mar y quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte. Ese borrado absoluto de todo límite es precisamente lo que faculta hoy al sujeto para especular y enriquecerse con las manifestaciones más denigrantes y aberrantes de las que es capaz el ser humano. Sin sol y sin coordenadas, la vida desamparada queda reducida a un mero dígito lúdico.

Asimismo, este acoplamiento entre la frivolidad y el horror se nutre del diagnóstico que Gilles Lipovetsky trazara en “La era del vacío” (1983/2006, p. 112), donde vislumbra una sociedad caracterizada por el proceso de personalización y la disolución de los grandes relatos colectivos. En este ecosistema hipermoderno, la indiferencia pura se disfraza de curiosidad interactiva, y la información pierde su carga de urgencia ética para transformarse en un simple estímulo sensorial. Las apuestas aplicadas a la guerra no son una anomalía del sistema, sino la evolución natural de este sujeto frívolo que Lipovetsky describe con tanta precisión: un ser desprovisto de anclajes morales, para quien la guerra en Medio Oriente o en Europa del Este posee el mismo valor existencial y estético que un partido de fútbol o el desenlace de un reality show.

Es fundamental que entendamos que al desplazar la tragedia hacia el terreno del puro entretenimiento, la contienda bélica entra de lleno en el simulacro absoluto que profetizó acertadamente Jean Baudrillard en su célebre obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” (1991/2005, p. 57). Allí, el pensador francés argumentó que los conflictos contemporáneos se consuman ante todo como acontecimientos mediáticos, despojados de su realidad física para el espectador global a través de la mediación técnica. Al apostar por el despliegue de tropas, el usuario no interactúa con cuerpos despedazados o ciudades reducidas a escombros, sino con gráficos dinámicos y curvas de oferta y demanda. La pantalla no sólo crea una fría distancia, sino que desrealiza. El sufrimiento se torna incorpóreo y el casino global devora los últimos vestigios de compasión humana. El horror ya no nos interroga, sino que nos entretiene y nos llena los bolsillos.

Bajo este panorama de vaciamiento ético, la dinámica mercantil que Guy Debord denunciaba en los albores de la sociedad de consumo masivo, cobra una vigencia pavorosa. En su obra fundamental “La sociedad del espectáculo” (1967/2015, p. 38), el pensador sostenía que en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, y que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha alejado en una representación. Si nos venimos a nuestros días, las apuestas de guerra representan la fase superior de este proceso: la representación ya ni siquiera exige contemplación pasiva, sino participación lúdica y lucrativa. El usuario de las redes sociales, alienado por la descarga continua de dopamina que le proporcionan las interfaces digitales, desarrolla una tolerancia patológica a la crueldad que le impide reaccionar ante la brutalidad del mundo real.

En última instancia, el engranaje que hace posible semejante insensibilidad es el que Günther Anders diseccionó con genial lucidez. En el primer volumen de “La obsolescencia del hombre” (1956/2011, p. 245), el filósofo alemán acuñó el concepto de “ceguera ante el Apocalipsis” y teorizó sobre la incapacidad de la psique humana para aprehender los efectos reales de las tecnologías que produce de manera desmesurada. Anders sostenía que nuestra capacidad de fabricación técnica ha desbordado infinitamente nuestra capacidad de imaginación moral y de sentimiento: somos técnicamente omnipotentes pero moralmente ciegos. El individuo que utiliza de esta manera la app de Polymarket mientras toma un café no es un monstruo sadista consciente de su perversión, sino un ser patético y mutilado psicológicamente por la gigantomaquia de los aparatos que maneja, incapaz de correlacionar el incremento de su saldo virtual con el estruendo de un proyectil que despedaza niños a miles de kilómetros de distancia.

Para cerrar, queridos lectores, nos queda invitarlos a reflexionar profundamente sobre la necesidad imperativa de preguntarnos qué nos queda cuando la frontera entre el juego y la carnicería se ha desvanecido por completo en la pantalla de nuestros teléfonos. ¿De qué manera recuperamos el asombro o la indignación moral en una civilización que está premiando con ganancias monetarias la predicción exacta del asesinato en masa? Nos hallamos ante el espejo de nuestra propia decadencia, contemplando la última versión de una humanidad que parece haber entregado su alma al crupier del algoritmo. Tras apagar la pantalla y silenciar el rumor constante de las cotizaciones de la muerte, la pregunta que persiste no es cómo sobreviviremos a la tecnología, sino si nos quedará algo de humanos cuando la tormenta digital finalmente amaine.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. 1): Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Alcoriza y A. Lastra, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1956).

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós. (Obra original publicada en 1978).

Baudrillard, J. (2005). La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (J. Arenas, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1991).

Debord, G. (2015). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1967).

Lipovetsky, G. (2006). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (J. Vinyoli y M. Antolín, Trads.). Anagrama. (Obra original publicada en 1983).

Nietzsche, F. (2013). La gaya ciencia (J. Jara, Trad.). Gredos. (Obra original publicada en 1882).

Sherman, N. (2026, 23 de marzo). Las «macabras» apuestas sobre la guerra por las que se pide endurecer el millonario negocio de las predicciones. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c7054xn0kx8o

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