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Costa Rica: A menos de 7 días de sus elecciones generales Por Dionisio De Jesús

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“La Suiza de América” no está en su mejor momento, institucionalmente hablando, su economía y también con un creciente nivel de inseguridad, el más alto que se recuerde en su vida institucional. En estas elecciones se ventila todo eso y mucho más.

A menos de 7 días para la celebración de las elecciones generales del 1 de febrero 2026, Costa Rica y su clase política está en medio de la turbulencia producto de estos certámenes cargados de mucha adrenalina y demasiados intereses, como es en toda campaña política en donde están en juego demasiados intereses internos y foráneos.

Y no es para menos. “La Suiza de América” no está en su mejor momento, institucionalmente hablando, su economía y también con un creciente nivel de inseguridad, el más alto que se recuerde en su vida institucional. En estas elecciones se ventila todo eso y mucho más: está en veremos la continuidad de un modelo de Estado de Bienestar del que habían disfrutado “los ticos” por décadas y que podría empezar a derrumbarse estrepitosamente.

Como siempre, en cada certamen electoral, hasta el gato aspira a ser presidente; en el organismo electoral hay 20 candidatos inscritos, de estos, cinco son mujeres y tres ya aspiraron con anterioridad a la primera magistratura de la nación. También hay que decir, como dato curioso que otra vez, hay más de cinco aspirantes que pertenecen a sectas evangélicas, iglesias que tienen mucho poder de persuasión en la población costarricense, ya en las últimas elecciones, los evangélicos inclinaron la balanza a la hora de ejercer el sufragio y contar los votos.

Otra vez compite, el líder religioso Fabricio Alvarado, aparece en segundo lugar con un 15 % de intención de voto, según la encuesta última de la firma Cid Gallup. Pero hay más, mucho más de esta claque religiosa que se ha enquistado en la política del país centroamericano: por ejemplo, este mismo precandidato fue denunciado en octubre pasado por Alicia Castillo, una mujer que ahora tiene 32 años, aduciendo que el diputado y candidato presidencial del partido Nueva República, cometió un abuso sexual en su contra cuando tenía 13 años. Por supuesto este dijo que se debe a una campaña sucia y un montaje.

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Así las cosas, Laura Fernández, candidata seguidora del mandatario Rodrigo Chaves, encabeza una reciente encuesta con una intención de voto del 40%, lo que para muchos analistas es demasiado, teniendo en cuanta que las elecciones de ese país, por tener tantos aspirantes, se fragmenta mucho el voto y nunca se define en la primera vuelta pues se necesita alrededor del 40% de los votos válidos, según la Constitución de país; y si no se logra el porcentaje, entonces hay que ir al bailoteo de una segunda vuelta con los amarres y acuerdos para poder llegar a la cantidad de votos requeridos por el Consejo Electoral, y gana el candidato que saque un voto más arriba de su contrincante, ya que siempre es entre dos aspirantes, pues los acuerdos políticos casi siempre terminan en estos amarres.

Aproximadamente el 73% de los cinco millones de costarricenses tienen derecho a voto. Pero veamos quienes están en la primera línea para poder alzarse con el poder en el país que es “pura vida”. Como dijimos, la candidata del oficialismo Laura Fernández está liderando las intenciones del voto, con alrededor de un 40%, muy alto el porcentaje, según algunos análisis del mapa electoral. Le sigue el cuestionado pastor y líder religioso, Fabricio Alvarado con un 15%, seguido por el exministro de Salud Álvaro Ramos, con 8 %.

Otros nombres que figuran en la encuesta son Natalia Díaz (5 %), Claudia Dobles (5 %), Ariel Robles (4 %), Luis Amador (2 %), Eliécer Feinzaig (2 %), Fernando Zamora (1 %), Juan Carlos Hidalgo (1 %) y José Aguilar (1 %).

Todos estos están en contienda, y como entenderán, un pedacito del pastel electoral tendrá y con ellos tendrá que sentarse a negociar el que quede mejor parado en la primera vuelta electoral, que, de validarse las encuestas, será la exministra Laura Fernández, quien es la ungida por el presidente Rodrigo Chaves.

Según el referente de la misma encuesta, un 57 % de los costarricenses considera que es “muy probable” que participe en los comicios de febrero de 2026, lo que sugiere un nivel de motivación electoral comparable con la primera vuelta de 2022, cuando votó el 59,97 % del padrón.

Hoy a cinco días, cuando estoy escribiendo estas notas, otra encuesta, la del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica (UCR) sitúa a la candidata oficialista Laura Fernández, del Partido Pueblo Soberano (PPSO), en el primer lugar de la carrera electoral, con el mismo 40%. El estudio confirma, además, que un 32 % del electorado permanece indeciso. “El caudal oficialista no se ha estancado pese a las críticas al Gobierno, sino que ha logrado atraer a sectores que hasta hace pocas semanas no tenían una decisión tomada”, señala el análisis del CIEP.

¿Cuáles son los temas que más han sido tocado en esta campaña electoral que llega a su término? El tema migratorio oscila entre mano dura y enfoque humanitario en campaña electoral de Costa Rica

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“Seguridad, regularización o derechos humanos dividen a los candidatos que lideran la intención de voto, con la propuesta oficialista apostando por endurecer el control migratorio”, ha identificado la encuesta de la Universidad de Costa Rica.

“La migración se ha instalado como uno de los temas más sensibles y menos divulgado de la campaña presidencial costarricense, con propuestas que van desde el endurecimiento de los controles y la criminalización del ingreso irregular hasta la regularización administrativa y un enfoque centrado en los derechos humanos”, son parte de las conclusiones del referido estudio.

Con voto en firme, no intención de voto, esta Laura Fernández con alrededor de un 30%, le siguen Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional (PLN), con un 8 %, y Ariel Robles, del Frente Amplio, con un 5 %. Con estos habrá que sentarse a negociar parte de la poesía del poder.

La candidata del gobierno en su plan aboga por el giro más duro en materia migratoria, siguiendo la política inicial de la administración Chaves, a tal punto que estuvo a punto de suceder una controversia con El Salvador, pues sin proponérselo en presidente Nayib Bukele se vio envuelto en los chismes de la campaña interna costarricense al ser cuestionada su visita a ese país en días pasados, donde fue invitado por su homólogo Rodrigo Chaves a dar el primer picazo para la construcción de la cárcel de máxima seguridad en aquel país, la oposición puso una moción de censura en la Asamblea nacional y pedían muchos que no se le dejara entrar porque podría ser intromisión en los asuntos de país, a pocos días de la votación, ya que también se dijo que El Salvador, podría estar financiando la candidata oficial, finalmente fue subsanado el impasse y Bukele llegó en visita oficial a Costa Rica.

El plan de la candidata Fernández, concibe la migración como un asunto de seguridad nacional y control fronterizo, con un fuerte énfasis en el uso de tecnología, el aumento de la vigilancia y el fortalecimiento de la Policía Profesional de Migración para el control de esta.

El enfoque oficialista apuesta por la disuasión y la “cero tolerancia”, una narrativa que organizaciones sociales y sectores académicos califican como “criminalización de la migración” La mayoría de los candidatos presidenciales de Costa Rica ha evadido el tema de la migración, pero algunos mensajes oscilan entre un control más estricto y una regularización más humanitaria.

El candidato del PLN, Alvaro Ramos, plantea que el principal problema es un sistema migratorio colapsado por la burocracia y los atrasos administrativos, más que la migración en sí misma.

Su plan incluye una amnistía migratoria para regularizar a miles de personas extranjeras que ya viven y trabajan en el país, así como la resolución de más de 15.000 expedientes pendientes.

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Mientras el oficialismo apuesta por el control y la vigilancia, el PLN propone regularizar y ordenar, y el Frente Amplio plantea integrar y humanizar.

Con casi la mitad del electorado aún indeciso, la migración emerge como uno de los temas que podría inclinar la balanza electoral y definir el rumbo político de Costa Rica en los próximos años.

Ahora, “al echarse las palomas”, se ha creado un frente de rechazo a la candidata del gobierno. La recta final de la campaña presidencial en Costa Rica ha activado un inusual alineamiento de figuras políticas de peso, luego de que el expresidente José María Figueres rompiera su silencio para convocar a la militancia del Partido Liberación Nacional (PLN) a cerrar filas en torno a la candidatura de Álvaro Ramos. El candidato liberacionista actualmente es el segundo en intención de voto, aunque muy por detrás de la oficialista Laura Fernández. El llamado de Figueres fue interpretado por analistas como un respaldo implícito a Ramos, quien registra un 8 % de apoyo

A esta dinámica se han sumado otros expresidentes como Laura Chinchilla, Carlos Alvarado y Luis Guillermo Solís. Ellos, desde distintos espacios, han instado a la ciudadanía a participar activamente en las elecciones y a votar en contra del oficialismo, representado por Fernández, candidata del Partido Pueblo Soberano (PPSO) y cercana al presidente Rodrigo Chaves.

Pero, y qué piensan los candidatos de seguir en el PARLACEN, de darle más institucionalidad al SICA, pues en esto momentos el Sistema de la Integración Centroamericana, apenas si funciona, ya que pasa por sus momentos de menos relevancia como alianza común con los países del Istmo y la República Dominicana, sin un Secretario General desde el 2023; no hay forma de ponerse de acuerdo por la tozudez de un Daniel Ortega que hace que cese su Secretario General y quiere que por capricho se elija otro u otra de su mismo país y gobierno. Y el PARLACEN, si Costa Rica ha amenazado de salirse de un organismo que dicen es inoperante y que solo es para mantener una burocracia de políticos sin ningún sentido, ya que este organismo no es vinculante en sus deliberaciones.

Estas elecciones costarricenses tendrán que definir mucho en torno al declive de su educación, del por qué las grandes empresas otrora veían ese país como el espacio único de las Américas para crear cadenas de valor y expandirse, hoy están saliendo e instalándose en otros lugares, por ejemplo, República Dominicana, también los candidatos no han abordado el problema de que ya ese país no es el Hub logístico que fue años recientes y El Salvador, “le está comiendo los caramelos”. El turismo, aunque sigue siendo su “gallina de los huevos de oro”, por sus playas y su gente, pero está en un reflujo producto de lo que se le está viniendo encima: la violencia y la inseguridad galopante de un país que otrora era el más seguro de todo el Istmo.

Esos temas no se han tocado en esta campaña electoral que el 1 de febrero, de seguir las tendencias y cumplirse todos los pronósticos, una mujer otra vez, llamada Laura, llegará a ocupar la presidencia de ese hermoso país. Porque ya otra Laura ocupó ese mismo lugar: Laura Chinchilla. Y como dato para cerrar estas notas, mientras una nueva mujer llegar al poder en estas tierras infestadas de machismo y negación del poder de la mujer y su gran desempeño en la vida cotidiana y en todos los estamentos de la vida, por un partido de derecha moderada; la otra desciende del mismo, pero salida de Casa Presidencial de lo que fue en Honduras el partido más votado en toda su historia: el partido Libre y Xiomara Castro salen sin retorno a la vista y con la más baja cantidad de votos y popularidad que partido de izquierda alguno haya salido de la primera magistratura. Algo malo habrán hecho para recibir tan terrible castigo.

 

 

 

 

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Dionisio De Jesús
Diplomático, poeta
dionisiodejesus@gmail.com
Dionisio de Jesús. Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Estudió educación, mención filosofía y letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Realizó estudios de Postgrado en Mercadeo en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD), donde impartió docencia; obtuvo Maestría en Mercadeo, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, (PUCMM), donde también fue docente y terminó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en España, Young & Rubicam, Madrid, España, homologada por la Universidad Complutense. Diplomado en Diplomacia Cultural, auspiciado por la Cancillería de Costa Rica, la Cancillería de El Salvador y la Embajada de la República Dominicana en Costa Rica. Cursó una Especialización en Negociación y Diplomacia Climática, Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular, INESDYC, Cancillería de la República Dominicana. Taller-Diplomado: “Conociendo la Institucionalidad del SICA”, impartido por el Instituto Centroamericano de Administración Pública-ICAP, la Embajada Dominicana en Costa Rica. Diplomado y Especialización sobre el Sistema de la Integración Centroamericana, Niveles I y II, auspiciado por la Cancillería de El Salvador, Sistema de la Integración Centroamericana, SICA, Vicepresidencia de El Salvador y la Fundación Alemana, Hanns Seidel Stiftung., pendiente presentación trabajo final para optar por el grado de Maestría. Ha publicado 12 libros de poemas; sus textos han sido antologados en más de 15 antologías en República Dominicana y el extranjero. Laboró como Director Creativo en las más grandes y prestigiosas agencias de publicidad de su país, entre los años de 1987-2004. Ha sido profesor de marketing, publicidad y comunicación en universidades de República Dominicana y El Salvador. Ha sido consultor de campañas políticas en su país, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras, entre los años 2000-2025. Produce desde El Salvador, el Podcast:” Bitácora Centroamericana y Caribeña”, cada lunes a las 7:00 PM, hora de El Salvador, trasmitido por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV.

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La cara oculta de Nayib Bukele

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En un tiempo turbulento propicio para que seudoperiodistas y politicastros den rienda suelta a sus frustraciones y su furia contra el árbol más florido, se ha vuelto profesión de fe desatar reportajes trucados y panfletos difamatorios contra el presidente Nayib Bukele.

De entrada, están ofendiendo a toda una nación que se encuentra luchan do por construir un nuevo país donde la paz social, el auténtico clima democrático, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la ciencia para el progreso y la justicia para los más olvidados, reinen.

A pesar de las lógicas dificultades de la economía mundial, de fenómenos como El Niño y de las dañinas guerras que encarecen el petróleo y sus derivados, 90 % de la población salvadoreña respalda la gestión del presidente, y es indudable que votará por él en 2027. Esto es lo primero que debería tener claro esa prensa amarillista.

Uno de los argumentos que esgrimen es la condición de bachiller del presidente, como si ello fuese un delito capital o un impedimento para ejercer la política. Hay que recordarles a es tos sesudos intelectualoides los grandes líderes del planeta que no terminaron sus estudios universitarios, pero jugaron un rol brillante en la política internacional, como George Washing ton, James Monroe, Harry S. Truman, Winston Churchill, sin olvidar a Abraham Lincoln, que fue leñador; y personajes como Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Mark Zuckerberg, entre muchos otros, se destacan por sus trayectorias excepcionales a pesar de haber abandonado o nunca haber comenzado estudios universitarios.

Por el contrario, Bukele cuenta en su currículo uno de los reconocimientos que la totalidad de académicos de a cuartillo solo pueden soñar con obtener. En diciembre de 2019 la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas del planeta, le otorgó un doctor «honoris causa».

Es evidente que ocultan o minimizan los grandes logros que su gestión ha logra do en cuanto a la seguridad ciudadana al transformar al país más violento y criminal del mundo en el más seguro del hemisferio occidental, el gran salto económico que ha significado su apuesta por el turismo, su lucha contra las mafias intermediarias de la producción agrícola y la búsqueda de la seguridad alimentaria en la agricultura, así como la modernización de los servicios, la infraestructura del sistema nacional de salud, entre otros.

O las grandes obras que su estrategia política de cooperación internacional ha logrado, especialmente con China, Corea del Sur, Estados Unidos, el mundo árabe e Israel, como son las infraestructuras de la Biblioteca Nacional, el superestadio en construcción, la potabilización del lago de Ilopango, el tramo de la autopista Los Chorros, la incautación de centenares de toneladas de cocaína y otras drogas del narcotráfico inter nacional; la edificación, a través de la Dirección de Reconstrucción del Tejido Social, de los centros urbanos de bienestar y oportunidades (CUBO) dentro del Plan Control Territorial, fase II.

Así, un líder heterodoxo, cuya regla es saltarse las reglas tradicionales, como Nayib Bukele, ha sido recibido con honores por el presidente Donald Trump en la Casa Blan ca, ha sido bienvenido en Israel para visitar el museo del holocausto Yad Vashem y el Muro de las Lamentaciones, ha sido acogido con profundo respeto y alfombra roja por el presidente Xi Jinping, en Pekín.

Es además admirado por la mayoría de sus colegas, presidentes de Uruguay, Chile, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Colombia, Perú, muchos de los cuales quieren reproducir sus políticas de seguridad ciudadana.

Su visión estratégica, que ha sido fundamental en la creación del Escudo de las Américas de Washington, constituido por 17 países del hemisferio occidental, incluyendo a Estados Unidos, es producto de la experiencia nacional de la lucha contra las pandillas, que contiene estrategias vitales para que dicho escudo haga más efectiva su lucha contra los carteles de las drogas y el terrorismo internacional.

Los adversarios y enemigos acérrimos de Nayib Bukele teorizan absurdos sobre su futuro como líder, o crean infames y ominosas teorías de la conspiración, se horrorizan ante los hechos palpables de su impecable gestión y de sus indiscutibles logros en política nacional e internacional. Esta es la ver dadera doble cara de un líder continental que más que desatar el odio, la rabia y la impotencia de sus adversarios les produce terror, con resultados tangentes que no se atreven ni a reconocer ni mucho menos a divulgar.

 

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En El Salvador pasa algo mucho más profundo

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Por: Francisco Martínez

El libro que nos comparte Yossi Abadi, es el autorretrato novelado de una nación que tocó fondo, que levantó la cabeza y a lo salvadoreño enfrentó sus quimeras y se atrevió a soñar, y a soñar en grande, construir un gran país.

El relato que Yossi nos cuenta, con toques de realismo mágico, es el testimonio de alguien que vino a este paisito aventurando, por curiosidad, corriendo riesgos, llegó por unos días sin decir a su familia que estaba acá y terminó atrapado, prendado por la resistencia, resiliencia, gallardía, pundonor y bravura libertaria del pueblo salvadoreño.

Es una historia contada desde la mirada humilde y ambiciosa del ciudadano salvadoreño de a pie en su día a día, desde la calle, cuenta aspectos, no públicos, desde los ejecutores de la política del cambio; no ignora la opinión de los detractores del proceso, tanto locales y en particular de los extranjeros; sin ignorar ni falsear la historia inmediata político social del país.

Su escrito asume una verdad social histórica, la guerra civil resultó de las injusticias y desigualdades, le siguió la posguerra que legó un modelo de solución negociada de conflictos celebrado internacionalmente pero sin mantra local; el dolor, las desigualdades, las crisis de vidas se profundizaron, aquel país forjado por la guerra permaneció por la falta de reflexión colectiva sobre los Por Qué de la guerra que fue soportada en una narrativa controlada que evitaba el fondo del asunto y evitaba se mirara a los responsables, mientras las elites restauraban su poder.

Políticos e instituciones, aupados desde fuera por la política de control blando, se casaron con el sacrosanto mito  de la democracia funcional, la de lo políticamente correcto, donde la formalidad y las formas lo son todo; no les importó que el país se deslizara en una vorágine sangrienta, optaron por la omisión y la desidia, lo que llevó a la instauración de la república de las pandillas donde la violencia no vestía el humeante verde olivo de los setentas y ochentas sino, que esta vez se vestía de tatuajes, los números y las letras, ese era el pedo, qué onda eh.

Cero Crimen cuenta el proceso de cómo se gestó y ejecutó un cambio, de cómo un líder: Nayib Bukele, con una narrativa esperanzadora y disruptiva ganó gradualmente la confianza ciudadana y democráticamente desplazó el viejo orden para instaurar uno nuevo, un orden de seguridad y desarrollo; relata cómo con una política innovadora de seguridad una startup politic y usando todo el poder del Estado hizo posible para El Salvador pasar de ser la capital mundial del crimen a ser el país más seguro del hemisferio occidental, esa es la experiencia que cuenta Yossi desde un enfoque humano, con la lupa de alguien que viaja por el mundo, desde un ciudadano israelí que conoce la violencia, desde una  visión empresarial, en una interrelación activa con salvadoreños acá y por el mundo.

Por las páginas del libro se puede ver que este cambio no se limitó a la guerra contra las pandillas, es una estrategia para desatascar las trampas que tenían atada el potencial de la economía, y ahí en ese escenario Yossi nos habla de cómo la seguridad es después de todo una moneda un resguardo de valor de la inversión, que permite atraer capitales de inversión y abre las puertas al regreso de los que tuvieron que irse, nos presenta un enfoque desenfadado (NO OFICIAL) respecto de los trasfondos de la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal y su uso como ancla de la nueva imagen y aviso de la transformación estatal y del renacer de un país.

Yossi destaca que la política del nuevo orden se basa en resultados, no en discursos, sino en acciones no en reuniones, con decisión y celeridad frente a los problemas desde una forma sin manuales ni formalidades, simplemente: hágase.

El libro, es una provocación al estudio critico de El Salvador para comprender el nuevo modelo de gobernanza con liderazgo fuerte y cercano al pueblo, es un relato ameno desde la visión particular de Yossi y su cariño y compromiso con este paisito.

Narra como El Salvador no solo sobrevivió, a la inestabilidad y al caos, sino que, desde esa realidad, asumió que no había más opción que diseñar la nueva arquitectura nacional, una que evite repetir o regresar al pasado, una nación que no sea desangrada por la violencia, una sociedad que se integre y supere las desigualdades, en donde no tengamos que tomar o entender porque alguien toma los fúsiles.

Francisco Martínez

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La guerra como casino y la obsolescencia del alma- Lisandro Prieto Femenía

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«Cuando la violencia ya no se ejerce sobre las cosas o sobre las personas, sino sobre los signos y las imágenes, nos adentramos en la era de la simulación absoluta»

 Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1978/2005, p. 43).

Acaso la mayor ceguera de nuestra época radique en la convicción de que las transiciones civilizatorias se anuncian con trompetas y cataclismos visibles. Nos desvelamos elucubrando de qué manera la IA reescribirá las aulas, cómo los algoritmos reestructurarán el diagnóstico clínico o bajo qué lógicas se reorganizará el empleo global, asumiendo con ingenuidad que el sujeto que habitará ese mañana permanecerá inalterado en su esencia fundamental.

Sin embargo, lo que verdaderamente se desliza bajo nuestros pies no es una simple reconfiguración del entorno instrumental, sino una mutación irreversible del ser humano en su totalidad. Asistimos, tal vez, con una resignación anestesiada, a la última versión de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Frente a los discursos optimistas que, amparados en una falsa perspectiva histórica, murmuran que toda crisis civilizatoria halla siempre su punto de equilibrio y que las aguas siempre regresan a su cauce, emergen síntomas tan perturbadores que resquebrajan cualquier intento de consuelo racional.

Lejos de ser una transformación periférica, esta deriva se manifiesta en la ilusión de estabilidad que rodea nuestro quehacer cotidiano, una ceguera colectiva que evoca la ingeniosa escena cinematográfica de Woody Allen en la que el protagonista, tras escuchar el diagnóstico adverso de su médico, reflexiona con amargura sobre cómo hasta hace apenas cinco minutos era un hombre feliz, y no se había dado cuenta. El mundo contemporáneo parece atrapado en esa mismísima fracción de segundo previa a la conciencia del derrumbe total. Transitábamos un planeta plagado de asimetrías, injusticias y desigualdades dolorosas, pero que aún conservaba latente la promesa de la transformación social, la chispa de la indignación moral genuina y el anhelo de la empatía. Hoy, la irrupción de tecnologías diseñadas para la dispersión sistemática, el confinamiento existencial del deslizamiento infinito en las pantallas y el embrutecimiento lúdico colectivizado nos devuelven una deshumanización de la especia que, al menos para mí, se torna insoportable. No estamos simplemente ante un cambio de época, sino ante el agotamiento de la condición humana como reducto de sensibilidad.

El precitado adormecimiento afectivo encuentra su manifestación más descarnada no en la acumulación de arsenales, sino en la conversión del sufrimiento ajeno en un objeto de especulación financiera. La consagración de plataformas digitales de predicción como Kalshi o Polymarket, donde miles de imberbes arriesgan su capital apostando al minuto exacto en que una potencia extranjera iniciará un bombardeo o al destino de la vida de líderes mundiales, consuma una degradación moral sin precedentes.

La periodista Natalie Sherman (2026), en una profunda investigación para la BBC, expone de qué manera estas dinámicas se revisten de un lenguaje aséptico para eludir el reproche social y legal. En el cuerpo de su crónica, Sherman recoge el revelador testimonio de Stew, un usuario desencantado de estas plataformas que, tras verse inmerso en la vorágine de las apuestas militares, desnuda el engaño conceptual que sostiene el negocio al constatar que la industria insiste en llamarlo “negociación de contratos”, cuando, si somos honestos, sigue siendo una vil apuesta sobre la tragedia humana.

Por medio de este sutil ejercicio de ingeniería lingüística, se intenta desactivar todo cuestionamiento ético, pues al desplazar el vocabulario del dolor y la geopolítica hacia la terminología higienizada de las finanzas y el intercambio de futuros, el sistema neutraliza la repulsión instintiva ante la masacre. El conflicto bélico ya no se padece ni se contempla con pavor, sino que se gestiona como un portafolio de activos. Ganar medio millón de dólares previendo con precisión matemática el instante en que caerá un misil sobre una población desarmada convierte al apostador en un cómplice financiero del verdugo, un espectador absoluto que codicia la violencia porque su cuenta bancaria depende, justamente, de ella.

En este sentido, percibimos que la financiarización (proceso económico mediante el cual los mercados, actores e instituciones financieras ganan un peso desproporcionado en la economía global) total de la existencia humana representa la cúspide de una cultura posmoderna en franco estado de putrefacción, una sociedad que ha decidido que incluso el último aliento de un soldado o el pánico de una madre bajo el fuego de artillería pesada son fenómenos monetizables y reducibles a una fluctuación de probabilidades en tiempo real.

Esta cruel lúdica de la sangre altera por completo las coordenadas clásicas de la maldad, obligándonos a examinar el estrecho vínculo que se teje entre el sadismo y la indiferencia posmoderna. Si históricamente el sadismo se definía por el goce directo del verdugo ante el dolor físico de su víctima, nuestro tiempo inaugura un sadismo desapasionado, abstracto y eminentemente banal. Imagínense, queridos lectores, a los soldados de la Alemania nazi apostando dinero por la cantidad de judíos que se podía incinerar en un solo turno del día, ¿atroz verdad? Pues bien, hoy se hacen apuestas virtuales similares, aparentemente lícitas y permitidas por los Estados.

Al respecto, es fundamental recordar el aporte de Hannah Arendt (2003, p. 368), quien al desentrañar los engranajes de la crueldad totalitaria, observó que el problema con hombres como Adolf Eichmann radicaba en su terrorífica normalidad, en ser burócratas incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La contemporaneidad digital ha dado una vuelta de tuerca a esta observación: el sádico de hoy ya no requiere de una maquinaria estatal totalitaria ni de un uniforme militar, sino que se camufla en el ciudadano común que, desde la comodidad de su hogar y de manera estrictamente lúdica, especula financieramente con la devastación de inocentes que viven en otro continente. El sadismo, entonces, se ha vuelto banal no por la ausencia de placer, sino porque ese placer ha sido domesticado bajo la forma de una transacción financiera insignificante, un divertimento aséptico que trivializa la muerte al integrarla en las dinámicas del mercado de consumo diario.

Conviene precisar, no obstante, que la barbarie y la infamia no configuran novedades en la crónica de nuestra especie, en tanto que en casi todas las épocas históricas se ha convivido con la impronta de la guerra y la perfidia sistemática. La diferencia sustancial estriba en que, antaño, el horror se recortaba sobre un trasfondo de absolutos morales o concepciones sagradas que, aun cuando fuesen transgredidos, sostenían un horizonte ético de referencia. Nuestra posmodernidad decadente, en cambio, se distingue por haber disuelto esos contrafuertes metafísicos mediante un proceso extremo de transvaloración. Al vaciar de sentido y respeto la existencia, el nihilismo contemporáneo consuma aquella célebre y desesperada interrogación que Friedrich Nietzsche (1882/2013) plasmó en “La gaya ciencia” al contemplar el derrumbe de los cimientos espirituales de Occidente, preguntándose cómo pudimos vaciar el mar y quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte. Ese borrado absoluto de todo límite es precisamente lo que faculta hoy al sujeto para especular y enriquecerse con las manifestaciones más denigrantes y aberrantes de las que es capaz el ser humano. Sin sol y sin coordenadas, la vida desamparada queda reducida a un mero dígito lúdico.

Asimismo, este acoplamiento entre la frivolidad y el horror se nutre del diagnóstico que Gilles Lipovetsky trazara en “La era del vacío” (1983/2006, p. 112), donde vislumbra una sociedad caracterizada por el proceso de personalización y la disolución de los grandes relatos colectivos. En este ecosistema hipermoderno, la indiferencia pura se disfraza de curiosidad interactiva, y la información pierde su carga de urgencia ética para transformarse en un simple estímulo sensorial. Las apuestas aplicadas a la guerra no son una anomalía del sistema, sino la evolución natural de este sujeto frívolo que Lipovetsky describe con tanta precisión: un ser desprovisto de anclajes morales, para quien la guerra en Medio Oriente o en Europa del Este posee el mismo valor existencial y estético que un partido de fútbol o el desenlace de un reality show.

Es fundamental que entendamos que al desplazar la tragedia hacia el terreno del puro entretenimiento, la contienda bélica entra de lleno en el simulacro absoluto que profetizó acertadamente Jean Baudrillard en su célebre obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” (1991/2005, p. 57). Allí, el pensador francés argumentó que los conflictos contemporáneos se consuman ante todo como acontecimientos mediáticos, despojados de su realidad física para el espectador global a través de la mediación técnica. Al apostar por el despliegue de tropas, el usuario no interactúa con cuerpos despedazados o ciudades reducidas a escombros, sino con gráficos dinámicos y curvas de oferta y demanda. La pantalla no sólo crea una fría distancia, sino que desrealiza. El sufrimiento se torna incorpóreo y el casino global devora los últimos vestigios de compasión humana. El horror ya no nos interroga, sino que nos entretiene y nos llena los bolsillos.

Bajo este panorama de vaciamiento ético, la dinámica mercantil que Guy Debord denunciaba en los albores de la sociedad de consumo masivo, cobra una vigencia pavorosa. En su obra fundamental “La sociedad del espectáculo” (1967/2015, p. 38), el pensador sostenía que en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, y que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha alejado en una representación. Si nos venimos a nuestros días, las apuestas de guerra representan la fase superior de este proceso: la representación ya ni siquiera exige contemplación pasiva, sino participación lúdica y lucrativa. El usuario de las redes sociales, alienado por la descarga continua de dopamina que le proporcionan las interfaces digitales, desarrolla una tolerancia patológica a la crueldad que le impide reaccionar ante la brutalidad del mundo real.

En última instancia, el engranaje que hace posible semejante insensibilidad es el que Günther Anders diseccionó con genial lucidez. En el primer volumen de “La obsolescencia del hombre” (1956/2011, p. 245), el filósofo alemán acuñó el concepto de “ceguera ante el Apocalipsis” y teorizó sobre la incapacidad de la psique humana para aprehender los efectos reales de las tecnologías que produce de manera desmesurada. Anders sostenía que nuestra capacidad de fabricación técnica ha desbordado infinitamente nuestra capacidad de imaginación moral y de sentimiento: somos técnicamente omnipotentes pero moralmente ciegos. El individuo que utiliza de esta manera la app de Polymarket mientras toma un café no es un monstruo sadista consciente de su perversión, sino un ser patético y mutilado psicológicamente por la gigantomaquia de los aparatos que maneja, incapaz de correlacionar el incremento de su saldo virtual con el estruendo de un proyectil que despedaza niños a miles de kilómetros de distancia.

Para cerrar, queridos lectores, nos queda invitarlos a reflexionar profundamente sobre la necesidad imperativa de preguntarnos qué nos queda cuando la frontera entre el juego y la carnicería se ha desvanecido por completo en la pantalla de nuestros teléfonos. ¿De qué manera recuperamos el asombro o la indignación moral en una civilización que está premiando con ganancias monetarias la predicción exacta del asesinato en masa? Nos hallamos ante el espejo de nuestra propia decadencia, contemplando la última versión de una humanidad que parece haber entregado su alma al crupier del algoritmo. Tras apagar la pantalla y silenciar el rumor constante de las cotizaciones de la muerte, la pregunta que persiste no es cómo sobreviviremos a la tecnología, sino si nos quedará algo de humanos cuando la tormenta digital finalmente amaine.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. 1): Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Alcoriza y A. Lastra, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1956).

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