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Arrestan a un niño de Florida que alertó de un tiroteo falso para “irse a casa temprano”

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Un menor de 11 años fue arrestado esta semana y acusado de hacer una llamada al número de emergencias 911 para reportar un tiroteo falso en su escuela de Florida, lo que provocó la respuesta de múltiples agencias y la evacuación del edificio.

La Oficina del Sheriff del condado de Marion informó que recibió la llamada el pasado martes sobre las 09:39 am (hora local).

El niño dijo que había un tirador activo en la escuela Horizon Academy, en Ocala, una ciudad ubicada en el centro del estado.

Tras una búsqueda en el lugar, las autoridades determinaron que no había “ningún asaltante armado, armas o heridos”, dijo en una publicación de Facebook la oficina del sheriff.

Una investigación sobre el incidente reveló más tarde que un estudiante presuntamente había hecho la llamada porque “quería irse a casa temprano”, detalló la oficina del sheriff. NBC News no suele identidicar a los menores acusados de delitos

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Nacionales

Trasladan en helicóptero del SEM a menor lesionado tras caer de un árbol

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Personal del Sistema de Emergencias Médicas (132 SEM) brindó auxilio y trasladó en helicóptero a un menor que resultó lesionado en el departamento de Chalatenango Sur.

Según los reportes, el menor sufrió una caída desde un árbol, por lo que paramédicos realizaron su traslado hacia un hospital en San Salvador, donde recibiría atención especializada.

La emergencia también contó con el apoyo de socorristas de Cruz Roja Salvadoreña (CRS), quienes coordinaron el traslado del menor.

Hasta el momento, no se cuenta con mayor información sobre las circunstancias en las que ocurrió la caída ni sobre el lugar específico del departamento de Chalatenango Sur donde se registró el percance.

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Internacionales

Murió a los 89 años Harald V, rey y «símbolo» de Noruega

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El rey Harald V de Noruega falleció este viernes a los 89 años, informó el Palacio Real, con lo que su hijo, el príncipe Haakon, se convierte automáticamente en el nuevo monarca del país.

«Con profunda tristeza anunciamos que Su Majestad el rey Harald nos dejó el día de hoy. El rey Harald falleció apaciblemente en el hospital nacional (Rikshospitalet) el viernes 28 de agosto, a las 6H35» (04H35 GMT), señaló el Palacio en un comunicado.

Harald V padecía anemia hemolítica, una enfermedad de la sangre que provoca una destrucción anormalmente rápida de los glóbulos rojos. Pese a los reiterados problemas de salud que enfrentó durante los últimos años, el monarca se negó a abdicar y sostuvo que había jurado ejercer su cargo de por vida ante el Parlamento.

El rey permanecía hospitalizado desde el 17 de agosto. Desde el jueves, casi toda su familia lo acompañó, incluido Marius Borg Høiby, hijo de su nuera y nueva reina, Mette-Marit, quien fue condenado recientemente a cuatro años de cárcel por dos violaciones.

El jueves, cuando se informó que el estado de salud del monarca era «extremadamente grave», numerosos ciudadanos acudieron al Palacio Real para depositar flores en su honor.

«Claro que es triste. Es un símbolo de nuestro país. Y naturalmente, es triste que algo tan hermoso termine», declaró a AFP frente al Palacio Maja Otvik, de 36 años.

Por su parte, Caroline Vagle, experta en realeza del diario SE og Hør, comentó a AFP: «Muchos de nosotros tenemos la sensación de haber perdido al abuelo de toda la nación».

Tras anunciarse el fallecimiento, la bandera que ondea sobre el Palacio Real fue colocada a media asta.

Con la muerte de Harald V, el príncipe Haakon, de 53 años, heredero del trono, se convierte automáticamente en rey. Su hija, Ingrid Alexandra, de 22 años, pasa a ser princesa heredera.

El primer ministro Jonas Gahr Store expresó su «profunda tristeza», mientras que las autoridades decretaron luto nacional hasta el día de los funerales.

Las casas reales europeas también expresaron sus condolencias y rindieron homenaje al monarca, quien estaba emparentado con las familias reinantes de Inglaterra y España.

El rey Carlos III destacó la «calidez y humildad» de su «querido primo» Harald. Por su parte, la Casa Real española resaltó su «dedicación incansable al servicio de Noruega y de su pueblo, antes y durante sus 35 años de reinado».

También enviaron mensajes de condolencias y homenaje los reyes de Países Bajos, Bélgica, Suecia y Dinamarca.

Modernidad y escándalos

Harald V llegó al trono de Noruega en 1991, tras el fallecimiento de su padre, Olav. Durante sus 35 años de reinado, encarnó una imagen de una Noruega abierta y tolerante.

«Los noruegos son chicas que aman a chicas, chicos que aman a chicos, y chicas y chicos que se aman entre sí», afirmó en 2016, durante un discurso por sus 25 años como monarca. «Los noruegos creen en Dios, Alá, el Universo y en nada», añadió.

En los últimos años, la familia real también enfrentó diversos escándalos, dos de ellos relacionados con Mette-Marit.

En enero de este año, la publicación de un conjunto de archivos relacionados con el delincuente sexual estadounidense Jeffrey Epstein reveló la amistad, hasta entonces desconocida, que mantenía con la princesa Mette-Marit, esposa de Haakon.

Entre los archivos figuraban mensajes formulados en tono íntimo entre 2011 y 2014, cuando Epstein ya había sido condenado en Estados Unidos por solicitar los servicios sexuales de una menor.

Mette-Marit, quien padece una enfermedad pulmonar incurable que la obligó a recibir un trasplante de pulmones en junio, también ha enfrentado los problemas judiciales de su hijo Marius Borg Høiby, nacido en 2001 de una relación anterior a su matrimonio con Haakon.

El joven, de 29 años, fue condenado en junio a cuatro años de cárcel por dos violaciones, una de ellas cometida en 2018 en la residencia oficial de su madre y del príncipe heredero, además de otros 32 cargos.

Borg Høiby apeló la condena y, mientras espera el nuevo proceso, permanece bajo arresto domiciliario con un brazalete electrónico.

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Opinet

¿Quién mató a Francisco Morazán?

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Adaptación del cuadro “Aún estoy vivo” de JoseFran Mira

1.

Son muchos los hechos y circunstancias que me llevan a colocarle un signo de interrogación a la historia que se cuenta sobre la muerte de Francisco Morazán, acaecida en Costa Rica el 15 de septiembre de 1842, por fusilamiento, luego de un masivo levantamiento en su contra mientras ejercía como presidente de aquel país. La narrativa prevaleciente es bastante bien conocida. Fue difundida desde muy temprano por varias proclamas que publicó Antonio Pinto, la primera el 11 de septiembre de 1842, cuatro días antes de que personalmente capturara y dirigiera el pelotón que fusiló a Morazán.

A continuación, fragmentos de dichas proclamas, dirigidas “a los soldados de Costa Rica”, que muy probablemente son la primera exposición de la versión oficial de los hechos:

Mucho tiempo ha de que el desenfreno de una ambición audaz meditaba recobrar, con el sacrificio de vuestra patria, la silla de que lo arrojó la opinión pública.

Cuando el caudillo comenzara a realizar su proyecto fatal, vosotros opusisteis la más firme resistencia… Mañana ibais a marchar de justos invasores. El pretendido conquistador de Centro-América se soñaba dominarla; y vuestras vidas, intereses y honor, todo lo iba a sacrificar a sus conatos;

Vosotros habéis empuñado las armas; pero con el secreto designio de salvar a la Nación…

Soldados: me habéis proclamado vuestro jefe de armas y voy a tomar la parte que me corresponde en vuestra causa (Proclama del 11 de Sept de 1842).

Un día después de que ejecutó a Morazán, Pinto suscribió un comunicado en calidad de “General en Jefe de los pueblos de Costa Rica” en el que reafirmó la proclama del 11 de septiembre y agregó un enigmático comentario:

Loor eterno a los valientes soldados que dirigidos por una mano oculta cargaron sobre sí el deber de recuperar vuestros derechos a costa de derramar su sangre.

En otras palabras, la historia es que mientras ocupaba la presidencia de Costa Rica —luego de regresar del exilio y desplazar del gobierno al conservador Braulio Carrillo—, Morazán intentó organizar un ejército para restablecer el proyecto liberal de la República Federal de Centro-América, de la que él naturalmente sería el presidente. Los labriegos costarricenses, hartos de tanta guerra, se levantaron en masa contra el desenfrenado caudillo y lo fusilaron.

Un aspecto no tan recordado de la versión oficial es la críptica referencia que hizo Pinto a la “mano oculta” que dirigió a los alzados. Si salvar a la nación fue el “secreto designio” de los que empuñaron las armas contra Morazán, ¿cuál fue su designio manifiesto? ¿Por qué, cuando se dirige a los costarricenses, Pinto habla de “vuestra” causa y no de “nuestra” causa?, ¿de vuestra patria y no de nuestra patria? Estas expresiones de Pinto apuntan hacia un silencio histórico firmemente enraizado que quiero contribuir a visibilizar.

La lectura que propongo pone en valor cuestiones que son desconocidas o tocadas de manera anecdótica por la mayoría de los estudios. Por un lado, el papel dirigente que tuvieron en el episodio varios acaudalados europeos, residentes y con cargos políticos en Costa Rica, afines a Braulio Carrillo y a los dos potentes enemigos internacionales o externos de Morazán: la Corona inglesa y la Iglesia de Roma.

Por el otro, la decidida expansión territorial del Imperio británico sobre Centroamérica durante este período, expansión que tuvo fuerte incidencia en los procesos políticos de la región y que es necesario escudriñar para captar en su justa dimensión los acontecimientos que culminaron con el fusilamiento de Morazán nada menos que un 15 de septiembre.

2.

Desde antes de la independencia de España, y hasta fines del siglo 19, los ingleses se posesionaron por las armas de una variedad de territorios, islas y aguas centroamericanas, tanto en el lado del Atlántico como del Pacífico. Un inglés residente en Belice estimó que, para mediados del siglo 19:

La suma de nuestras adquisiciones en Centro-America, excluyendo a las pequeñas islas de Roatán y del Tigre, es de 66,000 millas cuadradas… en que nosotros tenemos una autoridad sin oposición, siendo casi la tercera parte de Centro-América, igual á dos terceras partes del área de la Gran Bretaña (citado por E.G. Squier, 1856, representante diplomático de Estados Unidos en Centroamérica en esa época).

Dichas “adquisiciones” permitían al Imperio controlar localidades y rutas muy importantes para el comercio, pero sobre todo críticas con miras a lo que todos llamaban “la empresa más importante del mundo”: la construcción y el control del canal marítimo entre los dos océanos y el aseguramiento de sus rutas de aproximación y de salida.

Fuente: Julius Bien & Co. (1870) Panoramic view of the Nicaragua Canal. New York: Julius Bien & Co., 1870. Map retrieved from the Library of Congress.

La estratégica ruta interoceánica sólo podría construirse en algún punto de ese delgado istmo que se extiende desde Tehuantepec hasta el Darién. La mejor opción era, de lejos, la de Nicaragua pues allí, para comenzar, el canal prácticamente ya estaba hecho por la naturaleza: río San Juan en la frontera entre Nicaragua y Costa Rica à Gran Lago de Nicaragua o lago Cocibolca à rio Brito por el lado del Pacífico (ver mapa).

El plan B era el Darién en Panamá, entonces parte de la Nueva Granada. Este proyecto estaba 750 kilómetros más lejos que Nicaragua de las costas de Estados Unidos, requería adentrarse en una selva cerrada con un temido “clima maligno” y, sobre todo, realizar descomunales excavaciones a través de la columna de cerros que conforma la división continental, un problema inexistente en Nicaragua gracias al río y al lago.

Desde los primeros días de la vida independiente, varios gobiernos y movimientos centroamericanos se autodefinieron como liberales o convergieron entorno a principios del liberalismo de la época, como la separación entre el estado y la iglesia y el rechazo al colonialismo. Los libros de Jeremías Bentham eran comunes entre los jefes del partido liberal, anota el embajador Squier.

Estos grupos tuvieron su propio concepto del paso oceánico que querían ver construido en Centroamérica. Comprendían que era un proyecto faraónico cuya realización exigía apoyos internacionales y la unidad en el frente interno. Cimentaron en él sus esperanzas para el progreso y la prosperidad de la región (no sólo de Nicaragua y Costa Rica) y para la consolidación de la República Federal. Un “emporio del universo” llamó Simón Bolívar al proyecto, el que traería “a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo”. Trágicamente, terminó transformándose en causa de muchos males, especialmente para Nicaragua, y en un poderoso vector en el fracaso de la reunificación centroamericana (Valdez, 2024).[1]

Los centroamericanos querían un canal política y militarmente neutral bajo soberanía centroamericana, abierto sin discriminaciones al comercio mundial, no controlado con fines militares por una o más potencias, y menos aún si dicho control implicaba la ocupación de territorios de la república. Intentaron que se construyera mediante acuerdos internacionales que no lesionaran la soberanía territorial y política de Centroamérica, y la neutralidad de la vía.

Era un modelo que definitivamente no encajaba con la visión del Imperio inglés. Contingencias europeas (la Revolución Belga de 1830-31) y la diplomacia victoriana de Lord Palmerston se mezclaron con procesos centroamericanos para producir el fracaso de las negociaciones canaleras con el Reino de los Países Bajos, Francia y Alemania.

Los centroamericanos opusieron resistencia a las ocupaciones inglesas empleando un modesto pero variado arsenal que incluyó acciones militares, económicas y políticas. Entre las últimas figuró prominentemente el unionismo, es decir, los reiterativos acuerdos firmados por los gobiernos para restablecer de manera inmediata la unión política entre los estados de la ex Federación.

Todos los intentos unionistas que registra la historia centroamericana del siglo 19 y principios del 20 se viabilizaron, invariablemente, sólo cuando hubo necesidad de reaccionar ante una agresión externa mayor. Y se resolvieron en el curso de los conflictos desatados por dichas agresiones, involucrando tanto a actores internos como externos.

Lo que se podría denominar el “unionismo real” (los acuerdos unionistas que fueron efectivamente suscritos por los gobiernos) tuvo el propósito de coordinar la diplomacia en defensa de la soberanía, y sólo en lo mediato se propuso emprender un proceso de conformación de un estado centroamericano, generalmente concebido como federal.

Los liberales del siglo 19 bloquearon las importaciones inglesas en protesta por las ocupaciones territoriales y, en numerosas ocasiones, acudieron a las armas. No aceptaron ceder Belice, las Islas de la Bahía, la Mosquitia nicaragüense y hondureña, San Juan del Norte, y la Isla del Tigre y otros puntos en el golfo de Fonseca.

Esto determinó que el Imperio no otorgara el reconocimiento diplomático ni firmara tratados con la Federación y los estados “del centro” (El Salvador, Honduras y Nicaragua, los más unionistas), como sí lo hizo con los “de los extremos” (Costa Rica y Guatemala) que en este período tuvieron una posición más conservadora y afín a la Iglesia de Roma y al Imperio inglés, y más reacia al proyecto de reunificación.

Hasta fines del siglo 19, Estados Unidos apoyó al unionismo y al concepto de canal neutral bajo soberanía centroamericana como un medio para contener a los ingleses. Con la recaída de la influencia del Imperio hacia fines del siglo y la paralela emergencia de Estados Unidos como potencia dominante, este último país cambió su postura drásticamente (Valdez, 2004; Rodríguez, 1964).

Las conquistas territoriales inglesas en Centroamérica desafiaban en una zona muy sensible al “América para los americanos” proclamado en 1823 por el presidente James Monroe. Como consecuencia, Inglaterra y Estados Unidos “se enfrascaron en quizás su conflicto diplomático más importante del siglo 19, uno que pudo haberlos llevado a la guerra fácilmente” (Karnes, 1961, 123).[2]

3. 

La muerte de Morazán ocurrió durante una coyuntura especialmente álgida del expansionismo inglés sobre Centroamérica. En 1841 Inglaterra, con el apoyo de milicias miskitu (afrodescendientes que dominaban gran parte de la costa atlántica de Nicaragua y Honduras), ocupó la totalidad de las Islas de la Bahía (Roatán ya estaba tomada) y las declaró colonias, dependientes (al igual que Belice) de Jamaica, el próspero enclave azucarero, esclavista y naval inglés, colonia desde 1655. Desde Jamaica, la armada de Inglaterra impuso su dominio sobre el Caribe, incluyendo las costas de Centroamérica.

Al mismo tiempo, fuerzas inglesas se posesionaron de San Juan del Norte, la estratégica entrada por el Atlántico al futuro canal, a la que querían convertir en un “puerto libre”, siguiendo el mismo procedimiento que utilizaron en Asia para controlar Hong Kong y Singapur.

Ante las protestas, los ingleses arguyeron que las Islas de la Bahía ya antes habían sido posesión inglesa y que Greytown (como llamaron a San Juan del Norte en honor al gobernador de Jamaica) era parte de la nación miskitu, que estaba bajo protección inglesa por tratados suscritos con el rey de dicha nación: George Augustus Frederick II. (Sobre los reyes miskitu, véase Twaska, 2013). Todo esto ocurrió poco menos de un año después de la derrota de Morazán por el guatemalteco Rafael Carrera y la imposición en toda la región de un férreo dominio conservador, muy permeable y colaborador con el Imperio.

Morazán se encontraba en Lima a punto de embarcarse, junto con su mujer (María Josefa Lastiri Lozano), la pequeña hija de ambos (Adela) y un grupo de fieles oficiales centroamericanos y europeos hacia lo que sería su exilio definitivo: Santiago de Chile. Con él estaba un veinteañero Gerardo Barrios, quien una década y media más tarde tendría un rol protagónico durante el período de las invasiones de William Walker (1855-1860), no como líder militar en el terreno, sino ocupando altos cargos políticos a la cabeza del estado salvadoreño.

Habían sido muchas las cartas y muy frecuentes las visitas de los seguidores de Morazán en que le pedían que retornara, pues él era quien podía encabezar la resistencia a Rafael Carrera y los ingleses (véase la imagen al inicio del ensayo). Liberales costarricenses apelaban a su auxilio para derrocar a Braulio Carrillo, un amigo de los ingleses y decidido adversario de Morazán, quien después de un prometedor primer periodo presidencial se había declarado presidente de por vida —un arreglo que más tarde fue impuesto en Guatemala por Carrera.

No sin cavilaciones, Morazán había decidido seguir hacia el exilio, era lo mejor. Cambió de opinión cuando recibió una proclama del Supremo Director de Nicaragua, Pablo Buitrago y Benavente, denunciando que la integridad y la soberanía habían sido violadas una vez más por el “leopardo inglés”, que “tenía clavadas sus garras sobre las fértiles comarcas de San Juan del Norte”. La proclama llamaba a los centroamericanos de todas las filiaciones a defender la patria agredida. Es posible que no contaran con que Morazán, supuestamente ya en ruta hacia su lejano destierro, estaría entre los primeros en hacerlo. Morazán canceló el viaje a Chile y (con fondos proporcionados por “ilustres americanos”) adquirió un bergantín llamado Cruzador “y demás elementos bélicos para fletarlo en pie de guerra” (Rodas, 1920; Mejía, 1986). De Lima navegó a Guayaquil, donde obtuvo más pertrechos. Emprendió un periplo sobre aguas del Pacífico centroamericano hasta que se detuvo en el golfo de Fonseca, lo que disparó las alarmas de los gobiernos de la era Carrera.

Éstos, si bien habían expresado su protesta por las ocupaciones inglesas, trataban de mantener un delicado equilibro con el poderoso dictador pro-inglés de Guatemala, bajo cuyo pesado yugo se encontraban. Nada como el retorno de Morazán para provocar a Carrera y a su “padrino”, como llamaban a Frederick Chatfield, el cónsul inglés en Centroamérica residente en Guatemala (Woodward, 1993; Rodríguez, 1964).

El Cruzador se aproximó al lado salvadoreño del golfo y fondeó en la bahía del puerto de la Unión (nombre completo: “Puerto de la Unión Centroamericana”). Morazán y sus hombres desembarcaron sin encontrar resistencia —el comandante del puerto, un coronel de apellido Aguado, se había esfumado.

Luego de un recorrido en el que efectuaron varios contactos, retornaron al Cruzador desde el cual, “sobre el mágico espejismo del bello Golfo de Fonseca” (Rodas, 1920, 265), Morazán escribió una extensa carta a los gobernantes centroamericanos en la que puntualizó la consigna del momento y pidió le asignaran tarea (“Señálesenos el lugar que debemos ocupar y el Jefe a quien obedecer”), petición sobre la que no obtuvo respuesta:

La ocupación del puerto S. Juan del Norte… es un golpe de muerte para la República, porque, a mi modo de ver, está cifrada su existencia nacional, la consolidación de un Gobierno y su bienestar y grandeza, en la abertura del gran canal interoceánico por el propio puerto de San Juan… Con iguales motivos a los que han servido para usurpar este puerto, podrían más tarde ocuparse las Capitales de los Estados (Santana, 2019, 52; Rodas, 1920, 267).

Recomendó a los gobiernos que trataran de alcanzar un entendimiento honorable con el invasor, porque, de lo contrario, sería ineludible inmolarse batallando contra un enemigo invencible:

[Si] no se pudiese lograr una transacción honrosa para la República, quedará por lo menos a los centroamericanos, la satisfacción de haberla procurado y la de acreditar al mundo entero, que, si se les coloca ante la humillación y la guerra, elegirán siempre el último partido, aun cuando no tengan mas que la certeza de no poder salvar más que el honor.

Cuando los gobiernos centroamericanos rechazaron “con insultos” su ayuda, Morazán publicó una proclama reiterando el ofrecimiento directamente “á los pueblos de la nación” (ver apéndice).

El Cruzador hizo varios movimientos dentro del golfo antes de salir de nuevo a mar abierto. Emprendió una rápida incursión sobre Acajutla, donde Morazán desembarcó por unas horas, también sin incidentes, y realizó más contactos. La nave zarpó y giró hacia el sur, con destino, todos pensaban, a Nicaragua. En el camino se fueron sumando embarcaciones con hombres, armas y pertrechos, lideradas por fogueados oficiales centroamericanos y europeos. Entre los últimos, el francés Isidoro Saget, un cercano colaborador de Morazán que llegó a ostentar el rango de General y siguió combatiendo en roles prominentes después de la caída del líder.[3]

Cuando la flotilla sorpresivamente se alejó de costas nicaragüenses, continuó hacia Costa Rica y se adentró en el golfo de Nicoya, ya estaba compuesta por cinco embarcaciones: el Cruzador —el buque insignia— y los buques Josefa, Asunción Granadina, Isabel II y El Cosmopolita.

Morazán desembarcó en el pequeño puerto de Caldera sin incidentes el 7 de abril de 1842. Braulio Carrillo envió tropas al mando del general salvadoreño Vicente Villaseñor para repeler a los invasores. Sin embargo, cuando Villaseñor se encontró con Morazán, se dieron un abrazo, suscribieron un acuerdo en un paraje conocido como “El jocote” y prosiguieron juntos la campaña en contra del presidente vitalicio, quien cedió la plaza sin ofrecer resistencia. Morazán fue recibido en San José con muestras de júbilo, nombrado presidente y, poco después, “libertador de Costa Rica” mediante sendos actos legislativos.

El 17 de julio de 1842, los estados del centro suscribieron la Convención de Chinandega, que dio origen a la Confederación Centroamericana. Más que una verdadera unión o gobierno, era un pacto defensivo, con lo que se dio origen a esa característica definitoria del unionismo “real” centroamericano: ser fundamentalmente pactos defensivos frente a amenazas externas.

La Convención de Chinandega convocó a liberales y conservadores que coincidían en que había que hacer algo frente a las ocupaciones inglesas. Fue un compromiso para reclamar conjuntamente “al Gobierno de Su Majestad Británica sobre la ocupación que hayan hecho sus súbditos del territorio e islas de la República”. Los ingleses y Carrera bloquearon la Confederación lanzando su propio proyecto de confederación con capital en Guatemala y golpeando militarmente y con reclamaciones económicas a los estados del centro (Rodríguez, 1964).

Morazán reincorporó a Costa Rica a la unidad centroamericana días después de la creación de la Confederación. Recibió autorización legislativa para formar un “Ejército de Liberación de Centroamérica”, con el cual en lo inmediato no pretendía restablecer la unión política de la república, sino combatir las ocupaciones territoriales de los ingleses y los miskitu.

Apresuradamente, un grupo de prominentes conservadores costarricenses afines a Braulio Carrillo, y encabezados por el próspero cafetalero catalán Buenaventura Espinach, se desplazó a conferenciar con el cónsul inglés, quien recibió un pormenorizado reporte sobre los acontecimientos. Alex Palencia (2018), quien ha realizado extensas investigaciones bibliográficas sobre la vida y obra de Morazán, sostiene que fue en esta reunión que

se [planificó] la conspiración para neutralizar el proyecto de Morazán de unir a Centroamérica a través de una cruzada militar, acción… que frustraría el proyecto inglés de construir el canal interoceánico en San Juan del Norte en Nicaragua, principal motivo que causó la muerte de Morazán.[4]

Ninguna fuente a mi alcance proporciona más información sobre el encuentro entre Espinach y Chatfield o sobre las medidas que el Imperio tomó en seguimiento. Pienso que fue un asunto reservado sobre el que se intentó no dejar pistas.

Lo cierto es que poco después, estando Morazán organizando el ejercito centroamericano y revirtiendo medidas anti populares de Carrillo, de entre los dispersos, pacíficos y modestos agricultores costarricenses emergió una poderosa fuerza de combatientes (5,000 según varios cronistas) que enfrentó a las tropas leales del gobierno y a los oficiales de Morazán “con toda clase de armas”, como dice Rodas, ocasionándose mutuamente numerosas bajas, hasta que capturaron al caudillo en su repliegue hacia Cartago con la falsa promesa de respetarle la vida.

Con él también cayeron prisioneros Vicente Villaseñor (su colaborador desde el Acuerdo del Jocote, a quien los leales a Carrillo odiaban con especial encono por traidor), el abogado y político hondureño Diego Vigil, el general guatemalteco José Miguel Saravia y el hijo mayor de Morazán, Francisco Morazán Moncada, hijo de la nicaragüense Francisca de Moncada.

El detonante de este llamativo levantamiento masivo contra Morazán (emprendido, como ya se dijo, por un pueblo poco numeroso, pacifista, de recursos escasos y que estaba harto de tanta guerra) habría sido un malhadado y al parecer inexistente intento de Morazán de reclutar combatientes de manera forzosa para repeler una invasión nicaragüense en la región de Guanacaste. “Jamás se emprende una obra semejante con hombres forzados”, se lee en el testamento político de Morazán. Los costarricenses sorprendentemente habrían preferido no pelear en Guanacaste (por la que existía una fuerte disputa con Nicaragua) y armar, en cambio, el lío del siglo contra Morazán.

La invasión nicaragüense presumiblemente habría encontrado condiciones propicias para avanzar, ya que Costa Rica se encontraba convulsionada enfrentando con las armas a Morazán en la distante meseta central (Alajuela, Cartago, San José).

Además, los costarricenses habrían expresado el deseo de no combatir contra sus hermanos nicaragüenses, como lo afirma una de las proclamas de Pinto. Sin embargo, no he encontrado referencias sobre lo que pasó con la invasión. Desaparece tan pronto comienza el levantamiento contra Morazán.

4.

¿Por qué habrán decidido fusilar a Morazán el 15 de septiembre? ¿No podrían haber esperado unos días, digamos hasta el 18, para que su muerte no enturbiara las alegres y patrióticas celebraciones de la independencia, en ese momento y en el futuro? ¿Es que no tenían respeto por los sentimientos anticolonialistas que, pese a los reveses, primaban en toda América Latina?

El fusilamiento de Morazán Grabado realizado a fines del siglo 19 por el francés A. C.  Ferrant

Morazán y sus compañeros presos recién llegaban a San José desde Cartago el 15 de septiembre a la una de la tarde, cuando sorpresivamente fueron informados que, por orden de Antonio Pinto, serían ejecutados ese mismo día, sin más trámite ni dilación.

La fecha de la ejecución no fue, pues, producto de una casualidad o de una inescrutable ironía del destino, sino de una decisión deliberada.

¿Por qué escogieron esa fecha? La respuesta debemos buscarla, en mi opinión, en el hecho  que no fueron costarricenses quienes encabezaron el levantamiento contra Morazán, sino acaudalados europeos residentes en Costa Rica con cargos políticos y vínculos con el consulado inglés, que no tenían simpatía por las ideas liberales y soberanistas que representaba Morazán. Fusilarlo el 15 de septiembre les ofrecía una oportunidad inigualable para expresar su desprecio por la tan cacareada soberanía de Centroamérica. La independencia era una efeméride liberal que disgustaba a la Europa monárquica y colonialista, y a la Iglesia de Roma. Enturbiar las alegres y patrióticas celebraciones de la independencia era lo que querían.

Nótese que Antonio Luiz Pinto Soares era un coronel y marino mercante portugués. “Tata Pinto”, como le decían, nació en Porto en 1780, de padres acomodados, y murió en Costa Rica en 1865. Era de arribo reciente al país (circa 1810, ya con una treintena de años) y se dedicaba a la caficultura. Fue alcalde de San José.

Todo indica que fue uno de esos militares y marinos portugueses que emigraron hacia el Brasil junto con la monarquía para escapar de Napoleón Bonaparte, pero que por circunstancias diversas se establecieron en varios puntos de las Américas. El apresurado traslado de la Casa de Braganza y la corte portuguesa hacia Río de Janeiro en 1807 fue posible gracias al apoyo militar y logístico de los ingleses, enemigos de Bonaparte y financistas de las guerras que terminarían derrotándolo en el Reino de los Países Bajos, en Waterloo, hoy Bélgica, en 1815.

Rodas (1920) subraya que Pinto Soares, “infame portugués, aventurero sin entrañas”, fue quien dio dirección a los insurrectos y quedó “como jefe de aquel movimiento criminal, que no tuvo por principio sino la odiosidad de afuera y la ingratitud y la traición de adentro”.

El hondureño Ramiro Colindres O. (2007, 44) afirma que Pinto era una figura “estrechamente vinculada con Federico Chatfield, el notorio cónsul inglés”. Colindres es autor de una vasta historiografía sobre su país, incluyendo su Enciclopedia histórica de Honduras en 16 tomos, y uno de los pocos historiadores que intenta adentrarse en la confabulación en que incurrió el Imperio para deshacerse del aguerrido “Simón Bolívar centroamericano”.

Para capturar a Morazán, Pinto se valió de la mendacidad de Buenaventura Espinach, el otro europeo en posiciones de poder que tuvo un papel protagónico en los eventos. Espinach Gual fue un acaudalado comerciante de oro y un innovador productor de café (introdujo el beneficio húmedo) nacido en Tarragona, Catalunya, en 1815. Antes de llegar a Costa Rica, vivió en México de donde fue expulsado por su activismo en favor de La Corona y la Cruz. En 1839, a los 36 años, tuvo su primer hijo costarricense.

Fue Espinach quien viajó a conferenciar con Chatfield sobre la ofensiva que Morazán preparaba en Costa Rica. Fue él quien convenció a Isidoro Saget y al general José Trinidad Cabañas de que sus hombres no eran requeridos en Cartago porque Morazán estaba a salvo. Fue quien negoció la rendición de Morazán con la falsa promesa de respetarle la vida. “Declaro”, remarcó Morazán en el testamento político que dictó apresuradamente a su hijo antes de ser fusilado, “que al asesinato se ha unido la falta de palabra que me dio el comisionado Espinach, de Cartago, de salvarme la vida”.

Soy de la opinión que en este episodio poderosos actores operando en el nivel internacional, aprovecharon las disputas que existían por Guanacaste entre Costa Rica y Nicaragua, así como algunos rumores internos en Costa Rica, para generar un incidente confuso y movilizar a los aguerridos, pero sencillos y manipulables labriegos costarricenses. No se puede descartar tampoco la participación de un número significativo de bien apertrechados soldados de fortuna auspiciados por el Imperio.

Después de la ejecución de Morazán, el “Tata Pinto” fue nombrado presidente de Costa Rica. Diecisiete días más tarde entregó la presidencia a José María Alfaro Zamora porque “no quería el poder”. Sin embargo, permaneció como “comandante general de las armas” hasta 1844 y sostuvo la plaza frente a los remanentes de las fuerzas de Morazán que mostraban combativa presencia en varios puntos. Isidoro Saget impuso un bloqueo naval sobre Puntarenas hasta que su flotilla fue desbaratada por naves inglesas encabezadas por el buque Champion. “En su viaje de regreso, el Champion trajo a un representante del nuevo gobierno costarricense a negociar con Chatfield en Nicaragua” (Rodríguez 1964, 256).

En un documento titulado Las verdaderas causas de la caída y la muerte del General don Francisco Morazán, la Sociedad de Geografía e Historia de Costa Rica sostiene que las aspiraciones unionistas de Morazán no fueron la causa de su fusilamiento. El historiador costarricense Vladimir de la Cruz explica:

En las hermanas de Centro-America se suele creer y decir ´Morazán quería rehacer la Unión Centroamericana, pero los costarricenses separatistas se oponían a que lo hiciese y por eso lo mataron’. De esta creencia y de este aserto, tan contrarios a la verdad histórica, nació la leyenda negra que desde hace un siglo ha venido pesando sobre Costa Rica. Tan infundada es esta leyenda que en su apoyo no se puede alegar ninguna prueba fidedigna. Basta decir que ni uno solo de los documentos históricos relativos a la gran crisis política de septiembre de 1842, se refiere al sentimiento separatista costarricense como el factor de la caída y muerte del General Morazán (Mora, 2026).

Para De La Cruz y la Sociedad de Geografía e Historia, la causa de la caída de Morazán radica en los resentimientos de poderosos actores afines al derrocado Braulio Carrillo, lo que es compatible con lo expuesto en el presente ensayo. También aluden a recelos regionalistas de los sanjosefinos frente a Cartago y Alajuela, localidades que Morazán supuestamente favorecía.

Morazán y sus compañeros capturados hicieron un largo recorrido hacia el cadalso montados en bestias. El ambiente era sombrío. Antes de salir de Cartago, el general Saravia se había quitado la vida ingiriendo un veneno que portaba en una sortija, lo que le provocó la muerte en medio de violentas convulsiones.

Villaseñor también había intentado suicidarse, primero con su pistola, pero ésta se trabó. Recogió del suelo un puñal y se lo clavó, pero sus captores lograron inmovilizarlo. Quedó malherido por lo que lo llevaron de Cartago a San José, y luego lo fusilaron sentado en una silla.

Cuando llegaron a San José, separaron a los cautivos: Morazán y Villaseñor para el edificio de la Corte de donde pasarían al fatal patíbulo. Los demás, cuyas vidas serían perdonadas, al edificio de “Los almacenes”. “¡Con que solemnidad celebramos la independencia!”, ironizó Morazán con Diego Vigil al despedirse.

En el camino hacia la plaza mayor de San José, lugar donde se consumaría la ejecución, se formó una muchedumbre. Algunos se acercaron y pudieron hablar con los cautivos antes de que la aglomeración adquiriera el aspecto de una parada militar. Registraron las últimas frases de Morazán:

“Tranquilícese amigo; no se acongoje: morir hoy o mañana es lo mismo”, le dijo al general Mariano Montealegre, quien llegó a despedirse de su entrañable amigo y a quien entregó “el pañuelo que llevaba sobre su pecho” para que se lo llevase a María Josefa.

Fusilamiento de Morazán Carlos Zúñiga Figueroa

“Querido amigo, la posteridad nos hará justicia”, le dijo a Villaseñor quien aguardaba la ejecución en su silla con estoicismo. Notablemente, se encontró con un señor Guevara, que era jefe de sección, a quien llama para decirle: “vea que no se pierdan los papeles de la cuestión inglesa” (Rodas, 1920, 309-314).

Dice Rodas que “nada hubo en tan inmensa multitud que denunciase regocijo por aquel acto inhumano que quizás rechazaba su consciencia”. El costarricense Vicente Sáenz (1942) cita a un “viejo historiador” de su país: “no se oyó… una injuria, ni siquiera una voz descompuesta. En aquella multitud reinaba un silencio de muerte”.

5.

Dejo hasta aquí este expediente. Comprendo que es incompleto y que he debido acudir mayoritariamente a evidencias indirectas y a fuentes secundarias. Considero, sin embargo, que hay bases suficientes para que los argumentos presentados sean investigados con mayor profundidad y rigor.

Debemos seguir la pista a la reunión de Espinach con Chatfield, a los movimientos de la Royal Navy en la zona, a Guevara (el jefe de sección), a los papeles de la cuestión inglesa, a los desplazamientos del cónsul inglés, entre otros asuntos.

La “arqueología política forense” que tengo en mente no es tarea fácil. Es cierto que Rodríguez y Woodward, entre otros, encontraron múltiples evidencias en periódicos, correspondencia y archivos que atestiguan las operaciones de los ingleses en la región, así como sus objetivos y aspiraciones. Me hago pocas ilusiones de que encontremos con similar facilidad y abundancia evidencias que los incriminen en el asesinato de Morazán.

En contraste con los bombardeos, desembarcos y ocupaciones (poseedores de una materialidad incontestable sobre la que se reportaba en correspondencia, periódicos y archivos), lo de Morazán fue una operación encubierta de los ingleses, clandestina, algo que supuestamente no ocurrió, un episodio del que sólo dejaron rastros tóxicos para desorientar y desmoralizar.

Estamos ante la producción de un genuino silencio histórico en el sentido que lo discute Michel-Rolph Trouillot (2017), el cual revela su abarcadora presencia (o ausencia) en todos los momentos que conlleva la elaboración de narrativas históricas: la generación de hechos y datos, de fuentes y archivos, y de interpretaciones o “lecturas”.

Nos referimos a un magnicidio perpetrado de manera encubierta por el Imperio en procura de intereses estratégicos cardinales. ¿A quién o a qué más podía referirse el Tata Pinto cuando habló de la “mano oculta” que dirigió a los alzados? ¿Fue acaso esta mención una torpeza de Pinto? No creo. Detrás del operativo contra Morazán estaban los ingleses, y era conveniente que se supiera, que se tuviera presente, aún y cuando no se pudiera hablar de ello. Tan políticamente incorrecto y peligroso era.

Mientras dilucidamos estas cuestiones, quisiera sugerir que la historia que generalmente se cuenta sobre este episodio sea considerada sospechosa de haber sido fraguada por los enemigos de Morazán y de Centroamérica. Y que toda celebración del 15 de septiembre comience con un minuto de silencio en memoria de aquellos valientes.

José Antonio Save, un bardo que vivió entre 1840 y 1869, tenía razón, ¡carajo!:

Muchas hazañas hoy cuentan

                       el valiente Morazán

                       y son los primeros cuentos

                       que veo que son verdad

 

Referencias

  • Colindres O., Ramiro. 2017. Francisco Morazán: vida y obra del héroe y mártir de la independencia y unificación centroamericana (1792-1842). Tegucigalpa: Graficentro Editores.
  • Hobsbawn, Eric. 1987. The Age of Empire. New York: Vintage Books
  • Karnes, Thomas L. 1961. The failure of Union: Central America 1824-1860. The University of North Carolina Press
  • Mora Chinchilla, Carolina. 2026. José María Cañas: un hombre leal (1809-1860). San José: Academia Morista Costarricense
  • Mejía, Medardo. 1986. Historia de Honduras (Vol. III). Tegucigalpa: Editorial Universitaria
  • Palencia, Alex. 2018. Morazán (la película). Tegucigalpa: Periodico digital El Pulso, 26 de junio.
  • Rodas M., Joaquín. 1920. Morazánida: de la epopeya, la tragedia y la apoteosis. Quetzaltenango: C. D. Suasnávar.
  • Rodríguez, Mario. 1964. A Palmerstonian Diplomat in Central America. The University of Arizona Press.
  • Sáenz, Vicente. 1942. Cómo murió Francisco Morazán. Costa Rica: periódico El Popular, 11 de setiembre (disponible en internet).
  • Santana, Adalberto. 2019. El pensamiento de Francisco Morazán. San Salvador: Universidad de El Salvador.
  • Squier, Ephraim George. 1856. Compendio de la historia política de Centro-América. París: G. Gratiot.
  • Trouillot, Michel-Rolph. 2017. Silenciando el pasado: el poder y la producción de la Historia. Editorial Comares
  • Twaska, Josephine H. 2013. Yapti Tasbia: The Miskitu Motherland. Florida, publicación de la autora.
  • Valdez, René Mauricio. 2024. La estrategia del puercoespín: Centroamérica y el paso entre los océanos. San Salvador: Universidad Don Bosco y Universidad Evangélica de El Salvador.

R. M. Valdez es doctor en ciencias políticas de la Universidad de Toronto, Canadá. Trabajó en instituciones de la administración pública de El Salvador, de la Integración centroamericana y de las Naciones Unidas. Es autor de la banda sonora del premiado largometraje salvadoreño “Vértices”.

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