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El tema de cambio climático se hace más politizado y militarizado

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El impacto que las amenazas climáticas, como sequías, inundaciones, ciclones, la subida del nivel del mar o las temperaturas extremas, ejercen sobre el desarrollo socioeconómico de una sociedad es enorme. Teniendo en cuenta todos los riesgos devastadores ya está plenamente aceptada la idea de que todos los gobiernos deben apoyar las iniciativas orientadas a la lucha contra el cambio climático.

Por lástima, unos países aprovechan la situación peligrosa con el objetivo de promover sus ideas e interesas nacionales. Hoy el tema de cambio climático es mucho más politizado a comparación con otros temas sociales importantes. Un ejemplo elocuente es Estados Unidos y su política de presión diplomática.

El tema de clima como instrumento de la presión diplomática contra otros países

Dando el ejemplo hay que mencionar las declaraciones del enviado global del presidente estadounidense Joe Biden para el cambio climático, John Kerry. Kerry dijo que se propone “aumentar las ambiciones” de todos los países en la lucha contra el cambio climático destacando que Estados Unidos tiene a su disposición algunos premios y castigos diplomáticos para todos los países. Así Washington informa a todo el mundo que sería mejor obedecer a su visión correcta.

Cabe decir que parcialmente la posición estadounidense tiene derecho de existir. Es que unos países no castigan ni sancionan a su población por no cuidar la naturaleza lo que provoca la contaminación, la deforestación y la pérdida de biodiversidad en los países vecinos. Pero ¿cómo se puede diferenciar entre la presión política y la defensa de clima? La frontera entre dos afirmaciones es tan débil.

En los marcos del cuidado de la naturaleza Estados Unidos intentó establecer su control bajo los recursos acuáticos de los países soberanos. A principios de junio de 2022 la vicepresidente estadounidense Kamala Harris declaró que la mayor parte de los intereses nacionales estadounidenses está vinculada directamente con el nivel suficiente del agua. Se trata sobre aguas dulces y superficiales entre otras. Para asegurar el cumplimiento de los intereses nacionales está prevista la participación estadounidense en todos los procesos de control y gobernanza de los recursos acuáticos, incluso si acontecen en los países extranjeros. Según dos casos mencionados ya se puede probar que el tema de clima no es tan sencillo como parece.

Recientemente Estados Unidos declaró que tiene derecho de decidir el destino del planeta. La Casa Blanca está sugiriendo el “posible despliegue” de técnicas radicales contra el cambio climático, como el bloqueo artificial de la luz solar, como parte de su programa contra el cambio climático, a pesar de las advertencias de los expertos de que tales iniciativas pueden tener efectos devastadores para el planeta. Llegamos a otro problema. El tema de clima necesita la unidad de toda la sociedad internacional. Ningún país puede imponer sus puntos de vista a todo el mundo. Actualmente no hay instrumentos efectivos e independientes que podrían asegurar imparcialidad política en el ambiente de clima.

El tema de clima y ambiente militar

Parece ser imposible pero el tema de clima preocupa mucho a los militares de los países más potentes del mundo. Los altos funcionarios consideran que los problemas climáticos amenazan directamente a la seguridad nacional.

En 2018 en USA había un conflicto interno entre el gobierno de Trump y legisladores estadounidenses. Por un lado, la administración de Donald Trump se ha salido del Acuerdo Climático de París, ha propuesto eliminar tres cruciales nuevos satélites climáticos, ha incumplido un compromiso de 2.000 millones de dólares prometidos durante la presidencia de Obama al Fondo Verde del Clima y quiere recortar la financiación de los programas del clima domésticos de la Agencia de Protección Medioambiental estadounidense (EPA) y los programas globales de la agencia de asistencia USAID. Por el otro lado, el congreso de los Estados Unidos, dominado por el partido republicano, ha afirmado que el cambio climático es una prominente amenaza para la seguridad nacional, y ordenado que el Departamento de Defensa analice con detalle cómo va a afectar a sus instalaciones más importantes. Al mismo tiempo, la cámara abordó la necesidad de dar más fondos al ejército para enfrentarse a las amenazas del calentamiento global.

En febrero de 2015, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos junto a otras instituciones publicaron dos informes sobre geoingeniería (propuestas tecnológicas para manipular el clima) que fueron financiados, entre otros, por la CIA estadounidense. La CIA y otros sectores del aparato de inteligencia estadounidense han calificado el cambio climático y el control del clima como factores geopolíticos estratégicos y de seguridad nacional. En 2009, la CIA abrió incluso su propio Centro de Cambio Climático y Seguridad Nacional, pero el Congreso le ordenó cerrarlo en 2012.

En 2021 el Pentágono mencionó que el ejército empezará a dedicar una porción significativa de su presupuesto a incorporar en su planificación las amenazas relacionadas con el clima.

Los periodistas bautizaron la situación como la guerra climática mencionando periódicamente el programa Haarp como la parte más elocuente de esa guerra (Es un conjunto de antenas con capacidad de crear modificaciones en la ionosfera).

Conclusión

El tema de clima está directamente vinculado con política y ambiente militar. Los jugadores más potentes del mundo lo usan para promover sus intereses nacionales en todo el mundo. El tema de clima oculta dentro de sí la potencia peligrosa que podría desencadenar las guerras en todo el mundo. Ningún país debe utilizar el tema de clima en marcos de su lucha contra los gobiernos no amistosos.

Escrito por Jorge Sánchez, periodista de La Jirafa

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La vida insulsa como consecuencia de la atrofia existencial- Lisandro Prieto Femenía

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“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”

Friedrich Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos (Nietzsche, 1889/2007, p. 32).

La emergencia de la vida insulsa demanda un análisis riguroso, puesto que trasciende la simple disposición psicológica para erigirse como una configuración antropológica y social que atenta contra las condiciones mismas de la posibilidad del sentido. Entiendo por vida insulsa aquella existencia confinada a la repetición mecánica de conductas funcionales, en la que se confunde la supervivencia con la plenitud y, consecuentemente, se abdica de la proyección de afectos y proyectos que podrían conferir densidad temporal a la biografía. Ahora bien, esta abdicación no es neutra, ya que reestructura la distribución del tiempo y la atención, reduciendo a los sujetos a unidades productivas y consumidores de estímulos efímeros, despojándolos de los nexos que constituyen a la persona como locus de intencionalidad y proyección.

Para desentrañar este fenómeno, es imperativo recuperar la distinción entre el impulso sensitivo y la pasión como categorías normativas y existenciales. Mientras el impulso sensible se limita a la respuesta orgánica e inmediata ante estímulos- el placer y el dolor en su inmediatez-, la pasión, en el sentido que aquí se reivindica, es la orientación duradera de la vida hacia fines que superan lo inmediato y, por ende, reconfiguran la temporalidad del sujeto. De hecho, la pasión se revela no como un arrebato sin fundamento, sino como una estructura de intención que articula proyectos, prácticas y compromisos. Viktor Frankl confirma esta primacía al sostener que “la principal tarea del hombre es darle sentido a su vida” (Frankl, 2006, p. 17). No obstante, esta falta de “porqué” trasciende la neurosis personal. La vida insulsa, en su grado más profundo, no es sólo la ausencia de actividad, sino la manifestación del aburrimiento fundamental(Langeweile heideggeriana), ese estado afectivo que revela la total carencia de un objeto que sea lo suficientemente digno de atención como para arrancar al sujeto de su propia inercia, atestiguando el desarraigo ontológico del ser humano en el mundo.

Ahora bien, puesto que ningún ser humano nace con indistinción o desinterés, es necesario plantear una hipótesis crítica sobre las posibles causas de la vida insulsa: ¿a quién le sirve que las personas vivan desapasionadamente? La respuesta más aguda apunta a las estructuras de control político y económico que requieren un sujeto tonto, maleable y predecible. La pasión, al ser una elección radical y una fuerza centrífuga que busca un sentido más allá de lo inmediato, constituye un riesgo real para el poder.

Un sujeto apasionado es un sujeto que jerarquiza prioridades, que está dispuesto a la renuncia y al conflicto por sus fines, y que, por lo tanto, es difícilmente gobernable desde la lógica del “pan y circo”. Desde esta perspectiva, la vida insulsa no es un fallo individual, sino una estrategia de pacificación social ejecutada por la alianza entre el consumo masivo y la vigilancia algorítmica. Un ciudadano cuya única pasión sea la micro-satisfacción constante es un consumidor ideal y un agente político totalmente inactivo.

Esta hipótesis se conecta con la crítica de la lógica neoliberal, transformada en norma. Martha C. Nussbaum argumenta que una sociedad justa debe posibilitar el desarrollo de las capacidades humanas fundamentales, incluidas las afectivas y creativas, pues “la justicia social exige que las personas tengan oportunidad real para vivir de manera plena” (Nussbaum, 2011, p. 18). Sin embargo, la reducción de la vida a la eficacia económica reduce sujetos incapaces de cultivar pasiones: la precariedad erosiona la planificación a largo plazo, y la cultura de la inmediatez sustituye la profundidad por el estímulo fugaz. La vida insulsa es, por lo tanto, un efecto estructural, una externalidad necesaria para la maximización del beneficio que requiere de un trabajador dócil, reemplazable y con un horizonte de deseo limitado a lo que el mercado, la moda y los medios masivos de comunicación ofrecen.

En este punto de la reflexión, es pertinente adicionar un aspecto muy importante, a saber, la indistinción como fracaso epistemológico, intelectual y moral. El rasgo más corrosivo de la vida insulsa es, precisamente, la distinción. El sujeto insípido es aquel para el cual “todo vale lo mismo” y, por tanto, “nada vale realmente”. Esta falta de distinción es la consecuencia epistemológica directa del colapso de los valores metafísicos que Nietzsche diagnosticó, cuya herencia ha derivado en un nihilismo pasivo que neutraliza toda jerarquía de sentido. En la práctica, si no existe un valor trascendente o comunitario que imponga un criterio de lo “mejor” o lo “pero”, la elección apasionada- el compromiso con algo específico- pierde su fundamento. La indistinción es la niebla moral que disuelve la tensión necesaria para el surgimiento de la pasión, pues la pasión, por definición, es una elección radical que distingue y prioriza una cosa sobre todas las demás.

Esta deriva se cristaliza en la esfera social bajo el manto de la indiferencia generalizada. Al respecto, Jean Baudrillard caracterizó este universo como una economía de signos, afirmando que “la simulación ya no es lo que oculta la realidad- la era de lo virtual- sino que es la cosa que sustituye a la realidad” (Baudrillard, 1981, p. 1). Pero la crítica debe ir más allá: si el simulacro homogeniza la experiencia, el ethos posmoderno lo valida. Recordemos que Gilles Lipovetsky, al describir el “espíritu de la época”, señala que “ya no hay lucha de clases ni enfrentamientos entre ideologías, sino más bien la indiferencia generalizada y el triunfo del individualismo narcisista” (Lipovetsky, 1983/2007, p. 11). En otras palabras, el sujeto narcisista, centrado únicamente en su bienestar emocional inmediato, es incapaz de sostener el esfuerzo ético y temporal que requiere la pasión, porque todo compromiso que suponga una incomodidad o una renuncia al “self” (al “yo”) aparece como intrínsecamente igual e igualmente dispensable.

Este tipo de apatía tiene profundas implicaciones en la relación del sujeto con el mundo. Filosóficamente, definir a una persona despojada de deseo y afecto exige examinar la relación intención, afecto y estructura temporal. Pues bien, la fenomenología, a través de Maurice Merleau-Ponty, nos enseña que “el mundo es siempre ya ahí y nosotros estamos ya en el mundo, implicados en él” (Merleau-Ponty, 1945, p. 149). Por lo tanto, si la pasión orienta el cuerpo hacia proyectos futuros y compromisos presentes, su ausencia comporta una clausura perceptiva donde el mundo aparece decolorado, las posibilidades se tornan invisibles y la capacidad de actuar se atrofia. Por su parte, el existencialismo sartreano, al postular que “la existencia precede a la esencia”, sentencia que el ser humano está condenado a la libertad y compelido a proyectarse, de modo que renunciar a esa proyección equivale a abdicar de la libertad (Sartre, 1946/2000, p. 34).

Agravando aún más este panorama, la indistinción se ve forzada por la conquista algorítmica. La economía de la atención no elimina el deseo, sino que lo coarta mediante la micro-satisfacción constante del “feed” infinito. De esta manera, la insipidez contemporánea se manifiesta como la vida permanentemente distraída, lo que hace imposible sostener la atención suficiente para tejer una trama narrativa coherente. En efecto, cuando la acción se reduce a tareas instrumentales y la indiferencia se extiende al campo de “lo político”, Hannah Arendt advertirá que “la acción humana es capaz de iniciar procesos que pueden continuar en ausencia del que los inició” (Arendt, 1958, p. 198), lo que implica que la vida sin pasión es, también, una vida sin mundo, puesto que se renuncia a la creación de aquello que nos sobrevive.

A pesar de ello, nuestra crítica no debe permanecer en el simple lamento, sino en la búsqueda de una reorientación ética y política. La recuperación de la pasión exige la revalorización de la proyección como una práctica. Sobre este aspecto en particular, Charles Taylor nos dice que las identidades modernas se configuran a través de narrativas que nos interpelan y que el reconocimiento social es clave para la formación del yo, ya que “la identidad personal es, en gran medida, algo que se le concede a uno por los otros y por las instituciones” (Taylor, 1989, p. 27).

No obstante, antes de postular ninguna posible solución, es crucial no omitir la dimensión trágica de la pasión. Recordemos que la “pasión” (pathos) es inherentemente violenta, una forma radical de fijación del sentido que, sin contrapesos, corre el riesgo de la “desmesura” (hybris), la auto-destrucción o el dogmatismo fundamentalista. Por ello, la reivindicación de la pasión debe estar necesariamente acompañada por la exigencia ética de la razón práctica. Por ello, justamente, Immanuel Kant postulaba este contrapeso al requerir que la humanidad sea tratada “como fin y nunca sólo como medio” (Kant, 1785/2005, pp. 52–53). En definitiva, la pasión legitima, pero no instrumentaliza al otro, sino que lo reconoce como un fin en sí mismo.

En este punto es donde emerge la tensión más mordaz: ¿cómo se traduce esta ética en lo político? La recuperación de la pasión implica restituir espacios públicos y privados de compromiso. Esto exige la construcción de instituciones que permitan la atención prolongada a proyectos significativos, desde políticas que protejan el tiempo no como subordinado al capital hasta la esfera ética íntima: la disciplina de la atención. William James ya observó que “la habilidad de centrar la atención, excluyendo lo no esencial, es la raíz del carácter” (James, 1890/2003, p. 23). Sin embargo, si la vida insulsa es un efecto estructural, ¿es lícito proponer la disciplina de la atención como contramedida? La demanda de “cultivar la pasión” puede convertirse, irónicamente, en una nueva forma de auto-explotación para el sujeto precarizado, exigiendo que éste se auto-responsabilice y se “apasione” de manera eficiente con las pocas horas de vida que le deja el sistema. Si la precariedad erosiona el tiempo y la energía, la pasión se convierte en un privilegio de unos pocos (de clase), mientras que al resto se les exige ser su propio coach existencial.

En resumen, la crítica de la vida insulsa debe operar en la dialéctica entre la ontología y la política. Aparece como un estado de des-proyección existencial sostenido por estructuras que valoran la repetición y la eficacia por encima del sentido y del significado.Un atisbo de solución, por tanto, contempla la reconstrucción de instituciones, la formación de hábitos de atención crítica y la afirmación de una ética de la pasión que preserve la dignidad ajena. La pasión entendida como proyección no debería ser un lujo, sino la condición moral de la persona, y negarle esta posibilidad a amplios sectores sociales equivale a amputar su humanidad. Así pues, la crítica de la vida insulsa debe devenir en una demanda filosófica y política por estructuras sociales que devuelvan tiempo, reconocimiento y recursos para que la invención del relato vital sea una posibilidad universal, y no un imperativo frustrante.

Como siempre, queridos lectores, concluyo esta humilde reflexión enfatizando que la crítica a la vida insulsa debe ir más allá de la lamentación, dirigiéndose hacia una activa problematización de las estructuras que la sostienen. Ante el diagnóstico de que la vida insulsa es un efecto estructural y que la indistinción nihilista se suma a la invasión algorítmica para sustituir el proyecto por la micro-satisfacción constante, es necesario cuestionar si la “disciplina de la atención” constituye un remedio viable para el sujeto que se encuentra permanentemente distraído, o si, por el contrario, se convierte en una nueva ética de la autoexplotación, un privilegio reservado a aquellos cuyo tiempo no está ya coaccionado por la supervivencia económica.

Además, la reflexión que hemos realizado se detiene en la naturaleza misma de la “indistinción”: si todo nos da igual, si todo es lo mismo, es síntoma de una degradación de los valores en la posmodernidad, ¿cuáles son los dispositivos filosóficos y políticos concretos que deben mediar la intensidad de la pasión para garantizar que el proyecto apasionado del individuo no se construya a expensas de la dignidad del otro, superando así el nihilismo de la indiferencia? Finalmente, si el aburrimiento se revela como la atrofia del “Dasein” (“ser-en-el-mundo”, o sea, nosotros) o la falta de arraigo ontológico en el mundo, se debe interpelar la responsabilidad del arte, la filosofía y la educación (tanto en casa como en las instituciones educativas) en crear y proteger espacios donde el sujeto pueda enfrentarse a ese aburrimiento profundo, en lugar de buscar la inmediata cura en la distracción algorítmica que lo devuelve a la insipidez.

 

Referencias (formato APA 7, en español)

Arendt, H. (2001). La condición humana (3.ª ed., traducción de Gustavo Pita). Paidós. (Obra original publicada en 1958).
Baudrillard, J. (2001). Simulacros y simulación (traducción de Agustín García Calvo). Editorial Pre-Textos. (Obra original publicada en 1981).
Frankl, V. E. (2006). El hombre en busca de sentido (traducción de Sergio Molina). Herder. (Obra original: Man’s Search for Meaning, 1946). Citausada: p. 17.
James, W. (2003). Principios de psicología (traducción de César Tejada). Ediciones Akal. (Obra original publicada en 1890). Citausada: p. 23.
Kant, I. (2005). Fundamentación de la metafísica de las costumbres (traducción de Fernando R. de la Torre). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1785). Citasusadas: pp. 52–53.
Lipovetsky, G. (2007). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (traducción de Juan Varela). Anagrama. (Obra original: L’Ère du vide, 1983). Citausada: p. 11.
Merleau-Ponty, M. (2009). Fenomenología de la percepción (traducción de José Ortega y Gasset). Akal. (Obra original publicadaen 1945). Citausada: p. 149.
Nietzsche, F. (2007). El crepúsculo de los ídolos (traducción de Andrés Sánchez Pascual). Alianza Editorial. (Obra original: Götzen-Dämmerung, 1889). Citausada: p. 32.
Nussbaum, M. C. (2011). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano (traducción de Manuel García del Blanco). Paidós. (Obra original: Creating Capabilities, 2011). Citausada: p. 18.
Sartre, J.-P. (2000). El ser y la nada (traducción de Esteban Aragonés). Ediciones Cátedra. (Obra original publicada en 1943). Cita usada: p. 34.
Taylor, C. (1994). Fuentes del yo: La formación de la identidad moderna (traducción de Juan Manuel Navarro). Taurus. (Obra original: Sources of the Self, 1989). Citausada: p. 27.

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Explorando la ciencia, bajo la lupa filosófica- Lisandro Prieto Femenía

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“El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro”- Michel Foucault, Vigilar y castigar (1975)

Bien sabemos que la epistemología, disciplina cuyo nombre se deriva del griego episteme (conocimiento) y logos (ciencia o discurso), es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar la naturaleza, el alcance y los límites del conocimiento humano. Si bien las preguntas sobre la verdad y la certeza son tan antiguas como la filosofía misma, la epistemología se consolidó como un campo de estudio diferenciado a partir de la Modernidad. Filósofos como John Locke, David Hume e Immanuel Kant sentaron las bases al indagar en las fuentes del conocimiento, los procesos de la razón y la posibilidad misma de alcanzar la verdad objetiva. Sin embargo, en una era marcada por la post-verdad y la instrumentalización del saber, su utilidad no reside en ofrecer certezas definitivas, sino en la capacidad para desenmascarar las condiciones sociales, políticas y económicas bajo las cuales el conocimiento se produce y se legitima. Su campo de estudio se expande así más allá de la lógica de la justificación para indagar en las relaciones de poder que subyacen a la ciencia, las fuerzas económicas que la orientan y el valor de verdad que se le concede. A partir de ello, la epistemología se constituye como la conciencia crítica de la razón, examinando no sólo los métodos, sino también los intereses.

Históricamente, la filosofía se ha enfrentado al desafío de comprender la dinámica de la ciencia. Puntualmente, Karl Popper, con su criterio de falsabilidad, puso en jaque la idea de una ciencia que produce una verdad absoluta al postular que una teoría científica no es irrefutable, sino provisoriamente válida hasta que un experimento la desmienta. En sus palabras, sostuvo que “la falsabilidad de un sistema debe ser tomada como criterio de demarcación. No exijo que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí exijo que tenga una forma lógica tal que pueda ser seleccionado, en un sentido negativo, por medio de contrastes empíricos” (La lógica de la investigación científica, 1934).

Sin embargo, Thomas Kuhn complejiza este panorama con su noción de “paradigma”. Para él, la ciencia no avanza de forma lineal, sino que opera dentro de un marco de supuestos compartidos que rara vez son cuestionados, al que denominó estadio de “ciencia normal”. En este período, la actividad principal no es la búsqueda de verdades definitivas, sino la resolución de “enigmas” o problemas que el propio paradigma define y permite abordar. También, sostuvo que “un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica, y sólo ellos, comparten” (La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ahora bien, la capacidad de un paradigma para ofrecer herramientas y un marco conceptual para la resolución de estos problemas es lo que realmente lo legitima. Sólo cuando estos enigmas se vuelven irresolubles y se acumulan como anomalías, el paradigma entra en crisis, abriendo la puerta a una “revolución científica” y a la adopción de un nuevo marco que sí se muestre capaz de resolver los problemas.

La precitada noción de paradigma puede ser interpretada de manera análoga a las “epistemes” de Michel Foucault, aunque con una diferencia de alcance. Foucault lo describe como el orden subyacente que organiza el pensamiento de una época y determina las condiciones de posibilidad para el conocimiento en general, abarcando no sólo la ciencia, sino también las artes, la economía y la filosofía. Mientras que el paradigma de Kuhn es específico de una disciplina científica, la episteme de Foucault es una estructura que pre-condiciona de manera anónima y no consciente, el pensamiento de todos los sujetos de una época determinada.

Sobre la precitada base, Imre Lakatos propuso una alternativa con su “metodología de los programas de investigación científica”. Para él, la ciencia no avanza por la refutación de teorías aisladas, sino por la competencia entre programas de investigación, cada uno con un “núcleo duro” o hipótesis fundamentales. Lo explicita con claridad al señalar que “la unidad básica de evaluación no es una teoría aislada o un conjunto de proposiciones, sino un programa de investigación” (La metodología de los programas de investigación científica, 1978). Así, la ciencia se presenta como un proceso de competencia racional, aunque esta racionalidad queda en entredicho cuando se observa la influencia de factores ajenos a la lógica.

Consecuentemente, Robert K. Merton, sociólogo de la ciencia, delineó en su célebre “teoría de las normas”, un ideal regulativo para la ciencia. Estas normas, que incluyen el comunismo (el saber es propiedad colectiva), y el desinterés (el científico busca el saber por el saber mismo), representan la creencia en una ciencia autónoma y virtuosa. Particularmente, expresó que “los cánones de la ciencia son, por un lado, una serie de principios epistemológicos y metodológicos; por otro, una serie de valores y normas que rigen la conducta de los científicos” (Teoría y estructura sociales, 1949). Como podrán apreciar, queridos lectores, se trata de normas que pretenden ser el fundamento de la ciencia, pero que en definitiva constituyen las bases del mito de una ciencia pura, totalmente inexistente en el plano de lo real.

Autores como el precitado Foucault han logrado realizar una crítica aguda al respecto, subvirtiendo radicalmente este ideal. Su tesis del “saber-poder”, argumenta que el conocimiento no es algo que el poder simplemente restringe, sino que lo produce para ejercer un control más sutil y efectivo. Al respecto, es conocidísima su sentencia que versa: “El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro” (Vigilar y castigar, 1975). Conjuntamente, Pierre Bourdieu introdujo el análisis de los campos sociales, sosteniendo que la ciencia no es una comunidad de sabios desinteresados, sino un campo de fuerzas donde los agentes compiten por el capital. En sus palabras, lo explicaba así: “El campo científico es el lugar de una lucha competitiva, en la que el monopolio de la autoridad científica… es la apuesta” (Homo Academicus, 1984). En este campo, los científicos acumulan diferentes tipos de capital (simbólico, económico, social) que determinan su prestigio y capacidad para influir en las decisiones.

Asimismo, Latour nos legó el concepto de “redes sociotécnicas” para demostrar que los hechos científicos no son descubrimientos neutrales, sino que se “construyen” a través de un complejo entramado de actores, que incluye científicos, instrumentos, publicaciones y, crucialmente, inversores. Para él, “Un hecho científico es un híbrido de humanos y no-humanos, de laboratorios y de la sociedad, de textos y de tecnología” (Ciencia en acción, 1987). En estas “redes”, el inversor no es un agente externo, sino el actor constitutivo que orienta la dirección de la ciencia desde su concepción. De este modo, el “desinterés” de Merton se revela como una ficción, y el “comunismo” del saber se desvanece ante la primacía de la propiedad intelectual y las patentes.

En este punto de la reflexión, es preciso explicitar que la ciencia, a menudo idealizada como una empresa que persigue la verdad para el beneficio de la humanidad, no investiga necesariamente lo que la sociedad necesita para vivir mejor, sino lo que el mercado demanda para vender más. Esta subordinación de la razón a la lógica del capital fue analizada con agudeza por la Escuela de Frankfurt. Puntualmente, Jürgen Habermas, por ejemplo, criticó la instrumentalización de la ciencia, que pasa de ser una fuerza de emancipación a una herramienta de control, al exclamar que “el progreso técnico depende hoy de la lógica del capital y del Estado, y no de una orientación hacia los fines de la emancipación humana” (Ciencia y técnica como ‘ideología’,1968).

Esta realidad se manifiesta de manera elocuente en los programas de investigación. El financiamiento de la investigación científica, que actúa como un poderoso actor de las redes de Latour, está sesgado hacia áreas que prometen un rápido retorno económico. Por dar un simple ejemplo, la industria farmacéutica invierte miles de millones en medicamentos para tratar enfermedades crónicas en países desarrollados, que garantizan un flujo de ingresos constante. En contraste, la investigación de enfermedades que afectan a poblaciones de escasos recursos, como la malaria o el dengue, recibe una financiación desproporcionadamente menor. En este escenario, queridos amigos, el conocimiento se convierte en una mercancía y el científico en un productor de bienes con patente, desmantelando por completo la idea de una ciencia que opera bajo los ideales ridículos que expuso Merton precedentemente.

Si el caso de la industria farmacéutica revela la subordinación de la ciencia a la lógica del mercado, el de la industria militar lo expone en su forma más cruda. En este campo de fuerzas, para utilizar el término de Bourdieu, la competencia no es sólo por el capital económico, sino también por el capital político y simbólico del poder militar. La ciencia es un agente fundamental en esta dinámica. La investigación en áreas como la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y la biotecnología se dirige con frecuencia a la creación de armamento más letal y sistemas de vigilancia más sofisticados, en lugar de resolver los problemas humanitarios más apremiantes.

En las precitadas “redes” descritas por Latour, los contratos multimillonarios de investigación y desarrollo actúan como actores determinantes. Los fondos provenientes de gobiernos y corporaciones de defensa no sólo financian ciertos proyectos, sino que también legitiman y normalizan las agendas de investigación, marginando aquellas que no se alinean con los intereses estratégicos o comerciales. De este modo, la ciencia se convierte en un medio para fines instrumentales, como criticó Habermas, puesto que el progreso técnico no se orienta hacia la emancipación humana, sino hacia la consecución de objetivos de dominación y control. La búsqueda de la verdad se desvía, y la ciencia se instrumentaliza para fines que perpetúan los conflictos, evidenciando una vez más que el saber, lejos de ser un bien y un derecho universal, es una herramienta modelada por el poder.

Ante la eclosión de la era patética de la “post-verdad”, donde la validez de la evidencia es constantemente impugnada, la pregunta sobre la posibilidad de hacer filosofía de la ciencia se vuelve acuciante. La desinformación masiva e intencional, en conjunto con la relativización de los hechos, son la culminación de un proceso en el que la confianza en las instituciones del conocimiento ha sido erosionada. La filosofía, entonces, no puede limitarse a analizar la lógica de los argumentos. Debe enfrentar la tarea de restaurar la validez del discurso racional en una esfera pública que se encuentra fragmentada, y para ello, debe volverse radicalmente política. Su tarea es examinar no sólo la coherencia interna de una teoría, sino su función social y su capacidad para resistir a la instrumentalización por parte de los poderes económicos y políticos.

Si los hechos científicos son construcciones sociales y la financiación de la ciencia está sujeta a intereses del mercado, la idea de la objetividad se presenta como un desafío insoslayable. ¿Es esta una meta alcanzable, o tan solo un ideal regulativo que sirve de coartada a los poderes que la instrumentalizan? Ante la manipulación de la evidencia y la proliferación de información falsa, el rol de la epistemología se ve interpelado. ¿Debe concentrarse en la demarcación entre ciencia y pseudociencia o en la crítica de las estructuras de poder que legitiman ciertos conocimientos sobre otros? Seguidamente, y en una época donde la ciencia se ha vuelto un actor central en la economía global, ¿cómo podemos recuperar una epistemología que interprete el valor del saber no por su rentabilidad, sino por su capacidad de servir a la emancipación de la humanidad?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

· Bourdieu, P. (1984). Homo academicus. Les Éditions de Minuit.

· Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.

· Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI.

· Habermas, J. (1968). Ciencia y técnica como ‘ideología’. Tecnos.

· Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.

· Lakatos, I. (1978). La metodología de los programas de investigación científica. Alianza.

· Latour, B. (1987). Ciencia en acción: Cómo seguir a científicos e ingenieros a través de la sociedad. Labor.

· Merton, R. K. (1949). Teoría y estructura sociales. Fondo de Cultura Económica.

· Popper, K. R. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.

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CENTROAMERICA EN LA NUEVA ENCRUCIJADA GEOPOLITICA Y GEOECONOMICA. Por: Dionisio de Jesús

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Alvin Tofller y Heidi Tofller, en su profético libro de finales de los años 70 del siglo pasado: “La Tercera Ola”, afirmaban “que muchos de los cambios actuales no son independientes entre sí. No son fruto del azar…. estos y muchos otros acontecimientos o tendencias aparentemente inconexos se hallan relacionados entre sí…. son panes de un fenómeno mucho más amplio: la muerte del industrialismo y el nacimiento de una nueva civilización”.
“El mundo que está rápidamente emergiendo del choque de nuevos valores y tecnologías, nuevas relaciones geopolíticas, nuevos estilos de vida y modos de comunicación, exige ideas y analogías, clasificaciones y conceptos completamente nuevos”., han escrito ellos con su acostumbrado lenguaje seductor.
Estas ideas reflexionadas en los últimos 30 años del fin del siglo XX y los albores de la llegada del siglo XXI, hoy son más escatológicas, si vemos los últimos acontecimientos que se han dado en el mundo que todavía no podemos descodificar en toda su magnitud y que cada día nos da una lección de disrupción en el más amplio de los sentidos.

Estos años finiseculares, para Centroamérica, fueron de tensiones, de búsquedas de los desencuentros, centro de ensayos ideológicos productos de la guerra fría y las tensiones entre las superpotencias y los espacios emergentes, el Istmo se vio en la vorágine de los cambios globales, por ser el centro de una ruta, que a más de ser esencial para la economía mundial, y la misma llegada de lo que signaron como mundialización, que apenas despegaba para estructurar un nuevo orden, también fue y es, en gran medida hoy, el lugar en que otra vez, se da el nuevo ensayo hegemónico y “el choque de civilizaciones”.

En este lugar del mundo, sin que fuera una predicción, se está jugando parte de la supremacía de un mundo, más que unipolar, multipolar, hasta entonces, y que, con la ascensión de Donald Trump en su segundo mandato, éste quiere revivir lo que parecía estar sepultada, “la Doctrina Monroe”, ahora de la mano de la “Nueva Estrategia de Seguridad Nacional” bajo la eufemística frase: “Este hemisferio es nuestro”.

“DE FUERA VENDRÁN, QUE DE CASA TE ECHARÁN”
Siendo este espacio de las Américas un lugar con mucha historia de rupturas, de convergencias y divergencias, donde los imperios, en específico el español, en menor medida el inglés, y más atrás, el imperio Azteca, dejaron sus improntas en las poblaciones nativas, siempre dieron batallas para mantener sus valores, sus creencias y culturas, sus capacidades estratégicas en pie. Llegaron los prohombres de la independencia, formados en los mismos espacios de los conquistadores y reescribieron las historias. Hasta que por estas tierras llegaron los aventureros, “el Pirata William Walker y su doctrina del Destino Manifiesto”, arrogándose en posesión lo que nunca tuvo, cayendo asesinado en Honduras para 1860, vapuleado por la dignidad que nunca se marchó de la vida de los hombres y mujeres de estas tierras.

Los años de las dictaduras dejaron lecciones agridulces, se forjó “el estado nacional”, si se quiere, la forma de permear conciencias y la ideología aparejada con el slogan y la subyugación de que “este es mi patio trasero”, emergió. Y sucedió la hecatombe, producto de las miserias de las mayorías de ciudadanos sumidos en el ostracismo más atroz, frente a unas elites que se erigieron insufribles respecto a sus ciudadanos. Y entonces llegó la muerte de la mano de los conflictos armados de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado, hasta que el laboratorio de las grandes potencias que fueron los enfrentamientos con carácter ideológico cesó, pero no, fueron por desigualdades insalvables, se sucedieron y se firmó la paz, una paz a medias e insípida e incolora. Y entonces llegó de la mano de gobiernos sumisos el robo de los recursos económicos y la implantación de modelos que vendrían a traer más miserias a estas poblaciones: el neoliberalismo.

LA CENTROAMERICA ACTUAL

Pasado los años de las confrontaciones militares que dieron como resultados gobiernos medianamente democráticos, entonces vinieron las confrontaciones políticas y de clases, en donde la llamada “sociedad civil” tuvo un papel de decisiones que ayudaron a ir permeando el devenir de lo que es hoy el Istmo. Las elecciones, luego de los Acuerdos de Paz en los diferentes países en conflictos, legitimaron el statu quo que los sectores dominantes querían que sucediera, pero una clase de pensadores fue forjando la ruta que nos llevaría a lo que hoy es la región.

Y hubo un cambio de rumbo, la ola de las izquierdas irrumpió en algunos países, luego de las revueltas: Nicaragua, una pausa, luego otra vez hasta hoy con altos y bajos; El Salvador, dos gobiernos que ayudaron a forjar un pensamiento progresista y facilitar que muchos ciudadanos salieran de la pobreza extrema y donde la educación jugó un papel estelar. Guatemala debatiéndose entre problemas de gobernabilidad y delincuencia y Honduras para esos años con las tazas de violencia más grande del Istmo, igual que El Salvador con la enfermedad social de las maras y los grupos delincuenciales, aparejados de lo que los carteles de las drogas crearon en toda la región: violencia e inestabilidad social.

Las izquierdas no supieron aprovechar el respaldo de la población que los arropó con su voto y cometieron los mismos errores de los grupos dominantes: corrupción, falta de cumplimiento de las promesas, aunque en derechos humanos hubo un cambio de ver la sociedad. La irrupción de Venezuela con su comandante Chavez y el respaldo de la Iniciativa Alba para Las Americas, dio un giro a la relación de estos países con Estados Unidos, que más tarde, hoy, sería la gota que derramaría el vaso de este cambio de ciclo y rumbo que experimenta la región respecto de los gobiernos.

El Salvador ya no tiene el sello de una izquierda, más bien tiene un gobierno que vino a restaurar lo que ellos sabían cómo hacer pero no lo hicieron, la seguridad ciudadana, que tanto clamaba la sociedad; Honduras, pierde una oportunidad de oro al salir de su primer gobierno de centro izquierda debido a los mismos errores de sus pares de la región y así como en Suramérica, la ola de izquierda sale del poder político, no es raro que Costa Rica siga en su egida de gobierno centro derecha, Guatemala tenga un liberal en el poder y Honduras vuelva a estrenarse con un gobierno que habrá que ver qué trae luego del 27 de enero que tomará posesión. Nicaragua es el acertijo, luego de los acontecimientos en Venezuela y la embestida del poder duro que ha envalentonado a los que gobiernan en Washinton. Panamá es un mundo aparte que tendrá que echar su pleito directamente con el Norte, luego de las amenazas porque, “ese canal es de nosotros y no es para que los barcos chinos lo crucen “como Pedro por su casa”

EL ARRIBO DE CHINA Y EL DESCUIDO DEL PATIO TRASERO

Realmente el arribo de China ha sido planificado muchos años atrás, más de 50 años atrás, y hoy es una realidad. “La nueva ruta de la seda”, aparte de que es para el ciudadano de a pie una apuesta económica, no es más que una estrategia política de penetración como un poder emergente y hegemónico: ir quitándole presencia a un Estados Unidos que había descuidado su entorno, en busca de las riquezas energéticas de los países que sometió en sus invasiones en el Oriente Medio, bajo la excusa del terrorismo.

China desembarcó primero en Costa Rica y fue el gran ruido para los Estados Unidos, luego siguió El Salvador, República Dominicana, Panamá y por último Honduras; todos países pertenecientes al Sistema de la Integración Centroamericana, SICA, los otros: Belice, Guatemala y Nicaragua han preferido seguir la cooperación con Taiwan, bajo el entendido que China no acepta que haya acuerdo a medias porque ellos se reconocen como una sola China.

Y esta llegada tiene un componente geoestratégico, para su “ruta de la seda” en lo económico, pero en lo político, es crear pulso con su más cercano contendiente en el hemisferio occidental, ya que Rusia en la mayoría de las veces ha funcionado como aliado. Centroamérica si usted, traza una línea desde el pacifico salvadoreño hasta par de ciudades chinas, es casi directo la ruta y ahí está la gran estrategia China en el Istmo: tener dominio de la economía y las rutas comerciales, bástenos pensar en el pedido de China a algunos países de crear una zona especial de comercio teniendo como espacio de movimiento el

Golfo de Fonseca: los gringos abrieron los ojos y dijeron no. Eso es blindar su presencia en la región.

Hoy Centroamérica, aparte de ser un espacio de crecimiento, zona de alto poder logísticos para todos los competidores globales, por su enclave estratégico; su valor no es solo geopolítico geográficamente hablando en un momento en que la “Doctrina Monroe” ha tomado fuerza con el envalentonamiento del poder norteamericano que no van a dejar que otro tome su lugar. Ojalá y no sea demasiado tarde; también es un espacio geoeconómico, por lo que expresara más arriba: esta zona del mundo esta en disputa por las riquezas inmensas que posee. Por los minerales raros que se están descubriendo y que son imprescindibles para la supervivencia de las grandes empresas tecnológicas, espaciales y de poderío militar. Por eso, la apuesta y lo que está en juego hoy en día, y que se irá acrecentando cada vez que los grandes jugadores hagan sus arriesgadas apuestas que por acrecentar su poder económico de gobierno y de las grandes corporaciones, ponen en riesgo la seguridad regional de millones de seres humanos.

Voy a terminar como empecé este trabajo: trayendo a colación el último libro de los esposos Toffer: “Las Guerras del Futuro”, escrito en 2003, en este excitante libro ellos analizan lo que serian los conflictos del futuro, así como en “La Tercera Ola”, y habla justamente de que las guerras del futuro, cibernéticas, digitales, con drones, “las tácticas de guerra cibernética y conflictos indirectos podemos verlas en las noticias cada día”

“La guerra cibernética puede dejar sin recursos a una población de millones de personas atacando centrales eléctricas u hospitales. Puede tumbar la web de un gobierno. Puede desinformar de manera previa a unas elecciones o realizar el llamado fake bombing”. Lo acabamos de ver en Honduras, para dejar solo un ejemplo.

“También en la guerra de la tercera ola las armas tendrán más de software que de fusiles, y el dominio del flujo de información -sobre todo, con la guerra electrónica- será más decisivo que las destrucciones físicas”. Los conflictos del futuro serán por los recursos que cada vez escasean más, en especial el agua, y los recursos energéticos.

Eso es lo que esta por suceder en la estrategia de poder en el Istmo centroamericano, los poderes mundiales saben de la importancia de la región para la consolidación de sus estrategias de control y dominación global, sobre todo, en el espectro económico. Porque esta será la más terrible guerra que se está librando ya, y que permeará nuestro futuro y el de millones de seres humanos. Y para eso, no se ha inventado una vacuna que sea capaz de inocular la esperanza de un tiempo mejor.

 

 

 

 

 

 

Dionisio de Jesús

Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Nacido en Cevicos, República Dominicana (1959), se formó en Educación con mención en Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Posteriormente profundizó en el mundo del mercadeo y la comunicación: realizó postgrado en Mercadeo en la UCSD (donde también fue docente), obtuvo Maestría en Mercadeo en la PUCMM (donde impartió clases), y completó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en Young & Rubicam, Madrid, homologada por la Universidad Complutense. Su vocación diplomática se ha fortalecido con múltiples formaciones especializadas: Diplomado en Diplomacia Cultural (auspiciado por las Cancillerías de Costa Rica y El Salvador junto a la Embajada Dominicana en Costa Rica), Especialización en Negociación y Diplomacia Climática (INESDYC, Cancillería dominicana), y varios diplomados sobre la institucionalidad y el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), incluyendo niveles I y II con la Fundación Hanns Seidel (pendiente la presentación del trabajo final para optar por la Maestría). Como poeta, ha publicado 12 libros de poesía y sus textos aparecen en más de 15 antologías nacionales e internacionales, consolidándolo como una voz reconocida en la lírica dominicana y centroamericana. En el ámbito profesional, fue Director Creativo en las agencias de publicidad más importantes de República Dominicana entre 1987 y 2004. Ha ejercido como profesor universitario de marketing, publicidad y comunicación en instituciones de República Dominicana y El Salvador. Desde el año 2000 hasta la fecha (2025), ha trabajado como consultor estratégico en campañas políticas en República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras. Actualmente reside en El Salvador, desde donde produce y conduce cada lunes a las 7:00 p.m. (hora local) el Podcast “Bitácora Centroamericana y Caribeña”, transmitido en vivo por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV, espacio desde el cual analiza con profundidad la realidad política, cultural y geopolítica de la región.Un creador incansable que transita con naturalidad entre el verso, la diplomacia, la estrategia política y la reflexión centroamericana.

 

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