ENTREGA ESPECIAL
De millonario a dormir en la calle: contrató a Maradona, prometió el Disney argentino y ahora pide limosna
Duerme en la calle, al lado de una puerta, sobre una frazada y con un maletín con doble uso: es su almohada y ahí guarda la comida y la plata que le pide a la gente que pasa por el lugar.
Más de una vez lo vieron hablar solo, como si le estuviera contando su drama a alguien. Otras personas dicen que suele sacar un celular que no funciona y habla, en inglés o en un castellano rudimentario, sobre negocios. Hay días en que no pronuncia una sola palabra. Y otros en que grita como un predicador, trepado a un contenedor, mirando a las estrellas para avistar ovnis.
Ese hombre desamparado, extraviado del mundo, es Emile Maxim St. Patrick Higgins -más conocido como Max Higgins-, el jamaiquino que se proclamaba el Rey del entretenimiento hace más de una década.
“Si recupero mi dinero puedo volver a contratar a Maradona, pero antes necesito que el propio Maradona me ayude. Diego puede sacarme de la calle”, le dijo el hombre a Infobae el jueves al mediodía, en Alem y Corrientes.
Está parado en una esquina y al hablar mezcla su inglés con el castellano y a la vez mezcla temas. Dice que él puede salvar a la Argentina si liberan sus dos billones de dólares supuestamente embargados, jura que quedó solo, que todos lo abandonaron, y que con su dinero podrá cumplir sus promesas.
En 2007 anunció que construiría una versión de Disneyworld en San Pedro con una inversión de mil millones de dólares.
Todo, en la vida de Higgins, al parecer fue una farsa.
Andaba en autos de lujo, dormía en hoteles cinco estrellas y llegó a organizar un reality para descubrir a la nueva estrella del fútbol mundial.
Para eso contrató a Diego Maradona y a Sergio Goycochea como conductores y en las veladas cantó desde Gloria Gaynor a Durán Durán.
En algunas de las giras por el país se sumó Gabriel Batistuta.
El reality se llamaba World Football Idol y tuvo tres ediciones. Lo llamativo es que el estadio marplatense casi siempre estaba vacío. Los Nocheros, Miranda y Soledad fueron otras de las atracciones del evento.
Nunca trascendió cuánto le costó al falso empresario el contrato con esas figuras.Higgins se paseaba por el estadio José María Minella, de Mar del Plata, con una capa y una corona de Rey, abrazado a Maradona.
Higgins se paseaba por el estadio José María Minella, de Mar del Plata, con una capa y una corona de Rey, abrazado a Maradona. “El mundo necesita un ídolo de fútbol, pero el mejor”, decía el extravagante empresario en un video presentación. Como premio, nunca otorgado, ofrecía una Lamborghini Diablo (se descubrió que era prestada y no quería devolverla), 100 mil dólares y una prueba en el equipo del mundo que Higgins decidiera.
Recorría el campo de juego abrazado a Maradona, que llegó a declarar a la prensa. “Max es un loco lindo que se atreve a descubrir nuevos jugadores, y se asoció con nosotros para ir buscando talentos en Argentina. Ojalá lo siga haciendo, como se hizo acá se podrá hacer en otras provincias. Siempre que se haga algo para la Argentina y sume, nosotros vamos a estar de acuerdo, ya se lo dijimos”.
Maradona se refería a una sociedad de la empresa que estaba a cargo de su ex esposa Claudia Villafañe con las que decía tener Higgins.
El imperio que parecía tener (cuando llegaba a la Argentina alquilaba una limusina, un helicóptero y una oficina en Puerto Madero) se deshizo como su breve leyenda.
Su esposa, la argentina Sandra Zapata, con quien se casó en 2006, comenzó a desenmascararlo. Dijo que de un día para el otro pasaron de vivir en una pensión en San Telmo a un piso en Puerto Madero. De viajar en la línea D del subte a andar en autos de lujo. De vestir ropa sencilla a usar ropa de marca. En YouTube hay varios videos de las tres vidas que se conocen de Higgins, hasta ahora. El empresario que decía codearse con el poder mundial, el que fue acusado de estafa y el que aparece durmiendo en la calle.
Max Higgins recorría el campo de juego abrazado a Maradona
Pero un día todo se terminó. Zapata lo denunció por violencia machista. Y mostró una carpeta con información según la cual Higgins estuvo preso en los Estados Unidos y en Inglaterra por estafar con cheques sin fondo y fabulación. Era considerado un estafador profesional.
En uno de los videos caseros, aparece durmiendo en una puerta cerca de la esquina de las avenidas Alem y Corrientes, en Retiro. Un joven lo despierta de un grito. Higgins se destapa, viste una camiseta de fútbol. Lo saluda y le pide, en un castellano limitado:
-¿No tiene plata para comida? Todo el día hambre.
Pero el domingo 11, el youtuber Magnus Mefisto, que tiene más de un millón de suscriptores, lo entrevistó en el mismo lugar. Higgins estaba sentado sobre una frazada, vestía un pantalón y un saco gris y usaba un maletín como almohada.
-Soy JFK como el presidente Kennedy, pero yo soy negro -dijo en inglés.
A medida que hablaba, hacía gestos elocuentes, como si con ese énfasis buscara que creyeran en su relato.
-¿Dónde está el dinero? -le preguntó Mefisto.
-El dinero está embargado, pero necesitas entender algo. ¿Has visto a Argentina colapsando en el pasado? En 2001 y 1994. El Congreso argentino no logra superarlo. El dinero está embargado. Deben liberarlo para que siga con Disney.
En un confuso español, Higgins siguió:
-El peso está en caída libre, está muy bajo. El dinero que me embargaron no es poco. Dos billones de dólares no es poco, pero no puedo mantenerlos porque los impuestos son altos. No puedo mantener los campos o seguir construyendo Disney. Necesito acceso a mi dinero y a los departamentos. ¡Esto es ridículo! El dinero está en la Argentina. Yo tengo mucho, lo sabes. Quiero que pongas esto en las noticias internacionales. Hay mucha corrupción aquí. Escucha atentamente: mi fama es mala, pero nadie va alejarme de mi dinero, ¿entiendes?
-¿Por qué terminó en la calle?
-Desde 2007 es como una montaña rusa para mí. Espero que llegue esto a los argentinos que viven en Estados Unidos y ellos dirán, y hasta Donald Trump dirá, que la clave del rescate de la economía es Max Higgins, yo tengo la solución. Si mi dinero es liberado, el peso flotará y volverá el uno a uno. Puedo salvar al país. Pero no tengo acceso al dinero. Necesito dinero para pagar taxi, para pagar a abogados. Traeme dinero para el taxi.
-¿No le quedaron amigos?
-A nadie. Ni los que estuvieron en el poder en 2007. Kirchner murió. Y los top millonarios están en bancarrota -dice Higgins y muestra su barbijo todo sucio-. Esto es bancarrota. Cerraron subte, negocios, esto no funciona.
-¿Cómo se volvió un vagabundo?
-Si soy un vagabundo, tú eres un vagabundo. Tengo dinero. En Navidad el país va a colapsar. El dólar está 74 a 1. La Policía Federal me toma de chiste. ¿Cuánto está Mc Donalds? Necesito dinero, tenemos que lidiar con gente de negocios. Necesito negociar con un senador federal, un abogado, un escribano. Las personas promedio no entienden de política.
Después de despedirlo, la cámara se quedó con la última imagen de Higgins: abrió el paquete de empanadas, que le dejó Mefisto, y las pasó, una por una, a una pequeña bolsa de plástico. Miraba como si lo que estuviera ante él fuera un tesoro, como los que soñaba cuando decía ser millonario. Luego las acomodó en su maletín, con una lata de gaseosa. Adentro tenía un peine, un poco de ropa, algo más de comida y una caja de cigarrillos.
El video, hasta el martes al mediodía, tenía más de 90 mil vistas y 1500 comentarios. Entre ellos, personas que lo vieron mendigar en la calle o en su mejor época. “Era uno de los custodios de un boliche vip donde este hombre venía y gastaba fortunas. En toda la disco adornaba a todo el mundo, la verdad un tipo copado pero raro, muy raro, muy volado. Conozco a su ex secretaria, es una chica ‘famosa’ y todo su entorno fue así, muy extraño”.
Otro comentario dice: “Lo veía durmiendo en la puerta del Patio Bullrich. Le llevaba comida y una vez le conseguí un colchón. Lo raro es que a veces desaparecía y volvía con un traje, como los que usaba en su etapa dorada”. “Yo lo vi rancheando en el Luna Park, con pibes que fumaban paco. Los pibes se reían porque él no paraba de hablar, se levantaba, hacía gestos, gritaba, parecía un actor en el escenario. Un loco”.
“A diferencia de otra gente que vive en la calle no se lo ve sucio ni maloliente. Lo vi en el Bajo. Habla solo. O usa un celular sin batería. No se lo ve con otros linyeras. A veces le preguntas algo y no responde, se queda mudo”, dice otro cibernauta.
Distintas personas proponen ayudarlo, llevarle comida o dinero
Una joven da su aporte: “Literalmente no sabía quién es, trabajé durante el 2018-2019 en un local de cosméticos en Bullrich, él estaba todas las noches ahí afuera, en la vereda del shopping. Nunca se animó a entrar. Recuerdo que me llamó mucho la atención escucharlo hablar en inglés y gesticulando como si estuviera teniendo una charla con alguien más. Lo único que llevaba encima era una campera negra y una manta con la que se tapaba. Me acaba de volar la cabeza este video”.
Otro dato de un suscriptor de Mefisto: “En 2019 lo vi por Alem en traje y un bolso deportivo, solía estar sentado y otras veces se quedaba dormido. La primera vez que lo vi me dio la sensación de que le habían robado. Pero le pasó algo o le hicieron algo”.
Otras personas proponen ayudarlo, llevarle comida o dinero. O conseguirle un abogado. Hay opiniones de todo tipo que van de un extremo a otro: que delira, que está loco, que le lavaron la cabeza, que es un estafador que terminó como debía terminar, que los políticos se quedaron con su dinero, que calla algo que le hicieron.
Antes de su caída, Higgins seguía yendo a San Pedro con su séquito, hombres vestidos de negro, especie de guardaespaldas y otros con turbante, que al parecer eran enviados del príncipe de Dubai. Higgins mostraba planos, señalaba un gran descampado de 132 hectáreas donde, decía, iba a funcionar el Disney argentino. Pero The Walt Disney Company lo desmintió y amenazó con iniciarle acciones legales.
Lo mismo que Warner Bros, porque Higgins decía ser dueño de una empresa llamada Higgins Warner Corporation.
En sus eventos deportivos anunciaba el apoyo de marcas famosas que nunca estuvieron.
Si era un impostor, ¿de dónde salió su dinero?
Se sospecha que el tipo de estafa que cometía era la denominada “Esquema Ponzi”, por el estafador italiano Carlo Ponzi, una operación fraudulenta y piramidal que consiste en pagar a los inversores actuales los intereses obtenidos de nuevos inversores y no de ganancias genuinas.
Lo cierto es que Higgins, que vestía trajes de todo tipo, con tiradores, zapatos valuados en mil dólares, y se paseaba de un lado a otro con un helicóptero, desapareció del mapa.
Higgins vestía trajes de todo tipo, con tiradores, zapatos valuados en mil dólares
En 2013, el noticiero de América recordó la historia de Higgins en un informe. En una de las imágenes se lo veía bajar de un helicóptero encabezando una comitiva con hombres que vestían túnicas y turbantes. Un televidente, Fabián Lescano, que vendía choripanes frente al Aeroparque, descubrió que ese empresario que resultó un fraude no era otro que el linyera que iba a su puesto a pedirle comida, agua o cigarrillos.
Al vendedor, a cargo de Choripán Don Mario, se le ocurrió grabarlo con su celular. En el video casero, Higgins come sentado a una mesa de plástico con rapidez, como si llevara varios días sin probar bocado.
A partir de esta revelación, en el noticiero fueron a buscar a Higgins. Lo encontraron viviendo en una guarida subterránea.
Lo llamaron por su nombre y emergió como si interrumpieran su trance. Miró serio al periodista y comenzó a declamar:
-¡Ven eso en el cielo de noche! Son ovnis, ¿qué creen que nos van a hacer los ovnis? ¿Creen que el mundo es el mismo? ¿Crees que son estrellas? ¿Qué es eso que ven ahí? ¡Ovnis!
Higgins hablaba a los gritos. Luego señaló a unas palomas muertas, casi aplastadas, y dijo que le habían hecho una maldición.
Cuando le preguntaban sobre Maradona, San Pedro o su proyecto para el Disney argentino, no respondía. Seguía con su discurso delirante:
-¿Realmente creen que los argentinos son estúpidos? Disney es veneno para la gente. Son aliens, como gente muerta. ¿Y saben lo que hace la gente muerta? Se recicla. Las letras toman espacio en el tiempo.
Ante la insistencia del periodista, Higgins, abrió los ojos lo más que pudo y dijo:
-Todos los derechos de Disney son míos. Disney es de la Argentina. Los vampiros y los hombres lobos son reales. Lo que necesito es un lugar para que las naves bajen y ayuden a los dueños de la Argentina.
Enseguida, Higgins le dio la espalda al periodista, se subió a un paredón, miró al cielo y comenzó a gritar.
-¡Estoy avistando ovnis!
-Se va a matar -dijo el periodista.
Pero Higgins no lo registró.
Seguía hipnotizado, como si su imagen se hubiese congelado, mirando al cielo.
Higgins lleva casi diez años en la calle, desamparado. Su relato no tiene un hilo, es como si sus palabras se mezclaran. Cuando alguien le habla su tema pasa a ser el dinero que dice tener embargado.
Vive de limosnas y a veces los comerciantes le llevan empanadas o cigarrillos.
Su mirada es triste. No coincide con lo que dice. Con esa esperanza con la que habla.
La calle quizá es una peor condena que la cárcel. Sobre todo para un hombre que se movía como si el mundo le perteneciera.
Y ahora su mundo quedó reducido a las pocas baldosas que ocupa para dormir sobre una frazada sucia.
Solo y olvidado.
ENTREGA ESPECIAL
Del Uber de confianza al asesino: La brutal historia de Glenda Hernández que conmocionó El Salvador
En las calles de Santa Ana todavía pesa el eco de un CRIMEN que estremeció a todos.
Un caso más de VIOLENCIA que comenzó mucho antes del ASESINATO, porque según las investigaciones de la Fiscalía, la víctima vivía atrapada en un círculo constante de MALTRATO, AMENAZAS y MIEDO por parte de Diego Antonio Santos Villanueva, de 34 años, su expareja.

Al principio, él era solo el taxista de confianza —ese conductor que le hacía viajes periódicos y se ganó su confianza hasta entrar en su vida—. Ella le abrió la puerta pensando que sería diferente, que el amor podía cambiarlo. Pero ya no pudo salir. Aunque dijera NO, aunque supiera que el peligro crecía, tuvo tiempo para salir de allí pero no lo intentó. El miedo la paralizó. Pensó que las cosas serían diferentes esta vez.
La tragedia alcanzó su punto más BRUTAL el 19 de abril de 2026, en su propia vivienda en el barrio San Rafael, calle Libertad Oriente, Santa Ana Centro. Ese día, Villanueva entró a la casa. Tras una discusión, la furia se desató sin PIEDAD. Armado con un CUCHILLO, la atacó con saña hasta arrebatarle la vida dentro del lugar donde debía sentirse segura.

La víctima era Glenda Isabel Hernández Trujillo, de 28 años, una joven madre originaria de Texistepeque: trabajadora, instructora de gimnasio, dedicada a su hija de apenas 8 años, amiga de todos, apasionada por el ejercicio y con sueños aún por cumplir. Una mujer que, según sus cercanos, brillaba por su amabilidad y su fuerza.
Pero esa tarde, la pequeña de 8 años se convirtió en la voz que rompió el silencio. Encontró a su madre tirada en el piso de la entrada, con sangre en la cabeza, y marcó a sus familiares por teléfono. “Mamá tuvo un accidente”, dijo quien aún no entiende la magnitud del horror. Los familiares llegaron corriendo, pidieron ayuda médica en el Hospital San Juan de Dios… pero ya era tarde. Glenda yacía sin vida. La Policía Nacional Civil confirmó el feminicidio por arma blanca.
Después del CRIMEN, no hubo remordimiento. Hubo fuga.
Villanueva escapó de la escena, ocultó su vehículo e intentó desaparecer cruzando la frontera hacia Guatemala para burlar a la justicia. Pero la huida terminó cuando agentes policiales lo capturaron y lo entregaron a El Salvador.
Ahora, la Fiscalía General de la República logró que Diego Antonio Santos Villanueva continúe en prisión provisional mientras avanza el proceso penal en su contra por feminicidio agravado. El Juzgado Primero de Paz de Santa Ana ya lo decretó: seguirá tras las rejas.
Pero en la calle se sabe una verdad amarga: cuando la violencia se normaliza, cuando los gritos se ignoran y cuando el miedo se calla, muchas veces la historia termina en TRAGEDIA.
Hoy él duerme tras las rejas. Ella no volverá jamás.
La hija de 8 años tuvo que despedir a su madre en el cementerio de Texistepeque, con el corazón hecho pedazos. Otra familia rota. Otro hogar enlutado.
Y Santa Ana, una vez más, amanece con rabia.
Glenda Isabel Hernández Trujillo. Otro nombre que se suma a la lista de mujeres arrebatadas por la VIOLENCIA. Otro recordatorio de que el miedo no es debilidad… hasta que te mata.

ENTREGA ESPECIAL
Fracaso rotundo del “partido de tiktokers” en el Cuscatlán: el público salvadoreño ya no traga más circo
Lo que prometía ser el “evento del año” organizado por Ricky de San Miguel terminó convertido en el más claro síntoma de que El Salvador ya está harto. El partido de tiktokers que se anunció a bombo y platillo en el Estadio Cuscatlán se celebró ante un graderío prácticamente vacío. Ni las entradas baratas, ni la promoción desesperada en TikTok, ni los llamados constantes de Ricky lograron llenar las tribunas. El mensaje fue contundente: el pueblo ya no quiere más de esto.
El fracaso no fue casualidad. Fue la gota que derramó el vaso de una fórmula gastada hasta la náusea. Durante meses, los mismos rostros de siempre han convertido las redes en un ring de peleas interminables, retos absurdos y “batallas” que más parecen riñas de patio que contenido creativo. El público salvadoreño, que antes consumía todo con curiosidad, ahora mira con fastidio cómo se repite el mismo guion: insultos, vulgaridades, exhibicionismo barato y una obsesión enfermiza por el “flow” y el dinero fácil.
Y aquí está el punto que más duele y que nadie se atreve a decir en voz alta: la gente está cansada de ver a estos personajes pidiendo donaciones, ventas de entradas, “apoyos” y “colaboraciones” para luego despilfarrar todo en vidas de aparente lujo que no generan absolutamente nada de valor social. No hay escuelas, no hay proyectos comunitarios, no hay ayuda real. Solo carros rentados, botellas, fiestas y más pedidos de dinero. El salvadoreño trabajador, que suda la camiseta todos los días para salir adelante, ya no está dispuesto a financiar ese circo.
El estadio vacío del Cuscatlán no es solo una foto vergonzosa. Es una declaración. Es el rechazo colectivo a un estilo que ya no vende: el de la vulgaridad como estrategia, la confrontación como contenido y el mendigar disfrazado de “emprendimiento digital”. Ricky y su grupo de tiktokers pueden seguir grabando videos justificándose, culpando a Yeik, al público o a quien se les ocurra. Pero la realidad es innegable: el pueblo salvadoreño ya no compra el paquete.
Lo que pasó ayer en el Cuscatlán no es el fracaso de un partido. Es el fracaso de un modelo. Y el público, con su ausencia, acaba de dar el pitazo final.
Ya es hora de que los creadores de contenido entiendan que en El Salvador de 2026 la gente exige algo más que gritos, peleas y manos extendidas pidiendo plata. Exige respeto, creatividad real y, sobre todo, que dejen de tomarlos por tontos. El estadio vacío lo dijo todo.
ENTREGA ESPECIAL
El Psicopata que cambio la regla del Narco
Edgar Valdés Villarreal, hijo de un pintor de casas mexicano y una ama de casa tejana, la Barbie. Un apodo que le pusieron en la secundaria por su cabello gero. Un apodo que terminaría escrito con sangre en las calles de Medio México. No había nada en su infancia que anunciara el monstruo. Jugaba fútbol americano en la Lincoln High School.
Linebacker, posición de impacto. Posición de violencia controlada. Sus compañeros lo recuerdan como un chavo popular. Nada extraordinario, nada que hiciera pensar en lo que vendría después. Pero Laredo no es cualquier ciudad, es la frontera y la frontera tiene sus propias reglas.
En los 90, Laredo era un punto de entrada clave para la coca que venía del sur. El cártel del Golfo controlaba la plaza. Los Zetas, un grupo recién formado por desertores del gafe mexicano con influencia de entrenamientos especializados.
Apenas comenzaban a operar como brazo armado. Valdés Villarreal no era un estudiante brillante, no era un atleta excepcional, pero tenía algo que llamaba la atención en ese mundo. No dudaba.
Y en la frontera eso vale más que un título universitario. Finales de los 90. Edgar, todavía adolescente, ya vende marihuana en pequeñas cantidades en su high school.
Nada mayor, nada que llame la atención de las autoridades, pero es suficiente para que los conectes locales lo noten. Un chavo bilingüe que puede moverse entre dos mundos sin levantar sospechas.
Eso es oro en el negocio. 2000. Edgar ya no está en la escuela, dejó el fútbol, dejó cualquier pretensión de vida normal.
Las autoridades de Texas comienzan a investigarlo por distribución de marihuana. Nada grave todavía. Pero suficiente para que tome una decisión que cambiaría todo.
Cruza el río, se va para Nuevo Laredo, del lado mexicano, donde las leyes americanas no llegan, donde un chavo con sus características puede desaparecer o puede convertirse en algo más grande.
Nuevo Laredo, Tamaulipas, 2001. La ciudad es un hervidero. El cártel del Golfo domina, pero enfrenta presión.
El gobierno de Vicente Fox promete mano dura contra el crimen organizado. Los operativos federales se intensifican por primera vez en décadas y en ese caos un gero de Texas encuentra su lugar.
Valdés Villarreal no llega como un narco hecho y derecho, llega como un refugiado, como alguien que huye de problemas menores en el norte, pero tiene conexiones.
Tiene un primo que trabaja para gente pesada y tiene ese perfil que nadie espera. Los primeros meses trabaja en lo básico, mueve paquetes, cobra deudas pequeñas, hace mandados, pero desde el principio muestra algo diferente, no duda.
Cuando le ordenan golpear a alguien, lo hace sin preguntar. Cuando le dicen que entregue un mensaje violento, lo entrega con exceso.
Los jefes locales comienzan a notar al americanito, no por su experiencia, por su disposición. Arturo Beltrán Leyva, el Barbás, en ese momento es uno de los operadores principales de la Federación de Sinaloa en la zona del Golfo.
Controla rutas, coordina envíos masivos y necesita gente de confianza en Nuevo Laredo, gente que no tenga los vicios de los narcos tradicionales, gente que no esté quemada con las autoridades mexicanas.
Alguien le habla de un guero que acaba de llegar de Texas. Alguien que no tiene historial, alguien que puede pasar desapercibido. La primera vez que Valdés Villarreal se reúne con gente de Beltrán Leiva es en una casa de seguridad en la colonia Jardín 2002.
Barbas no está presente, pero sus lugartenientes sí le hacen preguntas, le prueban, le dan una tarea sencilla, recoger un paquete del otro lado y traerlo a Nuevo Laredo.
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Edgar lo hace en menos de 6 horas sin problemas, sin nervios. Cuando regresa, los lugartenientes se miran entre ellos. Este chavo sirve. Los siguientes meses, Valdés Villarreal se convierte en un operador de confianza





