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Explorando la ciencia, bajo la lupa filosófica- Lisandro Prieto Femenía

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“El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro”- Michel Foucault, Vigilar y castigar (1975)

Bien sabemos que la epistemología, disciplina cuyo nombre se deriva del griego episteme (conocimiento) y logos (ciencia o discurso), es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar la naturaleza, el alcance y los límites del conocimiento humano. Si bien las preguntas sobre la verdad y la certeza son tan antiguas como la filosofía misma, la epistemología se consolidó como un campo de estudio diferenciado a partir de la Modernidad. Filósofos como John Locke, David Hume e Immanuel Kant sentaron las bases al indagar en las fuentes del conocimiento, los procesos de la razón y la posibilidad misma de alcanzar la verdad objetiva. Sin embargo, en una era marcada por la post-verdad y la instrumentalización del saber, su utilidad no reside en ofrecer certezas definitivas, sino en la capacidad para desenmascarar las condiciones sociales, políticas y económicas bajo las cuales el conocimiento se produce y se legitima. Su campo de estudio se expande así más allá de la lógica de la justificación para indagar en las relaciones de poder que subyacen a la ciencia, las fuerzas económicas que la orientan y el valor de verdad que se le concede. A partir de ello, la epistemología se constituye como la conciencia crítica de la razón, examinando no sólo los métodos, sino también los intereses.

Históricamente, la filosofía se ha enfrentado al desafío de comprender la dinámica de la ciencia. Puntualmente, Karl Popper, con su criterio de falsabilidad, puso en jaque la idea de una ciencia que produce una verdad absoluta al postular que una teoría científica no es irrefutable, sino provisoriamente válida hasta que un experimento la desmienta. En sus palabras, sostuvo que “la falsabilidad de un sistema debe ser tomada como criterio de demarcación. No exijo que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí exijo que tenga una forma lógica tal que pueda ser seleccionado, en un sentido negativo, por medio de contrastes empíricos” (La lógica de la investigación científica, 1934).

Sin embargo, Thomas Kuhn complejiza este panorama con su noción de “paradigma”. Para él, la ciencia no avanza de forma lineal, sino que opera dentro de un marco de supuestos compartidos que rara vez son cuestionados, al que denominó estadio de “ciencia normal”. En este período, la actividad principal no es la búsqueda de verdades definitivas, sino la resolución de “enigmas” o problemas que el propio paradigma define y permite abordar. También, sostuvo que “un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica, y sólo ellos, comparten” (La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ahora bien, la capacidad de un paradigma para ofrecer herramientas y un marco conceptual para la resolución de estos problemas es lo que realmente lo legitima. Sólo cuando estos enigmas se vuelven irresolubles y se acumulan como anomalías, el paradigma entra en crisis, abriendo la puerta a una “revolución científica” y a la adopción de un nuevo marco que sí se muestre capaz de resolver los problemas.

La precitada noción de paradigma puede ser interpretada de manera análoga a las “epistemes” de Michel Foucault, aunque con una diferencia de alcance. Foucault lo describe como el orden subyacente que organiza el pensamiento de una época y determina las condiciones de posibilidad para el conocimiento en general, abarcando no sólo la ciencia, sino también las artes, la economía y la filosofía. Mientras que el paradigma de Kuhn es específico de una disciplina científica, la episteme de Foucault es una estructura que pre-condiciona de manera anónima y no consciente, el pensamiento de todos los sujetos de una época determinada.

Sobre la precitada base, Imre Lakatos propuso una alternativa con su “metodología de los programas de investigación científica”. Para él, la ciencia no avanza por la refutación de teorías aisladas, sino por la competencia entre programas de investigación, cada uno con un “núcleo duro” o hipótesis fundamentales. Lo explicita con claridad al señalar que “la unidad básica de evaluación no es una teoría aislada o un conjunto de proposiciones, sino un programa de investigación” (La metodología de los programas de investigación científica, 1978). Así, la ciencia se presenta como un proceso de competencia racional, aunque esta racionalidad queda en entredicho cuando se observa la influencia de factores ajenos a la lógica.

Consecuentemente, Robert K. Merton, sociólogo de la ciencia, delineó en su célebre “teoría de las normas”, un ideal regulativo para la ciencia. Estas normas, que incluyen el comunismo (el saber es propiedad colectiva), y el desinterés (el científico busca el saber por el saber mismo), representan la creencia en una ciencia autónoma y virtuosa. Particularmente, expresó que “los cánones de la ciencia son, por un lado, una serie de principios epistemológicos y metodológicos; por otro, una serie de valores y normas que rigen la conducta de los científicos” (Teoría y estructura sociales, 1949). Como podrán apreciar, queridos lectores, se trata de normas que pretenden ser el fundamento de la ciencia, pero que en definitiva constituyen las bases del mito de una ciencia pura, totalmente inexistente en el plano de lo real.

Autores como el precitado Foucault han logrado realizar una crítica aguda al respecto, subvirtiendo radicalmente este ideal. Su tesis del “saber-poder”, argumenta que el conocimiento no es algo que el poder simplemente restringe, sino que lo produce para ejercer un control más sutil y efectivo. Al respecto, es conocidísima su sentencia que versa: “El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro” (Vigilar y castigar, 1975). Conjuntamente, Pierre Bourdieu introdujo el análisis de los campos sociales, sosteniendo que la ciencia no es una comunidad de sabios desinteresados, sino un campo de fuerzas donde los agentes compiten por el capital. En sus palabras, lo explicaba así: “El campo científico es el lugar de una lucha competitiva, en la que el monopolio de la autoridad científica… es la apuesta” (Homo Academicus, 1984). En este campo, los científicos acumulan diferentes tipos de capital (simbólico, económico, social) que determinan su prestigio y capacidad para influir en las decisiones.

Asimismo, Latour nos legó el concepto de “redes sociotécnicas” para demostrar que los hechos científicos no son descubrimientos neutrales, sino que se “construyen” a través de un complejo entramado de actores, que incluye científicos, instrumentos, publicaciones y, crucialmente, inversores. Para él, “Un hecho científico es un híbrido de humanos y no-humanos, de laboratorios y de la sociedad, de textos y de tecnología” (Ciencia en acción, 1987). En estas “redes”, el inversor no es un agente externo, sino el actor constitutivo que orienta la dirección de la ciencia desde su concepción. De este modo, el “desinterés” de Merton se revela como una ficción, y el “comunismo” del saber se desvanece ante la primacía de la propiedad intelectual y las patentes.

En este punto de la reflexión, es preciso explicitar que la ciencia, a menudo idealizada como una empresa que persigue la verdad para el beneficio de la humanidad, no investiga necesariamente lo que la sociedad necesita para vivir mejor, sino lo que el mercado demanda para vender más. Esta subordinación de la razón a la lógica del capital fue analizada con agudeza por la Escuela de Frankfurt. Puntualmente, Jürgen Habermas, por ejemplo, criticó la instrumentalización de la ciencia, que pasa de ser una fuerza de emancipación a una herramienta de control, al exclamar que “el progreso técnico depende hoy de la lógica del capital y del Estado, y no de una orientación hacia los fines de la emancipación humana” (Ciencia y técnica como ‘ideología’,1968).

Esta realidad se manifiesta de manera elocuente en los programas de investigación. El financiamiento de la investigación científica, que actúa como un poderoso actor de las redes de Latour, está sesgado hacia áreas que prometen un rápido retorno económico. Por dar un simple ejemplo, la industria farmacéutica invierte miles de millones en medicamentos para tratar enfermedades crónicas en países desarrollados, que garantizan un flujo de ingresos constante. En contraste, la investigación de enfermedades que afectan a poblaciones de escasos recursos, como la malaria o el dengue, recibe una financiación desproporcionadamente menor. En este escenario, queridos amigos, el conocimiento se convierte en una mercancía y el científico en un productor de bienes con patente, desmantelando por completo la idea de una ciencia que opera bajo los ideales ridículos que expuso Merton precedentemente.

Si el caso de la industria farmacéutica revela la subordinación de la ciencia a la lógica del mercado, el de la industria militar lo expone en su forma más cruda. En este campo de fuerzas, para utilizar el término de Bourdieu, la competencia no es sólo por el capital económico, sino también por el capital político y simbólico del poder militar. La ciencia es un agente fundamental en esta dinámica. La investigación en áreas como la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y la biotecnología se dirige con frecuencia a la creación de armamento más letal y sistemas de vigilancia más sofisticados, en lugar de resolver los problemas humanitarios más apremiantes.

En las precitadas “redes” descritas por Latour, los contratos multimillonarios de investigación y desarrollo actúan como actores determinantes. Los fondos provenientes de gobiernos y corporaciones de defensa no sólo financian ciertos proyectos, sino que también legitiman y normalizan las agendas de investigación, marginando aquellas que no se alinean con los intereses estratégicos o comerciales. De este modo, la ciencia se convierte en un medio para fines instrumentales, como criticó Habermas, puesto que el progreso técnico no se orienta hacia la emancipación humana, sino hacia la consecución de objetivos de dominación y control. La búsqueda de la verdad se desvía, y la ciencia se instrumentaliza para fines que perpetúan los conflictos, evidenciando una vez más que el saber, lejos de ser un bien y un derecho universal, es una herramienta modelada por el poder.

Ante la eclosión de la era patética de la “post-verdad”, donde la validez de la evidencia es constantemente impugnada, la pregunta sobre la posibilidad de hacer filosofía de la ciencia se vuelve acuciante. La desinformación masiva e intencional, en conjunto con la relativización de los hechos, son la culminación de un proceso en el que la confianza en las instituciones del conocimiento ha sido erosionada. La filosofía, entonces, no puede limitarse a analizar la lógica de los argumentos. Debe enfrentar la tarea de restaurar la validez del discurso racional en una esfera pública que se encuentra fragmentada, y para ello, debe volverse radicalmente política. Su tarea es examinar no sólo la coherencia interna de una teoría, sino su función social y su capacidad para resistir a la instrumentalización por parte de los poderes económicos y políticos.

Si los hechos científicos son construcciones sociales y la financiación de la ciencia está sujeta a intereses del mercado, la idea de la objetividad se presenta como un desafío insoslayable. ¿Es esta una meta alcanzable, o tan solo un ideal regulativo que sirve de coartada a los poderes que la instrumentalizan? Ante la manipulación de la evidencia y la proliferación de información falsa, el rol de la epistemología se ve interpelado. ¿Debe concentrarse en la demarcación entre ciencia y pseudociencia o en la crítica de las estructuras de poder que legitiman ciertos conocimientos sobre otros? Seguidamente, y en una época donde la ciencia se ha vuelto un actor central en la economía global, ¿cómo podemos recuperar una epistemología que interprete el valor del saber no por su rentabilidad, sino por su capacidad de servir a la emancipación de la humanidad?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

· Bourdieu, P. (1984). Homo academicus. Les Éditions de Minuit.

· Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.

· Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI.

· Habermas, J. (1968). Ciencia y técnica como ‘ideología’. Tecnos.

· Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.

· Lakatos, I. (1978). La metodología de los programas de investigación científica. Alianza.

· Latour, B. (1987). Ciencia en acción: Cómo seguir a científicos e ingenieros a través de la sociedad. Labor.

· Merton, R. K. (1949). Teoría y estructura sociales. Fondo de Cultura Económica.

· Popper, K. R. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.

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El puente entre dos mundos: Kant y su “Crítica del juicio”

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“El gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o insatisfacción desinteresada. El objeto de una satisfacción tal se llama bello”: Immanuel Kant, Crítica del juicio, §5 (AA V, 211).

Si la “Crítica de la razón pura” estableció la necesidad y los límites del conocimiento científico y la “Crítica de la razón práctica” fundamentó la moralidad en la autonomía de la voluntad, ambas obras dejaron una profunda fractura en la filosofía de Kant. Por un lado, el mundo de la naturaleza se presenta como un reino de necesidad mecánica, regido por leyes causales inalterables. Por otro lado, el mundo de la moralidad es un reino de libertad, donde la voluntad actúa de forma autónoma. La pregunta crucial que surge es: ¿cómo se relacionan estos dos mundos? Pues bien, la “Crítica del juicio” (1790) es la respuesta de Kant a esta dicotomía. No busca establecer nuevas leyes de conocimiento o moralidad, sino encontrar un principio mediador que salve el abismo entre la naturaleza y la libertad. Es en el juicio, y más concretamente en el juicio estético y teleológico, donde Kant encuentra el puente para unir el universo de “lo que es” con el universo de “lo que debe ser”.

En la filosofía de Kant, el término “juicio” no se refiere simplemente a una opinión o a la capacidad de tomar una decisión moral, como lo usamos en el lenguaje cotidiano. Para él, es una facultad mental crucial, una mediadora entre el entendimiento y la razón. El entendimiento se encarga de aplicar las reglas o conceptos universales (las categorías) a los objetos particulares que percibimos. Por ejemplo, el juicio “el calor dilata el metal” es un acto del entendimiento que aplica la categoría de causalidad a un fenómeno. La razón, por otro lado, busca principios aún más elevados y universales, como los ideales de la moralidad y la libertad. El juicio, sin embargo, ocupa un lugar intermedio, porque su función es la de subsumir lo particular bajo lo universal. Es, en definitiva, la capacidad de determinar si un caso particular se ajusta a una regla general.

En la “Crítica del juicio”, Kant se enfoca en un tipo especial de juicio: el “juicio reflexionante”. A diferencia del “juicio determinante”, que ya tiene una regla y solo necesita aplicarla, el juicio reflexionante no tiene una regla preexistente y debe buscarla. Es la facultad de encontrar un principio universal para lo particular que se nos presenta. Es precisamente esta capacidad de la mente para encontrar coherencia y sentido en la diversidad de la experiencia lo que nos permite experimentar la belleza y percibir la finalidad en la naturaleza. El juicio, por lo tanto, es la bisagra que conecta el mundo de la necesidad, ordenado por las reglas del entendimiento, con el mundo de la libertad, guiado por los ideales de la razón.

La obra se centra en el concepto de la “finalidad sin fin”, una idea que permite a la razón encontrar un principio organizador en la naturaleza sin tener que recurrir a la metafísica o a la divinidad. Este concepto es la clave de la bóveda del sistema kantiano, un principio que permite que la razón actúe como unificadora de las dos legislaciones previas: la naturaleza y la libertad.

El papel de Kant en la estética es fundamental, ya que la elevó a una disciplina filosófica independiente y la dotó de un rigor conceptual sin precedentes. Su análisis del “juicio estético” se adentra en el misterioso terreno de la belleza y es considerado el punto de partida de la filosofía moderna del arte. Kant pregunta: ¿por qué decimos que algo es bello? La respuesta no reside en el objeto, sino en una facultad de nuestro espíritu que es capaz de juzgar sin la mediación de un concepto. Un juicio de gusto, a diferencia de uno cognitivo o moral, no busca decir qué es el objeto, sino expresar una “satisfacción desinteresada”.

El placer que sentimos al contemplar una flor no se debe a que queramos poseerla o a que nos sea útil, sino que proviene de la pura contemplación de su forma. Esta falta de interés es lo que dota al juicio estético de su peculiar universalidad: al no estar atado a un deseo personal, sentimos que cualquier otro ser racional debería compartir nuestra misma apreciación. Es una universalidad sin concepto, una pretensión de validez que no puede ser demostrada lógicamente, pero que se siente como necesaria. La belleza, en este sentido, nos produce la sensación de una “finalidad sin fin”, de que el objeto fue creado con un propósito, de que sus partes encajan de forma armoniosa y perfecta, pero no podemos atribuirle un fin real o empírico. Es la razón la que encuentra en la naturaleza una armonía que, aunque no podamos probar, nos hace percibir una profunda concordancia entre el mundo y nuestra facultad de juzgar.

Junto a la belleza, Kant explora la experiencia de lo “sublime”. Lo sublime no nos produce un placer sereno y confortable, sino una mezcla de placer y dolor, de admiración y terror. A diferencia de lo bello, que se encuentra en la forma finita, lo sublime se manifiesta en la inmensidad y el poder de la naturaleza, como una tormenta en el mar o una montaña imponente. El juicio sobre lo sublime no está en el objeto mismo, sino en el observador. La imaginación, al enfrentarse a la inconmensurable magnitud de la naturaleza, se siente abrumada y desbordada. Sin embargo, en este mismo fracaso, nuestra razón emerge victoriosa, recordándonos nuestra superioridad como seres morales y racionales, que pueden pensar más allá de la fuerza bruta de la naturaleza. Lo sublime, por tanto, conecta el mundo natural con el mundo moral, recordándonos nuestra dignidad como seres racionales capaces de postular la libertad.

También, Kant introduce aquí el concepto de “genio” para explicar la creación de la belleza artística. El genio no es un artesano que sigue ciertas reglas, sino que es la facultad innata de crear aquello para lo que no puede haber una regla fija. Es el talento de producir lo que, sin ser imitado, sirve de modelo para los demás. El genio nos ofrece un “ejemplo” que otros pueden seguir, no mediante la imitación de su técnica, sino de su espíritu. Por otro lado, el buen gusto es la facultad para juzgar la obra de arte, una cualidad que no crea, sino que evalúa. Sin el buen gusto, el genio sería una fuerza caótica, porque es el principio que permite que la obra sea universalmente apreciada, una cualidad que Kant consideraba esencial para la cultura.

En este contexto, la lectura profunda de la “Crítica del juicio” puede representar una crítica certera a la estética decadente de la posmodernidad. En una época donde el arte se reduce a la provocación caprichosa, la autorreferencialidad o el kitsch, la noción kantiana de una belleza que exige universalidad y que se fundamenta en un juicio desinteresado parece un faro en la oscuridad. El arte posmo-progre, como hemos dicho en reiteradas oportunidades, cae en la trampa de la pura particularidad, apelando a los intereses egoístas o a sentimientos meramente subjetivos, en lugar de intentar trascenderlos. Al desdibujar la línea entre el buen gusto y la mera opinión, la estética contemporánea ha perdido la capacidad de juicio y con ella, la posibilidad de un debate serio sobre lo bello. El retorno a la reflexión kantiana también nos invita a restaurar el valor de la belleza como un universal que, sin ser un concepto, nos permite comunicarnos y reconocer nuestra humanidad compartida.

Profundizando aún más en la obra, podemos notar que en la segunda parte de la “Crítica del juicio”, Kant se adentra en el “juicio teleológico”, abordando la pregunta de si podemos ver en la naturaleza una finalidad o un propósito. Al observar un organismo vivo, como un árbol, vemos que sus partes (raíces, tronco, hojas) se relacionan entre sí de tal manera que cada una es, a la vez, causa y efecto de la otra. El árbol parece estar organizado “con un fin”. Sin embargo, Kant insiste en que no podemos afirmar, a nivel de conocimiento objetivo, que la naturaleza tenga un propósito final, puesto que esto sería una violación de los límites de la razón pura.

La finalidad, por lo tanto, no es una propiedad de la naturaleza, sino un principio regulador de nuestro juicio. Es una herramienta metodológica que usamos para ordenar el caos de las leyes naturales y entender fenómenos complejos. La finalidad de la naturaleza no es un hecho que conocemos, sino una suposición necesaria para que la ciencia biológica sea posible. Así, el juicio teleológico nos permite pensar en la naturaleza “como sí” estuviera organizada por una inteligencia, sin tener que afirmar la existencia de esa inteligencia de forma dogmática.

Como podréis apreciar, caros lectores, la “Crítica del juicio” no es un apéndice menor del sistema kantiano, sino la pieza que lo unifica. Su lectura hoy es esencial porque nos ofrece una perspectiva para reconciliar las dicotomías de nuestro tiempo. En una era de especialización extrema, donde la ciencia y la moral parecen hablar de lenguajes distintos, la obra de Kant nos recuerda la importancia de buscar un principio de unidad en la diversidad. Como señaló el filósofo Ernst Cassirer en su obra “Kant, vida y doctrina” (1921), esta obra “no es una simple adición al sistema. Es, por el contrario, la clave para la arquitectura de todo sistema”. La belleza y la finalidad de la naturaleza no nos dan conocimiento de la divinidad, pero sí nos ofrecen una analogía sensible de la moralidad, permitiendo a la razón habitar un universo que no es ni completamente mecánico ni completamente caótico. El juicio, para Kant, es esa facultad que nos permite percibir que, más allá de la necesidad y la libertad, hay una armonía que hace habitable el mundo para el ser humano.

Para cerrar, insistimos en la necesidad filosófica de no endiosar a nadie, ni siquiera a los más importantes pensadores que sentaron las bases del pensamiento occidental. Así, es imprescindible cuestionar que si bien la “Crítica del juicio” intenta resolver la fractura del sistema kantiano, ¿lo logra realmente? ¿Es suficiente una “analogía” o una “finalidad subjetiva” para conciliar la necesidad del mundo natural con la libertad moral? ¿Qué significa que un juicio estético sea universalizable sin un concepto que lo justifique? ¿Acaso no es esto una contradicción inmanente? Y, en última instancia, ¿puede una ética fundada en la razón pura ser verdaderamente autónoma si su sentido último depende de la postulación de una armonía que sólo es posible en el mundo del idealismo?

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Boletín del Círculo de Reflexión Política Siglo XXI N°45: FMLN confirma candidatura presidencial, unidad cyan y la amistad Trump-Bukele impulsan el proyecto de nación en El Salvador

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El Círculo de Reflexión Política Siglo XXI publicó su Boletín Informativo N°45, correspondiente a la semana del 20 al 26 de julio de 2026, donde analiza el panorama político salvadoreño con énfasis en las elecciones internas de la oposición y los avances del proyecto de refundación nacional.

Uno de los temas centrales es la candidatura sorpresiva y divisiva de Rafael Aguirre por el FMLN a la presidencia. Aunque previsible por su trayectoria de izquierda, su decisión de competir en las presidenciales contradice las voces opositoras que promueven el boicot electoral alegando falta de condiciones democráticas. Esta participación evidencia las profundas divisiones en la oposición, con críticas internas que acusan al FMLN de “legitimar la dictadura”, reflejando falta de madurez y estrategia coherente.

El boletín subraya que, para los partidos “cadáveres” tradicionales como ARENA y FMLN, da igual qué candidato presenten. Estos partidos perdieron legitimidad por décadas de corrupción, clientelismo y abandono del pueblo. Ningún rostro nuevo o reciclado puede competir contra la realidad de un El Salvador transformado: sin miedo, con infraestructura moderna, salud digna y estabilidad económica. La política ya no es promesa, sino experiencia tangible.

Se destaca la amistad de larga data entre Donald Trump y Nayib Bukele, basada en coincidencias ideológicas y prácticas: lucha contra pandillas, corrupción, ideología de género y progresismo. Esta relación se tradujo en apoyo concreto durante la pandemia, como la donación de ventiladores y equipo médico. El éxito de Bukele en reducir la emigración benefició también la seguridad de Estados Unidos.

Otro eje es la construcción de un nuevo país. El liderazgo de Bukele ha permitido reinventar El Salvador, conquistando el “infrarrelato” cotidiano de la gente y rompiendo paradigmas. Los opositores, en negacionismo, no comprenden estas transformaciones disruptivas que colocan al país en el siglo XXI.

Finalmente, se enfatiza que la unidad sostiene el proyecto de nación. La figura de Bukele mantiene cohesionado el esfuerzo de Nuevas Ideas y las instituciones del Estado. Se llama a fortalecer la bancada cyan en la Asamblea y resolver diferencias internas para consolidar gobernabilidad y avances. El boletín cierra reflexionando sobre outsiders políticos y la necesidad de pasar del teclado a las urnas.

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El Mundial no cambió a los gigantes… cambió a los pequeños

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Randa Hasfura Anastas

Al final, la lógica terminó imponiéndose.

Francia, España, Argentina e Inglaterra son las cuatro selecciones que llegaron hasta las semifinales. Si alguien mira únicamente ese dato, podría decir que este Mundial no tuvo nada de extraordinario. Los grandes siguen siendo los grandes.

Y tendría razón… pero solo a medias.

Porque si algo nos dejó esta Copa del Mundo no fue la caída de los gigantes, sino el nacimiento de quienes ya no les tienen miedo.

Hace algunos años era impensable imaginar a Paraguay eliminando a Alemania. O a Marruecos dejando en el camino a Holanda. O a Noruega sacando a Brasil del torneo. México llegó hasta enfrentarse de igual a igual con Inglaterra. Egipto hizo sufrir a Argentina. Cabo Verde demostró que ya nadie entra a una cancha solo para cumplir el calendario.

Los favoritos terminaron avanzando, sí. Pero ya no avanzan tan tranquilos.

Y esa diferencia dice mucho más de lo que parece.

Durante décadas vivimos con la idea de que siempre ganarían los mismos. Que las grandes potencias estaban destinadas a dominar mientras los demás simplemente competían con dignidad.

Hoy esa distancia sigue existiendo, pero cada vez es más corta. El fútbol solo nos lo “recordó”.

Porque eso mismo está ocurriendo fuera de las canchas.

El mundo ya no funciona como hace cincuenta años. Han aparecido nuevas economías, nuevos liderazgos, nuevas voces que reclaman un lugar en la mesa donde antes solo se sentaban unos pocos.

Independientemente de la opinión política que cada uno tenga, por ejemplo muchos ven en Palestina la imagen de un pueblo que continúa resistiendo frente a un adversario mucho más poderoso, las redes ayudaron a darle protagonismo en el mundo.

Y no significa que las potencias hayan dejado de ser poderosas. Significa algo mucho más sencillo: el resto del mundo decidió competir.

La historia está llena de ejemplos.

Hubo un Egipto que parecía eterno. El imperio de Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo conocido. El Imperio otomano dominó durante siglos tres continentes. En su momento parecían imposibles de desafiar.

Sin embargo, todos terminaron comprendiendo la misma lección: ningún poder permanece intacto para siempre, no porque tienden a destruirse, sino porque otros comienzan a crecer.

Un gran ejemplo es El Salvador. Hace apenas unos años, muy pocos habrían apostado un solo peso por verlo destacar en el escenario internacional. Sin embargo, hoy aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre seguridad, inversión, turismo y transformación institucional. Demuestra que los países pequeños también pueden cambiar su destino cuando deciden competir y dejar de verse a sí mismos como débiles.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. No estamos viendo el fin de los gigantes, sino el final del miedo hacia ellos.

Tal vez esa sea también la mejor manera de entender el momento que vive el mundo. Los grandes siguen estando ahí. Siguen siendo fuertes. Pero ya no juegan solos.

Porque el cambio no comienza cuando el poderoso deja de ser fuerte.

El cambio comienza cuando el pequeño descubre que también puede ganar.

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