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Explorando la ciencia, bajo la lupa filosófica- Lisandro Prieto Femenía

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“El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro”- Michel Foucault, Vigilar y castigar (1975)

Bien sabemos que la epistemología, disciplina cuyo nombre se deriva del griego episteme (conocimiento) y logos (ciencia o discurso), es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar la naturaleza, el alcance y los límites del conocimiento humano. Si bien las preguntas sobre la verdad y la certeza son tan antiguas como la filosofía misma, la epistemología se consolidó como un campo de estudio diferenciado a partir de la Modernidad. Filósofos como John Locke, David Hume e Immanuel Kant sentaron las bases al indagar en las fuentes del conocimiento, los procesos de la razón y la posibilidad misma de alcanzar la verdad objetiva. Sin embargo, en una era marcada por la post-verdad y la instrumentalización del saber, su utilidad no reside en ofrecer certezas definitivas, sino en la capacidad para desenmascarar las condiciones sociales, políticas y económicas bajo las cuales el conocimiento se produce y se legitima. Su campo de estudio se expande así más allá de la lógica de la justificación para indagar en las relaciones de poder que subyacen a la ciencia, las fuerzas económicas que la orientan y el valor de verdad que se le concede. A partir de ello, la epistemología se constituye como la conciencia crítica de la razón, examinando no sólo los métodos, sino también los intereses.

Históricamente, la filosofía se ha enfrentado al desafío de comprender la dinámica de la ciencia. Puntualmente, Karl Popper, con su criterio de falsabilidad, puso en jaque la idea de una ciencia que produce una verdad absoluta al postular que una teoría científica no es irrefutable, sino provisoriamente válida hasta que un experimento la desmienta. En sus palabras, sostuvo que “la falsabilidad de un sistema debe ser tomada como criterio de demarcación. No exijo que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí exijo que tenga una forma lógica tal que pueda ser seleccionado, en un sentido negativo, por medio de contrastes empíricos” (La lógica de la investigación científica, 1934).

Sin embargo, Thomas Kuhn complejiza este panorama con su noción de “paradigma”. Para él, la ciencia no avanza de forma lineal, sino que opera dentro de un marco de supuestos compartidos que rara vez son cuestionados, al que denominó estadio de “ciencia normal”. En este período, la actividad principal no es la búsqueda de verdades definitivas, sino la resolución de “enigmas” o problemas que el propio paradigma define y permite abordar. También, sostuvo que “un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica, y sólo ellos, comparten” (La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ahora bien, la capacidad de un paradigma para ofrecer herramientas y un marco conceptual para la resolución de estos problemas es lo que realmente lo legitima. Sólo cuando estos enigmas se vuelven irresolubles y se acumulan como anomalías, el paradigma entra en crisis, abriendo la puerta a una “revolución científica” y a la adopción de un nuevo marco que sí se muestre capaz de resolver los problemas.

La precitada noción de paradigma puede ser interpretada de manera análoga a las “epistemes” de Michel Foucault, aunque con una diferencia de alcance. Foucault lo describe como el orden subyacente que organiza el pensamiento de una época y determina las condiciones de posibilidad para el conocimiento en general, abarcando no sólo la ciencia, sino también las artes, la economía y la filosofía. Mientras que el paradigma de Kuhn es específico de una disciplina científica, la episteme de Foucault es una estructura que pre-condiciona de manera anónima y no consciente, el pensamiento de todos los sujetos de una época determinada.

Sobre la precitada base, Imre Lakatos propuso una alternativa con su “metodología de los programas de investigación científica”. Para él, la ciencia no avanza por la refutación de teorías aisladas, sino por la competencia entre programas de investigación, cada uno con un “núcleo duro” o hipótesis fundamentales. Lo explicita con claridad al señalar que “la unidad básica de evaluación no es una teoría aislada o un conjunto de proposiciones, sino un programa de investigación” (La metodología de los programas de investigación científica, 1978). Así, la ciencia se presenta como un proceso de competencia racional, aunque esta racionalidad queda en entredicho cuando se observa la influencia de factores ajenos a la lógica.

Consecuentemente, Robert K. Merton, sociólogo de la ciencia, delineó en su célebre “teoría de las normas”, un ideal regulativo para la ciencia. Estas normas, que incluyen el comunismo (el saber es propiedad colectiva), y el desinterés (el científico busca el saber por el saber mismo), representan la creencia en una ciencia autónoma y virtuosa. Particularmente, expresó que “los cánones de la ciencia son, por un lado, una serie de principios epistemológicos y metodológicos; por otro, una serie de valores y normas que rigen la conducta de los científicos” (Teoría y estructura sociales, 1949). Como podrán apreciar, queridos lectores, se trata de normas que pretenden ser el fundamento de la ciencia, pero que en definitiva constituyen las bases del mito de una ciencia pura, totalmente inexistente en el plano de lo real.

Autores como el precitado Foucault han logrado realizar una crítica aguda al respecto, subvirtiendo radicalmente este ideal. Su tesis del “saber-poder”, argumenta que el conocimiento no es algo que el poder simplemente restringe, sino que lo produce para ejercer un control más sutil y efectivo. Al respecto, es conocidísima su sentencia que versa: “El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro” (Vigilar y castigar, 1975). Conjuntamente, Pierre Bourdieu introdujo el análisis de los campos sociales, sosteniendo que la ciencia no es una comunidad de sabios desinteresados, sino un campo de fuerzas donde los agentes compiten por el capital. En sus palabras, lo explicaba así: “El campo científico es el lugar de una lucha competitiva, en la que el monopolio de la autoridad científica… es la apuesta” (Homo Academicus, 1984). En este campo, los científicos acumulan diferentes tipos de capital (simbólico, económico, social) que determinan su prestigio y capacidad para influir en las decisiones.

Asimismo, Latour nos legó el concepto de “redes sociotécnicas” para demostrar que los hechos científicos no son descubrimientos neutrales, sino que se “construyen” a través de un complejo entramado de actores, que incluye científicos, instrumentos, publicaciones y, crucialmente, inversores. Para él, “Un hecho científico es un híbrido de humanos y no-humanos, de laboratorios y de la sociedad, de textos y de tecnología” (Ciencia en acción, 1987). En estas “redes”, el inversor no es un agente externo, sino el actor constitutivo que orienta la dirección de la ciencia desde su concepción. De este modo, el “desinterés” de Merton se revela como una ficción, y el “comunismo” del saber se desvanece ante la primacía de la propiedad intelectual y las patentes.

En este punto de la reflexión, es preciso explicitar que la ciencia, a menudo idealizada como una empresa que persigue la verdad para el beneficio de la humanidad, no investiga necesariamente lo que la sociedad necesita para vivir mejor, sino lo que el mercado demanda para vender más. Esta subordinación de la razón a la lógica del capital fue analizada con agudeza por la Escuela de Frankfurt. Puntualmente, Jürgen Habermas, por ejemplo, criticó la instrumentalización de la ciencia, que pasa de ser una fuerza de emancipación a una herramienta de control, al exclamar que “el progreso técnico depende hoy de la lógica del capital y del Estado, y no de una orientación hacia los fines de la emancipación humana” (Ciencia y técnica como ‘ideología’,1968).

Esta realidad se manifiesta de manera elocuente en los programas de investigación. El financiamiento de la investigación científica, que actúa como un poderoso actor de las redes de Latour, está sesgado hacia áreas que prometen un rápido retorno económico. Por dar un simple ejemplo, la industria farmacéutica invierte miles de millones en medicamentos para tratar enfermedades crónicas en países desarrollados, que garantizan un flujo de ingresos constante. En contraste, la investigación de enfermedades que afectan a poblaciones de escasos recursos, como la malaria o el dengue, recibe una financiación desproporcionadamente menor. En este escenario, queridos amigos, el conocimiento se convierte en una mercancía y el científico en un productor de bienes con patente, desmantelando por completo la idea de una ciencia que opera bajo los ideales ridículos que expuso Merton precedentemente.

Si el caso de la industria farmacéutica revela la subordinación de la ciencia a la lógica del mercado, el de la industria militar lo expone en su forma más cruda. En este campo de fuerzas, para utilizar el término de Bourdieu, la competencia no es sólo por el capital económico, sino también por el capital político y simbólico del poder militar. La ciencia es un agente fundamental en esta dinámica. La investigación en áreas como la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y la biotecnología se dirige con frecuencia a la creación de armamento más letal y sistemas de vigilancia más sofisticados, en lugar de resolver los problemas humanitarios más apremiantes.

En las precitadas “redes” descritas por Latour, los contratos multimillonarios de investigación y desarrollo actúan como actores determinantes. Los fondos provenientes de gobiernos y corporaciones de defensa no sólo financian ciertos proyectos, sino que también legitiman y normalizan las agendas de investigación, marginando aquellas que no se alinean con los intereses estratégicos o comerciales. De este modo, la ciencia se convierte en un medio para fines instrumentales, como criticó Habermas, puesto que el progreso técnico no se orienta hacia la emancipación humana, sino hacia la consecución de objetivos de dominación y control. La búsqueda de la verdad se desvía, y la ciencia se instrumentaliza para fines que perpetúan los conflictos, evidenciando una vez más que el saber, lejos de ser un bien y un derecho universal, es una herramienta modelada por el poder.

Ante la eclosión de la era patética de la “post-verdad”, donde la validez de la evidencia es constantemente impugnada, la pregunta sobre la posibilidad de hacer filosofía de la ciencia se vuelve acuciante. La desinformación masiva e intencional, en conjunto con la relativización de los hechos, son la culminación de un proceso en el que la confianza en las instituciones del conocimiento ha sido erosionada. La filosofía, entonces, no puede limitarse a analizar la lógica de los argumentos. Debe enfrentar la tarea de restaurar la validez del discurso racional en una esfera pública que se encuentra fragmentada, y para ello, debe volverse radicalmente política. Su tarea es examinar no sólo la coherencia interna de una teoría, sino su función social y su capacidad para resistir a la instrumentalización por parte de los poderes económicos y políticos.

Si los hechos científicos son construcciones sociales y la financiación de la ciencia está sujeta a intereses del mercado, la idea de la objetividad se presenta como un desafío insoslayable. ¿Es esta una meta alcanzable, o tan solo un ideal regulativo que sirve de coartada a los poderes que la instrumentalizan? Ante la manipulación de la evidencia y la proliferación de información falsa, el rol de la epistemología se ve interpelado. ¿Debe concentrarse en la demarcación entre ciencia y pseudociencia o en la crítica de las estructuras de poder que legitiman ciertos conocimientos sobre otros? Seguidamente, y en una época donde la ciencia se ha vuelto un actor central en la economía global, ¿cómo podemos recuperar una epistemología que interprete el valor del saber no por su rentabilidad, sino por su capacidad de servir a la emancipación de la humanidad?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

· Bourdieu, P. (1984). Homo academicus. Les Éditions de Minuit.

· Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.

· Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI.

· Habermas, J. (1968). Ciencia y técnica como ‘ideología’. Tecnos.

· Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.

· Lakatos, I. (1978). La metodología de los programas de investigación científica. Alianza.

· Latour, B. (1987). Ciencia en acción: Cómo seguir a científicos e ingenieros a través de la sociedad. Labor.

· Merton, R. K. (1949). Teoría y estructura sociales. Fondo de Cultura Económica.

· Popper, K. R. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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