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Imaginando una potente interposición sacra
Por: Lisandro Prieto Femenía
«La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una capitulación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal.»- Papa Francisco, Encíclica Fratelli Tutti, No. 261 (3 de octubre de 2020).
La imagen de la guerra, con su cruda realidad de destrucción y deshumanización, a menudo nos empuja a la desesperanza. Pero, hace un tiempo un hombre sabio me propuso imaginar un escenario que fracturaría esta situación: ¿qué pasaría si, en el epicentro de la vorágine, emergiera un acto de audacia moral tan radical que sacudiera los cimientos de la lógica bélica? En cada hombre, y por extensión en cada sociedad, se libra una lucha perenne entre el bien y el mal. Las guerras, tristemente, no son gestadas por dirigentes como Putin, Trump o Netanyahu por razones humanitarias o en busca del bien común. No debemos ser ingenuos: son impulsadas por la fría ambición de poder político y económico, sin importar en absoluto las vidas humanas que se pierden en la contienda —a veces millones—, las familias truncadas, los desplazados, los mutilados, etc. Esa profunda falta de humanismo es la marca de quienes orquestan la guerra, revelando una perversión en sí misma, motivada exclusivamente por intereses económicos y políticos.
Imaginemos por un instante una escena, quizás utópica en su idealismo, pero profundamente reveladora en su potencia simbólica, en la cual, en medio del intercambio incesante de misiles israelíes e iraníes, más unos cuantos drones y cohetes de los degenerados milicianos de Hamás, el Sumo Pontífice León XIV, con una convicción inquebrantable, decide cruzar las líneas del frente.
En esta visión distópica, casi apocalíptica, veríamos al Papa no en un púlpito o en un palacio apostólico, sino en las ruinas de Gaza, arrodillado sobre el polvo y los escombros que alguna vez fueron hogares, escuelas u hospitales. Su figura, símbolo de una fe que trasciende fronteras y dogmas, se alza frágil pero inmensa frente a la trayectoria inminente de los proyectiles. Con los brazos extendidos, o quizás con las manos juntas en señal de súplica, su voz resuena en un grito desesperado que busca ahogar el estruendo de esta ambiciosa guerra: «¡NO! ¡Haya paz!» Su presencia, un faro de humanidad en el epicentro de la barbarie, se interpone físicamente entre la furia de los misiles y la desolación de las ciudades asediadas y sus habitantes desahuciados. Proponer que el Papa lidere personalmente y de cuerpo presente en el conflicto, es un «decir basta» rotundo al mal, a la destrucción sin sentido, a la perversión inherente a la guerra.
Este acto, cargado de una inmensa fuerza moral y espiritual, nos obliga a contemplar la esencia de la guerra y la delgada fibra de nuestra humanidad. ¿Sería la figura del Papa, encarnación de la moral y la compasión universal, suficiente para que los dedos de quienes aprietan los gatillos duden? ¿Detendría un piloto de un F-16 o un operador de dron su misión al ver la silueta de León XIV en el objetivo, o los milicianos de Hamás pausarían sus lanzamientos al presenciar tal sacrificio? Esta hipotética interposición no solo detendría el fuego, sino que pondría a prueba la misma lógica de la beligerancia, preguntándonos si hay un límite moral que ni siquiera la brutalidad del conflicto se atrevería a cruzar. La situación nos confronta con la tesis de Carl von Clausewitz, quien en su obra fundamental De la Guerra (1832) afirmó que «la guerra no es más que la continuación de la política con otros medios». Si este acto del Sumo Pontífice tuviera éxito en detener la violencia, ¿significaría que la política y la moralidad tienen un medio superior, capaz de trascender la propia guerra?
La imagen del Papa en el campo de batalla no es meramente un acto de heroísmo, sino una provocación profunda a las conciencias e intereses. Algunos podrían tacharlo de ingenua quijotada, un gesto insignificante ante la implacable maquinaria de guerra y los intereses geopolíticos. Sin embargo, otros lo percibiríamos como un acto de valentía suprema, una manifestación pura de la conciencia moral que busca despertar la humanidad dormida en el fragor de la batalla. Esta acción radical nos fuerza a inquirir sobre la prevalencia de los imperativos morales frente a la inercia de la estrategia militar y la seguridad nacional. ¿Podría la empatía y la compasión dictar una pausa, un momento de reflexión que rompa el ciclo de la venganza?
La posibilidad de un acto así, de un líder espiritual interponiéndose físicamente en un conflicto armado, no es enteramente ajena a nuestro imaginario cultural. Se vienen a mi mente dos escenas sublimes de la ficción, como las retratadas en la aclamada serie «The Young Pope», donde el enigmático Pío XIII (Jude Law) avanza con una calma sobrenatural hacia una escuela con niños rehenes, logrando que su sola presencia detenga el enfrentamiento. De manera similar, en «The New Pope», presenciamos a un ficticio Juan Pablo III (John Malkovich) confrontando el horror crudo de un devastador ataque terrorista al visitar el lugar mismo de la tragedia, donde su voz se eleva en un potente y desgarrador «¡No!» ante la violencia y el sufrimiento allí vertido. Estas representaciones cinematográficas, si bien no se acercan a la realidad, anclan la poderosa idea de que una figura inmensa de autoridad moral, incluso desprovista de poder material, puede ejercer una influencia transformadora. Nos invitan, en definitiva, a considerar si esa potente fuerza simbólica, esa profunda fe en la conciencia ajena, podría efectivamente trascender el cálculo brutal de la guerra e inspirar un cese a la violencia.
Más allá de una interrupción momentánea, la cuestión fundamental radica en si un acto simbólico podría catalizar un cambio real en la dinámica del conflicto. ¿Podría sembrar la semilla de una reflexión más profunda en los líderes y las poblaciones, obligándolos a confrontar el costo humano y moral de sus acciones? Para las poblaciones civiles, ya sea en Gaza, Irán o Israel, este gesto podría ser la materialización de una esperanza largamente anhelada o, paradójicamente, una dolorosa revelación de la impotencia ante la barbarie. Mediante esta ficción reflexiva y su correspondiente simbología poderosa, se nos invita a considerar si la mera figura de autoridad espiritual podría forzar un replanteamiento de los objetivos bélicos y un retorno a la senda de la democracia o la confirmación de la decadencia total de la humanidad en su conjunto.
La puesta en escena de un acto tan disruptivo debe ser, para ser verdaderamente contundente y efectiva, necesariamente sorpresiva, impidiendo que los servicios de inteligencia puedan neutralizarla. Su difusión debe ser universal y en directo, garantizando que el mundo entero sea testigo de la interposición. Y el Pontífice no debería estar solo: su figura ha de ir acompañada de las verdaderas víctimas del conflicto, posicionándose en el lugar central de los hechos. Esta imagen busca no solo hacer reflexionar a aquellos «perversos» que dirigen la guerra, sino algo mucho más potente: busca movilizar a la humanidad toda, que no quiere ni necesita ninguna guerra, y hacer que diga «¡basta!» —y basta para siempre. En ese sentido, la potencia de la figura papal, como bien señalaba un personaje como Voiello en la ficción precitada, reside en la conciencia colectiva de sus mil quinientos millones de seguidores. Un ataque a su líder, en tal circunstancia de simbolismo puro, no sería perdonado, despertando el corazón y la mente de millones de cristianos y católicos que quizás hoy profesan una fe teórica, una caridad de pacotilla. ¿Qué clase de caridad cristiana es ver que matan a millones de indefensos por intereses espurios, para luego irme a la cama a rezar un par de avemarías y dormir como un tronco, inmerso en un absoluto individualismo cínico? El cristiano cree que la vida sigue igual, y no es así; los que mueren y sufren son semejantes, hermanos en Cristo.
La pregunta sobre la efectividad de una interposición papal se extiende con igual urgencia al conflicto entre Ucrania y Rusia, donde la devastación, el desplazamiento masivo y la pérdida de vidas son una constante diaria. Aquí, la complejidad es aún mayor, con una confrontación de gran escala entre potencias militares y una dimensión territorial y soberana ineludible. ¿Qué forma tomaría una acción significativa del Pontífice en este escenario?
Si León XIV decidiera visitar las ruinas de Mariupol o interponerse en la línea del frente en el Donbás, su acto no solo sería un grito moral, sino un desafío directo a la Realpolitik que subyace a la invasión. Su presencia allí, desarmada y vulnerable, podría exponer la cruda verdad de la agresión y la resistencia, forzando a los actores a confrontar la humanidad de sus adversarios. ¿Sería la conciencia del liderazgo ruso o ucraniano, por un instante, capaz de anteponer la vida humana a los objetivos militares o territoriales? La historia nos ha mostrado que, en la brutalidad de la guerra moderna, incluso los símbolos más poderosos pueden ser ignorados o utilizados para la propaganda mezquina. Sin embargo, el riesgo de dañar una figura tan venerada podría ser un cálculo político de alto costo, capaz de influir en las decisiones de ataque o defensa.
Estas hipotéticas interposiciones, ya sea en Gaza o en Ucrania, plantean la cuestión de la autoridad moral en un mundo secularizado y multipolar. ¿Tiene la fe aún el poder de detener las balas? La visión de un líder espiritual arriesgando su vida por la paz no solo desafía a los beligerantes, sino que interpela a la comunidad internacional. Demuestra que la inacción no es una opción, que la indiferencia es complicidad y que la búsqueda de la paz es una responsabilidad compartida, no delegable solo a la diplomacia o militar. En los actuales escenarios de devastación, la figura del Pontífice se erige como un recordatorio de que, más allá de la política y la geopolítica, persiste una dimensión trascendente de la moralidad humana, una que clama por el fin del avasallamiento impune y asqueroso sobre la dignidad humana.
Ahora bien, no solo en el cine y las series podemos encontrar aliento. La historia de la Santa Sede está marcada por numerosos esfuerzos por mitigar conflictos, a menudo a través de una diplomacia discreta pero persistente. Un ejemplo paradigmático lo tenemos nosotros mismos, los argentinos, en la mediación de Juan Pablo II en el conflicto del Beagle con Chile a finales de los años 70 y principios de los 80. Cuando ambas naciones estaban al borde de una guerra por la soberanía de unas islas en el Canal de Beagle, la intervención de Su Santidad, a través de su enviado personal, el cardenal Antonio Samoré, logró detener las operaciones militares y sentar las bases para un tratado de paz que evitó un derramamiento de sangre masivo. El Papa actuó como un árbitro moral y político a la distancia, utilizando el peso de su autoridad moral y espiritual para facilitar el diálogo y el entendimiento entre gobiernos militarizados.
Sin embargo, el acto que imaginamos en Gaza, Irán o Ucrania trasciende con creces esta diplomacia tradicional. No se trata de una mediación negociada desde los confines del Vaticano, ni del envío de un emisario con mensajes de paz. Se trata más bien de una interposición in situ, un acto de presencia física vulnerable y directa en el epicentro de la confrontación. Esta diferencia es crucial, porque el Papa, en nuestra hipótesis, no busca sólo el cese de las hostilidades a través de la negociación, sino que se convierte él mismo en el punto de fricción moral, en el obstáculo humano para la continuación de la violencia. Es un cambio de paradigma: de la influencia diplomática a la encarnación viva del imperativo de la paz. Este gesto, si bien puede parecer desesperado, es en su esencia un llamado a la conciencia que busca despertar una respuesta humana inmediata, incluso cuando las estructuras políticas y militares parecen haber olvidado el valor intrínseco de cada vida. En la historia hemos visto que al mundo lo han dirigido muchos perversos, malignos, que destruyen vidas como si ellos fueran los que deciden quiénes viven y quiénes mueren. Nadie les debe haber dado esa facultad, sino que la han tomado ellos mismos gracias a la imbécil pasividad de los buenos, de ese famoso rebaño de «boludos» que no hacen nada. Pues bien, es hora de que alguien se les pare de manos, y el Papa es el indicado.
En definitiva, amigos míos, la imagen de un Pontífice arrodillado entre misiles, gritando por la paz en las ruinas de la desolación es, en su raíz, un acto de fe. No solo fe religiosa, sino fe en la capacidad de la humanidad para detener su propia autodestrucción. Este escenario hipotético-ficticio, que desafía la lógica implacable de la avaricia geopolítica, subraya una verdad fundamental a menudo subestimada en el cálculo del poder: la inmensa autoridad moral que una figura como el Papa puede ejercer.
Más allá de la oración y de los llamados a la paz emitidos desde el balcón de San Pedro, León XIV posee una investidura única, apoyada por una comunidad de más de mil quinientos millones de católicos en todo el mundo. Esta vasta congregación no es solo un número; es una red de influencia espiritual y moral que impregna sociedades y culturas y, en última instancia, las conciencias individuales de millones de personas, incluyendo a muchos de aquellos que están en posiciones de poder. El poder de interceder, de movilizar la conciencia global y de personificar el clamor por la paz, no debe ser subestimado. Cuando la diplomacia corrupta tradicional languidece y la razón estratégica prevalece sobre la vida humana, un gesto de tal magnitud, una interposición in situ que desafíe la sed de muerte de la guerra, podría ser el catalizador inesperado que rompa con el ciclo interminable de la violencia naturalizada. Cristo en su momento hizo esto: se expuso a las fuerzas del mal para crear la doctrina del amor y de la paz. No podemos seguir pidiendo amor y paz a los perversos en forma «elegante», ingenua diría, porque se nos ríen en la cara. Pero ponerlos en ridículo, en la posición de tener que decidir si atacar cuando el mismísimo Papa está «poniendo el pecho a las balas», no solo hace reflexionar a los perversos, sino algo mucho más potente: hace que la humanidad diga “¡basta!”. Es también el recordatorio de que los seres humanos, incluso en sus momentos más oscuros, albergamos la capacidad de elegir la compasión sobre la confrontación, la razón sobre la venganza y la paz sobre el abismo del exterminio.
Lisandro Prieto Femenía
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina
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Oscar Martínez Peñate presenta “Modelo Bukele”, una lectura política sobre la transformación del Estado salvadoreño
El escritor e investigador salvadoreño Oscar Martínez Peñate aborda la evolución política reciente de El Salvador en su libro Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño, una obra que busca interpretar el ascenso de Nayib Bukele, la ruptura del bipartidismo y los cambios institucionales registrados desde 2019.
La publicación corresponde a la segunda edición de 2026 y retoma un proyecto editorial iniciado en 2025 bajo el título La experiencia Bukele: El renacer del Estado. El libro fue publicado por Editorial Nuevo Enfoque y reúne más de 150 páginas dedicadas al análisis político, histórico y social del país.
Más que limitarse a describir la gestión gubernamental, Martínez Peñate intenta construir una interpretación doctrinaria del llamado “Modelo Bukele”. Su tesis central sostiene que El Salvador atraviesa un proceso de refundación estatal que no responde plenamente a las categorías tradicionales de izquierda, derecha, socialdemocracia o neoliberalismo.
El autor ubica el origen de esta transformación en el desgaste de ARENA y el FMLN, partidos que dominaron la política nacional durante tres décadas. Desde esa perspectiva, la llegada de Nuevas Ideas habría representado no solo un cambio electoral, sino una ruptura con la estructura partidaria surgida después de los Acuerdos de Paz.
La seguridad pública ocupa un lugar central en la obra. Martínez Peñate plantea que el combate contra las pandillas permitió al Estado recuperar territorios, restablecer su autoridad y modificar la vida cotidiana de comunidades sometidas durante años a extorsiones, amenazas y restricciones de movilidad. El propio prólogo reconoce, no obstante, que estas políticas han provocado debates sobre derechos fundamentales y sostenibilidad institucional.
El libro también analiza el papel de las redes sociales, la movilización ciudadana y la capacidad de Bukele para conectar con sectores que ya no se sentían representados por partidos, sindicatos o movimientos sociales tradicionales. El autor interpreta ese fenómeno como una nueva forma de organización política, integrada por distintas generaciones y articulada principalmente alrededor de una identidad común.
Otro de los aportes de la publicación es su intento por convertir una experiencia política todavía en desarrollo en objeto de estudio académico. La obra incluye capítulos sobre institucionalidad, elecciones, movimientos sociales, políticas públicas, seguridad, educación, economía, turismo y la posible consolidación del “bukelismo” como corriente ideológica.
El enfoque de Martínez Peñate es claramente favorable al proyecto político del presidente Bukele, por lo que el libro puede leerse tanto como una defensa intelectual del oficialismo como una fuente para comprender la narrativa con la que sus simpatizantes explican la transformación del país. Ese posicionamiento no resta interés al texto, pero sí obliga al lector a contrastar sus conclusiones con otras investigaciones y voces críticas.
Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño aparece en un momento en que la experiencia salvadoreña genera atención internacional, admiración, cuestionamientos y debates sobre seguridad, democracia y concentración del poder. La obra se incorpora así a una discusión que trasciende a El Salvador: si el fenómeno Bukele constituye una fórmula replicable, una experiencia excepcional o una etapa política cuyo verdadero alcance aún está por definirse.

Óscar Martínez Peñate, autor del libro El Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño, en su Segunda Edicion.
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Cuando Kant nos obligó a pensar de nuevo – Lisandro Prieto Femenía
“Hasta ahora se ha creído que todo nuestro conocimiento debía regirse por los objetos… Hagamos, pues, por una vez, la prueba de si no adelantamos más en los problemas de la metafísica, admitiendo que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento”.
Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Prólogo a la segunda edición (B XVI)
Hoy quisiera invitarlos a reflexionar sobre la obra de Immanuel Kant, un proyecto monumental que consta de tres entregas en las que analizaremos las principales contribuciones de su pensamiento crítico. Puntualmente en esta oportunidad, examinaremos su “Crítica de la razón pura” (KritikderreinenVernunft), la piedra angular de su sistema filosófico. Este texto, publicado en 1781, no es un tratado académico entre otros, sino un audaz llamado a la razón para que se someta a su propio tribunal, para que sea ella misma quien determine sus límites y sus posibilidades.
¿Usted sabe quién fue Kant? Le cuento. Immanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo prusiano, una de las figuras más influyentes de la Ilustración y el pensamiento occidental. Nació y falleció en Königsberg, Prusia Oriental (actual Kaliningrado, Rusia), lugar del que nunca se alejó más de cien kilómetros. Su vida se caracterizó por una rutina tan rigurosa y metódica que se convirtió en una leyenda. Se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar, impartía clases en la Universidad de Königsberg, almorzaba y luego realizaba su famoso paseo vespertino, un ritual tan exacto que, se cuenta, los vecino ponían en hora sus relojes al verlo pasar.
Así, lisa y llanamente, un temático incurable. Su existencia, lejos de ser bohemia, fue la de un académico tan disciplinado como solitario. Nunca se casó ni tuvo hijos, dedicando su vida por completo a la reflexión filosófica. Su carácter era a la vez austero y sociable. Mantuvo un círculo de amigos y colegas con los que se reunía en cenas regulares, en las que se discutían temas de actualidad y filosofía, siempre con un estricto protocolo. Este rigor no era un fin en sí mismo, sino un medio para liberar la mente de las distracciones triviales y concentrarse en los grandes problemas del conocimiento.
La grandeza de Kant como filósofo no radica en una vida aventurera o en un carácter excéntrico, sino en su capacidad para sintetizar y superar las tradiciones filosóficas de su tiempo. Su pensamiento representa una culminación de la filosofía moderna, marcando un punto de inflexión. Fue el primero en establecer los límites de la razón de manera sistemática, demostrando que ciertas preguntas de la metafísica tradicional son irresolubles para la razón teórica. Como bien señaló el filósofo Wilhelm Dilthey, Kant “ha fijado en la historia de la humanidad un nuevo punto de partida”, al llevar a cabo una autocrítica de la razón misma (Dilthey, “La esencia de la filosofía”, 1914, p. 251). Su legado es un sistema filosófico que, a pesar de su complejidad, sigue siendo un modelo de rigor, honestidad intelectual y búsqueda incansable de la verdad. Si me preguntan a mí sobre su importancia, les diré siempre que, a diferencia de Foucault, Kant es uno de los autores que ningún filósofo que se precie de serlo, puede dejar de leer e intentar comprender.
La lectura de Kant, hoy en día, no es un ejercicio de erudición histórica, sino una necesidad para quienes buscan orientarse en un mundo saturado de información, mayoritariamente falsa, y post-verdades confusas. Su obra nos dota de herramientas para discernir entre la certeza del conocimiento científico y la especulación metafísica, mientras que nos enseña a ser críticos con la propia estructura de nuestro pensamiento, reconociendo que el conocimiento es más que un mero reflejo del mundo exterior, sino una compleja construcción en la que participamos activamente. La vigencia de Kant reside en su capacidad para recordarnos que, antes de intentar resolver los grandes enigmas del universo, debemos entender las potencias y limitaciones de nuestra propia mente.
El corazón de su obra es lo que denominó “el giro copernicano”. Sí, al igual que Copérnico, abandonamos la idea de que el sol gira alrededor de la Tierra, y en su lugar, admitimos que es la Tierra la que gira alrededor del sol, ¿qué pasaría si en la filosofía hacemos eso mismo? ¿Qué sucede si, en lugar de que nuestro conocimiento se regule por los objetos, los objetos se regulen por nuestro conocimiento? Éste es el cambio de perspectiva revolucionario que Kant propone.
“Hagamos, pues, por una vez, la prueba de si no adelantamos más en los problemas de la metafísica, admitiendo que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento. Ello concuerda ya mejor con la exigida posibilidad de un conocimiento a priori de los objetos, que ha de establecer algo sobre estos antes de que nos sean dados. Es exactamente lo mismo que ocurrió con los primeros pensamientos de Copérnico”. (Kant, 1787, B XVI)
Este cambio radical de enfoque implica que el conocimiento no es una copia pasiva de la realidad, sino una construcción activa de la mente. Nuestra experiencia del mundo no es la cosa en sí (noúmeno), sino el fenómeno, un producto de la interacción entre la materia de la sensación y la forma que nuestra propia mente le impone.
Recordemos que, para Kant, el mundo que percibimos está inevitablemente mediado por dos formas esenciales de nuestra intuición sensible: el espacio y el tiempo. No son conceptos derivados de la experiencia, sino condiciones a priori que hacen posible cualquier tipo de experiencia. Puntualmente, en el apartado de la “Estética trascendental”, argumenta que “El espacio no es un concepto empírico, que se haya derivado de experiencias externas. En efecto, para que ciertas sensaciones se refieran a algo fuera de mí (es decir, a algo en otro lugar del espacio distinto de aquel en el que me hallo), así como para que yo pueda representarlas como estando unas junto a otras, y, por lo tanto, no sólo diferentes, sino en lugares diferentes, es necesaria la representación del espacio” (Kant, 1787, A 23/B 38). Así, espacio y tiempo son, por lo tanto, las “gafas” con las que miramos el mundo y no podemos quitárnoslas para ver la realidad “desnuda”. Toda nuestra percepción, interna y externa, está organizada por estas estructuras innatas.
Una vez que las sensaciones son organizadas por el espacio y el tiempo, el entendimiento entra en acción. En la “Analítica trascendental”, Kant introduce las categorías, que son conceptos puros (a priori) que nuestra mente usa para juzgar y pensar sobre los objetos. No son ideas innatas, en el sentido racionalista, sino funciones lógicas que nos permiten conectar y unificar la diversidad de la experiencia. Las más famosas son la de causalidad y la de sustancia. Ya Hume había demostrado que la causalidad no se puede observar en la experiencia, puesto que sólo vemos una sucesión constante de eventos. Kant, sin embargo, argumenta que la causalidad es una categoría del entendimiento, una ley que nuestra mente impone a la naturaleza para poder tener experiencia coherente y ordenada.
Consecuentemente, el filósofo Ernst Cassirer, en su obra “Kant, vida y doctrina”, subraya la importancia de esta facultad, al indicar que “la filosofía kantiana […] significa el descubrimiento de que la ciencia no es una reproducción pasiva de los hechos dados, sino una formación activa, una creación espiritual original” (Cassirer, 1921, p. 110). La ciencia, en este sentido, supera la perspectiva de ser una simple descripción de los hechos, sino una actividad creadora que organiza el caos sensorial en un universo comprensible.
En este punto, es necesario detenernos y analizar con claridad el juego existente entre las sensaciones y el entendimiento, es decir, ¿cómo “cocinamos” el conocimiento? Como habrán podido apreciar, la filosofía de Kant puede parecer muy abstracta, pero si la entendemos con una analogía simple, su genialidad se vuelve evidente. Pensemos en nuestra mente como un cocinero que debe preparar un pastel. Los ingredientes brutos, como la harina, los huevos o el azúcar, son las sensaciones: el color de una manzana, el sonido de una campana, el tacto de una superficie. Estos ingredientes nos llegan desordenados, como un caos de percepciones sin sentido.
Aquí es donde entran en el juego las “recetas” de nuestra mente. Antes de que el cocinero pueda hacer algo con los ingredientes, ya tiene una idea de lo que es un pastel, y sabe que la harina, los huevos y el azúcar se combinan de cierta manera. De forma similar, nuestra mente posee una serie de estructuras innatas, de las cuales ya hemos hablado, que Kant llama formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo) y categorías del entendimiento. Estas son las “recetas con las que organizamos las sensaciones.
El filósofo Robert Paul Wolff, en su obra titulada “La teoría kantiana de la actividad mental”, utiliza una analogía diferente pero igual de esclarecedora, al referirse al entendimiento como un “productor de juicios”. Explica que “el entendimiento no es una facultad para crear ideas, sino una facultad para juzgar. La tarea del entendimiento es tomar los datos de la sensación, que ya están ordenados en el espacio y el tiempo, y unificarlos en juicios que puedan ser verdaderos o falsos” (Wolff, 1963, p. 89). En esta metáfora, el entendimiento sería la facultad que nos permite decir: “esto que veo es un árbol” o “el calor dilata los metales”. Sin las categorías, esas sensaciones serían una “ciega multitud”, incapaces de formar un objeto de conocimiento coherente. Es en la unión de la experiencia (ingredientes) y las formas innatas de la mente (recetas) donde emerge el conocimiento del fenómeno.
Así, cuando percibimos una manzana, las sensaciones de su color rojo, su forma redonda y su sabor dulce son organizadas por el espacio y el tiempo. Pero es el entendimiento, con sus categorías de sustancia y cualidad, el que nos permite juzgar que “esto es una manzana”, una cosa con ciertas propiedades. La manzana que conocemos es una construcción de nuestra mente, y por eso podemos decir que el conocimiento es el resultado de la síntesis entre lo que recibimos y lo que aportamos.
En definitiva, queridos lectores, la “Crítica de la razón pura” establece un territorio seguro para el conocimiento científico, pero a un costo: el de declarar la imposibilidad de la metafísica como ciencia. Al trazar esta frontera, Kant nos deja ante un dilema fundamental: si la razón teórica no puede probar la existencia de la libertad o del alma, ¿cómo podemos justificar la moralidad, la dignidad humana o la posibilidad de un actuar ético? ¿Se reduce la libertad a una ilusión, o existe otra forma de razón, una razón práctica que pueda postular estos conceptos no como objetos de conocimiento, sino como condiciones necesarias para la acción? Esta inquietante pregunta, que la razón pura no pudo resolver, nos servirá de guía para nuestra próxima exploración: la “Crítica de la razón práctica”.
Lisandro Prieto Femenía
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¿Y si dejamos de naturalizar a la corrupción?
Lisandro Prieto Femenía
“Los hombres se hacen constructores construyendo, y citaristas tocando la cítara; así también, practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la templanza, templados; y practicando la fortaleza, fuertes”.Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 1, 1103a34-b2.
¿Qué sucede cuando lo aberrante se transforma en el paisaje común? ¿Cómo una sociedad, antaño indignada por la desviación moral, llega no sólo a tolerar, sino a promocionar y naturalizar la corrupción hasta el punto de que ésta se convierte en un engranaje más de su mecánica existencia? Este fenómeno, que trasciende la mera esfera jurídica y económica, es en su médula una profunda crisis ética, una herida abierta en el alma colectiva que la filosofía, a lo largo de los siglos, ha intentado comprender y, acaso, sanar. Al mirar hacia atrás, no buscamos mostrar resúmenes de doctrinas muertas, sino las voces de pensadores que, desde sus respectivas épocas, nos arrojan luz sobre esta inquietante metamorfosis: la corrupción pasó de ser lo excepcional a ser lo esperable.
Si nos remontamos a la antigua Grecia, cuna del pensamiento occidental, hallamos que la corrupción no era percibida como una anomalía administrativa sin más, sino como una enfermedad ontológica capaz de carcomer el propio ser de la comunidad. Recordemos que para Platón, en su obra magna titulada “La República”, la justicia era la armonía del alma individual reflejada en la polis. De ahí que una ciudad dominada por la corrupción fuese, sin más, una entidad enferma, un espejo distorsionado de almas viciadas. “¿Acaso la virtud no es la salud, la belleza y el buen estado del alma, y el vicio la enfermedad, la fealdad y la debilidad?”(Platón, La República, Libro IV, 444e), interrogaba, implicando que la aceptación social de la corrupción equivalía a una renuncia colectiva a la salud moral. Lo que hoy naturalizamos, ellos lo habrían visto como el síntoma terminal de una comunidad desvirtuada, es decir, condenada al fracaso.
Por su parte, Aristóteles, con su pragmatismo plasmado en la “Ética a Nicómaco”, nos recuerda que somos lo que hacemos; la virtud no es hereditaria ni tampoco innata, sino el resultado de la práctica constante, es decir, del hábito. Si esta es la mecánica de la virtud, ¿qué nos dice una sociedad que, con asiduidad, practica la injusticia, naturalizando el desvío? Pues bien, la naturalización de la corrupción es, para Aristóteles, la formación de un hábito vicioso colectivo, una atrofia de la capacidad social para florecer en el bien.
También, en la antigüedad tenemos los aportes de los estoicos, guardianes de la fortaleza interior frente al caos exterior. Para figuras como Séneca y Marco Aurelio, la corrupción no era sino la prueba más clara de la esclavitud a las pasiones: la avaricia, el poder y el placer por lo efímero. Su filosofía no buscaba tanto reformar la sociedad directamente, sino más bien dotar al individuo de una inquebrantable fuerza moral ante las tentaciones externas. Séneca, con su característica agudeza moral, nos advertía que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”(Séneca, Cartas a Lucilio, Carta 95, 33).. Esta máxima es crucial para nuestra reflexión, porque la naturalización de la corrupción no es solo una falla legal, sino una traición a la honestidad intrínseca, una debilidad del carácter que los estoicoscombatirían con el autocontrol y la razón. Por su parte, Marco Aurelio, desde la cúspide del ejercicio del poder imperial, nos interpelaba a la acción directa sobre uno mismo: “No gastes más tiempo argumentando acerca de lo que debe ser un buen hombre. Sé uno”(Marco Aurelio, Meditaciones, Libro X, 16). Desde esta perspectiva, la aceptación tácita de la corrupción representa una claudicación del deber individual de ser virtuoso, una entrega a las bajas pasiones que el sabio estoico se esforzó por dominar durante toda su vida.
Posteriormente, el advenimiento de la Edad Media tejió la ética en el vasto tapiz de la teología cristiana, elevando así la discusión sobre la corrupción a un plano de moralidad trascendente. En este período, la desviación no es sólo un error humano, sino una afrenta al orden divino. San Agustín de Hipona, en su monumental obra titulada “Ciudad de Dios”, nos confronta con la dualidad irreconciliable entre la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrenal; esta última, por naturaleza, marcada por el pecado y la búsqueda de bienes temporales en detrimento de la justicia divina. En pocas palabras, para Agustín la corrupción surge de la libido dominandi, es decir, la “pasión de dominar”, o de la concupiscentia, la inclinación desordenada hacia los bienes materiales.
Desde el precitado punto de vista, la naturalización de la corrupción es, en esencia, la manifestación de una sociedad que ha sucumbido a los deseos terrenales y a la voluntad pervertida, alejándose del amor a Dios y al prójimo. Tengamos en cuenta que Agustín, con su profunda introspección sobre la naturaleza humana y el pecado original, nos revela cómo la voluntad, una vez libre, se vuelve esclava de sus propias pasiones desordenadas. Para él, “dos amores fundaron, pues, dos ciudades: la terrena, el amor propio hasta el desprecio de Dios, y la celestial, el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo” (La Ciudad de Dios, Libro XIV, Capítulo 28). Así, tomar con liviandad la corrupción tal como lo hacemos en nuestros días, representa claramente el triunfo de ese amor propio desmedido que construye la ciudad terrena, ignorando completamente el bien común y la moralidad trascendente.
En una línea de pensamiento complementaria, aunque con matices distintos, Santo Tomás de Aquino, heredero del pensamiento aristotélico, concibió la corrupción no sólo como un quebranto social, sino como una desviación de la ley eterna y de la ley natural. Para él, la ley natural es la participación de la criatura racional en la ley eterna, inscrita en el corazón de cada hombre, guiándolo hacia el bien. La corrupción, por ende, es una transgresión de este orden intrínseco: “La ley natural no es otra cosa que la participación de la criatura racional en la ley eterna”(Suma Teológica, I-II, q. 91, a. 2). De esta forma, al corromperse, el ser humano no sólo quebranta la ley positiva, sino que se aleja de su propia naturaleza racional y de la sabiduría divina que la rige. En este enfoque, la naturalización de la corrupción se revela entonces como una “ceguera moral” colectiva, una aceptación tácita del pecado como moneda corriente, despojando a la vida pública de su propósito trascendente y divino. Además, Tomás profundiza en cómo la costumbre puede llevar a la desviación moral, al indicar que “las acciones humanas adquieren especie de moral por el fin, y no por las circunstancias” (Suma Teológica, I-II, q. 18, a. 6). En definitiva, esto implica que, aunque las circunstancias de la corrupción puedan variar, su fin último (el beneficio ilegítimo) es lo que la define moralmente, y su aceptación se vuelve una perversión del fin de la vida política y social.
La Modernidad trajo consigo la promesa de la razón humana y la autonomía, forjando la noción del contrato social como fundamento de la convivencia y el orden político. En este contexto, Jean-Jacques Rousseau, en su influyente “Contrato Social”, concibió la sociedad como un pacto voluntario donde los individuos se unen para asegurar la libertad y el bien común. Desde esta perspectiva, la corrupción se alza como una flagrante traición a este contrato fundamental, un acto de perfidia que subvierte la voluntad general en favor de intereses egoístas. Nuestro autor delineaba el ideal de una comunidad cohesionada indicando que “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo”(El Contrato Social, Libro I, Capítulo VI).Concretamente, la naturalización del robo no es menos que la disolución silenciosa de los lazos que cohesionan la sociedad, un retroceso inquietante a un estado de egoísmo primordial salvaje y al desorden.
En un sendero ético distinto, pero igualmente crítico frente a la corrupción, emerge Immanuel Kant, el gigante de la ética deontológica que nos obligó a confrontar el deber y la autonomía de la voluntad. Para él, la moralidad no residía en las consecuencias de las acciones, sino en la máxima que las impulsaba, en su capacidad de ser universalizada. La corrupción, bajo esta luz, es intrínsecamente inmoral porque no puede ser elevada a ley universal sin autodestruirse; implica usar a las personas como meros medios y no como fines en sí mismos. Así, abrazar colectivamente la corrupción y aplaudirla, expone una contradicción moral abismal, donde las máximas del egoísmo y el particularismo usurpan el lugar del imperativo categórico: «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca meramente como medio” (Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Segunda Sección, AK 4:429). En cristiano: Kant consideraría que la naturalización de la corrupción es, lisa y llanamente, una negación flagrante de la dignidad humana.
Terminando el recorrido histórico, y ya en el territorio decadente de nuestro presente, nos encontramos con la filosofía posmoderna, que nos invita a deconstruir los grandes relatos, a desmantelar las estructuras de poder que subyacen a nuestras “verdades” y a la construcción de lo que consideramos “normal”. Michel Foucault, con su análisis del poder, reveló cómo éste se ejerce no sólo por la fuerza coercitiva, sino a través de los discursos y las prácticas que moldean lo que consideramos aceptable o “normal”. Desde esta perspectiva, la naturalización de la corrupción no es simplemente una falla moral, sino un efecto perverso de discursos y prácticas que legitiman implícitamente lo ilícito, tejiéndolo en el entramado social. Foucault sugería que “el poder no es una cosa que se posee, sino una red de relaciones que atraviesa y produce los cuerpos y los discursos”(Vigilar y Castigar, Primera parte, Capítulo 1, «Cuerpo de los condenados»), indicando con ello que la aceptación irrestricta de la corrupción se torna en la manifestación de cómo ciertas relaciones de poder se perpetúan al margen de la ley, incrustadas en el entramado de lo aceptable.
La naturalización de la corrupción, ese fenómeno que oscila peligrosamente entre la apatía y la aceptación, no es una curiosidad histórica o una mera elucubración académica. Las voces de los filósofos precitados no son ecos lejanos, sino advertencias resonando con escalofriante claridad en nuestro presente. Salvo Foucault, que parece darle un marco teórico a la naturalización de todo lo que está mal, los demás nos han legado un arsenal conceptual robusto que, al aplicarlo a la realidad contemporánea, nos obliga a confrontar una verdad incómoda: ¿Hemos permitido que la libido dominandi de Agustín, la erosión de la virtud aristotélica, la ruptura del contrato rousseauniano o la negación de la dignidad kantiana se conviertan en los pilares invisibles de nuestras sociedades?
Hoy, la corrupción se filtra en cada estrato, desde las cumbres del poder hasta los rincones más cotidianos de la interacción social, amenazando con normalizar lo inaceptable. Vemos cómo el soborno se disfraza de “gestión”, el clientelismo de “lealtad”, y el desvío de recursos de “eficiencia”. Hemos llegado a un punto en que la sorpresa por el acto corrupto es menor que la indignación por su denuncia pública. Esta inercia, esta peligrosa indiferencia, convierte a cada ciudadano en cómplice silencioso de una tiranía que no se impone por la fuerza bruta, sino por el desgaste moral y la resignación forzada.
Este proceso perverso de normalización, sin embargo, no es un destino ineludible ni una condena irrevocable. Exige, de manera perentoria, una constante y afilada reflexión crítica, un ejercicio incesante de conciencia individual y colectiva. Es un llamado a desnaturalizar lo que nunca, bajo ningún precepto moral, debió ser normal. La filosofía, en su incansable y a veces dolorosa búsqueda de la verdad y el bien, nos interpela con una fuerza inapelable: a no resignarnos, a cuestionar la pasividad cómplice y a luchar, con la tenacidad de aquellos que saben que la integridad es el único cimiento sólido, por una sociedad donde la corrupción sea siempre una anomalía escandalosa, y jamás, bajo ninguna circunstancia, la regla. Es tiempo de que la indignación en redes sociales deje de ser un fugaz destello y se convierta en una llama constante que ilumine el camino hacia la recuperación de nuestra resquebrajada dignidad colectiva.
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