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El país sin crimen organizado y pandillas

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La pregunta que más me han efectuado durante los últimos tres meses es: ¿por qué los candidatos a la presidencia no hablan de las pandillas? y sin darme tiempo a responder continúan más preguntas o comentarios.

En lo particular es un tema que siempre he mantenido en escena desde varios enfoques: sus orígenes, que las pandillas criminales no nacieron en El Salvador, que fue un nicho adecuado sobre el cual deportados encontraron condiciones para incorporarlos a una causa en la que primero sembraron el odio entre salvadoreños para etiquetar que los de la otra pandilla eran sus enemigos, causas estructurales como marginación, exclusión, desigualdad, desintegración familiar, pero también como mutaron hacia verdaderas estructuras criminales nacional y transnacionales, pasando por modalidad de insurgencia criminal, para convertirse en un problema social. Sin dejar de mencionar su dimensión política que existe evidencia por lo menos desde el año 2008 cuando se dieron cuenta que tenían poder para influir.

El señor presidente de los Estados Unidos de Norteamérica considerado el hombre más poderoso del mundo no ha escapado de dedicarles 280 caracteres por la red social twitter y su minuto de fama, en particular a una de las estructuras criminales transnacionales.

La presente campaña presidencial 2019-2024 es completamente atípica en materia de seguridad pública, ciudadana y defensa, solo dos candidatos han presentados esbozos de sus plataformas (Alianza por un nuevo país  y FMLN), dos partidos continúan  sin presentarlas, con únicamente cincuenta días para las elecciones, y en los cuatro candidatos a presidencia y vice presidencia existe el factor común de no mencionar el crimen organizado y las pandillas, parece que durante el presente año no existieran, y se continúa ignorando que son los principales generadores de crimen, delitos y violencia en nuestro amado país.

Hasta acá bien por los asesores y el marketing político, cuidar la imagen de los candidatos, el grave problema es que la población no lo desconoce, lo vive a diario como víctimas directas o por su familia, amigos, vecinos o compañeros de trabajo.

Es innegable que existe preocupación por que con un porcentaje importante entre miembros directos, indirectos, colaboradores, y todos aquellos cercanos a ellos que se benefician  de su accionar criminal y delincuencial,  pueden inclinar la balanza en las próximas elecciones, ya sea impidiendo que los ciudadanos asistan a las urnas o votando ellos por un candidato light, que enfoque su campaña a la corrupción, transparencia y democracia que enviar un mensaje claro y contundente sobre combate y represión de las expresiones delictivas.

Los pocos mensajes son relacionados a prevención y reinserción que son llamativos, y se alejan de la obligación constitucional de utilizar el poder coercitivo del Estado para garantizar derechos fundamentales a los salvadoreños como la seguridad, libertad de movilización, a la vida, a su libertad económica para emprender entre otros.

Con menos de dos meses para las elecciones, y el periodo de fin de año, es necesario hacer un giro en las campañas y exponer con claridad estos aspectos, hasta el cierre de esta nota son 3,175 personas asesinadas de los cuales 28 eran miembros de la PNC, solo durante el presente año, las extorsiones es una de las deudas del Estado y liberar a los ciudadanos del control y accionar delincuencial en el territorio.

No esperen un evento de indignación colectiva para posicionar el tema, las últimas semanas de enero, la posible segunda vuelta o menos ganar las elecciones para decirnos qué acciones concretas implementarán. El crimen organizado y pandillas existen, son reales, y causan daño a la población y economía del país.

ESCRITO POR RICARDO SOSA. Experto en seguridad, asesor y consultor en temas de seguridad, con más de veinte años de experiencia; con experticia en estudios de seguridad, auditorias, desarrollo integrador de seguridad física electrónica, capacitación y adiestramiento.

Experto en seguridad y criminología y con más de 25 años de experiencia.

 

www.facebook.com/expertoenseguridad
@jricardososa

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El Salvador: país que más crece en inversión inmobiliaria en Centroamérica

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Por: Dionisio De Jesús

El Salvador registra un crecimiento del 21,8 % en la industria de la construcción, la tasa más alta de Centroamérica, seguido por Costa Rica con un 12,7 %. La construcción de vivienda vertical gana terreno en sectores como las colonias Escalón, San Benito, La Mascota y San Francisco, Santa Elena, Nuevo Cuscatlán y la periferia del Gran San Salvador, además de los proyectos turísticos y de viviendas de alta gama y plusvalía que se levantan a lo largo del litoral marítimo pacífico en todo el país.

Dentro de, digamos 5 años, como temprano, El Salvador será la metrópolis más imponente en todo el Istmo centroamericano. Sobrepasando a Panamá en su desarrollo inmobiliario. Mire, que se lo estoy escribiendo en agosto del 2026, cuando ya se empieza a ver y perfilarse la transformación urbana del Gran San Salvador, y por qué no de todo el país. Luis Rodríguez, el Director Ejecutivo de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS), hoy con jurisdicción en todo el territorio salvadoreño, nunca pensó que lideraría la transformación de un país en que hoy se está hablando del mismo, y mañana también. Gracias a la visión estratégica de un presidente que no se viene con niñerías a la hora de acometer proyectos.

Eso en la parte gubernamental, pero el verdadero apoyo se está dando de parte de la autoridad, para que el sector privado tenga el acompañamiento que necesita para acometer sus grandes y novedosos proyectos en todo el país, y en todos los renglones del desarrollo: hotelería, proyectos urbanísticos, logísticos, entre los más evidentes.

Para que se tenga una idea, según palabras del mismo Luis Rodríguez en numerosos encuentros con los medios de comunicación y en situaciones en donde se da el primer palazo dejando abierta la construcción de un nuevo proyecto, cosa que sucede casi a diario: “La inversión en construcción alcanza $5,651 millones en El Salvador”. Esa cantidad, única de plata, “se traduce en una inversión en proyectos de construcción equivalente al 30 % del PIB”, según datos de la OPAMSS que fueron presentados en el marco del lanzamiento del primer Congreso Salvadoreño de Ingeniería, Arquitectura y Ramas Afines (CONSIARA).

Como denotan estos datos muy reveladores, la industria de la construcción atraviesa un momento de crecimiento en El Salvador. De acuerdo con datos de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS), la construcción de vivienda vertical gana terreno en sectores como Escalón, San Benito, La Mascota y San Francisco con 684 proyectos y casi 1,700 nuevas empresas que entran al negocio de la gestión inmobiliaria dedicadas a la construcción y al diseño registradas en el Centro Nacional de Registros (CNR), indicadores que reflejan el dinamismo de la actividad en el Salvador.

Estadísticamente, esto refleja un crecimiento exponencial respeto a otros momentos de la vida económica del país, y también, una apuesta rompedora de los paradigmas que se tenían hasta entonces para comparar la dinámica del sector. A ver: El Salvador registra un crecimiento del 21.8 % en la industria de la construcción, la tasa más alta de Centroamérica, seguido por Costa Rica con un 12.7 %. La construcción de vivienda vertical gana terreno en sectores como las colonias Escalón, San Benito, La Mascota y San Francisco, Santa Elena, Nuevo Cuscatlán, y la periferia del Gran San Salvador, como San José Villanueva, Zaragosa, además de los proyectos turísticos y de viviendas de alta gama y plusvalía que se levantan a lo largo del litoral marítimo pacifico en todo el país, lo que ayudará a acrecentar la oferta turística y de habitaciones para visitantes de carácter temporal. En construcción, según la ministra de Turismo, Morena Valdez, están alrededor de 10 nuevos desarrollos hoteleros, entre hoteles boutique y grandes proyectos, los que incluyen amenidades al nivel de los otros países que cuentan con altos estándares para los visitantes.

A destacar también hay que mencionar la manera en cómo se ha potenciado el renacer de la zona histórica de la capital, llamado Centro Histórico, a tal punto, que este renacer en las infraestructuras renovadas, nuevos desarrollos han potenciado de una manera increíble la manera en que el sector turístico ve ese espacio capitalino como atractivo para la inversión de corto y largo plazo. Grandes cadenas hoteleras ya están apostando a su desarrollo, al igual que grandes cadenas de restaurant y comida internacional se han ido instalando en el Centro Histórico de la capital por su maravillosa ubicación y su entorno histórico, lo que le ha valido ese remozamiento para bien del renacer del país y su capital, San Salvador.

El Salvador vive una transición urbanística sin precedentes, que está moldeando las nuevas ciudades que responden a una nueva forma de vivir. El boom inmobiliario que vive actualmente El Salvador también está moldeando las nuevas ciudades del futuro, en la que los ciudadanos prefieren viviendas que les permitan vivir cerca de su trabajo, acceder con facilidad a comercios, servicios y espacios de recreación, y reducir los tiempos de desplazamiento. Hubo un tiempo en que preferían “las cuidades dormitorios”, las cuales estaban en la periferia de la gran ciudad. Ahí hay desarrollos, Lourdes, Ciudad Marsella, aunque siguen ahí y la gente vive y salen a trabajar; hoy la apuesta es, construir hacia arriba y permitir que los adquirientes puedan disfrutar de lo que, como ciudad casi cosmopolita, le puede ofrecer la metrópolis.

Miguel Rodríguez, presidente de la Federación Salvadoreña de Asociaciones de Ingeniería, Arquitectura y Ramas Afines (FESIARA), afirma que “el sector construcción y el urbanismo pasan por uno de los mejores momentos de la historia”, que definirá la forma de vida de los salvadoreños para los próximos años.  Y es que, como se puede observar, entre los proyectos en proceso, no solo se están construyendo áreas habitacionales, sino también carreteras, áreas logísticas, zonas comerciales y zonas de recreación que están dando un nuevo rostro al urbanismo.  Es una nueva forma de vida, una nueva apuesta de mirar la vida cotidiana de las ciudades, porque no es solo San Salvador, sino hay que ver el dinamismo inmobiliario de ciudades como San Miguel en el Oriente del país o Santa Ana en el Occidente, y qué decir, de espacios que antes eran vistos como parias y hoy son modelos de desarrollo gracias a la apuesta de grupos como el Grupo Roble en Apopa y otras demarcaciones. A decir de Alberto Poma, presidente del Grupo Poma, “en años recientes, son cada vez más frecuentes los proyectos con unidades de una habitación, destinadas a personas solteras, familias pequeñas y adultos mayores en etapas avanzadas de su ciclo de vida”.

Otras de las empresas que apuesta por este cambio urbanístico en El Salvador es, Calidad Inmobiliaria, la cual está desarrollando grandes torres de apartamento en colonias como San Benito, Santa Elena, Nuevo Cuscatlán, entre otros. Según Alejandro Bellegarrigue, director país de la compañía en El Salvador, “en los últimos años, sus clientes se concentran entre los jóvenes y familias que buscan su primera o segunda vivienda, y los inversionistas nacionales e internacionales que compran una propiedad en busca de rentabilidad”. “Ganarán terreno las ciudades caminables, donde vivienda, comercio y oficinas están a poca distancia”, afirma Bellegarrigue. Y hacia allá se encaminan los proyectos que están terminados y los que están en camino.

Por su parte, Diego de Sola, presidente de la Junta Directiva de Inversiones Bolívar, este cambio de paradigma,” también responde a las necesidades de los compradores y es por esa razón que han desarrollado diferentes proyectos enfocados en distingos segmentos acoplados a las diferentes formas de vida de los salvadoreños”.

Para Alejandro A. Dueñas, presidente Ejecutivo de Urbánica, uno de los grupos que más desarrollos esta encaminando en el país,” la vivienda ha dejado de verse únicamente como un espacio físico y se entiende como parte de un ecosistema que impacta directamente la calidad de vida. Las familias buscan proyectos que les permitan equilibrar bienestar, conveniencia y seguridad”, afirma”. Otros directivos de compañías reconfirman el cambio de vida que ha modificado la forma en la que se busca una propiedad.

Mario Méndez Miller, gerente general de la desarrolladora IMM, quienes están construyendo una de las apuestas más llamativas de la ciudad, la Torre Sentosa con dos edificios de más de 30 pisos, en la colonia San Benito afirma que “el crecimiento demográfico y los retos de movilidad están acelerando la transición hacia un modelo urbano “policéntrico”.

“Veremos una proliferación de desarrollos de uso mixto (comercial, corporativo y residencial integrado) que permitan a los habitantes trabajar, comprar, recrearse y vivir en un radio sumamente corto. La conveniencia y el ahorro de tiempo se han convertido en el nuevo sinónimo de estatus y calidad de vida”, asegura.

A todas estas estrategias de desarrollo y comercialización del sector inmobiliario de este país en los últimos 6 años, ¿qué dice Luis Ridriguez, Director Ejecutivo del ente regulador del sector y en quien ha descansado toda la apuesta gubernamental para dinamizar este sector? ” La OPAMSS, actualmente se trabaja en un nuevo plan metropolitano que involucra una plataforma digital en la que se están ordenando todos los proyectos en ejecución, de acuerdo a su ubicación y sus zonas aledañas. También identifica el tipo de suelo y otros elementos”, ha expresado.

Ha afirmado que “esto no solo permitirá saber dónde está concentrada la inversión, sino también se identificarán zonas donde hace falta que lleguen nuevos proyectos y donde se necesitan otros complementarios”.

Por ahora, este sector sigue siendo el más pujante de la economía. Según datos hasta abril de 2026, el sector construcción había crecido 13.6% en el Índice de Volumen de Actividad Económica (IVAE). La banca también ha duplicado el crédito a las empresas asociadas a la construcción, hasta con $413 millones a abril y también hay un crecimiento del 7% en el crédito otorgado para la adquisición de vivienda, según datos del sector bancario.

“Al menos seis edificios de 35 niveles —cuya altura los clasificaría como rascacielos— se encuentran en fase de diseño e inicio de construcción en el Gran San Salvador, cuya edificación comenzaría en 2026”, aseguró Luis Rodríguez, director de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (Opamss). La Opamss atiende actualmente 587 proyectos, de los cuales un 50 % corresponde a uso habitacional, mientras que el resto abarca construcciones de uso turístico, industrial y logístico.

En 2024, la Asamblea Legislativa aprobó la anexión a la Opamss de los distritos de Huizúcar, Nuevo Cuscatlán, San José Villanueva y Chiltiupán, del municipio de La Libertad Este, así como Jicalapa, La Libertad, Tamanique y Teotepeque, de La Libertad Costa.

Bajo estas directrices gubernamentales, y viendo las facilidades que se están dando al sector de la construcción e inversionistas nacionales y extranjeros, se le ha dado la normativa listas para que se construyan  24 torres de apartamentos en San Salvador, con precios y ubicación, siendo estos lugares de desarrollos  principalmente en sectores como Escalón, San Benito, San Francisco, La Mascota y San Antonio Abad, zonas que continúan atrayendo inversión debido a su ubicación estratégica y alta plusvalía.

Entre los desarrollos con mayor cantidad de unidades destacan Valto Ignis, en San Antonio Abad, con 210 apartamentos; Condominio Residencial 610, con 180; Torre Nu La Mascota, con 153; Apartamentos Arela, con 147; Studio 89, con 136; y Eleva 103, con 121 viviendas.

El auge de estas construcciones coincide con el crecimiento reportado por el Centro Nacional de Registros, CNR.  El Salvador pasó de registrar transacciones inmobiliarias por $588 millones en 2020 a $1,297 millones en 2025.

¿Y a que se debe el milagro? A la tranquilidad que se vive en la nación, a un gobierno que ha puesta las reglas claras para que los inversionistas nacionales y extranjeros puedan trabajar con toda la seguridad de que serán respetados en todo lo que hagan y acompañados por las autoridades en pos de que sus inversiones tengan el mayor rendimiento y la mejor estrategia de crecimiento y satisfacción para los clientes y personas interesadas en ser parte de estas.

Nunca El Salvador había tenido una época de tantas luces respecto de lo que es el desarrollo de una infraestructura que será las envidia de propios y extraños. Todos quieren venir a invertir a este país, todos quieren apostar a su desarrollo, y no es casual. Solo en la calle donde vivo, en la colonia San Benito, Av. Boulevard del Hipódromo, van a levantar tres torres que alcanzaran alturas antes ni soñadas:  la más alta los 48 pisos, la segunda, 36 niveles y la tercera unos 30, de los precios es mejor ni hablar, ya que en su mayoría son prohibitivos, pues lo de menor valor, rondan los 275 mil dólares.

Lo que hay que poner en perspectiva es que, en un país con altos riesgos sísmicos, estas apuestas podrían ser altamente peligrosas, aunque los controles y la tecnología para estos fines cumple con todos los guidelines, pero a una ciudad que le llaman “la jamaquita”, como a San Salvador, yo no me encaramo en un piso 48 ni que me lo regalen. Pero para los gustos se han hecho los colores. Eso es aquí, en El Salvador, pero si vemos en República Dominicana, están en las mismas cambiando la matriz de construcción, hoy es una ciudad que mira hacia el cielo, pero no sé, pues este desarrollo ha sido levantado por obreros haitianos, y que tal, si estos, hayan pegados los blocks en las torres del polígono central con saliva, jajajaj, a manera de venganza, y como estamos esperando el gran terremoto, podría haber sorpresa. Dios nos coja confesados.

Mientras tanto, El Salvador se levanta, y Luis Rodríguez, el flamante, Director Ejecutivo de la OPAMSS, mi querido amigo, nunca pensó que el sería el protagonista de esta gran historia de desarrollo urbano inmobiliario, la más grande de Centroamérica en estos momentos. Aunque donde lo ha enviado el presidente siempre ha apostado a lo grande: Proyectos Especiales de la Presidencia, el BCIE y ahora la OPAMSS. Habrá que levantarle una estatua frente a la Torre Sentosa 523, por tan increíble hazaña.

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Exponiendo la tiranía del yo inamovible- Lisandro Prieto Femenía

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“El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace” (Sartre, 2009, p. 31)

Resulta curioso, y a la vez alarmante, cómo la modernidad ha transformado la búsqueda de la autenticidad en un salvoconducto para la mediocridad ética. En las interacciones cotidianas, nos topamos con una muralla infranqueable disfrazada de honestidad cruda: la sentencia detestable del “yo soy así”. Esta frase, pronunciada con una mezcla de orgullo y resignación, no es más que una declaración de guerra contra la convivencia y, fundamentalmente, contra la propia libertad. Quien se escuda en su supuesta esencia para justificar la falta de tacto, la impuntualidad crónica o el desprecio por el bienestar ajeno, está asumiendo que es un objeto terminado, un mineral carente de voluntad, y no un sujeto en permanente construcción.

La precitada actitud revela una forma de “hombre masa” que José Ortega y Gasset identificaba con una lucidez casi profética. Se trata de aquel individuo que, sintiéndose perfecto y terminado, no ve razón alguna para salir de sí mismo ni para someterse a ninguna instancia superior, sea esta la razón o la simple consideración por los demás. El filósofo español, en su análisis sobre la decadencia de la excelencia humana, describe con precisión este fenómeno en su “Rebelión de las masas” al expresar que “el hombre masa es el que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás” (Ortega y Gasset, 2010, p. 54).

Ahora bien, cabe preguntarse, ¿desde cuándo la identidad se convirtió en una prisión que nos exime de la responsabilidad para mejorar? Al afirmar que nuestra naturaleza es estática, estamos cometiendo lo que Jean-Paul Sartre denominaba “mala fe”. Se trata del intento desesperado de escapar de la angustia que provoca la libertad, fingiendo que somos cosas con propiedades fijas en lugar de seres que se definen por sus actos. En su obra fundamental sobre el existencialismo, Sartre es tajante al respecto de esta condición humana que precede a cualquier definición previa: si el hombre es lo que él mismo se hace, entonces el argumento de la inmutabilidad del carácter es una mentira metafísica diseñada para que los demás carguen con el peso de nuestras flaquezas.

Esta actitud no sólo es un error filosófico, sino una clara forma de violencia (no siempre sutil) hacia el prójimo. Al exigir que el mundo nos tenga que soportar “tal cual somos”, estamos anulando la alteridad. Estamos ante un egocentrismo que Gilles Lipovetsky asoció con la “era del vacío”, donde la personalización de la existencia ha derivado en un narcisismo que ya no tolera la mínima fricción con lo real. Concretamente, en su estudio sobre el individualismo contemporáneo, Lipovetsky señala cómo la sociedad se ha convertido en un conjunto de mónadas (sustancias indivisibles que componen el universo) que sólo buscan la autoafirmación sin compromiso: “El narcisismo es la otra cara de la desustancialización de la individualidad, la absorción del yo en el espectáculo de sí mismo, donde el otro solo sirve como pantalla de confirmación” (Lipovetsky, 2002, p. 52).

Esta patología de la mirada encuentra su representación sonora y grotesca en la cultura popular, donde la apología del estancamiento se ha elevado a la categoría de un himno decadente. Resulta casi obsceno observar cómo la industria del espectáculo ha canonizado la insolencia mediante estribillos que funcionan como dogmas de una fe narcisista. Pensemos en la vacuidad que destila la célebre pieza “A quién le importa”, interpretada por Thalía, donde se proclama con una alegría casi infantil: “yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré”. Esta letanía de la obstinación es, en realidad, el réquiem de la ética.

La pregunta retórica que da título a la canción- “¿A quién le importa”?- es una bofetada a la convivencia, una declaración de indiferencia ontológica que asume que el propio capricho está por encima del impacto que causamos en los demás. Al entonar un “nunca cambiaré” como si de una virtud se tratase, el sujeto se declara oficialmente un cadáver moral, un fósil que se regocija en su propia incapacidad de evolución. ¿A quién le importa? Pues le importa a la víctima de nuestra falta de respeto, al cercano que tiene que coexistir con nosotros y habitar el desierto que dejamos a nuestro paso. Es el triunfo del solipsismo más ramplón disfrazado de “personalidad”.

Al declarar “yo soy así”, estamos diciendo que nuestra comodidad subjetiva tiene más peso que el derecho del otro a habitar un espacio de respeto mutuo. En este sentido, es fundamental recuperar la noción de que el carácter, o el “ethos” no es un destino biológico, sino una arquitectura que se levanta día tras día mediante los hábitos. Aristóteles ya lo advirtió en su estudio sobre la moral, recordándonos que la virtud no es el don con el que se nace, sino una práctica que debe ser cultivada. En su “Ética a Nicómaco”, el estagirita explica con claridad este proceso de autoconstrucción al expresar que “las virtudes no se producen en nosotros ni por naturaleza ni contra naturaleza, sino que nosotros, que somos naturalmente capaces de recibirlas, las perfeccionamos mediante el hábito” (Aristóteles, 2014, p. 158).

Bajo esta luz, la excusa de la mala costumbre como condición de identidad se revela como una clara pereza del espíritu. No somos impacientes o rudos de la misma manera que somos altos o tenemos ojos marrones; somos personas que han permitido que la repetición de actos hostiles cristalice en una máscara de hostilidad. A esta inercia del espíritu se suma lo que Simone de Beauvoir identificaba como la tentación del “hombre serio”, aquel que se aferra a un rol o a una etiqueta para no tener que decidir por sí mismo. En su obra “Para una moral de la ambigüedad”, la autora nos avisa sobre el peligro de convertirnos en estatuas de nosotros mismos para eludir el vértigo de la elección constante en tanto que “el hombre serio se deshace de su libertad en favor de un fin que él considera absoluto… él no es sino ese fin, como un objeto es su propio peso; él mismo se ha hecho cosa” (Beauvoir, 2017, p. 55).

Cuando alguien se declara inamovible bajo el “yo soy así”, está renunciando a su cualidad de proyecto para degradarse a la categoría de herramienta defectuosa. Esta resistencia al cambio es una agresión frontal a la responsabilidad que tenemos hacia los otros. Emmanuel Levinas, en su análisis sobre la alteridad en “Totalidad e infinito”, sugiere que nuestra identidad no se construye desde el egoísmo, sino desde la respuesta que damos a los demás. Decir  “yo soy así, si no te gusta, te jodes” es el portazo en la cara de quien espera de nosotros una mínima consideración. Para Levinas, la responsabilidad por nuestros próximos no es un accidente que le ocurre al sujeto, sino que es la esencia misma de su ser en tanto que “el rostro se me impone sin que yo pueda dejar de ser responsable de su miseria. El yo es, ante el rostro, infinitamente responsable” (Levinas, 2012, p. 220).

Si nuestra propia definición depende de cómo respondemos al rostro ajeno, entonces cerrarnos en una identidad inmutable es despojarnos de nuestra propia subjetividad. Nos estaríamos convirtiendo en lo que Byung-Chul Han llama “el infierno de lo igual”, una sociedad donde la desaparición de lo distinto, del otro que nos cuestiona y nos exige transformación, nos sumerge en una auto-idolatría estéril. En “La expulsión de lo distinto”, Han es prácticamente implacable al describir este aislamiento narcisista al expresar que “la proliferación de lo igual constituye los cambios patológicos de los que está aquejado el cuerpo social. No es la opresión del otro, sino la depresión del yo la que caracteriza nuestra época” (Han, 2017, p. 12).

Resulta necesario, entonces, preguntarnos si esta obstinación inmadura proviene de una genuina creencia en nuestra naturaleza o si es un síntoma de una sociedad que confunde el ser con el tener. Al respecto, Erich Fromm, en su ensayo “¿Tener o ser?”, diseccionó esta patología. Muchas veces, creemos “tener” una forma de ser como si fuera una propiedad privada que debemos defender a toda costa: el individuo se aferra a sus rasgos negativos como si fueran tesoros, temiendo que, si cambia, perderá su esencia. Pues bien, liberarse de esta carga implica pasar del tener al ser, entendiendo que el ser no es algo que se posee, sino algo que se despliega como una actividad. Fromm lo explica mucho mejor que yo al decirnos que “en el modo de tener, nuestra relación con el mundo es de posesión y propiedad, una relación en la que queremos convertir a todo el mundo y a todas las cosas, incluso a nosotros mismos, en propiedad nuestra” (Fromm, 2007, p. 42).

Este proceso de desmantelamiento es doloroso y requiere de una valentía que pocos seres humanos son capaces de ejercer. Por supuesto, es mucho más fácil quedarse en la orilla de lo conocido, aunque de asco, que lanzarse al mar de lo que podríamos llegar a ser. Sobre este último aspecto en particular, Friedrich Nietzsche nos invitaba a este ejercicio de destrucción creadora. No se trata de aceptarse con complacencia, sino de superarse con ferocidad. En “Así habló Zaratustra”, el filósofo bigotudo nos recuerda que la fijeza es la muerte del espíritu y que el hombre es un tránsito permanente, no un fin en sí mismo: “Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo? Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de ellos mismos” (Nietzsche, 2011, p. 33).

Dicho esto, está claro que si matamos el caos interior con la sentencia del “yo soy así”, apagamos también la posibilidad de que algo brillante emerja de nosotros. Finalmente, debemos entender que la existencia no es un molde de teflón, sino una materia prima que debemos esculpir. En “La hermenéutica del sujeto”, Foucault recuperaba el concepto del “cuidado de sí” como un trabajo ético y estético sobre la propia vida. No somos víctimas de nuestra psicología, sino artistas de nuestra propia conducta cotidiana. Por ello, Foucault sostiene que la verdad no puede ser alcanzada sin una transformación del sujeto, sin una ascesis o una conversión que nos permita dejar de ser los carceleros de nuestra propia personalidad: “No puede haber verdad sin una conversión del sujeto, sin una transformación de la posición del sujeto, sin que el sujeto mismo se vea modificado por el hecho mismo de su acceso a la verdad” (Foucault, 1994, p. 34).

Para concluir, y como siempre, es momento de inquietarnos ante la comodidad de nuestras certezas circunstanciales. ¿Cuánto de lo que llamamos “mi forma de ser” es en realidad un mecanismo de defensa para no enfrentar el esfuerzo que requiere la empatía? Quizás, al final del día, lo que más tememos no es que los demás no nos acepten, sino descubrir que tenemos el poder absoluto de dejar de ser quienes hemos sido hasta hoy. Si el mundo entero se rindiera a la desidia del carácter inmutable, la convivencia se tornaría un campo de batalla de solipsismos violentos.

Ahora bien, ¿estamos dispuestos a ser los responsables del desierto ético que generamos con nuestra rigidez? La pregunta que debería quedar resonando en el silencio de nuestra conciencia no es si los demás deben soportarnos, sino si nosotros mismos somos capaces de soportar la versión de nosotros que se niega a evolucionar. ¿Quién eres tú, realmente, cuando dejas de usar tu pasado y tu supuesta esencia como excusa para no habitar tu presente con dignidad?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Aristóteles. (2014). Ética Nicomáquea (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Original publicado c. 349 a. C.).

Beauvoir, S. (2017). Para una moral de la ambigüedad (M. Armiño, Trad.). Anthropos. (Original publicado en 1947).

Foucault, M. (1994). La hermenéutica del sujeto (M. Á. Galmarini, Trad.). Akal. (Original publicado en 1982).

Fromm, E. (2007). ¿Tener o ser? (J. Florentino, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Original publicado en 1976).

García, C., & Canut, I. (2002). A quién le importa [Canción]. En Thalía. EMI.

Han, B. C. (2017). La expulsión de lo distinto (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder.

Levinas, E. (2012). Totalidad e infinito (D. Guillot, Trad.). Sígueme. (Original publicado en 1961).

Lipovetsky, G. (2002). La era del vacío (J. Vinyoli & M. Pendanx, Trad.). Anagrama. (Original publicado en 1983).

Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza. (Original publicado en 1883).

Ortega y Gasset, J. (2010). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Original publicado en 1930).

Sartre, J. P. (2009). El existencialismo es un humanismo (P. Pradinas, Trad.). Edhasa. (Original publicado en 1946).

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Datos del autor: Lisandro Prieto Femenía

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El eclipse del pensamiento en la era del saber sintetizado – Lisandro Prieto Femenía

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Un silencio tenso recorre las aulas universitarias posmodernas, un murmullo que ya no proviene del debate apasionado ni del cruce de ideas, sino del desconcierto docente ante un fenómeno abrumador. En los pasillos de las instituciones de educación superior más prestigiosas del planeta se constata una realidad inquietante: las lecturas asignadas se recortan año tras año porque los estudiantes, sencillamente, se muestran incapaces de terminar un libro completo. Profesores de la universidad de Harvard admiten haber tenido que reducir la extensión de los textos obligatorios ante la imposibilidad manifiesta de sus alumnos para sostener la atención a lo largo de una obra densa. Lo que antes constituía el cimiento básico de la vida académica- la confrontación íntima, pausada y esforzada con la página escrita- se ha convertido en una cumbre inalcanzable para una generación acostumbrada a la inmediatez del fragmento. ¿En qué momento la dificultad textual dejó de ser un desafío intelectual estimulante para transformarse en una barrera insuperable?

«La filología es ese arte venerable que exige a su admirador sobre todo una cosa: mantenerse al margen, tomarse tiempo, volverse silencioso, volverse lento… Este arte no consigue nada tan fácilmente cuando no logra una cosa: ¡no leer nada de prisa, leer lentamente, con profundidad, con cuidado, con segundas intenciones, con las puertas abiertas, con dedos y ojos delicados!»

Friedrich Nietzsche (Aurora, 1881/2000, p. 36)

Las cifras que retratan este escenario desmantelan cualquier intento de reducir la crisis a una simple queja generacional. Tras examinar las mediciones del “Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos” elaborado por la organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2024) sobre 160.000 personas en decenas de países, la revista The Economist (2026) reveló que aproximadamente el 8% de los estudiantes matriculados en educación superior en naciones de altos ingresos exhibe una comprensión lectora equivalente a la de niños de 10 años, una proporción que asciende al 14% en Estados Unidos. Semejante desmoronamiento de las capacidades interpretativas básicas se apoya en mutaciones culturales profundas: si en los años 90’ casi el 60% de la infancia estadounidense leía por placer, en la actualidad esa cifra ha caído drásticamente al 37%. Este deterioro no se limita al ámbito lingüístico ni afecta únicamente a instituciones de Nivel Secundario, puesto que, por ejemplo, en la Universidad de California, más de 1800 profesores de áreas científicas y matemáticas firmaron un manifiesto público alertando que sus alumnos de primer año ingresaban sin dominar contenidos esenciales de la secundaria, registrando un 70% de rezago respecto a los aprendizajes esperados para un adolescente de 14 años de edad.

El precitado colapso no remite únicamente a una deficiencia técnica de descodificación, sino al avance desbordante del analfabetismo funcional en sectores sociales escolarizados. Ya en su célebre formulación institucional, la UNESCO (1978) definía a la persona en situación de analfabetismo funcional como aquella incapaz de “emprender todas las actividades en que la alfabetización es necesaria con miras al eficaz funcionamiento de su grupo y de su comunidad y que le permitan seguir valiéndose de la lectura, la escritura y el cálculo para su propio desarrollo y el de la comunidad” (p. 12). La paradoja dolorosa de nuestro tiempo radica en que este déficit ya no habita en los márgenes de la exclusión social o de la falta de escolaridad, sino en los pasillos de las academias ilustradas. De acuerdo con los parámetros del estudio PIAAC publicado por la OCDE (2024), más del 20% de la población adulta en las economías desarrolladas se sitúa en el Nivel 1 o inferior de competencia lectora, lo que implica una capacidad restringida para reconocer palabras o extraer información puntual de textos cortos, quedando completamente inhabilitada para identificar premisas contradictorias, evaluar la validez de un argumento o sintetizar información dispersa. Hallarse alfabetizado en términos normativos pero ser incapaz de comprender la arquitectura argumental de un texto equivale a padecer una ceguera semántica que erosiona la raíz misma de la autonomía ciudadana y del juicio reflexivo.

Frente al abismo que supone la complejidad textual, las herramientas de inteligencia artificial irrumpieron disimulando ser un complemento pedagógico, cuando en realidad son un sustituto del esfuerzo interpretativo. En el Reino Unido, según reporta la precitada publicación de The Economist (2026), el 94% de los estudiantes universitarios admite utilizar sistemas algorítmicos para elaborar sus tareas y trabajos académicos, mientras que las investigaciones de Chirikov (2024) en el Centro de Estudios sobre Educación Superior de UC Berkeley constatan un aumento del 30% en las altas calificaciones dentro de materias susceptibles de ser automatizadas. La delegación del pensamiento en la máquina, entonces, constituye la consecuencia directa de una mente que ha perdido el entrenamiento necesario para habitar la incertidumbre y el espesor del lenguaje. Sobre este último aspecto, es interesante recordar que ante esta aceleración informativa, Byung-Chul Han sostiene en su texto “Infocracia” (2022) que “la información no ilumina al mundo” sino que “lo oscurece bajo una avalancha de datos instantáneos” (p. 19), una saturación que carcome progresivamente la capacidad de demorarse en lo complejo. Esta pérdida de la demora contemplativa condiciona la estructura misma del aparato psíquico, convirtiendo la adaptación a la brevedad en la ratificación de una amputación del discernimiento.

Semejante atrofia se enmascara tras la ilusión de una híper-conectividad eficiente, donde el dominio técnico del soporte digital oculta la indigencia de la lectura profunda. El analfabeto funcional posmoderno no es quien desconoce el alfabeto, sino quien, sabiendo descifrar grafemas, se muestra impotente para sostener el diálogo exigente con el texto, cediendo ante la tentación de obtener resúmenes empaquetados (sobre este último aspecto es crucial indicar que no es casual el avance descomunal de fake news avaladas por legiones de idiotas). Aceptar la síntesis algorítmica como un reemplazo legítimo de la lectura implica olvidar que la comprensión no es un producto consumible que se descarga, sino una travesía íntima que transforma decididamente a quien la recorre. En su obra titulada “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, Nicholas Carr (2011) describió esta mutación cognitiva al advertir cómo “cuanto más utilizamos la pantalla, más entrenamos a nuestro cerebro para la distracción y menos para la interpretación serena y profunda” (p. 19), reconociendo que su propia mente ha terminado por esperar la información “en un flujo veloz de partículas” (p. 19). Cuando el estudiante solicita a un modelo de lenguaje que resuma una obra clásica o redacte un ensayo sintético, no realiza un simple ahorro de tiempo, sino que se priva de la confrontación dialéctica con la alteridad del autor. En la resistencia ejercida por una idea densa reside justamente el espacio germinal de la subjetividad crítica; al eliminar ese roce mediante la mediación técnica, la experiencia del aprendizaje queda degradada a un trámite puramente funcional y despojado de huella existencial.

Al contemplar el devenir histórico de la cohorte generacional que hoy transita entre los 5 y los 24 años de edad, el escenario adquiere los visos de una fractura antropológica de vastas proporciones. Socializada en un entorno donde el estímulo breve ha suplantado a la paciencia hermenéutica y moldeada por sistemas educativos que progresivamente ceden ante el desinterés y la pereza, esta masa de niños y jóvenes enfrenta el riesgo inminente de quedar relegada a una posición de absoluta vulnerabilidad existencial y política. Aquí, es necesario preguntarse: ¿qué lugar social está reservado para una generación a la que se le ha erosionado intencionalmente el hábito de interpretar la complejidad, de articular problemas de manera autónoma y de resistir la tentación de la respuesta inmediata? Cuando la capacidad crítica resulta cercenada en la etapa formativa crucial, las personas no sólo pierden la soltura para aprobar asignaturas, sino también la soberanía psíquica necesaria para discernir la verdad frente a la manipulación. En un presente y un futuro gobernado por interfaces invisibles e inteligencias artificiales capaces de predecir conductas y redactar discursos persuasivos, quien carezca del rigor interpretativo quedará reducido a la condición de simple usuario pasivo, ejecutando instrucciones escritas por algoritmos cuya lógica ni siquiera atina a vislumbrar.

El desmantelamiento de las facultades intelectivas tampoco obedece a un accidente histórico ni a un casual desajuste pedagógico, sino que constituye, en el fondo, la consecuencia lógica de un sistema educativo global subordinado a las exigencias del mercado tardo-capitalista. Bajo el disfraz de la modernización tecnológica y la eficiencia competencial, las instituciones educativas han dimitido de su misión histórica- la emancipación del sujeto a través del conocimiento exigente- para convertirse en administradoras de un adiestramiento superficial. Al respecto, es interesante revisar que, al analizar las mutaciones del poder contemporáneo, Gilles Deleuze profetizó, en sus “Conversaciones” (1995) este tránsito señalando que en las sociedades de control “el hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado” (p. 249), es decir, un sujeto cuya educación se diluye en una instrucción continua y fragmentaria que jamás culmina en madurez intelectual. La promesa ilustrada de que el saber constituye la vía primordial para la movilidad social se desmorona ante la evidencia de aulas convertidas en plataformas de consumo donde los estudiantes adquieren deudas económicas sofocantes para obtener títulos cuya eficacia emancipadora se desvaneció hace tiempo.

Aquella desactivación deliberada del pensamiento crítico encaja con precisión en las dinámicas del consumo híper-individualista y la docilidad política. Al privar a las mayorías del dominio del lenguaje complejo y de la capacidad de sostener argumentos de largo aliento, el sistema produce contingentes de individuos altamente funcionales para la operatividad técnica, pero completamente desarmados frente al chantaje socioeconómico. En su lúcida radiografía “Realismo capitalista”, Mark Fisher (2016) expone cómo la mercantilización de la enseñanza superior engendra un estado de “depresión hedónica” (p. 45) entre los jóvenes, caracterizado por una incapacidad para concentrarse y una búsqueda compulsiva de estimulación inmediata que neutraliza cualquier conato de rebeldía organizada. Quien carece de herramientas hermenéuticas para descifrar las causas estructurales de su malestar tiende a privatizar su frustración, culpándose a sí mismo e integrándose de manera servil en la rueda del consumo paliativo y el endeudamiento perpetuo. La educación deja así de ser un factor de nivelación social para mutar en un dispositivo de reproducción de clases, donde el ejercicio del pensamiento pausado queda reservado como un privilegio aristocrático para las élites que aún se forman en el rigor, mientras que al resto se le administra una pedagogía de la inmediatez y el rendimiento automático.

Semejante degradación sistemática del pensamiento conduce de manera inexorable a una sociedad profundamente dividida, donde la facultad de pensar críticamente corre el riesgo de convertirse en un privilegio de élite reservado a unos pocos, mientras que a las mayorías se les ofrece el paliativo de la inmediatez sin esfuerzo. Al despojar a los sujetos en proceso de formación de las herramientas para lidiar correctamente con el error, la incertidumbre y la argumentación fundamentada, se les condena a habitar un presente chato, privado de profundidad histórica y de densidad afectiva. Esta masa generacional, privada de la vivencia liberadora que entraña la lectura profunda, corre el peligro de transformarse en una fuerza laboral híper-adaptada a la técnica, pero incapaz de cuestionar la dirección de su propio destino. La facilidad algorítmica se nos presenta así como una trampa seductora: nos ofrece soluciones prefabricadas a cada obstáculo de conocimiento mientras que esteriliza la angustia creadora de la duda, esa misma inquietud que a lo largo de los milenios ha alimentado el arte, la ciencia y cualquier sentimiento auténtico de emancipación humana ante cualquier injusticia.

Habiendo intentado exponer los peligros a los que nos enfrentamos hoy, resulta imprescindible preguntarse si nos hallamos ante una reconfiguración inevitable de los saberes o frente a una verdadera atrofia de la razón reflexiva. La ilusión de estar informados gracias a la inmediatez de resúmenes y esquemas automáticos encubre una honda ceguera respecto de los procesos que configuran la verdad. Ya en su célebre tratado titulado “¿Qué significa pensar?”, Martin Heidegger (2005) señalaba con agudeza que “lo que más da que pensar en nuestro tiempo problemático es que todavía no pensamos” (p. 17), una formulación cuya vigencia adquiere hoy una sonoridad perturbadora. Creer que poseemos el conocimiento por el simple hecho de acumular y procesar datos equivale a confundir la agilidad técnica con la sabiduría, puesto que el verdadero pensamiento demanda la disposición de escuchar aquello que se sustrae a la prisa. Delegar la interpretación, la escritura y la resolución de problemas en la inteligencia artificial supone, en definitiva, declinar el riesgo de pensar por cuenta propia y replegarse a la condición de receptores vacíos y pasivos.

No es posible encarar el destino de la cultura académica sin asumir la gravedad de este eclipse. Si la universidad capitula ante la impaciencia generalizada, adaptando sus exigencias a la fragmentación de la atención y naturalizando el analfabetismo funcional de sus aulas, termina por legitimar la conversión del estudiante en un espectador inútil de contenidos envasados. La función primordial de la filosofía en esta encrucijada no pasa por ofrecer consuelos ni por diseñar paliativos técnicos, sino por sostener la incomodidad de la interrogación y reivindicar el valor emancipador de la lentitud en un ecosistema dominado por la inmediatez.

¿Qué clase de comunidad política y humana se prefigura cuando aceptamos que la juventud universitaria no pueda habitar la extensión de un libro ni tolerar el rigor de una idea compleja? Si renunciamos al áspero pero liberador ejercicio de descifrar el mundo por nosotros mismos, entregando la generación de sentido a la eficiencia algorítmica, ¿qué rasgo de lo humano sobrevivirá cuando la máquina redacte, concluya y sienta por nosotros? ¿Seremos capaces de rebelarnos contra la tiranía de la velocidad para reconquistar el silencio reflexivo, o nos resignaremos a contemplar impasibles cómo la inmediatez consume los últimos vestigios de nuestro pensamiento?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (P. Cifuentes, Trad.). Madrid: Taurus.
  • Chirikov, I. (2024). Artificial intelligence and academic evaluation in higher education. Center for Studies in Higher Education, University of California, Berkeley.
  • Deleuze, G. (1995). Post-scriptum sobre las sociedades de control. En Conversaciones (1972-1990) (J. L. Pardo, Trad., pp. 247-255). Valencia: Pre-Textos.
  • Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Iglesias, Trad.). Buenos Aires: Caja Negra Editora.
  • Han, B.-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, Trad.). Madrid: Taurus.
  • Heidegger, M. (2005). ¿Qué significa pensar? (R. Gabás, Trad.). Madrid: Editorial Trotta.
  • Nietzsche, F. (2000). Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales (G. Cano, Trad.). Madrid: Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1881).
  • Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). (1978). Recomendación sobre la normalización internacional de las estadísticas relativas a la educación. París: UNESCO.
  • Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2024). Survey of adult skills (PIAAC). OECD Publishing.
  • The Economist. (2026, 25 de junio). Students are doing worse than you think [Los estudiantes rinden peor de lo que se piensa]. The Economist. https://www.economist.com/international/2026/06/25/students-are-doing-worse-than

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