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ENTREGA ESPECIAL

La historia de un hombre al que un cerdo le devoró los pies cuando tenía 3 meses

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Tener pies fue siempre la ilusión de Jaime Carvajalino, un joven de 28 años nacido en El Zulia, un rezagado municipio arrocero de 30,000 habitantes del centro oriente de Colombia.

Allí, según el Departamento Nacional de Estadística, el 41% de la población sufre pobreza multidimensional, el internet de alta velocidad llega al 0,7% del territorio, solo el 5% de la gente tiene un empleo formal, y el 40% es rural. Jaime hace parte de esas cifras.

Vive a 20 minutos en carro de la cabecera municipal, sobre la carretera, en una humilde casa de cuatro paredes y 15 metros cuadrados que él mismo construyó para establecerse con Yurley, su compañera desde que tenía 15 años y, sus dos hijos: Stiven y Lucía, de 5 y 2 años, respectivamente. No conoce lo que es el trabajo formal; mucho menos uno bien remunerado.

Se baña, lava sus enseres y bebe de una fuente de agua no potable. Y ha estado toda su vida sometido a la pobreza y la discriminación.

Jaime Carvalino
Luego de hacer trabajos pesados de campo, Jaime se apoya en un par de muletas para menguar el dolor que le produce apoyarse en sus muñones. (Foto: Esteban Vega La-Rotta)

El accidente

La forma en que Jaime perdió los pies parece sacada de un cuento de terror: cuando tenía apenas 3 meses, un cerdo casi lo devoró.

Ese día su madre había salido al pueblo a cobrar una madera, y, horas después, su padre partió hacia una vereda cercana a comprar un becerro. Dejó a Jaime al cuidado de tres hermanos —de 11, 9 y 7 años—, y les recomendó que estuvieran pendientes de una ahuyama y un maíz que recién habían sembrado.

De repente, cuentan los hermanos de Jaime, cuando estaban distraídos con el cultivo, oyeron el llanto del bebé y el de un cerdo.

Corrieron al cuarto y se encontraron con una escena dantesca: el animal tenía al niño en la boca. Le mordía los pies insistentemente y, poco a poco, lo arrastraba hacia la marranera.

Jaime Carvalino
Este canal es la única fuente de agua de la que Jaime y su familia disponen. En su casa no hay acueducto ni alcantarillado. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

Cuando se percató de la presencia de los niños, el cerdo comenzó a perseguirlos con el bebé en la boca.

El mayor le daba golpes con un palo para que lo soltara. En uno de esos intentos, logró herir al animal y éste soltó a Jaime para lamerse la herida.

El chico de 11 años agarró al bebé y se lo pasó al otro hermano que ya estaba trepado en un árbol para ponerlo a salvo. Eran las 3 o 4 de la tarde.

Jaime Carvalino
Stiven, el hijo mayor de Jaime, nunca le ha preguntado por qué sus pies son diferentes a los de él. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

Después lo llevó al riachuelo más cercano y le lavó los pies.

Los restregó con arena, dice él, “para limpiarlos”, regresó al cuarto donde comenzó el ataque, lo arropó en una sábana y lo dejó en la cama.

Hacia las 8 de la noche, los padres volvieron, y la madre fue la primera en enterarse de lo sucedido.

“Los niños me dijeron que el cerdo lo había mordido poquitico, pero cuando lo cargué ardía en fiebre y no paraba de llorar; lo desarropé, prendí una mechera para ver (porque no teníamos luz), y comencé a llorar”, cuenta.

Por fuera, los pies estaban completos aunque hinchados y amoratados, pero por dentro todo se sentía destruido.

En cuanto los vio, el padre de Jaime perdió los cabales y comenzó a gritar desesperado.

Caminaron cerca de hora y media por una trocha empantanada para llegar a la carretera más cercana, y en vista de que ningún carro paraba a auxiliarlos, se atravesaron en la vía para llamar la atención de los conductores.

Llegaron al puesto de salud del municipio hacia la medianoche y, de ahí, por la gravedad de las heridas, los doctores remitieron a Jaime rápidamente al hospital de Cúcuta, la ciudad más cercana.

Entró a cirugía hacia las 2 a.m., y, cuando salió, no tenía pies.

De ahí en adelante su vida ha sido una mezcla entre resiliencia y frustración.

Jaime Carvalino
Salar cueros de res es uno de los trabajos menos pesados que Jaime hace. Por cada cuero salado le pagan el equivalente a 14 centavos de dólar (máximo llega a salar 10 cueros en un día). (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

Crecer sin pies

Cuando tenía 9 nueve meses, el hospital de Cúcuta le regaló las primeras prótesis. Valían el equivalente a $70 dólares de la época (1995) y las usó muy poco.

“No le gustaban, prefería andar sobre los muñones ayudado de un par de estacas de madera que uno de sus hermanos le dio para sostenerse. Así aprendió a caminar”, cuenta su madre.

Crecer sin pies fue “una tortura”.

En la escuela tenía compañeros que lo llamaban “el mocho” —un apelativo usado en Latinoamérica para llamar peyorativamente a un amputado— y se burlaban a diario de la apariencia de sus muñones.

Por eso, solo estudió hasta tercer grado.

“Un día me cansé de un compañero y me agarré con él a golpes; cuando mi papá se enteró, me dijo que él no me mandaba a la escuela a pelear y me dejó en la casa pastoreando un ganado a la orilla del río. Fue la última vez que estudié”, cuenta Jaime.

Igual que con la escuela, Jaime tampoco se adaptó fácilmente a las prótesis.

Los médicos le amputaron las piernas a dos alturas diferentes.

En la derecha conserva el tobillo, que con el tiempo se tornó una especie de pie: luce abultado a los lados y plano por debajo (similar al casco de un caballo), y le da la estabilidad necesaria para apoyarse.

La izquierda no llega ni al tobillo y la pantorrilla, al no haber desarrollado músculo, es tan delgada como el hueso.

Los “potes”

En vista de que ninguna prótesis se ajustaba bien a sus muñones, Jaime fabricó a los 12 años unas prótesis artesanales con envases plásticos.

La primera que hizo fue solo para la pierna izquierda: tomó un vaso que su madre le había regalado a su padre, lo rellenó con calcetines y encajó el muñón.

Luego fue perfeccionando la técnica hasta llegar a “los potes” (como él los bautizó): dos envases del veneno que se utiliza en los campos de arroz, cortados a dos alturas diferentes, y soportados en el tacón de las botas de caucho que sus hermanos iban dejando.

Jaime Carvalino
Los Carvajalino son una familia de 9 hermanos, de los cuales solo dos aún no tienen ninguna discapacidad. Además de Jaime, la mayoría de sus hermanos están perdiendo progresivamente la visión. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

Como sus muñones, cada pote tiene su anatomía.

El derecho va cortado a ras con el tobillo y lleva una abertura de unos siete centímetros de diámetro, de tal forma que el abultamiento salga por ahí, mientras que el izquierdo se asemeja más a un tubo.

Le llega más o menos a mitad de caña, y, para usarlo, Jaime lo rellena con trapos, medias, y toallas femeninas en el fondo para acolchar la superficie sobre la que apoya el muñón.

Luego, recubre su delgada pantorrilla con una bolsa plástica grande -la que mensualmente recibe por parte del Estado con mercado para alimentar a su hija de 2 años-, y lo introduce en el tubo, de tal forma que encaje y no se salga al caminar.

Con el tiempo esta alternativa le empezó a pasar factura.

Por los trabajos pesados que hace —cargar bultos, sembrar cultivos, construir canales de riego, deshierbar, entre otros— los muñones sufren mucho dentro de los potes.

Especialmente el derecho, cuya planta suele abrirse tras una jornada larga, y Jaime, como todo un cirujano, se sutura a sí mismo con hilo y aguja de costura; sin analgésicos ni, mucho menos, anestesia.

Jaime Carvalino
Jaime suturándose el muñón derecho luego de 8 horas trabajando a orillas del río. (Foto: Esteban Vega La-Rotta)

El izquierdo suele adormecérsele luego de varias horas de trabajo y, cuando permanece sumergido en el río, su piel acaba quemada por el roce de la bolsa plástica.

¿El remedio? Un relajante muscular de sensación fría que un hermano consiguió en un pueblo cercano y que “le distrae el dolor”.

Para paliar un poco esa situación, fabricó otro tipo de prótesis; unas “más guerreras”.

Son botas de caucho reutilizadas, a las que les introduce el socket de una antigua prótesis (la funda espumosa que aloja y conecta el muñón con el resto de la pieza) y un pedazo de tubo para poder encajar cada muñón con la ayuda de varias medias, toallas femeninas y bolsas plásticas.

A pesar del dolor, Jaime corre, camina, juega fútbol y monta bicicleta con los potes. Ha sabido adaptar su vida a ellos y pareciera no necesitar prótesis.

Las veces en las que el dolor en los muñones ha sido insoportable, ha buscado empleos que no impliquen esfuerzo físico, pero la respuesta siempre ha sido la misma: “Me dicen que es peligroso que me caiga trabajando y que no quieren demandas”.

Jaime Carvalino
Nunca ha tenido una bicicleta propia, pero aprendió a montarla desde niño y solo necesita un pote para hacerlo. (Foto: Esteban Vega La-Rotta)

La esperanza de una vida diferente

En 2018 le surgió una motivación mucho más fuerte para dejar los potes.

Stiven entraba a estudiar y Jaime no quería llevarlo a la escuela con ellos puestos y someterlo al “matoneo” que él mismo sufrió de niño y que acabó dejándolo casi analfabeto y condenado a la pobreza.

Su historia llegó a oídos de la Fundación CIREC, encargada de rehabilitar personas amputadas en Bogotá, y en septiembre de ese año viajó a la capital para cumplir su sueño: llevar a Stiven a la escuela sin los potes.

El 21 de septiembre llegó a Bogotá tras 12 horas en autobús. Traía puesta una pantaloneta de jean, y así permaneció toda su estadía a pesar del frío que puede llegar a hacer (unos 8 grados centígrados), pues con los potes es imposible usar un pantalón completo: se enredaban y es difícil manejarlos.

Jaime Carvalino
Por la asimetría y la complejidad de los muñones de Jaime, su caso desafío el ingenio de los técnicos del CIREC. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

En la tarde tuvo la cita médica. Lo evaluaron durante una hora y esa misma noche regresó a Cúcuta.

Quedaron de llamarlo a finales de noviembre para continuar el proceso, y acabó regresando al CIREC en diciembre para probarse los moldes, ilusionado por recibir el 2019 en casa y con pies.

Jaime nunca se imaginó ir a la capital del país, y mucho menos para conseguir los pies que nunca tuvo.

El Zulia queda a 570 kilómetros de distancia. Es un municipio de sexta categoría (los menos poblados y con menos ingresos de Colombia), que, por su cercanía geográfica con El Catatumbo, una de las regiones más violentas del país, ha tenido presencia de la guerrilla del ELN.

En su pueblo, la gente sobrevive a 35 grados de temperatura cultivando arroz, criando peces, o teniendo ganado. Hay paros armados con cierta regularidad, y los edificios, el tráfico y el ruido ensordecedor de una metrópolis es algo que los pobladores solo conocen a través de las noticias.

Jaime Carvalino
Jaime pasó más de una hora escogiendo sus primeros zapatos en una tienda en Bogotá, pese a las miradas incómodas de la gente una vez notaban sus pies. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

En Bogotá, Jaime vio por primera vez una película en cine, fue de compras, conoció la ciclovía (el programa que restringe el flujo vehicular los domingos en algunas vías principales para que los amantes de la bicicleta transiten), y durante los más de 30 días que estuvo, no hizo otra cosa que imaginarse su vida allí.

Con un trabajo normal, que le implicara menos sufrimiento, y donde, sobre todo, pudiera superarse.

Las prótesis

Luego de tres citas y habiendo pasado año nuevo lejos de su familia en el albergue donde se hospedó durante el tratamiento, los pies nuevos estaban listos.

Unas prótesis valoradas en $4,000, tipo SYME bilateral, con sockets en fibra de carbono y resina acrílica, prácticamente indestructibles, le cambiarían la vida para siempre.

Celebró una vez se puso el socket de la pierna izquierda y comprobó que ya podría usar pantalón completo (la bota entraba).

En cuanto se midió la otra y logró levantarse de la silla, soltó un sorprendido: Uy, qué altura”.

Las prótesis, además de darle la comodidad y la movilidad de las que tanto había adolecido, le regalaron cinco centímetros de estatura.

Jaime Carvalino
Emocionado al ver sus nuevos pies, el 27 de diciembre de 2018. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

Erguido y listo para caminar, dio los primeros pasos sin flaquear, pese a que hacía ocho años no se paraba en unas prótesis.

Al principio Jaime caminaba robotizado, no sabía qué hacer con los brazos y, especialmente, con los hombros.

Pero al cabo de 40 minutos de entrenamiento con el fisioterapeuta, lo logró: lucía como alguien que siempre ha tenido pies.

Jaime Carvalino
Al principio, con las piernas prostéticas caminaba como robotizado. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

Unas zapatillas deportivas negras con cámara de aire, que él mismo escogió en una tienda días antes, fueron los primeros zapatos de su nueva vida. Esos que acompañarían los jeans entubados que ahora se moría por vestir.

Su nueva vida estaba comenzando y ahora solo le faltaba algo: un trabajo acorde a ella.

Los últimos dos años para Jaime no han sido como esperaba.

Pasó de ser “el mocho” del pueblo, a ser Jaime, a secas, y pudo llevar a Stiven a la escuela sin que los compañeritos se burlaran de él.

Pero la búsqueda de trabajo ha sido infructuosa.

Sigue haciendo labores pesadas —cargando bultos, salando cueros de res, cargando madera por el río: oficios con los que puede llegar a ganar máximo $6 al día—, y las prótesis se deterioraron.

Jaime Carvalino
Sus prótesis se deterioraron por las labores pesadas a las que se dedica. (Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA)

Hace 6 meses tuvo que enviarlas por segunda vez a Bogotá para repararlas y, por falta de dinero, no ha podido hacerlo. Desde entonces anda en potes.

Hace dos semanas hablamos por teléfono. Lleva casi un mes fuera de casa, trabajando en una finca, cargando troncos de madera por el río.

En las noches, el dolor en los muñones no lo deja dormir. Los sumerge en agua caliente para desinflamarlos, pero una vez ésta entra en contacto con la piel, le arde tanto que siente que se despelleja.

Todavía hay esperanza: en abril comienza la construcción de un puente sobre la vía que lleva a su casa. Un trabajo al que podría aplicar si tuviera las prótesis reparadas y que mejoraría abismalmente su calidad de vida.

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El dolor que no se borra: Payaso Chocoyito revive el secuestro y asesinato de su hijo a manos de pandilleros

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En un testimonio que estremece hasta las lágrimas, José Domínguez, conocido como el payaso Chocoyito, relató con crudeza el momento en que pandilleros secuestraron y asesinaron a su hijo Nathanael en El Salvador en 2015. Vestido con su característico traje azul, peluca amarilla y nariz roja, el artista transforma su sufrimiento en mensaje de fe y prevención, compartido en plataformas como TikTok y X.

“Me secuestran a mi hijo las pandillas”, comienza Chocoyito con voz quebrada, mientras narra cómo, durante dos meses y medio de cautiverio, él continuaba haciendo reír a niños en fiestas y eventos, ocultando su angustia. El padre explica que, incluso en un congreso de payasos en Nicaragua, mantuvo su compromiso escénico pese al infierno personal que vivía.

El drama alcanzó su clímax cuando le informaron del hallazgo del cuerpo. “Agarré mi moto… y me enseñan esto”, relata, describiendo la foto de su hijo atado de pies y manos con un escopetazo en la cabeza. Cada gesto con el lazo en su muñeca revive el dolor: “Por eso cuando yo hago este lazo y me aprietan duro y me duele la muñeca, recuerdo el dolor de mi hijo”.

@enriqueortegacontrastes Me secuestran a mi hijo las pandillas ##mexico🇲🇽##padresausenteshijoscomplicados##elsalvador🇸🇻##enriqueortegacontrastes ♬ sonido original – Enrique Ortega Contrastes

Chocoyito describe la exhumación en la fosa clandestina: “Cada vez que yo veía un cuerpo… pensé que iba a caer desmayado, pero me mantenía fiel porque quería ver a mi hijo, costara lo que costara”. Al abrir el tercer cuerpo, la confirmación devastadora: “Veo que era mi hijo con la ropa que yo le había dado el día de su cumpleaños”.

“Jamás supe quién le enseñó a mi hijo a decirme todos los días ‘te amo’”, confiesa con emoción contenida, recordando las últimas palabras de Nathanael. “Tenía una foto de mi hijo, la abracé y quería que me dijera te amo, pero él ya no estaba”.

El payaso, quien también es pastor, convirtió su tragedia en el proyecto “Buscando Sonrisas”, visitando escuelas para prevenir la violencia y fortalecer lazos familiares. “Padres de familia, ¿cuándo fue la última vez que le dijiste a tu hijo te amo?”, pregunta directamente al público.Su historia no solo honra la memoria de Nathanael, sino que alerta sobre el flagelo de las pandillas que destrozan familias en Centroamérica. Chocoyito cierra con perdón y esperanza, recordando que “a nadie le deseo lo que yo viví”.

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¿Fracaso histórico o el fin de una era? El colapso de la Francia «invencible» en el Mundial 2026

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La humillación francesa se completó con un último acto de desidia en el partido por el tercer puesto, donde Inglaterra terminó de desnudar las miserias de un gigante sin alma. Lejos de buscar una despedida digna que apaciguara las críticas, la selección de Francia saltó al campo arrastrando los pies y sumida en una evidente crisis de identidad, lo que facilitó que el conjunto inglés se adueñara del bronce con total autoridad. Esta nueva derrota no solo sepultó cualquier intento de maquillar el torneo, sino que dejó claro que el colapso en semifinales no fue un accidente táctico, confirmando el fracaso absoluto de una generación que llegó para reinar y se marchó por la puerta trasera, completamente rota por dentro.
El Mundial de 2026 quedará grabado en la historia del fútbol francés no por la gloria, sino por el peso de una decepción monumental. La selección de Francia, que llegó a la cita norteamericana con la etiqueta de máxima favorita y la plantilla más millonaria del planeta, consumó un fracaso estrepitoso al quedar eliminada en las semifinales. Lo que se promocionaba como un paseo triunfal hacia la corona terminó transformándose en una pesadilla táctica y anímica que ha dejado al país en absoluto estado de shock.
El vestuario galo, repleto de estrellas de élite mundial, fue incapaz de responder en el momento de la verdad. La estrepitosa caída por 2-0 ante España desnudó las carencias de un equipo que, a pesar de su innegable talento individual, careció de alma, juego colectivo y rebeldía. La prensa internacional y los aficionados no dan crédito a cómo un plantel diseñado para dominar Europa y el mundo terminó mostrando su peor versión en el escenario más importante.
La eliminación no es solo dolorosa por el resultado, sino por la humillante forma en la que se produjo. Durante los 90 minutos del partido crucial ante los españoles, la ofensiva francesa firmó una estadística de terror: cero tiros a puerta. Una desconexión total entre el mediocampo y la delantera dejó al equipo completamente inofensivo, evidenciando una alarmante falta de ideas y una pasividad que raya en la displicencia deportiva.
Las críticas apuntan directamente a las principales figuras del equipo, quienes llegaron al torneo con un cartel de superestrellas y se marchan por la puerta trasera. Jugadores de la talla de Kylian Mbappé cargaban con la responsabilidad de liderar esta generación, pero su rendimiento en las fases decisivas fue gris, predecible y carente del brillo que los caracteriza en sus clubes. La falta de liderazgo dentro del terreno de juego dejó al descubierto que los nombres propios no ganan partidos sin compromiso colectivo.
El banquillo tampoco se libra de la quema mediática tras el planteamiento exhibido en las semifinales. El cuerpo técnico francés fue completamente superado en la pizarra por el estratega español, mostrando una incapacidad crónica para reaccionar ante la adversidad táctica. Los cambios tardíos y la falta de un plan de emergencia demostraron que la soberbia previa al torneo nubló la preparación de un equipo que se creyó campeón antes de jugar.
La frustración de la afición es total, ya que el camino previo al partido de semifinales había sido implacable. Francia avanzó con paso firme, goleando a sus rivales y exhibiendo un poderío físico que hacía presagiar un desenlace dorado. Pasar de esa arrolladora superioridad a conformarse con disputar el premio de consolación por el tercer puesto ante Inglaterra se siente como una bofetada directa al orgullo del fútbol galo.
Este torneo marca un punto de inflexión que obligará a una profunda reconstrucción dentro de la Federación Francesa de Fútbol. El fin del ciclo de varios referentes es inminente, y la continuidad del proyecto deportivo actual pende de un hilo fino tras romper las expectativas de millones de seguidores. La etiqueta de «la gran decepción» acompañará a este grupo de futbolistas por el resto de sus carreras, recordándoles el torneo donde lo tenían todo para reinar y decidieron claudicar.
Francia se despide de la gran final con las manos vacías y la mirada baja, dejando una lección clara para el fútbol moderno. El talento sin hambre, estrategia ni cohesión es un gigante con pies de barro fácil de derribar para bloques más hambrientos de gloria. El Mundial 2026 no será recordado por el juego de los Bleus, sino por el día en que la prepotencia futbolística francesa cavó su propia tumba en Semifinales.
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Tras varios días de búsqueda, Daniel encuentra el cuerpo de su primo entre los escombros en Venezuela

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Daniel González removía polvo y pedazos de bloque con el cepillo de una escoba y sus propias manos dentro de un orificio cavado bajo una losa de concreto. Poco a poco, entre los escombros, comenzó a emerger un cráneo, el primer indicio de su primo, a quien buscaba desde hacía 18 días.

Félix Astudillo fue uno de los más de 4,500 fallecidos por el doble terremoto que impactó el norte de Venezuela el pasado 24 de junio. Al momento de la tragedia se encontraba en un festejo en el piso 2 del edificio Residencias Arichuna, ubicado en el sector Los Corales de La Guaira, el estado más afectado.

La estructura colapsó y quedó sepultada bajo toneladas de concreto. Daniel llegó al lugar un día después del terremoto y encontró el edificio en ruinas.

Según su relato, los trabajos con maquinaria comprometían los cuerpos que permanecían atrapados. Pese a no contar con conocimientos técnicos en labores de rescate, asumió el liderazgo y cambió el método de operación, logrando recuperar varios cadáveres.

Su principal motivación era encontrar a su primo, con quien se crio como si fueran hermanos.

«Mi objetivo es sacar a mi hermano y sacar a las otras 10 o 11 personas también restantes, porque yo siento que son familia mía», expresó Daniel, un joyero de 35 años.

«Merecen tener un entierro digno, porque es muy difícil para la mamá, para el padre (…) es una incógnita que les queda por toda su vida», agregó.

El polvo cubre la ropa negra de Daniel, mientras sus desgastados guantes de tela reflejan más de dos semanas de arduo trabajo. Duerme pocas horas en una carpa instalada a metros del edificio y, durante sus momentos de descanso, piensa en las labores realizadas, los cuerpos recuperados y el trabajo que aún falta por completar.

Un grupo de rescatistas voluntarios, policías y bomberos rodeó el hoyo donde finalmente fue localizado Félix. Con un esmeril, cortaron cuidadosamente las varillas metálicas de las columnas que obstaculizaban el área.

Los equipos aún necesitaban removedor para extraer el cuerpo, en estado de descomposición, sin causarle mayores daños.

Tras encontrar el cadáver, un fuerte olor a putrefacción impregnó el ambiente. El hedor se convirtió en una de las principales pistas utilizadas por los rescatistas para buscar entre los escombros.

El olor les indica las zonas donde deben revisar. Posteriormente, utilizan fotografías de los apartamentos enviadas por familiares para estudiar la estructura y determinar los puntos donde deben realizar las excavaciones.

«No parecemos topos, parecemos sabuesos», comentó Daniel irónicamente, en referencia a los rescatistas mexicanos conocidos popularmente como «topos».

«Con el olor nos guiamos, tomamos fotos y empezamos a excavar. Es fuerte el trabajo, pero gracias a Dios hemos sacado 11 cuerpos intactos con esa metodología», explicó.

Daniel estudió ciencias forenses y la tragedia lo llevó a poner en práctica sus conocimientos para identificar y preservar los cuerpos encontrados.

Su experiencia le permitió reconocer inmediatamente a su primo. Pese al alto grado de descomposición, observar su dentadura fue suficiente para confirmar que su «hermano» había muerto entre los escombros.

«Es difícil, yo siempre he estado con él. Él sabía que estaba con él en las buenas y en las malas. Ahí estoy, pa’lante, hasta la muerte», dijo Daniel mientras las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.

«Yo le cumplí lo que le prometí, que lo iba a rescatar», agregó.

Entre momentos de esperanza y las arduas labores de rescate, Daniel no había tenido espacio para procesar la pérdida de su primo. Además, carga con el luto de los cuerpos que ha recuperado.

«Yo creo que estas mismas lágrimas que estoy botando son por los 11 cuerpos que ya saqué y por los 10 o poco más que todavía quedan», expresó.

Conmocionado, Daniel revisó las pertenencias de Félix encontradas en una cartera ubicada junto al sofá donde descansaba al momento del colapso del edificio.

Observó detenidamente su documento de identidad, tarjetas bancarias, billetera y su teléfono celular, que quedó hecho añicos. Posteriormente, guardó cuidadosamente cada objeto en una bolsa de plástico.

«Ya por lo menos mi familia va a estar tranquila», concluyó.

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