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ENTREGA ESPECIAL

CONFESIÓN | “Mi historia la cuento yo, fui a la estación de policía y dije: ´Acabo de matar a mi hermano´”

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Cuando Marta Álvarez llegó a la comisaría, sabía lo que pasaría a continuación: sería condenada por la muerte de su hermano. De hecho, ella misma fue hasta la estación policial y se entregó.

Lo que no sabía es que una vez encerrada, sufriría una nueva condena solo por ser lesbiana.

Esa condena incluyó 17 traslados de cárceles a lo largo de Colombia y tres instancias de confinamiento solitario por besar a una compañera.

Su pelea por los derechos humanos de las personas LGBT en las prisiones colombianas duró sus 10 años de reclusa, pero terminó 14 años después de salir en libertad.

En 2017 un fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos obligó al estado colombiano a cumplir con una serie de acuerdos que incluyó pedirle disculpas públicas a Álvarez por haberla discriminado por su orientación sexual.

El hecho fue catalogado como «histórico» por los medios locales.

También publicó sus memorias, tituladas «Mi historia la cuento yo», y cambió el reglamento de cárceles para garantizar las visitas íntimas a parejas del mismo sexo.

A semanas de haber vuelto a vivir a Colombia tras años en Estados Unidos, Álvarez habló con BBC Mundo sobre su vida antes, durante y después de la cárcel, entrevista se comparte a continuación en primera persona porque, como dice el título de su libro, es su historia y ella ha de contarla.

Capítulo I: Santuario

En Colombia yo vivía -y vivo ahora- en un pueblo del departamento de Risaralda que se llama Santuario, ubicado en la cordillera occidental de los Andes.

Pero cuando tenía 19 años mi papá me envió a Estados Unidos.

Fue por razones de seguridad, porque aquí me estaban amenazando por ser abiertamente lesbiana. Entonces mi papá pensó que era prudente que me fuera antes de que sucediera algo.

Marta Álvarez jugando al fútbol
Foto: cortesía Marta ÁlvarezEl fútbol es una de las pasiones de Álvarez. En Estados Unidos llegó a jugar en equipos de primera división amateur.

Me envió con un hermano mayor, también gay, a Boston, Massachusetts.

Allá estudié programación de computadores, unos lenguajes que hoy en día ya no existen, porque son obsoletos. Esto me ayudó a conseguir un trabajo mejor.

Luego empecé a estudiar farmacia, que siempre fue mi profesión principal. Y jugué mucho fútbol. No existía el fútbol profesional femenino en esos días, pero llegué hasta equipos de primera división amateur.

Hasta que, en 1993, regresé a Colombia otra vez. De ahí para acá fue cuando ocurrieron los hechos.

Volví a Colombia porque mi hermana me lo pidió. Yo tenía un hermano menor que era adicto a las drogas, al licor y a todo tipo de sustancias. La situación se estaba volviendo insoportable y, como él y yo nos queríamos tanto, ella pensó que si yo venía a Colombia y hablaba con él, me iba a hacer caso.

Pero no. Ya fue demasiado tarde. Cuando vine, él ya no respondía a nada.

La primera vez que lo vi, yo estaba muy contenta. Lo quise abrazar, pero él me esquivó y no quiso que me acercara. A mí me pareció muy extraño porque siempre fuimos muy unidos.

Después de eso ya empezó a atacarme, a insultarme, a golpearme y yo acudí a las autoridades. Inclusive fui donde el cura y el médico del pueblo. Nadie, nadie me ayudaba.

Marta Álvarez en Washington, 1987.Foto: cortesía Marta Álvarez»Me estaban amenazando por ser abiertamente lesbiana», cuenta Álvarez. En la foto está en la marcha gay de Washington de 1987.

También fui a la Defensoría del Pueblo en Pereira, que es la capital del departamento, pero con tan mala suerte que ese día había mucha gente y no me pudieron atender.

Pero antes de eso, mi hermana y yo le habíamos instaurado una tutela a mi hermano, reclamando el derecho a vivir en paz, pero la Justicia falló en contra. Entonces ninguna autoridad me ayudaba. Nadie, nadie, nadie.

Hasta que decidí irme. Creo que por alguna razón las cosas pasan.

Capítulo II: La pelea

Me fui a Pereira un viernes y el otro día recordé que tenía una cita en la casa con unos políticos por la noche. Entonces cuando regresé a Santuario, me encuentro a mi hermano drogado y alcoholizado, y empezó a insultarme otra vez.

Entonces yo fui donde dos policías que vi cerca de la casa y les pedí el favor de que se lo llevaran. Siempre hacíamos eso cuando él estaba así: pedíamos que lo llevaran para el cuartel hasta que se le pasara el efecto. Regresaba resentido pero, aún así era menos peligroso.

Pero estos señores dijeron que no podían subir porque no tenían autorización y yo les expliqué que me sentía insegura con él en ese estado. Ellos igual no quisieron entrar.

Con miedo y todo, volví. Ahí fue cuando se ocasionó la pelea entre mi hermano y yo.

Empezamos a discutir. Él siempre me trataba muy mal, pero en un momento lo que a mí me trastornó -y digo «trastornó» porque yo no sé qué me pasó- es que él tenía una pantaloneta, como una bermuda, sacó el pene y me dijo: «Chupe, chupe», y se me acercó.

Ahí fue cuando me dio una cosa que yo no sabría explicar. Yo tenía una pistola que había comprado precisamente para defenderme, porque días antes mi sobrino nos había reunido en la casa, con mi hermano presente, y dijo: «Tío, yo lo escuché anoche contratando a un sicario para que matara a mi tía».

A mí se me ocurrió que para al menos tener una posibilidad de defenderme, necesitaba un arma. Por eso, ese día la tenía.

Marta Álvarez en la cárcel de Pereira en 1994
Foto: cortesía Marta Álvarez
Álvarez en la cárcel de Pereira, en 1994.

Entonces, cuando él sacó el pene, a mí se me fue el mundo. Yo sentí como que todo se me salió de dentro. Es que no tengo ni palabras para explicar lo que sentí.

Saqué la pistola y le dispare. Y ya.

Entonces salí de la casa y me fui para la estación de policía y dije: «Acabo de matar a mi hermano». Me metí en la celda y esperé a que le pusieran candado.

Capítulo III: La distinta

Cuando todo esto ocurrió, no me acuerdo si tenía 34 años o los iba a cumplir. Pero llegué a la cárcel y me asusté porque nunca había estado en la cárcel y las personas con las que yo me rodeaba, eran personas trabajadoras y profesionales de Boston.

En la cárcel me encontré con gente de todas las clases, mujeres drogadictas… de todo.

Sin embargo, yo pensaba que había actuado en defensa propia y que iba a salir pronto. Me terminaron condenando a 33 años y cuatro meses de cárcel.

Había internas que eran lesbianas, pero yo era diferente porque estaba acostumbrada a la cultura norteamericana. Tenía otro concepto de lo que es el respeto hacia los demás, el derecho a la igualdad y al libre desarrollo de la personalidad. Pero ellas no entendían o no lo sabían.

Marta Álvarez en el 50 aniversario de Stonewall, Nueva York, 2019.
Foto: cortesía Marta Álvarez El año pasado, cuando aún vivía en Estados Unidos, Álvarez fue a Nueva York a celebrar el 50 aniversario de Stonewall.

También les daba mucho miedo porque el mecanismo que utilizaba el INPEC (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario) para amedrentar al personal interno, sobre todo a las mujeres, era trasladarlas a otros centros penitenciarios y, de esta manera, alejarlas de las familias, de los hijos y de las parejas que tienen dentro de la cárcel.

Las separaban. Y por eso les daba mucho miedo alzar la voz.

Cuando yo llegué las internas me contaron que había una interna en el calabozo, que ya llevaba como tres o cuatro meses en confinamiento solitario porque le dio un beso a otra muchacha. A mí eso me pareció demasiado. Entonces me contacté con la Defensoría del Pueblo.

La defensora regional en esos días era la doctora Marta Tamayo, que fue quien me representó en el caso contra el estado colombiano hasta que se ganó.

Ella vino a la reclusión y me dijo que sabía lo que estaba pasando, pero que necesitaba que alguien denunciara, que alguien pusiera la cara, y me preguntó si yo de verdad me quería arriesgar, porque lo que se me iba a venir encima era duro.

Yo le dije que sí, porque esto no se podía seguir así. Me dolía. Y entonces decidimos que íbamos a dar pelea.

Capítulo IV: Los traslados

A mi me trasladaron un total de 17 veces, repitiendo la misma cárcel varias veces en algunos casos. Las excusas eran muchas.

Decían que yo era un peligro para el centro carcelario porque yo amotinaba a las internas y que las amenazaba si no lo hacían. Eso nunca sucedió.

Decían que yo había tratado de golpear a una guardiana, cosa que tampoco nunca sucedió. ¡Ni siquiera decía malas palabras en ese entonces! Algunas internas incluso me decían que tenía que aprender a pelear, porque creían que me la montaban por boba.

Marta Álvarez en la cárcel de Pereira en 1995
Foto: cortesíoa Marta Álvarez
Álvarez en la cárcel de Pereira, en 1995.

También utilizaban otras formas de castigo: meterme al calabozo, quitarme visitas, no dejar entrar a mi familia…

Mi familia también sufrió, porque mi hermana iba a visitarme a veces y no la dejaban entrar. Y de mi pueblo a Pereira son dos horas de trayecto. Entonces mi hermana iba, me compraba un pollito en algún restaurante y no la dejaban entrar. «Su familia no vino a visitarla», me decían.

O cuando me metía en el calabozo, obviamente nadie podía ir a verme.

Ya cuando me condenaron, por razones de seguridad me trasladaron a una cárcel más grande. Es que la de Pereira era pequeña y me trasladaron para Medellín y allí también surgieron problemas porque conformé un Comité de Derechos Humanos. Entonces me trasladaron para Bogotá.

Y así era. Siempre sacaban una excusa para trasladarme a cualquier parte. Mientras más lejos, mejor.

Yo era un problema para ellos porque peleaba por los derechos humanos de las lesbianas, por el derecho al libre desarrollo de la personalidad, el derecho a no ser discriminadas.

A nosotras nos metían al calabozo, nos trasladaban, nos castigaban por ser lesbianas. Era el único motivo. Nos trataban diferente.

Entonces mi pelea era por los derechos de la lesbianas porque por las heterosexuales no había que pelear: ellas tenían todo. Un ejemplo eran las visitas íntimas.

Cuando estaba en Pereira, le dije a Marta (Tamayo) que yo también quería tener la visita íntima con mi compañera, que estaba libre. Ella me dijo: «Se la van a negar, pero a partir de ahí es que vamos a empezar».

Marta Álvarez en su último trabajo en Cambridge, Estados Unidos
Foto: cortesía Marta Álvarez
Estudió farmacia, que siempre fue su profesión principal. En la imagen se la ve en su último trabajo en Cambridge, Estados Unidos.

Entonces solicité la visita íntima con mi compañera y ahí fue donde surgió la problemática mayor.

El director de la cárcel dijo que no, que no, que no y que no: que eso era inmoral, que se podría presentar suplantación de persona, que qué dirá el arzobispo, que es un mal ejemplo para los niños… Se presentaron un montón de argumentos ilógicos y obviamente se me negó y trasladó.

También terminé en confinamiento solitario tres veces por pelear por derechos humanos. La primera vez fueron 10 días, la segunda fueron 15 y después como una semana.

Es difícil el confinamiento. Te deteriora mentalmente y psicológicamente. En mi caso, además, no comía. Bajé mucho peso todas las veces y salía muy resentida porque no había hecho nada para merecerlo.

Y el odio se me acumuló durante todo el tiempo que estuve presa.

Esa es la vida de uno, es como la casa. Entonces llegas a un lugar, empiezas a acostumbrarte, a construir lazos afectivos con la gente, a hacer amigas. De pronto empiezas una relación afectiva con alguna chica y estas personas se enteran, te envían para otro lado y te lo rompen.

Es muy doloroso. Uno sabe que no va a volver, que a la persona que era la pareja no la volverá a ver nunca o por lo menos mientras siga encerrada.

Entonces el calabozo me generaba mucho rencor, mucho odio, mientras que los traslados y que me separaran de las personas que tenía alrededor me generaba mucho dolor.

Marta Álvarez en la cárcel en Bogotá, 1998.Foto: cortesía Marta ÁlvarezÁlvarez en la cárcel en Bogotá, en 1998.

Creo que es peor el dolor que el odio.

Capítulo V: La libertad

En Colombia, con buena conducta, pagas las tres quintas partes de la pena. Además, uno trabaja, estudia y todo eso es redención de pena. Ya luego está la libertad condicional, donde uno sale, pero con restricciones.

Por eso pude salir con solo 10 años de prisión.

El día en que salí tenía mucha expectativa, muchas ganas de irme. Mi familia se ofreció a recogerme, pero yo les respondí que no: «Llegué sola y sola me voy». Siempre he sido muy independiente.

Pero salí sintiendo nostalgia porque, después de todo, le cogí amor a la cárcel. Es como el síndrome de Estocolmo, que uno se enamora del secuestrador.

Salí y fui a coger un taxi para irme al terminal para volver a Santuario y en eso pasa un furgón de la cárcel y me pregunta a dónde iba. Y se ofrecieron a llevarme.

Me subí en la parte de atrás del furgón con una maletica y con la puerta abierta. Siempre que me movilizaban era con la puerta cerrada y ese calor y olor a gasolina quemada que me mareaba. Y ahorita yo estaba con esa puerta abierta y tranquila.

Marta Álvarez en la cárcel de Bogotá en 2000.
Foto: cortesía Marta Álvarez
Álvarez en la cárcel de Bogotá, en 2000.

Cuando llegué al terminal, me bajé y me fui. Y pensé: «Todas las puertas están abiertas, todas las puertas están abiertas. Esto es increíble».

Pero no terminó ahí.

Capítulo VI: Álvarez vs Colombia

Cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos aceptó la demanda, me dio mucha alegría. Sentí que se había dado un paso muy grande y que de eso no se podía retroceder. Sin embargo, sabíamos que se iba a demorar.

La demanda se presentó el 18 de mayo del 96 y la Corte Interamericana de Derechos Humanos la remitió en mayo del 99, tres años después. Yo salí el 18 de diciembre de 2003.

Siempre sentí una solidaridad muy grande con las muchachas, porque sufrían mucho. Entonces no podía abandonarlas: ellas lo necesitaban. Así que el caso se siguió y se siguió y se siguió.

Fueron muchos años y a veces estábamos cansados. A veces se nos bajaron los ánimos.

Hubo un momento en que el Estado me propuso una indemnización y dejarlo todo así. Mi abogada me preguntó: «¿Usted qué piensa?». Y yo: «No, no, no, no. La indemnización sí, pero hay otras cosas que tenemos que hacer».

Ahí fue cuando decidimos al acuerdo con el estado colombiano, que firmamos el 14 de julio del 2017.

Cuando estaba en la cárcel, escribí todas mis memorias. Simplemente estaba escribiendo como un diario. Entonces mi abogada me sugirió que por qué no publicamos ese libro para que la gente se diera cuenta qué fue lo que pasó.

Portada del libro
Foto: Ministerio del Interior de ColombiaEl libro «Mi historia la cuento yo» de Marta Álvarez fue editado y distribuido por el estado colombiano tras un fallo de la Comisión Interamericana de Derecho Humanos.

Entonces un acuerdo era que se editara, publicara y divulgara el libro que escribí, que se llama «Mi historia la cuento yo», que contiene mi diario. El Estado imprimió 8.000 ejemplares que se repartieron gratuitamente en todos los centros de reclusión y en bibliotecas del país.

Otro acuerdo fue la modificación del reglamento general penitenciario y el reglamento interno de los 132 centros de reclusión en el país, con el fin de garantizar el derecho a la diversidad sexual de las personas en prisión.

Las modificaciones contienen, además de la regulación de la visita íntima entre personas del mismo sexo, la obligación respecto de los derechos de las personas LGBT privadas de la libertad y el derecho a las personas trans a ser llamadas conforme a su género y a ingresar a los centros de reclusión artículos de uso personal acordes con su identidad.

Entonces, dentro del código quedó establecido que tienen derecho a que se les entre su labial, sus zapatos o lo que sea que necesiten o que quieran.

Otro acuerdo fue diseñar y desarrollar un programa de formación continua para el personal directivo administrativo y de guardia en cárceles sobre derechos de hombres y mujeres LGBT en prisión. En esto se está avanzando.

También se creó un observatorio virtual de jurisprudencia a favor de las personas LGBT privadas de la libertad y una mesa de seguimiento.

La reparación material por los perjuicios morales ocasionados a mí también ya se cumplió.

Capítulo VII: Santuario otra vez

A mi última compañera la conocí en la cárcel. Salimos y nos casamos en Estados Unidos. Pero nos divorciamos porque yo tengo un espíritu muy libre y a mí no me gusta estar atada a las cosas: a mí me gusta moverme cuando yo quiera y hacer lo que yo quiera.

Marta Álvarez con su gata
Foto: cortesía Marta Álvarez
Álvarez rescató a una gata de 6 meses y le puso de nombre Mara Lucía. «Es mi hija», cuenta.

Ella se quedó y yo me volví para mi pueblo. Ya estuve muchos años allá y me cansé. Ya estoy aquí en mi casa relajadita con mi gatica, que es mi hija. Se llama Mara Lucía y tiene 6 meses. La adopté luego de ser abandonada apenas al mes de nacida.

Soy feliz. Por fin puedo decir que soy feliz.

Me arrepiento de haberle dado muerte a mi hermano. Me arrepiento mucho. Creo que de pronto mi hermano dejó de sufrir, porque sufría en vida.

Y yo llegué a la cárcel y sí, sufrí también, pero no me arrepiento de eso.

Creo que la vida a pesar de lo difícil, lo duro que fue el incidente con mi hermano, pienso que algo tenía que ponerme a mí en la cárcel y por muchos años. No por dos o tres meses, sino por muchos años, porque esa pelea había que darla.

Había mucha gente sufriendo y solo una persona como yo era capaz de hacerlo.

Siento que el universo me tenía destinada a estar ahí.

Créditos: Semana.com

ENTREGA ESPECIAL

Las imágenes del 11 de septiembre que conmocionaron al mundo

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Este 11 de septiembre se cumplen 25 años de los atentados que marcaron uno de los episodios más trágicos de la historia reciente de Estados Unidos. Las imágenes registradas aquel día dieron la vuelta al mundo y quedaron grabadas en la memoria colectiva.

La mañana del 11 de septiembre de 2001, cuatro aviones fueron secuestrados por integrantes de Al Qaeda. Dos de ellos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York; otro se estrelló contra el Pentágono, en Washington, y un cuarto cayó en Pensilvania después de que los pasajeros intentaran recuperar el control de la aeronave.

Las cámaras captaron en directo el momento en que los aviones impactaron contra las torres y las enormes columnas de humo que comenzaron a cubrir el cielo de Manhattan. Minutos después, las imágenes mostraron el colapso de los edificios y la magnitud de la emergencia.

El vuelo 11 de American Airlines impactó la Torre Norte a las 8:46 de la mañana. A las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines se estrelló contra la Torre Sur. Las escenas fueron transmitidas por medios de comunicación de todo el mundo mientras miles de personas intentaban alejarse de la zona.

Entre las imágenes que quedaron como testimonio de aquella jornada también están las del humo saliendo del Pentágono después del impacto de otro de los aviones secuestrados, así como las escenas de evacuación, rescate y respuesta de los equipos de emergencia.

La destrucción de las Torres Gemelas y el caos registrado en las calles de Nueva York convirtieron las fotografías y videos de ese día en documentos históricos que, 25 años después, continúan siendo utilizados para recordar la magnitud de los atentados.

Los ataques dejaron 2,977 personas fallecidas en Estados Unidos. A esa cifra se suman miles de personas que posteriormente desarrollaron enfermedades relacionadas con la exposición a sustancias tóxicas tras los atentados.

Un cuarto de siglo después, una nueva generación conoce aquellos acontecimientos principalmente a través de fotografías, videos, relatos de sobrevivientes, familiares y materiales educativos.

Las imágenes de los aviones impactando contra las torres, el humo sobre Manhattan, el derrumbe del World Trade Center y las labores de emergencia permanecen como algunos de los registros más impactantes de una jornada que cambió la historia de Estados Unidos y tuvo repercusiones a nivel mundial.

Este viernes, Nueva York conmemora el 25 aniversario de los atentados con una ceremonia en la Zona Cero, donde familiares de las víctimas participan en la lectura de los nombres de quienes fallecieron. El acto forma parte de las actividades de memoria que buscan mantener presente lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001.

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ENTREGA ESPECIAL

Roselle, la perra guía que salvó a su dueño invidente de la tragedia del 11 de septiembre.

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El 11 de septiembre de 2001, Michael Hingson, ciego de nacimiento, se encontraba trabajando en su oficina ubicada en el piso 78 de la Torre Norte del World Trade Center, en Nueva York. A su lado estaba Roselle, su perra guía, una labradora entrenada.

A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines impactó la Torre Norte, 16 pisos por encima del lugar donde se encontraban Hingson y Roselle. El impacto provocó que el edificio se sacudiera, mientras fragmentos del techo cayeron y el humo comenzó a ingresar por los pasillos.

En medio de la emergencia, Roselle mantuvo la calma. La perra permaneció junto a Hingson y esperó sus instrucciones. Ante el peligro, ambos iniciaron el descenso por una escalera de emergencia.

Mientras bajaban, el humo se hacía más denso y aumentaba el número de personas que evacuaban el edificio. Los gritos se mezclaban con las sirenas de los bomberos que subían mientras ellos descendían.

La presencia de Roselle generó confianza entre otras personas que evacuaban el edificio, algunas de las cuales comenzaron a seguirlos. Hingson y su perra descendieron los 78 pisos durante casi una hora hasta llegar al exterior.

Al salir a la calle, la Torre Sur ya estaba en llamas. Poco después, una densa nube de polvo y acero provocada por el colapso de la estructura cayó sobre ellos. En ese momento, Roselle tiró de la correa y condujo a Hingson y a las personas que los seguían hacia una estación de metro cercana, donde encontraron un lugar relativamente seguro.

Años después, Hingson recordó que, incluso mientras el entorno se desmoronaba, Roselle mantuvo la calma y continuó moviendo la cola.

La historia de Roselle

Roselle nació el 12 de marzo de 1998 en San Rafael, California, en la organización Perros Guía para Ciegos, Guide Dogs for the Blind. Durante sus primeros meses fue criada en Santa Bárbara por Kay y Ted Stern, antes de regresar a San Rafael para completar su entrenamiento como perro guía.

El 22 de noviembre de 1999 conoció a Michael Hingson y se convirtió en su quinto perro guía. Desde entonces, ambos desarrollaron un vínculo basado en la confianza y el compañerismo.

Después de sobrevivir al atentado, Hingson y Roselle regresaron a casa. La perra continuó con su rutina y volvió a jugar con Linnie, la anterior perra guía retirada de Hingson.

En 2002, Roselle recibió el Premio a la Excelencia Canina (ACE) en la categoría de perro de servicio.

En 2004 fue diagnosticada con trombocitopenia inmunomediada, una enfermedad del sistema inmunológico que pudo ser controlada durante un tiempo con medicamentos. Sin embargo, en 2007, los efectos secundarios del tratamiento comenzaron a afectar sus riñones, por lo que tuvo que retirarse oficialmente como perro guía.

Roselle falleció a los 14 años, el 26 de junio de 2011, luego de ser diagnosticada con una úlcera estomacal. Murió acompañada por Hingson y su esposa, Karen.

Ese mismo año fue condecorada con la Medalla Dickin, otorgada por el Dispensario Popular para Animales Enfermos (PDSA), reconocimiento considerado el equivalente animal de la Cruz Victoria. Además, la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos la nombró de manera póstuma Perro Héroe Americano del Año.

El legado de Michael Hingson y Roselle

Tras salir del World Trade Center, Hingson regresó a California y asumió el cargo de director de asuntos públicos en la organización Perros Guía para Ciegos. Desde esa posición comenzó a compartir la experiencia vivida junto a Roselle y a recaudar fondos para el entrenamiento de más perros guía.

En 2008 fundó su propia empresa, el Michael Hingson Group, desde donde amplió su actividad como conferencista y defensor de los derechos de las personas con discapacidad visual.

La historia de ambos también quedó plasmada en diferentes obras. En agosto de 2011 se publicó el libro “Thunder Dog: La historia de un hombre ciego, un perro guía y el triunfo de la confianza en la Zona Cero”, escrito por Hingson junto a Susy Flory. La obra ingresó a la lista de los más vendidos del New York Times durante su primera semana.

En diciembre de 2013, Hingson y Jeanette Hanscome publicaron “Corriendo con Roselle”, un libro dirigido al público juvenil que relata cómo un niño ciego y una perra guía crecieron juntos y enfrentaron uno de los momentos más difíciles de la historia reciente de Estados Unidos.

La historia de Roselle también fue presentada en el podcast “This is Love”, donde Hingson relató su experiencia durante y después del 11-S. Además, el cantautor Michael Gaither le dedicó la canción “Roselle”.

En 2015, Hingson fue invitado a formar parte del consejo asesor de AIRA, una empresa que desarrollaba un sistema de asistencia para personas ciegas mediante gafas inteligentes. Después de probar el servicio en un aeropuerto, se incorporó a la compañía como embajador.

Posteriormente, asumió el cargo de director ejecutivo de la Fundación Do More de AIRA, con el objetivo de recaudar fondos para ofrecer el servicio de manera gratuita en ciudades y centros educativos y facilitar el acceso a esta herramienta para estudiantes ciegos en todo el mundo.

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La casa verde de Nepal que resistió la avalancha: la familia que sobrevivió al desastre que ya supera los 600 muertos

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El 26 de agosto de 2026, alrededor de las 8:30 de la mañana, un colapso de hielo y roca en las laderas del Langtang Lirung, cerca de la frontera entre Nepal y el Tíbet, desató una avalancha que el Servicio Geológico de Estados Unidos registró como un evento sísmico de magnitud 5.2. El material descendió por el valle del Lhende Khola y se canalizó por los ríos Bhote Koshi y Trishuli, formando un torrente de lodo, piedras y escombros que arrasó pueblos enteros en Rasuwa y Nuwakot en cuestión de minutos.
En medio de esa corriente, una casa de dos plantas pintada de verde claro se quedó de pie. Al menos tres personas —un hombre, una mujer y un niño— permanecieron en el balcón del segundo piso mientras las construcciones vecinas desaparecían. El video, grabado desde una ladera cercana, se volvió viral porque la vivienda, aunque cubierta de barro, no colapsó. Horas después, equipos de rescate confirmaron que la familia había sido evacuada con vida.
Hasta el sábado 29 de agosto, las autoridades nepalíes reportaban 626 muertos y más de 2.400 desaparecidos solo en su territorio; en el lado tibetano había al menos siete fallecidos y más de 550 personas sin localizar. Más de 3.700 personas habían sido rescatadas. El desastre también destruyó puentes, tramos de carretera y varios proyectos hidroeléctricos, incluido el Upper Trishuli-1, donde decenas de trabajadores quedaron atrapados en un túnel.
No se han publicado declaraciones públicas de los ocupantes de la casa verde. Otros sobrevivientes de Nuwakot sí hablaron. Kalpana Malla relató a la BBC que vio cómo la corriente se llevaba a su madre, su padre, su hermana y sus sobrinos: “No pudieron escapar; no había ninguna posibilidad”. Ella y su hijo Sugam se salvaron subiendo al techo de otra vivienda. Historias similares se repiten en hospitales y centros de ayuda, donde familias clavan fotos de desaparecidos en las paredes. Científicos señalan que el desprendimiento combinó el colapso de la lengua de un glaciar con un deslizamiento de la roca que lo sostenía. El calentamiento en el Himalaya debilita ese “pegamento” de hielo en las grietas de la montaña, aunque todavía es pronto para atribuir el evento de forma directa al cambio climático. Lo que sí quedó claro es la velocidad: la gente apenas tuvo segundos para reaccionar.
La casa verde se convirtió en símbolo precisamente porque contrasta con el resto del paisaje: un punto de color intacto en un valle de lodo. Su resistencia reabrió el debate sobre cómo se construye en zonas de riesgo glaciar. Mientras tanto, las labores de búsqueda continúan bajo mal tiempo y con el temor de que un nuevo lago formado aguas arriba vuelva a desbordarse.

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