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Venezuela: la encrucijada entre el derecho a la vida y el imperio de la fuerza- Lisandro Prieto Femenía

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“El derecho a la independencia política no está garantizado por un acto de voluntad; es el resultado de una historia en la que se entrelazan la fuerza, la ley y la legitimidad” (Arendt, 1958, p. 17).

La irrupción de fuerzas especiales norteamericanas en Caracas para extraer a Nicolás Maduro del territorio venezolano no representó únicamente un evento de violencia política extrema, sino que activó una tensión filosófica que ha perseguido a la modernidad desde su origen: la disputa irreconciliable entre soberanía, legitimidad y el ejercicio crudo de la fuerza.

Los relatos periodísticos coinciden en describir la operación como una intervención militar estadounidense de gran escala que culminó con la detención y traslado del tirano venezolano fuera de su territorio. Ahora bien, desde la perspectiva normativa, la captura- y la consiguiente ocurrencia de golpes, explosiones y riesgo de víctimas civiles- obliga a replantear cómo pensamos la soberanía estatal en clave de responsabilidad moral y legal.

Si comprendemos la soberanía como la facultad última de decisión de un pueblo sobre su propio destino dentro de un territorio determinado, debemos también reconocer que tal condición no puede ser un cheque en blanco absoluto ni permanecer indemne a la moralidad de los gobernantes de turno. El derecho internacional moderno protege la integridad territorial y la no intervención, pero también ha ido integrando el imperativo de la responsabilidad cuando el ejercicio del poder degenera en un atropello sistemático a la dignidad humana.

En este escenario, la soberanía deja de ser una abstracción jurídica para transformarse en un problema ético que demanda replantear la responsabilidad moral frente al abuso del poder. La cuestión crítica reside, precisamente, en cómo conciliar la protección de la vida y la dignidad humana frente a la defensa de la arquitectura jurídica que sostiene a los Estados.

Considerando este contexto, emerge entonces la aporía central de la tragedia venezolana: la parálisis de la soberanía interna frente a un régimen degenerado que ha corrompido, durante décadas, los mecanismos de expresión de la voluntad popular. Nos enfrentamos a la paradoja de un pueblo que, tras años de elecciones fallidas y una resistencia cívica y militar sistemáticamente desarticulada, se halla en una imposibilidad fáctica de resolver su propio destino.

Esta “impotencia soberana” plantea un dilema perturbador: si la auto-liberación es inviable debido a la desproporción de los medios de coacción del Estado, ¿se vuelve legítima la irrupción de una fuerza superior externa para resolver aquello que, de otro modo, permanecería estancado en la opresión? Al respecto, es necesario recuperar la noción de soberanía popular que sostiene que el poder reside en el pueblo, pero surge la interrogante sobre qué ocurre cuando ese pueblo ha sido despojado de toda posibilidad de actuar políticamente.

En su obra “Leviatán”, Thomas Hobbes ya advertía sobre la fragilidad del pacto social cuando el soberano incumple su función de protección: “La obligación de los súbditos con respecto al soberano se comprende que no ha de durar ni un momento más de lo que dure el poder mediante el cual tiene capacidad para protegerlos” (Hobbes, 1651/2017, p. 254). Sin embargo, en el contexto contemporáneo, la caída del protector no surge de una rebelión interna exitosa, sino de un actor ajeno que reclama para sí la ejecución de una justicia que el propio cuerpo político no pudo articular.

Esta situación de quiebre institucional y vulnerabilidad exterior no es, sin embargo, un acontecimiento fortuito o imprevisto. Como sostuve hace un mes en mi análisis titulado “Mientras Maduro baila, la soberanía de Venezuela se estremece”, existía ya una advertencia clara sobre cómo el vaciamiento de la institucionalidad democrática y la entrega de los resortes del Estado a una élite cerrada terminarían por herir de muerte la soberanía nacional, dejándola a merced de voluntades extranjeras. En dicho texto, se alertaba con precisión que “la soberanía no es sólo una declaración retórica de independencia, sino una praxis cotidiana de autodeterminación que, al ser asfixiada internamente, invita a la intervención como única vía de resolución, aunque ésta sea traumática” (Prieto Femenía, 2025). La incapacidad política interna para canalizar el conflicto y la degradación de la soberanía en un simple escudo para la impunidad del mando crearon las condiciones de posibilidad para que un poder externo se adjudique la facultad de decidir sobre el territorio y sus actores.

La advertencia sobre estos problemas de soberanía subrayaba que, cuando el Estado se divorcia del bienestar de su pueblo y se convierte en una estructura de ocupación interna, la “herida” de la soberanía se vuelve profunda e infecta. Este aviso filosófico y político se ha materializado el día 03 de enero de 2026 en la operación militar precitada, confirmando que la ausencia de una resistencia interna con capacidad de fuego o articulación política real deja un vacío que la geopolítica de la fuerza siempre intenta llenar. Así, lo que hoy vemos como una extracción quirúrgica, es, en realidad, el desenlace de un proceso de erosión soberana que ya había sido denunciado: “la verdadera soberanía se pierde mucha antes de que llegue el primer avión extranjero; se pierde cuando un pueblo ya no tiene voz ni medios para interpelar a sus gobernantes” (Prieto Femenía, 2025).

Esta paradoja se profundiza al observar la selectividad y la incompletitud de la intervención. Mientras Estados Unidos captura a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, la cúpula militar y política que ha servido de andamiaje corrupto al régimen permanece intacta en territorio venezolano. La permanencia de figuras clave como Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López plantea un escenario de soberanía fragmentada y peligrosa.

Lejos de desarticular la estructura pútrida de poder, la extracción precisa de la cabeza del Ejecutivo deja a la nación en manos de una casta militar que no sólo ha respaldado a Delcy Rodríguez en la vicepresidencia, sino que exige la liberación de Maduro, manteniendo el control de los medios de coacción (La Voz, 3 de enero de 2026). Esta realidad evidencia que la fuerza externa, por muy superior que sea, es incapaz de extirpar las raíces de un sistema cuando se limita a la captura de símbolos individuales, dejando atrás una estructura de mando que Infobae (2026) y Clarín (2026) describen como el verdadero núcleo de la resistencia del chavismo. Ahora bien, la pregunta filosófica aquí es si se puede hablar de “liberación” cuando el aparato represivo que sostuvo al tirano permanece incólume, detentando ahora de un poder quizás más errático y desesperado.

Esta praxis unilateral erosionada por la intervención extranjera genera una profunda contradicción entre el “hacer” externo y el “decidir” interno. El presidente constitucional en el exilio, Edmundo González Urrutia, ante la conmoción de los hechos, ha manifestado una postura que busca rescatar la acción de los ciudadanos frente al impacto del evento militar. Al afirmar que los venezolanos deben estar “listos para la gran operación de la reconstrucción de nuestra nación”, González Urrutia intenta trasladar el eje de la soberanía desde el acto de la fuerza estadounidense hacia la capacidad de reorganización de la sociedad civil (Perfil, 3 de enero de 2026).

Las declaraciones precedentemente explicitadas remarcan que la verdadera soberanía no se agota en la remoción física del opresor, sino la reconstrucción del Estado de derecho: “Nuestro compromiso es: lealtad al pueblo, a la libertad y al Estado de derecho. Nunca traicionaremos nuestros principios, esa será la base de la reconstrucción de la nación” (González Urrutia, citado en El Universal, 2026). Esta apelación a los principios democráticos actúa como un contrapeso necesario ante la narrativa de la “soberanía imperial”, recordando que la legitimidad de origen debe ser convalidada por una legitimidad de ejercicio que sólo el pueblo puede otorgar.

La captura forzada de un jefe de Estado por una potencia extranjera despliega, por tanto, dos familias de objeciones que no son mutuamente excluyentes. La primera alude a la legitimidad normativa: ¿puede una potencia externa vulnerar el principio de no intervención alegando una suerte de justicia transnacional? La segunda se centra en la eficacia política y ética: aún concediendo la justeza de quitar de la escena a un régimen represor, ¿es la violencia armada una vía que asegura una transición legítima, estable y justa?

La fuerza instrumental, cuando se despliega al margen de los procesos deliberativos, genera vacíos de poder que no necesariamente conducen a una restauración democrática, sino a nuevas formas de dependencia o resentimiento. Los registros de la operación en Caracas documentan impactos directos: daños en infraestructura, desplazamientos y pérdida de vidas, indicativos de que la violencia entraña costos humanos que difícilmente se compensan con la mera expulsión del individuo en el poder. En este punto, es fundamental diferenciar entre la intención y la consecuencia. Como bien señaló Kant en su obra “Sobre la paz perpetua”, “un Estado no es (como el suelo sobre el que tiene su sede) un haber (patrimonial). Es una sociedad de hombres sobre la que nadie más que él mismo tiene que mandar y disponer” (Kant, 1795/2012, p. 7).

Esta dinámica unilateral habilita una reciprocidad peligrosa donde la ley se vuelve instrumental a la voluntad del más fuerte, comprometiendo la seguridad jurídica global. Existe, además, un problema de representación moral: actuar en nombre de una población desde el exterior implica sustituir procesos autónomos de emancipación por soluciones impuestas. Criticar la intervención no equivale a defender al tirano decadente; mas bien, reivindica la prioridad de los procesos internos de soberanía, que, aunque falibles, tienen la ventaja de producir acuerdos comprensibles para la comunidad política. No se puede soslayar la dimensión realista: las democracias occidentales poseen medios materiales para incidir decisivamente, pero este ejercicio obedece a intereses geoestratégicos que a menudo anulan la voluntad popular que dicen defender.

Tras haber realizado este humilde análisis, nos queda claro que la extracción de un gobernante por fuerzas externas nos sitúa frente a una herida abierta que la política debe intentar sanar mediante la justicia y no mediante la fuerza bruta. Este escenario nos obliga a interrogar: ¿Es verdaderamente posible reinventar el derecho internacional para que proteja a los pueblos sin que éste se degrade hasta convertirse en un mero instrumento de dominación para los más poderosos? Si la parálisis interna de una nación es total y sus mecanismos democráticos han sido pulverizados por décadas de corrupción, ¿es la intervención extranjera el único remedio posible o es el síntoma definitivo de un sistema global que ha fracasado en garantizar la autonomía de los pueblos?

También, debemos preguntarnos qué tipo de prácticas garantizarían transiciones legítimas en contextos de autoritarismo extremo sin imponer soluciones externas que anulan la capacidad de actuar políticamente de la comunidad y su capacidad de autodeterminación, especialmente cuando tales intervenciones dejan intactas las estructuras militares que sostuvieron la tiranía. En última instancia, si la liberación se logra mediante la violencia ajena y parcial, ¿qué sentido profundo tendrá la libertad obtenida y quién se sentirá con el derecho de custodiarla en el futuro? Michel Foucault, en sus lecciones sobre el poder, recordaba que la libertad es una práctica y que “el derecho de soberanía es, pues, el que se aplica a la vida y a la muerte” (Foucault, 1976/2000, p. 218). Esta reflexión nos deja ante el desafío de concebir una imaginación política capaz de proponer alternativas a la violencia como eje de resolución, pues sólo a través de una institucionalidad robusta y el acompañamiento de procesos de reconstrucción interna se podrá evitar que la soberanía siga siendo un campo de batalla para los intereses ajenos.

Referencias

Arendt, H. (1958). Los orígenes del totalitarismo. Paidós.

BBC Mundo. (4 de enero de 2026). EE.UU. detiene a Maduro en una operación militar en Caracas y Trump dice que su país «gobernará» Venezuela hasta que haya una transición. https://www.bbc.com/mundo/articles/cz7z6zd8p7zo

Clarín. (3 de enero de 2026). Quiénes quedan en la cúpula del poder en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. https://www.clarin.com/mundo/chavistas-quedan-cupula-poder-venezuela-captura-nicolas-maduro_0_P9I8oZLcVt.html

CNN Español. (3 de enero de 2026). Así captura Nicolás Maduro Venezuela: trax. https://cnnespanol.cnn.com/2026/01/03/eeuu/asi-captura-nicolas-maduro-venezuela-trax

El Universal. (4 de enero de 2026). Captura de Maduro es «un paso importante, pero no suficiente»; Edmundo González llama a una transición democrática real. https://www.eluniversal.com.mx/mundo/captura-de-maduro-es-un-paso-importante-pero-no-suficiente-edmundo-gonzalez-llama-a-una-transicion-democratica-real/

Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1976).

Hobbes, T. (2017). Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1651).

Infobae. (3 de enero de 2026). Donald Trump confirmó que el dictador Nicolás Maduro fue capturado y extraído de Venezuela. https://www.infobae.com/venezuela/2026/01/03/asi-fue-resolucion-absoluta-la-operacion-encubierta-de-las-fuerzas-de-estados-unidos-para-capturar-a-maduro-en-venezuela/

Infobae. (3 de enero de 2026). Cómo queda la cúpula del régimen chavista tras la captura de Nicolás Maduro. https://www.infobae.com/venezuela/2026/01/03/como-queda-la-cupula-del-regimen-chavista-tras-la-captura-de-nicolas-maduro/

Kant, I. (2012). Sobre la paz perpetua. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1795).

La Nación. (4 de enero de 2026). Soplotes gigantes, un intento de fuga y decenas de muertos: salen a la luz nuevos detalles. https://www.lanacion.com.ar/estados-unidos/sopletes-gigantes-un-intento-de-fuga-y-decenas-de-muertos-salen-a-la-luz-nuevos-detalles-del-nid04012026/

La Voz. (3 de enero de 2026). El Ejército de Venezuela respaldó a Delcy Rodríguez y exigió la liberación de Nicolás Maduro. https://www.lavoz.com.ar/mundo/el-ejercito-de-venezuela-respaldo-a-delcy-rodriguez-y-exigio-la-liberacion-de-nicolas-maduro/

Le Grand Continent. (4 de enero de 2026). El secuestro de Maduro: análisis operacional y consecuencias estratégicas. https://legrandcontinent.eu/es/2026/01/04/el-secuestro-de-maduro-analisis-operacional-y-consecuencias-estrategicas/

Perfil. (3 de enero de 2026). Edmundo González Urrutia llamó a los venezolanos a prepararse para la “reconstrucción nacional”. https://www.perfil.com/noticias/politica/edmundo-gonzalez-urrutia-llamo-a-los-venezolanos-a-prepararse-para-la-reconstruccion-nacional.phtml

Prieto Femenía, L. (2025). Venezuela: ahora — hoy. El Litoral. https://www.ellitoral.com/opinion/venezuela-ahora-hoy-estados-unidos-nicolas-maduro-donald-trump_0_u4JJ8pxcDu.html

United States Department of State / Declaraciones del Presidente Donald J. Trump. (3 de enero de 2026). Fragmento de las declaraciones durante una conferencia de prensa sobre la captura de Nicolás Maduro.

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El puente entre dos mundos: Kant y su “Crítica del juicio”

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“El gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o insatisfacción desinteresada. El objeto de una satisfacción tal se llama bello”: Immanuel Kant, Crítica del juicio, §5 (AA V, 211).

Si la “Crítica de la razón pura” estableció la necesidad y los límites del conocimiento científico y la “Crítica de la razón práctica” fundamentó la moralidad en la autonomía de la voluntad, ambas obras dejaron una profunda fractura en la filosofía de Kant. Por un lado, el mundo de la naturaleza se presenta como un reino de necesidad mecánica, regido por leyes causales inalterables. Por otro lado, el mundo de la moralidad es un reino de libertad, donde la voluntad actúa de forma autónoma. La pregunta crucial que surge es: ¿cómo se relacionan estos dos mundos? Pues bien, la “Crítica del juicio” (1790) es la respuesta de Kant a esta dicotomía. No busca establecer nuevas leyes de conocimiento o moralidad, sino encontrar un principio mediador que salve el abismo entre la naturaleza y la libertad. Es en el juicio, y más concretamente en el juicio estético y teleológico, donde Kant encuentra el puente para unir el universo de “lo que es” con el universo de “lo que debe ser”.

En la filosofía de Kant, el término “juicio” no se refiere simplemente a una opinión o a la capacidad de tomar una decisión moral, como lo usamos en el lenguaje cotidiano. Para él, es una facultad mental crucial, una mediadora entre el entendimiento y la razón. El entendimiento se encarga de aplicar las reglas o conceptos universales (las categorías) a los objetos particulares que percibimos. Por ejemplo, el juicio “el calor dilata el metal” es un acto del entendimiento que aplica la categoría de causalidad a un fenómeno. La razón, por otro lado, busca principios aún más elevados y universales, como los ideales de la moralidad y la libertad. El juicio, sin embargo, ocupa un lugar intermedio, porque su función es la de subsumir lo particular bajo lo universal. Es, en definitiva, la capacidad de determinar si un caso particular se ajusta a una regla general.

En la “Crítica del juicio”, Kant se enfoca en un tipo especial de juicio: el “juicio reflexionante”. A diferencia del “juicio determinante”, que ya tiene una regla y solo necesita aplicarla, el juicio reflexionante no tiene una regla preexistente y debe buscarla. Es la facultad de encontrar un principio universal para lo particular que se nos presenta. Es precisamente esta capacidad de la mente para encontrar coherencia y sentido en la diversidad de la experiencia lo que nos permite experimentar la belleza y percibir la finalidad en la naturaleza. El juicio, por lo tanto, es la bisagra que conecta el mundo de la necesidad, ordenado por las reglas del entendimiento, con el mundo de la libertad, guiado por los ideales de la razón.

La obra se centra en el concepto de la “finalidad sin fin”, una idea que permite a la razón encontrar un principio organizador en la naturaleza sin tener que recurrir a la metafísica o a la divinidad. Este concepto es la clave de la bóveda del sistema kantiano, un principio que permite que la razón actúe como unificadora de las dos legislaciones previas: la naturaleza y la libertad.

El papel de Kant en la estética es fundamental, ya que la elevó a una disciplina filosófica independiente y la dotó de un rigor conceptual sin precedentes. Su análisis del “juicio estético” se adentra en el misterioso terreno de la belleza y es considerado el punto de partida de la filosofía moderna del arte. Kant pregunta: ¿por qué decimos que algo es bello? La respuesta no reside en el objeto, sino en una facultad de nuestro espíritu que es capaz de juzgar sin la mediación de un concepto. Un juicio de gusto, a diferencia de uno cognitivo o moral, no busca decir qué es el objeto, sino expresar una “satisfacción desinteresada”.

El placer que sentimos al contemplar una flor no se debe a que queramos poseerla o a que nos sea útil, sino que proviene de la pura contemplación de su forma. Esta falta de interés es lo que dota al juicio estético de su peculiar universalidad: al no estar atado a un deseo personal, sentimos que cualquier otro ser racional debería compartir nuestra misma apreciación. Es una universalidad sin concepto, una pretensión de validez que no puede ser demostrada lógicamente, pero que se siente como necesaria. La belleza, en este sentido, nos produce la sensación de una “finalidad sin fin”, de que el objeto fue creado con un propósito, de que sus partes encajan de forma armoniosa y perfecta, pero no podemos atribuirle un fin real o empírico. Es la razón la que encuentra en la naturaleza una armonía que, aunque no podamos probar, nos hace percibir una profunda concordancia entre el mundo y nuestra facultad de juzgar.

Junto a la belleza, Kant explora la experiencia de lo “sublime”. Lo sublime no nos produce un placer sereno y confortable, sino una mezcla de placer y dolor, de admiración y terror. A diferencia de lo bello, que se encuentra en la forma finita, lo sublime se manifiesta en la inmensidad y el poder de la naturaleza, como una tormenta en el mar o una montaña imponente. El juicio sobre lo sublime no está en el objeto mismo, sino en el observador. La imaginación, al enfrentarse a la inconmensurable magnitud de la naturaleza, se siente abrumada y desbordada. Sin embargo, en este mismo fracaso, nuestra razón emerge victoriosa, recordándonos nuestra superioridad como seres morales y racionales, que pueden pensar más allá de la fuerza bruta de la naturaleza. Lo sublime, por tanto, conecta el mundo natural con el mundo moral, recordándonos nuestra dignidad como seres racionales capaces de postular la libertad.

También, Kant introduce aquí el concepto de “genio” para explicar la creación de la belleza artística. El genio no es un artesano que sigue ciertas reglas, sino que es la facultad innata de crear aquello para lo que no puede haber una regla fija. Es el talento de producir lo que, sin ser imitado, sirve de modelo para los demás. El genio nos ofrece un “ejemplo” que otros pueden seguir, no mediante la imitación de su técnica, sino de su espíritu. Por otro lado, el buen gusto es la facultad para juzgar la obra de arte, una cualidad que no crea, sino que evalúa. Sin el buen gusto, el genio sería una fuerza caótica, porque es el principio que permite que la obra sea universalmente apreciada, una cualidad que Kant consideraba esencial para la cultura.

En este contexto, la lectura profunda de la “Crítica del juicio” puede representar una crítica certera a la estética decadente de la posmodernidad. En una época donde el arte se reduce a la provocación caprichosa, la autorreferencialidad o el kitsch, la noción kantiana de una belleza que exige universalidad y que se fundamenta en un juicio desinteresado parece un faro en la oscuridad. El arte posmo-progre, como hemos dicho en reiteradas oportunidades, cae en la trampa de la pura particularidad, apelando a los intereses egoístas o a sentimientos meramente subjetivos, en lugar de intentar trascenderlos. Al desdibujar la línea entre el buen gusto y la mera opinión, la estética contemporánea ha perdido la capacidad de juicio y con ella, la posibilidad de un debate serio sobre lo bello. El retorno a la reflexión kantiana también nos invita a restaurar el valor de la belleza como un universal que, sin ser un concepto, nos permite comunicarnos y reconocer nuestra humanidad compartida.

Profundizando aún más en la obra, podemos notar que en la segunda parte de la “Crítica del juicio”, Kant se adentra en el “juicio teleológico”, abordando la pregunta de si podemos ver en la naturaleza una finalidad o un propósito. Al observar un organismo vivo, como un árbol, vemos que sus partes (raíces, tronco, hojas) se relacionan entre sí de tal manera que cada una es, a la vez, causa y efecto de la otra. El árbol parece estar organizado “con un fin”. Sin embargo, Kant insiste en que no podemos afirmar, a nivel de conocimiento objetivo, que la naturaleza tenga un propósito final, puesto que esto sería una violación de los límites de la razón pura.

La finalidad, por lo tanto, no es una propiedad de la naturaleza, sino un principio regulador de nuestro juicio. Es una herramienta metodológica que usamos para ordenar el caos de las leyes naturales y entender fenómenos complejos. La finalidad de la naturaleza no es un hecho que conocemos, sino una suposición necesaria para que la ciencia biológica sea posible. Así, el juicio teleológico nos permite pensar en la naturaleza “como sí” estuviera organizada por una inteligencia, sin tener que afirmar la existencia de esa inteligencia de forma dogmática.

Como podréis apreciar, caros lectores, la “Crítica del juicio” no es un apéndice menor del sistema kantiano, sino la pieza que lo unifica. Su lectura hoy es esencial porque nos ofrece una perspectiva para reconciliar las dicotomías de nuestro tiempo. En una era de especialización extrema, donde la ciencia y la moral parecen hablar de lenguajes distintos, la obra de Kant nos recuerda la importancia de buscar un principio de unidad en la diversidad. Como señaló el filósofo Ernst Cassirer en su obra “Kant, vida y doctrina” (1921), esta obra “no es una simple adición al sistema. Es, por el contrario, la clave para la arquitectura de todo sistema”. La belleza y la finalidad de la naturaleza no nos dan conocimiento de la divinidad, pero sí nos ofrecen una analogía sensible de la moralidad, permitiendo a la razón habitar un universo que no es ni completamente mecánico ni completamente caótico. El juicio, para Kant, es esa facultad que nos permite percibir que, más allá de la necesidad y la libertad, hay una armonía que hace habitable el mundo para el ser humano.

Para cerrar, insistimos en la necesidad filosófica de no endiosar a nadie, ni siquiera a los más importantes pensadores que sentaron las bases del pensamiento occidental. Así, es imprescindible cuestionar que si bien la “Crítica del juicio” intenta resolver la fractura del sistema kantiano, ¿lo logra realmente? ¿Es suficiente una “analogía” o una “finalidad subjetiva” para conciliar la necesidad del mundo natural con la libertad moral? ¿Qué significa que un juicio estético sea universalizable sin un concepto que lo justifique? ¿Acaso no es esto una contradicción inmanente? Y, en última instancia, ¿puede una ética fundada en la razón pura ser verdaderamente autónoma si su sentido último depende de la postulación de una armonía que sólo es posible en el mundo del idealismo?

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Boletín del Círculo de Reflexión Política Siglo XXI N°45: FMLN confirma candidatura presidencial, unidad cyan y la amistad Trump-Bukele impulsan el proyecto de nación en El Salvador

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El Círculo de Reflexión Política Siglo XXI publicó su Boletín Informativo N°45, correspondiente a la semana del 20 al 26 de julio de 2026, donde analiza el panorama político salvadoreño con énfasis en las elecciones internas de la oposición y los avances del proyecto de refundación nacional.

Uno de los temas centrales es la candidatura sorpresiva y divisiva de Rafael Aguirre por el FMLN a la presidencia. Aunque previsible por su trayectoria de izquierda, su decisión de competir en las presidenciales contradice las voces opositoras que promueven el boicot electoral alegando falta de condiciones democráticas. Esta participación evidencia las profundas divisiones en la oposición, con críticas internas que acusan al FMLN de “legitimar la dictadura”, reflejando falta de madurez y estrategia coherente.

El boletín subraya que, para los partidos “cadáveres” tradicionales como ARENA y FMLN, da igual qué candidato presenten. Estos partidos perdieron legitimidad por décadas de corrupción, clientelismo y abandono del pueblo. Ningún rostro nuevo o reciclado puede competir contra la realidad de un El Salvador transformado: sin miedo, con infraestructura moderna, salud digna y estabilidad económica. La política ya no es promesa, sino experiencia tangible.

Se destaca la amistad de larga data entre Donald Trump y Nayib Bukele, basada en coincidencias ideológicas y prácticas: lucha contra pandillas, corrupción, ideología de género y progresismo. Esta relación se tradujo en apoyo concreto durante la pandemia, como la donación de ventiladores y equipo médico. El éxito de Bukele en reducir la emigración benefició también la seguridad de Estados Unidos.

Otro eje es la construcción de un nuevo país. El liderazgo de Bukele ha permitido reinventar El Salvador, conquistando el “infrarrelato” cotidiano de la gente y rompiendo paradigmas. Los opositores, en negacionismo, no comprenden estas transformaciones disruptivas que colocan al país en el siglo XXI.

Finalmente, se enfatiza que la unidad sostiene el proyecto de nación. La figura de Bukele mantiene cohesionado el esfuerzo de Nuevas Ideas y las instituciones del Estado. Se llama a fortalecer la bancada cyan en la Asamblea y resolver diferencias internas para consolidar gobernabilidad y avances. El boletín cierra reflexionando sobre outsiders políticos y la necesidad de pasar del teclado a las urnas.

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El Mundial no cambió a los gigantes… cambió a los pequeños

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Randa Hasfura Anastas

Al final, la lógica terminó imponiéndose.

Francia, España, Argentina e Inglaterra son las cuatro selecciones que llegaron hasta las semifinales. Si alguien mira únicamente ese dato, podría decir que este Mundial no tuvo nada de extraordinario. Los grandes siguen siendo los grandes.

Y tendría razón… pero solo a medias.

Porque si algo nos dejó esta Copa del Mundo no fue la caída de los gigantes, sino el nacimiento de quienes ya no les tienen miedo.

Hace algunos años era impensable imaginar a Paraguay eliminando a Alemania. O a Marruecos dejando en el camino a Holanda. O a Noruega sacando a Brasil del torneo. México llegó hasta enfrentarse de igual a igual con Inglaterra. Egipto hizo sufrir a Argentina. Cabo Verde demostró que ya nadie entra a una cancha solo para cumplir el calendario.

Los favoritos terminaron avanzando, sí. Pero ya no avanzan tan tranquilos.

Y esa diferencia dice mucho más de lo que parece.

Durante décadas vivimos con la idea de que siempre ganarían los mismos. Que las grandes potencias estaban destinadas a dominar mientras los demás simplemente competían con dignidad.

Hoy esa distancia sigue existiendo, pero cada vez es más corta. El fútbol solo nos lo “recordó”.

Porque eso mismo está ocurriendo fuera de las canchas.

El mundo ya no funciona como hace cincuenta años. Han aparecido nuevas economías, nuevos liderazgos, nuevas voces que reclaman un lugar en la mesa donde antes solo se sentaban unos pocos.

Independientemente de la opinión política que cada uno tenga, por ejemplo muchos ven en Palestina la imagen de un pueblo que continúa resistiendo frente a un adversario mucho más poderoso, las redes ayudaron a darle protagonismo en el mundo.

Y no significa que las potencias hayan dejado de ser poderosas. Significa algo mucho más sencillo: el resto del mundo decidió competir.

La historia está llena de ejemplos.

Hubo un Egipto que parecía eterno. El imperio de Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo conocido. El Imperio otomano dominó durante siglos tres continentes. En su momento parecían imposibles de desafiar.

Sin embargo, todos terminaron comprendiendo la misma lección: ningún poder permanece intacto para siempre, no porque tienden a destruirse, sino porque otros comienzan a crecer.

Un gran ejemplo es El Salvador. Hace apenas unos años, muy pocos habrían apostado un solo peso por verlo destacar en el escenario internacional. Sin embargo, hoy aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre seguridad, inversión, turismo y transformación institucional. Demuestra que los países pequeños también pueden cambiar su destino cuando deciden competir y dejar de verse a sí mismos como débiles.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. No estamos viendo el fin de los gigantes, sino el final del miedo hacia ellos.

Tal vez esa sea también la mejor manera de entender el momento que vive el mundo. Los grandes siguen estando ahí. Siguen siendo fuertes. Pero ya no juegan solos.

Porque el cambio no comienza cuando el poderoso deja de ser fuerte.

El cambio comienza cuando el pequeño descubre que también puede ganar.

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