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Noelia y la fragilidad ética de la eutanasia – Lisandro Prieto Femenía

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«No se trata de un derecho a la muerte, sino de un derecho a la propia vida, de la cual la muerte es el acto final».

Ronald Dworkin, El dominio de la vida (1994, p. 238).

La muerte de Noelia Castillo va más allá de la simple aplicación de un protocolo administrativo o el desenlace de una batalla judicial de 601 días. Se trata de un caso que nos muestra un espejo incómodo donde las democracias decadentes posmodernas ven reflejadas sus propias fisuras éticas. Al examinar el periplo de la protagonista de esta historia, nos enfrentamos a la reunión conflictiva entre la autonomía individual, el sufrimiento crónico y la responsabilidad del Estado como garante de una vida digna. Lejos de arribar a consignas simplistas, este episodio nos obliga a transitar por la delgada línea que separa el respeto por la voluntad individual de la negligencia social disfrazada de libertad.

Desde la perspectiva filosófica moral, la autonomía no puede entenderse como un concepto atómico o aislado. En su “Fundamentación para una metafísica de las costumbres”, Kant sostiene que la autonomía de la voluntad es “el único principio de todas las leyes morales y de los deberes que les corresponden” (2012, p. 114). Sin embargo, en el caso de Noelia, esta autonomía se vio asediada por un contexto de violencia previa y una lesión medular irreversible que transformó su existencia en lo que ella misma describió como un calvario insoportable.

Aquí, surge la primera gran tensión: ¿es la decisión de morir un acto de libertad pura o el síntoma de una red de cuidados que llegó demasiado tarde? No se trata de caer en la falacia de reducir toda petición de eutanasia a un fracaso estatal, pero tampoco de ignorar que, para que el sujeto sea verdaderamente dueño de su destino, la sociedad debe haber agotado previamente las alternativas de alivio y acompañamiento.

Resulta imperativo, entonces, reflexionar sobre la paradoja de un Estado que se muestra eficiente en la gestión de la muerte tras haber sido completamente negligente en la custodia de la vida. Noelia llegó a la instancia de la eutanasia tras haber sobrevivido a violencias que el sistema no pudo prevenir ni reparar a tiempo. Esta “autonomía” final aparece, entonces, teñida por una sombra evidente de abandono previo. Hannah Arendt, en “Responsabilidad y juicio”, nos advierte que la responsabilidad política implica no sólo lo que hacemos, sino aquello que permitimos que ocurra por omisión en el tejido de la comunidad (2007).

Así, cuando las instituciones fallan en el amparo inicial- en la salud mental, en la protección ante la violencia y en el soporte a la discapacidad- y luego facilitan con celeridad administrativa el protocolo de muerte, corremos el riesgo de convertir la eutanasia en una solución técnica para un problema de injusticia estructural. Como señaló Enrique Dussel en su “Ética de la liberación”, el imperativo ético fundamental es la “producción, reproducción y desarrollo de la vida humana en comunidad” (1998, p. 91); cualquier acto que ignore esta deuda histórica del Estado con el sujeto vulnerable desvirtúa el sentido profundo de la compasión.

Esta orfandad institucional se vuelve particularmente peligrosa cuando la ley de eutanasia se implementa en un terreno donde la salud mental carece de leyes sólidas y recursos suficientes. Existe el riesgo de que la muerte asistida se convierta en la respuesta biopolítica a una “psique exhausta” que no encontró la contención que merecía. Al respecto, Michel Foucault, en su “Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber”, describe cómo el poder soberano ya no se manifiesta sólo en el “hacer morir”, sino en el “administrar la vida” (2014, p. 135).

Si la administración de la muerte es más accesible y rápida que el acceso a una terapia intensiva, a una red de apoyo comunitario o a una vivienda digna, la ley deja de ser un instrumento de libertad para transformarse en un mecanismo de descarte encubierto. Justamente por ello es conveniente acudir a Joan Tronto, quien en sus reflexiones sobre la ética del cuidado, insiste en que “ignorar las necesidades de cuidado de los otros es una forma de ejercer poder sobre ellos” (2020, p. 82). En pocas palabras, está claro que una sociedad que ofrece la eutanasia pero escatima en salud mental está enviando un mensaje devastador: que hay sufrimientos que no valen el esfuerzo de ser sostenidos. Sin un blindaje previo de derechos sociales y psíquicos, la eutanasia corre el riesgo de ser aplicada no para liberar al sujeto, sino para alivianar al sistema de la carga de su cronicidad.

A este escenario trágico se suma la compleja relación que la cultura contemporánea mantiene con el dolor. Vivimos en lo que Byung-Chul Han denomina la “sociedad paliativa”, es decir, una época marcada por una algofobia o miedo generalizado al dolor. En su obra “La sociedad paliativa”, Han nos dice que “el dolor es visto como un error del sistema que debe ser eliminado mediante intervenciones técnicas o farmacológicas, despojándolo de toda dimensión narrativa o existencial” (2021, p. 12).

En este contexto, el sufrimiento de Noelia no sólo fue una carga física, sino un escándalo para una cultura que exige el rendimiento y la felicidad obligatoria. David Le Breton, en su “Antropología del dolor” refuerza esta idea al señalar que “el hombre contemporáneo se encuentra desarmado frente al dolor porque ha perdido los marcos culturales y simbólicos que antes le permitían darle un sentido” (1999, p. 94). Cuando el dolor se vuelve mudo y carece de lugar en el tejido social, la muerte asistida aparece como la única salida lógica para una cultura que prefiere ocultar la herida antes que transitar la ardua tarea de sostener al sufriente en su propia fragilidad. El caso que hoy nos convoca nos obliga a preguntarnos si nuestra defensa de la eutanasia nace de un respeto genuino por la autonomía o de una incapacidad colectiva para convivir con lo que Han llama la “negatividad del dolor”.

Por otra parte, nos encontramos con el ámbito de la bioética clínica, donde el caso de Noelia reactiva el debate sobre la jerarquía de los principios fundamentales. La tradición bioética ha intentado equilibrar la autonomía con la beneficencia y la no maleficencia, pero episodios de sufrimiento refractario ponen a prueba estos constructos. Como señala Diego García en “Fundamentos de bioética”, “la medicina ha pasado de un modelo paternalista, basado en el partido de beneficencia, a otro basado en la autonomía del paciente, lo que obliga a una deliberación moral mucho más compleja” (2008, p. 352). En Noelia, la beneficencia -entendida como el actuar en favor del bienestar del paciente- dejó de ser la preservación de la vida biológica para convertirse en la validación de su alivio final. Cuando el daño es irreversible y la percepción subjetiva de la vida es de una indignidad absoluta, la no maleficencia se traduce, paradójicamente, en el cese de una intervención que sólo prolonga la agonía.

Esta discusión adquiere una profundidad metafísica cuando se incorpora la perspectiva de las instituciones eclesiásticas, cuya doctrina subraya la sacralidad de la vida, pero también reconoce la fragilidad humana ante el dolor extremo. La encíclica “Evangelium Vitae” de Juan Pablo II fue taxativa al denunciar la eutanasia, definiéndola como “una grave violación de la Ley de Dios” (1995, p. 119), basándose en la idea de que la vida es un don que el hombre no puede gestionar a su arbitrio. No obstante, la misma doctrina católica establece una distinción ética crucial para casos de sufrimiento terminal: el rechazo al encarnizamiento terapéutico. En la carta “Samaritanus Bonus”, la Congregación para la Doctrina de la Fe precisa que “renunciar a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte” (2020, p. 14). En este marco, el drama de Noelia nos sitúa en un intersticio: si bien la Iglesia propone el acompañamiento y los cuidados paliativos como la respuesta moralmente superior, el caso interpela a la comunidad religiosa sobre los límites de la resistencia física y psíquica, obligando a pensar si la prolongación forzada de una existencia totalmente quebrada no atenta también contra la dignidad de la creación.

Por su parte, el largo calvario judicial que sufrió Noelia- alargado, según diversos reportes, por la instrumentalización de grupos externos y oposiciones familiares- pone de manifiesto la fragilidad del testimonio en la esfera pública. Cuando la voluntad de un individuo se convierte en un campo de batalla ideológico, se incurre en lo que Judith Butler denomina una distribución desigual de la “vulnerabilidad”. En su texto titulado “Vida precaria”, Butler argumenta que “la pérdida y la vulnerabilidad parecen ser condiciones para la formación de la esfera pública, ya que ésta se fundamenta en la exposición del cuerpo ante otros” (2006, p. 46). Noelia fue expuesta y su sufrimiento fue diseccionado en medios masivos de comunicación y tribunales, despojándola a menudo de su condición de sujeto para transformarla en un símbolo útil para causas ajenas. La violencia simbólica ejercida sobre ella durante esos 601 días de espera constituye una herida que la ley, por sí sola, no alcanza a reparar.

Por otro lado, la tradición liberal, encabezada por John Stuart Mill, nos recuerda que “sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano” (Sobre la libertad, 2013, p. 65). Bajo este precepto, la oposición de terceros basada en convicciones morales o afectivas carecería de legitimidad frente a un adulto competente. No obstante, el caso de Noelia se complicó bastante al vincularse su petición con un sufrimiento psíquico y antecedentes graves de trauma. Es aquí donde la bioética debe huir del paternalismo sin abandonar la prudencia necesaria para discernir si la competencia para decidir está nublada por factores tratables. La Comisión de Garantía y Evaluación atendió la singularidad del asunto, entendiendo que respetar la voz del afectado no significa autorizarla sin interrogantes, sino verificar que esa elección no sea el resultado de una carencia de recursos evitables. La libertad de elección sería genuina cuando el “no” a la vida es una opción tan asistida como lo fue, en su momento, el intento de preservarla.

Finalmente, la mediatización y la difusión de informaciones falsas sobre el proceso clínico de Noelia revelan una crisis en nuestra capacidad de escucha ética. Se priorizó el ruido del debate político por sobre el silencio necesario para comprender un dolor que Noelia resumió con una crudeza desgarradora: “simplemente es que no puedo más” (Rosas, 2026, párr. 10). Esta claudicación ante el dolor podría no ser un simple capricho, sino la manifestación de un límite ontológico y existencial. Cuando la vida se convierte en una sucesión de instantes dedicados exclusivamente a la gestión del padecimiento, la eutanasia se presenta no como un ataque a la vida, sino como el último gesto de custodia sobre la dignidad que le resta a esa existencia, un acto de “justicia” hacia quien ya no encuentra en la biografía más que la repetición del trauma.

En conclusión, amigos míos, la partida de Noelia Castillo nos deja ante varios interrogantes que sacuden los cimientos de nuestra comunidad moral, bioética, legal y religiosa. No basta con legislar el final de la vida si no somos capaces de garantizar la calidad de la misma en sus momentos de mayor fragilidad. ¿Hasta qué punto la demora judicial de 601 días no constituye en sí misma una forma de maleficencia institucionalizada? ¿Es ético que el Estado ofrezca la muerte como alivio definitivo cuando antes fue incapaz de ofrecer una vida libre de violencia y desamparo? ¿Puede una ley se eutanasia ser verdaderamente liberadora en un contexto de precariedad en salud mental y de cultura que huye del dolor como si fuera una falla técnica? ¿Cómo podemos asegurar que la petición de morir sea un acto genuino de libertad y no el último refugio frente al abandono o la incomprensión de un sistema que sólo sabe medir la vida en latidos y no en sentidos?

La verdadera compasión no reside únicamente en permitir la salida ni en prohibirla, sino en el rigor con el que examinamos las condiciones que hicieron que esa salida sea considerada la única deseable. Queda pendiente la tarea de construir una esfera pública que proteja el testimonio de quien la está pasando realmente mal, evitando que su dolor sea devorado por la maquinaria de la banalización y la polarización. Al final, el caso de Noelia nos susurra al oído una pregunta: ¿estamos preparados para escuchar la palabra del otro con el cuidado que se merece, o preferimos convertir sus heridas en argumentos para nuestras propias certezas?

Referencias bibliográficas

· Arendt, H. (2007). Responsabilidad y juicio. Paidós.

· Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia. Paidós.

· Congregación para la Doctrina de la Fe. (2020). Carta Samaritanus Bonus sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Libreria Editrice Vaticana.

· Dussel, E. (1998). Ética de la Liberación en la Edad de la Globalización y de la Exclusión. Trotta.

· Dworkin, R. (1994). El dominio de la vida: Una discusión acerca del aborto, la eutanasia y la libertad individual. Ariel.

· El País. (29 de marzo de 2026). Las heridas (y lecciones) que deja la eutanasia de Noelia Castillo. https://elpais.com/sociedad/2026-03-29/las-heridas-y-lecciones-que-deja-la-eutanasia-de-noelia-castillo.html

· Foucault, M. (2014). Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores. (Original publicado en 1976).

· Gracia, D. (2008). Fundamentos de Bioética. Eudema.

· Han, B-C. (2021). La sociedad paliativa: El dolor hoy. Herder Editorial.

· Juan Pablo II. (1995). Carta Encíclica Evangelium Vitae sobre el valor e inviolabilidad de la vida humana. Tipografía Políglota Vaticana.

· Kant, I. (2012). Fundamentación para una metafísica de las costumbres (R. R. Aramayo, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1785).

· Le Breton, D. (1999). Antropología del dolor. Seix Barral.

· Mill, J. S. (2013). Sobre la libertad (P. de Azcárate, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1859).

· Rosas, P. (27 de marzo de 2026). Eutanasia de Noelia Castillo: «Ella sufrió un calvario judicial que alargaron para enturbiar la situación y asustar a los médicos». BBC Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/cj408jvkvldo

· Tronto, J. C. (2020). Cuidar: Democracia y ética del cuidado. Fundación Pasqual Maragall / Herder

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Exponiendo la tiranía del yo inamovible- Lisandro Prieto Femenía

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“El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace” (Sartre, 2009, p. 31)

Resulta curioso, y a la vez alarmante, cómo la modernidad ha transformado la búsqueda de la autenticidad en un salvoconducto para la mediocridad ética. En las interacciones cotidianas, nos topamos con una muralla infranqueable disfrazada de honestidad cruda: la sentencia detestable del “yo soy así”. Esta frase, pronunciada con una mezcla de orgullo y resignación, no es más que una declaración de guerra contra la convivencia y, fundamentalmente, contra la propia libertad. Quien se escuda en su supuesta esencia para justificar la falta de tacto, la impuntualidad crónica o el desprecio por el bienestar ajeno, está asumiendo que es un objeto terminado, un mineral carente de voluntad, y no un sujeto en permanente construcción.

La precitada actitud revela una forma de “hombre masa” que José Ortega y Gasset identificaba con una lucidez casi profética. Se trata de aquel individuo que, sintiéndose perfecto y terminado, no ve razón alguna para salir de sí mismo ni para someterse a ninguna instancia superior, sea esta la razón o la simple consideración por los demás. El filósofo español, en su análisis sobre la decadencia de la excelencia humana, describe con precisión este fenómeno en su “Rebelión de las masas” al expresar que “el hombre masa es el que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás” (Ortega y Gasset, 2010, p. 54).

Ahora bien, cabe preguntarse, ¿desde cuándo la identidad se convirtió en una prisión que nos exime de la responsabilidad para mejorar? Al afirmar que nuestra naturaleza es estática, estamos cometiendo lo que Jean-Paul Sartre denominaba “mala fe”. Se trata del intento desesperado de escapar de la angustia que provoca la libertad, fingiendo que somos cosas con propiedades fijas en lugar de seres que se definen por sus actos. En su obra fundamental sobre el existencialismo, Sartre es tajante al respecto de esta condición humana que precede a cualquier definición previa: si el hombre es lo que él mismo se hace, entonces el argumento de la inmutabilidad del carácter es una mentira metafísica diseñada para que los demás carguen con el peso de nuestras flaquezas.

Esta actitud no sólo es un error filosófico, sino una clara forma de violencia (no siempre sutil) hacia el prójimo. Al exigir que el mundo nos tenga que soportar “tal cual somos”, estamos anulando la alteridad. Estamos ante un egocentrismo que Gilles Lipovetsky asoció con la “era del vacío”, donde la personalización de la existencia ha derivado en un narcisismo que ya no tolera la mínima fricción con lo real. Concretamente, en su estudio sobre el individualismo contemporáneo, Lipovetsky señala cómo la sociedad se ha convertido en un conjunto de mónadas (sustancias indivisibles que componen el universo) que sólo buscan la autoafirmación sin compromiso: “El narcisismo es la otra cara de la desustancialización de la individualidad, la absorción del yo en el espectáculo de sí mismo, donde el otro solo sirve como pantalla de confirmación” (Lipovetsky, 2002, p. 52).

Esta patología de la mirada encuentra su representación sonora y grotesca en la cultura popular, donde la apología del estancamiento se ha elevado a la categoría de un himno decadente. Resulta casi obsceno observar cómo la industria del espectáculo ha canonizado la insolencia mediante estribillos que funcionan como dogmas de una fe narcisista. Pensemos en la vacuidad que destila la célebre pieza “A quién le importa”, interpretada por Thalía, donde se proclama con una alegría casi infantil: “yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré”. Esta letanía de la obstinación es, en realidad, el réquiem de la ética.

La pregunta retórica que da título a la canción- “¿A quién le importa”?- es una bofetada a la convivencia, una declaración de indiferencia ontológica que asume que el propio capricho está por encima del impacto que causamos en los demás. Al entonar un “nunca cambiaré” como si de una virtud se tratase, el sujeto se declara oficialmente un cadáver moral, un fósil que se regocija en su propia incapacidad de evolución. ¿A quién le importa? Pues le importa a la víctima de nuestra falta de respeto, al cercano que tiene que coexistir con nosotros y habitar el desierto que dejamos a nuestro paso. Es el triunfo del solipsismo más ramplón disfrazado de “personalidad”.

Al declarar “yo soy así”, estamos diciendo que nuestra comodidad subjetiva tiene más peso que el derecho del otro a habitar un espacio de respeto mutuo. En este sentido, es fundamental recuperar la noción de que el carácter, o el “ethos” no es un destino biológico, sino una arquitectura que se levanta día tras día mediante los hábitos. Aristóteles ya lo advirtió en su estudio sobre la moral, recordándonos que la virtud no es el don con el que se nace, sino una práctica que debe ser cultivada. En su “Ética a Nicómaco”, el estagirita explica con claridad este proceso de autoconstrucción al expresar que “las virtudes no se producen en nosotros ni por naturaleza ni contra naturaleza, sino que nosotros, que somos naturalmente capaces de recibirlas, las perfeccionamos mediante el hábito” (Aristóteles, 2014, p. 158).

Bajo esta luz, la excusa de la mala costumbre como condición de identidad se revela como una clara pereza del espíritu. No somos impacientes o rudos de la misma manera que somos altos o tenemos ojos marrones; somos personas que han permitido que la repetición de actos hostiles cristalice en una máscara de hostilidad. A esta inercia del espíritu se suma lo que Simone de Beauvoir identificaba como la tentación del “hombre serio”, aquel que se aferra a un rol o a una etiqueta para no tener que decidir por sí mismo. En su obra “Para una moral de la ambigüedad”, la autora nos avisa sobre el peligro de convertirnos en estatuas de nosotros mismos para eludir el vértigo de la elección constante en tanto que “el hombre serio se deshace de su libertad en favor de un fin que él considera absoluto… él no es sino ese fin, como un objeto es su propio peso; él mismo se ha hecho cosa” (Beauvoir, 2017, p. 55).

Cuando alguien se declara inamovible bajo el “yo soy así”, está renunciando a su cualidad de proyecto para degradarse a la categoría de herramienta defectuosa. Esta resistencia al cambio es una agresión frontal a la responsabilidad que tenemos hacia los otros. Emmanuel Levinas, en su análisis sobre la alteridad en “Totalidad e infinito”, sugiere que nuestra identidad no se construye desde el egoísmo, sino desde la respuesta que damos a los demás. Decir  “yo soy así, si no te gusta, te jodes” es el portazo en la cara de quien espera de nosotros una mínima consideración. Para Levinas, la responsabilidad por nuestros próximos no es un accidente que le ocurre al sujeto, sino que es la esencia misma de su ser en tanto que “el rostro se me impone sin que yo pueda dejar de ser responsable de su miseria. El yo es, ante el rostro, infinitamente responsable” (Levinas, 2012, p. 220).

Si nuestra propia definición depende de cómo respondemos al rostro ajeno, entonces cerrarnos en una identidad inmutable es despojarnos de nuestra propia subjetividad. Nos estaríamos convirtiendo en lo que Byung-Chul Han llama “el infierno de lo igual”, una sociedad donde la desaparición de lo distinto, del otro que nos cuestiona y nos exige transformación, nos sumerge en una auto-idolatría estéril. En “La expulsión de lo distinto”, Han es prácticamente implacable al describir este aislamiento narcisista al expresar que “la proliferación de lo igual constituye los cambios patológicos de los que está aquejado el cuerpo social. No es la opresión del otro, sino la depresión del yo la que caracteriza nuestra época” (Han, 2017, p. 12).

Resulta necesario, entonces, preguntarnos si esta obstinación inmadura proviene de una genuina creencia en nuestra naturaleza o si es un síntoma de una sociedad que confunde el ser con el tener. Al respecto, Erich Fromm, en su ensayo “¿Tener o ser?”, diseccionó esta patología. Muchas veces, creemos “tener” una forma de ser como si fuera una propiedad privada que debemos defender a toda costa: el individuo se aferra a sus rasgos negativos como si fueran tesoros, temiendo que, si cambia, perderá su esencia. Pues bien, liberarse de esta carga implica pasar del tener al ser, entendiendo que el ser no es algo que se posee, sino algo que se despliega como una actividad. Fromm lo explica mucho mejor que yo al decirnos que “en el modo de tener, nuestra relación con el mundo es de posesión y propiedad, una relación en la que queremos convertir a todo el mundo y a todas las cosas, incluso a nosotros mismos, en propiedad nuestra” (Fromm, 2007, p. 42).

Este proceso de desmantelamiento es doloroso y requiere de una valentía que pocos seres humanos son capaces de ejercer. Por supuesto, es mucho más fácil quedarse en la orilla de lo conocido, aunque de asco, que lanzarse al mar de lo que podríamos llegar a ser. Sobre este último aspecto en particular, Friedrich Nietzsche nos invitaba a este ejercicio de destrucción creadora. No se trata de aceptarse con complacencia, sino de superarse con ferocidad. En “Así habló Zaratustra”, el filósofo bigotudo nos recuerda que la fijeza es la muerte del espíritu y que el hombre es un tránsito permanente, no un fin en sí mismo: “Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo? Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de ellos mismos” (Nietzsche, 2011, p. 33).

Dicho esto, está claro que si matamos el caos interior con la sentencia del “yo soy así”, apagamos también la posibilidad de que algo brillante emerja de nosotros. Finalmente, debemos entender que la existencia no es un molde de teflón, sino una materia prima que debemos esculpir. En “La hermenéutica del sujeto”, Foucault recuperaba el concepto del “cuidado de sí” como un trabajo ético y estético sobre la propia vida. No somos víctimas de nuestra psicología, sino artistas de nuestra propia conducta cotidiana. Por ello, Foucault sostiene que la verdad no puede ser alcanzada sin una transformación del sujeto, sin una ascesis o una conversión que nos permita dejar de ser los carceleros de nuestra propia personalidad: “No puede haber verdad sin una conversión del sujeto, sin una transformación de la posición del sujeto, sin que el sujeto mismo se vea modificado por el hecho mismo de su acceso a la verdad” (Foucault, 1994, p. 34).

Para concluir, y como siempre, es momento de inquietarnos ante la comodidad de nuestras certezas circunstanciales. ¿Cuánto de lo que llamamos “mi forma de ser” es en realidad un mecanismo de defensa para no enfrentar el esfuerzo que requiere la empatía? Quizás, al final del día, lo que más tememos no es que los demás no nos acepten, sino descubrir que tenemos el poder absoluto de dejar de ser quienes hemos sido hasta hoy. Si el mundo entero se rindiera a la desidia del carácter inmutable, la convivencia se tornaría un campo de batalla de solipsismos violentos.

Ahora bien, ¿estamos dispuestos a ser los responsables del desierto ético que generamos con nuestra rigidez? La pregunta que debería quedar resonando en el silencio de nuestra conciencia no es si los demás deben soportarnos, sino si nosotros mismos somos capaces de soportar la versión de nosotros que se niega a evolucionar. ¿Quién eres tú, realmente, cuando dejas de usar tu pasado y tu supuesta esencia como excusa para no habitar tu presente con dignidad?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Aristóteles. (2014). Ética Nicomáquea (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Original publicado c. 349 a. C.).

Beauvoir, S. (2017). Para una moral de la ambigüedad (M. Armiño, Trad.). Anthropos. (Original publicado en 1947).

Foucault, M. (1994). La hermenéutica del sujeto (M. Á. Galmarini, Trad.). Akal. (Original publicado en 1982).

Fromm, E. (2007). ¿Tener o ser? (J. Florentino, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Original publicado en 1976).

García, C., & Canut, I. (2002). A quién le importa [Canción]. En Thalía. EMI.

Han, B. C. (2017). La expulsión de lo distinto (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder.

Levinas, E. (2012). Totalidad e infinito (D. Guillot, Trad.). Sígueme. (Original publicado en 1961).

Lipovetsky, G. (2002). La era del vacío (J. Vinyoli & M. Pendanx, Trad.). Anagrama. (Original publicado en 1983).

Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza. (Original publicado en 1883).

Ortega y Gasset, J. (2010). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Original publicado en 1930).

Sartre, J. P. (2009). El existencialismo es un humanismo (P. Pradinas, Trad.). Edhasa. (Original publicado en 1946).

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Datos del autor: Lisandro Prieto Femenía

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El eclipse del pensamiento en la era del saber sintetizado – Lisandro Prieto Femenía

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Un silencio tenso recorre las aulas universitarias posmodernas, un murmullo que ya no proviene del debate apasionado ni del cruce de ideas, sino del desconcierto docente ante un fenómeno abrumador. En los pasillos de las instituciones de educación superior más prestigiosas del planeta se constata una realidad inquietante: las lecturas asignadas se recortan año tras año porque los estudiantes, sencillamente, se muestran incapaces de terminar un libro completo. Profesores de la universidad de Harvard admiten haber tenido que reducir la extensión de los textos obligatorios ante la imposibilidad manifiesta de sus alumnos para sostener la atención a lo largo de una obra densa. Lo que antes constituía el cimiento básico de la vida académica- la confrontación íntima, pausada y esforzada con la página escrita- se ha convertido en una cumbre inalcanzable para una generación acostumbrada a la inmediatez del fragmento. ¿En qué momento la dificultad textual dejó de ser un desafío intelectual estimulante para transformarse en una barrera insuperable?

«La filología es ese arte venerable que exige a su admirador sobre todo una cosa: mantenerse al margen, tomarse tiempo, volverse silencioso, volverse lento… Este arte no consigue nada tan fácilmente cuando no logra una cosa: ¡no leer nada de prisa, leer lentamente, con profundidad, con cuidado, con segundas intenciones, con las puertas abiertas, con dedos y ojos delicados!»

Friedrich Nietzsche (Aurora, 1881/2000, p. 36)

Las cifras que retratan este escenario desmantelan cualquier intento de reducir la crisis a una simple queja generacional. Tras examinar las mediciones del “Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos” elaborado por la organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2024) sobre 160.000 personas en decenas de países, la revista The Economist (2026) reveló que aproximadamente el 8% de los estudiantes matriculados en educación superior en naciones de altos ingresos exhibe una comprensión lectora equivalente a la de niños de 10 años, una proporción que asciende al 14% en Estados Unidos. Semejante desmoronamiento de las capacidades interpretativas básicas se apoya en mutaciones culturales profundas: si en los años 90’ casi el 60% de la infancia estadounidense leía por placer, en la actualidad esa cifra ha caído drásticamente al 37%. Este deterioro no se limita al ámbito lingüístico ni afecta únicamente a instituciones de Nivel Secundario, puesto que, por ejemplo, en la Universidad de California, más de 1800 profesores de áreas científicas y matemáticas firmaron un manifiesto público alertando que sus alumnos de primer año ingresaban sin dominar contenidos esenciales de la secundaria, registrando un 70% de rezago respecto a los aprendizajes esperados para un adolescente de 14 años de edad.

El precitado colapso no remite únicamente a una deficiencia técnica de descodificación, sino al avance desbordante del analfabetismo funcional en sectores sociales escolarizados. Ya en su célebre formulación institucional, la UNESCO (1978) definía a la persona en situación de analfabetismo funcional como aquella incapaz de “emprender todas las actividades en que la alfabetización es necesaria con miras al eficaz funcionamiento de su grupo y de su comunidad y que le permitan seguir valiéndose de la lectura, la escritura y el cálculo para su propio desarrollo y el de la comunidad” (p. 12). La paradoja dolorosa de nuestro tiempo radica en que este déficit ya no habita en los márgenes de la exclusión social o de la falta de escolaridad, sino en los pasillos de las academias ilustradas. De acuerdo con los parámetros del estudio PIAAC publicado por la OCDE (2024), más del 20% de la población adulta en las economías desarrolladas se sitúa en el Nivel 1 o inferior de competencia lectora, lo que implica una capacidad restringida para reconocer palabras o extraer información puntual de textos cortos, quedando completamente inhabilitada para identificar premisas contradictorias, evaluar la validez de un argumento o sintetizar información dispersa. Hallarse alfabetizado en términos normativos pero ser incapaz de comprender la arquitectura argumental de un texto equivale a padecer una ceguera semántica que erosiona la raíz misma de la autonomía ciudadana y del juicio reflexivo.

Frente al abismo que supone la complejidad textual, las herramientas de inteligencia artificial irrumpieron disimulando ser un complemento pedagógico, cuando en realidad son un sustituto del esfuerzo interpretativo. En el Reino Unido, según reporta la precitada publicación de The Economist (2026), el 94% de los estudiantes universitarios admite utilizar sistemas algorítmicos para elaborar sus tareas y trabajos académicos, mientras que las investigaciones de Chirikov (2024) en el Centro de Estudios sobre Educación Superior de UC Berkeley constatan un aumento del 30% en las altas calificaciones dentro de materias susceptibles de ser automatizadas. La delegación del pensamiento en la máquina, entonces, constituye la consecuencia directa de una mente que ha perdido el entrenamiento necesario para habitar la incertidumbre y el espesor del lenguaje. Sobre este último aspecto, es interesante recordar que ante esta aceleración informativa, Byung-Chul Han sostiene en su texto “Infocracia” (2022) que “la información no ilumina al mundo” sino que “lo oscurece bajo una avalancha de datos instantáneos” (p. 19), una saturación que carcome progresivamente la capacidad de demorarse en lo complejo. Esta pérdida de la demora contemplativa condiciona la estructura misma del aparato psíquico, convirtiendo la adaptación a la brevedad en la ratificación de una amputación del discernimiento.

Semejante atrofia se enmascara tras la ilusión de una híper-conectividad eficiente, donde el dominio técnico del soporte digital oculta la indigencia de la lectura profunda. El analfabeto funcional posmoderno no es quien desconoce el alfabeto, sino quien, sabiendo descifrar grafemas, se muestra impotente para sostener el diálogo exigente con el texto, cediendo ante la tentación de obtener resúmenes empaquetados (sobre este último aspecto es crucial indicar que no es casual el avance descomunal de fake news avaladas por legiones de idiotas). Aceptar la síntesis algorítmica como un reemplazo legítimo de la lectura implica olvidar que la comprensión no es un producto consumible que se descarga, sino una travesía íntima que transforma decididamente a quien la recorre. En su obra titulada “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, Nicholas Carr (2011) describió esta mutación cognitiva al advertir cómo “cuanto más utilizamos la pantalla, más entrenamos a nuestro cerebro para la distracción y menos para la interpretación serena y profunda” (p. 19), reconociendo que su propia mente ha terminado por esperar la información “en un flujo veloz de partículas” (p. 19). Cuando el estudiante solicita a un modelo de lenguaje que resuma una obra clásica o redacte un ensayo sintético, no realiza un simple ahorro de tiempo, sino que se priva de la confrontación dialéctica con la alteridad del autor. En la resistencia ejercida por una idea densa reside justamente el espacio germinal de la subjetividad crítica; al eliminar ese roce mediante la mediación técnica, la experiencia del aprendizaje queda degradada a un trámite puramente funcional y despojado de huella existencial.

Al contemplar el devenir histórico de la cohorte generacional que hoy transita entre los 5 y los 24 años de edad, el escenario adquiere los visos de una fractura antropológica de vastas proporciones. Socializada en un entorno donde el estímulo breve ha suplantado a la paciencia hermenéutica y moldeada por sistemas educativos que progresivamente ceden ante el desinterés y la pereza, esta masa de niños y jóvenes enfrenta el riesgo inminente de quedar relegada a una posición de absoluta vulnerabilidad existencial y política. Aquí, es necesario preguntarse: ¿qué lugar social está reservado para una generación a la que se le ha erosionado intencionalmente el hábito de interpretar la complejidad, de articular problemas de manera autónoma y de resistir la tentación de la respuesta inmediata? Cuando la capacidad crítica resulta cercenada en la etapa formativa crucial, las personas no sólo pierden la soltura para aprobar asignaturas, sino también la soberanía psíquica necesaria para discernir la verdad frente a la manipulación. En un presente y un futuro gobernado por interfaces invisibles e inteligencias artificiales capaces de predecir conductas y redactar discursos persuasivos, quien carezca del rigor interpretativo quedará reducido a la condición de simple usuario pasivo, ejecutando instrucciones escritas por algoritmos cuya lógica ni siquiera atina a vislumbrar.

El desmantelamiento de las facultades intelectivas tampoco obedece a un accidente histórico ni a un casual desajuste pedagógico, sino que constituye, en el fondo, la consecuencia lógica de un sistema educativo global subordinado a las exigencias del mercado tardo-capitalista. Bajo el disfraz de la modernización tecnológica y la eficiencia competencial, las instituciones educativas han dimitido de su misión histórica- la emancipación del sujeto a través del conocimiento exigente- para convertirse en administradoras de un adiestramiento superficial. Al respecto, es interesante revisar que, al analizar las mutaciones del poder contemporáneo, Gilles Deleuze profetizó, en sus “Conversaciones” (1995) este tránsito señalando que en las sociedades de control “el hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado” (p. 249), es decir, un sujeto cuya educación se diluye en una instrucción continua y fragmentaria que jamás culmina en madurez intelectual. La promesa ilustrada de que el saber constituye la vía primordial para la movilidad social se desmorona ante la evidencia de aulas convertidas en plataformas de consumo donde los estudiantes adquieren deudas económicas sofocantes para obtener títulos cuya eficacia emancipadora se desvaneció hace tiempo.

Aquella desactivación deliberada del pensamiento crítico encaja con precisión en las dinámicas del consumo híper-individualista y la docilidad política. Al privar a las mayorías del dominio del lenguaje complejo y de la capacidad de sostener argumentos de largo aliento, el sistema produce contingentes de individuos altamente funcionales para la operatividad técnica, pero completamente desarmados frente al chantaje socioeconómico. En su lúcida radiografía “Realismo capitalista”, Mark Fisher (2016) expone cómo la mercantilización de la enseñanza superior engendra un estado de “depresión hedónica” (p. 45) entre los jóvenes, caracterizado por una incapacidad para concentrarse y una búsqueda compulsiva de estimulación inmediata que neutraliza cualquier conato de rebeldía organizada. Quien carece de herramientas hermenéuticas para descifrar las causas estructurales de su malestar tiende a privatizar su frustración, culpándose a sí mismo e integrándose de manera servil en la rueda del consumo paliativo y el endeudamiento perpetuo. La educación deja así de ser un factor de nivelación social para mutar en un dispositivo de reproducción de clases, donde el ejercicio del pensamiento pausado queda reservado como un privilegio aristocrático para las élites que aún se forman en el rigor, mientras que al resto se le administra una pedagogía de la inmediatez y el rendimiento automático.

Semejante degradación sistemática del pensamiento conduce de manera inexorable a una sociedad profundamente dividida, donde la facultad de pensar críticamente corre el riesgo de convertirse en un privilegio de élite reservado a unos pocos, mientras que a las mayorías se les ofrece el paliativo de la inmediatez sin esfuerzo. Al despojar a los sujetos en proceso de formación de las herramientas para lidiar correctamente con el error, la incertidumbre y la argumentación fundamentada, se les condena a habitar un presente chato, privado de profundidad histórica y de densidad afectiva. Esta masa generacional, privada de la vivencia liberadora que entraña la lectura profunda, corre el peligro de transformarse en una fuerza laboral híper-adaptada a la técnica, pero incapaz de cuestionar la dirección de su propio destino. La facilidad algorítmica se nos presenta así como una trampa seductora: nos ofrece soluciones prefabricadas a cada obstáculo de conocimiento mientras que esteriliza la angustia creadora de la duda, esa misma inquietud que a lo largo de los milenios ha alimentado el arte, la ciencia y cualquier sentimiento auténtico de emancipación humana ante cualquier injusticia.

Habiendo intentado exponer los peligros a los que nos enfrentamos hoy, resulta imprescindible preguntarse si nos hallamos ante una reconfiguración inevitable de los saberes o frente a una verdadera atrofia de la razón reflexiva. La ilusión de estar informados gracias a la inmediatez de resúmenes y esquemas automáticos encubre una honda ceguera respecto de los procesos que configuran la verdad. Ya en su célebre tratado titulado “¿Qué significa pensar?”, Martin Heidegger (2005) señalaba con agudeza que “lo que más da que pensar en nuestro tiempo problemático es que todavía no pensamos” (p. 17), una formulación cuya vigencia adquiere hoy una sonoridad perturbadora. Creer que poseemos el conocimiento por el simple hecho de acumular y procesar datos equivale a confundir la agilidad técnica con la sabiduría, puesto que el verdadero pensamiento demanda la disposición de escuchar aquello que se sustrae a la prisa. Delegar la interpretación, la escritura y la resolución de problemas en la inteligencia artificial supone, en definitiva, declinar el riesgo de pensar por cuenta propia y replegarse a la condición de receptores vacíos y pasivos.

No es posible encarar el destino de la cultura académica sin asumir la gravedad de este eclipse. Si la universidad capitula ante la impaciencia generalizada, adaptando sus exigencias a la fragmentación de la atención y naturalizando el analfabetismo funcional de sus aulas, termina por legitimar la conversión del estudiante en un espectador inútil de contenidos envasados. La función primordial de la filosofía en esta encrucijada no pasa por ofrecer consuelos ni por diseñar paliativos técnicos, sino por sostener la incomodidad de la interrogación y reivindicar el valor emancipador de la lentitud en un ecosistema dominado por la inmediatez.

¿Qué clase de comunidad política y humana se prefigura cuando aceptamos que la juventud universitaria no pueda habitar la extensión de un libro ni tolerar el rigor de una idea compleja? Si renunciamos al áspero pero liberador ejercicio de descifrar el mundo por nosotros mismos, entregando la generación de sentido a la eficiencia algorítmica, ¿qué rasgo de lo humano sobrevivirá cuando la máquina redacte, concluya y sienta por nosotros? ¿Seremos capaces de rebelarnos contra la tiranía de la velocidad para reconquistar el silencio reflexivo, o nos resignaremos a contemplar impasibles cómo la inmediatez consume los últimos vestigios de nuestro pensamiento?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (P. Cifuentes, Trad.). Madrid: Taurus.
  • Chirikov, I. (2024). Artificial intelligence and academic evaluation in higher education. Center for Studies in Higher Education, University of California, Berkeley.
  • Deleuze, G. (1995). Post-scriptum sobre las sociedades de control. En Conversaciones (1972-1990) (J. L. Pardo, Trad., pp. 247-255). Valencia: Pre-Textos.
  • Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Iglesias, Trad.). Buenos Aires: Caja Negra Editora.
  • Han, B.-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, Trad.). Madrid: Taurus.
  • Heidegger, M. (2005). ¿Qué significa pensar? (R. Gabás, Trad.). Madrid: Editorial Trotta.
  • Nietzsche, F. (2000). Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales (G. Cano, Trad.). Madrid: Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1881).
  • Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). (1978). Recomendación sobre la normalización internacional de las estadísticas relativas a la educación. París: UNESCO.
  • Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2024). Survey of adult skills (PIAAC). OECD Publishing.
  • The Economist. (2026, 25 de junio). Students are doing worse than you think [Los estudiantes rinden peor de lo que se piensa]. The Economist. https://www.economist.com/international/2026/06/25/students-are-doing-worse-than

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Analizando la agonía del diálogo en la urgencia del encuentro

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Por: Lisandro Prieto Femenía

«Solo en la comunicación se realiza el ser humano. En la comunicación con el otro, la verdad que hay en mí se revela»: Jaspers, 1989, p. 50

Asistimos a una época vertiginosa donde la palabra circula con una abundancia sin precedentes, pero donde la auténtica escucha se desvaneció casi por completo. Se habla en todas partes, a toda hora y a través de múltiples pantallas, mas la proliferación masiva de emisiones verbales dista mucho de constituir un espacio de comunión real. Al contemplar la conversación contemporánea, descubrimos que la noción de diálogo ha sido despojada de su densidad histórica y ontológica, quedando reducida a una simulación ruidosa donde los individuos intercambian monólogos paralelos. Se trata de un espectáculo estridente donde prima la necesidad narcisista de autoafirmación antes que el deseo genuino de comprender. Frente a este escenario de saturación mediática, conviene pausar el ritmo e interrogar la naturaleza misma del hablar compartido, pues en el repliegue del pensamiento crítico y la hipertrofia de las opiniones viscerales se incuba el verdadero síntoma de nuestra decadencia cultural.

Desandar los orígenes de este naufragio nos exige remontarnos a las fuentes del pensamiento occidental, donde la etimología griega nos devela que la palabra remite a un tránsito de la razón, a un discurso que atraviesa a los interlocutores para transformarlos en su trayectoria. Platón elevó esta praxis a la categoría de dialéctica, concibiéndola en sus diálogos tempranos como el itinerario imprescindible para ascender desde la opinión infundada (doxa) hacia la comprensión fundamentada (episteme). El método socrático no pretendía acorralar ni humillar al adversario en el terreno oratorio, sino guiarlo pacientemente mediante preguntas inquisitivas hacia el examen de sus propias certidumbres. Semejante tarea presuponía un coraje ético insustituible, caracterizado por la disposición a asumir la propia finitud intelectual. En la Apología de Sócrates, el filósofo formuló esta conciencia de los propios límites al sostener que «este hombre cree que sabe algo sin saberlo, mientras que yo, así como no sé nada, tampoco creo saberlo» (Platón, 2000, p. 21d). Carecer de esta apertura interior para dejarse interpelar desfigura cualquier intercambio, convirtiendo el espacio común en una tribuna donde la palabra se estanca y languidece.

A la luminosidad ética de la búsqueda socrática es preciso añadir la exigencia formal que el genio aristotélico imprimió a la conversación humana. Para que el intercambio no naufrague en el desborde emotivo ni se degenere en mero espectáculo persuasivo, requiere sostenerse sobre la solidez del razonamiento deductivo. En los Primeros analíticos, Aristóteles definió la estructura formal del silogismo como «un discurso en el cual, establecidas ciertas cosas, resulta necesariamente de ellas, por ser lo que son, otra cosa distinta» (Aristóteles, 1988, p. 24b). Asimismo, en el tratado de la Retórica, distinguió entre el logos —el argumento propiamente dicho—, el pathos —la conmoción afectiva del auditorio— y el ethos —la autoridad moral del orador—. Sin embargo, cuando la búsqueda honesta de la verdad se eclipsa por la vanidad, la arquitectura lógica se prostituye en mera sofística. Arthur Schopenhauer expuso con amarga lucidez esta degradación en El arte de tener razón, al diagnosticar que «la dialéctica erística es el arte de disputar, de modo que uno tenga razón tanto justa como injustamente» (Schopenhauer, 2002, p. 23). Esta corrosiva apreciación retrata la miseria de nuestro debate público: no nos importa la validez del razonamiento ni el esclarecimiento de lo real, sino vencer al antagonista a cualquier precio, utilizando la falacia y el agravio como atajos para enmascarar nuestra propia indigencia argumentativa.

Lejos de amedrentarse ante el desacuerdo, el pensamiento medieval entendió que la confrontación teórica era el fuego donde se purificaba el saber. Durante siglos, las universidades ejercitaron la disputatio, una metodología donde la discrepancia se asumía como una herramienta indispensable para depurar el intelecto. Filósofos de la talla de Santo Tomás de Aquino estructuraron sus magnas obras, entre ellas la Summa Theologiae, bajo la dinámica rigurosa de presentar exhaustivamente las objeciones contrarias antes de fundamentar una solución. En esa misma línea de rigor procedimental, Juan Duns Escoto aseveró en su Ordinatio que «la ciencia humana no alcanza un saber perfecto, sino solo por el ejercicio del intelecto» (Duns Escoto, 1950, prol. q. 3). La confrontación entre tesis e hipótesis demostraba que el conocimiento no es un patrimonio estático ni una iluminación pasiva, sino el fruto de un esfuerzo metódico capaz de superar las resistencias del propio sesgo. Cuestionar las ideas preconcebidas no destruía la fe en el saber; al contrario, constituía la única vía honesta para elevar la inteligencia por encima del dogma ciego.

Durante el apogeo ilustrado, la tarea de someter la opinión individual a la prueba del escrutinio colectivo trascendió los claustros académicos y se erigió en el motor emancipador de la sociedad civil. Immanuel Kant, en su célebre opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, argumentó que el progreso civilizatorio exige abandonar la minoría de edad mediante el coraje de pensar de manera autónoma. Al plasmar el célebre imperativo «¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!» (Kant, 2004, p. 83), el filósofo germano no defendía una arbitrariedad individualista, sino la obligación cívica de someter los juicios al debate razonado dentro de una comunidad de lectores libres. La esfera pública nacía así como un ideal donde el argumento mejor construido, y no la autoridad dogmática o la coacción, debía guiar las decisiones colectivas.

No obstante, la promesa emancipadora de la razón pública terminaría sofocada por las tramas invisibles del poder y la hipertrofia de los medios masivos. El orden discursivo dejó de ser un terreno neutral para transformarse en un espacio fuertemente disciplinado y mercantilizado. Michel Foucault, en El orden del discurso, desenmascaró los mecanismos de exclusión y control que operan en las sociedades al sostener que «en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos» (Foucault, 1992, p. 14). La conversación social no fluye libremente, sino que responde a límites invisibles impuestos por instituciones y hegemonías que determinan de antemano qué es admisible pensar y quién tiene la legitimidad para hablar. Esta domesticación del discurso halla su expresión más feroz en la sociedad contemporánea, caracterizada por la sustitución de la experiencia viva por la imagen. En La sociedad del espectáculo, Guy Debord vislumbró esta alienación radical al aseverar que «todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación» (Debord, 1999, p. 37). En un mundo donde la realidad cede su lugar a la escenificación, el diálogo auténtico se disuelve; no dialogamos con seres humanos reales, sino con caricaturas mediáticas, consumiendo consignas simplificadas y reduciendo el debate colectivo a una escenografía de simulacros.

A este tamiz político se añade la quiebra ontológica del concepto mismo de verdad, cuya crisis desembocó en un relativismo cómodo y en un atrincheramiento tribal. Cuando la idea de lo verdadero pierde su anclaje en lo real, las convicciones individuales se sacralizan como dogmas inexpugnables. Friedrich Nietzsche, en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, anticipó de forma mordaz la fragilidad de nuestros constructos conceptuales al definir la verdad como «un ejército en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos» (Nietzsche, 2006, p. 25). Al perderse la conciencia de que nuestros conceptos son ficciones útiles que requieren una constante revisión crítica, el ser humano convierte sus metáforas particulares en trincheras ideológicas. Se renuncia al esfuerzo de someter las premisas al contraste con la realidad, prefiriendo la seguridad cobarde de los prejuicios compartidos. La discusión se torna así en un ajuste de cuentas donde la discrepancia ya no representa una invitación a filosofar, sino una amenaza existencial que debe ser fulminada.

Frente a las cenizas del siglo XX, marcadas por la barbarie totalitaria y el adoctrinamiento de masas, la preocupación por rescatar la palabra viva cobró un matiz de urgencia dramática. Hannah Arendt, en La condición humana, situó la palabra y la acción en el centro mismo de la pluralidad política, manifestando que «con la palabra y el acto nos insertamos en el mundo humano» (Arendt, 2005, p. 201). Para Arendt, la renuncia a hablar significativamente con otros equivale a la destrucción del espacio intersubjetivo, atroz antesala del totalitarismo. En una sintonía complementaria, Jürgen Habermas formuló su Teoría de la acción comunicativa, enfatizando la necesidad de una racionalidad procedimental volcada al entendimiento mutuo. De acuerdo con Habermas, «el concepto de acción comunicativa remite a la interacción de al menos dos sujetos capaces de lenguaje y de acción que entablan una relación interpersonal» (Habermas, 1987, p. 124). La validez de cualquier proyecto democrático depende de la calidad deliberativa de sus ciudadanos y de su disposición sincera a dejarse convencer por la fuerza del mejor argumento, libre de toda violencia o manipulación ideológica.

Ahora bien, restablecer la conversación exige traspasar los límites formales de la lógica para adentrarse en la dimensión hermenéutica y ética de la alteridad, puesto que hablar verdaderamente requiere albergara al otro en su radical diferencia. Hans-Georg Gadamer, en Verdad y método, definió la comprensión interpersonal como una experiencia donde los horizontes individuales se expanden, expresando que «comprender es siempre el proceso de fusión de estos horizontes presuntamente aislados entre sí» (Gadamer, 1993, p. 377). Esta fusión resulta irrealizable si el interlocutor es percibido como un rival a instrumentalizar. La filosofía dialógica de Martin Buber ilumina esta exigencia en Yo y Tú, al afirmar rotundamente que «toda vida verdadera es encuentro» (Buber, 1977, p. 15). Cuando las relaciones humanas se degradan en un vínculo cosificador —un intercambio entre un «Yo» y un «Ello»—, la palabra se vuelve fría y utilitaria. A esta advertencia se suma la voz de Emmanuel Levinas, quien desde Totalidad e infinito apela al imperativo ético de la otredad al sostener que «el rostro me habla y por ello me interpela» (Levinas, 1977, p. 211). La sola presencia del rostro ajeno quiebra la autosuficiencia de nuestro ego, prohibiéndonos reducir la complejidad del ser humano a una mera etiqueta conceptual.

Semejante exigencia ética choca frontalmente contra las dinámicas de la era digital contemporánea, donde el diálogo ha sido devorado por la vorágine algorítmica y el imperativo de la visibilidad inmediata. Las plataformas interactivas, diseñadas bajo la utopía irónica de interconectar al planeta, terminaron levantando muros invisibles de aislamiento y tribalismo. Las cámaras de eco y los sistemas de recomendación procesan nuestros sesgos para alimentarnos únicamente con aquello que halaga nuestro ego, expulsando de la pantalla cualquier matiz incómodo. En La expulsión de lo distinto, Byung-Chul Han retrata con precisión esta patología de la atención al subrayar que «la escucha no es un acto pasivo, sino que requiere una atención activa, una acogida al otro en su alteridad» (Han, 2017, p. 125). Sin el silencio interior que permite albergar el pensamiento ajeno, la interacción digital degenera en una estampida de voces frenéticas donde triunfan la indignación efímera, el eslogan agresivo y el aplauso automatizado. Nos hemos convertido en sordos hiperconectados que gritan en la oscuridad de sus propios espejos.

Frente a este desierto de amplificadores y aplausos cautivos, la filosofía no puede actuar como un sedante ni como una simple espectadora complaciente. El verdadero desafío de nuestra época consiste en romper el hechizo de las certezas prefabricadas y tener la osadía de mirar al otro no como un enemigo a batir, sino como el único espejo capaz de rebelarnos nuestra propia humanidad. ¿Nos resignaremos a languidecer en esta orquestación de monólogos estridentes, celebrando el eco de nuestra propia ignorancia mientras la convivencia civilizada se desmorona en el desprecio mutuo? ¿Seremos capaces de desarmar la soberbia del juicio intempestivo y abrazar la humilde sospecha de que la razón, acaso, habita en la palabra del diferente? Si renunciamos a la fragilidad de dejarnos transformar por la verdad ajena, ¿qué nos queda de humanos en esta era de certezas desalmadas?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • Arendt, H. (2005). La condición humana (Trad. R. Gil Novales). Paidós.
  • Aristóteles. (1988). Tratados de lógica (Órganon) I: Categorías, Tópicos, Sobre las refutaciones sofísticas, Primeros analíticos (Trad. M. Candel Sanmartín). Gredos.
  • Buber, M. (1977). Yo y Tú (Trad. C. Díaz). Nueva Visión.
  • Debord, G. (1999). La sociedad del espectáculo (Trad. V. Gómez). Marca de Agua.
  • Duns Escoto, J. (1950). Ordinatio: Prologus. Typis Polyglottis Vaticanis.
  • Foucault, M. (1992). El orden del discurso (Trad. A. González Troyano). Tusquets.
  • Gadamer, H.-G. (1993). Verdad y método (Vol. I; Trad. A. Agud Aparicio y R. de Agapito). Sígueme.
  • Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa (Vol. I; Trad. M. Jiménez Redondo). Taurus.
  • Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto (Trad. A. Ciria). Herder Editorial.
  • Jaspers, K. (1989). Filosofía (Vol. 2: Orientación en el mundo; Trad. J. Gaos). Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Kant, I. (2004). ¿Qué es la Ilustración? (Trad. E. Ímaz). Alianza Editorial.
  • Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad (Trad. D. E. Guillot). Sígueme.
  • Nietzsche, F. (2006). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros ensayos (Trad. L. M. Valdés Villanueva). Tecnos.
  • Platón. (2000). Apología de Sócrates (Trad. C. García Gual). Gredos.
  • Schopenhauer, A. (2002). El arte de tener razón: expuesto en 38 estratagemas (Trad. F. C. Vevia Romero). Edaf.

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