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Intentando comprender el misterio del suicidio- Lisandro Prieto Femenía

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“No es la vida, es el tiempo lo que resulta insoportable. Por eso no es el deseo de morir, sino el deseo de no haber sido nunca lo que constituye la esencia del hastío” (Cioran, 1973/1981, p. 54).

La pregunta por la permanencia en el mundo no es una cuestión que deba abordarse desde la frialdad de los conceptos, sino desde el respeto sagrado por el misterio de la fragilidad humana. Cuando nos enfrentamos a la trágica decisión de un ser querido de interrumpir su existencia, nos hallamos en un territorio donde las palabras resultan insuficientes y el alma se siente desguarnecida ante un interrogante que parece no tener respuesta. No es posible, ni humano, reducir este acto a una condena moral o a un diagnóstico clínico despojado de sensibilidad. El suicidio, en su penosa realidad, es un grito de auxilio que se apaga, una interpelación que nos convoca no al juicio ético, sino a la presencia y al acompañamiento de quienes quedan en la orilla del duelo. En estas líneas, nos proponemos reflexionar sobre esta herida abierta mediante una fenomenología de la compasión que dialogue con la ternura y la esperanza que emanan de la espiritualidad y la filosofía del cuidado.

Para quienes atraviesan la oscuridad de haber perdido a alguien de esta manera, es vital comprender que el ser humano habita a veces paisajes de una soledad tan profunda que el horizonte se torna invisible. La evolución de las actitudes hacia este acto revela una trayectoria bastante sinuosa: desde el estoicismo antiguo, que veía en la retirada voluntaria una garantía de dignidad frente a la tiranía, hasta la rigidez de la modernidad que, en su afán por el control biopolítico, terminó por estigmatizar al sufriente. No obstante, hoy habitamos una época marcada por cambios sociales vertiginosos que han configurado lo que Byung-Chul Han denomina “sociedad del cansancio”. En su obra homónima, Han advierte que el sujeto posmoderno se encuentra bajo la presión de un imperativo de rendimiento que termina por desgastar la mismidad hasta el colapso, puesto que “el exceso de trabajo y rendimiento se agudiza en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación ajena, pues está acompañada de un sentimiento de libertad” (Han, 2010/2012, p. 30).

Esta autoexplotación y la tecnificación de la vida reducen la existencia a una cifra de rendimiento, dejando al individuo alienado de sus propios vínculos. Resulta necesario preguntarnos si, en medio de esta cultura de la inmediatez, hemos olvidado el arte de sosos los unos a los otros en la debilidad, reconociendo que la autonomía no es autosuficiencia absoluta, sino una capacidad que sólo puede florecer cuando nos sentimos amparados por los demás en nuestra mutua vulnerabilidad.

En la posmodernidad, esta vulnerabilidad adquiere una forma particularmente gélida y cruel. Ya no se trata sólo de la “noche oscura” del alma en un sentido espiritual, sino de lo que podríamos llamar un “apagón sistémico”. En un mundo donde la identidad se ha digitalizado y la psique se ve bombardeada por el flujo ininterrumpido de estímulos, la persona comienza a experimentar su propia vida como un procesamiento de datos que, llegado a un punto de saturación, simplemente “se apaga”. Al respecto, Franco “Bifo” Berardi, en su análisis sobre la precariedad y la infonósfera, sugiere que el colapso mental contemporáneo es una respuesta a la aceleración de la infoestimulación. En su obra Fenomenología del fin, Berardi plantea que el alma ya no puede procesar el exceso de realidad virtual, produciendo una desconexión que se asemeja a un error crítico del sistema: “El ciberespacio es ilimitado, pero el ciber-tiempo, que es la capacidad orgánica de atención y elaboración emocional, es limitado. La aceleración produce una parálisis del juicio y una desensibilización” (Berardi, 2011/2017, p. 84).

Esta metáfora de la computadora que se apaga no es sólo una figura retórica, sino que describe la deshumanización de quien se siente como una terminal agotada. Por su parte, Jean Baudrillard, en sus reflexiones sobre el simulacro, nos advertía que la pérdida de contacto con lo real conduce a una indiferencia radical, donde el sentido se desvanece en favor de la pura exposición. En su obra Cultura y simulacro, el precitado autor señala con crudeza que “la información devora sus propios contenidos; devora la comunicación y lo social. […] Allí donde pensábamos que la información producía sentido, ocurre lo contrari” (Baudrillard, 1978/2005, p. 116).

Cuando la vida se convierte en un bucle de imágenes sin peso y el sentido es devorado por la sobreinformación, la decisión de salir del juego aparece como un último intento de recuperar una soberanía perdida, aunque sea a través de la propia desaparición. Para las familias, este “apagón” es incomprensible porque sucede en medio de una hiperconectividad aparente, revelando que nunca estuvimos tan solos como cuando estuvimos perpetuamente expuestos a la mirada digital pero ausentes de la caricia humana.

Como podrán apreciar, esta desconexión suele percibirse como una tentativa de “huida”, una escapatoria frente a un sufrimiento que se ha vuelto insoportable. Sobre este último aspecto en particular, Arthur Schopenhauer, aunque crítico con la noción de que el suicidio fuera un ejercicio de libertad real, entendía perfectamente el impulso de evasión ante el dolor. Para él, el individuo no busca la nada por odio a la vida, sino por el deseo vehemente de dejar de sufrir. Concretamente, en sus escritos afirma que “el suicida quiere la vida, y sólo está mal satisfecho con las condiciones en que se le ofrece” (Schopenhauer, 1819/2009, p. 415).

Desde esta perspectiva, la “fuga” no es una renuncia a la existencia per se, sino un intento desesperado de detener el tiempo de la angustia. Esto lo explica muy bien el gran Albert Camus, en El mito de Sísifo, donde profundizaba en esta dialéctica al cuestionar si la huida es una respuesta legítima al absurdo o si constituye un “suicidio filosófico” que niega la propia capacidad de rebelión. “Escapar” aparece así como un refugio ante lo insoportable, pero nos obliga a reflexionar sobre la naturaleza del peso que el sujeto intenta soltar. En definitiva, sitúa este problema en el centro de la labor filosófica, entendiendo que la evasión o la permanencia constituyen la respuesta definitiva ante el absurdo, porque para Camus, el interrogante no admite ambigüedades: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía” (Camus, 1942/2012, p. 15).

Por su parte, Erich Fromm, en su estudio sobre el miedo a la libertad, sugería que el hombre moderno busca a menudo mecanismos de evasión para escapar de la carga de su propia soledad e insignificancia. Es inevitable que aquí nos preguntemos: ¿es acaso la partida voluntaria el escalón final de una serie de pequeñas huidas cotidianas impuestas por un mundo que no ofrece cobijo al espíritu? En concreto, Fromm describe esta pulsión de fuga en El miedo a la libertad indicando que “el hombre se siente solo y aislado. Se asusta. Ante este aislamiento puede elegir entre dos caminos: uno lo lleva a la «libertad positiva», […] el otro camino es el de retroceder, renunciar a su libertad y tratar de superar su soledad eliminando la brecha que se ha abierto entre su yo individual y el mundo” (Fromm, 1941/2006, p. 165).

En este punto de la reflexión, es indispensable expresar que este “escape”, sin embargo, deja tras de sí una estela de desolación marcada por el sentimiento de culpa de quienes permanecen. El pensamiento pernicioso que susurra “pude haber hecho algo más” se convierte literalmente en una tortura silenciosa para los sobrevivientes. Karl Jaspers, en su análisis sobre la situación espiritual de nuestro tiempo, hablaba de la “culpa metafísica” como esa corresponsabilidad que sentimos por el dolor del otro simplemente por el hecho de ser humanos. No obstante, Jaspers recalca que esta culpa no debe ser un juicio punitivo, sino un reconocimiento de nuestra finitud. En su obra La cuestión de la culpa, señala que “existe una solidaridad entre los hombres que hace que cada uno sea corresponsable de todo el mal y de toda la injusticia del mundo […] pero donde cesa la posibilidad de actuar, cesa también la responsabilidad jurídica y moral, mas no la metafísica” (Jaspers, 1946/1966, p. 54).

Esta distinción es vital para el doliente, puesto que reconocer que hubo un límite en su capacidad de acción no es indiferencia, sino aceptación cruda de nuestra condición propiamente humana. La culpa tóxica nace de la ilusión de omnipotencia, de creer que podíamos controlar el abismo interior de otro ser. Por ello, es muy importante recuperar lecturas como las de Joan-Carles Mèlich, quien desde una filosofía de la finitud, propone que la respuesta no es la búsqueda de una solución lógica a la culpa, sino la construcción de una ética de la compasión que nos permita perdonarnos a nosotros mismos por ser, sencillamente, limitados. En su obra titulada La fragilidad del mundo, Mèlich reflexiona sobre esta imposibilidad de control absoluto y nos explica que “nuestra condición es la de un ser que no se ha dado a sí mismo el ser, un ser que es desde el principio un ser-con, un ser que depende de los demás, que es vulnerable, que está expuesto. […] No podemos evitar que el mundo sea un lugar precario” (Mèlich, 2021, p. 48). Aceptar que no pudimos evitar lo inevitable es el primer paso para que el duelo no se convierta en una celda, sino en una herida que, aunque duela, permita el paso de la luz de la misericordia.

Esta perspectiva también nos obliga a revisar profundamente la mirada que tenemos sobre la responsabilidad. A menudo, las familias cargan con el peso de no haber “visto”, ignorando que la libertad humana es una potencia que se despliega en vasos frágiles de barro. La teología católica nos ofrece aquí un bálsamo de paz al reconocer los límites de la voluntad ante el sufrimiento extremo. Al afirmar la dignidad ontológica de la persona por ser imagen de Dios, se reafirma que cada vida posee un valor incondicional, no por lo que produce ni por su capacidad de procesamiento, sino por su mero ser. San Juan de la Cruz (Juan de Yepes Álvarez), en su texto Noche oscura, describe ese estado del alma donde el sentido parece extraviarse y sólo queda la espera en la tiniebla. Para el místico, incluso en ese silencio absoluto de Dios, hay una presencia que sostiene, aunque no se sienta (2010, p. 142). Traigo esta referencia a colación porque me parece fundamental remarcar que esta dignidad nunca se pierde en la crisis, al contrario, es allí donde reclama mayor amparo ante un sistema que descarta lo que deja de ser productivo o funcional.

Es urgente, además, alejarnos de la fría medicalización que despoja al sufrimiento de su dimensión social. Si bien la ciencia aporta herramientas, el consuelo nace de la comprensión del sentido. En este contexto, Emmanuel Levinas, en su ética de la alteridad, nos recuerda que el rostro del otro es una exigencia de responsabilidad infinita. En su obra Totalidad e infinito, sostiene que el encuentro con el otro es, en esencia, un mandato de cuidado: “El rostro se me presenta no como un objeto de percepción, sino como una vulnerabilidad que me interpela. El Rostro me dice: No matarás” (Levinas, 1961/1977, p. 211).

Cuando fallamos en responder a esa vulnerabilidad, la responsabilidad es colectiva. No podemos ignorar que la precariedad y el aislamiento son factores que asfixian el deseo de vivir. Por ello, Viktor Frankl nos enseña que incluso en condiciones extremas, la búsqueda de significado sostiene la existencia (2015, p. 121). Para las familias, la tarea es ahora reconstruir un sentido que incluya la memoria del ser amado no por el acto de su muerte, sino por la luz de su vida entera. La teología pastoral debería encarnar una ética de la ternura (no del juicio moral), recordándonos que el amor de Dios desciende a las profundidades de la desesperación para ofrecer un horizonte de redención que ninguna tecnología puede emular.

Está claro que las estrategias de prevención del suicidio y el consuelo de los que sufren debe entenderse como una responsabilidad comunitaria y política. Se requiere de una praxis de la esperanza que se traduzca en políticas públicas que privilegien el cuidado y la salud mental por sobre la eficiencia y la productividad. En un mundo que valora la utilidad, nos queda la tarea de afirmar que la vida es un don sagrado que se custodia en la mirada y el cuidado del hermano. La caridad social no es sólo asistencia, sino compromiso de transformar nuestras comunidades en refugios donde el dolor sea siempre compartido. Cabe reflexionar, entonces, si nuestras instituciones están preparadas para acoger la sombra sin pretender iluminarla prematuramente con dogmas, permitiendo que el llanto tenga su lugar en el altar del lugar común.

En el diálogo sobre el final de la vida, debemos ser cautelosos con las narrativas de representación. Cuando la sociedad normaliza la muerte autoinfligida como una solución eficiente, corremos el riesgo de desatender el deber de acompañar. La alternativa es el fortalecimiento de la comunidad ritual. Tengamos en cuenta que los ritos de duelo permiten que la pérdida sea integrada en la historia familiar, no como un estigma silencioso, sino como una herida bañada por la luz de la esperanza escatológica que se aferra con sabor agridulce al deseo de “volvernos a ver”. Tampoco se trata de olvidar la tragedia, sino de envolverla en un tejido de solidaridad que impida que el dolor se convierta en una condena eterna para los que permanecen.

Para finalizar, queridos lectores, debemos reconocer que el suicidio nos deja ante un silencio que no debe ser llenado con explicaciones vacías, sino con una presencia amorosa que sostenga la pregunta sin clausurarla. La reflexión filosófica y teológica encuentra su sentido último cuando se vuelve gesto de consuelo para quien llora. El lector no debe cerrar estas líneas con una síntesis intelectual, sino con el deseo de ser, para los otros, un signo de que la esperanza es posible incluso cuando las luces se apagan. ¿Cómo podemos ser hoy ese puerto seguro para quien siente que su barca ya no resiste la tormenta? ¿Es posible que nuestra mayor contribución a la vida sea aprender a escuchar el gemido del corazón ajeno con la misma reverencia con la que entramos en un templo? ¿Podremos, al fin, comprender que nadie se va del todo mientras haya una comunidad dispuesta a custodiar su memoria con la delicadeza de quien sostiene una llama en medio del viento? ¿Y si la verdadera medida de nuestra humanidad no fuera nuestro éxito, sino nuestra capacidad de permanecer al pie de la cruz del otro, en ese instante donde el sistema colapsa, ofreciendo nada más que nuestra propia presencia como prueba de que aún existe lo humano? ¿Es la huida un acto de desamor o la última forma de buscar un descanso que la sociedad le negó en vida al sufriente? ¿Hasta qué punto somos responsables del abismo ajeno y hasta dónde debemos aceptar nuestra bendita incapacidad de salvarlo todo? ¿Podremos perdonarnos, finalmente, por no ser dioses, sino simplemente hermanos vulnerables en busca de un poco de luz?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

· Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro. (A. Vicens y P. Rovira, Trads.). Editorial Kairós. (Obra original publicada en 1978).

· Berardi, F. (2017). Fenomenología del fin: Sensibilidad y mutación ciberespacial. (T. L. Crespo, Trad.). Caja Negra. (Obra original publicada en 2011).

· Camus, A. (2012). El mito de Sísifo. (E. J. Podetti, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).

· Cioran, E. M. (1981). Del inconveniente de haber nacido. (T. de la Carrera, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 1973).

· Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder. (Obra original publicada en 1946).

· Fromm, E. (2006). El miedo a la libertad. (G. Germani, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1941).

· Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. (A. S. Pascual, Trad.). Herder. (Obra original publicada en 2010).

· Jaspers, K. (1966). La cuestión de la culpa. (M. de la Iglesia, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1946).

· Juan de la Cruz, S. (2010). Noche oscura. (M. de San José, Ed.). Editorial Monte Carmelo.

· Juan Pablo II (1995). Carta Encíclica Evangelium Vitae sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. Libreria Editrice Vaticana.

· Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad. (D. E. Guillot, Trad.). Sígueme. (Obra original publicada en 1961).

· Mèlich, J. C. (2021). La fragilidad del mundo: Ensayo sobre un tiempo precario. Tusquets Editores.

· Schopenhauer, A. (2004). Sobre el suicidio. (M. de Unamuno, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1851).

· Schopenhauer, A. (2009). El mundo como voluntad y representación. (R. R. Aramayo, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1819).

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León XIV y el inesperado renacer espiritual francés

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Por: Lisandro Prieto Femenía

«No es verdad que el hombre, como a veces parece pensarse, no pueda organizar la tierra sin Dios. Lo que es verdad es que, sin Dios, no puede a fin de cuentas más que organizarla contra el hombre».

Henri de Lubac, El drama del humanismo ateo (1990, p. 11)

Existe una narrativa sociopolítica ampliamente difundida que da por sentada la muerte del cristianismo en Europa. Bajo la mirada de los medios masivos de comunicación y las lecturas dominantes de la posmodernidad, naciones de profunda prosapia histórica como Francia suelen catalogarse como territorios irrecuperables para la fe, piezas constitutivas de un museo de catedrales monumentales pero vacías, rodeadas por conciencias adormecidas por el progresismo, el consumo e impermeables al misterio. Sin embargo, la reciente visita pastoral del Papa León XIV por suelo francés ha dejado entrever una grieta profunda en ese relato hegemónico. Ante el asombro de los analistas y la perplejidad de las estructuras de poder, más de 1.300.000 fieles desbordaron plazas icónicas como la Place de la Concorde en París, los senderos de Lourdes y el Stade de France, revelando que el anhelo de trascendencia no se extingue mediante decretos culturales ni se disuelve en el cinismo de una época desgastada.

Desestimar la vigencia del aliento espiritual aduciendo la inevitable marcha de la secularización implica caer en un simplismo histórico. Quien examina la cultura contemporánea únicamente desde las métricas de la desacralización olvida que en la mente humana habita una constante tensión dialéctica entre la certeza y la inquietud. En su obra “Introducción al Cristianismo”, Joseph Ratzinger (2013) sintetizó esta dinámica al señalar que “tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismo y a la verdad de su ser” (p. 18). Aquel que pretende basar su existencia en la autosuficiencia laica o la increencia sistemática no queda blindado contra la pregunta fundamental por la verdad; por el contrario, la sospecha del sentido continúa golpeando su puerta cuando los andamiajes del bienestar material resultan insuficientes para sostener el peso de la propia finitud. Esta especie de sequía de la inmanencia fue explícitamente interpelada durante los encuentros en París, donde se extendió la invitación a una civilización fatigada a “saciar su sed en Cristo y ser fuente de esperanza para el mundo” (Vatican News, 2026b, párr. 2), restituyendo la búsqueda de lo absoluto como el agua capaz de abrevar la aridez existencial contemporánea.

La precitada tensión cobra forma palpable en los diálogos del pontífice con la comunidad eclesial y los líderes de la sociedad civil, donde resurgió con vigor una pregunta formulada durante el consistorio romano: “¿Hay vida en nuestra Iglesia?¿Hay espacio para aquello que nace?” (Celada, 2026, párr. 3). Al examinar el alcance de estas palabras, el cardenal François-Xavier Bustillo (2026) precisó que la comunidad creyente no puede comprenderse a la manera de una maquinaria burocrática articulada para resistir el paso del tiempo, sino como un organismo vivo capaz de engendrar y transmitir vida sin refugiarse en esterilidades ideológicas ni en nostalgias del pasado. La verdadera novedad que conmueve el panorama francés no proviene de estrategias de mercadotecnia o de concesiones a la moda del momento, sino del silencioso y masivo retorno de jóvenes adultos -hijos de padres indiferentes u hostiles al hecho religioso- que solicitan el bautismo tras haber experimentado la indigencia espiritual de una sociedad hiperconectada pero desolada.

Aquella insatisfacción espiritual se manifiesta con especial crudeza cuando irrumpe de manera espontánea en la cotidianeidad del espacio urbano. Escenas insólitas registradas en las avenidas y bulevares parisinos, donde transeúntes y jóvenes detienen su marcha para solicitar el sacramento de la reconciliación a sacerdotes apostados en plena vía pública fracturan el dogma de una laicidad higiénica que pretendía confinar la fe al ámbito de lo estrictamente privado. En el corazón de una metrópoli dominada por la prisa, el consumo y la mirada vigilante de las pantallas, la imagen de un individuo arrodillado en la acera buscando el perdón constituye una verdadera rebelión existencial. Tengamos en cuenta que la cultura contemporánea, al abolir la noción de culpa sin ofrecer redención alguna, ha sumido al sujeto en una tiranía de la auto-exigencia y angustia reprimida. Al desacralizar el espacio público para re-consagrarlo mediante el diálogo del perdón, estos encuentros callejeros demuestran que la conciencia humana no busca una anestesia psicologista ni la absolución impersonal de las redes sociales, sino abrazo de una misericordia que sane la quebrantadura interior y devuelva la dignidad al penitente.

Precisamente en la multitudinaria vigilia que congregó a 80.000 jóvenes en el Estadio de Francia, la mirada papal penetró la coraza del desencanto juvenil para dialogar con las zozobras más íntimas de las nuevas generaciones. Frente a un auditorio marcado por la precarización y la prisa, el pontífice identificó cómo la fragilidad emocional distorsiona la vivencia de la libertad cuando surgen “sentimientos muy difundidos, debido a la precariedad de los planes para el futuro, la naturaleza provisional de los vínculos afectivos y la fragilidad de las relaciones” (citado en EFE, 2026, párr. 3). La respuesta cristiana a esta volatilidad cotidiana no apela a una resignación estoica, sino al descubrimiento del valor sagrado de la propia vida. Por ello, rompiendo con los eslóganes del utilitarismo imperante, resonó la proclamación categórica: “Joven que escuchas esto: fuiste creado para más que sobrevivir; fuiste creado para amar” (citado en Vatican News, 2026a, párr. 4). Al desarmar la consigna del nihilismo posmoderno, el obispo de Roma increpó las posturas que proclaman el fin del horizonte trascendente asegurando que “quien dice ‘Dios ha muerto’ está perdido” (Vatican News, 2026a, párr. 1), e instó a superar la parálisis del egoísmo mediante la entrega a los demás, pues “quien sigue a Jesús en el camino del servicio humilde y gratuito se libera de la angustia y redescubre un nuevo entusiasmo” (citado en EFE, 2026, párr. 4).

Justamente esa misma exigencia de vida e iluminación cobra una dimensión dramática cuando la institución eclesial se atreve a mirar de frente sus propias heridas y contriciones. Durante su estancia en el santuario de Lourdes, el pontífice sostuvo encuentros privados con sobrevivientes de abusos sexuales cometidos por miembros despreciables del clero, enfatizando ante el episcopado la imperiosa necesidad de “mantener la máxima vigilancia” y continuar sin vacilaciones por el camino de la reparación y la transparencia (Late 931, 2026, párr. 2). Desde una perspicacia estrictamente filosófica, la autoridad profética de la fe en la esfera pública no se construye mediante la ocultación del pecado institucional ni sobre la soberbia política de la auto-preservación, sino a través del desgarro de la “aletheia”: la verdad entendida como desvelamiento y asunción doliente de la culpa. Una Iglesia que pretenda anunciar la esperanza al hombre posmoderno sólo resulta creíble cuando abraza el dolor de sus víctimas, reconociendo que la conversión ética interior constituye la condición de posibilidad previa para cualquier renovación colectiva.

Ahora bien, más allá del desgarro institucional, la súplica del Papa en la cueva de Massabielle cobró un cariz de elevada teología política al postular que la regeneración comunitaria exige rescatar la noción de virtud pública. Al arrodillarse en el santuario pirenaico, León XIV encomendó a la Providencia la gracia de conceder a la nación anfitriona “gobernantes sabios y generosos”, empeñados en salvaguardar los derechos fundamentales y promover un clima social libre de violencia y resentimiento (ACI Prensa, 2026, párr. 1). Esta petición descoloca la visión pragmática predominante, la cual tiende a reducir el ejercicio del poder a la simple optimización tecnocrática o al cálculo electoral. Al entrelazar la sabiduría y la magnanimidad con la atención a los enfermos y desvalidos que abordan las fuentes de Lourdes, el discurso pontificio restituye a la política su vocación ética primordial: la autoridad civil sólo alcanza su más alta dignidad cuando se dobla con reverencia ante la fragilidad de los más vulnerables, haciendo de la justicia y la caridad los auténticos cimientos del bien común.

Ciertamente, este llamado a la dignidad cobra un sentido urgente en la tribuna de la UNESCO en París, escenario de alta carga simbólica donde el Santo Padre se convirtió en el segundo Papa en hablar ante dicho organismo supranacional desde 1980. En medio del vertiginoso despliegue de los algoritmos y la IA, el mandatario espiritual remarcó la imperiosa “necesidad urgente de educación en el discernimiento ético” para evitar que el ser humano naufrague en lo que calificó como el “paraíso de las máquinas” (citado en Infobae, 2026, párr. 4). Que quede claro: la fe cristiana interpela la fascinación técnica al señalar que ningún progreso de la cibernética o del cálculo instrumental puede sustituir el juicio moral de la conciencia. Cuando la eficiencia tecnológica se independiza de la orientación hacia el bien supremo, la razón queda expuesta a convertirse en un mecanismo ciego que cosifica la existencia y degrada a la persona a la condición de dato intercambiable.

Paralelamente, el itinerario del pontífice encontró un punto culminante de alta significación sociopolítica en Metz, capital de la Lorena, elección geopolítica y espiritual de profundas implicaciones. Mientras la mayor parte del territorio francés se rige desde 1905 por una ley de separación estricta entre Iglesia y Estado que redujo la vivencia religiosa a un estricto asunto privado, en el departamento de Mosela pervive el régimen concordatario, un marco jurídico donde el Estado reconoce, financia y colabora activamente con los cultos religiosos (RFI, 2026). Al cerrar su viaje precisamente en esta región fronteriza, León XIV puso de manifiesto que el hecho religioso no representa una amenaza para la convivencia ni una regresión oscurantista, sino un pilar fundamental del tejido social. El modelo concordatario de Alsacia y Mosela ofrece una lección filosófica al laicismo militante: demuestra que la verdadera neutralidad del Estado no reside en la expulsión de la fe fuera del espacio público, sino en la apertura institucional al diálogo armónico con las tradiciones espirituales que alimentan el alma de los pueblos.

Por otra parte, y frente a las pretensiones de una autonomía biotecnológica que pretende decidir los límites de la existencia, el mensaje papal pegó con vehemencia durante sus intervenciones al condenar la normalización de la eutanasia y el suicidio asistido. Como lo registró la prensa sobre los discursos del Papa en suelo galo, León XIV alzó la voz para denunciar el peligro de una sociedad que enmascara su abandono bajo la falsa compasión, recordando que “la respuesta a la enfermedad y a la vejez no puede ser el descarte ni la aceleración de la muerte, sino el cuidado, el acompañamiento y la afirmación incondicional de la vida humana hasta su término natural” (Clarín, 2026, párr. 2). Cuando una civilización decide legalizar la eliminación de los más frágiles con el pretexto de aliviar el dolor, manifiesta una profunda quiebra ética: la compasión auténtica no destruye al sufriente, sino que abrazando su dolor, lo sostiene en el seno de la comunidad.

En este punto resulta imprescindible acudir al diagnóstico antropológico formulado por Blaise Pascal en sus “Pensamientos” (2014), donde expone de manera desgarradora la desproporción inherente a la naturaleza humana: “¿Qué es, pues, lo que nos clama esta avidez y esta impotencia, sino que hubo en otro tiempo en el hombre una verdadera felicidad… este abismo infinito sólo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo?” (p. 148). Pues bien, la juventud francesa que hoy llena los templos y busca los sacramentos no aspira a una anestesia emocional ni a un sistema de prescripciones morales, sino que lo que anhela es una brújula capaz de orientar su libertad en medio del naufragio existencial. La posmodernidad prometió emancipar al sujeto de todo vínculo sagrado, pero el resultado de esa autonomía absoluta ha sido una fatiga civilizatoria donde la persona queda reducida a una cifra de rendimiento o a un consumidor solitario.

Esta patética antropología de la precariedad encuentra su sacudón más produndo cuando recuperamos la noción de criatura, tal como Romano Guardini postula en “El ocaso de la Edad Moderna” (2026) al recordar que “la existencia ética descansa en última instancia en el conocimiento de haber sido creado y en la aceptación de este hecho primordial” (p. 806). Cuando una cultura cercena el horizonte de la Creación y sustituye al Creador por la vorágine de la técnica y el dominio estatal, la propia humanidad pierde su fundamento inviolable. La respuesta entusiasta de miles de jóvenes ante la presencia del pontífice no representa un anacronismo ni una evasión romántica, sino la rebelión de la conciencia contra la estrechez de una inmanencia sofocante. Es la manifestación visible de una generación que se niega a habitar en la desesperanza y que reconoce en el mensaje evangélico una fuerza viva capaz de regenerar las estructuras sociales.

Dicho esto, queda claro que desarticular la polarización ideológica que convierte a la fe en una trinchera de disputa política representa el desafío decisivo de nuestro tiempo. La comunidad creyente, tal como remarcaba el cardenal Bustillo (2026) al diagnosticar los retos eclesiales contemporáneos, no está llamada a estructurar tácticas mundanas ni dinámicas de auto-preservación corporativa, sino a encarnar la potencia transformadora del Sermón de la Montaña en lo cotidiano. La resurrección del fervor religioso en las periferias del secularismo francés y el vigor de su modelo concordatario nos recuerdan que la gracia opera mediante canales impenetrables para la lógica de la eficacia técnica. Cuando los diagnósticos del momento vaticinan el eclipse total de Dios, el testimonio renovado de las nuevas generaciones demuestra que la luz de la trascendencia no depende de las modas culturales dominantes, sino de la capacidad inagotable del alma para dejarse interpelar por la verdad.

Frente a la evidencia de una sed de absoluto que desbarata los esquemas del reduccionismo materialista, la paradoja de nuestro tiempo exige una toma de posición impostergable. Si ni la autosuficiencia técnica, ni el blindaje de nuestras fronteras, ni la purga del misterio en las instituciones civiles han logrado extirpar la exigencia de un sentido infinito, ¿persistiremos en la ceguera de edificar nuestro destino común sobre el descarte sistemático de los más frágiles y el olvido de nuestra condición de criaturas? Si la voz que proclama la muerte de Dios no ha hecho más que acentuar el aislamiento del individuo en el laberinto de sus propias ansiedades, ¿tendremos la audacia de reconocer en la fragilidad compartida la hendidura por donde vuelve a filtrarse la esperanza? Quizás esta sacudida del alma francesa no sea el último estertor de una era que agoniza, sino el alboroto decisivo de un despertar que nos emplaza a elegir entre el letargo del consumo o el riesgo sublime de la trascendencia.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • ACI Prensa. (2026, 26 de septiembre). El Papa León reza en Lourdes para que la Virgen dé a Francia “gobernantes sabios y generosos”. ACI Prensa. https://www.aciprensa.com/noticias/128783/papa-leon-lourdes-gobernantes-sabios
  • Ceballos, D. (2026, 27 de septiembre). La escena que sorprende en Paris: personas piden confesiones a sacerdotes en la calle. MDZ Online. https://www.mdzol.com/tendencias/la-escena-que-sorprende-paris-personas-piden-confesiones-sacerdotes-la-calle-n1615533
  • Celada, J. L. (2026, 16 de enero). Cardenal Bustillo: “Nuestra misión no es buscar tácticas, políticas o estrategias”. Vida Nueva Digital / Vatican News. https://www.vidanuevadigital.com/2026/01/16/cardenal-bustillo-nuestra-mision-no-es-buscar-tacticas-politicas-o-estrategias/
  • Clarín. (2026, 27 de septiembre). En su visita a Francia, el Papa León XIV dio un contundente mensaje sobre la eutanasia. Diario Clarín. https://www.clarin.com/mundo/visita-francia-papa-leon-xiv-dio-contundente-mensaje-eutanasia_0_I1fXRLl6gO.html
  • De Lubac, H. (1990). El drama del humanismo ateo. Ediciones Encuentro.
  • EFE. (2026, 26 de septiembre). El papa anima a 80.000 jóvenes en Francia ante la incertidumbre. Agencia EFE. https://efe.com/mundo/2026-09-26/papa-leon-xiv-francia-jovenes/
  • Guardini, R. (2026). El ocaso de la Edad Moderna. Un intento de orientación. Ediciones Cristiandad.
  • Infobae. (2026, 27 de septiembre). 22 fotos de la histórica visita del papa León XIV a Francia. Infobae. https://www.infobae.com/fotos/2026/09/27/22-fotos-de-la-historica-visita-del-papa-leon-xiv-a-francia/
  • Late 931. (2026, 28 de septiembre). León XIV en Francia: Histórica visita marcada por la paz, los migrantes, los abusos y la multitud en Lourdes. Late FM 931. https://late931.com.ar/contenido/9173/leon-xiv-en-francia-historica-visita-marcada-por-la-paz-los-migrantes-los-abusos
  • Pascal, B. (2014). Pensamientos. Alianza Editorial.
  • Radio Francia Internacional RFI. (2026, 28 de septiembre). Unión Europea, Concordato… ¿Por qué León XIV termina su viaje a Francia en Metz?. Radio Francia
  • Internacional. https://www.rfi.fr/es/europa/20260928-uni%C3%B3n-europea-concordato-por-qu%C3%A9-le%C3%B3n-xiv-termina-su-viaje-a-francia-en-metz
  • Ratzinger, J. (2013). Introducción al cristianismo. Ediciones Sígueme.
  • Vatican News. (2026a, 25 de septiembre). El Papa a los jóvenes: “Quien dice ‘Dios ha muerto’ está perdido; entablen un diálogo”. Vatican News. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-09/papa-viaje-apostolico-francia-vigilia-con-los-jovenes.html
  • Vatican News. (2026b, 25 de septiembre). León XIV invita a Francia a saciar su sed en Cristo y ser fuente de esperanza para el mundo. Vatican News. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-09/leon-xiv-invita-francia-saciar-sed-cristo-fuente-esperanza-mundo.html

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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