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El eclipse del pensamiento en la era del saber sintetizado – Lisandro Prieto Femenía

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Un silencio tenso recorre las aulas universitarias posmodernas, un murmullo que ya no proviene del debate apasionado ni del cruce de ideas, sino del desconcierto docente ante un fenómeno abrumador. En los pasillos de las instituciones de educación superior más prestigiosas del planeta se constata una realidad inquietante: las lecturas asignadas se recortan año tras año porque los estudiantes, sencillamente, se muestran incapaces de terminar un libro completo. Profesores de la universidad de Harvard admiten haber tenido que reducir la extensión de los textos obligatorios ante la imposibilidad manifiesta de sus alumnos para sostener la atención a lo largo de una obra densa. Lo que antes constituía el cimiento básico de la vida académica- la confrontación íntima, pausada y esforzada con la página escrita- se ha convertido en una cumbre inalcanzable para una generación acostumbrada a la inmediatez del fragmento. ¿En qué momento la dificultad textual dejó de ser un desafío intelectual estimulante para transformarse en una barrera insuperable?

«La filología es ese arte venerable que exige a su admirador sobre todo una cosa: mantenerse al margen, tomarse tiempo, volverse silencioso, volverse lento… Este arte no consigue nada tan fácilmente cuando no logra una cosa: ¡no leer nada de prisa, leer lentamente, con profundidad, con cuidado, con segundas intenciones, con las puertas abiertas, con dedos y ojos delicados!»

Friedrich Nietzsche (Aurora, 1881/2000, p. 36)

Las cifras que retratan este escenario desmantelan cualquier intento de reducir la crisis a una simple queja generacional. Tras examinar las mediciones del “Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos” elaborado por la organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2024) sobre 160.000 personas en decenas de países, la revista The Economist (2026) reveló que aproximadamente el 8% de los estudiantes matriculados en educación superior en naciones de altos ingresos exhibe una comprensión lectora equivalente a la de niños de 10 años, una proporción que asciende al 14% en Estados Unidos. Semejante desmoronamiento de las capacidades interpretativas básicas se apoya en mutaciones culturales profundas: si en los años 90’ casi el 60% de la infancia estadounidense leía por placer, en la actualidad esa cifra ha caído drásticamente al 37%. Este deterioro no se limita al ámbito lingüístico ni afecta únicamente a instituciones de Nivel Secundario, puesto que, por ejemplo, en la Universidad de California, más de 1800 profesores de áreas científicas y matemáticas firmaron un manifiesto público alertando que sus alumnos de primer año ingresaban sin dominar contenidos esenciales de la secundaria, registrando un 70% de rezago respecto a los aprendizajes esperados para un adolescente de 14 años de edad.

El precitado colapso no remite únicamente a una deficiencia técnica de descodificación, sino al avance desbordante del analfabetismo funcional en sectores sociales escolarizados. Ya en su célebre formulación institucional, la UNESCO (1978) definía a la persona en situación de analfabetismo funcional como aquella incapaz de “emprender todas las actividades en que la alfabetización es necesaria con miras al eficaz funcionamiento de su grupo y de su comunidad y que le permitan seguir valiéndose de la lectura, la escritura y el cálculo para su propio desarrollo y el de la comunidad” (p. 12). La paradoja dolorosa de nuestro tiempo radica en que este déficit ya no habita en los márgenes de la exclusión social o de la falta de escolaridad, sino en los pasillos de las academias ilustradas. De acuerdo con los parámetros del estudio PIAAC publicado por la OCDE (2024), más del 20% de la población adulta en las economías desarrolladas se sitúa en el Nivel 1 o inferior de competencia lectora, lo que implica una capacidad restringida para reconocer palabras o extraer información puntual de textos cortos, quedando completamente inhabilitada para identificar premisas contradictorias, evaluar la validez de un argumento o sintetizar información dispersa. Hallarse alfabetizado en términos normativos pero ser incapaz de comprender la arquitectura argumental de un texto equivale a padecer una ceguera semántica que erosiona la raíz misma de la autonomía ciudadana y del juicio reflexivo.

Frente al abismo que supone la complejidad textual, las herramientas de inteligencia artificial irrumpieron disimulando ser un complemento pedagógico, cuando en realidad son un sustituto del esfuerzo interpretativo. En el Reino Unido, según reporta la precitada publicación de The Economist (2026), el 94% de los estudiantes universitarios admite utilizar sistemas algorítmicos para elaborar sus tareas y trabajos académicos, mientras que las investigaciones de Chirikov (2024) en el Centro de Estudios sobre Educación Superior de UC Berkeley constatan un aumento del 30% en las altas calificaciones dentro de materias susceptibles de ser automatizadas. La delegación del pensamiento en la máquina, entonces, constituye la consecuencia directa de una mente que ha perdido el entrenamiento necesario para habitar la incertidumbre y el espesor del lenguaje. Sobre este último aspecto, es interesante recordar que ante esta aceleración informativa, Byung-Chul Han sostiene en su texto “Infocracia” (2022) que “la información no ilumina al mundo” sino que “lo oscurece bajo una avalancha de datos instantáneos” (p. 19), una saturación que carcome progresivamente la capacidad de demorarse en lo complejo. Esta pérdida de la demora contemplativa condiciona la estructura misma del aparato psíquico, convirtiendo la adaptación a la brevedad en la ratificación de una amputación del discernimiento.

Semejante atrofia se enmascara tras la ilusión de una híper-conectividad eficiente, donde el dominio técnico del soporte digital oculta la indigencia de la lectura profunda. El analfabeto funcional posmoderno no es quien desconoce el alfabeto, sino quien, sabiendo descifrar grafemas, se muestra impotente para sostener el diálogo exigente con el texto, cediendo ante la tentación de obtener resúmenes empaquetados (sobre este último aspecto es crucial indicar que no es casual el avance descomunal de fake news avaladas por legiones de idiotas). Aceptar la síntesis algorítmica como un reemplazo legítimo de la lectura implica olvidar que la comprensión no es un producto consumible que se descarga, sino una travesía íntima que transforma decididamente a quien la recorre. En su obra titulada “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, Nicholas Carr (2011) describió esta mutación cognitiva al advertir cómo “cuanto más utilizamos la pantalla, más entrenamos a nuestro cerebro para la distracción y menos para la interpretación serena y profunda” (p. 19), reconociendo que su propia mente ha terminado por esperar la información “en un flujo veloz de partículas” (p. 19). Cuando el estudiante solicita a un modelo de lenguaje que resuma una obra clásica o redacte un ensayo sintético, no realiza un simple ahorro de tiempo, sino que se priva de la confrontación dialéctica con la alteridad del autor. En la resistencia ejercida por una idea densa reside justamente el espacio germinal de la subjetividad crítica; al eliminar ese roce mediante la mediación técnica, la experiencia del aprendizaje queda degradada a un trámite puramente funcional y despojado de huella existencial.

Al contemplar el devenir histórico de la cohorte generacional que hoy transita entre los 5 y los 24 años de edad, el escenario adquiere los visos de una fractura antropológica de vastas proporciones. Socializada en un entorno donde el estímulo breve ha suplantado a la paciencia hermenéutica y moldeada por sistemas educativos que progresivamente ceden ante el desinterés y la pereza, esta masa de niños y jóvenes enfrenta el riesgo inminente de quedar relegada a una posición de absoluta vulnerabilidad existencial y política. Aquí, es necesario preguntarse: ¿qué lugar social está reservado para una generación a la que se le ha erosionado intencionalmente el hábito de interpretar la complejidad, de articular problemas de manera autónoma y de resistir la tentación de la respuesta inmediata? Cuando la capacidad crítica resulta cercenada en la etapa formativa crucial, las personas no sólo pierden la soltura para aprobar asignaturas, sino también la soberanía psíquica necesaria para discernir la verdad frente a la manipulación. En un presente y un futuro gobernado por interfaces invisibles e inteligencias artificiales capaces de predecir conductas y redactar discursos persuasivos, quien carezca del rigor interpretativo quedará reducido a la condición de simple usuario pasivo, ejecutando instrucciones escritas por algoritmos cuya lógica ni siquiera atina a vislumbrar.

El desmantelamiento de las facultades intelectivas tampoco obedece a un accidente histórico ni a un casual desajuste pedagógico, sino que constituye, en el fondo, la consecuencia lógica de un sistema educativo global subordinado a las exigencias del mercado tardo-capitalista. Bajo el disfraz de la modernización tecnológica y la eficiencia competencial, las instituciones educativas han dimitido de su misión histórica- la emancipación del sujeto a través del conocimiento exigente- para convertirse en administradoras de un adiestramiento superficial. Al respecto, es interesante revisar que, al analizar las mutaciones del poder contemporáneo, Gilles Deleuze profetizó, en sus “Conversaciones” (1995) este tránsito señalando que en las sociedades de control “el hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado” (p. 249), es decir, un sujeto cuya educación se diluye en una instrucción continua y fragmentaria que jamás culmina en madurez intelectual. La promesa ilustrada de que el saber constituye la vía primordial para la movilidad social se desmorona ante la evidencia de aulas convertidas en plataformas de consumo donde los estudiantes adquieren deudas económicas sofocantes para obtener títulos cuya eficacia emancipadora se desvaneció hace tiempo.

Aquella desactivación deliberada del pensamiento crítico encaja con precisión en las dinámicas del consumo híper-individualista y la docilidad política. Al privar a las mayorías del dominio del lenguaje complejo y de la capacidad de sostener argumentos de largo aliento, el sistema produce contingentes de individuos altamente funcionales para la operatividad técnica, pero completamente desarmados frente al chantaje socioeconómico. En su lúcida radiografía “Realismo capitalista”, Mark Fisher (2016) expone cómo la mercantilización de la enseñanza superior engendra un estado de “depresión hedónica” (p. 45) entre los jóvenes, caracterizado por una incapacidad para concentrarse y una búsqueda compulsiva de estimulación inmediata que neutraliza cualquier conato de rebeldía organizada. Quien carece de herramientas hermenéuticas para descifrar las causas estructurales de su malestar tiende a privatizar su frustración, culpándose a sí mismo e integrándose de manera servil en la rueda del consumo paliativo y el endeudamiento perpetuo. La educación deja así de ser un factor de nivelación social para mutar en un dispositivo de reproducción de clases, donde el ejercicio del pensamiento pausado queda reservado como un privilegio aristocrático para las élites que aún se forman en el rigor, mientras que al resto se le administra una pedagogía de la inmediatez y el rendimiento automático.

Semejante degradación sistemática del pensamiento conduce de manera inexorable a una sociedad profundamente dividida, donde la facultad de pensar críticamente corre el riesgo de convertirse en un privilegio de élite reservado a unos pocos, mientras que a las mayorías se les ofrece el paliativo de la inmediatez sin esfuerzo. Al despojar a los sujetos en proceso de formación de las herramientas para lidiar correctamente con el error, la incertidumbre y la argumentación fundamentada, se les condena a habitar un presente chato, privado de profundidad histórica y de densidad afectiva. Esta masa generacional, privada de la vivencia liberadora que entraña la lectura profunda, corre el peligro de transformarse en una fuerza laboral híper-adaptada a la técnica, pero incapaz de cuestionar la dirección de su propio destino. La facilidad algorítmica se nos presenta así como una trampa seductora: nos ofrece soluciones prefabricadas a cada obstáculo de conocimiento mientras que esteriliza la angustia creadora de la duda, esa misma inquietud que a lo largo de los milenios ha alimentado el arte, la ciencia y cualquier sentimiento auténtico de emancipación humana ante cualquier injusticia.

Habiendo intentado exponer los peligros a los que nos enfrentamos hoy, resulta imprescindible preguntarse si nos hallamos ante una reconfiguración inevitable de los saberes o frente a una verdadera atrofia de la razón reflexiva. La ilusión de estar informados gracias a la inmediatez de resúmenes y esquemas automáticos encubre una honda ceguera respecto de los procesos que configuran la verdad. Ya en su célebre tratado titulado “¿Qué significa pensar?”, Martin Heidegger (2005) señalaba con agudeza que “lo que más da que pensar en nuestro tiempo problemático es que todavía no pensamos” (p. 17), una formulación cuya vigencia adquiere hoy una sonoridad perturbadora. Creer que poseemos el conocimiento por el simple hecho de acumular y procesar datos equivale a confundir la agilidad técnica con la sabiduría, puesto que el verdadero pensamiento demanda la disposición de escuchar aquello que se sustrae a la prisa. Delegar la interpretación, la escritura y la resolución de problemas en la inteligencia artificial supone, en definitiva, declinar el riesgo de pensar por cuenta propia y replegarse a la condición de receptores vacíos y pasivos.

No es posible encarar el destino de la cultura académica sin asumir la gravedad de este eclipse. Si la universidad capitula ante la impaciencia generalizada, adaptando sus exigencias a la fragmentación de la atención y naturalizando el analfabetismo funcional de sus aulas, termina por legitimar la conversión del estudiante en un espectador inútil de contenidos envasados. La función primordial de la filosofía en esta encrucijada no pasa por ofrecer consuelos ni por diseñar paliativos técnicos, sino por sostener la incomodidad de la interrogación y reivindicar el valor emancipador de la lentitud en un ecosistema dominado por la inmediatez.

¿Qué clase de comunidad política y humana se prefigura cuando aceptamos que la juventud universitaria no pueda habitar la extensión de un libro ni tolerar el rigor de una idea compleja? Si renunciamos al áspero pero liberador ejercicio de descifrar el mundo por nosotros mismos, entregando la generación de sentido a la eficiencia algorítmica, ¿qué rasgo de lo humano sobrevivirá cuando la máquina redacte, concluya y sienta por nosotros? ¿Seremos capaces de rebelarnos contra la tiranía de la velocidad para reconquistar el silencio reflexivo, o nos resignaremos a contemplar impasibles cómo la inmediatez consume los últimos vestigios de nuestro pensamiento?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

  • Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (P. Cifuentes, Trad.). Madrid: Taurus.
  • Chirikov, I. (2024). Artificial intelligence and academic evaluation in higher education. Center for Studies in Higher Education, University of California, Berkeley.
  • Deleuze, G. (1995). Post-scriptum sobre las sociedades de control. En Conversaciones (1972-1990) (J. L. Pardo, Trad., pp. 247-255). Valencia: Pre-Textos.
  • Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Iglesias, Trad.). Buenos Aires: Caja Negra Editora.
  • Han, B.-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, Trad.). Madrid: Taurus.
  • Heidegger, M. (2005). ¿Qué significa pensar? (R. Gabás, Trad.). Madrid: Editorial Trotta.
  • Nietzsche, F. (2000). Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales (G. Cano, Trad.). Madrid: Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1881).
  • Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). (1978). Recomendación sobre la normalización internacional de las estadísticas relativas a la educación. París: UNESCO.
  • Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2024). Survey of adult skills (PIAAC). OECD Publishing.
  • The Economist. (2026, 25 de junio). Students are doing worse than you think [Los estudiantes rinden peor de lo que se piensa]. The Economist. https://www.economist.com/international/2026/06/25/students-are-doing-worse-than

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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