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Mike Tyson y Evander Holyfield se unen para lanzar un producto de marihuana

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El legendario boxeador y excampeón mundial, Mike Tyson, invitó a su exrival del boxeo, Evander Holyfield, a comercializar productos de cannabis que homenajeen la célebre pelea de 1997, anunció este lunes al medio Fox News. 

Según Tyson, la idea del producto con marihuana en forma de oreja, al que llamó ‘Holy Ears’ (‘Orejas de Holy’), fue de su esposa. Al escucharla, le pareció una propuesta increíble y lanzó el producto que fue un éxito. «Fue un éxito inmediato, así que dije: ¿Por qué Evander no se involucra también?», expresó el exboxeador al medio.

Por otro lado, Holyfield inicialmente admitió estar un poco escéptico sobre la propuesta. Sin embargo, el exboxeador recordó los niveles de ansiedad que sentía al estar en el ring y reconoció que si en esa época hubiese existido un producto como las ‘Holy Ears’, podría haberlo ayudado a aliviar su ansiedad. 

«Cuando se trata de ataques de ansiedad, cuando subo al ring, es difícil respirar», dijo Holyfield. «Descubrí que la marihuana ayuda a muchas cosas diferentes… No quiero ser parte de algo que arruina a las personas, sino de lo que las ayuda», añadió.

El medio comunicó que el lanzamiento de las ‘Holy Ears’ de las leyendas del boxeo se espera en 2023.

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El Salvador toca fondo: la Selecta fracasa en la Nations League y regresa a la Liga B

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La Azul apenas empató 1-1 ante Martinica en un partido que estaba obligada a ganar y consumó un nuevo descenso. Más preocupante que el resultado fue la imagen: un equipo sin la urgencia, rebeldía ni determinación que exigía jugarse la permanencia en la máxima categoría de Concacaf.

El Salvador volvió a fracasar. No hay demasiadas maneras de suavizar lo ocurrido en Fort-de-France. La Selecta empató 1-1 contra Martinica y cerró su participación en la Liga de Naciones de Concacaf con apenas cuatro puntos, producto de una victoria, un empate y dos derrotas. El saldo fue todavía más duro: 4 goles a favor, 10 en contra y una diferencia de -6. La consecuencia es concreta: la selección salvadoreña regresa a la Liga B.

Y lo preocupante no fue únicamente descender. Fue la manera de hacerlo. El Salvador llegó a Martinica sabiendo que necesitaba ganar y recibió muy temprano el mejor escenario posible. Apenas al minuto 3, Jefferson Valladares aprovechó una acción iniciada por Styven Vásquez y marcó el 0-1. Con casi todo el partido por delante, la Selecta tenía la oportunidad de tomar el control, buscar el segundo y demostrar que realmente estaba dispuesta a pelear por su permanencia.

Pero ocurrió prácticamente lo contrario. Después del gol, el equipo de Hernán Darío “Bolillo” Gómez fue perdiendo iniciativa. En lugar de imponer condiciones ante un rival al que había derrotado 3-1 en la primera jornada, permitió que Martinica creciera. Mario González tuvo que intervenir para conservar la ventaja y la Azul desperdició oportunidades claras para liquidar el encuentro. Brayan Gil tuvo una muy importante al 19′ y volvió a encontrarse con el portero al 50′. Christian Martínez también dispuso de una posibilidad inmediatamente después.

Ahí aparece una de las grandes responsabilidades de los futbolistas. Un planteamiento puede discutirse, pero ningún entrenador puede rematar por sus delanteros ni disputar cada pelota por ellos. La sensación que dejó El Salvador fue la de un equipo que no comprendió —o no logró ejecutar— la urgencia del partido. No podemos afirmar desde fuera que los jugadores deliberadamente “no respetaron el planteamiento” del técnico, porque eso requeriría conocer las instrucciones internas, pero futbolísticamente sí se observó una selección incapaz de mantener una idea consistente durante los 90 minutos.

El empate de Martinica al 56′ retrató precisamente esa fragilidad. Labeau participó en la acción con un taconazo y Janis Antiste terminó venciendo a Mario González para colocar el 1-1. A partir de allí quedaba más de media hora para salvar la categoría, pero la reacción que demandaba semejante emergencia nunca terminó de aparecer. Martinica incluso consiguió apropiarse de mayores tramos del encuentro mientras El Salvador fue cayendo en imprecisiones, juego directo y desesperación.

Ese es probablemente el aspecto más cuestionable de la noche: ¿dónde estuvo la rebeldía? Cuando una selección está a minutos de perder su lugar en la Liga A, debería transmitir desesperación competitiva, presión, intensidad y convencimiento. En cambio, la crónica del partido deja oportunidades desperdiciadas y una fase final sin soluciones suficientes. El Salvador necesitaba comportarse como un equipo que estaba jugando una final; demasiados pasajes parecieron los de un conjunto esperando que algo sucediera.

Sería injusto, sin embargo, responsabilizar únicamente a los jugadores. El cuerpo técnico también queda inevitablemente bajo escrutinio. Hernán Darío Gómez fue contratado para conducir un proceso que debía devolver competitividad a una selección golpeada, pero esta Nations League terminó mostrando exactamente lo contrario. El Salvador derrotó 3-1 a Martinica en el debut, después recibió un 6-0 de Guatemala, perdió 0-2 contra Jamaica en el Cuscatlán y terminó empatando 1-1 nuevamente con Martinica. Son ocho goles recibidos y apenas uno anotado en los últimos tres partidos del torneo.

El 6-0 ante Guatemala debió representar una sacudida. El 0-2 contra Jamaica debía provocar una reacción. Y el encuentro contra Martinica era la última oportunidad para demostrar que todavía existía una respuesta deportiva. No ocurrió. Tres partidos consecutivos sin ganar y una selección que, cuando más necesitaba mostrar carácter, terminó despidiéndose de la máxima categoría. El descenso, por tanto, no puede explicarse por una jugada desafortunada o por un mal partido: es el resultado acumulado de una campaña deficiente.

Ahora aparece una pregunta incómoda para el fútbol salvadoreño: ¿qué se está construyendo realmente? Cambian entrenadores, aparecen nuevos futbolistas, se anuncian procesos y vuelve la ilusión, pero cuando llegan los partidos que miden el verdadero nivel internacional, los mismos problemas regresan: dificultades para generar fútbol, poca contundencia, errores defensivos, irregularidad emocional y una enorme distancia entre las expectativas y lo que finalmente ocurre sobre el terreno.

El descenso a la Liga B no debe verse simplemente como cambiar una letra en la clasificación. Competir en la Liga A significa medirse con selecciones de mayor exigencia y disponer de una ruta deportiva diferente. Tras este fracaso, El Salvador tendrá además que recorrer un camino más largo hacia la Copa Oro 2027: deberá disputar en noviembre un play-in para intentar avanzar posteriormente al repechaje clasificatorio.

La Nations League deja, entonces, una conclusión dolorosa: El Salvador no estuvo a la altura de la Liga A. Y el problema sería todavía mayor si después del descenso todo se redujera a buscar un único culpable. Hay responsabilidades del entrenador, de los futbolistas y de la estructura que rodea a la selección. La Liga B será ahora la realidad de la Selecta. La verdadera discusión ya no debería ser cómo justificar el descenso, sino qué debe cambiar para que, si El Salvador consigue regresar algún día a la máxima categoría, no vuelva simplemente para repetir la misma historia.

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El Salvador 0-2 Jamaica: la Selecta se aferra a la Liga A, pero el fútbol no aparece y el “Bolillo” queda contra las cuerdas

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La expulsión de Rudy Clavel condicionó el partido, pero no alcanza para explicar otro encuentro sin respuestas. El Salvador venía de recibir seis goles ante Guatemala y volvió a perder, ahora en el Cuscatlán. Queda una última oportunidad ante Martinica para evitar el descenso, pero la discusión ya va más allá de sobrevivir: ¿de qué sirve permanecer en la Liga A si el equipo no logra competir con regularidad?

El Salvador necesitaba una reacción. No necesariamente una goleada ni una exhibición, pero sí señales de que el 6-0 sufrido frente a Guatemala había sido un accidente y no el síntoma de un problema mayor. La respuesta fue otra derrota: Jamaica ganó 2-0 en el estadio Cuscatlán, con doblete de Javon East, y dejó a la Selecta en el último lugar del Grupo B con tres puntos y una diferencia de goles de -6.

Sería cómodo reducir todo al minuto 20. Rudy Clavel vio la tarjeta roja y El Salvador quedó obligado a jugar aproximadamente 70 minutos en inferioridad numérica. Evidentemente, aquello alteró cualquier plan preparado por Hernán Darío “Bolillo” Gómez. Pero utilizar la expulsión como explicación absoluta sería esconder una pregunta mucho más incómoda: ¿qué herramientas mostró la Selecta para sobrevivir futbolísticamente a la adversidad?

Un planteamiento que duró apenas 20 minutos

Gómez había realizado cuatro modificaciones en el once inicial respecto al equipo goleado por Guatemala. Alejandro Henríquez, Danis Cruz Cerros, Harold Osorio y Nathan Ordaz ingresaron como titulares, en una formación reportada como 4-2-3-1. Era una apuesta lógica después de un 6-0: había que tocar el equipo y buscar otra respuesta.

Más interesante todavía fue lo que había dicho el propio entrenador antes del encuentro. Gómez consideraba que una de las claves para neutralizar la velocidad y potencia jamaiquina era que El Salvador tuviera la pelota, elaborara y tratara de someter al rival mediante la posesión.

La expulsión hizo prácticamente imposible ejecutar ese libreto en condiciones normales. Gómez reaccionó cinco minutos después retirando a Rafael Tejada para ingresar a Julio Sibrián y reconstruir la estructura defensiva. La decisión era comprensible: había que volver a equilibrar el equipo. El problema fue lo que vino después.

El Salvador terminó con apenas 34 % de posesión, 300 pases contra 566 de Jamaica, cuatro remates contra 12 y solamente uno a portería. Los jamaiquinos completaron 493 pases; los salvadoreños, 205. La inferioridad numérica explica buena parte de semejante diferencia, pero las cifras también reflejan la dificultad de la Selecta para encontrar una salida sostenida cuando el partido dejó de parecerse al que había preparado el cuerpo técnico.

Mucho sacrificio, pocas soluciones

El equipo corrió. Eso no puede negarse. También tuvo un breve momento de rebeldía al comenzar el segundo tiempo y Brayan Gil llegó a estrellar un remate en el poste. Pero esfuerzo y funcionamiento no son sinónimos.

Con diez hombres, la principal salida ofensiva terminó pasando por balones más directos hacia Gil. El problema es que aquello no consiguió convertirse en un mecanismo consistente para hacer retroceder a Jamaica. Los caribeños pudieron administrar territorio y posesión, mientras El Salvador quedó dependiendo demasiado de acciones aisladas.

Javon East castigó al minuto 39 y volvió a hacerlo al 64. Después del segundo gol, Gómez realizó nuevas modificaciones, pero el partido ya estaba inclinado y ninguna consiguió transformar el desarrollo.

Aquí aparece la principal crítica al cuerpo técnico. Un entrenador no controla una expulsión, un rebote o un error individual; sí es responsable de construir alternativas para cuando el plan original se rompe. Ante Jamaica hubo una circunstancia extraordinaria, pero volvió a faltar una respuesta colectiva capaz de modificar el partido.

Y eso pesa todavía más porque no estamos evaluando esta derrota de manera aislada.

Cuatro días antes Guatemala había goleado 6-0 a El Salvador. Entre ambos partidos, la Selecta recibió ocho goles y no marcó ninguno. Jamaica no repitió aquella goleada, pero volvió a dejar la sensación de un equipo salvadoreño demasiado vulnerable cuando el encuentro exige adaptación, personalidad y soluciones desde el banquillo.

El problema ya no es solamente perder

Hay derrotas que pueden formar parte de un proceso. Incluso equipos en crecimiento pierden partidos y reciben goleadas. El verdadero problema aparece cuando, después de los golpes, resulta difícil identificar qué identidad futbolística se está construyendo.

¿Quiere El Salvador presionar arriba? ¿Esperar y contragolpear? ¿Controlar mediante posesión? ¿Ser vertical? ¿Construir desde atrás? ¿Jugar alrededor de Ordaz y Gil?

Por momentos aparecen fragmentos de varias de esas ideas, pero todavía cuesta reconocer una estructura que sobreviva a los cambios de rival y de contexto.

Ese es el debate que debería preocupar más que un resultado particular.

Porque el entrenador había anunciado que contra Jamaica El Salvador debía tener la pelota. El partido cambió drásticamente por la roja, sí, pero precisamente ahí debía aparecer un plan B reconocible.

No apareció.

La permanencia sigue viva, pero ya no depende únicamente de ganar

La matemática todavía concede una última oportunidad.

Después de tres jornadas, Surinam suma siete puntos, Jamaica seis, Guatemala cuatro y Martinica, Honduras y El Salvador tienen tres. La diferencia es que la Selecta está última por su diferencia de goles de -6.

El lunes 5 de octubre, El Salvador visitará precisamente a Martinica en Fort-de-France, mientras Honduras recibirá a Jamaica y Guatemala enfrentará a Surinam. Concacaf establece que los equipos que finalicen quinto y sexto del grupo descenderán a la Liga B.

Por eso, para El Salvador ganar ante Martinica es indispensable. Una victoria lo llevaría a seis puntos y dejaría a Martinica en tres, pero la permanencia todavía podría quedar condicionada por los otros resultados y, en determinados escenarios, por los criterios de desempate. Y allí existe otro enorme problema: el -6 acumulado. Concacaf utiliza primero los puntos y después la diferencia de goles para separar equipos igualados.

No hay espacio para especular.

Pero la pregunta incómoda es otra: ¿conviene seguir en Liga A?

Sí, deportivamente conviene. Y mucho.

Descender puede ofrecer rivales teóricamente más accesibles y la posibilidad de recuperar victorias, confianza y estadísticas. Pero ese alivio puede ser engañoso. Si El Salvador pretende elevar su nivel regional, necesita competir en la máxima categoría contra selecciones que castiguen sus errores y obliguen al equipo a evolucionar.

La Liga B no debería convertirse en un refugio para sentirse competitivo.

Además, el sistema de Concacaf es claro: los quintos y sextos de la Liga A descienden, mientras que en Liga B solamente los ganadores de cada grupo consiguen el ascenso. Caer significa que regresar tampoco está garantizado.

Pero aquí está la otra mitad de la discusión: permanecer en Liga A tampoco puede venderse automáticamente como éxito.

Salvar la categoría el lunes sería importante. No borraría el 6-0 contra Guatemala, el 0-2 frente a Jamaica ni resolvería las dudas sobre el funcionamiento del equipo.

Sobrevivir no es lo mismo que progresar.

El “Bolillo” también juega su partido final

La presión sobre Hernán Darío Gómez tiene además un componente concreto. El presidente de la FESFUT, Yamil Bukele, reveló esta semana que el propio entrenador manifestó que dejaría el cargo si no consigue mantener a El Salvador en la Liga A después del partido contra Martinica.

Por eso el lunes no estará en juego solamente una categoría.

También estará bajo examen la continuidad de un proyecto que necesita demostrar algo más que resistencia.

Gómez tiene experiencia internacional de sobra y una expulsión al minuto 20 condiciona cualquier análisis serio del partido contra Jamaica. Sería injusto atribuirle cada error individual o pretender que un entrenador transforme de inmediato todas las limitaciones estructurales del fútbol salvadoreño.

Pero tampoco puede quedar exento de responsabilidad.

El cuerpo técnico se evalúa precisamente por la evolución del equipo, la claridad de su propuesta, la preparación de los partidos y su capacidad para encontrar soluciones cuando estos se complican. Y después de recibir seis de Guatemala y perder en casa ante Jamaica, esas respuestas siguen siendo insuficientes.

El lunes ante Martinica puede salvarse la categoría.

Lo que está por verse es si también puede salvarse la idea.

Porque quizá la pregunta que debería abrir el debate del fútbol salvadoreño ya no sea únicamente “¿podemos quedarnos en la Liga A?”, sino una mucho más exigente:

¿Para qué queremos seguir en la Liga A si no construimos un equipo capaz de competir en ella?

 

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6-0 Y SIN EXCUSAS: EL SALVADOR SE ARRASTRA EN EL TRÉBOL Y EL “BOLILLO” FIRMA UN DESASTRE TÁCTICO

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La Selecta no perdió simplemente un partido: fue desbordada, desarmada y expuesta por Guatemala. El 6-0 deja bajo cuestionamiento el planteamiento de Hernán Darío Gómez y vuelve a poner sobre la mesa un problema mucho más profundo: un fútbol salvadoreño que sigue sin encontrar identidad, evolución ni respuestas cuando el rival aumenta la exigencia.

ANÁLISIS | DIARIO DIGITAL CRONIO. Hay derrotas que se explican por un error, una expulsión, una genialidad del rival o una mala noche. Y luego están partidos como el de este lunes en Guatemala. El 6-0 sufrido por El Salvador en El Trébol no admite maquillaje: fue una actuación futbolísticamente indefendible, una paliza que comenzó en el marcador y terminó dejando al descubierto un equipo sin herramientas para detener la caída.

La responsabilidad comienza en el banquillo. Hernán Darío “Bolillo” Gómez había prometido durante este proceso un equipo “ordenado”, “muy táctico” y “equilibrado”. Horas antes de enfrentar a Guatemala insistía en que El Salvador todavía buscaba jerarquía y advertía que no era favorito. El problema no fue reconocer las limitaciones; el problema fue que sobre la cancha no apareció ni el orden, ni el equilibrio, ni una estructura capaz de competir.

El planteamiento inicial fue una declaración de intenciones: línea de cinco, tres centrales y un bloque preparado fundamentalmente para resistir. En teoría podía entenderse como prudencia jugando de visitante. En la práctica terminó siendo miedo sin protección. El Salvador acumuló hombres atrás, pero no defendió mejor; cedió metros, perdió las referencias, permitió que Guatemala recibiera con comodidad y prácticamente renunció a discutirle territorialmente el partido. El 1-0 llegó apenas al minuto 8 y, lejos de provocar una reacción, confirmó la fragilidad del plan.

Eso es lo verdaderamente preocupante: se salió a protegerse y ni siquiera se supo proteger.

Guatemala comprendió rápidamente dónde estaba la herida y atacó sin complejos. El Salvador, en cambio, parecía tener como principal recurso recuperar y lanzar. Balón largo, disputa, segunda pelota y esperar que los hombres de arriba resolvieran algo prácticamente solos. Sobre la planilla había dos atacantes, pero el funcionamiento terminó aislando la ofensiva. No hubo sociedades consistentes, no hubo superioridades, no hubo una salida limpia que permitiera respirar al equipo. El pelotazo dejó de ser un recurso y se convirtió demasiadas veces en el plan.

Cuando Guatemala hizo el 2-0 al 28’, Gómez entendió que su propuesta había fracasado y apenas tres minutos después retiró al central Julio Sibrián para introducir a Mayer Gil. Pero ahí apareció otro problema: corregir no es simplemente cambiar nombres o desmontar una estructura en plena emergencia. El Salvador pasó de un sistema conservador a intentar ganar presencia ofensiva sin haber solucionado sus distancias, sus coberturas ni el control del mediocampo. Guatemala respondió con el tercero antes del descanso.

Y allí terminó realmente el partido.

Porque una selección puede irse perdiendo 3-0 al vestuario y regresar con otra actitud, adelantar líneas, modificar la presión, asumir riesgos y por lo menos demostrar que entendió dónde estaba siendo superada. El Salvador volvió a la cancha con Jairo Henríquez por Mauricio Cerritos, pero el problema nunca fue solamente un futbolista: era el funcionamiento completo. Al 56’, Jorge Aparicio convirtió el cuarto y cualquier posibilidad de reacción quedó sepultada.

A partir de ahí, la imagen fue todavía más dolorosa. Guatemala manejó el balón con una tranquilidad impropia de un clásico centroamericano mientras desde las gradas aparecía el “olé”. El Salvador corría detrás de la pelota, llegaba tarde, no encontraba referencias y transmitía una sensación devastadora: el equipo ya no sabía qué hacer.

Y eso sí apunta directamente al cuerpo técnico.

Un entrenador no controla que un defensa pierda un duelo individual ni que un delantero falle una ocasión. Pero sí es responsable de entregar mecanismos, alternativas y respuestas colectivas. Cuando tu plan A fracasa, debe existir un plan B. Cuando el rival detecta tu debilidad, debes modificarla. Cuando recibes dos goles, tienes que conseguir que el tercero sea más difícil. Cuando terminas recibiendo seis y el equipo empeora con el paso de los minutos, ya no estamos hablando únicamente de errores individuales. Estamos hablando de un fracaso colectivo y táctico.

William Fajardo terminó completando un triplete con dos goles sobre el cierre, al 89’ y al 90+2’, después de haber anotado también el tercero. Guatemala no levantó el pie y El Salvador tampoco encontró la manera de recuperar algo tan elemental como la dignidad competitiva del marcador. Darwin Lom, Rubio Rubín, Fajardo y Aparicio habían construido previamente la goleada.

Lo ocurrido es todavía más duro porque apenas tres días antes El Salvador había derrotado 3-1 a Martinica. Aquella noche, Gómez destacó el orden táctico de su equipo, aunque reconoció que todavía faltaba profundidad. El resultado generó ilusión. Guatemala necesitó 90 minutos para colocar esa ilusión frente a un espejo mucho más incómodo.

No se puede construir un proceso serio viviendo de chispazos. Tampoco puede llamarse evolución a ganar un partido para luego sufrir una goleada de esta dimensión ante un rival directo de la región. El propio Gómez decía antes del torneo que los adversarios del grupo “no son superiores a nosotros” futbolísticamente. Después de lo visto esta noche, esa afirmación necesita una explicación desde el terreno de juego, porque Guatemala no solo fue superior en el resultado: fue superior en propuesta, ejecución, agresividad, lectura y capacidad para castigar los errores.

Pero sería demasiado cómodo colocar los seis goles únicamente sobre “Bolillo”. Los jugadores tampoco pueden esconderse detrás del entrenador. Una camiseta de selección exige ganar duelos, comunicarse, cerrar espacios, competir cada pelota y mantener concentración incluso cuando el partido está perdido. Esta noche hubo futbolistas superados técnica, física y mentalmente por las circunstancias del encuentro. El técnico diseñó un mal partido; quienes entraron a la cancha tampoco consiguieron rescatarlo.

Y detrás aparece una discusión todavía mayor: ¿qué fútbol está produciendo El Salvador?

Porque cambiar de entrenador cada cierto tiempo no fabrica centrales más rápidos, mediocampistas capaces de gobernar partidos ni delanteros desequilibrantes. El Salvador lleva años buscando una identidad mientras otras selecciones de la región desarrollan jugadores, exportan talento y construyen estructuras competitivas. Si el diagnóstico siempre termina siendo “hay que trabajar”, pero cada nuevo ciclo vuelve al mismo punto, entonces el problema ya no pertenece únicamente al seleccionador de turno.

Lo que se vio en Guatemala pareció, por largos tramos, un fútbol de otra época: bloque hundido, poca elaboración, escasas conexiones entre líneas y demasiada dependencia del balón directo. Defender con muchos no significa defender bien. Ser prudente no significa entregar la iniciativa. Y jugar directo puede ser perfectamente válido, pero únicamente cuando existen movimientos, apoyos y una estructura preparada para ganar la segunda pelota. Sin eso, el “pelotazo” no es estrategia: es desprenderse del balón y esperar.

Por eso este 6-0 debe doler.

Debe dolerle al entrenador. Debe dolerle al jugador. Debe incomodar a los dirigentes. Y debería provocar preguntas serias dentro de un fútbol salvadoreño demasiado acostumbrado a explicar sus fracasos mientras las generaciones pasan y la distancia competitiva sigue apareciendo.

El Salvador no necesita que le expliquen que perdió 6-0. El marcador ya hizo ese trabajo. Necesita que alguien explique por qué un equipo que presume trabajo táctico terminó sin táctica; por qué salió a defender y recibió seis; por qué los cambios no corrigieron el partido; y, sobre todo, cuál es exactamente la evolución que se supone que el aficionado debe creer.

Porque esta noche no hubo jerarquía, no hubo equilibrio y tampoco hubo reacción.

Hubo seis goles. Hubo un rival disfrutando. Y hubo una Selecta completamente superada.

El 6-0 podrá archivarse en las estadísticas. La imagen que dejó El Salvador en Guatemala tardará bastante más en borrarse.

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