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Costa Rica: A menos de 7 días de sus elecciones generales Por Dionisio De Jesús

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“La Suiza de América” no está en su mejor momento, institucionalmente hablando, su economía y también con un creciente nivel de inseguridad, el más alto que se recuerde en su vida institucional. En estas elecciones se ventila todo eso y mucho más.

A menos de 7 días para la celebración de las elecciones generales del 1 de febrero 2026, Costa Rica y su clase política está en medio de la turbulencia producto de estos certámenes cargados de mucha adrenalina y demasiados intereses, como es en toda campaña política en donde están en juego demasiados intereses internos y foráneos.

Y no es para menos. “La Suiza de América” no está en su mejor momento, institucionalmente hablando, su economía y también con un creciente nivel de inseguridad, el más alto que se recuerde en su vida institucional. En estas elecciones se ventila todo eso y mucho más: está en veremos la continuidad de un modelo de Estado de Bienestar del que habían disfrutado “los ticos” por décadas y que podría empezar a derrumbarse estrepitosamente.

Como siempre, en cada certamen electoral, hasta el gato aspira a ser presidente; en el organismo electoral hay 20 candidatos inscritos, de estos, cinco son mujeres y tres ya aspiraron con anterioridad a la primera magistratura de la nación. También hay que decir, como dato curioso que otra vez, hay más de cinco aspirantes que pertenecen a sectas evangélicas, iglesias que tienen mucho poder de persuasión en la población costarricense, ya en las últimas elecciones, los evangélicos inclinaron la balanza a la hora de ejercer el sufragio y contar los votos.

Otra vez compite, el líder religioso Fabricio Alvarado, aparece en segundo lugar con un 15 % de intención de voto, según la encuesta última de la firma Cid Gallup. Pero hay más, mucho más de esta claque religiosa que se ha enquistado en la política del país centroamericano: por ejemplo, este mismo precandidato fue denunciado en octubre pasado por Alicia Castillo, una mujer que ahora tiene 32 años, aduciendo que el diputado y candidato presidencial del partido Nueva República, cometió un abuso sexual en su contra cuando tenía 13 años. Por supuesto este dijo que se debe a una campaña sucia y un montaje.

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Así las cosas, Laura Fernández, candidata seguidora del mandatario Rodrigo Chaves, encabeza una reciente encuesta con una intención de voto del 40%, lo que para muchos analistas es demasiado, teniendo en cuanta que las elecciones de ese país, por tener tantos aspirantes, se fragmenta mucho el voto y nunca se define en la primera vuelta pues se necesita alrededor del 40% de los votos válidos, según la Constitución de país; y si no se logra el porcentaje, entonces hay que ir al bailoteo de una segunda vuelta con los amarres y acuerdos para poder llegar a la cantidad de votos requeridos por el Consejo Electoral, y gana el candidato que saque un voto más arriba de su contrincante, ya que siempre es entre dos aspirantes, pues los acuerdos políticos casi siempre terminan en estos amarres.

Aproximadamente el 73% de los cinco millones de costarricenses tienen derecho a voto. Pero veamos quienes están en la primera línea para poder alzarse con el poder en el país que es “pura vida”. Como dijimos, la candidata del oficialismo Laura Fernández está liderando las intenciones del voto, con alrededor de un 40%, muy alto el porcentaje, según algunos análisis del mapa electoral. Le sigue el cuestionado pastor y líder religioso, Fabricio Alvarado con un 15%, seguido por el exministro de Salud Álvaro Ramos, con 8 %.

Otros nombres que figuran en la encuesta son Natalia Díaz (5 %), Claudia Dobles (5 %), Ariel Robles (4 %), Luis Amador (2 %), Eliécer Feinzaig (2 %), Fernando Zamora (1 %), Juan Carlos Hidalgo (1 %) y José Aguilar (1 %).

Todos estos están en contienda, y como entenderán, un pedacito del pastel electoral tendrá y con ellos tendrá que sentarse a negociar el que quede mejor parado en la primera vuelta electoral, que, de validarse las encuestas, será la exministra Laura Fernández, quien es la ungida por el presidente Rodrigo Chaves.

Según el referente de la misma encuesta, un 57 % de los costarricenses considera que es “muy probable” que participe en los comicios de febrero de 2026, lo que sugiere un nivel de motivación electoral comparable con la primera vuelta de 2022, cuando votó el 59,97 % del padrón.

Hoy a cinco días, cuando estoy escribiendo estas notas, otra encuesta, la del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica (UCR) sitúa a la candidata oficialista Laura Fernández, del Partido Pueblo Soberano (PPSO), en el primer lugar de la carrera electoral, con el mismo 40%. El estudio confirma, además, que un 32 % del electorado permanece indeciso. “El caudal oficialista no se ha estancado pese a las críticas al Gobierno, sino que ha logrado atraer a sectores que hasta hace pocas semanas no tenían una decisión tomada”, señala el análisis del CIEP.

¿Cuáles son los temas que más han sido tocado en esta campaña electoral que llega a su término? El tema migratorio oscila entre mano dura y enfoque humanitario en campaña electoral de Costa Rica

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“Seguridad, regularización o derechos humanos dividen a los candidatos que lideran la intención de voto, con la propuesta oficialista apostando por endurecer el control migratorio”, ha identificado la encuesta de la Universidad de Costa Rica.

“La migración se ha instalado como uno de los temas más sensibles y menos divulgado de la campaña presidencial costarricense, con propuestas que van desde el endurecimiento de los controles y la criminalización del ingreso irregular hasta la regularización administrativa y un enfoque centrado en los derechos humanos”, son parte de las conclusiones del referido estudio.

Con voto en firme, no intención de voto, esta Laura Fernández con alrededor de un 30%, le siguen Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional (PLN), con un 8 %, y Ariel Robles, del Frente Amplio, con un 5 %. Con estos habrá que sentarse a negociar parte de la poesía del poder.

La candidata del gobierno en su plan aboga por el giro más duro en materia migratoria, siguiendo la política inicial de la administración Chaves, a tal punto que estuvo a punto de suceder una controversia con El Salvador, pues sin proponérselo en presidente Nayib Bukele se vio envuelto en los chismes de la campaña interna costarricense al ser cuestionada su visita a ese país en días pasados, donde fue invitado por su homólogo Rodrigo Chaves a dar el primer picazo para la construcción de la cárcel de máxima seguridad en aquel país, la oposición puso una moción de censura en la Asamblea nacional y pedían muchos que no se le dejara entrar porque podría ser intromisión en los asuntos de país, a pocos días de la votación, ya que también se dijo que El Salvador, podría estar financiando la candidata oficial, finalmente fue subsanado el impasse y Bukele llegó en visita oficial a Costa Rica.

El plan de la candidata Fernández, concibe la migración como un asunto de seguridad nacional y control fronterizo, con un fuerte énfasis en el uso de tecnología, el aumento de la vigilancia y el fortalecimiento de la Policía Profesional de Migración para el control de esta.

El enfoque oficialista apuesta por la disuasión y la “cero tolerancia”, una narrativa que organizaciones sociales y sectores académicos califican como “criminalización de la migración” La mayoría de los candidatos presidenciales de Costa Rica ha evadido el tema de la migración, pero algunos mensajes oscilan entre un control más estricto y una regularización más humanitaria.

El candidato del PLN, Alvaro Ramos, plantea que el principal problema es un sistema migratorio colapsado por la burocracia y los atrasos administrativos, más que la migración en sí misma.

Su plan incluye una amnistía migratoria para regularizar a miles de personas extranjeras que ya viven y trabajan en el país, así como la resolución de más de 15.000 expedientes pendientes.

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Mientras el oficialismo apuesta por el control y la vigilancia, el PLN propone regularizar y ordenar, y el Frente Amplio plantea integrar y humanizar.

Con casi la mitad del electorado aún indeciso, la migración emerge como uno de los temas que podría inclinar la balanza electoral y definir el rumbo político de Costa Rica en los próximos años.

Ahora, “al echarse las palomas”, se ha creado un frente de rechazo a la candidata del gobierno. La recta final de la campaña presidencial en Costa Rica ha activado un inusual alineamiento de figuras políticas de peso, luego de que el expresidente José María Figueres rompiera su silencio para convocar a la militancia del Partido Liberación Nacional (PLN) a cerrar filas en torno a la candidatura de Álvaro Ramos. El candidato liberacionista actualmente es el segundo en intención de voto, aunque muy por detrás de la oficialista Laura Fernández. El llamado de Figueres fue interpretado por analistas como un respaldo implícito a Ramos, quien registra un 8 % de apoyo

A esta dinámica se han sumado otros expresidentes como Laura Chinchilla, Carlos Alvarado y Luis Guillermo Solís. Ellos, desde distintos espacios, han instado a la ciudadanía a participar activamente en las elecciones y a votar en contra del oficialismo, representado por Fernández, candidata del Partido Pueblo Soberano (PPSO) y cercana al presidente Rodrigo Chaves.

Pero, y qué piensan los candidatos de seguir en el PARLACEN, de darle más institucionalidad al SICA, pues en esto momentos el Sistema de la Integración Centroamericana, apenas si funciona, ya que pasa por sus momentos de menos relevancia como alianza común con los países del Istmo y la República Dominicana, sin un Secretario General desde el 2023; no hay forma de ponerse de acuerdo por la tozudez de un Daniel Ortega que hace que cese su Secretario General y quiere que por capricho se elija otro u otra de su mismo país y gobierno. Y el PARLACEN, si Costa Rica ha amenazado de salirse de un organismo que dicen es inoperante y que solo es para mantener una burocracia de políticos sin ningún sentido, ya que este organismo no es vinculante en sus deliberaciones.

Estas elecciones costarricenses tendrán que definir mucho en torno al declive de su educación, del por qué las grandes empresas otrora veían ese país como el espacio único de las Américas para crear cadenas de valor y expandirse, hoy están saliendo e instalándose en otros lugares, por ejemplo, República Dominicana, también los candidatos no han abordado el problema de que ya ese país no es el Hub logístico que fue años recientes y El Salvador, “le está comiendo los caramelos”. El turismo, aunque sigue siendo su “gallina de los huevos de oro”, por sus playas y su gente, pero está en un reflujo producto de lo que se le está viniendo encima: la violencia y la inseguridad galopante de un país que otrora era el más seguro de todo el Istmo.

Esos temas no se han tocado en esta campaña electoral que el 1 de febrero, de seguir las tendencias y cumplirse todos los pronósticos, una mujer otra vez, llamada Laura, llegará a ocupar la presidencia de ese hermoso país. Porque ya otra Laura ocupó ese mismo lugar: Laura Chinchilla. Y como dato para cerrar estas notas, mientras una nueva mujer llegar al poder en estas tierras infestadas de machismo y negación del poder de la mujer y su gran desempeño en la vida cotidiana y en todos los estamentos de la vida, por un partido de derecha moderada; la otra desciende del mismo, pero salida de Casa Presidencial de lo que fue en Honduras el partido más votado en toda su historia: el partido Libre y Xiomara Castro salen sin retorno a la vista y con la más baja cantidad de votos y popularidad que partido de izquierda alguno haya salido de la primera magistratura. Algo malo habrán hecho para recibir tan terrible castigo.

 

 

 

 

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Dionisio De Jesús
Diplomático, poeta
dionisiodejesus@gmail.com
Dionisio de Jesús. Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Estudió educación, mención filosofía y letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Realizó estudios de Postgrado en Mercadeo en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD), donde impartió docencia; obtuvo Maestría en Mercadeo, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, (PUCMM), donde también fue docente y terminó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en España, Young & Rubicam, Madrid, España, homologada por la Universidad Complutense. Diplomado en Diplomacia Cultural, auspiciado por la Cancillería de Costa Rica, la Cancillería de El Salvador y la Embajada de la República Dominicana en Costa Rica. Cursó una Especialización en Negociación y Diplomacia Climática, Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular, INESDYC, Cancillería de la República Dominicana. Taller-Diplomado: “Conociendo la Institucionalidad del SICA”, impartido por el Instituto Centroamericano de Administración Pública-ICAP, la Embajada Dominicana en Costa Rica. Diplomado y Especialización sobre el Sistema de la Integración Centroamericana, Niveles I y II, auspiciado por la Cancillería de El Salvador, Sistema de la Integración Centroamericana, SICA, Vicepresidencia de El Salvador y la Fundación Alemana, Hanns Seidel Stiftung., pendiente presentación trabajo final para optar por el grado de Maestría. Ha publicado 12 libros de poemas; sus textos han sido antologados en más de 15 antologías en República Dominicana y el extranjero. Laboró como Director Creativo en las más grandes y prestigiosas agencias de publicidad de su país, entre los años de 1987-2004. Ha sido profesor de marketing, publicidad y comunicación en universidades de República Dominicana y El Salvador. Ha sido consultor de campañas políticas en su país, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras, entre los años 2000-2025. Produce desde El Salvador, el Podcast:” Bitácora Centroamericana y Caribeña”, cada lunes a las 7:00 PM, hora de El Salvador, trasmitido por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV.

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Opinet

Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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