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Oír hablar de derechos humanos es una cosa. Otra muy distinta es tener la misión de defenderlos sobre el terreno por Nguyen Huu Dong

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Oír hablar de derechos humanos es una cosa. Otra muy distinta es tener la misión de defenderlos sobre el terreno.Este fue el caso del autor de este artículo cuando, en 1991, fue nombrado coordinador de la misión de ONUSAL en la zona oriental del país, que comprende los departamentos de San Miguel, Usulután, La Unión y Morazán.

En diciembre de 1991, con motivo del Día Internacional de los Derechos Humanos, celebrado en El Salvador antes de la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec, la Misión recibió a los dirigentes regionales del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y del ejército salvadoreño.

Era la primera vez que se encontraban cara a cara, desarmados, en suelo internacional y no en un campo de batalla. Para mí, los derechos humanos han sido desde entonces un motor de reconciliación nacional, o al menos de civismo político.Abundan los documentos sobre derechos humanos. Pero ninguno puede sustituir las lecciones de la vida y las experiencias del trabajo. Me gustaría dar algunos ejemplos de la vida real.El coronel a cargo de la 3ª Brigada en San Miguel (tras los acuerdos de paz, fue el primer Director General de la Policía Civil del país) se ha convertido en un amigo.

Un día, cuando le explicaba que debíamos esforzarnos por respetar los derechos fundamentales, me cogió del hombro y me dijo: “Escucha, si yo tuviera tu sueldo, tu estabilidad y tu lugar de residencia, también sería un ardiente defensor de los derechos humanos”.Fue una declaración lúcida por su parte y una lección de humildad por la mía.Un día, en San Miguel, un hombre se presentó en nuestras oficinas para quejarse de los malos tratos que había sufrido a manos de la policía municipal.

Le habían vendado los ojos, abofeteado e insultado. Uno de mis colegas policías le preguntó: “¿Es cierto que cometiste un atraco a mano armada?” “Sí, es cierto, pero no se lo dije.” “Entonces, ¿de qué te quejas?”Fue un primer shock. Sabemos que todas las comunidades de seres vivos deben poseer cierto sentido de la justicia para existir como comunidades. Pero también sabemos que los peores criminales tienen derecho a un juicio público para preservar nuestra propia dignidad.Hannah Arendt lo explicó bien en su informe sobre el juicio a Eichmann.

La justicia sin ley es justicia sumaria (y excepcional si pensamos en una batalla) y la ley sin justicia sería la ley de la selva.¿Cómo explicar esto en diez minutos a un joven colega recién salido de la escuela de policía y apasionado por su trabajo?Segundo choque: una mujer de 19 años, peripatética de profesión, se presenta para denunciar a un policía municipal por violación.Sabemos que este tipo de situaciones son complejas porque a menudo se trata de una palabra contra otra y la condición social del acusado y de la víctima puede dar lugar a juicios parciales.Tras una (rápida) investigación, nuestra interpretación más realista es que no hubo violencia, sino incumplimiento de contrato. El individuo se marchó, consumado el acto, sin pagar.Fui a ver a su jefe para proponerle una sanción que me pareció suficiente: una semana de baja, más una indemnización a la mujer equivalente a 10 veces el importe de su billete (antes de que yo llegara, el agresor ya había recibido varias bofetadas de su superior).La División de Derechos Humanos de ONUSAL me llamó para decirme que no había entendido nada de esos derechos.

Hay que respetar el debido proceso. El abogado, financiado por la misión, pidió tres meses de prisión y la destitución del policía, cosa que se hizo.Al salir de la cárcel, el ex policía se convirtió en bandido y a las pocas semanas lo mataron a tiros. Su viuda acudió a mí en busca de ayuda, ya que había dejado tres huérfanos.Respuesta de la División: “No es nuestro mandato. Hable con el departamento de bienestar social.” (La víctima de la violación volvió a sus asuntos.)

La lección que saqué para mí, con el riesgo de que resulte un poco simplista, fue que los derechos humanos no son sólo una cuestión de leyes, sino una cuestión de seres humanos.Fue entonces cuando me di cuenta, más allá de los documentos, de que estos derechos no pueden ser política, sino que hay que pensar en una política de derechos humanos.¿Cuál es la diferencia? Permítanme recordarles que la base de nuestro mandato y nuestra acción es la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada en 1948, a su vez hija de la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776 y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.

De hecho, los derechos fundamentales a la libertad, a la vida, a la dignidad, a la libre expresión y a la felicidad son, entre otros, derechos que no se conceden ni se exigen. Son derechos proclamados por los ciudadanos, y la razón de ser del sistema que hoy llamamos democrático es defender y promover esos derechos.La idea de construir un pueblo con derechos es una idea de intelectuales en busca de originalidad. Fue el pueblo francés en armas en 1789, la movilización de Martin Luther King en 1965, la lucha del Consejo Nacional Africano (ANC) en Sudáfrica durante décadas o la Primavera Árabe en 2010 lo que llevó a la adopción de medidas institucionales acordes con la demanda popular.Decir que los derechos humanos son la esencia de la política es caer en un cierto paternalismo que consistiría en decir: “los derechos humanos son la base de nuestra política, que consiste en defender tus derechos”. Hay una gran diferencia entre hacer feliz al pueblo (ningún poder autoritario dice lo contrario) y el derecho del pueblo a la felicidad.Por no hablar del hecho de que los derechos cambian, adoptan formas diferentes y se diversifican. Así que no basta con defender estos derechos, que se consideran inmutables, sino que también hay que tener en cuenta los nuevos derechos, nacidos de la historia y de las demandas de los ciudadanos.Cuando me enviaron a Afganistán en 2003 para ayudar a organizar las elecciones, me di cuenta una vez más de que los derechos “concedidos” no son necesariamente los derechos declarados.

Cuando ocuparon el país en 1979, los soviéticos abolieron los burkas e impusieron la educación mixta en las escuelas. En abstracto, eran medidas loables. En el contexto de la ocupación, se volvieron contra los más beneficiados: ácido lanzado contra mujeres sin burkas, granadas lanzadas contra escuelas mixtas.¿No sería preferible dejar que florezca el deseo de ciudadanía y que este deseo, ayudado por la educación para todos, refuerce el deseo de una identidad cívica y política que conduzca a la emancipación?Decir que es necesaria una política de derechos humanos es decir que, frente a ciudadanos decididos a defender sus derechos proclamados, las autoridades están obligadas a encontrar soluciones políticas e institucionales para proteger y reforzar esos derechos. Por lo tanto, estas políticas no pueden limitarse al debido proceso.

Tampoco pueden limitarse a los derechos existentes sin tener en cuenta los derechos futuros. Deben abrirse necesariamente a otros ámbitos, ya se trate de la política social (justicia social) o de la política económica (o, con la pandemia actual, de una política sanitaria digna de ese nombre), de la política del medio ambiente, del fortalecimiento de la arquitectura del sistema democrático, mediante el sufragio universal, el Estado constitucional de derecho, el pluralismo y el civismo político.Vayamos un paso más allá: en la esfera social y política tal como la conocemos, los derechos humanos son en principio equivalentes.En la práctica, sin embargo, nunca son absolutos (a excepción del derecho a la dignidad) y a veces se contradicen. El ordenamiento jurídico está para definir su relación, y el poder político y jurídico son instrumentos para jerarquizar esos derechos. Uno de mis profesores solía decir: “Es terrible ser explotado, pero a menudo es aún peor no serlo”, al hablar del desempleo masivo en los países en desarrollo. Hay que evitar la guerra, con su rastro de destrucción y sufrimiento, pero ¿cómo evitar la guerra si están en juego la libertad, la dignidad y la independencia?La experiencia de El Salvador durante los últimos años ilustra este carácter cambiante de los derechos humanos y la necesidad para el Estado de defender los Derechos Humanos cuando enfrenta desafíos nuevos: una nueva forma de guerra, una acción de tipo terrorista que se esconde detrás de crímenes comunes pero que amenaza no únicamente el derecho a la seguridad de la población, sino más allá, la existencia del Estado.

LA GUERRA CONTRA LAS PANDILLAS Y LOS DERECHOS HUMANOS EN EL SALVADOR

Treinta años después de la firma de los Acuerdos de Chapultepec que pusieron fin a la guerra civil en El Salvador, volví como antiguo miembro de la ONUSAL para recordar este acontecimiento.Pero antes, tuve la oportunidad de volver a El Salvador para trabajar en proyectos de reforma electoral y participar en seminarios sobre gobernabilidad en los años 2000. Encontré un país todavía desgarrado, todavía dividido y profundamente preocupado por su futuro, en particular por el fenómeno de las maras, los expulsados de Estados Unidos que acababan en bandas de delincuentes que llevaban el nombre de las calles en las que vivían cuando estaban allí.Las medidas de seguridad eran severas porque la violencia estaba en el corazón de la capital y en las carreteras. Estuve presente cuando los periódicos informaban de crímenes atroces cometidos contra la población en barrios obreros, de violaciones utilizadas como arma de terror y, en algunas regiones, de la existencia de dos autoridades de tipo estatal.Después de haber trabajado en países como Afganistán, Irak, Timor Oriental e incluso más lejos, en Sudáfrica, conozco bien esta situación. La diferencia es que las elecciones sirvieron para poner fin a la guerra y restablecer la autoridad del Estado.

Aquí, en El Salvador, los crímenes son silenciosos, cometidos con pleno conocimiento de la opinión pública, un conflicto cuyas víctimas son a menudo personas sin voz ni medios de comunicación. Una guerra cotidiana, pues, y como toda guerra no declarada, una guerra sin piedad, tanto contra la población como contra el propio Estado de El Salvador.Norberto Bobbio, en su ensayo “Izquierda y Derecha”, afirma que la guerra que terminó sin vencidos ni vencedores fue una guerra que no cumplió su propósito.Reflexionando, y basándome en la experiencia que mi generación conoce directamente, tiendo a pensar que hay que ir más allá.El objetivo de una guerra de conquista puede alcanzarse estableciendo, con la victoria, un nuevo poder sobre el territorio conquistado. Pero, ¿es éste el final de la guerra o el principio de otra, la de liberación por ejemplo?

En cuanto a la guerra ideológica (que también es una guerra de conquista), es susceptible del mismo tratamiento. Afganistán es el último ejemplo.

En otras palabras, dudo que la guerra produzca ni vencedores ni vencidos. Cuando la situación es desesperada, los enemigos tienden a buscar un compromiso, lo que se denomina un acuerdo de paz, pero ¿cómo puede definirse la verdadera paz?Últimamente, me he topado con un enfoque rico en enseñanzas y relativamente cercano al adoptado por el gobierno de El Salvador. Se trata del enfoque desarrollado por Henry Laurens, una de cuyas tesis principales es “definir el verdadero final de la guerra”: la guerra termina realmente con la consecución de la paz, definida no como el cese de las hostilidades, sino como la reconciliación de la sociedad, la aceptación de las diferencias sociales, políticas, religiosas o étnicas, todas aquellas diferencias que hacen que una sociedad sea realmente una sociedad.Si volvemos a El Salvador, la tesis del gobierno de que la conmemoración de los Acuerdos debe ser más bien la de las víctimas, aunque choca frontalmente con los veteranos y los negociadores de estos Acuerdos, tiene el mérito de ser una llamada a la reflexión en el sentido propuesto anteriormente.Pero ésta fue una guerra típicamente civil.

La respuesta del gobierno de El Salvador es de sobra conocida, así como el resultado, que fue recibido con gratitud por gran parte de la población, que votó masivamente al equipo de gobierno saliente.Sin embargo, algunos medios de comunicación y organizaciones de derechos humanos acusan al gobierno salvadoreño de “graves violaciones de los derechos humanos” en su lucha contra las organizaciones criminales conocidas como pandillas. Las fotos ampliamente difundidas de cientos de presos y las descripciones de las condiciones en las que se encuentran alimentan estas críticas, sin que se analice el tipo de guerra que libran las autoridades salvadoreñas ni el cuidado que han puesto en librarla.

Recordemos: Durante tres décadas (1992-2022), los derechos humanos de los salvadoreños fueron sistemáticamente violados por organizaciones criminales conocidas popularmente como maras o pandillas. Estos grupos se habían convertido en un poder paralelo al Estado, controlando la vida de los ciudadanos en las comunidades, extorsionando, secuestrando, violando, asesinando y desapareciendo a millares de salvadoreños en toda impunidad.Para hacer frente a esta situación, las autoridades, en junio de 2019, establecieron un plan de control territorial y luego adoptaron un estado de excepción provisional con suspensión de determinados derechos constitucionales en marzo de 2022.

Por mi parte, observo que esta política contra la guerra entre pandillas es crucial para el tema de los derechos humanos. En lugar de liderar silenciosamente la ofensiva contra las pandillas (como fue el caso de los asesinatos perpetrados por milicias extremistas en Argentina, por ejemplo), las autoridades salvadoreñas declararon la guerra a las pandillas (adoptando un Estado de Excepción, una medida dentro de la Constitución) y por un plan público conocido por todos. Como se señaló anteriormente, una guerra declarada es una guerra con formas legales de garantías que impiden que se convierta en una guerra de exterminio.Ante este verdadero genocidio contra el pueblo salvadoreño y la violación masiva de sus derechos a la vida y a la seguridad, se necesita un nuevo análisis de este tipo de violencia y de guerra. Quizás debemos alejarnos de la vieja doctrina de que solo los Estados violan derechos humanos, considerando simplemente como brutales actos de violencia las acciones de las pandillas.

La destrucción de las Torres en Nueva York provocó menos del 10% de las víctimas que causaron las pandillas, pero indujo un análisis nuevo de la naturaleza del atentado como una acción terrorista. ¿Cómo analizar las acciones de las bandas criminales de El Salvador?Fue hasta el mes de agosto de 2015, cuando hubo más de 900 homicidios en solo ese mes (promedio de más de 30 asesinados por día, es decir, cada hora se asesinaba a un salvadoreño), que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia resolvió declararlas terroristas: “son grupos terroristas las pandillas denominadas Mara Salvatrucha o MS-13 y la pandilla (Barrio) 18 o Mara 18, y cualquier otra pandilla u organización criminal que busque arrogarse el ejercicio de las potestades pertenecientes al ámbito de la soberanía del Estado… así como a sus colaboradores, financistas y apologistas”.

Quienes critican esta política de seguridad no entendían que el Estado salió en defensa de los derechos humanos de millones de salvadoreños que estaban siendo violentados por estas estructuras criminales.En el caso de El Salvador, insisto, es importante subrayar que la lucha contra esta guerra se hizo tanto en base al derecho humanitario internacional (acudiendo al Jus ad bellum), como al derecho interno, aplicando la Constitución y reformando las leyes para introducir nuevas figuras jurídicas tales como la responsabilidad penal colectiva y el juzgamiento colectivo de la entidad criminal.También se adoptó la acumulación de penas cuando existe un concurso de delitos, llegando a establecerse penas de decenas y cientos de años. Solo así tendremos la garantía de ganar esta guerra y de generar una normativa especial contra el terrorismo.

Todo Estado tiene el derecho —y el deber— de salir en defensa de su población y su territorio cuando son atacados. Esta guerra necesaria se apega a los principios fundamentales que caracterizan a una guerra justa: desde su origen (la declara una autoridad legítima) hasta su objetivo (perseguir una causa justa para conducir a la paz) y sus medios (guardar la proporcionalidad entre la amenaza y los medios empleados).En caso de excesos de algunos agentes de autoridad o conductas que violen derechos humanos, la Policía Nacional Civil abrió una oficina de quejas contra agentes del orden. A la fecha existen varios procesos contra agentes acusados de ese tipo de malos comportamientos, hecho normal en un Estado de derecho.Para concluir.El Salvador, como Estado soberano, aceptó una observación y vigilancia internacional de su política de derechos humanos en 1992. A lo largo de su historia desde esos años, el país ha contribuido, por la inteligencia política de sus autoridades, a mejorar la significación del concepto de derechos humanos.Hoy el mundo está confrontado con nuevas formas de violencia (étnica, religiosa o sencillamente criminal) que afectan a la población en general pero que constituyen retos mortales para los Estados. El drama actual de Haití es el ejemplo más contundente.El Salvador nos está ofreciendo una experiencia importante para pensar los derechos humanos dentro de las nuevas formas de guerra.

Nguyen Huu Dong ex funcionario del Departamento de Asuntos Políticos de la Secretaria de la Organización de las Naciones Unidas. Fue coordinador de la ONUSAL en la zona oriental de El Salvador (1991-1992). Ha recibido el premio en Derechos Humanos “Ramon Sánchez Medal” de la Comisión Mexicana de Derechos Humanos en Diciembre de 2020

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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