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Instagram y su perversa agenda de invisibilización- Lisandro Prieto Femenía

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“Allí donde el derecho es suspendido, el poder se ejerce sin restricciones y la vida es reducida a nuda vida”

Giorgio Agamben, Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida (1998), p. 28.

En nuestra reflexión precedente sobre este asunto, titulada “Instagram y su nefasto mecanismo de censura”, abordamos el problema de las plataformas digitales bajo la óptica de la economía de la atención y la consecuente privatización de la jurisdicción comunicativa, revelando las hipocresías operacionales del shadowbanning y el sistema de apelaciones opaco, se hace ahora imperativo trascender la descripción del fenómeno para analizar su dimensión ontológica y política.

La invisibilización algorítmica no puede interpretarse como una simple arbitrariedad técnica, sino que debemos abordarla como un dispositivo que, en términos de Michel Foucault, articula saberes, técnicas y prácticas que operan directamente sobre la vida social. Instagram se erige, así, en un ensamblaje técnico-político que produce efectos concretos sobre la existencia y la posibilidad de aparecer.

El poder que decide sobre la vida y la exposición pública ha transitado desde la esfera estatal hacia la lógica de los algoritmos. Esta modulación de la aparición, ejercida por una entidad privada (Meta), actualiza la tesis de Agamben sobre la soberanía: el acto de censura no requiere de la fuerza explícita, sino de la sutil técnica. En sus palabras, “lo que el poder no quiere ver, lo hace invisible; no por la fuerza, sino por la técnica” (Agamben, 1998, p. 158). Así, la sustracción política se ejecuta mediante una desaparición suave que impide la presencia del disidente sin la necesidad de un acto formal. La contingencia del antagonismo político queda, de esta forma, reducida al frío cálculo de la visibilidad.

Ahora bien, es momento de hablar sin tapujos sobre la hipocresía de la “libertad” corporativa y la violencia invisible. Esta soberanía algorítmica se manifiesta con una hipocresía flagrante en las declaraciones de Meta. Recientemente, las decisiones de Mark Zuckerberg de anunciar profundos cambios en la moderación de contenido e incluso la promesa del fin de la verificación de datos a principios de 2025, motivadas por la presión política y el llamado “efecto Trump”, se presentaron bajo la retórica de la “vuelta a la libertad de expresión”.

No obstante, esta proclamada liberalización, aparte de ser una mentira, hace la función de una peligrosa cortina de humo. Instagram mantiene, y de hecho intensifica, una censura estratégica y opaca sobre aquellos contenidos que desafían las narrativas o los intereses económicos de los anunciantes, los fondos de inversión y los grupos de poder afines a la mega compañía precitada.

En definitiva, queridos amigos, la libertad prometida es una falacia. Se trata, en rigor, de una libertad condicionada a la no injerencia en las agendas de sus financistas. Mientras que supuestamente se eliminan las restricciones que incomodan a los actores políticos y mediáticos influyentes, se sostienen con puño de hierro las penalizaciones que silencian las críticas estructurales, las denuncias de abusos corporativos o las visualizaciones de cuerpos y discursos que no se ajustan a la estética y los parámetros del consumo. La supuesta búsqueda de la verdad mediante fact-checkers es reemplazada por una política de conveniencia estratégica, donde la verdad se define por lo que maximiza el valor para el accionista, no por lo que edifica el debate público.

El aspecto más violento y perverso de esta censura es su carácter invisible e irrefutable. Es una violencia ejercida por la omisión, por el ocultamiento y el desinterés generalizado de usuarios que no se percatan del cierre sistemático de cuentas que no siguen la línea editorial de la agenda imperante. La moderación algorítmica elimina contenido, restringe cuentas y penaliza la visibilidad sin que el usuario se encuentre ante una persona o una instancia racional con la cual dialogar. En pocas palabras, se le niega el derecho a la réplica y el derecho a la argumentación.

Evidentemente, estamos hablando del desmantelamiento del juicio y la indefensión dialógica, puesto que esta ausencia de interlocutor desmantela el principio del juicio dialógico que es fundacional para la justicia y para la política. Al respecto, Immanuel Kant insistía en la centralidad de la deliberación y la reflexión para la facultad de juzgar, actividad que demanda una razón que se exponga públicamente. Concretamente, en su “Crítica del juicio” sostiene que “la facultad de juzgar en general es la de someter algo a reglas, es decir, la de distinguir si algo cae bajo una regla dada o no”. (I. Kant, Crítica del juicio (2015), p. 69.

Instagram, al eliminar los mecanismos de verificación de datos- un hecho reportado por la prensa pero inverificable en el plano real-, abandona formalmente el esfuerzo por someter el contenido a una regla de verdad objetiva. La sanción deviene de un ejercicio puro de poder sin mediación epistemológica seria. De este modo, el usuario se siente arrojado a un vacío: no hay nadie que responda a una consulta o reclamo, sino sólo un sistema todopoderoso e irresponsable que ejecuta sus sentencias. Esta experiencia genera una profunda sensación de indefensión existencial y tecnológica. El sujeto queda a merced de una entidad inmaterial que no es digna de responder, que no puede ser interpelada ni persuadida, lo cual constituye una forma radical de violencia simbólica.

A esta lógica se superpone un imperativo estético patético. La sociedad de la transparencia, descrita por Byung-Chul Han, obsesionada con la positividad, expulsa lo distinto y lo negativo por ser diferente. La censura opera como un mecanismo de higiene visual: neutraliza aquello que perturba para mantener la ilusión de un feed homogéneo y feliz. Esta “limpieza” se alinea con la crítica de Adorno y Horkheimer a la industria cultural, donde la plataforma moldea las subjetividades, recompensando la performatividad adaptada y castigando duramente la disonancia. Lo que se penaliza, en definitiva, no es sólo el daño, sino la incomodidad que representa la crítica a la agenda de moda impuesta por un par de corporaciones deplorables.

Seguidamente, es oportuno reflexionar sobre la penalización de la disidencia y la internalización del perverso dispositivo de exclusión. Es sobre el cuerpo donde este régimen de control se ejerce con mayor violencia. Judith Butler demostró que la precariedad de ciertos cuerpos es dependiente de su reconocimiento social. Pues bien, en el entorno algorítmico, la visibilidad de corporalidades que se desvían de la norma- sean éstas envejecidas, racializadas o simplemente normales- resulta inherentemente frágil. Instagram funge como un curador moral que decide qué cuerpos son dignos de ser vistos, penalizando la disidencia corporal y restringiendo la imaginación de lo que puede ser la corporalidad pública.

La precitada “curaduría” plantea un dilema epistemológico interesante: al limitar la aparición de ciertas voces, la plataforma excluye marcos de sentido completos, definiendo los límites de lo concebible. La pregunta de Gayatri Chakravorty Spivak por la posibilidad del subalterno de hablar adquiere una urgencia ineludible, pues la visibilidad condicionada por el algoritmo reproduce y amplifica las desventajas sociales preexistentes.

El alcance de este dispositivo es tan profundo que los intentos de regulación externa, aún siendo bienintencionados, colapsan ante la internalización del poder. El reciente “experimento social” en Australia, reportado por la prensa, donde se prohibió el acceso a las redes sociales a menores de dieciséis años, es una prueba empírica de esta dificultad.

La ley, aunque diseñada para proteger a la población adolescente de los riesgos que acechan a su nuda vida (Agamben), confronta una realidad donde la tecnología ya es una segunda naturaleza. La dificultad para «reconfigurar impulsos» mediante decretos, la inmediata adopción de VPNs, las mentiras sobre la edad y la simple migración a nuevas aplicaciones por parte de los jóvenes confirman una verdad más oscura: el dispositivo de control no es ya una aplicación externa, sino una estructura que co-constituye la subjetividad. La performatividad exigida por el algoritmo es la gramática básica de la socialidad, y el poder de la plataforma es tan profundo que la ley llega, como bien se ha señalado, cuando “el caballo ya se desbocó”.

La resistencia ante este escenario debe ser, en palabras de Jacques Rancière, la irrupción de lo que no tiene lugar reclamando su espacio (“el lugar de los que no tienen lugar”). Sin embargo, la censura algorítmica neutraliza esta posibilidad al impedir que las voces disonantes capten la atención. El usuario, que ha entrado en una suerte de contrato hobbesiano no negociado, acepta esta libertad vigilada a cambio de la pertenencia. La consecuencia es que la visibilidad, la condición fundamental de la existencia pública, queda reducida a un privilegio mercantil.

Como habrán podido apreciar, queridos lectores, el gobierno de la mirada que se ejerce en las plataformas como Instagram ha creado una nueva forma de despotismo suave, más efectivo por la sutileza de su operación y por el consentimiento de una masa estupidizada a la que, mientras la marea no los moje, nada les importa. La desaparición de lo público no se debe aquí a un golpe de Estado, sino a una serie de decisiones técnicas y comerciales que redefinen la política misma.

La renuncia a la verificación de datos y la regulación errática de las políticas de contenido, dictadas por presiones políticas y económicas, no hacen sino certificar la fragilidad de nuestra esfera pública. La hipocresía de la libertad de expresión corporativa, sumada a la violencia de la moderación invisible, disuelve la posibilidad misma de un debate racional genuino y democrático.

Ahora bien, si la tecnología ha adquirido la potestad de invisibilizar a un sujeto sin recurrir a la fuerza bruta, ¿qué instituciones y procedimientos democráticos podemos idear para fiscalizar estas lógicas de control que definen hoy la frontera entre la existencia y la relegación? ¿Cómo puede el ciudadano contemporáneo recuperar la dignidad de la réplica y exigir transparencia a un poder que se comporta como una entidad todopoderosa e irresponsable? ¿Es posible rescatar la política de las manos del cálculo algorítmico, o estamos condenados a habitar una existencia mediada donde solo lo conveniente y lo rentable tiene derecho a la voz, dejando que el dispositivo reemplace la acción?

En conclusión, la censura en Instagram no es un fallo técnico aislado sino la manifestación de una nueva forma de gobierno de lo visible: una conjunción de técnicas algorítmicas, intereses económicos y normas estéticas que reconfiguran la política de la aparición. Si la desaparición de lo público se instala por vías suaves, la respuesta no puede ser meramente instrumental. Hace falta pensar institucionalmente la rendición de cuentas, exigir transparencia y restaurar el juicio público como condición de la política. Pero también se impone una pregunta más inquietante: si la tecnología puede hacer desaparecer a alguien sin cerrar una puerta ni disparar un arma, ¿qué significa seguir creyendo en una esfera pública intacta? ¿Podrá la imaginación política renovarse para reivindicar el derecho a aparecer en un mundo gobernado por sensores, métricas y feeds, o quedaremos condenados a una democracia de visibilidad selectiva donde solo lo deseable y lo rentable tiene voz?

Referencias (Selección en español, formato APA 7)

Agamben, G. (1998). Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida (S. S. M. trad.). Abada Editores.

Arendt, H. (1991). La condición humana. Paidós.

Butler, J. (2004). Vida precaria y el poder de la vulnerabilidad. En Precariedad y política (pp. 12–34). Editorial (versión española consultada).

Foucault, M. (1998). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.

Han, B.-C. (2015). La expulsión de lo distinto (o La sociedad de la transparencia). Herder.

Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (2006). La industria cultural: Iluminación como engaño de masas. Katz.

Kant, I. (2015). Crítica del juicio (R. R. Aramayo, trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1790).

Rancière, J. (1995). La noche de los proletarios. Paidós.

Spivak, G. C. (1988). ¿Puede hablar el subalterno? En Marxismo y la interpretación de la cultura.

Referencias Periodísticas (Citadas por Hechos Recientes)

Infobae. (2025, 7 enero). Meta pone fin a la verificación de datos y Zuckerberg promete la libertad de expresión en Instagram y Facebook. [Referencia al hecho de la eliminación de la verificación de datos].

La Nación. (2025, 7 enero). Efecto Trump: Mark Zuckerberg anuncia cambios en la moderación de contenido de Instagram. [Referencia al hecho de los cambios en la moderación].

La Nación. (2025, 10 diciembre). Redes solo desde los 16: empezó en Australia un inédito experimento social de resultados imprevisibles. [Referencia al hecho de la ley australiana y el experimento social].

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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