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«Brújulas sin cielo en un mundo de lobos: Manual de resistencia para el 2026»- Lisandro Prieto Femenía.

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« ¿Y si renunciamos a la esclavitud voluntaria? Quizás allí, en ese acto de desobediencia ontológica, resida la última posibilidad de recuperar nuestra humanidad en un tiempo que nos prefiere autómatas».

Lisandro Prieto Femenía, marzo de 2025.

El año 2025 se extingue para mí no como un simple segmento cronológico, sino como el testimonio de una fractura ontológica en la estructura de nuestra civilización. A lo largo de este ciclo, mi labor de escudriñar la realidad ha dejado de ser un ejercicio académico para transformarse en una urgencia de vigilia: lo que he sentido en juego es la supervivencia de la facultad de juzgar en un mundo asediado por el estupor. Los sucesos analizados —desde el silenciamiento de periodistas en Gaza hasta la orfandad judicial en Argentina— nos sitúan en un escenario donde la razón ha dejado de ser brújula para convertirse en un susurro frente al estruendo de la intolerancia. Esta orfandad de sentido me ha obligado a interrogar a un tiempo que ha renunciado a la profundidad en favor de una superficie mediática donde el horror se consume con la indiferencia de quien ha perdido su centro de gravedad moral.

La crisis educativa que he denunciado no es una falla técnica, sino un proyecto de desarticulación del sujeto. Al preguntarme “¿Por qué destrozaron la calidad educativa?”, identifiqué una miopía deliberada que busca convertir el aula en un centro de instrucción funcional. Como sostiene Hannah Arendt en Entre el pasado y el futuro (1993), «la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él» (p. 201). Sin embargo, lo que observo es un desamor por el mundo: una pedagogía del descarte que ensaña con la sensibilidad de los niños e invisibiliza la discapacidad, tratando la vulnerabilidad como una anomalía del sistema. Esta «miopía educativa» que he criticado en los ministros de turno no es otra cosa que el abandono de la formación del carácter en favor de una tecnocracia vacía.

Como planteé en “¿Y si no todo es una construcción del lenguaje?”, el intento de disolver la realidad biológica en relatos ideológicos ha dejado a las nuevas generaciones en una esclavitud voluntaria. Esta deshumanización técnica encuentra su eco en la perversión de la justicia argentina. Al abordar el caso de Alejandro Otero y las falsas denuncias, expuse cómo la justicia, al abandonar la presunción de inocencia por el relato, incurre en una tecnología de poder que ya no busca la verdad, sino la gestión de la culpabilidad social. En este contexto, la orfandad judicial que sufren los inocentes es el síntoma de una sociedad que ha reemplazado el derecho por la ideología, convirtiendo el dolor humano en una estadística funcional para el aparato estatal.

En el terreno de lo público, el 2025 ha revelado el rostro más sombrío de la política: la legitimación de la violencia como herramienta de control. Mi análisis sobre el “ataque a periodistas en Gaza” no fue una crónica de guerra, sino una denuncia sobre el asesinato de la mirada. Al silenciar a periodistas de Al Jazeera, se busca aniquilar la ética de la guerra, esa que separa la defensa legítima de la masacre indiscriminada. Esta violencia se conecta con el “asesinato de Charlie Kirk”, donde la desaparición del espacio de diálogo precede a la eliminación física. Como advirtió Arendt, la violencia aparece precisamente allí donde el poder —entendido como la capacidad de actuar en concierto— se desvanece, dejando en su lugar solo la fuerza bruta del exterminio.

He denunciado la resurrección del “macartismo y la persecución a la disidencia”, donde el anticomunismo rancio opera como mordaza. En mi análisis sobre “poder y ciudadanía”, señalé el divorcio abismal entre la élite y el pueblo: los gobernantes ya no escuchan la angustia de los gobernados, sino que administran su hambre e inseguridad mediante operativos policiales que muchas veces terminan en matanzas injustificadas. Geopolíticamente, el drama de “Venezuela” y la “sumisión europea” confirman la fatiga de Occidente. Como advierte Michel Houellebecq en su obra, la sumisión es el síntoma de una cultura que se avergüenza de su pasado y claudica ante ideologías teocráticas por pura inercia existencial. Esta «fatiga de ser» europea es el espejo donde debemos mirarnos antes de que nuestro propio desprecio por las raíces nos deje a merced de la barbarie.

Este panorama se agrava con el declive intelectual de la razón eclesiástica. He denunciado una tibieza institucional que abdica de la Verdad en favor de una corrección política funcional al sistema, dejando a los fieles en un desierto de sentido. Aquí cobra vigencia mi pregunta: “¿Y si leemos bien a Nietzsche?”. El nihilismo pasivo es lo que permite que el «bodrio» cultural sustituya al arte y que la masa elogie a los imbéciles. Friedrich Nietzsche advertía que el nihilismo es la desvalorización de los valores supremos; cuando el templo se corrompe y el logos se retira de la jerarquía, el hombre queda a la intemperie, vulnerable a cualquier forma de fanatismo que prometa un orden ficticio.

Ante esta vacuidad, he reivindicado la “filosofía y la literatura” como las únicas revoluciones de paz capaces de sostener la libertad frente al autoritarismo. La palabra literaria, cuando es honesta, actúa como un disolvente de las mentiras ideológicas, permitiéndonos recuperar la capacidad de asombro y la autonomía de pensamiento. La verdadera libertad no se encuentra en las urnas que administran la miseria, sino en la profundidad de un texto que nos obliga a confrontar nuestra propia finitud. Esta resistencia desde la palabra es lo que he intentado sembrar en cada artículo, entendiendo que la cultura es el último campo de batalla donde todavía es posible defender la dignidad de lo humano frente al avance de lo autómata.

Frente al abismo de la razón posmoderna, propuse una “interrupción de la carne”. En mis reflexiones sobre la Natividad y el Pesebre, planteo que la Navidad es un acto de resistencia ontológica. La Encarnación es el recordatorio de que no somos construcciones del lenguaje ni peones geopolíticos; somos carne que sufre y ama. El Pesebre es la antítesis de la «intolerancia salvaje»: allí, la fragilidad de un recién nacido desafía la omnipotencia de los imperios modernos. La Navidad, leída desde esta profundidad, nos exige un cuidado del otro que va más allá de la filantropía liberal; es un compromiso absoluto con la vida en su estado más puro y desprotegido.

En este sentido, rescaté la “rebeldía en Nepal”: una juventud inspirada en Albert Camus, quien en El hombre rebelde (1951) afirmaba que la rebeldía es el movimiento que afirma la solidaridad humana. « ¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si se niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento». Esta juventud nepalí, al igual que los que resisten la impunidad en Argentina o el genocidio en Gaza, representa la afirmación de que existe un límite que el poder no puede traspasar sin destruir su propia legitimidad. La rebeldía es la respuesta vital ante el absurdo de un sistema que pretende legislar sobre nuestra propia esencia carnal.

Finalmente, mi propuesta de una “brújula sin cielo” se nutre de este misterio: es la conciencia de nuestra finitud, el «ser-para-la-muerte» de Heidegger, lo que otorga peso a nuestra exigencia de justicia. La recuperación de la “Madre” como matriz biológica y espiritual es la defensa de la realidad frente a la quimera técnica que pretende rediseñarnos. Si el 2025 ha sido el año del naufragio de la palabra pública, debe ser también el año en que aprendamos a hablar de nuevo desde el silencio del Pesebre, desde la verdad de la carne que no miente y desde la rebeldía que se niega a aceptar la nada como destino.

Al cerrar este anuario, las preguntas son un imperativo existencial: ¿Es mi denuncia de la impunidad judicial y del asesinato de periodistas en Gaza un grito que puede horadar la sordera de un sistema que se ha vuelto verdugo? Si la justicia ha abandonado la presunción de inocencia y la política ha abrazado el exterminio bajo operativos militares en barriadas, ¿qué espacio nos queda para la libertad más allá de la rebeldía camusiana?

¿Es posible que la «esclavitud voluntaria» denunciada en marzo se haya vuelto el tejido mismo de nuestra cotidianeidad bajo el peso de la desinformación sistémica? ¿Podemos hablar de una brújula moral mientras el desamparo del alma es administrado por gobernantes que nos prefieren armados los unos contra los otros o sumidos en el macartismo? No obstante, persiste una luz. Mi esperanza para el 2026 no reside en salvadores externos, sino en la capacidad de reconstruir la comunidad desde la verdad de la carne y el coraje de nombrar al mal por su nombre.

¿Tendremos el valor de habitar la desolación con la dignidad de quien sabe que la defensa de lo humano es la única tarea que justifica el aliento? Quizás el mayor impacto emotivo de mi labor sea descubrir que, a pesar de la claudicación de las instituciones y la violencia de los poderes globales, aún somos capaces de indignarnos ante la impunidad y de arrodillarnos ante el misterio del Pesebre. Esa es nuestra última frontera: la negativa a ser nada en un mundo que nos invita, cada día, a desaparecer.

Referencias bibliográficas

· Arendt, H. (1993). Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Península.

· Camus, A. (1951). El hombre rebelde. Losada.

· Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del espíritu. Abada Editores.

· Nietzsche, F. (2011). Así habló Zarathustra. Alianza.

· Prieto Femenía, L. (2025). Macartismo y anticomunismo: la persecución a la disidencia. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). Ética de la guerra: el ataque a periodistas en Gaza. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). Nepal y la generación de rebeldía: una lectura desde Camus. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). Impunidad judicial en Argentina: el caso Alejandro Otero y las falsas denuncias. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). ¿Por qué destrozaron la calidad educativa? La Voz de Rosario.

· Prieto Femenía, L. (2025). Analizando el declive intelectual de la razón eclesiástica. La Voz de Rosario.

· Prieto Femenía, L. (2025). El Pesebre ante la sombra de la intolerancia salvaje. Diario Siglo XXI.

· Prieto Femenía, L. (2025). La brújula sin cielo: moral, finitud y sentido desde el agnosticismo. La Voz de Rosario.

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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