Opinet
¿Por qué nos equivocamos tanto en el amor?
Redacción elaboró la pregunta que titula esta intervención. Personalmente tengo dificultades para ubicar títulos a lo que escribo pero no así para hacerme preguntas, aunque reconozco que está pregunta la hubiera hecho de otra manera, y si es de otra manera, es decir con otras palabras, la vieja pregunta sería a su vez una nueva pregunta: ¿por qué nos equivocamos tanto en el amor? es lo que me preguntan, y yo preguntaría ¿y por qué no debería de ser así? ¿Por que nosotros deberíamos de acertar en el amor?
Existe, como parte que habita el mundo, la historia y nuestras cabezas, cierta idea sobre lo complementario. Como ejemplo, los conocidos gestaltistas elaboraron leyes conocidas como prägnanz, estas leyes pretenden explicar la idoneidad de la captación de las formas a través de la función de la percepción. La ley del cierre, en concreto, estima que una forma se percibe mejor entre más cerrada se encuentre, y que de ser amplia la ausencia o falta de la forma, la ley estipula que el proceso de percepción la terminará por complementar… ahora bien, si esta idea es verdadera en la extensión del concepto es otro tema, lo importante para nosotros es ejemplificar la existencia de lo complementario.
Pero no solo es la Gestalt que habla de lo complementario, lo podemos encontrar en la religión, la cultura, el arte, lo cotidiano. Lo complementario esta presente, su idea reitera que lo incompleto debe cerrarse: y el amor no está expulsado de tal condición.

Dar con lo que funda la idea de la complementariedad en el amor excede no solo la nota, excede la historicidad misma, ¿quién sabe cuando es que se fundan los asuntos originales de la humanidad? Eso, bueno, si es que acaso los hay. Lo que sí sabemos es que la idea del complemento amoroso estaba presente en los griegos, y sepamos poco o mucho de ellos sus actos persisten como sostén de nuestra cultura. Platón nos ofrece el texto conocido por nosotros como El Banquete, es fácil hacerse de él por medio de la internet o en alguna librería local. En el texto Platón recrea la reunión realizada por variados personajes en la que se discuten las ideas acerca del amor; Sócrates es uno de los personajes de está reunión.
Me parece que a pesar del centro de gravedad de importancia que puede generar Sócrates (así como Platón y Aristoteles) es Aristófanes quien suele capturar mayor relevancia en El Banquete, más bien, importancia en nuestra interpretación y uso del texto. El segmento de Aristófanes, su participación en el texto, es conocido como El Mito de Aristófanes, se han realizado alrededor de él cuantiosa cantidad estudios y comentarios; es basto, posiblemente inagotable como todo buen mito. El Mito se podría resumir en lo siguiente: Aristófanes explica la razón por la cual entre humanos nos buscamos, nos relacionamos, en esto del amor, lo hacemos para dar con el complemento porque nuestro origen es dual: éramos seres duales que compartíamos el mismo cuerpo y hemos sido arrancados de nuestro cuerpo original, total. Nuestros cuerpos sexuados, nuestras prácticas, nuestra cultura, todo un microcosmos se desprende del Mito de Aristófanes; el Mito, si quisiéramos, podría ser el fundador del porque en el amor se busca al complemento, la pieza que falta: el elegido, el que ha sido diseñado para uno.

Aquí he de poner esta advertencia: que la terapia, al menos en la que trabajo, no puede y no debe reducirse a un asunto netamente psicológico pues entiendo que hay un más allá ajeno a la psicología y que por eso no se puede psicologizar la realidad a pesar de que la mayoría de colegas lo hagan. La experiencia en la terapia me ha dejado observar lo reiterado de este asunto del complemento y del cierre. Visto a manera superficial: desde la elección de la pareja, el enamoramiento, el desarrollo de la relación y su futuro, las fases del amor están articuladas en el umbral de la idea del complemento; allá la iglesia o la cultura que intensifique este umbral con la media naranja, tal para cual y el ayuda idónea.
La realidad castiga, ejerce una enseñanza que no siempre es fácil de captar. El fracaso del complemento en el amor que queda evidenciado en las relaciones descubren el siguiente movimiento: la condición de error de la relación recae en uno o el otro o en los dos, pero no lo hace en el amor; el amor, como ideal, sale consistente y fuerte para perpetuar la búsqueda del complemento y a la vez, la lectura e interpretación que se hace de la relación en la que se falló, parece, que termina de matizarse con la perfección; es como un purgatorio la relación fallida, una estancia que limpia al sujeto de sus errores en el encuentro con el otro. Esto es cercano a o que nos muestran las series televisivas que consumimos, el enamorado salta de relación en relación hasta dar con la elegida o dar con el elegido, the one; el camino entre amores, el martirio en su nombre, es el valor del perfeccionamiento y adecuación para el tiempo de la complementariedad que tarde o temprano llegará.
Pero la práctica me reitera el posible carácter de ilusión de este complemento, por lo tanto la pregunta de este tema que se formula al inicio es es respondida con cabalidad cuando escribo ¿por que debería de acertar en el amor?
Con esta formulación no he solucionado nada, pero quizá estamos en el tiempo volver a hacernos preguntas porque habiendo tantas respuestas en el mundo, la red y las revistas, la ineficacia de las respuestas puede que demuestre la banalidad y falta de ajuste que tienen con lo que sucede realmente entre humanos. Esta nota no es ni conclusiva, ni un NO rotundo al amor, más bien apertura la pregunta sobre que lugar tiene el amor en un mundo donde no es posible el complemento.
Posiblemente me atreva a escribir de ello otro día.
Por: Alex Escobar Blanco
Atención psicológica: Clínica y Psicología de la Salud | Fenomenología – Hermenéutica
Las personas interesadas pueden llamar al +503 78429802. También, pueden conseguir muchos recursos útiles en el sitio Web https://acortar.link/zHChK3
Opinet
Francisco Guadrón: «Diseñé unos 500 sellos postales»
Buena parte de la historia de El Salvador, sus personajes célebres, sus tradiciones, mitos, leyendas, la época prehispánica, las especies animales y vegetales han quedado registrados en millones de sellos postales creados por el gran artista Francisco Guadrón.
Por más de 32 años don Paco laboró en Correos de El Salvador y fue el responsable de documentarse, así como elaborar los bocetos que luego dieron vida a grandes tirajes impresos.
«Diseñé unos 500 sellos postales», aseveró durante la entrevista El Salvador Today, de Diario Digital Cronio.
Con óleo, acuarela, lápiz o cualquier técnica pictórica conocida, don Paco dibujó y pintó a mano cada una de sus creaciones.
En piezas de papel, don Paco conserva algunos de los trabajos hechos, aunque también preserva en un álbum muchos de la sellos ya listos para adherirse a las cartas o encomiendas.
Hizo series (de tres, cuatro o seis sellos) alusivas a temas específicos, por ejemplo, una para grandes escritores salvadoreños que incluyen, por supuesto, los retratos de los autores y autoras.
Pintó a Lilian Serpas, Roque Daltón y Waldo Chávez Velado, entre otros.
Hay una serie dedicada las leyes de El Padre sin Cabeza, El Cipitío y La Sigüanaba.
Una más fue dedicada a grandes cantantes latinoamericanos, por lo que dibujó y pintó los rostros del mexicano Pedro Infante, la cubana Celia Cruz y el tambiéb mexicano Pedro Vargas.
«Además de los sellos se elaboraba una hoja recuerdo (con todas las imágenes cerradas para una serie) y salía el día que se ponían a circular los sellos. También se hacía otro diseño de un sobre del día», compartió el dibujante y diseñador.
Según indicó para todas las temáticas desarrolladas se auxiliaba de expertos y buscaba bibliografía para todos los diseños que elaboraba. Los expertos también validaban su trabajo.
Don Paco reconoce que la encantaba dibujar y aprender sobre la fauna salvadoreña, por lo que muestra con orgullo los dibujos de un tucán y un mono araña, entres muchas especies.
Su vasto y delicado trabajo se conserva como documentos de consulta en Correos de El Salvador, donde también hay un museo abierto al público.
Opinet
Ray Bradbury y la distopía íntima de la pantalla
Por: Lisandro Prieto Femenía
“No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe” (Bradbury, 2009, p. 7).
Ray Bradbury se nos presenta no sólo como un cronista del futuro, sino como un filósofo de la quietud perdida, cuya lucidez trascendió con creces su propia época. Su obra no puede reducirse a un ejercicio de futurología, sino que constituye una profunda crítica de la condición humana en la modernidad tardía, envuelta en la lírica y a veces en la melancólica trama de la ciencia ficción.
Si bien George Orwell, en su obra “1984”, alertó sobre el peligro del control público coercitivo y la tiranía del Estado sobre la verdad objetiva, Aldous Huxley, en “Un mundo feliz” (1932), trazó la ruta de la servidumbre placentera mediante el soma y la ingeniería emocional, donde el secreto de la felicidad era “amar lo que uno tiene que hacer” (Huxley, 1932, p. 30). Al igual que Huxley, Bradbury apuntó su lupa hacia un enemigo acaso más sutil y, por ello, más insidioso: el asedio a la mente y al alma individual perpetrado no por un poder dictatorial, sino por la seducción masiva y la hegemonía de la distracción.
Su inmensa imaginación y su sensibilidad humanista se fusionaron para crear narrativas que, más que predecir eventos tecnológicos, funcionaban como advertencias existenciales urgentes. Por ello, sus historias resuenan hoy con una actualidad que desborda lo inquietante, interpelando nuestra realidad con una precisión que roza lo profético. Bradbury entendió que la clave de la servidumbre moderna no reside en la prohibición, sino en la saturación.
Este mundo, perturbadoramente familiar, ya estaba meticulosamente concebido en la mente de Bradbury cuando el panorama tecnológico de la década de 1950 apenas comenzaba a esbozarse. En su obra “Fahrenheit 541” (1953), concibió las “paredes televisivas” y las “conchas de radio” que aíslan al individuo en una cápsula de sonido incesante, sustituyendo la experiencia compartida y la introspección. Estos artefactos han mutado en las pantallas gigantes de alta definición y en los dispositivos de audio inalámbricos que nos mantienen permanentemente acoplados a un flujo de estímulos y, paradójicamente, desarticulados de cualquier vínculo profundo.
El peligro más grande para nuestro autor de referencia no fue la tecnología en su faz instrumental, sino su capacidad intrínseca de convertirse en una prótesis emocional y cognitiva que sustituye los espacios vitales de la humanidad. Su preocupación central giraba en torno a lo que las pantallas podrían usurpar: la interioridad contemplativa, el lugar de los vínculos auténticos y la exigencia de la reciprocidad. La quema literal de libros que ejecuta el bombero Guy Montag es tan sólo la metáfora culminante de una cultura que ya ha abrazado su propia incineración mental. Es el capitán Beatty quien formula la estrategia social de la superficialidad con una claridad escalofriante:
“Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse” (Bradbury, 2009, p. 58).
Esta profusión de “hechos” desprovistos de contexto, que ahoga la reflexión pero que confiere una falsa y cómoda sensación de inteligencia, es el eco exacto de la “infoxicación” digital que padecemos en pleno siglo XXI. Como el teórico de los medios Neil Postman advirtió en “Divertirse hasta morir” (1985), la verdadera amenaza no es que se nos prohíba la información, sino que esta se convierta en una cascada de irrelevancias, donde “la censura no es necesaria cuando el discurso político toma la forma de una broma” (Postman, 1985, p. 155). Se trata de un mecanismo que desactiva totalmente el esfuerzo filosófico, pues satisface la necesidad de saber sin exigir la labor de comprender, transformando el discurso público en mero “show business”.
En este último sentido, la quema literal de libros de Montag representa el desprecio absoluto por el pensamiento autónomo y la memoria colectiva, un acto de censura frontal y violenta. Sin embargo, en la actualidad, el desprecio por el conocimiento y la voz crítica se manifiesta mediante mecanismos más sutiles de desplazamiento y exclusión social. Ya no se persigue al libro con fuego, sino al pensador con la marginalización. Las estrategias de cancelación social, la virulencia de la polarización que descalifica al oponente antes de escucharlo, y la creación de cámaras de eco algorítmicas que invisibilizan o suprimen discursos divergentes, han sustituido el debate de ideas por el castigo moral. El riesgo ya no es sólo ser “incendiado” por el Estado, sino ser silenciado o enterrado por el aluvión digital de la irrelevancia y la condena rápida, una forma más democrática, pero igualmente corrosiva, de desechar el pensamiento profundo.
Si el libro es temido porque “revela poros en la cara de la vida”, la pantalla es amada precisamente porque promete un rostro de cera, liso e inexpresivo, desprovisto de toda aspereza existencial. La tecnología, al reducir la experiencia a un estímulo rápido, no sólo inhibe la contemplación, sino que llega a dictar la propia percepción de la realidad, invadiendo y raptando el espacio social y personal por completo.
El corazón pulsante de nuestra obra de referencia, “Fahrenheit 451” reside en la épica interna de su protagonista, Montag, cuyo viaje es la encarnación de la posibilidad humana de despertar. Él comienza como el epítome de la conformidad: un bombero que encuentra placer estético en la destrucción de libros, un censor entusiasta cuya vida íntima se refleja en su casa: fría, vacía y dominada por las “paredes televisivas” que su esposa, Mildred, llama su “familia”. La realidad filtrada por el medio se impone sobre la realidad vivida: “El televisor es «real». Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón” (Bradbury, 2009, p. 95).
La metamorfosis de Montag es desencadenada por dos encuentros catalizadores. Primero, Clarisse McClellan, la vecina atípica que se atreve a formular la pregunta fundamental: “¿Es usted feliz?”. Esta simple interpelación quiebra su fachada de contento-funcional. Segundo, el estremecedor acto de la anciana que se inmola con sus libros, eligiendo la dignidad de la memoria sobre la supervivencia en un mundo vacío de sentido. Este evento transforma la quema de libros de un acto impersonal a un crimen moral, despertando en Montag la dolorosa conciencia de la carencia.
A partir de este punto, el protagonista abandona su rol de destructor para abrazar, primero, el de buscador furtivo (escondiendo libros robados) y, finalmente, el de fugitivo y preservador. Su huida hacia las afueras de la ciudad, donde encuentra a los “hombres-libro” que han memorizado obras enteras para resguardarlas de la incineración, marca la culminación de su arco. Montag pasa de ser un esclavo del fuego a un ser abierto al conocimiento, convirtiéndose él mismo en el libro que antes quemaba.
La travesía del protagonista no es sólo una ficción, sino más bien una interpelación directa a nuestros lectores. Si Montag se encontró atrapado en la ilusión de la felicidad programada, ¿cuántos de nosotros nos hemos refugiado en la comodidad de la intoxicación de información digital para evitar la incomodidad de la introspección? La pregunta es: ¿estamos dispuestos a quemar nuestra propias “paredes televisivas”- a renunciar a la distracción constante y a las cámaras de eco- para emprender el camino, solitario y arduo, hacia el pensamiento auténtico? El coraje de Montag al abandonar el grupo conformista y elegir ser un outsider por la verdad, nos exige una revaluación de nuestra propia valentía en la era de la cancelación y el ruido perpetuo.
En este punto del análisis es sumamente pertinente indicar que esta obra cobra una dimensión crucial al ser introducida en la etapa escolar, particularmente desde la adolescencia. El adolescente se encuentra en la encrucijada de la formación de la identidad, debatiéndose entre la necesidad de pertenencia al grupo y la urgencia de afirmar su individualidad. Pues bien, “Fahrenheit 451” ofrece un espejo moral que interpela directamente esta tensión. Al exponer cómo la cultura de la distracción anula la diferencia y la singularidad, la novela provee a los jóvenes de las herramientas conceptuales para cuestionar la conformidad pasiva.
Leer la historia de Guy Montag, un hombre que se atreve a dudar y a rebelarse contra la “familia” televisiva y el dogma social, se convierte en un acto iniciático y revolucionario (por eso los Ministerios de Educación no recomiendan estas lecturas en las aulas). La obra les enseña que el verdadero coraje reside en el esfuerzo por pensar diferente y sentir profundamente en un entorno diseñado para la uniformidad emocional. Además, la novela actúa como un catalizador para la alfabetización crítica mediática, esencial para navegar las presiones de las redes sociales y los algoritmos de recomendación que buscan moldear su identidad y consumo de manera subrepticia. Es una defensa vital de la autenticidad frente a la mímesis digital.
Justamente por ello, volver a Bradbury en el saturado siglo XXI es, por tanto, mucho más que una relectura nostálgica. Es un imperativo de defensa de la soberanía interior y de la atención. Nos recuerda que la imaginación, esa herramienta tan vital como la lógica, tiene también la función de alertar sobre lo que se está perdiendo mientras nos distraemos. La lectura, en su lentitud deliberada y su exigencia de concentración, se presenta como el antídoto contra la prisa y la pasividad intelectual impuestas.
Cuando cedemos por completo nuestro tiempo y nuestra atención a los dispositivos que buscan mantenernos perpetuamente distraídos, perdemos algo inmaterial, pero esencial, que ni siquiera notamos en su partida: la capacidad de estar a solas con nuestros pensamientos, el motor de la conciencia crítica y el cimiento de la empatía. Es la imaginación la que nos permite proyectar un futuro que no deseamos y, por lo tanto, la que nos arma para evitarlo.
Ahora bien, no basta con reconocer la materialización de la profecía de Bradbuty, pues la distopía íntima de la pantalla ha dejado de ser una proyección lejana para convertirse en el aire que respiramos. No hemos sucumbido al totalitarismo de la ignorancia por decreto, sino por elección, a través de la dulce anestesia de la diversión.
Esta relectura de “Fahrenheit 451” nos confronta con una pregunta fundamental, alineada con las advertencias realizadas por Huxley y Postman: ¿es posible recuperar la pausa y el silencio- es decir, la genuina disponibilidad para el ser- sin demonizar el avance tecnológico, o estamos fatalmente condenados a un perpetuo estado de semi-consciencia aturdida? Si el peligro radica en confundir la acumulación de datos con el pensamiento crítico, y el ruido con la conexión, entonces la tarea filosófica de hoy no pasa por la simple acción de apagar la pantalla o defender las agendas que las imponen, sino por la imperiosa necesidad de encender la conciencia crítica en su presencia.
En lugar de exigir una mirada nostálgica al pasado, la obra de Bradbury nos lanza una provocación radical: nos exige iniciar la batalla por la conservación de nuestra calidad humana esencial, es decir, por la capacidad de sentir, de disentir y de ser auténticamente conscientes en un mundo diseñado para la pasividad programada. Es un llamado a resistir la implosión de la condición humana ante el asedio de la irrelevancia. Ante esto, ¿qué conocimiento esencial se extingue en nosotros cada vez que la ligereza del entretenimiento se impone sobre el peso de la introspección? Y, sobre todo, ¿cuándo, inmersos en nuestras “familias” de píxeles, nos daremos cuenta de que la persona sentada a nuestro lado ha dejado de ser una extraña para volverse, trágicamente, un simple fantasma de la carne?
Referencias Bibliográficas
- Bradbury, R. (2009). Fahrenheit 451. (G. L. de la Cruz, Trad.). Ciudad de México, México: Editores Mexicanos Unidos. (Obra original publicada en 1953).
- Huxley, A. (1932). Un Mundo Feliz. (R. S. de Lamadrid, Trad.). Barcelona, España: Plaza & Janés Editores.
- Postman, N. (1985). Divertirse hasta Morir: El discurso público en la era del «show business». (P. L. Fandos, Trad.). Barcelona, España: Ediciones de la Tempestad.
DATOS DE CONTACTO
- Correos electrónicos de contacto: lisiprieto@hotmail.com y lisiprieto87@gmail.com
- Instagram: https://www.instagram.com/lisandroprietofem?igsh=aDVrcXo1NDBlZWl0
- What’sApp: +54 9 2645316668
- Blog personal: www.lisandroprieto.blogspot.com
- Facebook: https://www.facebook.com/lisandro.prieto
- X: @LichoPrieto
- Threads: https://www.threads.net/@lisandroprietofem
- LinkedIn:https://www.linkedin.com/in/lisandro-prieto-femen%C3%ADa-647109214
- Donaciones (opcionales) vía PayPal: https://www.paypal.me/lisandroprieto
- Donaciones (opcionales) vía Mercado Pago: +5492645316668
Opinet
Analizando “Magnifica humanitas”, la primera encíclica de León XIV- Lisandro Prieto Femenía
«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos» (Tolkien, 1954/1993, p. 55).
No es ninguna novedad indicar que habitamos una época deslumbrada por el fulgor del silicio y atravesada por un tiempo donde la conciencia humana parece dispuesta a abdicar de su trono para entregarlo a la fría precisión de las máquinas. ¿No siente usted, querido lector, el sutil deslizamiento de nuestra propia autonomía en cada pantalla que acaricia con resignación? Frente a esta claudicación silenciosa irrumpe la publicación de la encíclica “Magnifica humanitas” del Papa León XIV, un texto que supera las expectativas de un simple documento pastoral, proponiéndonos un auténtico giro ontológico.
El pontífice nos arrincona contra un dilema que debería desgarrar nuestra complacencia posmoderna al obligarnos a elegir entre dos destinos históricos excluyentes. Como advierte solemnemente el inicio de su carta, “la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (León XIV, 2026, párr. 1). El presente que transitamos juntos está enfermo de certezas artificiales e intoxicado por flujos de datos inabarcables, por lo que en este letargo la tarea de la filosofía debe ser un martillo que quiebre el espejo de nuestra propia vanidad (y pereza) tecnológica.
Ahora bien, sondear las profundidades de este replanteamiento ético exige apartar la mirada de la ingenua fascinación que nos provoca la IA y retornar a la raíz material de nuestra condición. La filosofía contemporánea nos viene avisando sobre los peligros de esta deslocalización existencial, sobre todo a partir de Byung-Chul Han, quien en su obra “No cosas: quiebres del mundo de hoy” nos dice que “la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo” (Han, 2021, p. 13), arrancándonos de la gravedad de la tierra para arrojarnos a un océano de información donde el dolor ajeno se vuelve prácticamente imperceptible.
Justamente, la encíclica denuncia este desarraigo fundamental de la carne. Cuando la tecnología deja de ser un instrumento contingente y se convierte en el horizonte mismo de la verdad, el ser humano queda reducido a una simple variable dentro de una matriz de optimización. Olvidamos con demasiada facilidad que cada línea de código que exige poder computacional descansa sobre una tierra que sangra. ¿Acaso no te desgarra el alma saber que la fluidez de nuestras interacciones virtuales se sostiene sobre la esclavitud moderna de las minas y sobre los cuerpos mutilados para que el cálculo algorítmico jamás se interrumpa? La máquina nunca es neutral y tratarla como si lo fuera constituye la más perversa de nuestras hipocresías.
Esta inquietante asimilación entre la dominación física y el control algorítmico adquiere un eco estremecedor cuando León XIV aborda el devenir de la dignidad humana. En un gesto de una honestidad histórica sin precedentes, el obispo de Roma ofrece una disculpa por la complicidad o el silencio que la propia Iglesia mantuvo durante siglos respecto al horror del comercio de seres humanos, reconociendo este hecho como “una herida en la memoria cristiana” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Este ejercicio de purificación de la memoria no debe ser confundido con un desahogo retórico, sino que representa el cimiento ético para lanzar una advertencia dramática sobre los paralelismos que existen entre la esclavitud tradicional y las amenazas emergentes de las que denomina “nuevas esclavitudes digitales” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Para sacudir nuestra modorra existencial, el Papa justifica la severidad de sus analogías al declarar que “la palabra es fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento exige palabras capaces de captar la atención” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Si en el pasado la barbarie se camufló bajo discursos de progreso económico, hoy la sumisión de la conciencia se disfraza de comodidad digital y eficiencia predictiva.
Es frente a esta claudicación del espíritu donde la teología que vertebra la encíclica nos devuelve, de manera casi violenta, al misterio ineludible de la carne y de la gracia. Resulta de una radicalidad absoluta sostener desde el inicio del documento que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Concilio Vaticano II, 1965, párr. 22). Al recuperar esta premisa ineludible de la constitución pastoral “Gaudium et spes”, el Papa nos está diciendo a la cara que nuestra salvación no provendrá jamás de una arquitectura de redes neuronales, sino de la sucia, finita y agónica realidad de la existencia humana tocada por la divinidad.
Contra el espejismo de un transhumanismo que busca curar a la humanidad amputando su vulnerabilidad y su misterio, la respuesta de la fe exige volver a mirar al otro a los ojos. El texto papal alcanza su mayor hondura moral y existencial al recordarnos que “la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función” (León XIV, 2026, párr. 114). Deténgase un segundo y pregúntese cuántos rostros vivos ha ignorado hoy mismo por agachar la cabeza ante el resplandor de su dispositivo móvil.
Este reconocimiento ineludible del prójimo devela también las dinámicas de poder y la asimetría económica que configuran la tecnología posmoderna. León XIV arroja luz sobre una de las trampas más sofisticadas de la gobernanza corporativa al recordarnos que la IA no es un ente abstracto que opera en el vacío, sino que toma de manera inevitable el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. La pretensión de resolver las tensiones morales mediante comités éticos diseñados por las mismas corporaciones transnacionales se revela como una claudicación democrática insostenible. En este sentido, el pontífice sostiene con implacable lucidez que “no servirá de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos” (León XIV, 2026, párr. 62). La supuesta neutralidad algorítmica es, en realidad, la imposición silenciosa de una visión del mundo unilateral que asfixia el pluralismo y convierte las decisiones existenciales en cálculos de rentabilidad geopolítica y comercial. ¿No es acaso alarmante constatar cómo nuestra propia noción de justicia, de bien y de verdad está siendo sigilosamente programada por una reducida élite tecnológica que legisla desde sus laboratorios sin rendirle cuentas a nadie?
La precitada privatización de la soberanía moral sobre el algoritmo engendra, en definitiva, una fractura social de proporciones insospechadas. Es que la privatización total de la riqueza digital viola directamente el destino común de la creación, en tanto que, al integrar una de las tesis económicas más revolucionarias de la doctrina social de la Iglesia al ámbito cibernético, León XIV sostiene de forma clara que “hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026).
Al despojar al código de su estatus de mercancía exclusiva para concebirlo como un bien universal, el Papa está redefiniendo la exclusión posmoderna. Cuando la infraestructura tecnológica y las patentes de procesamiento se concentran en un puñado de corporaciones opacas que eluden el escrutinio social, el riesgo no es sólo comercial, sino ontológico, pues “crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026). Esta marginación algorítmico-social establece una nueva casta de desposeídos existenciales que quedan privados del control de sus propias narrativas vitales. Haga el intento, amado lector, de encontrar con quién quejarse en su red social favorita por cualquier asunto: se encontrará con la nada misma, direccionamientos que no dan respuestas y “centros de ayuda” que están completamente de adorno, reforzando así la impunidad de la censura, por un lado, y de la imposición de contenido asqueroso, por el otro.
Frente a esta colonización de la conciencia, la resistencia de la conciencia exige asimismo una profunda reforma del espíritu, una ascesis que la encíclica localiza con valentía en la vida cotidiana y escolar. En un pasaje de gran calado existencial, el Papa nos exhorta a “educarnos en el ayuno de la IA” (León XIV, 2026, párr. 140), proponiendo una desconexión deliberada que no nace del “temor luddita” (miedo o resistencia conceptual y práctica ante la posibilidad de que el avance tecnológico desplace a los trabajadores humanos), sino de la necesidad de custodiar nuestra propia capacidad contemplativa. La gratuidad del pensar requiere tiempo, silencio y la paciencia del error. Cuando delegamos el esfuerzo intelectual a la inmediatez de una respuesta generada de forma automatizada, corremos el riesgo de extinguir la chispa que da origen a la verdadera sabiduría. El documento lo expresa con agudeza cuando advierte que “la rapidez y la facilidad con la que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo” (León XIV, 2026, párr. 143). En este sentido, la escuela debería ser el bastión de lo analógico, un santuario donde las relaciones interpersonales reales y el tiempo compartido pongan a salvo lo que el silicio jamás podrá replicar. ¿Cómo podemos engendrar nuevos horizontes de pensamiento si acostumbramos a nuestra juventud a consumir únicamente las respuestas patrocinadas por un software de dudosa procedencia?
Al resguardar la intimidad del pensamiento, la encíclica desmantela la fantasía de que las máquinas puedan suplantar el discernimiento íntimo del sujeto. Con un rigor asombroso, el pontífice nos recuerda que estos sistemas informáticos carecen de una dimensión ontológica fundamental, pues “tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía y comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (León XIV, 2026, párr. 89). En esta incapacidad radical para el amor y el dolor se instala la urgencia de establecer límites infranqueables a su aplicación en la toma de decisiones. El texto papal subraya con preocupación que “si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece” (León XIV, 2026, párr. 104). En pocas palabras, nos está diciendo que la reducción de la existencia a meras métricas de productividad es el preámbulo de una sociedad desprovista de compasión.
La gravedad de esta deshumanización sistemática adquiere su expresión más mortífera al abordar el escenario bélico. El problema ético de nuestro siglo ya no se limita únicamente a decidir qué prodigios técnicos podemos materializar, sino a determinar qué atrocidades debemos negarnos obstinadamente a cometer. Hans Jonas anticipó con lucidez nuestra desmesura prometeica en “El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica”, alertando que “la técnica moderna ha introducido acciones de una magnitud tan diferente que los marcos de la ética anterior ya no pueden contenerlas” (Jonas, 1995, p. 28). León XIV recoge este testigo histórico para denunciar la aberración suprema de delegar las decisiones de vida o muerte a sistemas de armamento autónomos, desnudando la cobardía moral de una guerra sin combatientes humanos visibles. El Papa nos advierte solemnemente que “toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto” (León XIV, 2026, párr. 110), despojando a la tragedia del dolor de la piedad y convirtiendo a la muerte en una fría estadística de rendimiento. Sentenciando este extravío con palabras definitivas, también sostiene categóricamente que “ningún algoritmo puede hacer que la guerra sea moralmente aceptable” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Es decir, al desahuciar la responsabilidad personal de la cadena de mando, la guerra automatizada se desentiende de la culpa y de la posibilidad misma del arrepentimiento. ¿Seremos capaces de sostener la mirada ante las víctimas de un verdugo que carece de alma, o permitiremos que la distancia tecnológica anestesie definitivamente nuestro sentido de la compasión?
Esta confrontación frente a las derivaciones más extremas de la técnica conecta de manera íntima con la intuición poética que J. R. R. Tolkien plasma en “El señor de los anillos: El retorno del rey”, cuando nos recuerda que no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino actuar con absoluta responsabilidad ética en los campos y en el tiempo que nos han tocado vivir (Tolkien, 1954/1993, p. 55). Estas célebres palabras cobran una escalofriante vigencia al contraponerse a la pretensión algorítmica de predecir, modelar y fiscalizar cada resquicio de nuestra existencia. Frente a la tentación fáustica de una optimización perpetua que busca abolir la vulnerabilidad de nuestra carne para sustituirla por un simulacro de orden absoluto, la teología de “Magnifica humanitas” coincide en que la verdadera custodia del mundo pasa por la valiente asunción de nuestra finitud. Desarmar el mito de nuestra omnipotencia tecnológica y renunciar a la desmesura del control cibernético no constituye un repliegue al progreso, sino el único cimiento posible sobre el cual podemos construir una auténtica libertad compartida, liberada por fin del cálculo mercantilista que todo lo marchita.
Asomados al borde de este abismo existencial, constatamos que no queda margen para el adormecimiento intelectual, pues delegar nuestra angustia ética a una máquina nos condena a la más triste de las servidumbres. Si permitimos que el deseo de la inmediatez apague la humilde y fecunda labor de formular preguntas lentas, habremos consumado la renuncia voluntaria de nuestra propia condición humana. ¿Seremos nosotros la generación que abdique de su libertad a cambio del confort inconfesable de no tener que pensar, entregando la custodia del alma a un puñado de cables? ¿Es posible que, al intentar diseñar un mundo exento de dolor y de incertidumbre, estemos edificando la prisión más perfecta y silenciosa de la historia? Cuando esta lectura concluya y el murmullo de sus notificaciones vuelva a reclamar su atención, ¿se atreverá a sostener el ayuno del espíritu para redescubrir, en el silencio del encuentro real, que su vulnerabilidad sigue siendo su mayor gloria?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
BBC Mundo. (2026, 25 de mayo). León XIV pide en su primera encíclica como papa «desarmar» a la inteligencia artificial y advierte de sus peligros. BBC. https://www.bbc.com/mundo/articles/czr22v6ddk6o
Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. La Santa Sede.
Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
Jonas, H. (1995). El principio de responsabilidad: Ensayo de una ética para la civilización tecnológica (J. M. Fernández Retenaga, Trad.). Herder.
León XIV. (2026). Carta Encíclica Magnifica humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
Tolkien, J. R. R. (1993). El Señor de los Anillos: El retorno del rey (M. Figueroa, Trad.). Minotauro. (Obra original publicada en 1954).
Vatican News. (2026, 25 de mayo). «Magnifica humanitas»: el llamado del Papa León XIV de proteger a la humanidad en tiempos de IA. Dicasterio para la Comunicación. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-05/la-enciclica-papa-leon-xiv-magnifica-humanitasla-inteligencia-ia.html




