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Internacionales

¿Quién era Fernando Villavicencio, el candidato presidencial asesinado en Ecuador?

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Ecuador se encuentra de luto por la noticia del asesinato del candidato a las elecciones, Fernando Villavicencio, este jueves 9 de agosto. Este periodista, sindicalista y activista político, nacido en el cantón Alausí, en una zona rural de Ecuador, perdió la vida en un acto de violencia mientras salía de un mitin político en la ciudad de Quito.

Villavicencio, quien a la edad de 13 años emigró junto a su familia a la capital, tenía un historial de valiente oposición a las mafias y una firme determinación para abordar los problemas que afectaban a su país. En estas elecciones, se presentaba por primera vez como candidato del izquierdista Partido «Movimiento Construye», planteaba un programa electoral centrado en combatir el desempleo y enfrentar abiertamente las prácticas corruptas.

Su nombre ya resonaba en los círculos políticos y en la Asamblea Nacional de Ecuador, donde se desempeñó como diputado entre 2021 y 2023. Durante su tiempo en la Asamblea, Villavicencio destacó por su compromiso en la lucha contra la corrupción, particularmente en el sector energético. Fue presidente de la Comisión de Fiscalización de la Asamblea, liderando la elaboración de 24 informes que revelaron y denunciaron diversas irregularidades en compañías relacionadas con la industria petrolera e hidroeléctrica que mantenían contratos con el Estado.

El punto de quiebre en su relación con el entonces presidente Rafael Correa se dio en 2007, cuando formó parte de un panel de expertos petroleros que instaba a finalizar un contrato con la empresa Petrobras debido a los perjuicios económicos que ocasionaría al Estado. A pesar de las recomendaciones del panel, Correa ignoró las advertencias, lo que llevó a Villavicencio a denunciar la situación ante la fiscalía.

No fue la única vez que Villavicencio enfrentó al poder. En 2014, presentó denuncias por supuestos delitos de lesa humanidad que habrían ocurrido en 2010, relacionados con la incursión de las fuerzas militares en el Hospital de la Policía. Sin embargo, estas acusaciones fueron consideradas «maliciosas» por la Corte, lo que resultó en una condena de 18 meses de prisión por difamación para él y dos compañeros. Evitando la prisión, el trío buscó refugio en una comunidad indígena en la Amazonía ecuatoriana y luego obtuvieron asilo político en Perú.

Villavicencio había denunciado públicamente amenazas en su contra, incluido un mensaje que recibió de Fito, líder de la organización criminal «Los Choneros», conocida por su participación en el narcotráfico. En un escalofriante aviso el 1 de agosto, Villavicencio declaró que había sido amenazado por su denuncia contra este grupo criminal. A pesar de estas amenazas, su partido mantuvo su determinación de seguir adelante con la campaña electoral.

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Asesinan a balazos a alto magistrado de Bolivia

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Un alto magistrado de Bolivia fue asesinado a balazos por sicarios en la ciudad oriental de Santa Cruz cuando se encontraba dentro de un taxi, informó este viernes la policía.

El crimen, cuyas razones se investigan, ocurrió la noche del jueves. La víctima fue identificada como Víctor Hugo Claure, juez del Tribunal Agroambiental, máxima instancia de justicia ambiental y agraria.

«Ayer se produjo un hecho lamentable, el asesinato de un magistrado», dijo en rueda de prensa David Gómez, comandante policial de Santa Cruz. Una moto con dos sujetos se acercó al vehículo donde estaba la autoridad judicial y uno de ellos disparó, precisó.

El funcionario judicial murió antes de llegar al hospital. Su cadáver presentaba cuatro heridas de bala, según el Ministerio Público.

Aunque los hechos se encuentran en investigación, el jefe policial Gómez señaló como hipótesis de la causa del crimen «un problema de tierras».

«Habría emitido algún tipo de resolución referente a la posesión o al aprovechamiento de algunas tierras (…) en el oriente boliviano», precisó.

Según la policía, altas autoridades judiciales de distintos departamentos, entre ellas Claure, se habían reunido el jueves en Santa Cruz.

«En este momento tenemos a 13 magistrados que están con seguridad» policial para sus traslados al aeropuerto y en los lugares en los que permanezcan, dijo Gómez.

Por su parte, el fiscal de esa ciudad Alberto Zeballos, declaró que ya se tienen imágenes de los hechos y las declaraciones de los testigos que se encontraban dentro del taxi.

El presidente Rodrigo Paz expresó su «solidaridad» con la familia del magistrado e instó a la población a no especular, en una declaración a la prensa.

En Bolivia, los magistrados de los máximos órganos de justicia, como el Tribunal Agroambiental, son elegidos por voto popular.

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Estados Unidos tomará el control de Cuba, afirma el presidente Donald Trump

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El presidente Donald Trump aseguró este viernes que Estados Unidos tomará el control de Cuba en breve.

«Nos apoderaremos casi de inmediato (de Cuba)», dijo el mandatario estadounidense durante la cena del Foro Club de Palm Beaches.

«Ahora, Cuba… Cuba tiene problemas», dijo. «Terminaremos con uno primero. Me gusta terminar un trabajo», añadió.

De acuerdo a Trump, la forma en la que llevará a cabo esta acción será al regreso de Irán, donde oficialmente han terminado las hostilidades.

«Tendremos uno de nuestros grandes, tal vez el portaaviones USS Abraham Lincoln, el más grande del mundo», indicó. «Haremos que entre, que se detenga a unas cien yardas de la costa y dirán: ‘¡Muchas gracias, nos rendimos!’», completó.

Nuevas medidas contra la isla

Más temprano, el Gobierno de Cuba denunció que Estados Unidos había anunciado nuevas sanciones las cuales calificó como «ilegales» y «abusivas».

De acuerdo a AFP, las nuevas sanciones de Estados Unidos apuntan en particular a las instituciones financieras que colaboren con el gobierno de Cuba e imponen restricciones en asuntos migratorios.

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Internacionales

Hambre y ahogamientos: la peligrosa ruta de los migrantes entre África y Arabia

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En una llanura arenosa de Yibuti calcinada por el sol, hombres caminan hacia sus lejanos hogares tras fracasar en su intento de llegar a Yemen por la Ruta del Este entre el Cuerno de África y la península Arábiga, uno de los corredores migratorios más peligrosos del mundo.

Tienen el rostro demacrado. Algunos dicen no haber comido nada desde hace varios días. Solo unas pocas acacias raquíticas ofrecen, a veces, un poco de sombra. En abril, para los yibutianos es «invierno» y hace 35°C.

Como la inmensa mayoría de los migrantes que recorren esta ruta, Jemal Ibrahim Hasan proviene de la vecina Etiopía, el segundo país más poblado del continente africano con unos 130 millones de habitantes y escenario de múltiples conflictos armados.

«Ya no teníamos ningún lugar donde vivir en paz», destaca el joven de 25 años, que se ganaba la vida como agricultor cuando abandonó su pueblo del norte etíope en dirección a Yibuti. Un recorrido de unos 550 km a pie, es decir, 15 días de marcha.

«Teníamos los pies hinchados y llenos de ampollas», cuenta.

Una noche se subió a un barco sobrecargado rumbo a Yemen. Varias horas más tarde, fueron capturados por la guardia costera yemení y conducidos a un centro de detención.

«No había comida, nada. Estuvimos allí ocho días antes de que nos devolvieran» a Yibuti, relata.

Durante el viaje de regreso, se desató una tormenta. Sin «la voluntad de Alá (…), el barco se habría volcado», cuenta Jemal, quien vuelve a emprender la marcha, a unos 50 kilómetros al norte de la localidad costera yibutiana de Obock, esta vez en dirección a Etiopía.

«Solo el desierto»
A pesar de los riesgos, tanto en tierra como en el mar, varias decenas de miles de migrantes del Cuerno de África emprenden cada año la Ruta del Este para intentar llegar a los emiratos petroleros del Golfo, huyendo de conflictos, catástrofes naturales y la falta de oportunidades.

La mayoría intenta la travesía desde Yibuti, que se encuentra en los puntos más cercanos, a unos 30 kilómetros de Yemen. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre 200 y 300 migrantes llegan diariamente a Obock.

Ese corredor es uno de los más mortales del mundo. En 2025, más de 900 personas fallecieron o desaparecieron, lo que lo convierte en el año «más mortífero jamás registrado», según los datos de la OIM.

A finales de marzo, en el último naufragio registrado hasta la fecha, cerca de Obock, al menos nueve migrantes murieron y 45 desaparecieron. En la embarcación que volcó se encontraba Zinab Gebrekristos, de 20 años, quien partió de Tigray, una región inestable del norte de Etiopía que salió en 2022 de una sangrienta guerra.

Pagó a un traficante 50.000 birr (unos 320 dólares), una suma considerable en un país donde el 40% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. En el camino le robaron el dinero y el teléfono, y luego tuvo que esperar tres días en la costa de Yibuti «sin comida ni agua, solo el desierto».

La noche del 24 de marzo, los traficantes amontonaron a 320 personas en una pequeña embarcación. Rápidamente, «el barco empezó a hundirse», recuerda Zinab Gebrekristos. «Muchos murieron ante nuestros ojos, amigos y familiares».

«Ni siquiera sé cómo logré salir del barco», asegura desde un centro de acogida gestionado por la OIM en Obock.

Esa organización de la ONU patrulla regularmente el desierto para prestar asistencia a los migrantes desorientados.

Aun así, decenas de miles de personas llegan cada año, tras haber tenido que atravesar también un Yemen en guerra, a los países del Golfo, en particular a Arabia Saudita, donde trabajan como obreros o empleados domésticos.

«Fosas comunes»
Unos 50 kilómetros al norte de Obock, la playa de Gehere es uno de los puntos de partida. Ropa, sandalias y zapatos de migrantes cubren la arena fina.

Allí se han erigido montículos de piedras. «Estamos frente a dos fosas comunes», explica Youssouf Moussa Mohamed, de 38 años, responsable de la OIM en Obock.

«No muy lejos hay otras dos fosas comunes con cinco cuerpos. Detrás de esta montaña hay una fosa común con 50 cuerpos. Otra fosa común (fue hallada) con 43 cuerpos (…). Son más de 200 cuerpos enterrados en los alrededores», enumera.

Según Youssouf, el 98% de los migrantes con los que se encuentra son etíopes. Procedentes de un país sin salida al mar, la mayoría nunca lo había visto antes de intentar la travesía.

Entre junio y agosto, el termómetro sube en Yibuti hasta los 45°C y violentas ráfagas de arena ciegan a los migrantes y los desvían de la ruta. Muchos se pierden en el desierto.

«Encontramos unos veinte cuerpos al mes durante esta temporada (cálida) el año pasado», destaca Youssouf. Aquellos a quienes el mar o el desierto no mataron, a veces se quitan la vida ellos mismos, como un migrante que, cuenta, se ahorcó el año pasado «por desesperación».

«Abandonadas»
Procedente de Tigray, Genet Gebremeskel Gebremariam, de 30 años, apenas lograba mantener a sus cuatro hijos y a su madre con los 200 a 300 birr (1 a 2 dólares) diarios que ganaba como trabajadora agrícola.

Convencida por un traficante, salió de la capital regional, Mekelle, en la parte trasera de un camión, hacinada junto a más de 160 personas. Una vez desembarcados en la vecina región de Afar, continuaron a pie, «atravesando el desierto y escalando acantilados toda la noche».

«Nadie ayuda a quienes están cansados o se caen, los dejan atrás. Nos obligaron a caminar como soldados, mientras nos golpeaban con palos en la espalda. Muchas mujeres, debilitadas por la sed y el hambre, fueron abandonadas en el desierto», cuenta Genet, quien espera en un centro de la OIM para regresar a Etiopía.

Por su parte, Muiaz Abaroge sigue esperando llegar a Arabia Saudita, a pesar de los riesgos.

«Da miedo, pero no tengo otra opción», subraya el joven de 19 años, originario del oeste de Etiopía, que camina con otras dos personas por la carretera que une las localidades yibutianas de Tadjourah y Obock.

 

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