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Trump vs. León XIV, segundo round- Lisandro Prieto Femenía

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«La soberbia es la enfermedad de la voluntad que cree que puede crear un mundo a partir de la nada, ignorando que el poder sólo es legítimo cuando nace de la pluralidad y el reconocimiento, no de la fuerza de un hombre solo» (Arendt, 2005, p. 112).

Como sostuvimos hace poco tiempo, la historia de la filosofía política puede leerse como una crónica tensa de la convivencia entre dos soberanías que reclaman para sí la totalidad de la existencia humana. Por un lado, vislumbramos el Reino de los Cielos, cuya promesa de justicia trascendente actúa como un tribunal ético sobre la historia, recordándonos que el hombre no es el dueño absoluto de su destino. Por otro, aparecen los ducados de este mundo, representados hoy por Estados nacionales que, bajo el ala de liderazgos mesiánicos y autoritarios, intentan replicar una sacralidad civil basada en la exclusión, la frontera y la fuerza de los bombazos. La reciente confrontación dialéctica entre el Papa León XIV y Donald Trump supera en demasía el simple desacuerdo diplomático y la anécdota de campaña mediática, puesto que es el síntoma de una fractura ontológica en la comprensión de lo que significa gobernar y habitar el mundo. Estamos ante el despliegue de una soberbia que pretende ignorar la finitud del poder terrenal frente a aquello que permanece inmutable, un intento desesperado del gobernante por revestir su mandato con los atributos de una divinidad que, evidentemente, no posee.

El precitado fenómeno se inserta en un contexto global donde asistimos al ocaso de la diplomacia tradicional en favor de un decadente mesianismo político que desprecia las formas y la mesura. Como bien hemos analizado en el texto previo sobre “El ocaso de la diplomacia ante el mesianismo político”, el escenario actual se caracteriza por una degradación de la palabra pública donde la retórica del odio sustituye al diálogo institucional. El mesianismo partidario posmoderno no es más que la patología de una democracia que ha perdido su eje ético para entregarse al culto de la personalidad cutre, donde el líder ya no se presenta como un administrador de lo común, sino como una figura providencial que encarna la voluntad mística e inapelable. En este escenario, la diplomacia- entendida como el arte de la mediación y el reconocimiento del otro- es devorada por la urgencia del narcisismo político violento, transformando las relaciones internacionales en un campo de batalla de egos donde la ambición tiránica no reconoce límites ni fronteras, ni siquiera aquellas que separan lo temporal de lo eterno.

Bajo esta luz, el líder que se autoproclama defensor de una cristiandad de dudosa procedencia que él mismo desvirtúa, asume la fisonomía teológica del “falso profeta”. Esta figura no se caracteriza por la negación explícita de lo sagrado, sino por su imitación perversa y su instrumentación para fines de dominio. El falso profeta, como advirtiera Kant en su análisis sobre la religión, es aquel que sustituye el cumplimiento de los deberes éticos por el “culto servil”, buscando una aprobación divina que justifique su propia arbitrariedad (Kant, 2001, p. 198).

No obstante, desde una perspectiva estrictamente teológica, la gravedad del falso profeta trasciende a la simple desviación racional puesto que se trata de una impostura religiosa que el “Catecismo de la Iglesia Católica” describe como el “engaño del Anticristo”, donde el hombre se glorifica a sí mismo en lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (Iglesia Católica, 1992, n. 675). Al señalar al Pontífice como una amenaza- tal como lo reporta la prensa internacional al calificar el mensaje de León XIV como un “peligro para los católicos”-, el gobernante psicópata intenta erigirse en el único exégeta legítimo de la voluntad de Dios para su pueblo, operando una sustitución blasfema donde el Evangelio de la misericordia es reemplazado por un dogma de seguridad global.

Asimismo, la teología joánica expuesta en el libro del Apocalipsis, nos presenta a la segunda Bestia que “tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como un dragón” (Reina-Valera, 1960, Ap 13:11), una imagen que describe con precisión al líder que usa símbolos cristianos para justificar la exclusión y el desprecio por la dignidad humana. Por ello, los aportes que nos legó Joseph Ratzinger son tan valiosos: en sus reflexiones sobre el poder, remarcaba que el falso profeta es aquel que presenta la religión como un medio para el éxito terrenal y la soberanía política, despojándola de su capacidad crítica frente al ídolo del Estado (Ratzinger, 2005). Pues bien, al calumniar al Papa, el César contemporáneo no sólo incurre en una falta diplomática, sino que realiza una operación de mimetismo diabólico: pretende hablar en nombre de los fieles para conducirlos hacia una idolatría nacionalista que niega la catolicidad- es decir, la universalidad- del Cuerpo de Cristo. Se trata de la seducción de quien utiliza el lenguaje de la fe, pero no para liberar, sino para encadenar la conciencia colectiva a un destino mesiánico que sólo sirve a su propia gloria patética y efímera.

La precitada deriva autoritaria encuentra también su refuerzo argumentativo en el análisis de la “religión civil” propuesto por Jean-Jacques Rousseau, quien sostenía que el Estado necesita que sus ciudadanos amen sus deberes, pero advertía sobre el peligro de una religión que, al volverse nacional y exclusiva, “es mala porque engaña a los hombres, los hace crédulos y supersticiosos, y ahoga el verdadero culto de la Divinidad en un ceremonial vano” (Rousseau, 2007, p. 165). Así, la reacción de Trump, documentada en varios medios de comunicación, al afirmar que el Papa “está poniendo en peligro a muchos católicos”, es el intento rousseauniano llevado al paroxismo: el soberano no tolera una lealtad espiritual que trascienda las fronteras de su Estado y de sus intereses particulares. Al atacar la autoridad moral del Pontífice, el líder pretendidamente mesiánico busca asimilar la fe a su ideología, pretendiendo que la única forma válida de ser cristiano sea la que se somete a los intereses del poder temporal. Es la soberbia del magistrado que, ante la imposibilidad de domar la trascendencia real, decide declararla enemiga pública.

Cuando el Papa denuncia la existencia de un puñado de tiranos devastando el mundo, no está emitiendo una opinión política simplona desde la Santa Sede, sino que activa una función crítica que la teología ha ejercido sobre el poder temporal desde los tiempos del gran San Agustín de Hipona. La tiranía, analizada con rigor filosófico, no es únicamente el ejercicio abusivo de la fuerza militar, sino la pretensión metafísica del soberano de convertirse en la medida única de todas las cosas. Es, también, el intento de clausurar el horizonte del hombre dentro de los límites de su Estado, ignorando esa dignidad intrínseca de la persona que posee una raíz que ninguna ley positiva ni ningún decreto presidencial puede reclamar. Al reaccionar con vulgar hostilidad ante esta crítica, el líder político revela una ambición desmedida que busca suplantar la guía espiritual por la obediencia ciega a su propia figura mediática. Esta colisión pone de manifiesto la arrogancia de un César que, no contento con administrar los tributos y los ejércitos, aspira ahora a administrar la fe y a definir qué es lo sagrado, amparado en una supuesta protección de la identidad nacional que, mirada de cerca, no es más que una máscara para el egoísmo colectivo y el desprecio por los más vulnerables.

Retomando a San Agustín, recordemos que en su obra fundamental titulada “La ciudad de Dios”, nos describe con excelencia la naturaleza de los reinos que se desvían de la justicia con una vigencia que hiela la sangre del lector contemporáneo. Él se preguntaba qué son los reinos sino grandes latrocinios si se les quita la justicia, pues los mismos latrocinios no son sino pequeños reinos (Agustín de Hipona, 2007, p. 147). En este enfoque, la acusación de Trump hacia el Papa invierte perversamente este razonamiento: para el líder nacionalista, el peligro no reside en la injusticia flagrante del soberano que segrega y persigue, sino en la palara profética que recuerda el deber de la hospitalidad universal (sí, mal que les pese a algunos, el cristianismo es el único culto que ora por ello abiertamente). Se trata de la soberbia de un administrador temporal que, embriagado por su propia imagen y por el eco de sus seguidores rentados, se atreve a señalar al Vicario de Cristo como un agente de peligro. Al hacerlo, el César posmoderno incurre en una forma de idolatría política en tanto que pretende que su voluntad sea ley última y que su juicio sobrepase el discernimiento espiritual de quien custodia la tradición universal de la compasión. En este “segundo round” de nuestra reflexión, queda claro que el ataque al Papa es el ataque definitivo a la diplomacia de lo universal; es el intento de un mesianismo vacío de suplantar la Verdad (sí, con mayúsculas) por la opinión vociferante.

La disputa cobra una dimensión teológica definitiva cuando recordamos las palabras de Jesucristo frente a Pilato en el Evangelio según San Juan. Al declarar “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos” (Reina-Valera, 1960, Juan 18:36), el Cristo establece la diferencia fundamental entre la soberanía que salva y la soberanía que domina mediante la espada y el miedo. El Reino de los Cielos no se defiende con muros de hormigón ni con la retórica inflamada de redes sociales, pues su legitimidad no nace del conflicto terrenal, sino de una verdad que el mundo no puede contener ni mucho menos reglamentar. Al rechazar la lucha física para evitar su entrega, Jesús desautoriza la lógica del poder terrenal que los liderazgos posmo-progres intentan sacralizar bajo figuras de “salvadores” de la patria. El poder de Dios se manifiesta en la vulnerabilidad de la cruz y en la exigencia de amor al enemigo, algo que resulta incomprensible y peligroso para un gobernante cuya única gramática es el dominio y la imposición. Así, la declaración de León XIV sobre la devastación causada por los tiranos se fundamenta precisamente en esta distancia: si el reino de los hombres se vuelve absoluto por la soberbia de quien lo dirige, deja de ser un servidor de la justicia para convertirse en una parodia barata de lo divino.

Esta separación de poderes tiene una de sus formulaciones más potentes en la carta del Papa Gelasio I al emperador Anastasio en el año 494. En ella, se establece la teoría de las dos espadas, señalando que hay en verdad dos poderes por los cuales este mundo es gobernado: la sagrada autoridad de los papas y el poder real (Gelasio I, como se citó en Hubenak, 2015, p. 4). Esta distinción fundacional aclara que el gobernante, por más poderoso que se crea en su mandato temporal, debe someterse fielmente a quienes dispensan las cosas divinas en lo que respecta a la moral. El poder humano es, por definición, derivado y limitado, mientras que el poder de Dios es originario y absoluto. La ambición tiránica actual olvida este límite esencial porque cree que un triunfo electoral o bélico le otorga el derecho de invadir la esfera de lo sagrado y de amonestar a la Iglesia, ignorando que su espada es de hierro y finita, mientras que la palabra que lo increpa pertenece a un orden que su tiempo en la historia no podrá siquiera rasguñar. Junto a esta última argumentación, Santo Tomás de Aquino subrayaba esta jerarquía al afirmar que en aquellas cosas que pertenecen al bien civil, se debe obedecer más a la potestad secular que a la espiritual, pero en lo que atañe a la salvación del alma y la justicia moral, la potestad espiritual es la que debe prevalecer (Aquino, 2001, II-II, q. 60).

A partir de esta distinción se desprende una consecuencia que incomoda profundamente a los Estados modernos imbuidos de una soberbia totalitaria: el Papa no tiene por qué dar explicaciones al presidente de ningún país sobre sus juicios morales acerca de la tiranía. Esta autonomía es la única garantía de una ética que no sea devorada por el pragmatismo del poder. Si la Iglesia ha de ser la voz de los desposeídos, su cabeza no puede estar subordinada a las agendas de seguridad nacional o a los berrinches mediáticos de un gobernante que utiliza la religión sólo como una herramienta de división. Las críticas absurdas de Trump, que ha llegado a arremeter contra Giorgia Meloni por el mero hecho de defender la dignidad del Pontífice, demuestran que el poder político actual ha caído en una embriaguez de mando que no tolera una autoridad moral externa. Es más, según datos publicados por el New York Times, este choque ha provocado un sismo en el electorado católico, donde la identidad religiosa colisiona con la lealtad a un líder que se cree ungido para juzgar lo divino. Como señala la constitución dogmática “Lumen Gentium”, la Iglesia es un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano (Concilio Vaticano II, 1964, p. 5). Pues bien, al representar esa unidad universal, el mensaje papal siempre será un obstáculo insalvable para quien base su poder en la fractura del tejido humano.

En este punto de la reflexión, queda claro que el choque revela una secularización incompleta y peligrosa donde el Estado utiliza un lenguaje que pretende imitar lo sagrado para justificar la crueldad. Mientras el líder político busca el cierre de la comunidad sobre sí misma mediante el cultivo del miedo al extraño, la voz de León XIV apela a una catolicidad que rompe la lógica del muro y la discordia. Esta disputa también nos obliga a recordar que, teológicamente, solo Dios es absoluto, y cualquier pretensión de absolutismo humano es una blasfemia política. La “reserva escatológica” de la Iglesia impide que cualquier sistema político se cierre como una totalidad absoluta bajo el mando de un solo hombre. Al respecto, Jürgen Habermas reconoció que las tradiciones religiosas conservan una capacidad de expresión de lo humano que el lenguaje técnico del Estado liberal a veces agota (Habermas y Ratzinger, 2006). El peligro surge cuando la ambición política y económica intenta suplantar la ética con una mística personalista, transformando la administración de lo público en un rito de exclusión donde el líder se sueña como el nuevo intérprete de la voluntad divina, olvidando que frente a la soberanía de Dios, todo emperador es solo ceniza.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Agustín de Hipona (2007). La ciudad de Dios. (Trad. S. Santamarta y M. Fuertes). Madrid: Editorial Tecnos. (Obra original escrita entre 413 y 426).

Arendt, H. (2005). La condición humana. Buenos Aires: Paidós. (Obra original publicada en 1958).

Aquino, T. de (2001). Suma de Teología. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original publicada entre 1265 y 1274).

Baja News (2024). Trump defiende su postura tras desacuerdos con el Papa León XIV. Recuperado de https://bajanews.mx/Internacional/54901/Trump-defiende-su-postura-tras-desacuerdos-con-el-papa-Leon-XIV

BBC Mundo (2026). El costo político de la fe: por qué el choque con el Papa le está pasando factura a Trump. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/articles/cy011xgrgdro

Concilio Vaticano II (1964). Constitución dogmática sobre la Iglesia: Lumen Gentium. Roma: Santa Sede.

Habermas, J. y Ratzinger, J. (2006). Dialéctica de la secularización: sobre la razón y la religión. Madrid: Encuentro.

Hubenak, F. (2015). Raíces y desarrollo de la teoría de las dos espadas. Buenos Aires: Repositorio Institucional UCA.

Iglesia Católica (1992). Catecismo de la Iglesia Católica. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.

Kant, I. (2001). La religión dentro de los límites de la mera razón. (Trad. F. Martínez Marzoa). Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1793).

La Nación (2026). Nuevo ataque de Trump al Papa: «Está poniendo en peligro a muchos católicos». Recuperado de https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/nuevo-ataque-de-trump-al-papa-esta-poniendo-en-peligro-a-muchos-catolicos-nid05052026/

Página/12 (2026). Donald Trump arremetió contra Giorgia Meloni por defender al Papa León XIV. Recuperado de https://www.pagina12.com.ar/2026/04/14/donald-trump-arremetio-contra-giorgia-meloni-por-defender-al-papa-leon-xiv

Prieto Femenía, L. (2023). Ocaso de la diplomacia y mesianismo político. Pontevedra Viva. Recuperado de https://www.pontevedraviva.com/es/opinion/ocaso-diplomacia-mesianismo-politico-lisandro-prieto-femenia_516555_102.html

Ratzinger, J. (2005). La sal de la tierra: cristianismo y Iglesia católica ante el nuevo milenio. Madrid: Palabra.

Reina-Valera (1960). La Santa Biblia. Sociedades Bíblicas Unidas.

Rousseau, J. J. (2007). El contrato social. (Trad. M. Armiño). Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1762).

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Analizando el contraste entre la hispanidad y la modernidad liberal

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“La Hispanidad no es un mero accidente geográfico o histórico, sino una vocación universal, una forma de entender y ordenar la vida política y social”

Miguel Ayuso, La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto (2014), p. 12.

Comienza octubre y, antes de empezar a soportar barbaridades en los medios, se me hace necesario ofrecer esta humilde reflexión. Hemos escuchado un millar de veces esta sentencia: “la historia siempre la redacta y la cuenta el vencedor”, y sí, es cierto, porque aquellos cuyas ideologías han prevalecido, suelen velar verdades incómodas y construir relatos que justifican ciertos paradigmas. Como ya hemos proclamado en otras oportunidades, la persistencia de la Leyenda Negra sobre la conquista española es un ejemplo paradigmático de cómo una narrativa, nutrida desde los albores de la modernidad, ha logrado arraigarse en el imaginario colectivo, eclipsando la riqueza y la complejidad de la hispanidad. Esta operación ideológica no fue fortuita; constituyó, en rigor, una de las primeras campañas formales de guerra psicológica y de desprestigio geopolítico de la historia humana, diseñada por las potencias emergentes del norte de Europa para erosionar el prestigio de la monarquía hispánica. Para comprender un poco mejor esta trama, la mirada de un excelentísimo pensador como Miguel Ayuso resulta invaluable. Su agudo discernimiento sobre los males de la modernidad liberal y su reivindicación de la tradición hispánico-cristiana nos ofrecen una mirada crítica para reinterpretar no sólo el pasado, sino también las implicaciones del presente.

Ayuso, figura prominente del pensamiento tradicionalista, no se limita a realizar una revisión histórica, sino que su análisis es una profunda crítica a los cimientos ideológicos que moldearon el Estado moderno, y con él, la forma en que se ha interpretado la aventura transatlántica de España. Para él, el liberalismo, con su énfasis puesto únicamente en el individuo atomizado y un contractualismo desprovisto de ligazones naturales y trascendentes, ha disuelto la noción de una verdadera comunidad política. Frente a la visión organicista aristotélico-tomista, en la que el ser humano es por naturaleza un ser social emparejado con cuerpos intermedios (gremios, municipios, familias y reinos), el liberalismo hobbesiano y lockeano impuso una ficción antropocéntrica basada en el egoísmo utilitario. Como bien lo explicita en su obra titulada “La constitución cristiana de los Estados”, “el liberalismo desvertebra la sociedad, haciendo de la suma de individuos la única realidad política admisible, sin atender a los cuerpos intermedios o a las relaciones comunitarias naturales” (Ayuso, 2008, p. 57). Esta “atomización” es crucial, pues contrasta vivamente con la visión orgánica de la sociedad que subyacía en la monarquía hispánica, que buscaba integrar, aunque con normales imperfecciones, a diversas realidades en un todo armónico bajo principios trascendentes.

Frente a la despersonalización y el utilitarismo del Estado liberal, Ayuso postula la hispanidad como una comunidad política natural y enraizada en el derecho natural y el derecho público cristiano. Esta concepción se opone diametralmente a la visión de una “tabula rasa” sobre la cual se construirían sociedades ex novo, propia del pensamiento ilustrado y luego liberal. Mientras que el proyecto anglosajón en Norteamérica se inclinó por el desplazamiento y la segregación de los nativos, partiendo de una lógica de apropiación de tierras vacías para individuos que buscaban su fortuna, la empresa española incorporó una dimensión misional y de integración. La Corona, influenciada por juristas y teólogos, debatió sin cesar sobre la condición del indio, llegando a reconocer su humanidad y sus derechos inalienables (discusión que en Inglaterra jamás se dio, por cierto). Conviene destacar aquí la trascendencia insoslayable de la Escuela de Salamanca, con figuras tutelares como Francisco de Vitoria (Relectio de Indis) y Domingo de Soto, quienes sentaron las bases primigenias del derecho internacional moderno. Eventos inéditos en las anaglifas de la historia universal, como la Junta de Valladolid (1550-1551), llevaron a la Monarquía a paralizar sus conquistas para discernir sobre la justicia de sus títulos y el trato debido a los aborígenes. El mestizaje, tanto biológico como cultural, lejos de ser una anécdota, fue un pilar fundamental de la nueva sociedad hispanoamericana, una realidad que no encuentra parangón en otras conquistas de la historia de la humanidad.

La concepción de Ayuso pone el foco en que la hispanidad no fue un mero conglomerado territorial, sino una civilización con una vocación universalista, impulsada por principios católicos. Esta vocación se manifestó en la fundación de universidades, hospitales y ciudades, y en la temprana promulgación de leyes para la protección de los indígenas. Las estructuras virreinales no actuaban simplemente como “colonias” de extracción sumisa, sino como reinos e instituciones con personalidad jurídica propia, reflejadas en las Leyes de Indias y en instituciones como la Real Audiencia o los Cabildos, garantizando incluso cátedras universitarias en lenguas vernáculas como el quechua y el náhuatl. Mientras la modernidad liberal europea comenzaba a gestar las ideas de la segregación racial y el positivismo jurídico que justificaría, siglos después, la exclusión de minorías en sus propios territorios -recordemos que la integración educativa de afroamericanos en Estados Unidos no se concretó sino hasta mediados del siglo XX-, la monarquía hispánica ya había establecido marcos legales que, aunque a los ojos de presente pueden acusarse de imperfectos, al menos reconocían la dignidad de todos sus súbditos, independientemente de su origen étnico. Al respecto, José Antonio Escudero, en su estudio sobre el derecho indiano, resalta que “la preocupación de la Corona por el buen tratamiento de los indios y por su evangelización fue constante, dando lugar a una legislación casuística de una magnitud sin precedentes” (Escudero, 2005, p. 112). Esta preocupación, emanada de una concepción teocéntrica de la justicia, dista bastante de la fría racionalidad utilitarista que caracterizaría a las demás potencias coloniales, cuya máxima fue y sigue siendo “cuánto tienes, cuánto vales” y la adoración de un billete verde en lugar de una cruz.

La imposición del Estado liberal no fue un simple cambio de régimen, sino que representó una ruptura epistémica y ontológica para los vastos territorios que conformaban el reino español. Lo que se presentó como un proceso emancipador de “independencia” fue, en no pocas ocasiones, la disolución forzada de una unidad orgánica y policéntrica, dando paso a la fragmentación de una comunidad civilizatoria que se extendía desde Ushuaia hasta California. Ayuso, en su ardua e incisiva crítica a la Modernidad, ha sostenido con vehemencia que el liberalismo, al desmantelar las estructuras naturales de la sociedad y sustituirlas por un contrato social abstracto, minó los fundamentos de la verdadera comunidad política. Para él, “el Estado liberal es el resultado de la atomización social y la consiguiente despolitización de la vida pública, donde los lazos naturales de pertenencia son reemplazados por una agregación de individuos desvinculados” (Ayuso, 2011, p. 89). Esta intencional disgregación, importada acríticamente, contrastaba totalmente con la concepción hispánica de un orden jerárquico y orgánico, donde los cuerpos intermedios y las leyes divinas y naturales daban cohesión al conjunto.

Asimismo, el precitado desmembramiento no fue un fenómeno natural, sino la consecuencia directa de la importación de modelos políticos ajenos, diseñados bajo premisas individualistas y contractualistas opuestas a la tradición hispánica. La promesa de libertad y progreso, vehiculizada por las nuevas élites criollas imbuidas del pensamiento ilustrado y liberal, se tradujo paradójicamente en una era de caudillismo, guerras civiles y una inestabilidad crónica que aún resuena en el presente. Los siglos XIX y XX son testigos de las consecuencias devastadoras de esta imposición foránea. La disolución política derivó en la creación de múltiples repúblicas, muchas veces con fronteras artificiales, que rápidamente se vieron envueltas en conflictos fratricidas por cuestiones territoriales, aduaneras o ideológicas. Esta división, lejos de fortalecer, debilitó estructuralmente a los nuevos Estados, haciéndolos vulnerables a la injerencia de potencias externas que veían en la fragmentación hispanoamericana una oportunidad fantástica para consolidar su propia hegemonía económica, política y cultural. Como bien señala Vicente Gonzalo Quesada en su obra sobre la historia de la América del Sur, “la desintegración política, consecuencia del influjo de las ideas liberales y de la ambición de los caudillos, dejó a estas naciones a merced de los intereses extranjeros, incapaces de forjar una verdadera unidad de propósitos” (Quesada, 1876, vol. II, p. 345). En este punto, la crítica de Ayuso se vuelve muy pertinente, ya que al comprender que la debilidad de estos nuevos Estados radicaba precisamente en su origen desvinculado de las raíces históricas y sociales de los pueblos que pretendían representar, inaugurando un ciclo de ingobernabilidad y dependencia que dura hasta nuestros días.

El legado de esta fractura es un continente dividido, empobrecido y en constante conflicto interno. La promesa de prosperidad liberal, se trocó en la consolidación de oligarquías, la explotación de los recursos naturales en beneficio de metrópolis externas, y una persistente desigualdad social orquestada intencionalmente. Los sistemas educativos, herederos de la narrativa de la Leyenda Negra y de la glorificación de la “independencia” disgregadora, han perpetuado una visión que ignora la profunda herida que supuso la disolución de la unidad. Hoy, los territorios que otrora compartieron un mismo idioma, una misma fe, una misma moneda (como el Real de a ocho, primigenia divisa de cambio global) y un mismo marco jurídico-político, se encuentran segregados por fronteras aduaneras, visiones nacionalistas estrechas y, en muchos casos, por un empobrecimiento endémico que contrasta con la inmensa riqueza natural de la región. En pocas palabras, la imposición del modelo liberal, que desestructuró la organicidad hispánica, puede ser vista, en retrospectiva, no como el amanecer de la libertad, sino como el inicio de una era de vulnerabilidad y fragmentación cuyas cicatrices son visibles todavía en la América hispánica contemporánea.

Llegando a este punto de la reflexión, queda claro que la Leyenda Negra no es sólo una tergiversación histórica, sino que representa un arma ideológica gestada en el seno de la modernidad liberal para desacreditar un modelo de civilización alternativo. Al presentar a España como el epítome de la crueldad y el genocidio, se buscaba no sólo justificar la propia expansión de otras potencias, sino también eclipsar los principios de comunidad, tradición y derecho natural que el imperio hispánico, con todas las falencias que pudo tener, intentó encarnar. La pervivencia de esta leyenda nefasta en la currícula de los sistemas educativos actuales tampoco es casual, porque responde a la hegemonía de una visión del mundo que prefiere la anulación de lo diferente a la comprensión de lo complejo.

Es fundamental reconocer que la expansión y la imposición de ciertos modelos hegemónicos no siempre se manifiestan a través de la ocupación militar directa o la anexión territorial. Si bien la historia registra episodios de invasión con ejércitos y cañones, la influencia y el control pueden ejercerse de maneras más sutiles y, a menudo, más perdurables. El caso de la influencia anglosajona en Hispanoamérica ofrece un contrapunto crucial a la narrativa de la conquista española. A excepción de episodios como la contienda por las Islas Malvinas, la dominación británica no se concretó primariamente mediante la invasión militar masiva de territorios americanos, sino a través de un dominio económico y cultural estratégicamente orquestado.

Este predominio se materializó en la imposición de restricciones comerciales y productivas que limitaban el desarrollo autónomo de las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Mediante acuerdos comerciales leoninos y la consolidación de deudas externas, se configuró una dependencia económica que ahogó la posibilidad de una industrialización propia y diversificada. Paralelamente, se desplegó una eficaz agenda cultural que, a lo largo del tiempo, ha permeado las instituciones, los sistemas educativos y los medios masivos de comunicación. Esta agenda no sólo promovió una visión particular del progreso y la civilización, sino que también ha dictado -y en muchos casos, sigue dictando- lo que se considera políticamente correcto, estableciendo paradigmas de pensamiento y comportamiento que invisibilizan o deslegitiman otras cosmovisiones, incluyendo la propia herencia hispánica. Esta forma de “invasión invisible” ha demostrado ser extraordinariamente efectiva en moldear identidades y en perpetuar dependencias que trascienden la ausencia de una ocupación militar formal. En la posmodernidad, esta hegemonía ha derivado en la imposición del constructivismo social atómico y la ingeniería cultural anglosajona. Sólo alcanza con explicitar que, entre tantas agendas culturales impuestas, la agenda LGBT y el movimiento WOKE no fueron fundados en Lima, Santiago, Buenos Aires o Asunción, sino en naciones donde se habla la lengua inglesa y francesa, actuando como la continuación refinada del mismo proyecto individualista y desvinculante que ataca las raíces tradicionales de los pueblos.

En definitiva, queridos lectores, queda claro que en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar y a disolver las identidades, la reflexión de Miguel Ayuso nos interpela de manera crucial: ¿estamos condenados a aceptar la historia que nos ha sido impuesta, o tenemos la responsabilidad de desenterrar las capas de silencio y tergiversación que ocultan la verdadera esencia de nuestra herencia? ¿Acaso la crítica a la modernidad liberal, tan lúcidamente expuesta por Ayuso, no nos ofrece una clave para comprender no sólo el pasado, sino también los desafíos contemporáneos que enfrenta la noción misma de comunidad y pertenencia? Pues bien, caros amigos, la desmitificación de la Leyenda Negra no es un mero ejercicio de revisionismo, sino un acto de honestidad intelectual que busca reconciliarnos con nuestra compleja identidad y abrir caminos hacia una comprensión más profunda de la humanidad misma.

Referencias Bibliográficas

  • Ayuso, M. (2008). La constitución cristiana de los Estados. Ediciones Criterio Libros.
  • Ayuso, M. (2011). El concepto de Estado en la Monarquía tradicional. Ciudadela Libros.
  • Ayuso, M. (2014). La Monarquía hispánica y el Nuevo Mundo: La Leyenda Negra al descubierto. Marcial Pons.
  • Escudero, J. A. (2005). Curso de Historia del Derecho: Fuentes y grandes instituciones. Editorial Colex.
  • Gullo, M. (2021). Madre Patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán. Espasa.
  • Quesada, V. G. (1876). La vida intelectual en la América del Sur (Vol. II). Imprenta de Mayo.
  • Vitoria, F. de. (1934). Relectio de Indis (L. Getino, Ed.). Imprenta de San Esteban. (Obra original publicada en 1539).

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Opinet

Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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