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Nacionales -deportes

Surf City impulsó a El Salvador como un escenario deportivo de categoría mundial

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La estrategia Surf City que puso en marcha el Presidente Nayib Bukele ha conseguido impulsar a El Salvador como un destino atractivo y seguro para las competencias élite del referido deporte.

Además de que las playas tienen olas constantes, fuertes y con agradable temperatura –favorable para el rendimiento del atleta–, el Gobierno ha desarrollado la capacidad de organizar con éxito eventos de asistencia masiva.  Esto incluye garantizar seguridad para los visitantes.

Por ejemplo, al cierre de 2023, la costa nacional habrá sido escenario para 14 torneos internacionales de surf, contando desde 2019.  Antes de la llegada del Presidente Bukele al Ejecutivo, ningún Gobierno tomó la iniciativa de aprovechar esta riqueza natural para contribuir con el desarrollo.

Además, son cuatro organizaciones las que han depositado su confianza en la logística y organización que demuestra la actual administración para tener este tipo de encuentros para deportistas del mayor nivel.

Todo comenzó en 2019, aún cuando el mundo entero enfrentaba el período más intenso de la pandemia y predominaba el confinamiento.  El Salvador acogió un torneo de la Asociación Latinoamericana de Surfistas Profesionales (ALAS) y uno de la Asociación Internacional de Surf (ISA, por sus siglas en inglés).  Con mucho esfuerzo, las instituciones lograron demostrar la calidad de atención.  El año siguiente, ALAS regresó para poner a prueba el talento de los deportistas.

Después, en 2021, ISA y ALAS continuaron eligiendo a las playas salvadoreñas para importantes eliminatorias y torneos, por ejemplo, el ISA World Surfing Games.  Ya para entonces, El Salvador ya estaba haciendo historia junto con esta disciplina.

En 2022, las organizaciones más representativas repitieron su elección con las olas del país y hubo tres eventos, incluido el ISA World Junior Surfing Championship, donde surgen los futuros competidores de la tabla.

Ahora, en 2023, hay seis torneos confirmados en las playas de Surf City.  El primero, de tabla larga y a cargo de ISA, terminó el 13 de mayo.  En estos momentos, está ocurriendo el preclasificatorio para los Juegos Olímpicos 2024, el ISA World Surfing Games.  Este año también llegan las estrellas de la Liga Mundial del Surf (WSL) y de Centro Caribe Sports.  En ambos casos, para diferentes torneos. #SecretaríaDePrensa

Deportes

El Salvador toca fondo: la Selecta fracasa en la Nations League y regresa a la Liga B

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La Azul apenas empató 1-1 ante Martinica en un partido que estaba obligada a ganar y consumó un nuevo descenso. Más preocupante que el resultado fue la imagen: un equipo sin la urgencia, rebeldía ni determinación que exigía jugarse la permanencia en la máxima categoría de Concacaf.

El Salvador volvió a fracasar. No hay demasiadas maneras de suavizar lo ocurrido en Fort-de-France. La Selecta empató 1-1 contra Martinica y cerró su participación en la Liga de Naciones de Concacaf con apenas cuatro puntos, producto de una victoria, un empate y dos derrotas. El saldo fue todavía más duro: 4 goles a favor, 10 en contra y una diferencia de -6. La consecuencia es concreta: la selección salvadoreña regresa a la Liga B.

Y lo preocupante no fue únicamente descender. Fue la manera de hacerlo. El Salvador llegó a Martinica sabiendo que necesitaba ganar y recibió muy temprano el mejor escenario posible. Apenas al minuto 3, Jefferson Valladares aprovechó una acción iniciada por Styven Vásquez y marcó el 0-1. Con casi todo el partido por delante, la Selecta tenía la oportunidad de tomar el control, buscar el segundo y demostrar que realmente estaba dispuesta a pelear por su permanencia.

Pero ocurrió prácticamente lo contrario. Después del gol, el equipo de Hernán Darío “Bolillo” Gómez fue perdiendo iniciativa. En lugar de imponer condiciones ante un rival al que había derrotado 3-1 en la primera jornada, permitió que Martinica creciera. Mario González tuvo que intervenir para conservar la ventaja y la Azul desperdició oportunidades claras para liquidar el encuentro. Brayan Gil tuvo una muy importante al 19′ y volvió a encontrarse con el portero al 50′. Christian Martínez también dispuso de una posibilidad inmediatamente después.

Ahí aparece una de las grandes responsabilidades de los futbolistas. Un planteamiento puede discutirse, pero ningún entrenador puede rematar por sus delanteros ni disputar cada pelota por ellos. La sensación que dejó El Salvador fue la de un equipo que no comprendió —o no logró ejecutar— la urgencia del partido. No podemos afirmar desde fuera que los jugadores deliberadamente “no respetaron el planteamiento” del técnico, porque eso requeriría conocer las instrucciones internas, pero futbolísticamente sí se observó una selección incapaz de mantener una idea consistente durante los 90 minutos.

El empate de Martinica al 56′ retrató precisamente esa fragilidad. Labeau participó en la acción con un taconazo y Janis Antiste terminó venciendo a Mario González para colocar el 1-1. A partir de allí quedaba más de media hora para salvar la categoría, pero la reacción que demandaba semejante emergencia nunca terminó de aparecer. Martinica incluso consiguió apropiarse de mayores tramos del encuentro mientras El Salvador fue cayendo en imprecisiones, juego directo y desesperación.

Ese es probablemente el aspecto más cuestionable de la noche: ¿dónde estuvo la rebeldía? Cuando una selección está a minutos de perder su lugar en la Liga A, debería transmitir desesperación competitiva, presión, intensidad y convencimiento. En cambio, la crónica del partido deja oportunidades desperdiciadas y una fase final sin soluciones suficientes. El Salvador necesitaba comportarse como un equipo que estaba jugando una final; demasiados pasajes parecieron los de un conjunto esperando que algo sucediera.

Sería injusto, sin embargo, responsabilizar únicamente a los jugadores. El cuerpo técnico también queda inevitablemente bajo escrutinio. Hernán Darío Gómez fue contratado para conducir un proceso que debía devolver competitividad a una selección golpeada, pero esta Nations League terminó mostrando exactamente lo contrario. El Salvador derrotó 3-1 a Martinica en el debut, después recibió un 6-0 de Guatemala, perdió 0-2 contra Jamaica en el Cuscatlán y terminó empatando 1-1 nuevamente con Martinica. Son ocho goles recibidos y apenas uno anotado en los últimos tres partidos del torneo.

El 6-0 ante Guatemala debió representar una sacudida. El 0-2 contra Jamaica debía provocar una reacción. Y el encuentro contra Martinica era la última oportunidad para demostrar que todavía existía una respuesta deportiva. No ocurrió. Tres partidos consecutivos sin ganar y una selección que, cuando más necesitaba mostrar carácter, terminó despidiéndose de la máxima categoría. El descenso, por tanto, no puede explicarse por una jugada desafortunada o por un mal partido: es el resultado acumulado de una campaña deficiente.

Ahora aparece una pregunta incómoda para el fútbol salvadoreño: ¿qué se está construyendo realmente? Cambian entrenadores, aparecen nuevos futbolistas, se anuncian procesos y vuelve la ilusión, pero cuando llegan los partidos que miden el verdadero nivel internacional, los mismos problemas regresan: dificultades para generar fútbol, poca contundencia, errores defensivos, irregularidad emocional y una enorme distancia entre las expectativas y lo que finalmente ocurre sobre el terreno.

El descenso a la Liga B no debe verse simplemente como cambiar una letra en la clasificación. Competir en la Liga A significa medirse con selecciones de mayor exigencia y disponer de una ruta deportiva diferente. Tras este fracaso, El Salvador tendrá además que recorrer un camino más largo hacia la Copa Oro 2027: deberá disputar en noviembre un play-in para intentar avanzar posteriormente al repechaje clasificatorio.

La Nations League deja, entonces, una conclusión dolorosa: El Salvador no estuvo a la altura de la Liga A. Y el problema sería todavía mayor si después del descenso todo se redujera a buscar un único culpable. Hay responsabilidades del entrenador, de los futbolistas y de la estructura que rodea a la selección. La Liga B será ahora la realidad de la Selecta. La verdadera discusión ya no debería ser cómo justificar el descenso, sino qué debe cambiar para que, si El Salvador consigue regresar algún día a la máxima categoría, no vuelva simplemente para repetir la misma historia.

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6-0 Y SIN EXCUSAS: EL SALVADOR SE ARRASTRA EN EL TRÉBOL Y EL “BOLILLO” FIRMA UN DESASTRE TÁCTICO

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La Selecta no perdió simplemente un partido: fue desbordada, desarmada y expuesta por Guatemala. El 6-0 deja bajo cuestionamiento el planteamiento de Hernán Darío Gómez y vuelve a poner sobre la mesa un problema mucho más profundo: un fútbol salvadoreño que sigue sin encontrar identidad, evolución ni respuestas cuando el rival aumenta la exigencia.

ANÁLISIS | DIARIO DIGITAL CRONIO. Hay derrotas que se explican por un error, una expulsión, una genialidad del rival o una mala noche. Y luego están partidos como el de este lunes en Guatemala. El 6-0 sufrido por El Salvador en El Trébol no admite maquillaje: fue una actuación futbolísticamente indefendible, una paliza que comenzó en el marcador y terminó dejando al descubierto un equipo sin herramientas para detener la caída.

La responsabilidad comienza en el banquillo. Hernán Darío “Bolillo” Gómez había prometido durante este proceso un equipo “ordenado”, “muy táctico” y “equilibrado”. Horas antes de enfrentar a Guatemala insistía en que El Salvador todavía buscaba jerarquía y advertía que no era favorito. El problema no fue reconocer las limitaciones; el problema fue que sobre la cancha no apareció ni el orden, ni el equilibrio, ni una estructura capaz de competir.

El planteamiento inicial fue una declaración de intenciones: línea de cinco, tres centrales y un bloque preparado fundamentalmente para resistir. En teoría podía entenderse como prudencia jugando de visitante. En la práctica terminó siendo miedo sin protección. El Salvador acumuló hombres atrás, pero no defendió mejor; cedió metros, perdió las referencias, permitió que Guatemala recibiera con comodidad y prácticamente renunció a discutirle territorialmente el partido. El 1-0 llegó apenas al minuto 8 y, lejos de provocar una reacción, confirmó la fragilidad del plan.

Eso es lo verdaderamente preocupante: se salió a protegerse y ni siquiera se supo proteger.

Guatemala comprendió rápidamente dónde estaba la herida y atacó sin complejos. El Salvador, en cambio, parecía tener como principal recurso recuperar y lanzar. Balón largo, disputa, segunda pelota y esperar que los hombres de arriba resolvieran algo prácticamente solos. Sobre la planilla había dos atacantes, pero el funcionamiento terminó aislando la ofensiva. No hubo sociedades consistentes, no hubo superioridades, no hubo una salida limpia que permitiera respirar al equipo. El pelotazo dejó de ser un recurso y se convirtió demasiadas veces en el plan.

Cuando Guatemala hizo el 2-0 al 28’, Gómez entendió que su propuesta había fracasado y apenas tres minutos después retiró al central Julio Sibrián para introducir a Mayer Gil. Pero ahí apareció otro problema: corregir no es simplemente cambiar nombres o desmontar una estructura en plena emergencia. El Salvador pasó de un sistema conservador a intentar ganar presencia ofensiva sin haber solucionado sus distancias, sus coberturas ni el control del mediocampo. Guatemala respondió con el tercero antes del descanso.

Y allí terminó realmente el partido.

Porque una selección puede irse perdiendo 3-0 al vestuario y regresar con otra actitud, adelantar líneas, modificar la presión, asumir riesgos y por lo menos demostrar que entendió dónde estaba siendo superada. El Salvador volvió a la cancha con Jairo Henríquez por Mauricio Cerritos, pero el problema nunca fue solamente un futbolista: era el funcionamiento completo. Al 56’, Jorge Aparicio convirtió el cuarto y cualquier posibilidad de reacción quedó sepultada.

A partir de ahí, la imagen fue todavía más dolorosa. Guatemala manejó el balón con una tranquilidad impropia de un clásico centroamericano mientras desde las gradas aparecía el “olé”. El Salvador corría detrás de la pelota, llegaba tarde, no encontraba referencias y transmitía una sensación devastadora: el equipo ya no sabía qué hacer.

Y eso sí apunta directamente al cuerpo técnico.

Un entrenador no controla que un defensa pierda un duelo individual ni que un delantero falle una ocasión. Pero sí es responsable de entregar mecanismos, alternativas y respuestas colectivas. Cuando tu plan A fracasa, debe existir un plan B. Cuando el rival detecta tu debilidad, debes modificarla. Cuando recibes dos goles, tienes que conseguir que el tercero sea más difícil. Cuando terminas recibiendo seis y el equipo empeora con el paso de los minutos, ya no estamos hablando únicamente de errores individuales. Estamos hablando de un fracaso colectivo y táctico.

William Fajardo terminó completando un triplete con dos goles sobre el cierre, al 89’ y al 90+2’, después de haber anotado también el tercero. Guatemala no levantó el pie y El Salvador tampoco encontró la manera de recuperar algo tan elemental como la dignidad competitiva del marcador. Darwin Lom, Rubio Rubín, Fajardo y Aparicio habían construido previamente la goleada.

Lo ocurrido es todavía más duro porque apenas tres días antes El Salvador había derrotado 3-1 a Martinica. Aquella noche, Gómez destacó el orden táctico de su equipo, aunque reconoció que todavía faltaba profundidad. El resultado generó ilusión. Guatemala necesitó 90 minutos para colocar esa ilusión frente a un espejo mucho más incómodo.

No se puede construir un proceso serio viviendo de chispazos. Tampoco puede llamarse evolución a ganar un partido para luego sufrir una goleada de esta dimensión ante un rival directo de la región. El propio Gómez decía antes del torneo que los adversarios del grupo “no son superiores a nosotros” futbolísticamente. Después de lo visto esta noche, esa afirmación necesita una explicación desde el terreno de juego, porque Guatemala no solo fue superior en el resultado: fue superior en propuesta, ejecución, agresividad, lectura y capacidad para castigar los errores.

Pero sería demasiado cómodo colocar los seis goles únicamente sobre “Bolillo”. Los jugadores tampoco pueden esconderse detrás del entrenador. Una camiseta de selección exige ganar duelos, comunicarse, cerrar espacios, competir cada pelota y mantener concentración incluso cuando el partido está perdido. Esta noche hubo futbolistas superados técnica, física y mentalmente por las circunstancias del encuentro. El técnico diseñó un mal partido; quienes entraron a la cancha tampoco consiguieron rescatarlo.

Y detrás aparece una discusión todavía mayor: ¿qué fútbol está produciendo El Salvador?

Porque cambiar de entrenador cada cierto tiempo no fabrica centrales más rápidos, mediocampistas capaces de gobernar partidos ni delanteros desequilibrantes. El Salvador lleva años buscando una identidad mientras otras selecciones de la región desarrollan jugadores, exportan talento y construyen estructuras competitivas. Si el diagnóstico siempre termina siendo “hay que trabajar”, pero cada nuevo ciclo vuelve al mismo punto, entonces el problema ya no pertenece únicamente al seleccionador de turno.

Lo que se vio en Guatemala pareció, por largos tramos, un fútbol de otra época: bloque hundido, poca elaboración, escasas conexiones entre líneas y demasiada dependencia del balón directo. Defender con muchos no significa defender bien. Ser prudente no significa entregar la iniciativa. Y jugar directo puede ser perfectamente válido, pero únicamente cuando existen movimientos, apoyos y una estructura preparada para ganar la segunda pelota. Sin eso, el “pelotazo” no es estrategia: es desprenderse del balón y esperar.

Por eso este 6-0 debe doler.

Debe dolerle al entrenador. Debe dolerle al jugador. Debe incomodar a los dirigentes. Y debería provocar preguntas serias dentro de un fútbol salvadoreño demasiado acostumbrado a explicar sus fracasos mientras las generaciones pasan y la distancia competitiva sigue apareciendo.

El Salvador no necesita que le expliquen que perdió 6-0. El marcador ya hizo ese trabajo. Necesita que alguien explique por qué un equipo que presume trabajo táctico terminó sin táctica; por qué salió a defender y recibió seis; por qué los cambios no corrigieron el partido; y, sobre todo, cuál es exactamente la evolución que se supone que el aficionado debe creer.

Porque esta noche no hubo jerarquía, no hubo equilibrio y tampoco hubo reacción.

Hubo seis goles. Hubo un rival disfrutando. Y hubo una Selecta completamente superada.

El 6-0 podrá archivarse en las estadísticas. La imagen que dejó El Salvador en Guatemala tardará bastante más en borrarse.

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El Salvador vence 3-1 a Martinica: la Selecta muestra su mejor versión con Bolillo Gómez

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La selección de El Salvador comenzó con autoridad su participación en la Liga de Naciones de Concacaf 2026-27 al derrotar 3-1 a Martinica en el estadio Jorge “Mágico” González. Más allá de los tres puntos, la noche dejó una señal alentadora para el proceso de Hernán Darío “Bolillo” Gómez: durante buena parte del encuentro, especialmente en el primer tiempo, la Selecta mostró orden, velocidad para atacar los espacios y una contundencia que había sido una de sus principales deudas. Brayan Gil marcó un doblete y Harold Osorio firmó una actuación determinante con dos asistencias y un gol.

El Salvador golpeó muy temprano y prácticamente construyó la victoria en menos de media hora. Gil abrió el marcador al minuto 8 después de un envío de Osorio y volvió a aparecer al 18 para colocar el 2-0. Al 29, Osorio pasó de asistidor a goleador y completó el 3-0. La fórmula fue sencilla, pero efectiva: recuperación en bloque medio, pocos toques y pases profundos aprovechando los espacios que dejaba la defensa caribeña. Fue una Selecta vertical, con propósito y, sobre todo, capaz de transformar sus oportunidades en goles.

El rendimiento también representa un respaldo futbolístico para el trabajo de Gómez en un momento en el que el entrenador había reconocido públicamente la presión que rodeaba al equipo. Antes del encuentro, el colombiano sostuvo que esperaba ver reflejado en competencia oficial el progreso observado durante meses de trabajo. Ante Martinica apareció parte de esa evolución: hubo coordinación entre líneas, movilidad ofensiva y una sociedad Osorio-Gil que desequilibró continuamente. Medios locales calificaron esa primera mitad como la mejor de la era del “Bolillo”, una valoración sustentada no solo en los tres goles, sino en la claridad con la que El Salvador identificó y explotó las debilidades del rival.

La segunda parte, sin embargo, recordó que el proceso todavía tiene margen de crecimiento. La salida de Osorio por problemas físicos redujo la capacidad de la Selecta para manejar el mediocampo, Martinica adelantó líneas y Janis Antiste descontó de penal al 51. El Salvador pasó de dominar a resistir por varios tramos y terminó defendiendo una ventaja que había construido con brillantez en el primer tiempo. El mérito estuvo en no descomponerse: Gómez refrescó el ataque en el tramo final y el equipo consiguió cerrar el partido, aunque quedó como tarea pendiente sostener durante más minutos la intensidad y el control mostrados al comienzo.

El 3-1 coloca a El Salvador con tres puntos y diferencia de goles de +2, por delante de Jamaica y Surinam tras sus respectivos triunfos en el arranque del Grupo B. El siguiente examen será considerablemente distinto: la Selecta visitará a Guatemala este lunes 28 de septiembre a las 8:00 p. m., hora salvadoreña, en el estadio Manuel Felipe Carrera. Allí se podrá medir mejor cuánto de lo visto ante Martinica puede convertirse en una tendencia. Por ahora, el equipo de Gómez consiguió algo que necesitaba tanto como los puntos: volver a ofrecer argumentos futbolísticos para generar ilusión alrededor de la Azul y Blanco.

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