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Tinder evitará encuentros incómodos en la app con una nueva herramienta
Tinder permitirá a los usuarios bloquear a aquellos contactos de su agenda que no quieran ver en la aplicación como posibles matches. De esta manera se les ofrece a un usuario una herramienta que puede ser de utilidad para evitar toparse, virtualmente, con una antigua pareja, un compañero de trabajo, de clase o cualquier otro usuario que resultaría incómodo encontrar allí.
El 24 por ciento de los usuarios se encontraron en la aplicación con el perfil de un familiar o de un compañero de trabajo. A su vez, un 40% dijo haberse encontrado con una antigua pareja en la app, según una encuesta reciente de la plataforma.
Se trata de encuentros que muchos usuarios prefieren evitar, o al menos así lo aseguró el 78 por ciento de los encuestados, que dijeron que preferían no ver ni ser vistos por estas conexiones. Y para evitarlo, la compañía incorporó en la aplicación el “bloqueo de contactos”, como informó en su blog oficial.
La nueva herramienta se encuentra en los Ajustes, y permite, a través del número de teléfono o correo electrónico, bloquear a las personas de su listado que no quieren ver mientras navegan en la aplicación. Estos contactos, tanto si ya tienen cuenta como si deciden crearla en el futuro, dejarán de aparecer como un potencial match.
La responsable de Producto del Grupo, Confianza y Seguridad en Tinder, Bernadette Morgan, señaló que desde la app no pueden “evitar encuentros incómodos en la cafetería”, pero con el bloqueo de contactos están dando a los usuarios “un recurso adicional que brinda tranquilidad” al “crear un espacio libre de preocupaciones para que puedan generar nuevas conexiones”.
La compañía señala que esta nueva herramienta se probó inicialmente en Corea, India y Japón, y que los usuarios que la usaron bloquearon una docena de contactos de su lista.
“¿Estás seguro?”, una herramienta para evitar mensajes ofensivos
Hace unas semanas Tinder anunció una herramienta para terminar con los mensajes ofensivos y comportamientos inapropiados dentro de la app de citas. En este sentido, presentó una nueva función denominada “Are you sure?” (¿estás seguro?) que envía alertas en tiempo real a los usuarios para pensar acerca del contenido que enviarán a otra persona, antes de hacerlo.
Según explicó la app en un comunicado oficial, la función está basada en inteligencia artificial para reconocer palabras dañinas y advertir sobre el potencial resultado ofensivo que podría tener un mensaje. Así, la función invita a pensar dos veces antes de enviar un mensaje.
No es la primera función de este estilo que lanza Tinder. Existe “Does This Bother You?” (¿Esto te molesta?), que sirve para que personas que son víctimas de conductas inapropiadas dentro de la app adviertan al servicio de citas de eso.
Desde la aplicación señalaron que los primeros resultados de estas funciones demuestran que intervenir correctamente puede ser realmente significativo para cambiar el comportamiento y construir una comunidad en la que todos sientan que pueden ser ellos mismos. Esto ha contribuido a más coincidencias y conversaciones más largas durante el el año más activo de la aplicación hasta ahora.
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Fallece una persona tras accidentarse con bus de la ruta 242
Una persona falleció en un accidente de tránsito con una unidad del transporte colectivo de la ruta 242.
El percance ocurrió en la zona de El Milagro, jurisdicción de Coatepeque, Santa Ana Este, sobre la carretera antigua de San Salvador a Santa Ana. Historia
Por el momento no ha sido identificada la víctima.
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El país rompe récord y registra más de $3,600 millones en ingresos de divisas en 2025
La ministra de Turismo, Morena Valdez, afirmó que 2025 fue un excelente año para el turismo salvadoreño al recibir más de $3,600 millones en divisas, cifra nunca registrada en este rubro. «Hasta diciembre de 2025, El Salvador recibió 4.1 millones de visitantes internacionales, equivalentes a más de $3,600 millones en ingresos de divisas, lo que representa un crecimiento del 7 % en comparación con 2024. Es el ingreso de divisas más alto que hemos recibido en el sector turístico», afirmó la funcionaria.
Valdez remarcó que estas «son buenas noticias», y para este año se espera que continúe de la misma manera. «La meta que tenemos este año son 4.2 millones de visitantes internacionales y el ingreso de divisas que habíamos proyectado lo recibimos en 2025, así que vamos a hacer un reajuste», puntualizó.
Destacó que 2026 comenzó con bastante ímpetu, ya que en enero habrá diferentes actividades internacionales. Esta semana se desarrollan dos eventos de golf, uno en Ilopango y el otro en Zaragoza. «Esto ayuda a que se generen más ingresos de divisas en el país», afirmó.
Visitantes en diciembre
Diciembre de 2025 se convirtió en uno de los meses con más llegadas de visitantes internacionales a El Salvador. Las estadísticas del Ministerio de Turismo (Mitur) indican que el país recibió a 480,819 visitantes extranjeros en ese período.
Del total de visitantes, el 86 % fueron turistas (que se quedaron a dormir al menos una noche) y un 14 % fueron excursionistas (personas que hacen el viaje de día).
En ese sentido, la llegada de extranjeros representó un 11 % más que lo reportado en diciembre de 2024, cuando se registraron 431,674 visitantes internacionales; además, representa un 70 % de incremento respecto al mismo mes de 2019.
En detalle, el Mitur resaltó que de todos los visitantes, 412,000 fueron turistas, es decir, un 16 % de crecimiento con respecto a diciembre de 2024 y un 117 % comparado con el mismo período de 2019.
Según el Mitur, los principales países de residencia de los turistas fueron Estados Unidos (37 %), Guatemala (32 %) y Honduras (16 %), mientras que el resto del mundo representó un 15 %.
En cifras absolutas, de Estados Unidos se registraron 153,000 turistas; de Guatemala, 132,000, y de Honduras, 67,000.
Opinet
Explorando la ciencia, bajo la lupa filosófica- Lisandro Prieto Femenía
“El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro”- Michel Foucault, Vigilar y castigar (1975)
Bien sabemos que la epistemología, disciplina cuyo nombre se deriva del griego episteme (conocimiento) y logos (ciencia o discurso), es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar la naturaleza, el alcance y los límites del conocimiento humano. Si bien las preguntas sobre la verdad y la certeza son tan antiguas como la filosofía misma, la epistemología se consolidó como un campo de estudio diferenciado a partir de la Modernidad. Filósofos como John Locke, David Hume e Immanuel Kant sentaron las bases al indagar en las fuentes del conocimiento, los procesos de la razón y la posibilidad misma de alcanzar la verdad objetiva. Sin embargo, en una era marcada por la post-verdad y la instrumentalización del saber, su utilidad no reside en ofrecer certezas definitivas, sino en la capacidad para desenmascarar las condiciones sociales, políticas y económicas bajo las cuales el conocimiento se produce y se legitima. Su campo de estudio se expande así más allá de la lógica de la justificación para indagar en las relaciones de poder que subyacen a la ciencia, las fuerzas económicas que la orientan y el valor de verdad que se le concede. A partir de ello, la epistemología se constituye como la conciencia crítica de la razón, examinando no sólo los métodos, sino también los intereses.
Históricamente, la filosofía se ha enfrentado al desafío de comprender la dinámica de la ciencia. Puntualmente, Karl Popper, con su criterio de falsabilidad, puso en jaque la idea de una ciencia que produce una verdad absoluta al postular que una teoría científica no es irrefutable, sino provisoriamente válida hasta que un experimento la desmienta. En sus palabras, sostuvo que “la falsabilidad de un sistema debe ser tomada como criterio de demarcación. No exijo que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí exijo que tenga una forma lógica tal que pueda ser seleccionado, en un sentido negativo, por medio de contrastes empíricos” (La lógica de la investigación científica, 1934).
Sin embargo, Thomas Kuhn complejiza este panorama con su noción de “paradigma”. Para él, la ciencia no avanza de forma lineal, sino que opera dentro de un marco de supuestos compartidos que rara vez son cuestionados, al que denominó estadio de “ciencia normal”. En este período, la actividad principal no es la búsqueda de verdades definitivas, sino la resolución de “enigmas” o problemas que el propio paradigma define y permite abordar. También, sostuvo que “un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica, y sólo ellos, comparten” (La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ahora bien, la capacidad de un paradigma para ofrecer herramientas y un marco conceptual para la resolución de estos problemas es lo que realmente lo legitima. Sólo cuando estos enigmas se vuelven irresolubles y se acumulan como anomalías, el paradigma entra en crisis, abriendo la puerta a una “revolución científica” y a la adopción de un nuevo marco que sí se muestre capaz de resolver los problemas.
La precitada noción de paradigma puede ser interpretada de manera análoga a las “epistemes” de Michel Foucault, aunque con una diferencia de alcance. Foucault lo describe como el orden subyacente que organiza el pensamiento de una época y determina las condiciones de posibilidad para el conocimiento en general, abarcando no sólo la ciencia, sino también las artes, la economía y la filosofía. Mientras que el paradigma de Kuhn es específico de una disciplina científica, la episteme de Foucault es una estructura que pre-condiciona de manera anónima y no consciente, el pensamiento de todos los sujetos de una época determinada.
Sobre la precitada base, Imre Lakatos propuso una alternativa con su “metodología de los programas de investigación científica”. Para él, la ciencia no avanza por la refutación de teorías aisladas, sino por la competencia entre programas de investigación, cada uno con un “núcleo duro” o hipótesis fundamentales. Lo explicita con claridad al señalar que “la unidad básica de evaluación no es una teoría aislada o un conjunto de proposiciones, sino un programa de investigación” (La metodología de los programas de investigación científica, 1978). Así, la ciencia se presenta como un proceso de competencia racional, aunque esta racionalidad queda en entredicho cuando se observa la influencia de factores ajenos a la lógica.
Consecuentemente, Robert K. Merton, sociólogo de la ciencia, delineó en su célebre “teoría de las normas”, un ideal regulativo para la ciencia. Estas normas, que incluyen el comunismo (el saber es propiedad colectiva), y el desinterés (el científico busca el saber por el saber mismo), representan la creencia en una ciencia autónoma y virtuosa. Particularmente, expresó que “los cánones de la ciencia son, por un lado, una serie de principios epistemológicos y metodológicos; por otro, una serie de valores y normas que rigen la conducta de los científicos” (Teoría y estructura sociales, 1949). Como podrán apreciar, queridos lectores, se trata de normas que pretenden ser el fundamento de la ciencia, pero que en definitiva constituyen las bases del mito de una ciencia pura, totalmente inexistente en el plano de lo real.
Autores como el precitado Foucault han logrado realizar una crítica aguda al respecto, subvirtiendo radicalmente este ideal. Su tesis del “saber-poder”, argumenta que el conocimiento no es algo que el poder simplemente restringe, sino que lo produce para ejercer un control más sutil y efectivo. Al respecto, es conocidísima su sentencia que versa: “El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro” (Vigilar y castigar, 1975). Conjuntamente, Pierre Bourdieu introdujo el análisis de los campos sociales, sosteniendo que la ciencia no es una comunidad de sabios desinteresados, sino un campo de fuerzas donde los agentes compiten por el capital. En sus palabras, lo explicaba así: “El campo científico es el lugar de una lucha competitiva, en la que el monopolio de la autoridad científica… es la apuesta” (Homo Academicus, 1984). En este campo, los científicos acumulan diferentes tipos de capital (simbólico, económico, social) que determinan su prestigio y capacidad para influir en las decisiones.
Asimismo, Latour nos legó el concepto de “redes sociotécnicas” para demostrar que los hechos científicos no son descubrimientos neutrales, sino que se “construyen” a través de un complejo entramado de actores, que incluye científicos, instrumentos, publicaciones y, crucialmente, inversores. Para él, “Un hecho científico es un híbrido de humanos y no-humanos, de laboratorios y de la sociedad, de textos y de tecnología” (Ciencia en acción, 1987). En estas “redes”, el inversor no es un agente externo, sino el actor constitutivo que orienta la dirección de la ciencia desde su concepción. De este modo, el “desinterés” de Merton se revela como una ficción, y el “comunismo” del saber se desvanece ante la primacía de la propiedad intelectual y las patentes.
En este punto de la reflexión, es preciso explicitar que la ciencia, a menudo idealizada como una empresa que persigue la verdad para el beneficio de la humanidad, no investiga necesariamente lo que la sociedad necesita para vivir mejor, sino lo que el mercado demanda para vender más. Esta subordinación de la razón a la lógica del capital fue analizada con agudeza por la Escuela de Frankfurt. Puntualmente, Jürgen Habermas, por ejemplo, criticó la instrumentalización de la ciencia, que pasa de ser una fuerza de emancipación a una herramienta de control, al exclamar que “el progreso técnico depende hoy de la lógica del capital y del Estado, y no de una orientación hacia los fines de la emancipación humana” (Ciencia y técnica como ‘ideología’,1968).
Esta realidad se manifiesta de manera elocuente en los programas de investigación. El financiamiento de la investigación científica, que actúa como un poderoso actor de las redes de Latour, está sesgado hacia áreas que prometen un rápido retorno económico. Por dar un simple ejemplo, la industria farmacéutica invierte miles de millones en medicamentos para tratar enfermedades crónicas en países desarrollados, que garantizan un flujo de ingresos constante. En contraste, la investigación de enfermedades que afectan a poblaciones de escasos recursos, como la malaria o el dengue, recibe una financiación desproporcionadamente menor. En este escenario, queridos amigos, el conocimiento se convierte en una mercancía y el científico en un productor de bienes con patente, desmantelando por completo la idea de una ciencia que opera bajo los ideales ridículos que expuso Merton precedentemente.
Si el caso de la industria farmacéutica revela la subordinación de la ciencia a la lógica del mercado, el de la industria militar lo expone en su forma más cruda. En este campo de fuerzas, para utilizar el término de Bourdieu, la competencia no es sólo por el capital económico, sino también por el capital político y simbólico del poder militar. La ciencia es un agente fundamental en esta dinámica. La investigación en áreas como la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y la biotecnología se dirige con frecuencia a la creación de armamento más letal y sistemas de vigilancia más sofisticados, en lugar de resolver los problemas humanitarios más apremiantes.
En las precitadas “redes” descritas por Latour, los contratos multimillonarios de investigación y desarrollo actúan como actores determinantes. Los fondos provenientes de gobiernos y corporaciones de defensa no sólo financian ciertos proyectos, sino que también legitiman y normalizan las agendas de investigación, marginando aquellas que no se alinean con los intereses estratégicos o comerciales. De este modo, la ciencia se convierte en un medio para fines instrumentales, como criticó Habermas, puesto que el progreso técnico no se orienta hacia la emancipación humana, sino hacia la consecución de objetivos de dominación y control. La búsqueda de la verdad se desvía, y la ciencia se instrumentaliza para fines que perpetúan los conflictos, evidenciando una vez más que el saber, lejos de ser un bien y un derecho universal, es una herramienta modelada por el poder.
Ante la eclosión de la era patética de la “post-verdad”, donde la validez de la evidencia es constantemente impugnada, la pregunta sobre la posibilidad de hacer filosofía de la ciencia se vuelve acuciante. La desinformación masiva e intencional, en conjunto con la relativización de los hechos, son la culminación de un proceso en el que la confianza en las instituciones del conocimiento ha sido erosionada. La filosofía, entonces, no puede limitarse a analizar la lógica de los argumentos. Debe enfrentar la tarea de restaurar la validez del discurso racional en una esfera pública que se encuentra fragmentada, y para ello, debe volverse radicalmente política. Su tarea es examinar no sólo la coherencia interna de una teoría, sino su función social y su capacidad para resistir a la instrumentalización por parte de los poderes económicos y políticos.
Si los hechos científicos son construcciones sociales y la financiación de la ciencia está sujeta a intereses del mercado, la idea de la objetividad se presenta como un desafío insoslayable. ¿Es esta una meta alcanzable, o tan solo un ideal regulativo que sirve de coartada a los poderes que la instrumentalizan? Ante la manipulación de la evidencia y la proliferación de información falsa, el rol de la epistemología se ve interpelado. ¿Debe concentrarse en la demarcación entre ciencia y pseudociencia o en la crítica de las estructuras de poder que legitiman ciertos conocimientos sobre otros? Seguidamente, y en una época donde la ciencia se ha vuelto un actor central en la economía global, ¿cómo podemos recuperar una epistemología que interprete el valor del saber no por su rentabilidad, sino por su capacidad de servir a la emancipación de la humanidad?
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
· Bourdieu, P. (1984). Homo academicus. Les Éditions de Minuit.
· Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
· Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI.
· Habermas, J. (1968). Ciencia y técnica como ‘ideología’. Tecnos.
· Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.
· Lakatos, I. (1978). La metodología de los programas de investigación científica. Alianza.
· Latour, B. (1987). Ciencia en acción: Cómo seguir a científicos e ingenieros a través de la sociedad. Labor.
· Merton, R. K. (1949). Teoría y estructura sociales. Fondo de Cultura Económica.
· Popper, K. R. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.


