Internacionales
Madre hispana es hallada muerta quemada en parque
NYPD y los familiares buscan respuestas luego de que la dominicana Marcia Recarey fuese hallada muerta quemada en un parque del Alto Manhattan de Nueva York.
Los restos carbonizados de Recarey, madre de 58 años, fueron encontrados el 14 de agosto después de que los bomberos (FDNY) y la policía respondieran a un incendio forestal en Highbridge Park, cerca de Jumel Place y Edgecombe Av.
No eran sólo restos quemados. Era una persona amada»
Leonela, hija de víctima la Marcia Recarey
La policía está investigando activamente el caso, pero no se han realizado arrestos. La familia espera recibir los resultados de las pruebas de toxicología y acelerantes del médico forense dentro del próximo mes, lo que puede proporcionar más información sobre las circunstancias que rodearon la muerte de Recarey.
Sus hijas Leonela y Gennesys Peralta han colocado un monumento con velas, un osito de peluche y fotografías enmarcadas en el parque para honrar la vida de su madre. “Podría haber sido cualquiera de sus madres, la nieta, la hermana. Nadie merece irse así, fuera de esta tierra”, dijo Leonela a Fox News. “No eran sólo restos quemados. Era una persona amada”.
Recarey era originaria de la República Dominicana y era conocida por su espíritu vibrante, a pesar de enfrentar numerosos desafíos en su vida, según su familia.
Recarey luchó con problemas de salud mental, lo que llevó a su familia a buscarle tratamiento hospitalario. En abril, a pesar de sus súplicas, fue dada de alta anticipadamente de un centro de salud mental y se le proporcionaron servicios ambulatorios que no deseaba.
Posteriormente fue dada de alta y enviada a un refugio con planes de vivienda independiente. Sin embargo, lo abandonó y se mudó a casas de amigos en busca de estabilidad.
Los miembros de la familia dicen que habían estado en contacto regular con ella, pero las preocupaciones aumentaron cuando dejó de comunicarse. Sus hijas dijeron que dos meses antes de su muerte Recarey se había comunicado con la policía de Nueva York, informando que sentía que dos personas la estaban acosando.
Se trata de una muerte “extraña”, un aparente suicidio, dijeron autoridades al Daily News la semana pasada. “Es una mujer, parece que se usó un acelerador”, dijo una fuente del FDNY. “Es extraño. Esto no es un homicidio”, dijo una autoridad policial no identificada.
Quien posea información debe llamar a 1-800-577-TIPS (8477) y en español 1-888-57-PISTA (74782). También a través de la página crimestoppers.nypdonline.org o por mensaje de texto a 274637 (CRIMES), seguido por TIP577. Todas las comunicaciones son estrictamente confidenciales.
En un caso similar, esta semana la autopsia determinó que una hispana hallada el mes pasado en un parque de Brooklyn sufrió un golpe mortal en la cabeza. También en julio una peluquera dominicana murió empujada y golpeada en un parque del Alto Manhattan y a su hijo, que estaba en tratamiento mental, lo acusaron del crimen.
Internacionales
Hambre y ahogamientos: la peligrosa ruta de los migrantes entre África y Arabia
En una llanura arenosa de Yibuti calcinada por el sol, hombres caminan hacia sus lejanos hogares tras fracasar en su intento de llegar a Yemen por la Ruta del Este entre el Cuerno de África y la península Arábiga, uno de los corredores migratorios más peligrosos del mundo.
Tienen el rostro demacrado. Algunos dicen no haber comido nada desde hace varios días. Solo unas pocas acacias raquíticas ofrecen, a veces, un poco de sombra. En abril, para los yibutianos es «invierno» y hace 35°C.
Como la inmensa mayoría de los migrantes que recorren esta ruta, Jemal Ibrahim Hasan proviene de la vecina Etiopía, el segundo país más poblado del continente africano con unos 130 millones de habitantes y escenario de múltiples conflictos armados.
«Ya no teníamos ningún lugar donde vivir en paz», destaca el joven de 25 años, que se ganaba la vida como agricultor cuando abandonó su pueblo del norte etíope en dirección a Yibuti. Un recorrido de unos 550 km a pie, es decir, 15 días de marcha.
«Teníamos los pies hinchados y llenos de ampollas», cuenta.
Una noche se subió a un barco sobrecargado rumbo a Yemen. Varias horas más tarde, fueron capturados por la guardia costera yemení y conducidos a un centro de detención.
«No había comida, nada. Estuvimos allí ocho días antes de que nos devolvieran» a Yibuti, relata.
Durante el viaje de regreso, se desató una tormenta. Sin «la voluntad de Alá (…), el barco se habría volcado», cuenta Jemal, quien vuelve a emprender la marcha, a unos 50 kilómetros al norte de la localidad costera yibutiana de Obock, esta vez en dirección a Etiopía.
«Solo el desierto»
A pesar de los riesgos, tanto en tierra como en el mar, varias decenas de miles de migrantes del Cuerno de África emprenden cada año la Ruta del Este para intentar llegar a los emiratos petroleros del Golfo, huyendo de conflictos, catástrofes naturales y la falta de oportunidades.
La mayoría intenta la travesía desde Yibuti, que se encuentra en los puntos más cercanos, a unos 30 kilómetros de Yemen. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre 200 y 300 migrantes llegan diariamente a Obock.
Ese corredor es uno de los más mortales del mundo. En 2025, más de 900 personas fallecieron o desaparecieron, lo que lo convierte en el año «más mortífero jamás registrado», según los datos de la OIM.
A finales de marzo, en el último naufragio registrado hasta la fecha, cerca de Obock, al menos nueve migrantes murieron y 45 desaparecieron. En la embarcación que volcó se encontraba Zinab Gebrekristos, de 20 años, quien partió de Tigray, una región inestable del norte de Etiopía que salió en 2022 de una sangrienta guerra.
Pagó a un traficante 50.000 birr (unos 320 dólares), una suma considerable en un país donde el 40% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. En el camino le robaron el dinero y el teléfono, y luego tuvo que esperar tres días en la costa de Yibuti «sin comida ni agua, solo el desierto».
La noche del 24 de marzo, los traficantes amontonaron a 320 personas en una pequeña embarcación. Rápidamente, «el barco empezó a hundirse», recuerda Zinab Gebrekristos. «Muchos murieron ante nuestros ojos, amigos y familiares».
«Ni siquiera sé cómo logré salir del barco», asegura desde un centro de acogida gestionado por la OIM en Obock.
Esa organización de la ONU patrulla regularmente el desierto para prestar asistencia a los migrantes desorientados.
Aun así, decenas de miles de personas llegan cada año, tras haber tenido que atravesar también un Yemen en guerra, a los países del Golfo, en particular a Arabia Saudita, donde trabajan como obreros o empleados domésticos.
«Fosas comunes»
Unos 50 kilómetros al norte de Obock, la playa de Gehere es uno de los puntos de partida. Ropa, sandalias y zapatos de migrantes cubren la arena fina.
Allí se han erigido montículos de piedras. «Estamos frente a dos fosas comunes», explica Youssouf Moussa Mohamed, de 38 años, responsable de la OIM en Obock.
«No muy lejos hay otras dos fosas comunes con cinco cuerpos. Detrás de esta montaña hay una fosa común con 50 cuerpos. Otra fosa común (fue hallada) con 43 cuerpos (…). Son más de 200 cuerpos enterrados en los alrededores», enumera.
Según Youssouf, el 98% de los migrantes con los que se encuentra son etíopes. Procedentes de un país sin salida al mar, la mayoría nunca lo había visto antes de intentar la travesía.
Entre junio y agosto, el termómetro sube en Yibuti hasta los 45°C y violentas ráfagas de arena ciegan a los migrantes y los desvían de la ruta. Muchos se pierden en el desierto.
«Encontramos unos veinte cuerpos al mes durante esta temporada (cálida) el año pasado», destaca Youssouf. Aquellos a quienes el mar o el desierto no mataron, a veces se quitan la vida ellos mismos, como un migrante que, cuenta, se ahorcó el año pasado «por desesperación».
«Abandonadas»
Procedente de Tigray, Genet Gebremeskel Gebremariam, de 30 años, apenas lograba mantener a sus cuatro hijos y a su madre con los 200 a 300 birr (1 a 2 dólares) diarios que ganaba como trabajadora agrícola.
Convencida por un traficante, salió de la capital regional, Mekelle, en la parte trasera de un camión, hacinada junto a más de 160 personas. Una vez desembarcados en la vecina región de Afar, continuaron a pie, «atravesando el desierto y escalando acantilados toda la noche».
«Nadie ayuda a quienes están cansados o se caen, los dejan atrás. Nos obligaron a caminar como soldados, mientras nos golpeaban con palos en la espalda. Muchas mujeres, debilitadas por la sed y el hambre, fueron abandonadas en el desierto», cuenta Genet, quien espera en un centro de la OIM para regresar a Etiopía.
Por su parte, Muiaz Abaroge sigue esperando llegar a Arabia Saudita, a pesar de los riesgos.
«Da miedo, pero no tengo otra opción», subraya el joven de 19 años, originario del oeste de Etiopía, que camina con otras dos personas por la carretera que une las localidades yibutianas de Tadjourah y Obock.
Internacionales
Trump declara terminada la guerra con Irán pero no retira tropas
El presidente Donald Trump envió este viernes una carta a miembros del Congreso en la que sostiene que la guerra entre Estados Unidos e Irán ha concluido y, con ello, busca cerrar el debate sobre si su administración debe pedir autorización legislativa para mantener fuerzas armadas desplegadas en Oriente Medio. El documento, obtenido por Politico, fue enviado el mismo día en que expiraba el plazo legal para solicitar ese permiso.
Trump subraya en la misiva que “no ha habido intercambio de fuego entre EE. UU. e Irán desde el 7 de abril de 2026”, en alusión a la tregua que ambos gobiernos acordaron y que el presidente extendió de manera indefinida la semana pasada. Según altos funcionarios de su administración, incluido el secretario de Guerra Pete Hegseth, ese alto el fuego reinicia el conteo legal que activa la norma conocida como War Powers Resolution, o Ley de Poderes de Guerra, que exige la aprobación del Congreso para prolongar un conflicto más allá de 60 días.
La Ley de Poderes de Guerra de 1973 obliga al Ejecutivo a consultar y, en muchos casos, recibir autorización del Legislativo antes de mantener tropas en operaciones internacionales, salvo que el Congreso ya haya declarado la guerra o EE. UU. haya sido atacado directamente. Trump cuestionó hoy la constitucionalidad de la normativa, señalando desde la Casa Blanca que “hay algunas personas que la consideran inconstitucional” y preguntó por qué su administración debería actuar de forma diferente a gobiernos anteriores que tampoco solicitaron ese permiso.
Legisladores demócratas habían argumentado que el conteo de los 60 días debía comenzar el 2 de marzo, cuando Trump informó formalmente al Congreso sobre el inicio de los ataques junto a Israel contra objetivos en Irán. Si se aplica esa fecha, el plazo para pedir autorización vencía este viernes, lo que avivó el debate sobre la necesidad de control parlamentario sobre decisiones de guerra. La carta de Trump busca zanjar ese punto argumentando que la tregua actual pone fin al ciclo de hostilidades y, por ende, reinicia cualquier obligación legal de consulta.
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Ante la crisis energética en Oriente Medio, los indios cocinan con excrementos de vaca sagrada
Gauri Devi, una agricultora india, cocina «chapati», un tipo de tortilla tradicional, en su hornillo alimentado con biogás procedente de excrementos de vaca, un animal venerado como la encarnación de las deidades hindúes y símbolo de la madre que nutre.
Desde que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán bloqueó el vital estrecho de Ormuz, por donde transita el 60 % de las necesidades de India en gas licuado de petróleo (GLP), sus habitantes tienen dificultades para conseguir bombonas.
Pero el gigante asiático ha fomentado desde la década de 1980 la producción de biogás en las zonas rurales, y ha subsidiado más de cinco millones de digestores que transforman los residuos agrícolas en gas para cocinar y en lodos ricos en nitrógeno para fertilizantes.
En el contexto actual, Gauri Devi, de 25 años, se alegra más que nunca de tener uno.
«Se puede preparar de todo con él», desde té hasta verduras, pasando por lentejas, destaca desde su cocina en Nekpur, un pueblo de Uttar Pradesh a unos 30 kilómetros de Nueva Delhi.
India consume más de 30 millones de toneladas de GLP al año e importa más de la mitad.
El gobierno asegura que no hay escasez, pero debido a retrasos en el suministro, compras motivadas por el pánico y el mercado negro los habitantes a veces deben esperar horas para conseguir un tanque.
«Oro negro»
En su establo, Devi mezcla cubetas de estiércol con agua y luego vierte la mezcla en un depósito subterráneo del tamaño de un auto, coronado por un balón inflable de almacenamiento.
Transportado por tuberías, el metano le permite prescindir de las bombonas, salvo en caso de problemas o de comidas abundantes.
Los sedimentos residuales se utilizan luego como abono.
«El estiércol es excelente, de verdad», afirma Pramod Singh, un agricultor que desde 2025 posee una unidad de biogás para seis personas, alimentada cada día con entre 30 y 45 kilos de boñiga procedente de cuatro vacas.
Un fertilizante casero que resulta aún más valioso ahora que el comercio mundial de esos suplementos se ha visto gravemente afectado por la guerra que se desató en Oriente Medio desde el 28 de febrero pasado.
«Esta mezcla es oro negro», asegura Pritam Singh, un dirigente agrícola.
La agricultura emplea a más del 45% de la mano de obra india y el país más poblado del planeta, con 1.400 millones de habitantes, posee además uno de los mayores rebaños de ganado bovino del mundo.
El gigante asiático, que además es el tercer mayor contaminador del planeta detrás de China y Estados Unidos, fomenta la producción de biogás a gran escala tras haber prometido alcanzar la neutralidad de carbono en 2070.
Se están construyendo decenas de enormes plantas de metanización en toda India con inversiones de varios millones de dólares.
«Minifábricas»
De la misma manera, siguen erigiéndose pequeñas unidades en las zonas rurales, con un costo de entre 25.000 y 30.000 rupias (260 a 320 dólares), a menudo subvencionadas en gran parte por el Estado.
En este país de mayoría hindú, donde el estiércol y la orina de las vacas sagradas se usan para recubrir paredes, como combustible y en rituales, convencer a la gente de que se pasara al biogás fue fácil, destaca Pritam Singh.
Tras construir su primera unidad en 2007, el agricultor contribuyó a instalar otras 15 en su aldea solo el año pasado, confiesa, señalando un interés aún mayor desde la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Hasta la fecha, el biogás sigue representando solo una pequeña parte del combustible para cocinar, ya que el GLP se considera más práctico.
«Las unidades de biogás no son simples equipos, son minifábricas», explica A.R. Shukla, presidente de la Asociación India de Biogás.
«Requieren instalación, funcionamiento regular y mantenimiento», añade.
E incluso con subsidios, el costo inicial es un obstáculo para muchos.
«Trabajamos todo el día en tierras ajenas, no tenemos terreno para eso», explica Ramesh Kumar Singh, un jornalero que espera junto a un centenar de personas para conseguir una bombona de gas en el pueblo vecino de Madalpur.
«Estoy de pie bajo un calor agobiante, hambrienta y sedienta», se lamenta Mahendri, de 77 años, quien lleva tres días esperando desesperadamente poder irse a casa con uno de esos preciados tanques.




