Opinet
La perversa doctrina política del «mal menor»
Por: Lisandro Prieto Femenía
El objetivo de los modernos es la seguridad de sus goces privados; y llaman libertad a las garantías concedidas por las instituciones de estos mismos goces». Benjamin Constant
Hace poco tiempo, un gran filósofo y amigo de mis tierras, compartió conmigo un de Jean-Claude Michéa, titulado «El imperio del mal menor» (2007), en el cual se desarrolla una interpretación bastante interesante del «mal menor» como criterio político y ético dominante en la mayoría de las democracias occidentales contemporáneas. En una primera aproximación, se propone como una estrategia para evitar grandes calamidades, pero este enfoque prioriza decisiones que, aunque imperfectas, son consideradas menos perjudiciales que las alternativas disponibles. La obra precitada ofrece una profunda crítica a este principio, destacando cómo se ha convertido en el pilar de un liberalismo que ha decidido renunciar a los valores trascendentes en favor de una racionalidad meramente utilitarista y pragmática, motivo por el cual consideramos que es valioso realizar, sobre todo en estos días, el análisis pertinente del «mal menor», contrastándolo con las implicaciones para la política real y la ética devastada.
Antes de desarrollar en profundidad la crítica que se propone, debemos tener en cuenta que para Michéa, el «mal menor» es la expresión de un liberalismo político y económico que busca mantener la estabilidad social mediante la renuncia a grandes ideales colectivos. Nuestro autor argumenta que este principio es un reflejo de la lógica de una modernidad que privilegia el progreso técnico y el consumo individual sobre la construcción de un bien común. En este contexto, entonces, el «mal menor» actúa como una coartada moral para justificar políticas que apuntan directamente a perpetuar desigualdades estructurales y un vacío ético en la esfera pública.
Complementariamente, desde la perspectiva del autor de referencia, se sostiene que el enfoque individualista y moralmente simplista del «mal menor» erosiona los lazos comunitarios, al sustituir valores compartidos por una ética minimalista basada en la tolerancia y un contrato social cada vez más atomizado. Ahora bien, cabe preguntarse hasta dónde nos ha llevado esta forma de existir, en tanto que esta obsesión por evitar «mayores males» conduce a toda velocidad a sociedades en las que las decisiones se toman en función de cálculos utilitarios, sacrificando así cualquier aspiración de justicias verdadera o transformación social radical.
Procedamos ahora a intentar comprender lo precedentemente enunciado mediante algunos ejemplos puntuales. En primer lugar, tengamos en cuenta las llamadas «políticas de austeridad económica» en cuanto cómo los gobiernos, en nombre del «mal menor», implementan dichas directrices que perjudican directamente a las clases trabajadoras para evitar supuestas crisis económicas mayores, como la hiperinflación o el colapso financiero. Estas decisiones, aunque presentadas como inevitables para «salvarnos», consolidan un sistema económico que prioriza los intereses del capital financiero sobre las necesidades de las personas, perpetuando desigualdades estructurales que, paradójicamente, son aplaudidas incluso por quienes las sufren.
Otro ejemplo que puede servirnos para comprender este asunto es el desarrollo de las intervenciones militares. En este caso, el «mal menor» también se utiliza para justificar la invasión militar en nombre de una supuesta estabilidad global: lo que vimos en Irak o Afganistán fueron presentadas como acciones «necesarias» para evitar amenazas mayores, como el terrorismo o la proliferación de armas de destrucción masiva (que por cierto, nunca aparecieron). Pues bien, amigos míos, Michéa en este sentido sostendría que estas acciones no sólo fallan en resolver las causas subyacentes de los conflictos, sino que generan nuevas formas de violencia y desestabilización.
También, podríamos considerar brevemente la tolerancia minimalista que se desarrolla en la esfera de «lo público». Michéa señala que el énfasis en un ética basada en la tolerancia mínima, como evitar la discriminación explícita, ha reemplazado la construcción de valores compartidos más profundos. Por ejemplo, en el ámbito educativo, los programas de inclusión se limitan a medidas superficiales, como la representación simbólica, en lugar de abordar con seriedad las desigualdades estructurales que perpetúan la exclusión social.
Hay más, créame querido amigo lector, mucho más. Otro ejemplo, tan cruel como evidente, es el que podemos apreciar en la desregulación total de los mercados laborales. En este aspecto puntual, nuestro autor critica cómo los gobiernos optan por flexibilizar las regulaciones laborales en nombre de evitar el desempleo masivo: estas políticas, vistas como el «mal menor», a menudo precarizan el trabajo y aumentan la inseguridad económica, perpetuando un sistema que prioriza las ganancias empresariales sobre el bienestar de los trabajadores.
Finalizando con los ejemplos prácticos, no podemos olvidar lo que sucede con las elecciones políticas. En este contexto, «el mal menor» se manifiesta claramente en los sistemas democráticos, donde los votantes se ven obligados a elegir entre candidatos que representan opciones insatisfactorias. Tal es el caso de las elecciones en países occidentales en los que a menudo enfrentan a partidos políticos tradicionales que, aunque diferentes en sus enfoques, comparten una adhesión común a las políticas neoliberales por las cuales ambos se derriten en su deseo. Ésto, según Michéa, no hace otra cosa que perpetuar una política que evita rupturas reales con el status quo sobre el cual tantos pregonan querer cambiarlo mientras que, por detrás, no hacen más que profundizarlo.
Procedamos ahora a plantear las críticas al principio del «mal menor» de Michéa, que encuentra ecos en pensadores como Christopher Lasch, quien, en su obra «La rebelión de las élites», denuncia cómo las élites liberales han reducido la política a una gestión técnica, desvinculada de las necesidades reales de los pueblos. Ambos autores coinciden en que esta lógica tecnocrática desactiva cualquier atisbo de impulso democrático genuino, al reducir el horizonte político a la elección entre alternativas igualmente insatisfactorias.
Sobre ésto último también tenemos que considerar lo ocurrido con el manejo de la crisis financiera del año 2008, en la que los gobiernos de las principales economías mundiales optaron por rescatar a los bancos y corporaciones con fondos públicos, justificando así estas medidas como un «mal menor» para evitar el colapso del sistema financiero global. Sin embargo, esta decisión ignoró por completo, y de manera intencional, las necesidades reales de las comunidades afectadas por las ejecuciones hipotecarias, el desempleo masivo y las políticas de austeridad, reforzando la desconexión entre las élites económicas y la ciudadanía.
Otro claro ejemplo de desconexión lo podemos ver en el ámbito de la discusión por el cambio climático, ante el cual las élites globales han adoptado compromisos mínimos, como los Acuerdos de París, presentándose como el «mal menor» frente a la inacción total. No obstante, estas políticas suelen carecer de medidas concretas y efectivas para abordar las causas profundas de la crisis, dejando a las comunidades más pobres en situaciones de mayor riesgo mientras se protege el status quo de las grandes industrias contaminantes.
Ni hablar de lo ocurrido con la gestión de la pandemia de COVID-19. Durante la pandemia, muchos gobiernos optaron por priorizar la reapertura económica frente a la protección de la salud pública, argumentando que un colapso económico sería un «mal mayor». Este enfoque tecnocrático y asesino, que desactivó debates democráticos sobre las alternativas posibles, ignoró las necesidades específicas de los sectores más vulnerables, como los trabajadores considerados esenciales o las personas sin el acceso adecuado a una atención médica digna y de calidad.
También, y por último en este aspecto particular, debemos tener en cuenta que la lógica del «mal menor» se observa en la creciente privatización de los servicios esenciales como la educación y la salud, presentada como una solución pragmática frente a la ineficiencia estatal. Sin embargo, estas decisiones han logrado la exclusión explícita de las comunidades más carenciadas, consolidando así una gestión técnica de la política que prioriza la eficiencia económica sobre el bienestar común.
Por su parte, el filósofo Slavoj Žižek, desde obras como «En defensa de las causas perdidas» (2008) acompaña a este enfoque, puesto que señala que el principio del «mal menor» puede convertirse en una trampa ideológica: en lugar de cuestionar las raíces de los problemas sociales, esta perspectiva liberal perpetúa el sistema de desprotección social al legitimar decisiones que nunca desafían las estructuras de poder existente. Tengamos en cuenta que para este autor, aceptar el «mal menor» equivale a renunciar a la posibilidad de un cambio real, puesto que así se neutraliza la capacidad crítica de los ciudadanos, los cuales, bastante flojos de papeles en cuanto a la formación reflexiva, terminan aplaudiendo las estructuras que los aplastan.
En la obra precitada de Žižek, argumenta que aceptar soluciones de compromiso, como las decisiones basadas en el «mal menor», impide la posibilidad de la gestación de cambios reales en las estructuras de poder. Al enfocarse únicamente en lo que es políticamente factible dentro del marco existente, se perpetúa una especie de cinismo colectivo donde las opciones transformadoras se descartan como utópicas, delirantes o inviables.
Previamente, en su obra titulada «El sublime objeto de la ideología» (1989) , Žižek explica cómo el discurso político tecnocrático opera al naturalizar las desigualdades y presentar las condiciones existentes como las únicas posibles. Desde esa perspectiva, el «mal menor» sería una herramienta ideológica que se encarga de impedir a los ciudadanos imaginar o luchar por un orden alternativo. En definitiva, Žižek nos sugiere que este enfoque es una estrategia que sirve a las élites para mantener intacto el statu quo, ya que canaliza el descontento hacia elecciones superficiales en lugar de cuestionar las bases estructurales del sistema. Y así nos va…
Frente a las críticas al «mal menor» recién expresadas, tenemos también autores como John Rawls y Jürgen Habermas, que defienden la viabilidad de un liberalismo basado en principios normativos sólidos. Rawls, con su teoría de la justicia como equidad, propuso un modelo en el que las instituciones deben garantizar derechos fundamentales y un mínimo de igualdad, evitando la necesidad de recurrir al cálculo utilitario. Por su parte, Habermas abogó por un liberalismo deliberativo, donde el diálogo racional permitiría construir consensos éticos que trasciendan la lógica del «mal menor».
Si bien estos enfoques ofrecen una perspectiva alternativa, en la que el liberalismo no se limita a gestionar crisis, sino que busca fortalecer las bases normativas de la convivencia democrática. Sin embargo, Michéa cuestiona si éstas teorías pueden aplicarse en un contexto dominado por la lógica mercantil, la devastación ética y moral y la fragmentación social actual. En fin, queridos amigos, el principio del «mal menor» refleja las tensiones inherentes a las democracias posmodernas, atrapadas en la necesidad de evitar el caos (para las élites) y el anhelo de una justicia transformadora.
La crítica de Michéa nos invita a reflexionar sobre los límites de un enfoque político que renuncia a grandes ideales en nombre de una estabilidad ficticia en la cual participamos muy pocos ciudadanos. Rechazar la lógica del «mal menor» no implica optar por el caos, sino recuperar la capacidad de pensar e imaginar alternativas que sean realmente más justas y solidarias puesto que sólo así será posible reconstruir una política que, en lugar de resignarse a lo menos malo, se atreva a perseguir lo verdaderamente bueno.
Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina
DATOS DE CONTACTO
- Correos electrónicos de contacto: lisiprieto@hotmail.com – lisiprieto87@gmail.com
- Instagram: https://www.instagram.com/lisandroprietofem?igsh=aDVrcXo1NDBlZWl0
- What’sApp: +54 9 2645316668
- Blog personal: www.lisandroprieto.blogspot.com
- Facebook: https://www.facebook.com/lisandro.prieto
- Twitter: @LichoPrieto
- Threads: https://www.threads.net/@lisandroprietofem
- LinkedIn:https://www.linkedin.com/in/lisandro-prieto-femen%C3%ADa-647109214
- Donaciones (opcionales) vía PayPal: https://www.paypal.me/lisandroprieto
Opinet
¿Cómo se perdió el eco eterno de la belleza?- Lisandro Prieto Femenía
“La belleza es el esplendor de la verdad”
Platón, Fedro, 250d.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar en torno a un asunto estético fundamental. Desde los albores del pensamiento occidental, la belleza ha sido un tema central de la especulación filosófica. No se ha abordado como una simple cualidad superficial o un capricho sensorial, sino como un concepto fundamental vinculado a la verdad, la moralidad y la estructura misma de la realidad. El camino de la estética, disciplina que estudia la esencia y la percepción de la belleza y el arte, es un viaje a través de la historia del pensamiento humano, revelando cómo cada época ha buscado comprender lo que nos conmueve y eleva.
Bien sabemos que desde la antigua Grecia, la belleza (kalós) no era un mero atributo, sino un ideal. Para Platón, la belleza sensible era un reflejo pálido de la Belleza en sí, una Idea eterna e inmutable que existía en un mundo suprasensible. En el “Banquete”, Platón describe un ascenso gradual, un viaje del alma desde la belleza de un cuerpo individual hasta la belleza de las almas, las leyes y las ciencias, culminando en la visión de la Belleza en sí, que “es siempre y no deviene, ni perece, ni aumenta, ni disminuye” (211a). Este concepto vinculaba la belleza a la perfección, la simetría y la armonía, un eco de un orden cósmico superior.
Por su parte, Aristóteles, aunque más terrenal, no abandonó esta noción de orden. Para él, la belleza residía en la proporción, el orden y la magnitud de los objetos. En la “Poética”, argumentó que “para ser bello, un ser vivo, o cualquier cosa compuesta de partes, debe tener no sólo esas partes en un orden particular, sino también una magnitud particular” (1450b). Esta perspectiva se manifestará en la escultura clásica, donde la perfección de la figura humana, como el Doríforo de Policleto, superaba la noción de realismo en tanto que pretendía encarnar un ideal matemático y armónico supremo.
También, el pensamiento medieval reinterpretó la estética clásica a través del prisma de la teología. La belleza terrenal era considerada una manifestación de la perfección divina. Al respecto, Tomás de Aquino definió la belleza en el contexto de lo trascendental, en tanto que un objeto es bello si cumple tres condiciones: integridad o perfección (integritas), proporción o consonancia (consonantia) y claridad o resplandor (claritas). Este último término, el “esplendor de la forma sobre las partes proporcionales de la materia”, conectaba la belleza a la luz de la revelación de la verdad divina. El arte gótico, por ejemplo, con sus catedrales que se elevaban hacia el cielo y sus vidrieras que filtraban la luz, es la materialización de este ideal.
Posteriormente, el Renacimiento no rompió con este legado, sino que más bien lo humanizó. La belleza seguía siendo un reflejo de un orden superior, pero ahora el ser humano, como medida de todas las cosas, era el protagonista. El arte se convirtió en la búsqueda de la perfección formal y la expresión de la armonía. Puntualmente, en su tratado titulado “De Pictura”, Alberti definía la belleza como “la armonía y la concordia de todas las partes unidas de tal manera que nada puede ser añadido, quitado o cambiado sin empeorar el conjunto”. El “David” de Miguel Ángel, o la “Última Cena” de Leonardo, son ejemplos de esta búsqueda de la perfección ideal, donde la figura humana es el vehículo para expresar la gracia, la fuerza y la belleza del alma.
Consecuentemente, el Iluminismo llevó esta veneración por la forma y el orden al plano de la razón. Autores como Immanuel Kant, en su “Crítica del Juicio”, buscaron una fundamentación racional para el juicio estético. Para él, la belleza no es una cualidad inherente al objeto, sino una experiencia subjetiva. El juicio de lo bello es un “placer desinteresado”, una sensación que produce un libre juego entre nuestra imaginación y nuestro entendimiento. A diferencia de las épocas precitadas, Kant separaba la belleza de lo útil, lo bueno y lo verdadero, defendiendo su autonomía y universalidad, aludiendo a un “sentido común estético”.
Pues bien, queridos lectores, habiendo realizado este pequeñísimo recorrido histórico, tenemos que enfrentarnos a la contraposición entre la grandeza estética de ese pasado glorioso y la vacuidad de ciertas expresiones posmodernas, que se hace palpable al comparar obras maestras de la escultura con las propuestas supuestamente disruptivas de la contemporaneidad. El “David” de Miguel Ángel, una colosal talla en mármol que irradia fuerza, proporción y una idealizada belleza masculina, encarna la aspiración renacentista a la perfección formal y a la representación del espíritu humano en su máxima expresión. Cada músculo tensado, cada curva delicada, contribuye a una armonía visual que trasciende la simple anatomía para alcanzar una cualidad casi divina. Al respecto, Ernst Gombrich explicitó, en su obra “La historia del arte”, que “Miguel Ángel había concebido su David como un gigante, cuyo vigoroso cuerpo albergaba un alma no menos vigorosa” (p. 204).
De manera similar, la gracia melancólica y la complejidad psicológica que Leonardo Da Vinci imbuyó a sus esculturas, aunque menos numerosas que las de Miguel Ángel, reflejan una profunda comprensión de la anatomía y de la emoción humana. Sus estudios preparatorios y los bocetos revelan una búsqueda constante de la belleza ideal a través de la observación meticulosa y la exploración científica del cuerpo. En sus propios cuadernos, Leonardo afirmaba que “la belleza perece en la vida, pero es inmoral en el arte”.
Ante esto, queda preguntarse: ¿Cómo contrastan estas obras, que requirieron años de dedicación, maestría técnica y una profunda inmersión en la tradición artística y filosófica, con una banana pegada a una pared con cinta de construcción? La obra de Cattelan no demanda ninguna habilidad artesanal, ni se inspira en ideales de belleza y proporción. Su valor reside únicamente en la provocación, en la burla hacia el sistema del arte y en la capacidad del artista para generar atención mediática. Esta disparidad no es simplemente una cuestión de gustos subjetivos, sino que señala una fractura en la propia concepción de lo que el arte decidió dejar de ser.
La misma dicotomía se manifiesta en el ámbito de la arquitectura. Las catedrales góticas, con sus elevadas bóvedas, sus intrincados vitrales y la sensación de trascendencia que evocan, son testimonios de una estética que busca la belleza en la proporción divina y la elevación del espíritu. La Catedral de Chartres, por ejemplo, con su perfecta armonía entre estructura y decoración, es un ejemplo paradigmático de cómo la arquitectura medieval aspiraba a ser una representación terrenal del orden terrenal. Como describe Henri Focillon en “La vida de las formas”, “la arquitectura gótica es un organismo de luz y piedra, donde cada elemento, por humilde que sea, concurre a la expresión de una idea dominante” (p. 97).
El Renacimiento y el Iluminismo continuaron esta búsqueda de la belleza, a través de la proporción y la armonía, aunque con una renovada atención a los cánones clásicos y a la racionalidad. Los palacios renacentistas, con sus fachadas equilibradas y sus patios interiores ordenados, o los edificios neoclásicos, con su rigor geométrico y su referencia a los modelos de la antigüedad, buscaban encarnar los ideales de orden, claridad y belleza perdurable. Pensemos simplemente en la Villa Rotonda de Palladio o en el Panteón de París para darnos una idea cabal de lo que estamos enunciando.
En contraste, gran parte de la arquitectura posmoderna parece celebrar la fragmentación, la deconstrucción y la negación de cualquier principio estético trascendente y unificador. Edificios que parecen ensamblajes aleatorios de formas y materiales, que desafían la funcionalidad y la coherencia visual, se erigen como manifestaciones de una estética de la discontinuidad. Si bien la experimentación y la innovación son importantes, la ausencia de una búsqueda de la armonía y la belleza puede conducir a un caos visual que resulta alienante y desprovisto de significado aparente y trascendente. La carencia de una narrativa estética clara en muchos edificios contemporáneos, contrasta fuertemente con la elocuencia pétrea en las construcciones del pasado, que hablaban de la cosmovisión y los valores de su tiempo.
Como habrán podido apreciar, caros lectores, lo que estamos realizando aquí es una crítica a la estética de la desolación y el sinsentido. El declive de la belleza como fin último en el arte posmoderno no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de un profundo cambio en la cosmovisión occidental. El individualismo extremo ha reemplazado el sentido de lo colectivo, y con él, el arte ha dejado de ser un espejo de valores compartidos para convertirse en la expresión de la subjetividad atomizada del artista. Lo que antes buscaba un ideal universal, ahora se limita a la autorreferencia. La distancia con lo divino o lo trascendente es total, significando esto que el arte ha perdido su papel como puente entre lo terrenal y lo espiritual, convirtiéndose en un objeto de consumo más, a menudo efímero y sin arraigo.
Esta estética del bodrio, es decir, del “todo vale”, también revela una profunda pereza en el oficio. La maestría técnica, la dedicación y el conocimiento de la tradición, pilares del arte en el Renacimiento o la Edad Media, han sido devaluados en favor del capricho individual que más que querer expresar algo sublime, sólo quiere llamar la atención. El “genio”, al que le dedicaremos una reflexión aparte en otra oportunidad, ya no se mide por la capacidad de dominar un material o una técnica, sino por la habilidad de generar un concepto que provoque, moleste y venda. Las horas invertidas en perfeccionar una talla, un fresco o una bóveda son sustituidas por la rapidez y el efectismo de una instalación de un mingitorio en una sala del museo.
Finalmente, la cultura se ha volcado de lleno en la obsesión por la novedad absurda como único motor de la creatividad. La originalidad se confunde con excentricidad, y el valor de una obra reside en su capacidad para sorprender, por trivial o burdo que sea el medio. Esta obsesión por “lo nuevo”, sin importar su calidad o significado, ha creado un ciclo de consumo estético que rápidamente desecha lo anterior en favor de lo siguiente, sin dejar tiempo para la reflexión o la apreciación duradera. La banana de Cattelan no es solo un objeto, es el síntoma de una sociedad que ha olvidado que la belleza no es un antojo de la moda, sino una aspiración profunda del espíritu humano.
Por último, amigos míos, los dejo con algunas preguntas para incentivar la reflexión. ¿Es el abandono de la belleza como ideal un síntoma del nihilismo cultural más profundo? ¿Qué significa para una sociedad valorar una banana pegada a una pared más que la proporción perfecta de una escultura renacentista? Si la belleza es un “placer desinteresado”, como propuso Kant, ¿cómo podemos hablar de placer en una obra que se fundamenta en el desprecio por la forma y en la provocación? ¿Es posible que la búsqueda de lo bello no sea un acto de elitismo, sino una necesidad humana fundamental, un anhelo de sentido, orden y buen gusto en un mundo caótico, pintado intencionalmente con fealdad por la moda perezosa y adolescente e inmadura como la postmodernidad?
Opinet
Con salida de Libre en Honduras terminan sueños de la izquierda centroamericana Por: Dionisio de Jesús
Podría decirse que, por ahora, pero ese por ahora podría traducirse en quizás par de décadas, cuando no más; y no fue que lo hicieron tan mal, es que no lo supieron contar, cantar, porque “la gallina cacarea los huevos cuando los pone” y dejaron que los “otros” crearan la narrativa que ellos debieron de estructurar. Ese ha sido el problema capital de todos los gobiernos de izquierdas del mundo.
Así de simple. Tanta “riata” que se dieron en todos esos años de conflicto armado, y cuando llegó el momento de la batalla ideológica y estratégica del poder, “se aguebaron”. O mejor, trabajaron para ellos, en vez que, para el pueblo, emularon lo que por siempre combatieron, hasta llegar al poder.
Los teóricos hablan de “ciclos”, que ahora empieza el ciclo de una “derecha”, o una “ultraderecha” si se puede hablar en estos tiempos de derecha e izquierda; más bien, se debería estructurar un discurso de cambio de rumbo en la apuesta económica de los Estados y una visión diferente de ver el mundo, en estos tiempos de apertura tecnológica y mundialización. Un reciclaje de los mismos métodos, pero con otros actores en diferentes latitudes.
Pero sea lo que sea, se nos está llegando encima un cambio de paradigma ideológico más radical que todo lo que hemos conocido hasta entonces. Ahora para pesar de todos, está llegando una manera desconocida, si se quiere, de ver y hacer política, de gobernar, en fin, una nueva categoría de líderes advenedizo, producto del desencanto de unas naciones que no vieron ningún cambio de vida en sus dirigentes y partidos tradicionales.
¡No te pierdas las noticias destacadas de Acento!
Suscríbite a nuestro newsletter y recibe las historias más importantes del día.
Ingresa tu e-mail
Suscríbete
Al suscribirse al newsletter acepta nuestros términos y condiciones y política de privacidad.
Y esta ola está recorriendo el mundo desde Australia hasta la Patagonia, desde la Europa Nórdica hasta la Italia y Grecia de los mares mediterráneo y Jónico, arropando casi toda Europa Central y los Balcanes.
Y hace no mucho aterrizó en América,(luego de más de dos décadas de gobiernos con inclinación de izquierda) con los dos periodos de Trump, y viene irrumpiendo con fuerza al Sur del continente (la Argentina de Milei, el nuevo paradigma de Chile y su giro inesperado, la Bolivia del MAS, partido en más de una mitad; solo quedan los sueños brasileños y una izquierda en Colombia que no creo pase de este periodo electoral que ya les pisa los talones, (en este año) y que los micropoderes harán todo para que el proyecto Petro fracase y sea ese el epitafio de lo que pudo ser y no fue para barrer de cuajo, los sueños irredentos de una izquierda falta de propósitos como lo ha sido la de Centroamérica), la cual quiso tener uno, aparejada de los petrodólares del proyecto Alba de las Américas, pero que más temprano que tarde fue el despropósito de la historia política contemporánea de esta parte del mundo. Hoy ahí están los resultados. Porque hay que decirlo: sin la llegada de Chávez, la ola de las izquierdas pudo ser una quimera: el que pone los cuartos es a quién le tocan la pieza musical.
Este 27 de enero asume en Honduras un gobierno de una derecha que apenas, si duró 4 años fuera de “la poesía”, una derecha que nunca se acostumbró a estar lejos de los centros de poder, porque desde el nacimiento de la República dirigió la cosa pública. Y que el nuevo “orden trumpista” le dio la oportunidad de volver y reordenar el tablero geopolítico en Centroamérica, sacando de circulación el último vestigio de una izquierda que no supo lidiar con el poder que un día los ciudadanos cansados de “la mala política” le pusieron en sus manos.
Honduras fue porque todavía la influencia de Venezuela era una realidad en el Istmo, el Caribe y parte de Suramérica, Honduras llegó a concretizar el gobierno de Xiomara-Mel Zelaya, porque ese país tenía una deuda política con el proyecto tronchado de Mel y el consabido golpe de estado. Pero Honduras fue una realidad del último gobierno de la izquierda vía elección popular en el Istmo, porque abiertamente tuvo el apoyo de una Venezuela que todavía tenía el hegemon en la región y que no había cometido el pecado electoral de despojar de una elección a una franja de su población que quería un real cambio. Y hoy la historia se escribe de la peor forma para los de adentro y los de afuera que tenían en la cúpula chavista-madurista su asidero y su financiamiento.
La izquierda a futuro no tiene un líder en el Istmo. En El Salvador, Nayib Bukele, que nunca fue de izquierda sino un Outsider que jugó su rol y hoy se erige como el ejemplo perfecto de la transición de un modelo en extinción a un nuevo paradigma de manejo del poder. Nicaragua, es la negación de una regeneración, sino de un viejo régimen que cada día está más alejado de los nuevos signos de la historia y que su cercanía, ya sea con China o Moscú, no por lo ideológico, sino más bien por conveniencia económica, no le permiten dar notación de cambio, muy por el contrario. Es un modelo autocrático.
Otra vez, tenemos que decir que Honduras y su gobierno saliente no vieron las señales de la gente que quería un gobierno más incluyente, más participativo, en lo económico y menos clientelar como todos los de su modelo. Y en lo electoral, la acaban de “meter la pata hasta los cuatrocientos”: no pueden aludir fraude y mucho menos si no es a su partido que ocupó un lejano tercer lugar; más bien, es el castigo a un modelo que, aunque, y el llamado a votar por “Papi a la Orden” hecho por Trump, (que fue una clara intervención) no iba a impedir su descalabro. Y ahora sancionan un decreto, que a todas luces es una desproporción y un error. ¿A quien le van a contar los votos uno por uno?
Nasry” Tito” Asfura no ganó, los errores de esa izquierda lo facilitaron y revivieron un partido, el Nacional, que a todas luces parecía imposible de alzarse con el poder, aun y que cuenta con una envidiable estructura electoral, siempre aceitada para dar pelea. Podría decirse que los del partido Libre hicieron algunas obras en su periodo, pero no lo dijeron, si y no, lo que pasa, que fue muy poco, como para que se pudiera notar. Y resucitaron a un muerto, que pudo durar muchos años de entierro o de parranda, y que, al otro candidato del Partido Liberal, Salvador Nasrralla, falto de estrategia y visión de Estado, terminó por darse el mismo su tiro de gracia.
Sin una estructura electoral para defender el voto, no se gana, porque las elecciones se ganan en las mesas electorales, en el Dia D, y menos con un ejército de malos youtubers y espacio en Facebook sin ningún propósito, así no se gana. Y hablando lo que se le vinera en gana y peleándose con todo mundo. Lo que dejaba ver falta de tacto político y entereza.
¿Por qué salió la izquierda de Honduras como último reducto de una ilusión que jamás fue real? El gobierno de Xiomara Castro sale del poder, y con ello la izquierda, porque no tuvo identidad propia, sino que se convirtió en la vocería de un eje político que les hizo más mal que bien. “No me defienda compay.” Salió del poder porque nunca ilusionaron a la población, porque nunca dieron solución a los problemas de salud, seguridad, bienestar económico, en general, tal vez, su más acertado resultado fue en educación y el manejo certero a los problemas de la migración, pero en el cercano tiempo están por verse esos resultados. Destructuraron los sistemas estatales, por ejemplo, la empresa eléctrica, convirtiéndola en una vergüenza para un país rico en agua y otras fuentes para producir energía, debiendo de comprarla mas cara que los otros países del SICA en su mercado común energético.
Con la caída en un limbo político y social del régimen de Venezuela luego de la madrugada del 3 de enero, es muy poco lo que se puede esperar de la izquierda del Istmo, que se amamantaban de la teta petrolera de un país que enriqueció a un grupo de político de esa izquierda que vivía de su pasado y de las reuniones en la que se iban “a dar paja” en el Foro de Sao Paulo. Muchos de esos líderes, hoy ven desde la grada la frustración de sus conciudadanos que confiaron en que ellos los sacarían de la pobreza con las políticas públicas que prometieron, pero que solo se llenaron sus bolsillos por los siglos de los siglos. No son todos los que están, ni están todos los que son. Pero los hay y tienen nombres y apellidos. El problema es que ya no hay almas que salvar. Llegó el “chelito” Trump y lo mandó a parar.

Dionisio de Jesús
Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Nacido en Cevicos, República Dominicana (1959), se formó en Educación con mención en Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Posteriormente profundizó en el mundo del mercadeo y la comunicación: realizó postgrado en Mercadeo en la UCSD (donde también fue docente), obtuvo Maestría en Mercadeo en la PUCMM (donde impartió clases), y completó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en Young & Rubicam, Madrid, homologada por la Universidad Complutense. Su vocación diplomática se ha fortalecido con múltiples formaciones especializadas: Diplomado en Diplomacia Cultural (auspiciado por las Cancillerías de Costa Rica y El Salvador junto a la Embajada Dominicana en Costa Rica), Especialización en Negociación y Diplomacia Climática (INESDYC, Cancillería dominicana), y varios diplomados sobre la institucionalidad y el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), incluyendo niveles I y II con la Fundación Hanns Seidel (pendiente la presentación del trabajo final para optar por la Maestría). Como poeta, ha publicado 12 libros de poesía y sus textos aparecen en más de 15 antologías nacionales e internacionales, consolidándolo como una voz reconocida en la lírica dominicana y centroamericana. En el ámbito profesional, fue Director Creativo en las agencias de publicidad más importantes de República Dominicana entre 1987 y 2004. Ha ejercido como profesor universitario de marketing, publicidad y comunicación en instituciones de República Dominicana y El Salvador. Desde el año 2000 hasta la fecha (2025), ha trabajado como consultor estratégico en campañas políticas en República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras. Actualmente reside en El Salvador, desde donde produce y conduce cada lunes a las 7:00 p.m. (hora local) el Podcast “Bitácora Centroamericana y Caribeña”, transmitido en vivo por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV, espacio desde el cual analiza con profundidad la realidad política, cultural y geopolítica de la región.Un creador incansable que transita con naturalidad entre el verso, la diplomacia, la estrategia política y la reflexión centroamericana.
Opinet
«Diputados de oposición reconocen su irrelevancia»: Mauricio Rodríguez
El sociólogo y analista político Mauricio Rodríguez considera que los diputados de la oposición política están conscientes y han reconocido públicamente que sus partidos «han caído en desgracia».
Durante la discusión de la aprobación de la Ley Especial Quincena 25 la diputada de ARENA, Marcela Villatoro, expresó: «Qué bueno que consultaron con la gran empresa, porque ellos son sus nuevos amigos, los grandes empresarios, esos que en algún momento fueron cheros de uno, pero cuando uno cae en desgracia se hacen cheros de los del poder».
«No lo pudo haber dicho mejor», aseveró Rodríguez, «ella reconoce que los sectores que anteriormente les apoyaban cuando ARENA era un partido corporativo, ahora ya no están con ellos porque perdieron el rumbo».
Para Rodríguez, los diputados de oposición se encuentran en el nivel de «irrelevancia política», siendo reconocido públicamente por ellos, lo cual está ligado al componente de corrupción que rodea al partido al que pertenecen.
Agregó que otro componente que incide en la irrelevancia arenera es que no hay una sola postura, sino tres voces: la de los dos diputados y el presidente del Coena, Carlos García Saade.
Opinión | Mauricio Rodríguez
Sociólogo y Analista
Este artículo fue publicado originalmente por Diario El Salvador.


